Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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domingo, 26 de julio de 2026

Ches latinos

  

¿Argentinorrexia? ¿Argentinoclasia? ¿Argentinomisia? ¿Cómo deberíamos denominar al fenómeno? Seguramente saben a lo que me refiero: a la tirria generalizada que desataron, en el marco del recién celebrado Mundial de Futbol, los actuares de la selección albiceleste, particularmente, me parece, el del señor que juega con el número 10 en la camiseta. La ojeriza, justificada o no en lo sucedido en la cancha, no se ha quedado en el ámbito de las patadas y los goles. En este contexto anda circulando en redes un video en el que, uno después de otro, un grupo de jóvenes argentinos expresa que ellos y los y las de su misma nacionalidad no son latinos sino europeos. La declaración que más se reitera, con las mismas palabras y orden, es: “No somos latinos, somos europeos”. Las variantes no son muchas. El primero, por ejemplo, espeta muy seguro de sí: “Argentina no es latina”. Una señorita, aparentemente muy ofendida, aduce: “Ay, porque los argentinos venimos en barco desde Europa; somos europeos realmente”. Otro muchachito, con un paisaje natural a sus espaldas, alega: “Esto es Argentina. Los argentinos somos europeos”. Todo permite suponer que la postura que expresan estas personas no es geográfica; incluso una jovencita dice que ella no se siente latinoamericana y un mozuelo, frente a un gran micrófono, manifiesta: “Argentina nunca fue de cultura latina”. Con todo, más allá de que el posicionamiento “no somos latinos, somos europeos” atiza la argentinofobia —supongo que con esa intención se ha difundido tanto—, al menos entre latinoamericanos, preocupa la confusión identitaria que conlleva.

 

Latino, en principio, se sabe, es un gentilicio: latino es el natural del Lacio, la región centro-oeste de la península itálica, situada a orillas del mar Tirreno, cuya capital es Roma. Así que Roma es latina y los romanos, su pueblo, el imperio, su mitología y en general su cultura, es por extensión latina. De esto se desprende, obvio, que, si bien no todo lo europeo es latino, sí todo lo latino, por lo menos en su origen, es europeo. Latino y europeo no son, pues, necesariamente excluyentes. Además, por supuesto, podemos decir que todos los lenguajes que provienen del latín son, precisamente, latinos, aunque por convención nos referimos a ellos como lenguas romances. Entonces, obviamente, los chicos y minas argentinos que aducen que no son latinos lo hicieron por medio de un idioma latino.

 

Del río Bravo hacia el sur, hasta Tierra de Fuego, prácticamente todos somos latinos. Las excepciones a esta regla son contadas y se explican, precisamente, por la herencia colonial no ibérica, ni española ni portuguesa, que permeó ciertos enclaves geográficos. Entre ellas destacan Belice, donde el idioma oficial es el inglés —producto de la colonización británica—, así como Guyana y Surinam, enclavadas en la región norte de Sudamérica, cuyas historias lingüísticas y administrativas están marcadas por el dominio del Reino Unido y los Países Bajos, consagrando el inglés y el neerlandés como sus lenguas oficiales. Jamaica comparte con las Guyanas o Belice la condición de excepción en el continente americano: debido a su pasado como colonia británica, su idioma oficial es el inglés y su matriz institucional es anglosajona, lo que la sitúa firmemente fuera del espectro latinoamericano. Lo mismo ocurre con otras naciones insulares del Caribe de habla inglesa, francesa o neerlandesa (como Trinidad y Tobago, las Bahamas o Barbados). Fuera de estos reducidos territorios donde la impronta anglosajona o germánica configuró una realidad lingüística distinta, el resto del subcontinente comparte una misma matriz de origen románico o latino. Así que, sin considerar a la gente de origen latinoamericano que vive en Estados Unidos y Canadá, resulta que el continente americano es mayoritariamente latino.

 

De acuerdo con las proyecciones demográficas más recientes de las Naciones Unidas, la población total de América Latina y el Caribe se sitúa en aproximadamente 672.1 millones de personas. Si se realiza el ajuste para excluir aquellos territorios del continente y del Caribe que no comparten una raíz lingüística románica, los cuales suman en conjunto alrededor de 7 millones de habitantes, la población estrictamente latina en esta región geográfica asciende a unos 665 millones. Ahora, si adicionalmente tomamos en cuenta a las cerca de 730 mil personas latinas que viven en Canadá y a las 68.4 millones más que radican en Estados Unidos, la población de origen e identidad latina en el continente americano asciende a cerca de 734.1 millones de habitantes, consolidando un bloque demográfico monumental: prácticamente 7 de cada 10 habitantes de América.

 

Lo anterior quiere decir que hoy por hoy la mayor concentración de población latina se halla precisamente en el continente americano. En Europa, su origen cultural, si consideramos la gente que habita en los países de la llamada Europa Latina —España, Portugal, Francia, Italia, Rumanía, Moldavia, Andorra, Mónaco— y regiones romances de Bélgica (Valonia) y Suiza, sumamos 220 millones de hombres y mujeres, incluso unos diez millones menos de los latinos africanos — naciones del África subsahariana y del norte del continente con oficialidad o presencia masiva de lenguas neolatinas, como francés y portugués, como la República Democrática del Congo, Costa de Marfil, Angola, Mozambique, Camerún y Guinea Ecuatorial—. Además, en Asia y Oceanía encontramos unos tres millones más de población latina.

 

El total global estimado de latinos —ni modo, considerando también a los argentinos— somos cerca de 1.2 millardos de seres humanos, poco menos del 15% de la población mundial. La herencia lingüística y cultural derivada de Roma y del Lacio se extiende de manera transversal por todo el planeta.

 

Por más que algunos, no todos, se empeñen en buscar un trasatlántico imaginario en el puerto de Buenos Aires para huir de su sufrida vecindad continental, la realidad cultural es terca y la demografía no perdona. Si de verdad quieren romper amarras con el mundo latino, lo primero que tendrán que hacer es renunciar al español, cambiar el mate por el té negro y aprender a insultar al árbitro en alemán. Mientras tanto, felizmente seguiremos compartiendo el mismo idioma, el de Borges, Cortázar, Pizarnik, Caparrós, Saer, Mafalda…




