Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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domingo, 26 de julio de 2026

Ches latinos

  

¿Argentinorrexia? ¿Argentinoclasia? ¿Argentinomisia? ¿Cómo deberíamos denominar al fenómeno? Seguramente saben a lo que me refiero: a la tirria generalizada que desataron, en el marco del recién celebrado Mundial de Futbol, los actuares de la selección albiceleste, particularmente, me parece, el del señor que juega con el número 10 en la camiseta. La ojeriza, justificada o no en lo sucedido en la cancha, no se ha quedado en el ámbito de las patadas y los goles. En este contexto anda circulando en redes un video en el que, uno después de otro, un grupo de jóvenes argentinos expresa que ellos y los y las de su misma nacionalidad no son latinos sino europeos. La declaración que más se reitera, con las mismas palabras y orden, es: “No somos latinos, somos europeos”. Las variantes no son muchas. El primero, por ejemplo, espeta muy seguro de sí: “Argentina no es latina”. Una señorita, aparentemente muy ofendida, aduce: “Ay, porque los argentinos venimos en barco desde Europa; somos europeos realmente”. Otro muchachito, con un paisaje natural a sus espaldas, alega: “Esto es Argentina. Los argentinos somos europeos”. Todo permite suponer que la postura que expresan estas personas no es geográfica; incluso una jovencita dice que ella no se siente latinoamericana y un mozuelo, frente a un gran micrófono, manifiesta: “Argentina nunca fue de cultura latina”. Con todo, más allá de que el posicionamiento “no somos latinos, somos europeos” atiza la argentinofobia —supongo que con esa intención se ha difundido tanto—, al menos entre latinoamericanos, preocupa la confusión identitaria que conlleva.

 

Latino, en principio, se sabe, es un gentilicio: latino es el natural del Lacio, la región centro-oeste de la península itálica, situada a orillas del mar Tirreno, cuya capital es Roma. Así que Roma es latina y los romanos, su pueblo, el imperio, su mitología y en general su cultura, es por extensión latina. De esto se desprende, obvio, que, si bien no todo lo europeo es latino, sí todo lo latino, por lo menos en su origen, es europeo. Latino y europeo no son, pues, necesariamente excluyentes. Además, por supuesto, podemos decir que todos los lenguajes que provienen del latín son, precisamente, latinos, aunque por convención nos referimos a ellos como lenguas romances. Entonces, obviamente, los chicos y minas argentinos que aducen que no son latinos lo hicieron por medio de un idioma latino.

 

Del río Bravo hacia el sur, hasta Tierra de Fuego, prácticamente todos somos latinos. Las excepciones a esta regla son contadas y se explican, precisamente, por la herencia colonial no ibérica, ni española ni portuguesa, que permeó ciertos enclaves geográficos. Entre ellas destacan Belice, donde el idioma oficial es el inglés —producto de la colonización británica—, así como Guyana y Surinam, enclavadas en la región norte de Sudamérica, cuyas historias lingüísticas y administrativas están marcadas por el dominio del Reino Unido y los Países Bajos, consagrando el inglés y el neerlandés como sus lenguas oficiales. Jamaica comparte con las Guyanas o Belice la condición de excepción en el continente americano: debido a su pasado como colonia británica, su idioma oficial es el inglés y su matriz institucional es anglosajona, lo que la sitúa firmemente fuera del espectro latinoamericano. Lo mismo ocurre con otras naciones insulares del Caribe de habla inglesa, francesa o neerlandesa (como Trinidad y Tobago, las Bahamas o Barbados). Fuera de estos reducidos territorios donde la impronta anglosajona o germánica configuró una realidad lingüística distinta, el resto del subcontinente comparte una misma matriz de origen románico o latino. Así que, sin considerar a la gente de origen latinoamericano que vive en Estados Unidos y Canadá, resulta que el continente americano es mayoritariamente latino.

 

De acuerdo con las proyecciones demográficas más recientes de las Naciones Unidas, la población total de América Latina y el Caribe se sitúa en aproximadamente 672.1 millones de personas. Si se realiza el ajuste para excluir aquellos territorios del continente y del Caribe que no comparten una raíz lingüística románica, los cuales suman en conjunto alrededor de 7 millones de habitantes, la población estrictamente latina en esta región geográfica asciende a unos 665 millones. Ahora, si adicionalmente tomamos en cuenta a las cerca de 730 mil personas latinas que viven en Canadá y a las 68.4 millones más que radican en Estados Unidos, la población de origen e identidad latina en el continente americano asciende a cerca de 734.1 millones de habitantes, consolidando un bloque demográfico monumental: prácticamente 7 de cada 10 habitantes de América.

 

Lo anterior quiere decir que hoy por hoy la mayor concentración de población latina se halla precisamente en el continente americano. En Europa, su origen cultural, si consideramos la gente que habita en los países de la llamada Europa Latina —España, Portugal, Francia, Italia, Rumanía, Moldavia, Andorra, Mónaco— y regiones romances de Bélgica (Valonia) y Suiza, sumamos 220 millones de hombres y mujeres, incluso unos diez millones menos de los latinos africanos — naciones del África subsahariana y del norte del continente con oficialidad o presencia masiva de lenguas neolatinas, como francés y portugués, como la República Democrática del Congo, Costa de Marfil, Angola, Mozambique, Camerún y Guinea Ecuatorial—. Además, en Asia y Oceanía encontramos unos tres millones más de población latina.

 

El total global estimado de latinos —ni modo, considerando también a los argentinos— somos cerca de 1.2 millardos de seres humanos, poco menos del 15% de la población mundial. La herencia lingüística y cultural derivada de Roma y del Lacio se extiende de manera transversal por todo el planeta.

 

Por más que algunos, no todos, se empeñen en buscar un trasatlántico imaginario en el puerto de Buenos Aires para huir de su sufrida vecindad continental, la realidad cultural es terca y la demografía no perdona. Si de verdad quieren romper amarras con el mundo latino, lo primero que tendrán que hacer es renunciar al español, cambiar el mate por el té negro y aprender a insultar al árbitro en alemán. Mientras tanto, felizmente seguiremos compartiendo el mismo idioma, el de Borges, Cortázar, Pizarnik, Caparrós, Saer, Mafalda…




domingo, 19 de julio de 2026

¿Dónde queda Occidente?

