Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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domingo, 14 de junio de 2026

Mitológicos objetos internos

  

Ib

En la mitología del antiguo Egipto no se concebía a la persona como una unidad simple e indivisible, sino como una constelación de componentes diferenciados entre sí que, además, tenían la capacidad de actuar de manera más o menos autónoma. Entre esos componentes se encontraban el ib (corazón), sede de la memoria, las intenciones y la responsabilidad moral —no creían que el cerebro fuera la residencia de la vida psíquica; de hecho, durante la momificación, el cerebro se extraía y se desechaba, mientras que el corazón se conservaba cuidadosamente—; el ka, una especie de principio vital que acompañaba al individuo desde su nacimiento; el ba, una manifestación móvil de la personalidad capaz de desplazarse entre el mundo de los vivos y el de los muertos; el ren (nombre), cuya preservación garantizaba la continuidad de la existencia con la misma identidad; y la sheut (sombra), considerada, paradójicamente, una dimensión real del individuo. Muchos textos funerarios muestran que estos elementos no eran concebidos como meras abstracciones, sino como entidades con cierto grado de agencia propia. Por ejemplo, en el capítulo 30B del Libro de los Muertos, el difunto implora a su propio corazón que no testifique contra él durante el juicio de los muertos. El muerto no dialoga consigo mismo en un sentido reflexivo; le habla a su propio corazón como a otro, y además le suplica. En numerosos pasajes del mismo corpus, el ba aparece representado como un ser que abandona la tumba y regresa a ella. Desde esta perspectiva, el sujeto se entiende como una comunidad interior de presencias interrelacionadas más que como un yo unitario, una concepción que ofrece un sugestivo antecedente mítico de la idea de una vida psíquica habitada por instancias relativamente autónomas.

 

Fravashi

En la antigua religión iraní, tal como quedó plasmada en el Avesta, se creía que cada persona poseía un fravashi, una entidad espiritual preexistente que la acompañaba y protegía a lo largo de su existencia terrenal: una suerte de objeto interno primario benévolo que acompaña desde siempre —filogenético, diría Freud; arquetípico para Jung—. A diferencia del cuerpo o incluso del alma individual, el fravashi pertenecía a una dimensión trascendente y conservaba un vínculo permanente con el orden cósmico establecido por Ahura Mazda. Los himnos conocidos como Fravardin Yasht describen a los fravashis como seres conscientes y activos que velan por los vivos, auxilian a los justos e incluso participan en la preservación del mundo. De este modo, la persona no aparecía concebida como una individualidad cerrada sobre sí misma, sino como alguien acompañado interiormente por una presencia íntimamente ligada a su existencia, aunque distinta de ella. Esta concepción introduce en el interior de la identidad humana una instancia protectora y orientadora que trasciende al individuo sin dejar de formar parte de él. He aquí otro sugestivo antecedente mítico de una vida psíquica concebida como una pluralidad de presencias interrelacionadas.

 

Metis

Zeus supo por una profecía que su esposa, Metis —la astucia, la prudencia, la inteligencia práctica—, engendraría primero a Atenea y después a un hijo destinado a destronarlo —tal como él había destronado a Cronos y Cronos a Urano—. Para conjurar esa amenaza, Zeus engañó a Metis y la devoró mientras estaba embarazada. La diosa no murió: continuó habitando en el interior de Zeus y ejerciendo desde allí su influencia, aconsejándolo y aportando su sabiduría al padre de los dioses. Tiempo después, Zeus sintió un dolor de cabeza terrible; Hefesto le abrió el cráneo y de allí surgió Atenea, diosa de la sabiduría, armada y adulta. Lo notable del relato es que la incorporación de Metis no implica su aniquilación, sino su transformación en una presencia interior activa. El mito puede leerse como una de las representaciones más antiguas de algo semejante a un objeto interno: una figura significativa que, tras ser incorporada, pasa a formar parte de la vida anímica del sujeto sin perder del todo su identidad propia. Para Zeus, la astucia y la prudencia dejan de ser cualidades encarnadas en otro ser y pasan a habitarlo, como una presencia interiorizada que orienta sus actos y participa en la constitución misma de su personalidad: Zeus introyecta un objeto externo (Metis) que se convierte en un objeto interno bueno y protector.

 

Erinias

Esquilo cuenta que Orestes asesinó a su madre, Clitemnestra, para vengar la muerte de su padre, Agamenón. Esa es la causa por la cual es perseguido por las Erinias, divinidades ctónicas que encarnan la venganza y el remordimiento. Ellas no son enemigos externos visibles para todos: sólo Orestes las ve y las oye. Lo acosan con su presencia, lo enloquecen, le impiden dormir. Son, literalmente, una voz interna que lo acusa y lo atormenta sin tregua. La persecución no proviene del exterior, sino de un tribunal instalado en lo más íntimo del sujeto. El mito llega al desenlace cuando Atenea instituye un juicio con un tribunal humano, y las Erinias, tras la absolución de Orestes, aceptan transformarse en Euménides, “las benévolas”, y recibir un culto en Atenas. El relato es revelador: las mismas figuras que fueron agentes de tortura psíquica se convierten en presencias protectoras una vez que son reconocidas, apaciguadas y alojadas en un lugar digno dentro de la comunidad —y, simbólicamente, dentro del psiquismo—. El mito ofrece así una poderosa imagen de un objeto interno persecutorio que, tras un proceso de elaboración, puede trocarse en un objeto interno benevolente. También aquí la psique aparece como un espacio habitado por figuras dotadas de agencia propia, capaces de acusar, castigar y, eventualmente, proteger.

 

Voces

Quizá por debajo de estas cuatro imágenes —el corazón que testifica, el fravashi que custodia, la diosa devorada que aconseja y las furias que mudan de signo— discurra una misma intuición, anterior a cualquier teoría: la de una psique nunca es individual del todo. No son meros símbolos ni metáforas; en el mito comparecen como presencias dotadas de voluntad, capaces de acusar, guiar o proteger, y ante las cuales el sujeto responde, suplica o negocia. El psicoanálisis les dará siglos más tarde nombres técnicos —objeto interno, superyó, imago—, para traducir a un lenguaje clínico lo que el pensamiento narrativo ha sabido siempre: que cada uno de nosotros somos una conversación entre distintas voces.

lunes, 13 de abril de 2026

El águila, la tortuga y el péndulo: una tragedia en dos actos


PRIMER ACTO

 

Los persas, la pieza teatral más antigua que se ha preservado hasta nuestros días, se escenificó por vez primera en Atenas, durante las fiestas Dionisias del 472 a. C. Han pasado 2,498 años. La obra teatral no se refiere a asuntos mitológicos, sino a hechos humanos, mundanos y contemporáneos para los espectadores de su estreno.