jueves, 16 de julio de 2026

Dumb intelligence


As human beings, we have been able to understand and measure the chemical composition of the atmosphere, predict global warming, and to even master the art of creating closed ecosystems in such a way that we can replicate habitable microclimates outside our own atmosphere, and yet we have been unable to implement systemic reforms to save ourselves from the climate collapse that we have caused in the only home we’ve got.  We have unlocked the secrets of nuclear fusion and fission—the energy that powers the stars—but while we apply it with suicidal accuracy to build arsenals capable of annihilating civilization multiple times in a single afternoon, we can barely manage to use it in a somewhat controlled manner to light our homes in a clean and peaceful way. We have developed the technology to send robotic missions into deep space to study cosmic history and gain insight into the origin of the universe, yet we devote more resources to turning this tiny planet we live on into a global stage for human brutality, with satellite weapons, and mass surveillance. We have mastered organ transplant techniques, robotic surgery, immunotherapy, and gene editing to overcome diseases that until recently were a death sentence, yet we continue to live in societies where a person’s address determines their life expectancy more than their genetic makeup. We have set up and managed to coordinate global supply chains capable of delivering fresh products to any supermarket within 48 hours, yet we waste a third of the food we produce while entire regions suffer from famine and chronic malnutrition. We have established a data network with more hubs than the world’s population, capable of connecting the entire world, but we mainly use it for cognitive Chunking, superficial consumption, and the reinforcement of echo chambers that stifle critical thinking and destroy community. We have developed sophisticated mathematical models capable of assessing global risks with great accuracy, yet we use them to develop complex financial derivatives that trigger cyclical crises, create obscene concentrations of wealth, and lead to the impoverishment of millions. We have developed synthetic materials with almost magical strength and versatility, which remain intact for centuries without degrading, and we use them to produce disposable, single-use items that are now clogging the oceans, poisoning the food chain, and have become the planet’s new geological layer. We have mapped the human genome, decoded the 3.2 billion-letter code that defines us as a species, and yet we continue to invent and promote storylines that blur the line between proven facts and convenient fictions. We are capable of designing and building skyscrapers that defy gravity, self-regulate their temperature, recycle water, and generate energy in nearly self-sufficient vertical ecosystems, yet we place them within cities where millions of people live in overcrowded conditions, with no access to basic services or decent housing. We have developed biotechnology to produce enough food for the entire human race, and are more than capable of ending world hunger. Yet, at the same time, more than 700 million people are starving, and more than one billion suffer from obesity and type 2 diabetes—victims of a food system that produces unhealthy abundance and an alarming lack of judgment. We have created AI systems capable of checking and correcting the grammar of texts with thousands of words within seconds, composing symphonies, diagnosing diseases invisible to the naked eye, deciphering protein structures, and programming in an instant; and yet that same artificial intelligence is used primarily to target invasive advertising, spread disinformation on an industrial scale, and monetize human attention to the point of exhaustion. We can understand ancient scripts, put together the pieces of forgotten empires, and accurately date the collapses of past civilizations. We recognize the warning signs because we are repeating them one by one, and yet we continue to act as if our civilization is immune to the laws that brought down all the ones before it. We are capable of creating self-driving vehicles and maglev trains that avoid friction and release zero carbon emissions, yet we remain stuck in urban models that prioritize personal cars, forcing people to lose hundreds of hours a year in traffic jams—the time equivalent of entire weeks of life lost waiting at traffic lights.

There are many more examples, but I think this is enough to make it clear that we as human beings are both incredibly intelligent and incredibly dumb, which makes perfect sense. Think about it: a mountain does not possess a shred of intelligence, but neither is it the slightest bit dumb. And what about El Niño—I’m not referring to a child, but to El Niño, the climate phenomenon—or a cloud or a bolt of lightning? Indeed, in order to behave stupidly, one must possess a certain degree of intelligence. In an essay published a few days ago—“What Makes Humans Stupid”, David C. Krakauer explains: “One might say that stupidity implies a capacity for getting things right before it can get them spectacularly wrong. Stupidity is not the opposite of intelligence but its evil twin, the dissimulating Cain to a cerebral Abel…. . It would be a stretch to call a bacterium stupid, and we know that cats and dogs achieve modest feats of it. But human beings, equipped with language, abstraction, technology, institutions, and ideology, can be stupid on a truly civilizational scale. ” He suggests that a law might be derived from this, although unfortunately he does not explicitly state it. Well, let’s do it, let’s make a proposal: The capacity of a system to generate catastrophic stupidity is directly proportional to the degree of intelligence, complexity, and technical sophistication that said system has developed, since stupidity is not the absence of intelligence but its dark twin, and it only reaches its fullest expression—the scale of civilization—when it has at its disposal the very tools that enable the greatest achievements of the intellect. From this law, we can derive at least four principles:

1. Principle of pairing: Intelligence and stupidity are not mutually exclusive opposites; they are paired functions that develop in parallel.

2. The Threshold Principle: In low-intelligence systems, stupidity is modest and has limited consequences; but upon crossing a critical threshold of complexity—symbolic language, technology, institutions—stupidity becomes capable of great feats.

3. Principle of amplification: The very tools that amplify intelligence—ideologies, financial systems, engineering, global networks, computer systems—act as stupidity amplifiers. The more powerful the tool, the more devastating stupidity can be.

4. Principle of Potential Self-Destruction: Every civilization that is sufficiently intelligent carries within itself the seed of its own destruction, precisely because its intelligence grants it a power that, if misused—through civilizational stupidity—can annihilate it.


Intelligence has given us divine power, but stupidity, its inseparable shadow, tends to lead us to perform wonders in the worst possible way.

domingo, 12 de julio de 2026

Inteligencia estúpida

  

Los seres humanos hemos sido capaces de comprender detalladamente y medir con toda precisión la composición química de la atmósfera, predecir el calentamiento global e, incluso, dominar el arte de la creación de ecosistemas cerrados hasta el punto de poder replicar microclimas habitables fuera de nuestra propia atmósfera, pero al mismo tiempo hemos sido incapaces de implementar cambios sistémicos para salvarnos del colapso climático que nosotros mismos hemos provocado en el único hogar planetario que realmente tenemos. Hemos penetrado en los secretos de la fusión y la fisión nuclear, la energía que enciende las estrellas, pero mientras la aplicamos con precisión suicida para construir arsenales capaces de aniquilar la civilización varias veces en una sola tarde, apenas logramos sostenerla de manera más o menos controlada para iluminar nuestros hogares de manera limpia y pacífica. Hemos desarrollado la capacidad de enviar misiones robóticas al espacio profundo para leer la historia cósmica y asomarnos al origen del universo, pero destinamos aún más recursos a convertir este microscópico planeta que habitamos en el escenario global de la barbarie humana, con militarización orbital, armas antisatélite y vigilancia masiva. Dominamos técnicas de trasplante de órganos, cirugía robótica, inmunoterapia y edición genética para vencer enfermedades que hasta hace pocos años eran una sentencia inapelable de muerte, pero nos mantenemos organizados en sociedades en las que el código postal determina la esperanza de vida de la gente más que su código genético. Hemos establecido y logramos coordinar cadenas de suministro planetarias capaces de llevar productos frescos a cualquier supermercado en 48 horas, pero desperdiciamos un tercio de los alimentos que producimos mientras regiones enteras padece de hambruna y desnutrición crónica. Instauramos una red de información con más nodos que la población mundial, capaz de conectarnos a todos entre sí, pero la utilizamos sobre todo para la fragmentación cognitiva, el consumo superficial y el refuerzo de cámaras de eco que anulan el pensamiento crítico y destruyen el tejido social. Desarrollamos modelos matemáticos capaces de cuantificar los riesgos globales con una precisión asombrosa, pero los utilizamos para diseñar derivados financieros opacos que provocan crisis cíclicas, concentran la riqueza de forma obscena y empobrecen a millones. Hemos desarrollado materiales sintéticos de una resistencia y versatilidad casi milagrosas, capaces de durar siglos sin degradarse, y los utilizamos para fabricar objetos desechables de un solo uso que hoy saturan los océanos, envenenan la cadena alimentaria y han convertido el plástico en el nuevo estrato geológico del planeta. Hemos secuenciado el genoma humano descifrado el código de 3,200 millones de letras que nos define como especie, y al mismo tiempo nos entregamos a la fabricación y consumo de narrativas que niegan la diferencia entre un hecho probado y una ficción conveniente. Somos capaces de diseñar y construir torres que desafían la gravedad, autorregulan su temperatura, reciclan su agua y generan su propia energía en ecosistemas verticales casi autosuficientes, pero las erigimos en ciudades donde millones de personas viven hacinadas a sus pies, sin acceso a servicios básicos ni a un techo digno. Hemos desarrollado biotecnología con la que podemos producir alimentos suficientes para toda la humanidad y tenemos sobrada capacidad para erradicar el hambre, pero mientras tanto más de 700 millones de personas pasan hambre, más de mil millones padecen obesidad y diabetes tipo 2, víctimas de un sistema alimentario que fabrica abundancia insana y de una alarmante falta de criterio. Creamos sistemas de inteligencia artificial capaces de revisar y corregir la gramática de textos de miles de palabras en segundos, componer sinfonías, diagnosticar cánceres invisibles al ojo humano, descifrar la estructura de las proteínas y programar en instantes, y sin embargo la misma inteligencia artificial es empleada mayoritariamente para optimizar la publicidad invasiva, fabricar desinformación a escala industrial y monetizar la atención humana hasta la extenuación. Comprendemos escrituras milenarias, reconstruimos imperios olvidados y datamos con exactitud los colapsos civilizatorios del pasado, reconocemos las señales que los precedieron porque las estamos replicando una a una, y aun así seguimos comportándonos como si nuestra civilización estuviera exenta de las leyes que sepultaron a todas las demás. Tenemos la capacidad de diseñar vehículos autónomos y trenes de levitación magnética que desafían la fricción y no emiten carbono, pero seguimos atrapados en modelos urbanos que priorizan el automóvil privado, condenando a millones de personas a perder cientos de horas al año en embotellamientos, el equivalente a semanas completas de vida evaporadas frente a un semáforo.