  

Hace unos días comencé a ver una película de ciencia ficción. A los pocos minutos se reveló como pésima; no valía la pena seguir perdiendo el tiempo, ni siquiera que les diga cómo se llama. Con todo en una de las primeras escenas ocurre algo que aparentemente pasé por alto, y sin embargo hace poco me vino a la cabeza. En conferencia de prensa, un multimillonario que acaba de financiar el lanzamiento de una misión espacial es cuestionado/criticado por haber usado/comprado una nave rusa: ¿por qué no echó mano de un aparatejo construido en Estados Unidos? El personaje responde que la tecnología rusa es tan buena como la de Occidente. De ahí se desprende, pues, que no se considera a Rusia como parte de Occidente. Ya acá, del otro lado de la pantalla, en la realidad fuera de las ficciones fílmicas, el presidente del país mentado, Vladímir Putin, seguramente está de acuerdo con tal diferenciación, puesto que innumerables ocasiones se ha referido a Occidente no sólo como una entidad distinta al país que gobierna sino incluso opositora. Por ejemplo, en un discurso de septiembre 2025, Putin vinculó a Occidente con la degradación del orden nuclear, y criticó “… las acciones destructivas de Occidente, sus conceptos doctrinales desestabilizadores y programas militar-técnicos dirigidos a socavar la paridad global y a lograr una superioridad absoluta y abrumadora”. En la retórica de Putin, Occidente funciona ante todo como una entidad geopolítica y estratégica. Lo cultural aparece, pero subordinado a un relato de poder, hegemonía y seguridad. Pero, más allá de las confrontaciones geopolíticas en que actualmente está enmarañada la humanidad, en términos de modelo de civilización o, más ampliamente, culturales, ¿qué es Occidente? O llevando la cuestión a la dimensión espacial, ¿hoy día dónde queda Occidente?

 

En tanto continente civilizatorio —no me refiero a un continente geográfico, sino a un archipiélago de espacios que contienen algo—, Occidente es un entramado de componentes simbólicos y materiales compartidos en las sociedades europeas y de origen europeo. Demos pistas para delimitarlo por negación: Occidente se distingue de otras configuraciones civilizatorias; no es occidental el budismo, lo africano, el islam…; en él son extraños el chamán rarámuri y la burka con que deben cubrirse el rostro las mujeres en Kabul, tanto como el sistema de castas hinduista, las lenguas bantúnes subsaharianas, la pagoda de An Quang y la dieta inuit de los esquimales… Desde la semántica eurocentrista, occidental no es lo nativo, lo autóctono, lo indígena, lo aborigen… Obvio: lo oriental es distinto a Occidente, y esa distinción es plenamente occidental.


 

Dos tradiciones sustentan primordialmente a Occidente: la bíblica-cristiana y la greco-romana, así que sus orígenes geográficos se localizan en tierras aledañas al Mediterráneo, desde el mar de Tirreno hasta el Levante, incluyendo el mar Egeo. Es un medio arco que, desde el punto más austral del Golfo de Áqaba, se abre hacia noroeste, pasa por la Ática y llega hasta la península ibérica. Sin embargo, Occidente, claro, en tanto modelo de civilización no es puro ni homogéneo: hay tensiones internas —liberalismo vs. conservadurismo, secularismo vs. religiosidad, igualdad vs. jerarquías, etc.—, pero funciona como un paradigma que se presenta, desde el siglo XIX, como universalizable… o incluso más, como meta deseable para todos los grupos humanos.

 

Ahora, ¿dónde queda hoy Occidente? Es más sencillo proceder por descarte. Los dos países más poblados del orbe, seguro, se encuentran en otra órbita civilizatoria. India y China, los dos países más poblados del planeta, se organizan en torno a tradiciones culturales distintas de las que definen a Occidente: la primera, estructurada por el sustrato hinduista, el sistema de castas, y una pluralidad religiosa y lingüística que no tiene su centro en la herencia greco-romana ni judeocristiana; la segunda, anclada en una tradición confuciana, taoísta y budista reinterpretada por un proyecto político comunista con rasgos propios. Por supuesto, tampoco podemos considerar occidentales ni a Indonesia, el país con la población musulmana más grande del mundo, ni a Bangladesh ni a Pakistán, naciones que basan su identidad en torno al islam suní. ¿Y qué podemos decir de Nigeria, Etiopía, Egipto, República del Congo y Tanzania? Estos gigantes demográficos africanos tienen trayectorias civilizatorias propias —nilótica, bantú, etíope, árabe-islámica, swahili, etcétera—, que aun cuando hayan recibido influencia colonial europea y adoptado instituciones modernas, no forman parte del “continente civilizatorio” occidental. De hecho, podríamos decir lo mismo de todo África, quizá problematizando únicamente un caso, el de Sudáfrica. Además, dejando a un lado a Rusia y Japón —cuya condición de occidentales o bien occidentalizados resulta fascinante elucidar, pero merecería mucho más que unas cuantas líneas—, de entre los veinte países más poblados del mundo, también podríamos descontar sin discusión a Filipinas —con sólidos sustratos malayo-polinesios, e influencias chinas e islámicas previas a la colonización española—, Vietnam —budista mahayano, y fuerte basamento en el confucianismo—, Irán —corazón del mundo chií— y Turquía —con base demográfica y cultural turca y musulmana suní—. Y con esto es suficiente para poder dimensionar qué tan universal es realmente Occidente… Sólo sumando la población total de los países que he mencionado explícitamente hasta aquí —dejando fuera a Rusia y Japón—, ya tenemos alrededor de 4.7 mil millones de personas, es decir, 56% de la población mundial, toda esa gente fuera de Occidente.


