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Han pasado casi 350 años de que la peste bubónica mató a cerca de cien mil londinenses. De entonces a la fecha el desarrollo científico y tecnológico ha sido enorme, en cualquier caso suficiente para que hoy sepamos qué origina las epidemias e incluso muchas veces tengamos la capacidad de desarrollar curas y vacunas. Desde la soberbia del siglo XXI, podemos pensar que para aquella gente su vulnerabilidad era tanta como su ignorancia; por ejemplo, mataron a todos los perros y gatos domésticos pensando que eran acarreadores del mal, y nada más empeoraron el asunto, porque libraron de sus depredadores a los verdaderos enemigos, las ratas. En 1665, Londres contaba con alrededor de medio millón de habitantes, y llegaron a ocurrir siete mil decesos en tan sólo una semana. El lunes 27 de abril de 2009, en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, con una población de cerca de 20 millones, se tiene la certeza de que la influenza AH1N1 de origen porcino ha matado a menos diez personas. Desde la perspectiva que me ofrece la calle y los medios, ni las evidencias que aporta la aritmética ni siglos de conocimiento científico acumulado han ayudado mucho para paliar el miedo. Falso que a mayor información menos temor, falso también que a mayor conocimiento construido racionalmente desaparezca nuestra necesidad de modelar mitos para comprender el mundo. Un botón: el domingo 26, un grupo de creyentes sacó de la Catedral en procesión por las calles del centro histórico al Cristo de la Salud, una escultura de más de dos metros de altura, considerada particularmente milagrosa en casos de contingencias sanitarias —las fuentes católicas no se ponen de acuerdo si la última vez que deambuló la figura fue en 1850 o en 1691—. El fervor religioso frente al ataque viral, sí…, aunque los que cargaban el pedestal llevaban tapabocas.