 

Podríamos seguir ejemplificando, pero me parece que con esto es suficiente para evidenciar que los seres humanos somos tremendamente inteligentes y tremendamente estúpidos, lo cual es muy lógico. Piénselo usted: una montaña no tiene absolutamente nada de inteligencia, pero tampoco medio pelo de estúpida. ¿Y qué decir del Niño —no me refiero a un niño, sino al Niño, el fenómeno climatológico— o de una nube o de un relámpago? En efecto, para poder cometer una estupidez se requiere tener cierto grado de inteligencia. En un ensayo publicado hace unos días — What Makes Humans Stupid—, David C. Krakauer lo explica así: “Podría decirse que la estupidez implica la capacidad de hacer las cosas bien antes de poder hacerlas espectacularmente mal. La estupidez no es lo opuesto a la inteligencia, sino su gemela malvada, el Caín disimulador frente a un Abel cerebral.” Y enseguida afirma que una bacteria necesariamente tiene un potencial ínfimo respecto a un perro o un gato, mientras que nosotros, los humanos, podemos cometer estupideces prodigiosas proporcionales a nuestra inteligencia. De aquí sugiere que podría desprenderse una ley, aunque desafortunadamente no la explicita. Bueno, hagámoslo, formulemos una propuesta: La capacidad de un sistema para generar estupidez catastrófica es directamente proporcional al grado de inteligencia, complejidad y sofisticación técnica que dicho sistema ha desarrollado, ya que la estupidez no es la ausencia de inteligencia sino su gemelo oscuro, y solo alcanza su máxima expresión —la escala civilizatoria— cuando dispone de las mismas herramientas que permiten las más grandes proezas del intelecto. De esta ley podemos desprender al menos cuatro principios:

 

1.     Principio de acoplamiento: Inteligencia y estupidez no son opuestos excluyentes; son funciones acopladas que se desarrollan a la par.

2.     Principio del umbral: En sistemas de baja inteligencia, la estupidez es modesta y de consecuencias limitadas; pero al cruzar un umbral crítico de complejidad —lenguaje simbólico, tecnología, instituciones—, la estupidez se vuelve capaz de hazañas.

3.     Principio de la magnificación: Las mismas herramientas que amplifican la inteligencia —ideologías, sistemas financieros, ingeniería, redes globales, sistemas informáticos— actúan como multiplicadores de la estupidez. Cuanto más poderosa es la herramienta, más devastador puede ser la estupidez.

4.     Principio de la autodestrucción potencial: Toda civilización suficientemente inteligente porta en su seno la semilla de su propia destrucción, precisamente porque su inteligencia le otorga un poder cuyo mal uso —la estupidez civilizatoria— puede aniquilarla.

 

La inteligencia nos ha dado un poder divino, pero la estupidez, su sombra inseparable, tiende a que hagamos milagros de la peor manera posible.

 

domingo, 5 de julio de 2026

El alcázar infinito

  

En medio del ambiente mundialista, la semana pasada inicié mi videocolumna en la 4Tv trayendo a cuento la siguiente remembranza:

Armado con un batidor de chocolate de madera, rítmicamente estoy aporreando una cazuela de peltre. Voy sentado en el cofre de un automóvil que se mueve a vuelta de rueda, rodeado de otros coches y un río de euforia. Aquello era un jolgorio, un guateque multitudinario. Entonces, todo aquello era una absoluta novedad para mí. Evoco risas, el verde, el rojo, el blanco, parvadas de águilas devorando serpientes, matracas, sombreros, gabanes, luces y gritos. La memoria no me alcanza para escucharlo, pero obviamente debimos de ir gritando “¡México! ¡México”.

Con toda certeza el episodio sucedió en el Distrito Federal. Yo tenía cinco años, y la historia de los mundiales de fútbol, nueve ediciones. La vaga evocación se remonta a alguna noche de mediados de 1970, y más no recuerdo.

 

Unos días después le envié un mail —¡todavía lo usamos!— a El Maestro del Pueblito preguntándole si él había andado también en aquel festejo. Enseguida, su respuesta:

GC, como tú, poco recuerdo del Mundial del 70. Los mejores recuerdos futboleros venían en el Chanoc. Aunque Pelé, Garrincha, Jairziño, y demás sí quedó en mi CPU. El de los 80 con la mano de dios pasó sin casi dejar huella. A ver si Alzheimer no me alcanza y sí recuerdo algo de este tercer mundial en casa.

 

*

 

¿Qué de lo que hoy pasa y nos ocurre recordaremos mañana? Misterio. Suele decirse que la memoria es selectiva. Y seguramente lo es; ella, la memoria caprichosa, no nosotros. Porque uno no elige conscientemente qué permanece y qué se borra. Si no, piense qué tanto de todo aquello que en un momento dado decidió usted grabarse para un examen, y de hecho logró retener para poder aprobarlo, hoy lo tiene perdido. Pero tampoco uno sabe todo lo que en ella se conserva. Porque además de todo eso que sabemos que sabíamos y hoy no podemos recordar, además está todo eso que hoy ni siquiera recordamos que supimos ayer y ahí en la memoria se resguarda inaccesible. “Grande es este poder de la memoria, demasiado grande…, un depósito interior amplio e infinito. ¿Quién ha llegado a su fondo?”, se preguntó San Agustín de Hipona (354–430) con todo tino en el libro X de sus Confesiones.

 

Transcribo el extracto de la edición de Gredos —traducción de Alfredo Encuentra Ortega—, y cuando lo hago me viene a la cabeza que en otra traducción que leí hace años en vez de “depósito interior amplio e infinito”, se leía “el alcázar”. La palabra alcázar es de origen árabe y significa “casa real o habitación del príncipe, esté o no fortificada”, así que suele emplearse como sinónimo de castillo. ¿Cómo llamó exactamente San Agustín a la memoria en este pasaje? Resulta que el original en latín es muy revelador, porque permite entender de dónde proceden las distintas traducciones:

Magna ista vis est memoriae, magna nimis, Deus meus, penetrale amplum et infinitum. Quis ad fundum eius pervenit?

De tal manera que una traducción casi literal sería:

Grande es esta fuerza (o poder) de la memoria; demasiado grande, Dios mío: un penetrale amplio e infinito. ¿Quién ha llegado hasta su fondo?

La palabra clave es penetrale; aquí está el origen de las diferentes traducciones. ¿Qué significa? En latín clásico, penetraledesigna: el interior más profundo de una casa, la cámara más recóndita de un palacio, el santuario interior de un templo, el lugar más secreto o inaccesible. No significa simplemente depósito. Tampoco significa literalmente alcázar. Es una palabra con una enorme riqueza simbólica que podría traducirse como santuario interiorrecinto interiorcámara secretaestancia más profundaaposento íntimolugar más recóndito.