 

Esquilo nació hacia el 525 a. C. y falleció a los 68 años en la costa meridional de Sicilia. La tradición dice que murió de un tortugazo. El epitafio de Esquilo no registra los detalles de su fallecimiento:

 

Este sepulcro de Gela, la rica en cereales,

contiene a Esquilo, el hijo de Euforión, ateniense.

De su eximio valor hablarán Maratón y su bosque sagrado

y el cabelludo medo, que le conocen bien.


Ciertamente, en septiembre de 490 a. C., Esquilo combatió contra los invasores persas en Maratón —a 42 kilómetros de Atenas—, en la batalla definitoria de la primera Guerra Médica. Los aqueménidas venían de haber sometido la insurrección jónica, cuando Darío I decidió atacar a las ciudades-estado helenas. En Maratón, los griegos resistieron y terminaron por derrotar a los asiáticos. Aquel resultado iba contra todo pronóstico: apenas 35 años antes, los persas habían conquistado Egipto, y diez años atrás habían salido vencedores en Tracia, Macedonia y las costas del mar Negro. Después, en el oriente, fueron invencibles, hasta alcanzar el valle del Indo. En el 500 a. C. el imperio aqueménida alcanzaba su máxima extensión, unos 5.5 millones de kilómetros cuadrados, para convertirse en el más grande del orbe hasta entonces. Pero con los griegos no pudieron…

 

En Los persas, Esquilo no se refiere a la primer Guerra Médica, sino a la segunda, ocurrida diez años después. Para entonces, el imperio aqueménida era reinado por el hijo de Darío, Jerjes. Fue él mismo quien se puso al frente de sus huestes. Los persas cruzaron el Helesponto, para entonces recorrer Tracia hacia Tesalia; a su paso, todas las ciudades fueron sometidas. Después de vencer en la batalla de Termópilas, el embate persa avanzó hasta Atenas. Jerjes encontró la ciudad despoblada: los atenienses se habían ido a refugiar en la isla de Salamina. Luego de saquear Atenas, los persas acometieron la persecución, y fue en los estrechos costeros en donde la flota helena logró la derrota de los orientales. Jerjes regresaría humillado a la ciudad capital de su imperio, Sousa.

 

Los persas es un lamento a un héroe trágico, Jerjes. También es una alabanza a la fuerza de la gente que hace la ciudad. La reina Atosa, madre de Jerjes, cuestiona a un mensajero sobre lo que está sucediendo del otro lado del mar; desea saber si al fin Atenas fue destruida por el ejército comandado por su hijo. Esquilo hace que el mensajero responda que no, porque “mientras hay hombres, eso constituye un muro inexpugnable”.

 

 

INTERMEDIO: APOSTILLAS PARA QUIEN NO TENGA A MANO ALGUNOS LIBROS DE HISTORIA

 

1. Irán es Persia

Los persas no son una civilización extinta; hablamos de los antepasados directos de los actuales iraníes. La lengua persa, el farsi, sigue siendo la oficial de Irán, su poesía sigue viva, y la memoria de Ciro el Grande es tan presente como la de los reyes católicos en España o Cuauhtémoc entre nosotros.

 

2. Medos y persas: un error griego

Los griegos solían llamar “medos” a los “persas” porque el primer imperio oriental que amenazó sus costas (siglo VII a. C.) fue el de los medos, un pueblo vecino de los persas. De hecho, Ciro fue criado en Media. Cuando los persas se unieron a Media, unificaron el altiplano iraní, y los griegos no se molestaron en actualizar la nomenclatura. Es como si hoy llamáramos mexicas a todos los pueblos nahuatlacas.

 

3. Aqueménida: el apellido de la dinastía

Decir “imperio persa” no es del todo falso, pero es vago. La dinastía reinante desde Ciro hasta Darío III era la aqueménida, así llamada por Aquemenes, el legendario patriarca de la estirpe. Fue Darío I quien, tras hacerse con el trono en el 522 a.C., organizó el imperio en satrapías y consolidó el nombre de su linaje.

 

4. ¿ Grecia es Occidente?

A veces se dice que “Occidente” es una invención posterior, que los atenienses no se sentían europeos en el sentido actual. Cierto. Pero también es cierto que la civilización que hoy llamamos occidental hunde sus raíces en la polis griega, especialmente en Atenas. Los romanos conquistaron Grecia, pero fueron conquistados por su cultura; el cristianismo, aunque naciera en Judea, se helenizó para volverse universal; el Renacimiento redescubrió a Platón y Aristóteles; la Ilustración bebió de la democracia ateniense. Por eso, decir que Atenas es un pilar de Occidente señala un hecho de transmisión cultural: lo que ocurrió en aquel puñado de colinas entre el siglo VI y IV a. C. acabó por modelar la cosmovisión de medio mundo. Frente a eso, el imperio aqueménida representó durante siglos el arquetipo del llamado, con desdén desde Occidente, “despotismo oriental”. En realidad Persia tuvo también su grandeza administrativa y su tolerancia —Ciro liberó a los judíos—.

 

5. El tortugazo

El oráculo había vaticinado a Esquilo: “Morirás aplastado por una casa”. Entonces él decidió irse a vivir a las afueras de la ciudad de Gela, a una humilde choza con techo de paja. Caludio Eliano (c. 175-235 d. C.) cuenta lo que ocurrió entonces: “Las águilas que apresan a las tortugas de tierra y las arrojan desde lo alto y las estrellan contra las rocas y, quebrando así su caparazón, extraen la carne y la comen. Justo de esa manera… acabó la vida… de aquel poeta autor de tragedias. Esquilo estaba sentado sobre una roca, discurriendo y escribiendo sus temas habituales. Era calvo. De ahí que el águila, figurándose que la cabeza era una roca, soltó y arrojó contra ella la tortuga que tenía entre las garras. Y el disparo acertó a dar al citado varón y lo mató”.