Ahora, agreguemos a la suma de los no occidentales las poblaciones de los siguientes países: Tailandia, Kenia, Myanmar, Sudán, Uganda, Argelia, Iraq, Afganistán, Yemen, Angola, Marruecos, Mozambique, Malasia, Ghana, Arabia Saudita, Madagascar, Costa de Marfil, Camerún, Nepal, Níger, Siria, Burkina Faso, Malawi, Zambia, Chad y Somalia… Ahora el monto se eleva a 5.6 mil millones, nada menos que el 67.5% de la población total del mundo. Y si las proyecciones demográficas de la ONU son correctas, en unos pocos años la participación proporcional de estos países será mayor: en 2050, tres de cada cuatro habitantes del planeta vivirán en ellos, mientras que en 2075 serán ocho de cada diez. Todo esto claro, sin considerar los procesos de des-occidentalización que pueda ocurrir en Europa y América.

 

Creo que el problema no es que Occidente esté perdiendo el liderazgo del mundo, sino que nos cuesta aceptar que nunca ha jugado realmente ese rol. Si corremos con suerte, habrá futuro, y Occidente tendrá que aceptar que ni es el ombligo del mundo ni el modelo a seguir obligadamente, sino apenas una voz más en el coro de la historia global… Ojalá aprendamos a cantar con los demás.

 

domingo, 28 de septiembre de 2025

Heterotopías

  

Utopía

 

En su libro The Story of Utopias (1922), Lewis Mumford apunta que la palabra utopía actualmente alude tanto a los sueños más disparatados de la esperanza humana y de la imaginación desbordada, como a los programas más racionales de transformar, con inteligencia y trabajo, las instituciones, la sociedad y hasta la condición imperfecta del ser humano. En lo utópico cabe lo deschavetado y lo razonable. Tomás Moro (1478-1535), quien acuñó el vocablo, era consciente de este doble sentido. Incluso, para que sus lectores captaran la paradoja, la evidenció en un cuarteto que lamentablemente suele obviarse en las ediciones modernas de Utopía. Los versos están escritos en latín y comúnmente se editan con el título “De Utopia” o aparecen simplemente como un epigrama. Esta es la versión más comúnmente aceptada:

Utopia priscis dicta ob infrequentiam,

Nunc civitatis aemula Platonicae,

Fortasse vocandum Utopia,

Eutopia, nam sic ego nunquam mea.

Que al español podríamos traducir…

Utopía, llamada así por los antiguos debido a su rareza,

Ahora rival de la ciudad platónica,

Quizá no deba ser llamada Utopía,

Sino Eutopía, pues así nunca sería mía.

 

 

Eutopía

 

El cuarteto no es un adorno, es la condensada declaración de la intención de toda la obra. Moro advierte desde el principio que su Utopía es ambivalente. Por un lado, es un “No-lugar”, una quimera, una sátira que no debe tomarse al pie de la letra porque es esencialmente irrealizable. Por otro, es un modelo ideal, un “Buen lugar”, contra el cual contrastar los defectos de las sociedades europeas de su tiempo para inspirar reformas. Moro no inventó eutopía —del griego εὖ (eu), “bueno”, “bien”, y τόπος (tópos), “lugar”— como un concepto independiente, sino como contraparte del juego de palabras con utopía para evidenciar el carácter paradójico de su libro. A lo largo de más de quinientos años de historia, utopía se posicionó como una palabra de uso común, absorbiendo ambos significados, el lugar ideal y el lugar irreal, mientras que eutopía quedó relegada al cajón de las curiosidades eruditas. Con todo, el término resulta útil para la clasificación de los mundos ficticios, de mundos estrella, sumándose a la triada si consideramos su antónimo directo: distopía.

 

 

Distopía

 

La palabra distopía se forma con el prefijo griego δυσ- (dys-), “malo”, “difícil” o “anormal” —también presente en otras tantas palabras, como disfunción, distorsión, discrepancia…—, y la raíz -topía (-τόπος, -tópos), “lugar”. Así que distopía se refiere a un lugar indeseable, opresivo o de degradación social. Muchos afirman que el filósofo y economista británico John Stuart Mill (1806-1873) fue el primero que echó mano del término, dystopia en inglés. En 1868, en un discurso ante la Cámara de los Comunes, criticó la política del gobierno irlandés diciendo: “No puede ser llamado gobierno utópico, sino todo lo contrario, distópico o cacotópico. O quizás sea demasiado halagador llamarlo gobierno; sería más apropiado denominarlo anarquía”. En efecto, como antípoda de utopía, cacotopía —del griego kakós, “malo”— era el término generalmente utilizado —la primera aparición que se tiene documentada data de 1715, en la revista británica News from the Dead—.

 

 

Heterotopía

 

Pocas semanas antes de las elecciones de 2018, en Distopía 2018 —un texto publicado en estas mismas páginas— decía yo: Concebir y representar a detalle una utopía es utópico. Distopía y utopía son las dos caras de la misma moneda: “no hay tal lugar”, para usar la fórmula de Quevedo. Si una utopía o una distopía aparecieran cartografiadas en un mapa de este mundo dejarían de serlo: ambas son, como la idea de infinito, definibles, pero indescriptibles, de representación irrealizable…  

 

En cambio, en 1967 —Des espaces autres, una conferencia dictada en el Círculo de Estudios Arquitectónicos—, Michel Foucault acuñó un concepto para referirse a lugares muy de este mundo: heterotopía. Las heterotopías son lugares físicos reales, concretos y localizados, que también son “contraespacios”, sitios que funcionan como contra-emplazamientos, “utopías realizadas” que obedecen a reglas diferentes a las de otros lugares de la sociedad. Son lugares que representan, impugnan o invierten los espacios normativos. Son lugares de crisis o desviación: espacios que dan cabida a individuos o situaciones que se desvían de la generalidad —por ejemplo, hospitales, prisiones, velatorios…—. Su función y significado no son estables, cambian históricamente —v. g.:  cementerios—. En las heterotopías ocurre una yuxtaposición de espacios incompatibles: unen múltiples espacios reales o simbólicos —cines, teatros, estadios…—. Dan lugar a heterocronías porque rompen con el tiempo lineal —museos, bibliotecas, consultorios de psicoanálisis…—. Posibilitan experiencias intermedias entre lo real y lo irreal —elevadores, vagones, túneles…—. Funcionan mediante sistemas de apertura y cierre: están aislados, pero pueden ser accesibles conforme ciertas reglas específicas.

 

Resulta iluminador que el adjetivo heterotópico en medicina se utiliza para describir una condición en la cual un tejido, órgano o estructura del cuerpo se halla localizado fuera de su posición anatómica normal, pero sigue funcionando.