 


Enseguida, aún más filoso, San Agustín agrega:

Y éste es el poder de mi espíritu y pertenece a mi naturaleza, y yo mismo no abarco todo lo que soy. Así pues, el espíritu es tan estrecho para contenerse a sí mismo que ¿dónde está lo que no acoge de sí? ¿No será que está fuera de él y no en sí mismo...? ¿Cómo es entonces que no lo acoge?

Es decir, el argelino está reflexionando en la memoria y, mientras lo hace, llega a una conclusión que lo deja perplejo: el ser humano no se conoce completamente a sí mismo.

 

La memoria no es simplemente el lugar donde guardamos recuerdos. Es un espacio inmenso donde se conserva todo lo que hemos visto, oído, aprendido, sentido e incluso pensado. Agustín la imagina como un enorme almacén sin límites aparentes. En términos actuales diríamos: mi memoria contiene muchísimo más de lo que puedo tener presente. Nadie puede llegar a su fondo. Siempre hay recuerdos inaccesibles, asociaciones inesperadas o experiencias que permanecen ocultas. Si bien mi memoria es parte de mí, “… yo mismo no abarco todo lo que soy”. Yo soy mi memoria, pero no puedo conocer toda mi memoria. Soy más grande que aquello que conozco de mí mismo. Mi mente no se circunscribe a mi consciencia. O dicho en palabras que ya suenan freudianas, mi propia mente contiene aspectos que me resultan desconocidos.



La memoria forma parte de mí, pero es tan vasta que ni yo mismo alcanzo a conocerla por completo; por eso descubro que soy, en cierto sentido, un misterio para mí mismo. ¿Realmente habré usado un batidor de madera para aporrear un trasto de peltre? ¿Iría contento o espantado?

 

San Agustín no habla del inconsciente en el sentido moderno —ese concepto lo desarrollaría quince siglos después Sigmund Freud—, pero sí advierte algo extraordinario: hay dimensiones de nosotros mismos que nos pertenecen y, sin embargo, permanecen fuera de nuestro conocimiento…, muchas de ellas para siempre.

domingo, 24 de mayo de 2026

Policrisis


Su misión no es comprenderte sino capturarte. Los algoritmos no ambicionan tu felicidad, codician tu permanencia; pero a veces, para retenerte, terminan regalándote algo realmente valioso. Dicho de otro modo: a míster Algoritmo tu bienestar le importa un rábano: sólo se mueve vertiginosamente a la caza de tu atención. Pero en su cálculo frío, de vez en cuando localiza algo bueno, una idea que vale la pena, alguien que anda pensando más o menos en sintonía contigo. Yo la semana pasada corrí con suerte: los sortilegios algorítmicos depararon a mi pantalla un ensayo sobresaliente que se refiere justo a un asunto que estoy trabajando a fondo en una investigación de posgrado: How to survive the information crisis: ‘We once talked about fake news – now reality itself feels fake’. El texto lo firma la británica Katharine Viner (1971). ¿Quién es ella? Periodista, dramaturga y editora, dirige desde 2015 The Guardian, uno de los diarios más influyentes del mundo occidental —es la primera mujer en ocupar el cargo de editora en jefe del periódico—. El tema que aborda en este texto no es una preocupación reciente para ella; hace justo diez años publicó How Technology Disrupted the Truth, una referencia obligada para pensar la desinformación y la crisis contemporánea de credibilidad mediática. Viner es una de las plumas que más seriamente han intentado comprender cómo la tecnología ha alterado nuestra relación con la verdad y, en última instancia, con la realidad misma.


La señora Viner no se anda con rodeos: “Estoy segura de que tú también lo sientes. El mundo se ha convertido en un lugar mucho más desconcertante y menos esperanzador.” De hecho, sostiene que vivimos en una era caracterizada por crisis; así, en plural: muchas y diversas crisis que se vinieron a aparejar en estos tiempos. Moramos una densa constelación de dificultades. Algo en el mundo contemporáneo parece haberse descompuesto. Cunde la sensación de habitar una época demasiado incierta, caótica y emocionalmente mucho más inhóspita que la de hace apenas unos años. Observa alrededor: guerras prolongadas, masivos desplazamientos poblacionales, retóricas extremistas normalizadas y una violencia pública que ya casi ha dejado de sorprendernos. El clima de época parece marcado por varias crisis simultáneas —económicas, ambientales, políticas, tecnológicas y culturales— que se han venido articulando entre sí hasta formar una sola totalizante crisis civilizatoria. ¿Qué crisis particulares considera Katharine Viner?


La crisis ecológica encabeza la lista de Viner. Investigaciones recientes advierten que nos acercamos más rápido de lo previsto a un punto de no retorno climático. El sistema alimentario mundial enfrenta amenazas severas, mientras la vida silvestre desaparece: desde 1970 las pérdidas superan el 70% de las especies. Y justo cuando la catástrofe ecológica se vuelve inocultable, los sectores populistas de derecha redoblan su ofensiva para desacreditar la agenda ambiental. Encabezados por Trump, presentan las preocupaciones climáticas como un lujo elitista, desconectado de la vida cotidiana. Ironía feroz: quienes padecen con mayor intensidad los estragos del cambio climático son precisamente los más pobres.


Al ambiental se suma el desastre político. Por primera vez en dos décadas, hay más regímenes autoritarios que democracias en el mundo. En estados de tradición consolidada democrática ocurre un debilitamiento institucional. Se descomponen los mecanismos de control político y jurídico. Con toda razón, Viner pone el foco en Estados Unidos, donde el deterioro ha sido tremendamente acelerado. Staffan Lindberg compara el proceso con otras experiencias autoritarias contemporáneas: Viktor Orbán en Hungría, Aleksandar Vučić en Serbia, Recep Tayyip Erdoğan en Turquía, Narendra Modi en India, con una diferencia atroz: Trump habría logrado en apenas un año un nivel de desmantelamiento institucional que a ellos les tomó varios.


Las democracias se desmoronan por dentro, el orden internacional estalla por fuera. El mundo atraviesa el mayor aumento de violencia desde la Segunda Guerra Mundial. La guerra en Ucrania sigue sin perspectivas de resolución. La agresión israelí en Gaza no es nada menos que un genocidio que la comunidad internacional presencia sin intervenir. En Sudán, millones de personas han sido desplazadas y cientos de miles han muerto. Estados Unidos e Israel lanzan una guerra ilegal contra Irán que ha costado miles de muertes e incide negativamente en la economía mundial. En medio de esta escalada, líderes occidentales que antes invocaban el orden internacional basado en reglas admiten ahora abiertamente que buena parte de ese orden era un teatro y que, además, ya colapsó. La retórica militarista se descara: Trump le cambia el nombre a la secretaría de Defensa, y ahora es de Guerra.


El descalabro geopolítico sucede y el modelo económico hace agua. El neoliberalismo no da más de sí. La desigualdad se intensifica groseramente: menos del 1% de la población mundial concentra hoy más riqueza que la mitad más pobre del planeta. La acumulación desproporcionada de capital imposibilita la cohesión social, fragmenta comunidades. La fractura no es metafórica.