 

 

SEGUNDO ACTO

 

Veinticinco siglos después, aquel “muro inexpugnable” que el mensajero de Los persas atribuía a los ciudadanos de Atenas sigue en pie. Pero ha cambiado de acera.

 

Si hoy alguien se parece a Jerjes y su arrogancia, ese no es un ayatolá, es el ejército más poderoso del orbe, el gringo, bajo el mando errático de Trump, con sus inmensos portaaviones en el Golfo Pérsico, sus drones y misiles asesinando generales y líderes, sus sanciones estrangulando gente… Occidente, el heredero de aquellos atenienses que defendieron su suelo del imperio oriental, se ha convertido en el nuevo imperio que ataca Oriente. La historia ha invertido los papeles con la precisión de un águila soltando una tortuga.

 

Y el Oriente al que se ataca —la milenaria Persia— ocupa ahora el lugar simbólico de Atenas. No porque su régimen sea una democracia ejemplar —de hecho, ninguna lo es—, sino porque, frente al gigante que lo amenaza, su pueblo y aliados se han convertido en ese muro del que hablaba Esquilo. Un muro hecho de memoria, de orgullo herido, de resistencia frente a décadas de sanciones, y de una certeza que Occidente parece haber olvidado: que ningún imperio, por más misiles que acumule, puede destruir un pueblo mientras queden en ella personas dispuestos a levantarse al día siguiente.

 

Jerjes había heredado el imperio más grande del mundo. Sus ejércitos habían arrasado ciudades, sus ingenieros habían construido puentes de barcas sobre el mar, sus arcas estaban llenas del oro de Babilonia y Egipto. Y sin embargo, la hubris —esa patología que los griegos retrataron magistralmente— lo llevó a creer que su poder era ilimitado. Que podía humillar a los dioses —literalmente: mandó azotar el Helesponto porque las olas le habían deshecho un puente—. Que la fuerza bruta bastaba para doblegar la voluntad de un pueblo. Sabemos cómo terminó: con su flota hecha astillas, su ejército diezmado, y él mismo huyendo de en un barco pesquero, para vivir el resto de sus días como la sombra de lo que había sido. ¿Les suena? La misma hubris que cegó a Jerjes hoy entrampa la estrategia de Washington contra Irán —eso de “estrategia” es sólo un decir—… La creencia de que las sanciones, los asesinatos selectivos, las amenazas militares, el cambio obligado de régimen y los insultos son herramientas mágicas que funcionan siempre. La incapacidad para entender que un pueblo sometido a presión externa —sobre todo cuando viene de un imperio que ya invadió Irak, Afganistán y Libia con resultados desastrosos— no se rinde: se radicaliza, se une, y encuentra en su propia resistencia el único capital que le queda. Y ahí tienen a Cuba, mucho más cerca, de magnífico ejemplo.

 

No estoy pronosticando que Estados Unidos vaya a sufrir una derrota militar como la de Jerjes en Salamina. Las guerras de hoy no se parecen a las de los trirremes. Pero la derrota estratégica, política y moral ya ocurrió. El mundo observa cómo la hiperpotencia americana, incapaz de someter a Irán después de cuatro décadas de hostilidades, se atasca en su propio fango del que no sabe salir. Y cada nueva escalada, cada nuevo post majadero de Trump, revela más desesperación que contundencia.

 

Una derrota de Estados Unidos —no necesariamente militar, sino geopolítica, la pérdida de credibilidad y aliados, el colapso de su diplomacia— acelera el tránsito de la hegemonía mundial hacia un nuevo polo oriental. Ese polo ya no sería Persia sola. Sería un enorme bloque: China, Rusia, Irán, India —quizás Turquía, y buena parte de los BRICS—. Un bloque que no necesita ganar una guerra contra Occidente; le basta con esperar a que Occidente se desangre solo en sus propias arrogancias, en sus escándalos, en sus miserias…

 

El poderoso cree que puede todo, y en su desmesura siembra las semillas de su propia debacle. Jerjes perdió no sólo una batalla, sino la reputación de invencibilidad. A partir de Salamina, los griegos —y luego los macedonios— se atrevieron a desafiar a Persia en su propio territorio. Algo similalr podría ocurrir en las próximas décadas: Estados Unidos, agotado, dividido, desprestigiado, podría ver cómo el centro de gravedad del mundo se desplaza hacia el Este, sin que sea necesario que nadie dispare un solo misil intercontinental.

 

Los imperios no caen cuando los vence el enemigo más fuerte. Caen cuando su propia arrogancia los vuelve ciegos a la realidad. Cuando confunden tener el ejército más caro del mundo con tener la razón. Cuando olvidan que, como escribió Esquilo hace 2498 años, el verdadero muro de una ciudad no son sus murallas ni sus escudos antiaéreos, sino la voluntad de su gente. Hoy, los persas tienen esa voluntad. Y Occidente se ha convertido en el nuevo Jerjes. La pregunta no es si Trump va a intentar acometar un genocido contra 90 millones de seres humanos. La pregunta es si Estados Unidos, es decir, su gente, será capaz de reconocer a tiempo su propia hubris, o si, como el rey aqueménida, tendrá que esperar a la humillación para aprender la lección más antigua de la historia: que la soberbia siempre precede a la caída.

 

Yo no apostaría por la inteligencia de los poderosos. Prefiero quedarme con la imagen de aquella águila que confundió la cabeza calva de Esquilo con una piedra. La historia —como cualquier águila— también se equivoca a veces. Pero cuando acierta, suele ser de tortugazo.

domingo, 1 de marzo de 2026

Chisme

  

Voici assez d'éloges donnés aux morts,

médisons un peu des vivants.

Alexandre Dumas, Vingt ans après.