 

El pensador francés dice que el barco es la heterotopía por excelencia porque es un “pedazo flotante de espacio”, un lugar sin lugar inequívoco, que vive por sí mismo y está cerrado sobre sí mismo, pero al mismo tiempo está expuesto a la infinitud del mar. El barco funciona como un espacio aparte, autónomo, que se mueve de puerto en puerto, uniendo lugares fijos. Es un lugar que concentra imaginación y aventura.

 

Así, entre lo que no existe, lo que debería existir, lo que no quisiéramos que existiera y lo que existe de otra manera, los distintos -topoi dibujan el mapa imposible de la imaginación humana. Utopías/eutopías, distopías, y heterotopías son brújulas mentales para orientarnos en la relación entre los espacios que soñamos, los que tememos y los que realmentehabitamos. El desafío quizá siempre sea el mismo: descubrir el mundo.

 

lunes, 5 de mayo de 2025

Sol hidrocálido / Sol chilango

  

 

… un momento de sol entre dos álamos,

en la pulida piedra se demora,

y se desprende de sí mismo y sigue,

río abajo, al encuentro de sí mismo.

Octavio Paz, Arcos.

 

 

 

Desde el año pasado, siento que el Sol de la Ciudad de México quema como el de Aguascalientes. Por supuesto, sé que es una manera incorrecta de hablar: el Sol de allá y el de aquí son el mismo, es el mismo. Pero, aunque no sea astronómicamente precisa, esa forma de expresarlo muestra una percepción humana, que siempre es geográfica: da cuenta de nuestra experiencia del mundo, no del Sol como un objeto concreto —esa estrella enana amarilla localizada a sólo ocho minutos-luz de distancia—, sino como una presencia que nos ha acompañado desde siempre, que nos abraza o nos abrasa.

 


Aquí en nuestro país, en estos días primaverales el Sol cada día alcanza más altura. Claro, la latitud en donde uno se encuentre determina la trayectoria aparente del Sol. Cuanto más cerca del ecuador, más alto asciende el astro al mediodía; cuanto más cerca de los polos, más bajo permanece. En Canadá, por ejemplo, durante el invierno, el Sol apenas despunta un poco sobre el horizonte: proyecta sombras alargadas y su luz llega con una inclinación oblicua, más fría y tenue. En cambio, en México, en el verano, el Sol llega a colocarse sobre nuestras cabezas: el cenit se hace tangible, las sombras se achican hasta desaparecer bajo nuestros pies.

 

De día, el Sol cruza el cielo de este a oeste. De noche, queda del otro lado de la Tierra y no lo vemos. Pero independientemente de la rotación de nuestro planeta, el Sol siempre está ahí. ¿Ahí? ¿En dónde ahí?

 

Entre el brazo de Perseo y el brazo de Sagitario, el Sol está en el brazo de Orión, una espiral menor de la Vía Láctea, a unos 26 mil años luz de su centro. Y ese ahí no es fijo. Ni el Sol ni nada está fijo. Nada perdura en el mismo sitio. Gravitamos alrededor del foco de la galaxia a unos 820 mil kilómetros por hora, completando una órbita cada 235 millones de años. El sistema solar se halla ahora muy cerca del borde interno de la cavidad interestelar llamada la Burbuja Local.

 


Bueno, ¿y qué nos dice todo eso? Temo que muy poco. Quizá lo más revelador no sea lo que la astronomía pueda informarnos acerca del Sol, sino lo que dice sobre nosotros mismos: que incluso sabiendo que transitamos el universo en una galaxia en expansión, seguimos pensando con los pies en la Tierra. El guiño del Sol entre las ramas de unos álamos hace patente la presencia del astro, no como un objeto distante, sino como una presencia situada. Nuestra experiencia del Sol y del universo sigue siendo geográfica. Mientras el sistema solar recorre su órbita alrededor del centro galáctico a velocidades inconcebibles, nosotros seguimos advirtiendo su paso por la inclinación del rayo de luz que entra por la ventana. Conocemos la estructura espiral de la Vía Láctea, la velocidad de rotación del halo estelar o la densidad de la Burbuja Local; pero lo que percibimos no es el cosmos, sino la escala íntima en la que lo habitamos.

 

También podemos recordar que entre el Sol y la Tierra median 149.6 millones de kilómetros… Pero ¿podemos dimensionar ese trecho? No es fácil. Quizá así…

  • La circunferencia de nuestro planeta es de unos 40 mil km. Llegar al Sol equivaldría a darle la vuelta a la Tierra no diez, ni cien, sino ¡unas 3,750 veces!
  • Otra: haría falta una fila de casi 12 mil Tierras puestas una tras otra para cubrir la distancia hasta el Sol.
  • Si pudiéramos tomar un autobús con destino al Sol, viajando a 100 km/h y sin parar jamás, tardaríamos unos 171 años en llegar.

 

La distancia es inmensa, desborda la escala humana. Si una persona tuviera una condición física que le permitiera correr una maratón (42.2 km) todos los días, sin descansar nunca, diario… llegar al Sol corriendo le tomaría 3.55 millones de días, es decir, unos 9,717 años. Ni a Matusalén, quien según el Génesis vivió 969 años, le habría alcanzado la vida para hacerlo, mucho menos al ser humano más longevo de la historia con edad completamente verificada, la francesa Jeanne Calment quien, al fallecer, el 4 de agosto de 1997, tenía sólo 122 años con 164 días.

 

Ahora, independientemente de qué tan lejos esté el Sol, ¿en qué dirección se encuentra? La respuesta depende del momento en que se formule la pregunta, y, por supuesto, del marco de referencia que usemos. Podemos responder en relación con determinado objeto geográfico, es decir, cualquier cosa estable localizada en la superficie terrestre: “el Sol se está poniendo detrás de aquella o tal otra montaña”. Desde la Ciudad de México, con suerte y en un día excepcionalmente despejado, podríamos ver “el Sol naciendo por el Iztaccíhuatl” o desde Aguascalientes que “el Güero esté saliendo por la Sierra del Laurel”.