El atajo de crisis no es una abstracción: se siente. Cada vez más gente no puede costear los bienes básicos; la vivienda se ha vuelto inaccesible para amplios sectores. Entre los jóvenes cunde la desesperanza: enfrentan un mercado laboral incierto, se pierde la esperanza de construir una vida estable. Falta una visión social compartida de lo que sería una buena vida. En este paisaje de precariedad, la soledad se expande como una pandemia. La atomización social rompe vínculos comunitarios. Viner insiste: la soledad no es un fracaso individual sino un síntoma de deterioro estructural. Las personas aisladas buscan pertenencia, muchas veces en internet, y allí encuentran narrativas reduccionistas que ofrecen chivos expiatorios: las élites, las mujeres empoderadas, los musulmanes, los judíos, las personas LGBTQ+, los migrantes… Abundan los influencers que monetizan la misoginia, el individualismo extremo y los esquemas financieros especulativos, el racismo, el odio… La necesidad de pertenencia es real; las respuestas que el mercado digital ofrece son mayormente tóxicas.


El abultamiento de crisis genera una sensación colectiva de impotencia. Se percibe el deterioro del mundo. Los dirigentes políticos parecen incapaces de organizar respuestas: continúan proponiendo soluciones menores, inmediatistas, frente a transformaciones sistémicas. Esa desconexión entre la gravedad de los hechos y la respuesta institucional produce un efecto profundo: la ciudadanía empieza a sentir que pierde estabilidad emocional y capacidad para comprender el presente. La policrisis no es solo un diagnóstico del mundo exterior; es también un estado mental.


Con todo, ni siquiera este mapa abarca el territorio completo que tenemos a la vista. Varias de las crisis que Viner describe producen efectos secundarios que ella apenas roza o deja implícitos. La demográfica, de entrada, es probablemente una de las grandes crisis subestimadas del siglo. Las tasas de natalidad se desploman en buena parte del orbe; la población envejece, la fuerza laboral se contrae y la presión sobre los sistemas de pensiones y salud se dispara. Millones de personas no desean procrear y millones quieren tener hijos y no pueden. Postergan indefinidamente la maternidad o la paternidad porque perciben el futuro como demasiado incierto para traer niños al mundo. La precariedad económica, el precio de la vivienda, los trabajos inestables, el fantasma de nuevas pandemias, la sustitución algorítmica del trabajador y el agotamiento emocional pesan mucho más que cualquier supuesto cambio cultural. Además, interviene un elemento simbólico profundo: una sociedad que pierde la confianza en el futuro también pierde el deseo de proyectarse hacia el futuro.


Y algo está pasando con la salud mental. Viner menciona la soledad, pero podría desplegarse un amplio abanico de impactos psicopatológicos y emocionales del combo de crisis contemporáneas: ansiedad, depresión, trastornos de atención, agotamiento crónico, problemas cognitivos… No se trata de fragilidad individual. La hiperconectividad digital, la sobreestimulación permanente, la precariedad, el hábito de comparación constante en redes y la ausencia de horizontes colectivos generan una fatiga psicológica que ya es estructural. Millones de personas viven atrapadas entre el exceso informativo, la escasez de estabilidad y la ausencia de sentido compartido. Y donde prosperan la desesperanza, el aislamiento y el trauma social, prosperan también las adicciones: opioides, fentanilo, alcohol, apuestas en línea, porno, videojuegos, consumo compulsivo de dopamina digital. Las dependencias no conforman un fenómeno marginal: son síntomas y amplificadoras de la policrisis.


Quedan, además, otras fracturas no mencionadas. Una crisis de sentido: cada vez son más los hombres y mujeres que carecen de relatos compartidos, referentes confiables, proyectos colectivos, marcos morales estables. Una crisis cognitiva: deterioro de la atención, dependencia algorítmica, sustitución de la experiencia humana por mediación digital, confusión entre realidad y simulación —y la inteligencia artificial promete intensificar todo esto—. Una crisis educativa: terrible caída de la comprensión lectora, debilitamiento del pensamiento crítico y la abstracción, educación subordinada a las métricas y el mercado. Y, por debajo de todas ellas, una crisis institucional que ya no depende de gobiernos concretos: la confianza en medios, universidades, sistemas judiciales y organismos internacionales se está evaporando. ¿Cómo confiar en la ONU, en el derecho internacional, en la mano invisible del mercado? Y cuando las instituciones dejan de parecer legítimas, crece el atractivo de las soluciones autoritarias o las teorías conspirativas y el pensamiento mágico. 


A pesar de todo, conviene ser justos con Viner: su argumento central no es meramente que existan muchas crisis —cualquiera podría enlistarlas—, sino que están interconectadas, se retroalimentan y son agravadas por ecosistemas informativos deteriorados. No es un gesto teórico menor. Es justamente esa urdimbre lo que transforma un puñado de problemas en una sola policrisis: compacta, descomunal, totalizante…


Me temo que cualquier diagnóstico ahora mismo se queda corto: todo es peor de lo que parece. 


domingo, 17 de mayo de 2026

Inteligencia suicida

  

Il faut quelque chose de plus que de l'intelligence pour agir intelligemment.

Arthur Adamov, L'homme et l'enfant.

 

 

Quizá la Inteligencia Artificial (IA) algún día pueda explicarle al gran capital por qué matar de hambre a los consumidores terminará por afectar las ventas.

 

El 14 de mayo pasado leí una nota informativa publicada por Quartz; informa que Cisco alcanzó ingresos trimestrales récord impulsados por la demanda de infraestructura para inteligencia artificial, mientras anunció el recorte de un montón de empleos como parte de una reestructuración dirigida a expandir sus inversiones en IA, ciberseguridad y redes de datos.

 

El caso de Cisco ilustra con claridad la lógica contemporánea del tecnocapitalismo: incluso en medio de ganancias récord, crecimiento sostenido e inversiones multimillonarias derivadas del auge de la inteligencia artificial, la respuesta corporativa sigue siendo el despido masivo de trabajadores. La empresa reportó ingresos históricos cercanos a los 15.8 mil millones de dólares, un aumento anual del 12%, con perspectivas extraordinarias gracias a la expansión de la infraestructura de IA. Pero no es suficiente, nunca es suficiente: simultáneamente anunció la eliminación de alrededor de 4,000 empleos para “redirigir recursos” hacia nuevas áreas tecnológicas. La paradoja es reveladora: los despidos ya no aparecen como una medida defensiva frente a crisis o pérdidas, sino como una técnica permanente de maximización de rentabilidad. La automatización y la IA no se incorporan principalmente para aliviar el trabajo humano, sino para elevar la productividad del capital y acelerar la concentración de ganancias. En otras palabras, cuanto más eficiente se vuelve el sistema, menos necesario parece volverse el trabajador dentro de él.

 

El ideal del tecnocapitalismo no es liberar al trabajador del trabajo, sino liberar al trabajo del trabajador.

 

Esta dinámica expresa una transformación más profunda: la empresa tecnológica contemporánea ya no busca simplemente crecer, sino crecer reduciendo simultáneamente sus costos laborales al máximo. El ideal no es producir más con mejores condiciones humanas, sino producir más con menos humanos. La promesa emancipadora de la tecnología queda así subordinada a una racionalidad financiera donde toda innovación debe traducirse, tarde o temprano, en recorte de personal, automatización y valorización bursátil.

 

Si capital está tan obsesionado con productividad que terminaría despidiendo incluso a sus consumidores, ¿no convendría que los tecnocapitalistas le preguntaran a la IA qué le pasa a una economía en la que ya no queda casi nadie que pueda comprar?

 

Lo de Cisco no es un caso aislado, sino un modus operandi sistémico. En 2023, Mark Zuckerberg acuñó el término “Año de la Eficiencia”. Tras despedir a más de 21 mil empleados —alrededor del 25% de su plantilla—, la empresa —Meta, matriz de Facebook, Instagram y WhatsApp— experimentó una paradoja macabra: sus acciones se dispararon a máximos históricos, sumando miles de millones de dólares a su capitalización de mercado. Zuckerberg dejó claro que el dinero ahorrado en nóminas se redirigiría directamente a financiar chips de Nvidia y supercomputadoras para desarrollar su IA (Llama) y Wall Street celebró el recorte de humanos como una “limpieza de grasa”.