 

 

Gracias a otro sociólogo, mi buen amigo el conde Serredi, leí De demonios a dioses. Eso ocurrió hace ya más de diez años, en 2015. Ese chisme ya lo he contado: durante unos meses, cada que nos veíamos, él insistía en que me dejara de tonterías y corriera a comprar el libro. ¿Ya lo tienes? ¿Ya lo leíste? Una llamada, un mail, un tweet, cualquier medio era bueno. Pasaban las semanas y yo seguía entretenidísimo consumiendo novela tras novela, y no le hacía caso. El hostigamiento llegó a su fin cuando el conde terminó por hartarse de mi testarudez, y una feliz tarde se apersonó con un ejemplar nuevecito bajo el brazo: Toma, léelo

 

Uno de los muchos hallazgos con los que me topé en aquel libro de Yuval Noah Harari (1976) fue la teoría de que el chismorreo se encuentra en el origen mismo del lenguaje humano:

Nuestro lenguaje evolucionó como una variante de chismorreo. Según esta teoría…, la cooperación social es nuestra clave para la supervivencia y la reproducción. No basta con que algunos hombres y mujeres sepan el paradero de los leones y los bisontes. Para ellos es mucho más importante saber quién de su tropilla odia a quién, quién duerme con quién, quién es honesto y quién es un tramposo… [ ] Las nuevas capacidades lingüísticas que los sapiens modernos adquirieron hace unos 70,000 años les permitieron chismorrear durante horas. La información fiable acerca de en quién se podía confiar significaba que las cuadrillas pequeñas podían expandirse en cuadrillas mayores, y los sapiens pudieron desarrollar tipos de cooperación más estrecha y refinada.

Como hace siempre, Harari no da crédito en el cuerpo del texto, pero en nota al final del libro cita a quien se considera el autor de esta teoría: el antropólogo, biológico, psicólogo evolutivo y especialista en comportamiento de primates Robin Dunbar (Robin Ian MacDonald Dunbar; Liverpool, Inglaterra, 1947). En Grooming, Gossip and the Evolution of Language, propuso que el lenguaje humano evolucionó como una forma eficiente de “acicalamiento vocal” (vocal grooming) para mantener la cohesión social en grupos grandes, reemplazando el acicalamiento físico de los primates no humanos (espulgarse unos a otros, limpiarse, quitarse espinas…). Según Dunbar, el chisme (gossip) habría jugado un rol clave en este proceso, permitiendo fortalecer alianzas de manera más económica y simultánea. El libro de Dunbar se publicó en 1996, quince años antes que el best-seller de Yuval Noah Harari —la primera edición en hebreo de De animales a dioses, que en ediciones posteriores se vendió como Sapiens, se titula קיצור תולדות האנושותUna breve historia de la humanidad, apareció en 2011 bajo el sello editorial Dvir Publishing—.

 

Dunbar revolucionó la comprensión del origen del lenguaje al desplazar el foco de la supervivencia a la reproducción social —cohesión de grupo—. Resulta que el chisme es la herramienta que nos ha permitido gestionar nuestro complejo mundo social y mantener unidas comunidades mucho más grandes de lo que sería posible sólo con el contacto físico. El chisme es, esencialmente, acicalamiento con palabras.

 

Poco después, en 2019, Francesca Giardini y Rafael Wittek publicaron The Oxford Handbook of Gossip and Reputation, la primera obra que analiza integral e interdisciplinariamente los fenómenos del chisme y la reputación, demostrando que están fusionados inextricablemente como mecanismos sociales base. El libro ofrece una comprensión del chisme desde sus antecedentes y procesos hasta sus consecuencias en la creación de cooperación, control social y mantenimiento del orden en grupos humanos, desde pequeñas sociedades hasta sistemas online globales. Además de ubicarlo en los orígenes del lenguaje humano, los autores conceptualizan el chisme como una habilidad social sofisticada, no como un defecto moral, que requiere inteligencia social para ser efectivo y evitar represalias.

 

Casi medio siglo antes de que Yuval Noah Harari publicara Sapiens y treinta años antes de la primera edición del libro de Robin Dunbar, el escritor también israelí Amos Oz dio a conocer su primera novela, Makom Acher (1966) —editorial Sifriyat Poalim de Tel Aviv—, traducido al español como Quizás en otro lugar. La novela debut de Amos Oz, ambientada en el kibutz ficticio de Metsudat Ram cerca de una frontera hostil, profundiza en temas de aislamiento, ideología y dinámicas sociales. De esta novela tomo el siguiente extracto:

Quien no simpatiza con el chismorreo no hace más que demostrar lo poco que comprende la esencia de nuestra vida comunitaria. Aquí el chismorreo… cumple un importante papel, y muy respetable, y a su manera ayuda a arreglar el mundo… El secreto está en que juzgamos a nuestro prójimo día y noche, juzgamos sin piedad…, aquí todo el mundo juzga, todo el mundo es juzgado, no hay debilidad que pueda escaparse aquí por mucho tiempo a los juicios de valor… Todos los días eres juzgado, a cada instante. Por tanto, todos estamos obligados a declararle la guerra a nuestra propia naturaleza. A purificarnos. Nos pulimos unos a otros igual que el río pule los guijarros.

Hace casi veinte años escribí un texto a propósito de Palmeras de la brisa rápida (2009), un libro del también sociólogo Juan Villoro. Lo titulé Literatura mata Sociología, y en él argumentaba que, puestos a tratar de entender las cosas, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, Conversación en La Catedral de Vargas Llosa, El otoño del patriarca de García Márquez o Tres tristes tigres de Cabrera Infante resultan aliados bastante más efectivos que toneladas de investigaciones y tesis doctorales en historia de Hispanoamérica, ciencias políticas y sociología. Sigo pensando lo mismo. La precisión con que Amos Oz describe en su novela la función milenaria del chisme nos lo recuerda. Por cierto, en Palmeras de la brisa rápida, Villoro recuerda a una abuela suya: “Todos los días renovaba su decencia describiendo con lujo de detalle la indecencia de los demás”.

 

Visto así, quizá mi amigo el conde Serredi, al regalarme el libro, no estaba sino practicando lo que Dunbar teoriza: un acicalamiento con palabras —sobre un autor que merecía la pena— para fortalecer nuestra alianza. Me estaba puliendo, como el río pule los guijarros. Y funcionó. Aquí estoy, años después, contándoselo a ustedes.

domingo, 11 de enero de 2026

Normalidad de conveniencia

  

 

La vida que llevaba antes de ‘nacer’ como dependienta de una tienda

está envuelta en una nebulosa y no la recuerdo claramente.

Sayaka Murata, La dependienta.