 

También podemos ubicarlo respecto a otros objetos celestes. El Sol recorre el cielo siguiendo un camino aparente, la eclíptica. En su movimiento aparente cruza distintas constelaciones. Si pudiéramos ver las estrellas durante el día, veríamos al Sol superpuesto sobre algunas de ellas. Por ejemplo, desde México, y en general desde todo el hemisferio norte, el Sol se halla transitando la constelación de Piscis a principios de abril, y hacia finales de mes entra en Aries.

 

No resulta, pues, sencillo aprehender ni la ubicación ni la lejanía astronómicas del Sol, no sólo porque nuestro cerebro evolucionó para comprender distancias y proporciones humanas, no interestelares, sino también porque su presencia la percibimos tan próxima como su luz y su calor. El astro es esencialmente tangible. Salgo a la calle y sus rayos, plomizos, como en Aguascalientes, caen sobre mí. Allá, a ocho minutos luz, cada segundo, el Sol fusiona aproximadamente 600 millones de toneladas de hidrógeno en helio, convirtiendo cerca de cuatro millones de toneladas de materia en energía. Yo, acá, siento el fuetazo de sus rayos…, desde el año pasado, como se sienten en Aguascalientes.


 Van Gogh - Acker mit pflügenden Bauern


Quizá nos diga más recordar que el Sol está, literalmente, “aquí mismo”. Decirlo así es y no es metafórico, porque al tiempo que está a casi 150 millones de kilómetros de distancia, la Tierra y todos los planetas del sistema solar orbitamos a su alrededor y, anclados gravitacionalmente, deambulamos juntos en el espacio. El Sol es parte sustancial de nuestra realidad, del aquí planetario y del aquí cotidiano, inmediato.

 

domingo, 27 de abril de 2025

El globo imposible de Alejandro Magno

Por ciertos avatares y malquerencias que no viene al caso retrotraer ahora, aunque de familia amberina, la figura cumbre del barroco flamenco nació en el Sacro Imperio Romano Germánico, en Siegen, una villa de Westfalia. Pintó más de mil quinientos cuadros. Me refiero, por supuesto, a Peter Paul Rubens (1577-1640). El primer maestro de Rubens fue un pintor paisajista de Flandes, el manierista Tobias Verhaecht (1561-1631). De este señor Tobías fue también discípulo su propio hijo, Willem van Haecht (1593-1637). Willem, luego de su aprendizaje inicial con su padre, viajó durante unos diez años por Francia e Italia para embarnecer sus saberes y pulir su técnica. De vuelta a casa, a los 49 años se convirtió en maestro del gremio de San Lucas de Amberes y poco después fue nombrado curador de la colección de Cornelis van der Geest, un acaudalado comerciante de especias apasionado por el arte. 

Willem van Haecht, El gabinete de pinturas de Cornelis van der Geest durante la visita de los archiduques, 1628.


No se sabe con certeza cuántos cuadros pintó Willem van Haecht para van der Geest, pero se conservan al menos cuatro que muestran la colección del mecenas: Alejandro Magno visitando el estudio de Apeles (1628), La galería de Cornelis van der Geest (1628), Alejandro Magno en el estudio de Apeles o Alejandro Magno pintando a Campaspe (1630) y La colección de arte de Cornelis van der Geest (c. 1635). Todas estas obras forman parte de un subgénero muy apreciado por la élite de su época, los llamados gabinetes, en los que se representaban galerías imaginarias, que no fantásticas: se trata siempre de una composición ficticia que figura un taller transformado en un Kunstkammer barroco, colmado de obras y objetos que en la realidad nunca coexistieron: la obsesión del coleccionismo erudito.

Willem van Haecht, Interior del salón de la archiduquesa Isabella de Austria, 1621.
 

Alejandro Magno visitando el estudio de Apeles (1628) y Alejandro Magno pintando a Campaspe (1630) comparten un mismo núcleo narrativo: el triángulo Alejandro, su amante Campaspe y el pintor imperial Apeles; concretamente, el episodio que escribiría siglos después Plinio el Viejo (c. 23-79). El primero, facturado entre 1628 y 1637, es una escena intimista: el conquistador macedonio atestigua cómo Apeles retrata a su concubina favorita, y la composición dirige la mirada del espectador hacia este delta cargado de tensión afectiva y simbólica. El segundo cuadro, en cambio, despliega una escena mucho más abarrotada: el acto de pintar a Campaspe queda subsumido en un entorno saturado de obras, figuras y referencias cultas, como si el relato clásico fuese un episodio más dentro del espectáculo del coleccionismo. Así, en conjunto, mientras el cuadro de 1628 dramatiza el conflicto entre amor, arte y poder, el de 1630 celebra el mundo del arte como acumulación y vitrina, y hasta Alejandro, Campaspe y Apeles se convierten en parte del inventario de la exposición. Además, las pinturas presentan diferencias en la representación del espacio arquitectónico. En la primera tabla el estudio se presenta como un interior relativamente austero, de proporciones contenidas, con muros y columnas que encuadran la escena principal y dirigen la atención hacia el acto de creación; el fondo es cerrado, el espacio interior casi claustral, lo que refuerza la intimidad del momento.

Alejandro Magno visitando el estudio de Apeles (1628)

En cambio, en el otro cuadro el espacio se abre hacia una arquitectura monumental y palaciega: techos altos, arcos amplios, y un fondo profundo que se abre hacia otras grandes salas, también repletas de estatuas, pinturas y espectadores. En ambas piezas se despliega una constelación de objetos que remiten al ideal renacentista del saber enciclopédico. En los dos, el estudio es un microcosmos del conocimiento y las artes: estatuas clásicas, cantidad de pinturas colgadas o apoyadas contra los muros, instrumentos musicales, globos celestes, libros abiertos, mapas, y aparatos científicos se entremezclan en una disposición orquestada. 