 

A diferencia de otras empresas que camuflan los despidos con el eufemismo “reestructuración estratégica”, el CEO de IBM, Arvind Krishna, fue alarmantemente honesto. Declaró públicamente —mayo de 2023— que la compañía planeaba congelar la contratación de roles que la IA pudiera realizar, estimando que unos ocho mil puestos de trabajo directos serían reemplazados por software. Mientras tanto, sus reportes financieros seguían mostrando ganancias sólidas.

 

A principios de 2024, Google ejecutó oleadas de despidos en sus equipos de ingeniería, hardware y de su asistente de voz. Igual: los despidos ocurrieron semanas antes de que Alphabet reportara ganancias trimestrales récord de más de 20,000 millones de dólares netos. El CEO, Sundar Pichai, advirtió a los empleados que habría más recortes a lo largo del año para poder “invertir en sus grandes prioridades”, que no son otras que la IA generativa.

 

Uno más: el 27 de febrero de 2024. La firma sueca de tecnofinanzas Klarna lanzó un comunicado de prensa global para presumir los resultados del primer mes de operación de su asistente virtual —desarrollado en alianza con OpenAI—, arrojando el famoso dato de que su chatbot ya resolvía dos tercios de las consultas de soporte, haciendo el trabajo equivalente a 700 agentes humanos de tiempo completo. Por descontado, lo que siguió fueron olas de despidos.

 

Creer que esta dinámica se limita a los confines del ecosistema nativo de Silicon Valley sería un error de diagnóstico. Lo que comenzó como una reestructuración interna de las grandes corporaciones de software se está propagando con la velocidad de un virus hacia el resto del entramado económico global. La IA generativa ya no es sólo una herramienta sectorial, sino una tecnología de propósito general —como lo fueron en su momento la electricidad o la máquina de vapor— capaz de colonizar cualquier actividad basada en el procesamiento de información, la gestión de datos o la atención al cliente. Desde la banca tradicional y los bufetes jurídicos hasta las cadenas de suministro, los servicios de mercadotecnia y los departamentos de recursos humanos en industrias manufactureras, el umbral de sustitución se ha desplazado drásticamente. Lo verdaderamente alarmante de esta metástasis laboral es que el “experimento exitoso” de las tecnológicas ha normalizado el despido algorítmico en sectores donde las ganancias dependen históricamente del mercado interno. Al adoptar masivamente este software de reemplazo, la vieja economía está asimilando la peor lección del tecnocapitalismo: que un puesto de trabajo destruido ya no es una pérdida operativa, sino una victoria contable inmediata que se premia en los mercados financieros.

Hasta donde tengo noticia, ni las máquinas ni los algoritmos, por muy sofisticadas que sean, compran perfumes, quesos, platería, ropa, coches… Tampoco van al cine ni hacen turismo, ¡vamos, ni siquiera comen en restaurantes o cafés! Así que no se necesita ser un genio para prever lo que va a suceder si los ejércitos digitales de desempleados no reciben un ingreso.

 

El colapso de la economía por la caída del consumo es algo previsible e incluso ya hay estudios serios que pronostican cuándo sucederá, y no estamos hablando de décadas, sino de unos pocos años. El propio Fondo Monetario Internacional ha advertido que la IA afectará de forma inminente al 40% de los empleos a nivel global, una cifra que escala de manera alarmante al 60% en las economías avanzadas. La cúpula de este organismo se refiere al impacto de esta tecnología en los mercados laborales como un “tsunami económico”. Lo que los modelos macroeconómicos revelan con claridad es que no estamos ante un proceso de transición suave; el reemplazo de la fuerza de trabajo es tan acelerado y frontal que el adelgazamiento de las clases medias destruirá los pilares de la demanda agregada mucho antes de que el sistema sea capaz de reconvertir a los trabajadores desplazados. El tecnocapitalismo, en su afán ciego por la optimización y la reducción de costos, parece estar construyendo la máquina perfecta de producción para un mundo sin compradores. Si los dueños del capital insisten en ignorar este bucle autodestructivo, no pasará mucho tiempo antes de que sus flamantes algoritmos tengan que empezar a consumir sus propios productos. La paradoja final será perfecta: una inteligencia artificial es suicida.

            

lunes, 13 de abril de 2026

El águila, la tortuga y el péndulo: una tragedia en dos actos


PRIMER ACTO

 

Los persas, la pieza teatral más antigua que se ha preservado hasta nuestros días, se escenificó por vez primera en Atenas, durante las fiestas Dionisias del 472 a. C. Han pasado 2,498 años. La obra teatral no se refiere a asuntos mitológicos, sino a hechos humanos, mundanos y contemporáneos para los espectadores de su estreno.

 

Esquilo nació hacia el 525 a. C. y falleció a los 68 años en la costa meridional de Sicilia. La tradición dice que murió de un tortugazo. El epitafio de Esquilo no registra los detalles de su fallecimiento:

 

Este sepulcro de Gela, la rica en cereales,

contiene a Esquilo, el hijo de Euforión, ateniense.

De su eximio valor hablarán Maratón y su bosque sagrado

y el cabelludo medo, que le conocen bien.


Ciertamente, en septiembre de 490 a. C., Esquilo combatió contra los invasores persas en Maratón —a 42 kilómetros de Atenas—, en la batalla definitoria de la primera Guerra Médica. Los aqueménidas venían de haber sometido la insurrección jónica, cuando Darío I decidió atacar a las ciudades-estado helenas. En Maratón, los griegos resistieron y terminaron por derrotar a los asiáticos. Aquel resultado iba contra todo pronóstico: apenas 35 años antes, los persas habían conquistado Egipto, y diez años atrás habían salido vencedores en Tracia, Macedonia y las costas del mar Negro. Después, en el oriente, fueron invencibles, hasta alcanzar el valle del Indo. En el 500 a. C. el imperio aqueménida alcanzaba su máxima extensión, unos 5.5 millones de kilómetros cuadrados, para convertirse en el más grande del orbe hasta entonces. Pero con los griegos no pudieron…

 

En Los persas, Esquilo no se refiere a la primer Guerra Médica, sino a la segunda, ocurrida diez años después. Para entonces, el imperio aqueménida era reinado por el hijo de Darío, Jerjes. Fue él mismo quien se puso al frente de sus huestes. Los persas cruzaron el Helesponto, para entonces recorrer Tracia hacia Tesalia; a su paso, todas las ciudades fueron sometidas. Después de vencer en la batalla de Termópilas, el embate persa avanzó hasta Atenas. Jerjes encontró la ciudad despoblada: los atenienses se habían ido a refugiar en la isla de Salamina. Luego de saquear Atenas, los persas acometieron la persecución, y fue en los estrechos costeros en donde la flota helena logró la derrota de los orientales. Jerjes regresaría humillado a la ciudad capital de su imperio, Sousa.

 

Los persas es un lamento a un héroe trágico, Jerjes. También es una alabanza a la fuerza de la gente que hace la ciudad. La reina Atosa, madre de Jerjes, cuestiona a un mensajero sobre lo que está sucediendo del otro lado del mar; desea saber si al fin Atenas fue destruida por el ejército comandado por su hijo. Esquilo hace que el mensajero responda que no, porque “mientras hay hombres, eso constituye un muro inexpugnable”.