 

 

La protagonista La dependienta, Keiko Furukura, no nació como dependienta; se hizo dependienta. Su historia es la crónica de una solución de supervivencia. Frente a la incapacidad de descifrar el manual no escrito de la normalidad interpersonal, Keiko encuentra en el Smile Mart —algo así como un Oxxo— un mundo reglado, predecible, donde cada gesto, cada saludo, cada transacción tiene su protocolo. “Se me daba bien imitar los ejemplos…” La imitación es el núcleo de su estrategia existencial. En el universo limitado y brillante de la konbini, Keiko logra lo que le es esquivo en el “mundo exterior”: pasar por una persona normal. No es que haya desarrollado una auténtica comprensión de las reglas sociales; más bien, ha internalizado un guion externo hasta el punto de que su desempeño se vuelve automático, fluido, convincente. La tienda le proporciona lo que en el ambiente social nunca tuvo: un self funcional. El psicoanalista británico Donald Winnicott (1896-1971) diría Keiko ha construido, de manera nítida y deliberada, un falso self.

 


En “La distorsión del yo en términos de self verdadero y falso”, Winnicott postula que el falso self se origina en las fallas más tempranas del ambiente facilitador. La madre “suficientemente buena” es aquella capaz de intuir y satisfacer el gesto espontáneo del infante, aquel impulso que emana del self verdadero, permitiéndole así “empezar existiendo y no reaccionando”. Cuando la madre no logra esta sintonía, sustituye el gesto genuino del bebé por el suyo propio, forzándolo a la sumisión. El falso self se organiza entonces como una defensa: su función es “ocultar y proteger al self verdadero” de la aniquilación que supondría su exposición a un ambiente que no lo reconoce. En los casos extremos, el falso self se establece como real, y es lo que los demás toman por la persona, aunque en las situaciones que demandan autenticidad, esa fachada presenta alguna carencia esencial.

 

La novela de Sayaka Murata presenta un caso de manual de este desarrollo. Desde su infancia, sus gestos espontáneos son sistemáticamente rechazados por su entorno. Sus padres, preocupados, intentan “curarla”. El problema no es la carencia de cariño, sino una falla en el reconocimiento de su self verdadero, de su particular modo de estar en el mundo. Keiko internaliza el mensaje: sus impulsos naturales son inaceptables, producen desconcierto y vergüenza ajena. Decide entonces “hablar lo mínimo”, “imitara los demás y a obedecer órdenes”, dejando de “actuar por mi cuenta”. Esta decisión consciente marca el inicio de su organización defensiva. Su self verdadero se retira —¿a la inexistencia?—. Lo que despliega ante el mundo es una máscara de obediencia y silencio.

 

El hallazgo del Smile Mart es una revelación salvadora. La tienda le ofrece un manual explícito. Al adoptar el rol de dependienta, Keiko no ejerce un trabajo; accede a un self prefabricado, operativo y socialmente validado. El uniforme, las frases de cortesía, los rituales matutinos, la coreografía de movimientos frente a la caja, todo constituye un sistema completo de ser. Este self falso de dependienta es “exitoso”. Es tan convincente que sus compañeros y jefes la consideran una empleada modelo. Cumple a la perfección la función de ocultar aquel self verdadero que, desprovisto de este andamiaje. La paradoja es profunda: la artificialidad reglamentada de la konbini le permite a Keiko experimentar, por primera vez, una sensación de realidad y pertenencia. “Entonces sentí por primera vez que formaba parte del mundo, como si acabara de nacer”. 

 

Sin embargo, como señala Winnicott, un self falso, por bien organizado que esté, “carece de algo, y ese algo es el elemento esencial de la originalidad creativa”. Keiko lo intuye. Su vida fuera de la tienda es un vacío, un mero intervalo de recuperación para el turno siguiente. No tiene deseos, proyectos o relaciones auténticas. Su identidad es un collage de identificaciones prestadas. Esta plasticidad mimética es la máxima expresión de su adaptación defensiva.

 

La crisis sobreviene cuando la presión social exige que trascienda el rol de dependienta y encarne el siguiente rol del guión normativo: el de esposa y, potencialmente, madre. Keiko, que ha logrado estabilizar su existencia en el microcosmos regulado de la tienda, se ve forzada a enfrentar el manual más amplio y difuso de la vida adulta normal

 

Keiko Furukura encarna una paradoja extrema de la normalidad moderna. Su camino no conduce a la curación en el sentido de adaptación al “mundo normal”. Al final, rechaza el matrimonio de conveniencia y el empleo estable, y decide buscar otra tienda donde trabajar. Su self falso de dependienta, que empezó como una defensa, ha terminado por fusionarse con lo que, en su estructura psíquica única, constituye su self verdadero. No ha logrado convertirse en una “persona normal” según el guion social, pero ha encontrado una norma propia, una normalidad de conveniencia que le permite existir sin la sensación de futilidad. En términos de Canguilhem, ha instituido sus propias normas de vida, patológicas quizá para el consenso social, pero vitales para ella. Keiko no resuelve la paradoja de la normalidad; la habita en su forma más pura y desgarradora: para ser real, debe apegarse a un manual, pero al hacerlo con una convicción total que anula cualquier otra pretensión, alcanza una especie de autenticidad secundaria, una normalidad lograda a través de la más absoluta artificialidad. Su vida nos interroga: ¿no será que, en el fondo, todos interpretamos personajes, sólo que algunos manuales son más gruesos, más difusos y, por lo mismo, más difíciles de aprender que el de una konbini?

 

domingo, 14 de diciembre de 2025

Carta a una señorita de París

  

Monsieur Nicolas Mercier.

 

 

Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad.

Julio Cortázar, Carta a una señorita en París.

 

 

 

Aura se mueve en bicicleta. También camina grandes trechos. Rara vez se sube al metro y casi nunca aborda un autobús. Hace un par de días, al término de la jornada, mientras aparcaba una bicicleta en una estación de Vélib’ Métropolelocalizada frente a una pequeña iglesia, un extraño se aproximó a ella…

 

— Excusez-moi, mademoiselle, permettez-moi de vous remettre cette lettre.

 

Y le extendió un sobre blanco. Escrito a mano con tinta azul, en el sobre decía: “Prenez ceci, il vous est destiné”, es decir, “Tome esto, está destinado a usted”. No falta mucho para que Aura cumpla diez años viviendo en París: conoce de sobra el abanico de timos, chapuzas y engaños que pueden desplegar las parvadas de embaucadores y petits arnaqueurs que pululan por las calles…

 

— Ne vous inquiétez pas, mademoiselle, je ne vous demanderai rien en retour.