Alejandro Magno pintando a Campaspe (1630)

En las dos pinturas, van Haecht incluye al fondo un globo terráqueo, símbolo del espíritu explorador, del conocimiento geográfico y del estudio racional del mundo. En ambos globos, el color dominante es el azul, el azul de los mares. Sin embargo, la manera en que los presenta varía significativamente entre una y otra obra. En el cuadro más intimista, el escritorio está discretamente situado al fondo izquierdo, casi oculto en la penumbra, como en un espacio reservado a la contemplación solitaria o al trabajo intelectual ensimismado; sobre él está el globo, objeto que nadie observa. En el otro, esos mismos elementos se encuentran mucho más expuestos, en un espacio amplio y luminoso, exhibidos a la mirada del espectador como parte del abanico de maravillas del taller. Tanto el globo, que es más grande y está en un soporte en el suelo, como el escritorio se muestran como herramientas del saber, integradas en la lógica del espectáculo visual que exhibe la obra. En la pintura de 1630, van Haecht incorpora a cuatro personajes reunidos en torno al globo terráqueo. Uno de ellos, casi oculto del todo, quizá es un soldado, tomando en cuenta la lanza que porta y el peto metálico que asoma bajo su capa; junto a él se halla un hombre negro elegantemente vestido, cuya presencia activa subraya el carácter cosmopolita del espacio barroco. Completan el grupo dos hombres más, ambos provectos, ataviados con túnicas oscuras y sombreros amplios; uno de ellos señala una región específica del globo con un compás, mientras el otro lo contempla en actitud reflexiva. Esta escena de estudio y concentración refuerza la noción del taller como un microcosmos humanista, donde el arte convive con la ciencia y el saber geográfico se convierte en tema de diálogo colectivo.

 

Por descontado, Willem van Haecht debió de conocer varios globos terráqueos, pero ¿es posible que Alejandro Magno hubiera conocido alguno?

 

 

*

 

 

En tiempos de Alejandro Magno (siglo IV a. C.) circulaba ya la idea de que la Tierra era redonda, y no plana. Pensadores presocráticos como Pitágoras de Samos (c. 580-495 a. C.) y Parménides de Elea (c. 515-450 a. C.) habían propuesto esta noción, adoptada después con argumentos más sistemáticos por dos discípulos de Platón: Eudoxo de Cnido (c. 390-337 a. C.) y Aristóteles de Estagira (384 – 322 a. C.), quien, como se recordará, fue nada menos que el maestro personal de Alejandro.

Copia romana de un original griego de Eupranoro de Corinto(c. 330 a.C.)

Sin embargo, el globo terráqueo más antiguo del que tenemos noticia es muy posterior: el primer artefacto que se construyó como un modelo físico del mundo en forma de esfera, al menos del que nos queda noticia, lo realizó un crítico literario, Crates de Malos, quien nació unos 150 años después de la muerte de Alejandro Magno. Y si bien, claro, Eratóstenes de Cirene (c. 276–194 a.C.), polímata de la biblioteca de Alejandría, había antes calculado la circunferencia de la Tierra —alrededor del año 240 a. C.—, no hay evidencia histórica que sugiera que Crates utilizara los cálculos de Eratóstenes, ni tampoco que este último hubiera facturado un modelo tridimensional para explicar sus cálculos.

 

Crates (c. 170-130 a. C.) llegó al mundo en Malos, una colonia griega en Asia Menor, y se trasladó a Pérgamo, polis localizada también en Anatolia, durante el reinado del atálida Eumenes II, cuando la ciudad disfrutaba su apogeo cultural. Crates dirigió la biblioteca de Pérgamo, la única que entonces podía rivalizar con la de Alejandría, y se destacó por su estudio de los poemas homéricos y su adhesión al estoicismo. Crates diseñó un globo terráqueo dividiéndolo en zonas: el Oecumene (el mundo conocido), el Perioeci (las tierras del hemisferio norte), el Antoeci (las tierras desconocidas al sur del ecuador) y las Antipodas (las tierras en el lado opuesto del mundo). Este modelo, basado en la exégesis de los textos homéricos, anticipaba la existencia de tierras trasatlánticas que los habitantes del continente Euro-asiático-africano aún no conocían. Aunque no se conserva ningún ejemplar del globo de Crates, diversas fuentes textuales no solamente testimonian su existencia, sino que también lo describen a detalle. Estrabón de Amasea (c. 64 a. C. - 24 d. C.), en su Geografía menciona a Crates de Malos como pionero en la representación esférica del mundo: “Y al que quiera imitar más de cerca la realidad con artísticas construcciones debe hacer de la Tierra una esfera, como Crates” (Libro II, 10). 

El globo de Crates de Malos fusionó literatura, filosofía y ciencia, utilizando la filología y la cosmografía para dilatar el conocimiento del mundo. Su modelo no sólo es un artefacto racional, sino también una manifestación artística, simbólica, de cómo la interpretación literaria puede influir en la comprensión geográfica y cosmológica.

 

 

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Tuvo que pasar milenio y medio para que el mundo saliera otra vez del plano. La representación tridimensional de la Tierra más antigua que conservamos data de un año axial: 1492. 

Martin Behaim (1459–1507) fue un destacado geógrafo, navegante y cartógrafo alemán. Nacido en una familia acomodada de comerciantes en Núremberg, Behaim recibió una educación esmerada en matemáticas, astronomía y navegación, disciplinas esenciales para su futuro laboral. En su juventud, Behaim se trasladó a Lisboa, donde se integró en los círculos de científicos y navegantes de la corte portuguesa. Bajo el patrocinio del rey Juan II, participó en expediciones y mejoras técnicas relacionadas con la navegación, como el uso del astrolabio y la ballestilla. Su experiencia en África, particularmente en la costa de Guinea, le permitió recopilar datos geográficos que luego incorporaría a su obra cartográfica. En 1490, de regreso a Núremberg, Behaim colaboró con el pintor Georg Glockendon y el erudito Hartmann Schedel para construir su célebre globo, conocido como Erdapfel, la “Manzana terrestre”. Este artefacto, reflejaba las concepciones geográficas que se tenían en Europa justo antes de los viajes trasatlánticos de Colón. Aunque contenía errores —como la omisión del continente americano y la exageración del tamaño de Asia—, el globo simboliza el espíritu explorador del Renacimiento y el afán colonizador de la naciente Modernidad occidental.

Behaim no fue precisamente un innovador radical, sino más bien un sintetizador del saber de su tiempo. Su legado radica en haber materializado, en un objeto tangible, la visión europea del mundo en el umbral de la llamada era de los descubrimientos. Behaim representa, así, la figura del erudito práctico, puente entre el estudio teórico y la aventura ultramarina que redefinió los límites del mundo conocido.