 

 

INTERMEDIO: APOSTILLAS PARA QUIEN NO TENGA A MANO ALGUNOS LIBROS DE HISTORIA

 

1. Irán es Persia

Los persas no son una civilización extinta; hablamos de los antepasados directos de los actuales iraníes. La lengua persa, el farsi, sigue siendo la oficial de Irán, su poesía sigue viva, y la memoria de Ciro el Grande es tan presente como la de los reyes católicos en España o Cuauhtémoc entre nosotros.

 

2. Medos y persas: un error griego

Los griegos solían llamar “medos” a los “persas” porque el primer imperio oriental que amenazó sus costas (siglo VII a. C.) fue el de los medos, un pueblo vecino de los persas. De hecho, Ciro fue criado en Media. Cuando los persas se unieron a Media, unificaron el altiplano iraní, y los griegos no se molestaron en actualizar la nomenclatura. Es como si hoy llamáramos mexicas a todos los pueblos nahuatlacas.

 

3. Aqueménida: el apellido de la dinastía

Decir “imperio persa” no es del todo falso, pero es vago. La dinastía reinante desde Ciro hasta Darío III era la aqueménida, así llamada por Aquemenes, el legendario patriarca de la estirpe. Fue Darío I quien, tras hacerse con el trono en el 522 a.C., organizó el imperio en satrapías y consolidó el nombre de su linaje.

 

4. ¿ Grecia es Occidente?

A veces se dice que “Occidente” es una invención posterior, que los atenienses no se sentían europeos en el sentido actual. Cierto. Pero también es cierto que la civilización que hoy llamamos occidental hunde sus raíces en la polis griega, especialmente en Atenas. Los romanos conquistaron Grecia, pero fueron conquistados por su cultura; el cristianismo, aunque naciera en Judea, se helenizó para volverse universal; el Renacimiento redescubrió a Platón y Aristóteles; la Ilustración bebió de la democracia ateniense. Por eso, decir que Atenas es un pilar de Occidente señala un hecho de transmisión cultural: lo que ocurrió en aquel puñado de colinas entre el siglo VI y IV a. C. acabó por modelar la cosmovisión de medio mundo. Frente a eso, el imperio aqueménida representó durante siglos el arquetipo del llamado, con desdén desde Occidente, “despotismo oriental”. En realidad Persia tuvo también su grandeza administrativa y su tolerancia —Ciro liberó a los judíos—.

 

5. El tortugazo

El oráculo había vaticinado a Esquilo: “Morirás aplastado por una casa”. Entonces él decidió irse a vivir a las afueras de la ciudad de Gela, a una humilde choza con techo de paja. Caludio Eliano (c. 175-235 d. C.) cuenta lo que ocurrió entonces: “Las águilas que apresan a las tortugas de tierra y las arrojan desde lo alto y las estrellan contra las rocas y, quebrando así su caparazón, extraen la carne y la comen. Justo de esa manera… acabó la vida… de aquel poeta autor de tragedias. Esquilo estaba sentado sobre una roca, discurriendo y escribiendo sus temas habituales. Era calvo. De ahí que el águila, figurándose que la cabeza era una roca, soltó y arrojó contra ella la tortuga que tenía entre las garras. Y el disparo acertó a dar al citado varón y lo mató”.

 

 

SEGUNDO ACTO

 

Veinticinco siglos después, aquel “muro inexpugnable” que el mensajero de Los persas atribuía a los ciudadanos de Atenas sigue en pie. Pero ha cambiado de acera.

 

Si hoy alguien se parece a Jerjes y su arrogancia, ese no es un ayatolá, es el ejército más poderoso del orbe, el gringo, bajo el mando errático de Trump, con sus inmensos portaaviones en el Golfo Pérsico, sus drones y misiles asesinando generales y líderes, sus sanciones estrangulando gente… Occidente, el heredero de aquellos atenienses que defendieron su suelo del imperio oriental, se ha convertido en el nuevo imperio que ataca Oriente. La historia ha invertido los papeles con la precisión de un águila soltando una tortuga.

 

Y el Oriente al que se ataca —la milenaria Persia— ocupa ahora el lugar simbólico de Atenas. No porque su régimen sea una democracia ejemplar —de hecho, ninguna lo es—, sino porque, frente al gigante que lo amenaza, su pueblo y aliados se han convertido en ese muro del que hablaba Esquilo. Un muro hecho de memoria, de orgullo herido, de resistencia frente a décadas de sanciones, y de una certeza que Occidente parece haber olvidado: que ningún imperio, por más misiles que acumule, puede destruir un pueblo mientras queden en ella personas dispuestos a levantarse al día siguiente.

 

Jerjes había heredado el imperio más grande del mundo. Sus ejércitos habían arrasado ciudades, sus ingenieros habían construido puentes de barcas sobre el mar, sus arcas estaban llenas del oro de Babilonia y Egipto. Y sin embargo, la hubris —esa patología que los griegos retrataron magistralmente— lo llevó a creer que su poder era ilimitado. Que podía humillar a los dioses —literalmente: mandó azotar el Helesponto porque las olas le habían deshecho un puente—. Que la fuerza bruta bastaba para doblegar la voluntad de un pueblo. Sabemos cómo terminó: con su flota hecha astillas, su ejército diezmado, y él mismo huyendo de en un barco pesquero, para vivir el resto de sus días como la sombra de lo que había sido. ¿Les suena? La misma hubris que cegó a Jerjes hoy entrampa la estrategia de Washington contra Irán —eso de “estrategia” es sólo un decir—… La creencia de que las sanciones, los asesinatos selectivos, las amenazas militares, el cambio obligado de régimen y los insultos son herramientas mágicas que funcionan siempre. La incapacidad para entender que un pueblo sometido a presión externa —sobre todo cuando viene de un imperio que ya invadió Irak, Afganistán y Libia con resultados desastrosos— no se rinde: se radicaliza, se une, y encuentra en su propia resistencia el único capital que le queda. Y ahí tienen a Cuba, mucho más cerca, de magnífico ejemplo.

 

No estoy pronosticando que Estados Unidos vaya a sufrir una derrota militar como la de Jerjes en Salamina. Las guerras de hoy no se parecen a las de los trirremes. Pero la derrota estratégica, política y moral ya ocurrió. El mundo observa cómo la hiperpotencia americana, incapaz de someter a Irán después de cuatro décadas de hostilidades, se atasca en su propio fango del que no sabe salir. Y cada nueva escalada, cada nuevo post majadero de Trump, revela más desesperación que contundencia.

 

Una derrota de Estados Unidos —no necesariamente militar, sino geopolítica, la pérdida de credibilidad y aliados, el colapso de su diplomacia— acelera el tránsito de la hegemonía mundial hacia un nuevo polo oriental. Ese polo ya no sería Persia sola. Sería un enorme bloque: China, Rusia, Irán, India —quizás Turquía, y buena parte de los BRICS—. Un bloque que no necesita ganar una guerra contra Occidente; le basta con esperar a que Occidente se desangre solo en sus propias arrogancias, en sus escándalos, en sus miserias…

 

El poderoso cree que puede todo, y en su desmesura siembra las semillas de su propia debacle. Jerjes perdió no sólo una batalla, sino la reputación de invencibilidad. A partir de Salamina, los griegos —y luego los macedonios— se atrevieron a desafiar a Persia en su propio territorio. Algo similalr podría ocurrir en las próximas décadas: Estados Unidos, agotado, dividido, desprestigiado, podría ver cómo el centro de gravedad del mundo se desplaza hacia el Este, sin que sea necesario que nadie dispare un solo misil intercontinental.