 

El desconocido —ya mayor, quizá cercano a los setenta— sonriendo afablemente le explicó que tenía el hábito de entregar cartas que él mismo escribía a las personas a las que sentía que estaban destinadas. 

 

— Merci —Aura aceptó el sobre.

 

Antes de irse, el hombre le preguntó si era parisina. Aura respondió que no, que era mexicana, y él le contó que, hace años había entregado una carta como la que ahora le daba a ella a un señor que entonces fungía como embajador de México en Francia… ¡Y él, el diplomático, le había escrito de vuelta!

 

— Bonsoir, Mademoiselle.

 

— Bonne nuit, Monsieur.

 

Aura guardó la carta en su bolso y emprendió la caminata que le quedaba para llegar a su apartamento.

 

 

 

 

Esa misma noche Aura me llamó y me narró el suceso. Aún no había abierto el sobre. Le pedí que cuando lo hiciera me contara qué decía, cuál era el mensaje… Un par de horas después, desde el otro lado del Atlántico recibí en el teléfono varios audios de Aura: la traducción de lo que fue leyendo en la misiva:

Dice… Madame, Mademoiselle ou Monsieur… Apasionado de las citas y de aforismos llenos de sabiduría, tuve la idea de escribir a la gente con la idea de que pueda enriquecer su vida, y que, quizás, puedan enriquecer la mía también si me envían de vuelta tres citas o máximas que les gusten, ya sea de ellas mismas o de otros autores: citas de académicos, de escritores, de políticos y artistas, de deportistas y de otras personas… Tengo la gana… No, no la gana… tengo el propósito de solicitarle eso mismo a usted, Madame, Mademoiselle ou Monsieur, por la razón siguiente. Generalmente es por las vías… ¿Se dice las vías? Generalmente es mediante la televisión o de la radio, de la lectura de periódicos, que busco más personas que me ayuden a agrandar mi colección de aforismos. También me gusta pasear a pie y escoger al azar gente para entregarle una carta como esta, sin decirles de una tajada, de golpe, de qué se trata todo esto. ¡Sorpresa! En su caso, Madame, Mademoiselle ou Monsieur, es distinto. Hoy 12 de diciembre acompaño a mi hijo Martin a París a una cita con el dermatólogo, así que aprovecho la ocasión para distribuir algunas cartas a gente con la que me cruzaré durante este día. Esta es la sexta carta; está destinada a ser entregada en una capilla o en una iglesia, cosa que no he hecho en mucho tiempo. Yo no soy practicante, pero tengo un gran respeto por las religiones y por quienes las practican. Espero no haberle aburrido mucho con mi historia, pero me gustaría decirle que… ¡Ay, es que este señor escribe bonito, pero no muy legible! Ahora le digo al señor, señora o señorita, con todo mi corazón, que yo sería feliz de que me pudiera contestar. Estaría infinitamente agradecido. Sin querer molestar más, con la inmensa esperanza de leerlo en un futuro, le ruego aceptar mis distinciones…, no, mis sentimientos… Bueno, es que así se dice: … mis sentimientos distinguidos y más respetuosos. Muy cordialmente, Nicolas Mercier.

 

Con un simple saludo de su parte sería yo muy muy feliz. Gracias.

De las 2,184 frases de mi colección, me permito enviarle seis. Número 48: No hay más que dos cosas que sirven para la felicidad: creer y amar. La número 60: El hombre no es bueno ni malo, nace con instintos y aptitudes. Balzac. De la conversación sale la luz. Proverbio indio. Lo que busco en la vida es buena voluntad y un intercambio con los otros motivado… No sé qué dice aquí, no entiendo su letra aquí: motivado por no sé qué cosa… de un corazón recíproco. Y dice que esa fue una respuesta que tuvo una carta que dejó en una iglesia el 20 de octubre de 2020, y que el día 27 recibió la respuesta número 259. La número 1,146: Busca siempre el humano en el otro y jamás lo abandones… Nunca… Esto no entiendo… Nunca tiene sentido llorar, sino luchar… Y esta cita dice que se la dio María Isabel Gomes en el 2021, una dama muy vieja que en 1983 fue la jueza más joven de Francia, cuando tenía 23 años. Y para acabar, una cita que me regaló madame Brigitte Bardot: No le deseo la vida de una estrella, sería muy larga; y no le deseo la vida de una rosa, sería muy corta. Pero deseo que su vida sea bella como una rosa y brillante como una estrella.

 

Un placer haber compartido estas citas. Tenga excelentes fiestas de fin de año, amor, paz y felicidad. Un apasionado que espera todos los días al cartero con mucha impaciencia.

 

 

 

 

En un par de mensajes de texto, Aura me dice que piensa contestarle al señor Nicolas. En el mismo sobre, el hombre metió otro sobre doblado con su domicilio anotado al frente —vive en Cubry, una población francesa cercana a la frontera con Suiza— y un timbre postal. Yo también voy a escribirle. Planeo enviarle una copia de este texto, acompañado de su traducción al francés —misma que le pediré a Aura que haga—; espero que, más allá de los aforismos que le mande —supongo que le enviaré seis de sendos escritores latinoamericanos—, le sorprenda recibir una carta enviada desde la Ciudad de México. Aunque, bueno, ya lo escribió Marco Aurelio: “¡Cuán ridículo y extraño es aquel que se sorprende de cosa alguna de cuantas pasan en esta vida!”, un aforismo que seguramente ya estará en la colección de Monsieur Nicolas Mercier. 

domingo, 19 de octubre de 2025

Indicios

  

… penetrar cosas secretas y ocultas

a base de elementos poco apreciados o inadvertidos,

de detritos o “desperdicios” de nuestra observación.

Sigmund Freud, El Moisés de Miguel Ángel

 

 

 

 

1898 

 

Según James Strachey, la primera vez que Sigmund Freud escribió el término der Familienroman, “la novela familiar”, fue en una carta dirigida a su amigo Wilhelm Fliess fechada el 20 de junio de 1898.

Todos los neuróticos crean la llamada novela familiar (que se vuelve consciente en la paranoia); sirve por un lado a la necesidad de autoengrandecimiento y por otro como defensa contra el incesto.
 

