La estupidez y la sabiduría coinciden
en el mismo punto de sentimiento y de resolución
ante las desgracias humanas.
Montaigne, Ensayos, I, 54, “De las sutilezas vanas”.
Según el galeno y psicoanalista británico Wilfred Ruprecht Bion (1897-1979), para pensar y mantener en funcionamiento nuestro aparato de pensar no basta con procesar las percepciones —los datos que llegan del exterior— ni las emociones y sensaciones —los datos que provienen del mundo interno—. También los pensamientos ya constituidos deben ser elaborados: ligados, transformados y preparados para su uso, incluida la acción. En A Theory of Thinking (1962), Bion lo formula así: “del mismo modo que los datos sensoriales deben ser modificados y trabajados por la función alfa para hacerlos disponibles…, así los pensamientos tienen que ser trabajados para hacerlos disponibles para su traducción en acción”.
Bion reconoce que su teoría guarda afinidad con ciertas tradiciones filosóficas, pues los filósofos se han ocupado desde hace siglos del mismo problema; en su ensayo alude explícitamente a Aristóteles y Kant.
En De anima, Aristóteles (384-322 a. C.) sostiene que la percepción sensorial aporta el material, la información; la fantasía y la memoria lo retienen; el intelecto pasivo lo recibe y el intelecto agente (νοῦς ποιητικός) actualiza lo que en él era meramente potencial, volviéndolo inteligible. Esa operación transformadora puede compararse con lo que Bion llama función alfa. Además, en la Ética nicomáquea, el polímata griego establece que la phronesis o prudencia delibera sobre lo contingente, relaciona principios generales con circunstancias particulares y orienta la elección hacia la acción. Ocurre, pues, para Aristóteles un doble movimiento: de lo sensible a lo pensable y de lo pensable a la acción deliberada. La tolerancia de la frustración que Bion señala como requisito forzoso para que surja el pensamiento halla un eco en la capacidad aristotélica de demorar el impulso y deliberar.
Con todo, el paralelismo más explícito es el que une a Bion con Immanuel Kant (1724-1804). Bion mismo equipara la preconcepción —esa disposición innata a esperar un objeto, como la expectativa del pecho— con el pensamiento vacíokantiano: un concepto sin contenido intuitivo que aguarda ser realizado por la experiencia. En su Crítica de la razón pura, Kant aduce que el material bruto de la sensibilidad, el múltiple de la intuición, no constituye todavía conocimiento; debe ser sintetizado por la imaginación y ordenado mediante las categorías del entendimiento para convertirse en juicios y conceptos utilizables. Sólo entonces surge la experiencia y, con ella, el pensamiento propiamente dicho. En el terreno de la razón práctica, esos principios y conceptos se elaboran ulteriormente para orientar la acción: la ley moral, el imperativo categórico y la deliberación cumplen esa función reguladora. Bion leyó la Crítica de la razón pura y la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, y su biblioteca incluía comentarios de H. J. Paton. Por eso muchos intérpretes ven en la función alfa un correlato clínico de la síntesis trascendental kantiana: la operación que convierte el dato en sí —sensorial, emocional, aún informe— en material pensable; y en el trabajo posterior sobre los pensamientos, el paso hacia su uso práctico y su traducción en acción.
Esta operación de elaboración y transformación encuentra un paralelo sugerente en la noción que el filósofo marxista checo Karel Kosík (1926-2003) propone en su libro Dialéctica de lo concreto (1963). Para Kosík, el mundo de la pseudoconcreción es el de las apariencias inmediatas: cosas, hechos y relaciones sociales que se presentan como naturales y evidentes, aunque en realidad están mediados por la praxis histórica y social. La destrucción de la pseudoconcreción no consiste en negar esos fenómenos, sino en disolver su falsa opacidad y revelar las relaciones que los constituyen. De modo análogo, aunque en un registro psíquico, la función alfa de Bion no suprime los datos sensoriales y emocionales, sino que transforma la experiencia bruta —aún no pensable, a veces experimentada como cosa o como certeza inmediata— en elementos aptos para el sueño, la memoria y el pensamiento. En ambos casos se trata de un trabajo de mediación: lo dado no es eliminado, sino despojado de su apariencia de definitividad para volverse elaborable. Si para Kosík el pensamiento dialéctico destruye la pseudoconcreción para acceder a la totalidad concreta; para Bion la función alfametaboliza y transforma los elementos beta y elabora los pensamientos para que puedan ser conocidos, comunicados y, eventualmente, traducidos en acción.
Podríamos mencionar otros paralelismos. Spinoza (1632-1677), por ejemplo, sostiene que los afectos pasivos —aquello que padecemos por ideas confusas o inadecuadas— pueden transformarse en afectos activos en la medida en que la mente forma ideas adecuadas y aumenta su poder de pensar y de obrar. O el mismísimo Hegel (1770-1831), quien aduce que las intuiciones y representaciones inmediatas no son todavía conocimiento: deben ser mediadas y reelaboradas por el trabajo del concepto. Para Husserl (1859-1938), los sentidos sedimentados en la experiencia requieren un retorno reflexivo que reactive su origen y los vuelva accesibles a la intuición. Y según John Dewey (1859-1952), la indagación comienza cuando una situación vivida se vuelve indeterminada o problemática; mediante la reflexión, el conflicto se convierte en objeto de investigación y orientación de la acción. En todos estos casos, como en Bion, el pensamiento no se limita a recibir lo dado: tiene que procesar lo inmediato, lo confuso o lo padecido en material elaborable, susceptible de conocimiento, juicio y acción.
¿Y qué pasa con el pensamiento ya procesado? Es más, ¿qué sucede con el conocimiento producido? Podría suponerse que, una vez elaborado, queda disponible como posesión estable, definitiva, confiable; pero sería ingenuo pensar que así sea. El conocimiento, aun cuando ha sido pensado, verificado y organizado, sigue siendo un material que exige procesamiento: debe ser contextualizado, puesto en relación con otros saberes, revisado a la luz de sus consecuencias y sometido a la posibilidad de su propio error. Edgar Morin (1921-2026) lo plantea con nitidez en Introducción al pensamiento complejo: pese al extraordinario desarrollo de los conocimientos científicos, y pese al predominio de la verificación empírica y lógica, el error, la ignorancia y la ceguera avanzan a la par con la ciencia. La causa profunda de esto no reside tanto en una percepción falsa o en una incoherencia lógica aislada, ni en el primero ni en el segundo paso, sino en el modo en que organizamos el saber en teorías, ideologías y sistemas de ideas. Por eso, el pensamiento ya procesado no queda exento del trabajo mental: se vuelve, a su vez, algo que debe ser ligado, criticado y reelaborado, para dar paso a lo que el pensador francés llama conciencia radical.
Si en Bion los pensamientos constituidos requieren elaboración para hacerse disponibles para la acción, en Morin el conocimiento humano acumulado exige una vigilancia reflexiva que impida que se convierta en nueva ignorancia o en razón degradada. Queda, pues, al menos un nivel adicional de procesamiento mental: el que metaboliza no ya los datos brutos ni las emociones, tampoco los pensamientos, sino los propios productos del pensamiento, el conocimiento y sus efectos en el mundo. Y aquí es donde está el mayor reto: la estupidez humana puede ser —de hecho, lo es— proporcional a la inmensidad de nuestro conocimiento acumulado.
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