 

Los imperios no caen cuando los vence el enemigo más fuerte. Caen cuando su propia arrogancia los vuelve ciegos a la realidad. Cuando confunden tener el ejército más caro del mundo con tener la razón. Cuando olvidan que, como escribió Esquilo hace 2498 años, el verdadero muro de una ciudad no son sus murallas ni sus escudos antiaéreos, sino la voluntad de su gente. Hoy, los persas tienen esa voluntad. Y Occidente se ha convertido en el nuevo Jerjes. La pregunta no es si Trump va a intentar acometar un genocido contra 90 millones de seres humanos. La pregunta es si Estados Unidos, es decir, su gente, será capaz de reconocer a tiempo su propia hubris, o si, como el rey aqueménida, tendrá que esperar a la humillación para aprender la lección más antigua de la historia: que la soberbia siempre precede a la caída.

 

Yo no apostaría por la inteligencia de los poderosos. Prefiero quedarme con la imagen de aquella águila que confundió la cabeza calva de Esquilo con una piedra. La historia —como cualquier águila— también se equivoca a veces. Pero cuando acierta, suele ser de tortugazo.

lunes, 23 de marzo de 2026

Yacimiento humano

 

Vivimos ahogados en un diluvio de datos. Por supuesto, para que se abrieran tantos cuernos de la abundancia informativa, algo habrá tenido que ver y tendrá que ver la gana de saberes, pero me temo que el principal motor es otro.

 

La explosión informativa es avivada de forma ininterrumpida por la obsesión inherente al capitalismo de producir más y generar mayores ganancias. Lejos de ser un fenómeno meramente técnico, responde a la lógica extractiva del capitalismo, que ha convertido la atención humana en la principal materia prima para la generación de valor; consecuentemente, la nueva economía de la atención se está ya capitalizando más rápido que la vieja industria extractiva.

 

La privación de la atención —mesurada por la monetización incesante de cada gesto, cada clic, cada vista…— constituye una nueva frontera de acumulación en el capitalismo tardío. Al mismo tiempo, la aceleración generalizada es la sombra que proyecta inevitablemente el canon productivista del capitalismo: mantenerse siempre ocupado se valora como algo productivo, deseable, bueno e incluso sano.

 

La aceleración hunde sus raíces en el capitalismo industrial, sistema que mercantilizó el tiempo cronométrico y lo engarzó al ideal del progreso. Tanto la sobreinformación como la aceleración son el rostro visible de una misma lógica: la explotación capitalista de la atención y del tiempo.

 

Hay quienes todavía creen que la atención es un recurso inagotable —cada persona trae la suya al mundo, y mientras uno no muera, la produce gratuitamente—, y que el tiempo es un bien que se renueva cada mañana, al menos para quienes tienen la fortuna de despertar. ¿Dónde está entonces la explotación? La explotación no está en que estos recursos se consuman, sino en que se les haya dado un precio sin que a nadie le hayan preguntado si estaba dispuesto a venderlos.

 

El hombre que por la mañana mientras corre escucha un podcast para aprender mandarín corre porque su reloj inteligente le ha notificado que lleva tres días sin cumplir su cuota de actividad física. El mandarín, por su parte, no responde a un súbito amor por la poesía de Li Bai: responde a que la empresa en la que trabaja está por abrir oficinas en Shanghái, y él quiere estar en la foto cuando nombren al nuevo director regional. Corre con auriculares, los ojos yendo y viniendo del pulsómetro de la muñeca, mientras una voz grabada le repite nǐ hǎo, xièxiè, wǒ yào qù jīchǎng. Corre, aprende, produce, optimiza. No hay un minuto de su día que no esté invertido, que no esté capitalizado. ¿Ocio? El ocio es para los que pueden permitirse perder el tiempo.

 

O bien, recuerde a la oficinista que, en el transporte público, va respondiendo correos electrónicos con el pulgar derecho mientras con la mano izquierda sostiene un café que, a su vez, le ayuda a sostener el día. El vagón va repleto. Ella no mira a nadie; su mirada está en la pantalla, donde los mensajes se acumulan como dardos certeros en la manzana de su conciencia. Responde a las siete y treinta y dos, antes de que el tren llegue a la estación. Esa respuesta, que ella considera “adelantar trabajo”, es en realidad la extensión del horario laboral hacia el espacio que antes se llamaba tiempo propio. Pero ella no lo sabe, o lo sabe pero no puede detenerse, porque detenerse, en este régimen, es una falta de carácter.

 

O pensemos en el adolescente que, mientras ve una serie en la tablet, tiene el teléfono en la mano izquierda desplazando videos de quince segundos y en la derecha un clicker que avanza los capítulos para “terminar más rápido”. No está disfrutando: está consumiendo. Y mientras consume, genera datos que alimentan los algoritmos que decidirán qué mostrarle a continuación, que es exactamente lo mismo pero con otra carátula. Su atención es la mercancía.

 

Todos estos personajes —y tal vez usted mismo, que quizá está leyendo esto con el teléfono al lado y la conciencia dividida entre este párrafo y la notificación que acaba de llegar— participan de una ceremonia tan cotidiana que ha dejado de parecernos extraña: la entrega voluntaria de la atención a cambio de nada, o de casi nada. Porque lo que usted obtiene —un curso, una serie, un video de gatos, un mensaje de su primo— no es el producto: es el cebo. El producto es usted, usted mirando. El producto es usted ahí, quieto, con los ojos abiertos, mientras las máquinas cuentan sus segundos y los convierte en ingresos publicitarios.

 

El corredor que aprende mandarín paga su suscripción al podcast; la ejecutiva paga su plan de datos; el adolescente paga su suscripción a la plataforma. Pagan por ser explotados… pagan por entregar su tiempo y su atención. Y lo llaman inversión. Lo llaman diversión, entretenimiendo, inversión en uno mismo… Y no deja de tener su lógica: en un mundo donde la única posesión que usted realmente tiene es su capacidad de seguir produciendo, cualquier cosa que aumente esa capacidad es, efectivamente, una inversión. La persona, en este régimen, es apenas el soporte biológico de su atención y de su tiempo, dos recursos que el mercado extrae con la misma indiferencia con que la minería extrae piedras preciosas y metales.

 

No es una metáfora: las empresas que se dedican a extraer atención —Google, Meta, TikTok— tienen una capitalización bursátil que ya supera a la de las mineras tradicionales. Es decir: es más lucrativo el negocio de secuestrar su mirada que el negocio de extraer cobre, oro o litio. Usted, con sus ojos fijos en la pantalla, es más valioso que una mina a cielo abierto. Pero no lo es para usted. Lo es para otros.

 

Así que ahí está el corredor, la ejecutiva, el adolescente, y todos nosotros, ofreciendo nuestra vida a dosis —segundos, minutos, horas— a cambio de la ilusión de que estamos haciendo algo con ella. Y mientras tanto, el sistema que nos ha convencido de que estar ocupados es un mérito extrae de nosotros lo único que realmente tenemos: la posibilidad de estar quietos, de no hacer nada, de mirar por la ventana sin que nadie nos cobre por ello.

 

Hace algunos años, el filósofo coreano Byung-Chul Han diagnosticó que hemos pasado de la sociedad disciplinaria a la sociedad del rendimiento: ya no nos obliga un poder exterior, sino que nos autoexplotamos con la convicción de que somos libres. El corredor que aprende mandarín no siente que lo exploten: siente que aprovecha su tiempo. La ejecutiva que responde correos en el tren no siente que trabaje gratis: está convencida de que es productiva. Y ahí reside la verdadera extracción: no en la fuerza, sino en la convicción. Nadie nos pone el grillete: nosotros mismos nos encadenamos al horario, al teléfono, al curso, a la serie, al podcast, al siguiente, al siguiente, al siguiente.

 

En el capitalismo tardío, la ilusión estriba en creer que nuestra esclavitud es libertad, y que la explotación es superación personal. Ahora, si me disculpa, tengo que responder un correo…