 

 

1908

 

Freud desarrolló el concepto de novela familiar en un ensayo que debió de escribir en 1908. Inicialmente, aparecería publicado como un agregado del libro de Otto Rank El mito del nacimiento del héroe. No sería sino hasta las posteriores ediciones que el texto sería titulado: La novela familiar del neurótico. Arranca así el padre del psicoanálisis: “En el individuo que crece, su desasimiento de la autoridad parental es una de las operaciones más necesarias, pero también más dolorosas, del desarrollo”. Sin entrar en sus detalles, basta decir que el planteamiento de Freud es que, para ello, la novela familiar constituye un conjunto de fantasías mediante las cuales el sujeto modifica imaginariamente su vínculo con sus progenitores, elaboraciones fantasmáticas con las que el niño construye un relato alternativo sobre su propio origen.

 

 

1963

 

El galardón más importante de la literatura italiana es el Premio Strega. Lo han merecido, por ejemplo, Cesare Pavese, Alberto Moravia, Primo Levi, Umberto Eco… En 1963 la ganadora fue la palermitana Natalia Ginzburg (1916-1991), por Lessico famigliare. En la nota autoral con la que inicia la novela, ella advierte:

Todos los lugares, hechos y personas que aparecen en este libro son reales. Nada es ficticio… Al escribir, sentía tan profunda intolerancia por cualquier invención, que no he podido cambiar los nombres verdaderos.

Y, efectivamente, en Léxico familiar el lector se encontrará a personajes tan reales como Leone Ginzburg, Camilo Olivetti, Cesare Pavese… Más adelante, en la misma nota, Natalia Ginzburg dice:

… este libro, aunque haya sido extraído de la realidad, debe leerse como se lee una novela, es decir, sin pedir más, ni tampoco menos, de lo que una novela puede ofrecer.

 

 

1986

 

Bajo el sello editorial Giulio Einaud apareció en 1986 la primera edición de Mitti emblemi spie de Carlo Ginzburg, libro en el que incluye el ensayo “Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales”. Su tesis central es que hacia fines del siglo XIX surgió un paradigma epistemológico basado en cierto tipo de inferencias: ni inductivas ni deductivas ni abductivas, sino inferencias a partir de indicios. El historiador italiano considera que el origen del paradigma epistemológico de inferencias indiciales se remonta al tiempo en que los humanos dependíamos de la caza y la recolección: “La acumulación de innumerables actos de persecución de la presa le permitió aprender a reconstruir las formas y los movimientos de piezas de caza no visibles, por medio de huellas en el barro, ramas quebradas...”, esto es, de indicios. Inferir a partir de indicios se basa en la capacidad de “remontarse desde datos experimentales aparentemente secundarios a una realidad compleja, no experimentada en forma directa”.

 

 

1939

 

En abril de 1939, en Turín, nació el primogénito de Natalia Levi y Leone Ginzburg, Carlo Ginzburg. Natalia publicaría tres años después su primera novela, El camino que va a la ciudad, con un seudónimo: Alessandra Tornimparte. En la primera reedición del libro ya usaría su nombre de casada, Natalia Ginzburg, con el que firmaría a partir de entonces todas sus obras, incluyendo Léxico familiar.

 

 

1897

 

También según Strachey, en la carta a Fliess del 24 de enero de 1897, Freud, aunque no utiliza aún el término, alude ya a los elementos fundamentales que después conformarían la novela familiar. Freud estudiaba el tema de la brujería y observó que en la paranoia (y posteriormente en todos los neuróticos) aparecía una fantasía típica relacionada con la influencia decisiva de la figura paterna ligada al ideal, y con la creación de mitos genealógicos tendientes al “extrañamiento de la familia”. Los indicios que Freud apunta en la carta son varios: el tema del linaje y la descendencia, la familia propia que aparece como extraña, la idealización paterna, la megalomanía y los mitos genealógicos que llevan a la fantasía de un origen excepcional, la función defensiva contra el reconocimiento de realidades incómodas…

 

 

1874

 

Carlo Ginzburg sostiene que “el conocimiento histórico, como el del médico, es indirecto, indicial y conjetural”, basado en “vestigios, tal vez infinitesimales, que permiten captar una realidad más profunda, de otro modo inaccesible”. Uno de sus tres ejemplos del paradigma del conocimiento a partir de indicios es el método de Giovanni Morelli. Entre 1874 y 1876, bajo el seudónimo de Iván Lermolieff, proponía un sistema para la atribución certera de cuadros antiguos. Frente a la práctica habitual de basarse en los rasgos más evidentes de una obra, fácilmente imitables, Morelli sostenía que “hay que examinar los detalles menos trascendentes e influidos por las características de la escuela pictórica a la que el pintor pertenecía: los lóbulos de las orejas, las uñas, la forma de los dedos de manos y pies”. Al catalogar escrupulosamente tales detalles formales e inconscientes, que el artista ejecutaba de manera automatizada y que un copista pasaba por alto o reproducía con dificultad, Morelli podía identificar la “mano” única del maestro y distinguir así los originales de las copias fraudulentas.

 

 

1914

 

El método psicoanalítico que Freud desarrolló a lo largo de toda su obra se apoyó sistemáticamente en lo que Carlo Ginzburg denomina paradigma indiciario. Freud reconoció explícitamente esta influencia en su ensayo El Moisés de Miguel Ángel (1914), donde estableció la conexión entre su método y el del crítico de arte Giovanni Morelli:

Mucho antes de que pudiera yo haber oído hablar de psicoanálisis vine a enterarme de que un experto en arte, el ruso Iván Lermolieff [Giovanni Morelli]… había provocado una revolución en las pinacotecas de Europa... Habían alcanzado ese resultado prescindiendo de la impresión general y de los rasgos fundamentales de la obra, subrayando en cambio la característica importancia de los detalles secundarios, de las peculiaridades insignificantes, como la conformación de las uñas, de los lóbulos auriculares, de la aureola de los santos y otros elementos que por lo común pasan inadvertidos... Yo creo que su método se halla estrechamente emparentado con la técnica del psicoanálisis. También ésta es capaz de penetrar cosas secretas y ocultas a base de elementos poco apreciados o inadvertidos, de detritos o 'desperdicios' de nuestra observación…

 

 

2025

 

Como Freud en 1897, como Natalia y Carlo Ginzburg, sigo tanteando en busca de sentido entre detalles minúsculos: las palabras que heredé, los gestos que repito, las historias que me cuento para explicarme de dónde vengo. La verdad no siempre se encuentra en lo visible, sino en las costuras, en los márgenes, en lo que parece una nadería, incluso también en las soluciones de la fantasía.

domingo, 3 de noviembre de 2024

De la Tiniebla a Edipo

  

Se dan dos regímenes de relaciones entre

los dioses y los hombres: el convite y el estupro.