 

Ahora, ¿por qué “Manzana terrestre” y no globo? Franco Farinelli propone una respuesta interesante (Polifemo cegador: La geografía y los modelos de mundo. UNAM, 2021): “Martin Behaim construyó el primer globo terráqueo moderno, lo llamó “la manzana”: justo como el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, el fruto del pecado original. Para los hombres de la Edad Media Dios era un globo, una esfera que tenía su centro por todos lados y la circunferencia en ninguna parte”.


 

 

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En el cuadro de 1630, el globo terráqueo que aparece rodeado de sabios, soldados y viajeros no es un objeto ornamental, sino un testigo material de los sueños de representación total, cosmológica, que animaban ya a Crates de Malos y que Behaim, siglos después, intentaría materializar en su Manzana terrestre. Crates dividió el orbe en zonas especulativas siguiendo las pistas que Homero dejó en la Iliada y la Odisea, y Behaim sintetizó el saber náutico medieval en una esfera tangible. Van Haecht pinta un globo que representa a todo el mundo en un taller convertido en microcosmos: un espacio donde el conocimiento y el arte convergen en una misma empresa de imaginación y dominio. La Manzana, el globo perdido de Crates y el globo pintado por Willem van Haecht forman una constelación de objetos que, desde sus respectivos oteros, soñaron con incorporar la totalidad en el mundo conocido.



lunes, 24 de junio de 2024

Gente en México

  

¿Somos muchos para el tamaño de país que es México?


El tamaño de nuestro país tiene, ciertamente, muchas dimensiones, no solamente la espacial. De entrada, deberíamos pensar en la diversidad geográfica, los recursos y su abundancia. Por ejemplo, Groenlandia, una isla —la más extensa del planeta— que forma parte del Reino de Dinamarca, tiene una superficie de 2.1 millones de kilómetros cuadrados, es decir, poco más de la que conforma México, sin embargo 84% de ese inmenso territorio está cubierta por una gruesa capa de hielo. Afortunadamente, nuestras condiciones, cualquier infante de primaria lo sabe, son muy distintas: México es megadiverso. Pero quedémonos sólo con la más inmediata dimensión de la amplitud del país. Hace poquito más de cien años, en 1921, la Dirección General de Estadística llevó a cabo nuestro cuarto censo moderno de población; según este instrumento, entonces habitaban el país 14.3 millones de seres humanos —hoy día, tan sólo en el Estado de México viven alrededor de 18 millones—, lo cual se traduce en que al término de la Revolución Mexicana este país presentaba una población relativa de apenas 7 habitantes por kilómetro cuadrados (habs./km2). Conforme a los resultados de la ENADID 2023, en agosto del año pasado éramos 129.5 millones, así que la densidad poblacional se ubicó en 66 habs./km2. Así que en este renglón nuestra situación es incomparable respecto a naciones como Singapur (8,250 habs./km2), Bangladesh (3,020 habs./km2) o India (1,130 habs./km2), y también muy distante a la de Australia, Canadá y Rusia, con 3, 4 y 8 habs./km2.


¿Y cómo es que nos distribuimos espacialmente?


 

¿En dónde vive la mayor parte de la gente?


La mayor parte de las personas a quienes tocó en suerte radicar en este país vive en su franja central. Del Pacífico al Atlántico, en el cinturón que forman las doce entidades federativas centrales habitamos más de la mitad de la población total de México: Jalisco, Colima, Michoacán, Guanajuato, Querétaro, Estado de México, Ciudad de México, Hidalgo, Morelos, Tlaxcala, Puebla y Veracruz. En total, 71.3 millones de los 129.5 millones, es decir 55 de cada cien habitantes. En conjunto, esta franja territorial tiene una superficie de 344.8 mil kilómetros cuadrados, de tal modo que en promedio la densidad poblacional en ella es muy superior a la nacional (66): 207 habs./km2.



Ahora bien, en el núcleo de dicha franja central, en el polígono de 28.7 mil km2 que conforman la CDMX y los dos estados que la rodean, el Estado de México y Morelos —una superficie algo más pequeña que la que ocupa Guanajuato, con 30.6 mil km2—, radicamos un total de 28.8 millones de personas, es decir, 22.2% de la población total del país…, poco más de 1 de cada 5 habitantes. Y, por supuesto, la densidad poblacional aquí es mucho más alta que en el resto del país: 1,002 habs./km2.


 

¿Cuánta gente vive en el norte del México?

Quitémonos de la discusión metafísica de dónde comienza el norte en México, y dado que sólo vamos a echar mano de datos desagregados a nivel entidad federativa, asumamos que “el norte del país” lo conforman los estados más septentrionales del país, los que hacen frontera con Estados Unidos. Seis de las 32 entidades federativas que conforman México hacen frontera con la nación más acaudalada del orbe; de oeste a este: Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. En ellas viven 23.6 millones de personas, 18.2% de la población total del país —ojo: tan sólo los dos estados que circundan la Ciudad de México, Morelos y el Estado de México, tienen una población conjunta de 19.5 millones de habitantes, 6.75% más que la población total de los seis estados de la República que hacen frontera con Estados Unidos—. Claro, en este grupo se hallan los estados más grandes de la República, así que no sorprende que en conjunto integren nada menos que 37% del total del territorio nacional (722.8 km2). Consecuente, la población relativa promedio en las entidades fronterizas del norte es muy baja: 33 habs./km2, justo la mitad respecto a la nacional. 


 

¿Cuánta gente vive en el sur del México?


Bien sabemos que la región que llamamos “el sureste” no es tan austral como suele creerse. Por ejemplo, Cancún, Quintana Roo, está más al norte que la Ciudad de México —latitudes: CDMX 19°25′N 99°12′O y Cancún 21°09′N 86°50′O—, o incluso Mérida, que se encuentra más o menos a la misma latitud que San Miguel Allende, Guanajuato. Con todo, si damos por buena la tradición que entiende a la península de Yucatán como parte del sur del país, diremos que en los estados sureños —Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Tabasco, Campeche, Quintana Roo y Yucatán— viven 21.4 millones de personas —5.4 millones menos que los que vivimos en el Estado de México y la Ciudad de México—. La superficie que abarcan estos siete estados es de 397.1 mil km2. Así las cosas, resulta pues que la densidad poblacional en esta región es menor que la del promedio nacional: 54 habs./km2.