El tercer régimen, el moderno, es la indiferencia,

pero supone que los dioses ya se han retirado.

Roberto Calasso, Las bodas de Cadmo y Harmonía.

 

 

 

La mitología griega da cuenta cabal de toda la genealogía de Edipo rey. Digo cabal y digo toda, y no exagero: la pista filogenética del personaje trágico puede hilvanarse hasta algo previo al Principio, algo anterior a todo.


 

La historia familiar de Edipo de Tebas comienza desde el vacío primordial, el Caos. O si damos por buena la versión de Gaius Julius Hyginus (c. 64 a. C. – 17), la saga se remontaría al Calígine: en su Fabulae, el latino, quizá nativo de Hispania, menciona a Caligio, Tiniebla, como la entidad primaria, que existió incluso previamente que el Caos. En fin, después de la oscura nada, después de la total masa desordenada e informe… Pero qué tanto después. Imposible decirlo: el Caos no pudo durar mucho ni poco ni nada, puesto que no había tiempo.

Antes del mar y de las tierras y de lo que todo lo cubre, el cielo, era único el aspecto de la naturaleza en el orbe entero, al que llamaron Caos, masa informe y enmarañada y no otra cosa que una mole estéril…

Ovidio, Metamorfosis.

En fin, inmediatamente después o al cabo de universales eternidades, el Cosmos comenzó a conformarse cuando en medio del Caos surgieron “Gea, la de amplio pecho”, el tenebroso Tártaro y Eros, ellos tres, los primeros dioses, los inaugurales cósmicos.

 

Dueña ya de su propia existencia, ella, Gea, “alumbró al estrellado Urano”. Luego parió monstruos. Aún había muy poco, casi nada, menos tabúes: Gea se convierte en la consorte de su hijo celeste y juntos habrán de procrear a la primera camada de Cíclopes —los salvajes y violentos Brontes, Estéropes y Arges—, y también a los Hecatónquiros —Cottus, Briareos y Giges, temibles gigantes de cien manos y cincuenta cabezas—, pero además de todos esos monstruos, Gea y Urano incorporaron al mundo a los Titanes: doce, según Hesíodo, o trece, si contamos también a Dione.



Cuantos haya sido, entre ellos estaban Cronos, el tiempo, y dos ancestros de Edipo: “acostada con Urano, Gea dio a luz a Océano, de profundas corrientes” y a “la amable Tetis” (Hesíodo, Teogonía), el par, deidades del agua: ella personifica la fertilidad del mar; él, las aguas exteriores del mundo.



Los hermanos Océano y Tetis se desposaron y tuvieron muchísimos hijos e hijas, más de tres mil, los Oceánidas, dioses de los ríos, y las Oceánides, ninfas de estanques, lagos, lagunas, arroyos… Una de ellas, Melia, se unió con su hermano Ínaco, y fruto de este nuevo incesto nacieron Foroneo, Egialeo, Micene.

 

Foroneo sería un destacado héroe civilizatorio de la Argólida. Plinio el Viejo (23 – 79) se refirió a él como “el primer rey de Grecia”. Higino informa que más bien se decía que Foroneo había sido “el primer rey de los mortales” y “el primero que construyó un templo en Argos”. Pausanias (c. 110-180) en su Descripción de Grecia afirma que “Foroneo… reunió por primera vez en una comunidad a los habitantes, que hasta entonces vivían diseminados y cada uno por su lado”, y que en la ciudad de Argos se hallaba una estatua de Bitón en la que se mantenía encendido…

… un fuego que llaman de Foroneo, pues no están de acuerdo en que Prometeo dio el fuego a los hombres, sino que quieren transferir el invento del fuego a Foroneo.



En fin, este hombre se desposó con una ninfa, Tédice, con quien tuvo descendencia, el Bitón de la estatua aludida y la bella Níobe —no confundirla con la otra Níobe, la hija de Tántalo—, “la primera mortal a la que Júpiter forzó”, cuenta Higino, y donde él dice Júpiter, porque es romano, debemos entender Zeus.


 

Dado que aquí se entromete en el árbol genealógico de Edipo, conviene recordar que Zeus, igual que Melia y su hermano Ínaco, es también producto del incesto divino, hijo de dos Titanes. “Rea, entregada a Cronos, tuvo famosos hijos…”: Hestia, Deméter, Hera, Hades, Ennosigeo (Poseidón) y “el prudente Zeus, padre de dioses y hombres” (Hesíodo). Y conviene también recordar que “el prudente Zeus” tenía la arraigada maña de seducir, engañar o de plano violar diosas, ninfas y mujeres de carne y hueso. “Si damos crédito a las confidencias de Hera, su esposa-hermana, Zeus ‘siempre se empeñó en dormir ya sea con inmortales, ya sea con mortales’” (Roberto Calasso, Las bodas de Cadmo y Harmonía). No tenemos detalles, pero haya sido a la buena o la mala, Zeus se amancebó con Níobe, y engendró a Argos.

 

Argos le cambió el topónimo a la ciudad en la que su padre Zeus lo trajo al mundo: dejó de llamarse Foronea para llevar su propio nombre, y se desposó con Evadne, hija del dios pluvial Estrimón. De la prole de esta pareja debemos destacar a Ío, quien sería víctima de las urgencias eróticas que su belleza despertó en Zeus —su abuelo paterno—. Para ocultar su relación y proteger a Ío de la celosa Hera, Zeus transformó a Ío en una ternera. Ya hace unos días conté aquí que Ío sería restaurada a su forma humana para dar a luz a un hijo llamado Épafo, quien se convirtió en rey de Egipto, y también en bisabuelo de Cadmo, el tatarabuelo de Edipo.