 


Resumiendo…

La población relativa a nivel nacional es de 66 habs./km2, mientras que en la franja central se eleva a 207 habs./km2, y en el núcleo de ella (CDMX, Estado de México y Morelos) aumenta dramáticamente a 1,002 habs./km2. En el conjunto de los estados del norte, la densidad es de apenas 33 habs./km2, mientras que en el grupo sureño es de 54 habs./km2, esto es, todavía por debajo del promedio nacional. Considerando sólo una variable más, la disponibilidad de agua, hay conclusiones que saltan a la vista de cualquiera, ¿no?

lunes, 10 de junio de 2024

Todo reburujado

 

 

Cuando hay alguien que implora de mi labio un consejo,

yo le ofrezco mi amor;

¿qué pudiera decirle, yo que vivo perplejo

y de mí propio, espectador?

 Jaime Torres Bodet

 

What grows best in the heat: fantasy; unreason; lust.

Salman Rushdie, Midnight’s Children.

 

 

 

1


Como en muchos otros sitios a lo largo y ancho del territorio nacional, en mayo pasado se batió un récord histórico en la Ciudad de México: el sábado 25, en el Meteorológico Central del Observatorio de Tacubaya, se registró una temperatura de 34.7 grados Celsius (°C). Se alcanzó así el punto máximo jamás medido en la capital de la República Mexicana…, rebasando al que justo un día antes, el viernes, se había llegado: 34.4 °C, es decir, tres décimas más. Sin embargo, esa comparación no permite dimensionar el fenómeno. La siguiente sí: el récord anterior para un mes de mayo se había alcanzado en 1996, con 32.0 °C. ¿Se dan cuenta? ¡Casi dos grados y medio más en menos de diez años!

El de 2024 fue el mes de mayo más cálido registrado de la historia, no sólo en México, sino en todo el mundo. Se suman doce meses consecutivos de temperaturas globales récord. Según el Servicio de Cambio Climático de Copernicus (C3S), la temperatura en mayo pasado fue 0.65 °C por encima del promedio 1991-2020 y 1.52 °C por encima del promedio preindustrial 1850-1900, marcando once meses seguidos con temperaturas ≥ 1.5°C por encima del nivel preindustrial. En los últimos doce meses (junio 2023 - mayo 2024), la temperatura promedio global fue la más alta registrada, superando en 0.75°C el promedio 1991-2020 y en 1.63 °C el promedio preindustrial.

La Organización Meteorológica Mundial advierte que entre 2024 y 2028, la temperatura global media anual podría estar entre 1.1 °C y 1.9 °C por encima del promedio 1850-1900, con un 80% de probabilidad de que al menos un año supere temporalmente 1.5 °C y un 47% de que el promedio quinquenal lo haga. El más reciente informe de indicadores del cambio climático global del C3S señala que el calentamiento causado por humanos avanza a 0.26 °C por década, la tasa más alta registrada. El informe anual indica que el calentamiento inducido por la actividad de los sapiens ha aumentado a 1.19 °C en la última década (2014-2023), comparado con 1.14 °C del informe anterior.

 

 

2


Azotados por la misma ola de calor, la tercera del año, cada quien desde donde se supone que debía estar y haciendo lo que se esperaba que estuviéramos haciendo, azorados como cualquiera, si acaso un poco más conscientes de ello, de nuestro azoramiento, por medio de mensajes de texto compartíamos lo que cada uno sabía, intuía, temía… En un momento dado, le recordé a mi grupo de amigos que en la edición de principios de mayo del podcast The Daily de The New York Times se reportaba que la comunidad científica está cada vez más preocupada porque nadie se explica el aceleramiento que se está dando en el calentamiento de los mares… “Incluso se declaran perplejos”.

Perplejidad, según la RAE, significa “irresolución, confusión, duda de lo que se debe hacer en algo”. Así que la perplejidad bien puede entenderse como una situación antípoda a la que permite la comunicación. Paul Watzlawick sostiene que la comunicación no solo transmite información sobre la realidad, sino que también crea y define la realidad misma. Watzlawick argumenta que la confusión surge cuando las señales comunicativas no son claras o consistentes, lo que conduce a malentendidos y distorsiones en la percepción de la realidad. Cuando la comunicación falla en transmitir información de manera efectiva, la percepción de la realidad puede distorsionarse. Por lo tanto, la confusión es un obstáculo para la creación y comprensión de la realidad.

El calorón nos tiene atolondrados, pero además, frente al fenómeno la mayoría estamos perplejos. La palabra perplejidad tiene su origen en el latín perplexitas, derivada a su vez del verbo perplexus, que significa “atrapado”, “entrelazado” o “enredado”. Esta raíz latina, plexus, está emparentada con el verbo griego plekein, que también significa “tejer” o “entrelazar”. Por su parte, el prefijo per- en latín intensifica el significado del verbo al que se une, indicando un estado completo o extremo de la acción. En el caso de perplexus, el prefijo per- sugiere una idea de profundidad o totalidad en el estado de estar atrapado o enredado: una persona perpleja está pues totalmente echa bolas, y por eso mismo gelada, es decir, pasmada, atónita… Perplejidad se refiere, pues, al estado de confusión, desconcierto o desorientación en el que una persona se siente prendida o enredada en una situación difícil de comprender o resolver. La palabra conserva esta connotación de enredo o confusión profunda desde su origen etimológico en el latín hasta su uso en la actualidad. El perplejo está pues completamente enredado, o, dicho en buen aguascalentense, estar perplejo es estar todo reburujado, porque si bien la definición que da la RAE del verbo reburujar no esclarece mucho que digamos —“cubrir o revolver algo haciéndolo un burujón”—, los sinónimos que enlista sí que apuntan hacia la perplejidad: enmarañar, enredar, arrebujar, liar, revolver. Y curioso, un borujón no es otra cosa que un chichón, “un bulto en la cabeza”.