Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 30 de junio de 2018

Sopa de moscas


El día a día pasa apresurado, como casi todos los posts en su muro del Facebook, fugaces, insignificantes, siempre exiguamente digeridos… ¿Lo percibe usted? Entre esperanzas y miedos, con la mirada enganchada a un futuro utópico para algunos o distópico para otros, no nos queda mucho margen de atención al presente, a lo que nos está ocurriendo ahora mismo…; en lo poco que queda apenas cabe el ruido de las campañas, las salvajadas de Trump y algunos goles. Más allá, difícilmente nos queda espacio en la conciencia para el infortunio generalizado en que se encuentra el país… Más incluso: me temo que, distraídos como andamos en lo que andamos distraídos, al ánimo nacional le urge más una buena atajada de Memo Ochoa que algunas décimas a la baja en el Índice Nacional de Precios al Consumidor…

Pese a que vivimos en una situación escandalosa, hemos optado por prestar oídos sordos a la realidad. Independientemente del intercambio de excrecencias con el que los diversos contendientes en la elección han ensuciado prácticamente toda la res publica, independientemente de que el oligofrénico depravado guillotine o no el TLCAN, ¡vamos!, incluso independientemente de que México llegue o no al quinto partido, el próximo presidente de la República recibirá una Nación atestada de calamidades. Y los desbarajustes no son casos aislados.

En mayo la atrocidad criminal rompió récord: según cifras oficiales del Sistema Nacional de Seguridad, en promedio son asesinadas 93 personas por día en México. 2,890 homicidios. Los números ya expresan poco, así que más valdría intentar aprehender las cifras… Imagine que, al igual que había sucedido el día previo aunque para casi nadie fuera laboral, el 2 de mayo pasado, aquella jornada cuando el primer mandatario de la República, Enrique Peña, consideró oportuno declarar “Nadie negocia conmigo; yo soy presidente”, ocho equipos de fútbol, cada uno con su portero, sus defensas, sus medios y sus delanteros, los once, todos integrados por gente con rostro, historia, hermanos y padres, algunos con hijos, fueran conducidos a un espacioso cadalso, uno por uno los ocho conjuntos, hasta tener ahí arriba a los 88 futbolistas, para luego también subir una quinteta de jugadores de basquetbol para completar el hatajo… 93 seres humanos como usted o como yo, a quienes entonces se procederá a bañarlos a metralla hasta quitarles la vida a todos… Imagine que eso mismo sucedió también el día siguiente y el siguiente y el siguiente…, diario, de lunes a viernes y también los sábados y domingos a lo largo de todo el mes de mayo... 93 personas —intente recordar el rostro de 93 hombres y mujeres que usted conozca, 93— al día… Esta es solo una mosca y en la sopa no hay una: la sopa es de moscas. Y hay de todas…

En el plato hay moscas enormes y más panzonas que nunca, como la deuda pública —más de diez billones de pesos— y el crecimiento lelo de la economía; hay pequeñitas, microscópicas, pero extraordinariamente abundantes —53.4 millones de pobres, para quienes su origen será destino; la profusa informalidad y ejércitos de jóvenes sin quehacer—; otras tantas penosamente famélicas y sin embargo incansables barrenadoras —la precarización del empleo—; moscas perniciosas queriendo hacerse las chistosas —el retrato de la acertividad de la diplomacia mexicana en el maletín del embajador de Corea del Norte, expulsado de nuestro país poco antes de que Trump y Kim Jong-un se sentaran a dialogar—; algunas moribundas, dando aletazos lastimeros —una reducción del 20% en el presupuesto de la Secretaría de Salud, las universidades públicas en riesgo financiero—; otras de patas largas que alcanzan casi todo el guiso —Banxico acaba de subir el costo del dinero a su nivel más alto desde 2009; la gasolina magna ya alcanzó 19 pesos por litro—; otras panteoneras, horripilantes, de ojos verduzcos y saltones — según la propia CNDH, la crisis en materia de derechos humanos ha alcanzado niveles insólitos; la ola de feminicidios ya es tsunami; el secuestro y la extorsión son prácticas masificadas—; hay dípteros con socavones en la cabeza, y otros con jorobas asquerosas, descomunales —el sobregasto en publicidad oficial, la partidocracia—; moscas estercoleras volando encima del plato, recién llegadas de miles de fosas clandestinas… Moscas y más moscas, todas en el caldo de la corrupción, y la impunidad y la incompetencia…

No queremos/podemos ver el tremendo embrollo en buena medida porque no hay de dónde asirse para entenderlo; el lenguaje está dinamitado: ¿cómo se acredita a un sicario, cómo desenmarañar la entelequia crimen organizado, a quién en concreto exigir justicia si “Fue el Estado”…? La comunidad imagidada precisa acuerdos semánticos, y muchos de ellos dejaron de operar.

Tal vez otra parte de la confusión en la que nos hallamos esté en el hecho de que, efectivamente, la mayoría estamos enojados. Discrepo de lo que últimamente andan argumentando —es un decir— algunos partidos políticos, en el sentido de que es peligroso votar enojados… No sólo se vale votar enojados, quizá sea lo que más convenga: enojo mata miedo, y urge votar en defensa propia.

A una semana de los comicios, subrayo el acuerdo generalizado: es necesario cambiar. Si no creemos que podemos cambiar no lo haremos: espero que el 2 de julio próximo todos, no sólo quienes temen el apocalipsis y quienes sueñan con la vuelta a la Edad Dorada, sino también los que siguen aferrados al pensamiento mítico según el cual en este país nunca pasa nada, despertemos con la evidencia de que sí, podemos cambiar.

sábado, 23 de junio de 2018

Distopía 2018


No hay tales

En una utopía todo está bien y todos son felices; en ella nada tiene falla alguna, nada puede mejorarse. La colectividad vive en armonía, y los individuos —cada uno, cada una, personalmente— son dichosos. Esta perfección imposible no se alcanza ni siquiera en Utopía, la invención de Tomás Moro. Una utopía es ideal y todo intento de describirla la asola. Concebir y representar a detalle una utopía es pues utópico.

En las antípodas de utopía ocurre exactamente lo contrario: en una distopía todo está mal; ahí nadie gana, nadie resulta agraciado por el sistema, y aun entre los más poderosos la infelicidad cunde. Igual que una utopía, una distopía es un ideal: todo intento de detallar sus características la abolla, la macula.

Distopía y utopía son las dos caras de la misma moneda: “no hay tal lugar”, para usar la formula de Quevedo. Si una utopía o una distopía aparecieran cartografiadas en un mapa de este mundo dejarían de serlo: ambas son, como la idea de infinito, conceptos definibles, pero indescriptibles, de representación irrealizable…  


El infinito

El profesor Lemniscata llegó puntual. Metafísica I, últimas sesiones del semestre. En el aula lo esperaban sus alumnos. “Hoy voy a referirme al concepto de infinito”, advirtió antes de asir un gis… “Jóvenes, señoritas, el infinito es lo siguiente…” Se acercó al extremo izquierdo del enorme y avejentado pizarrón, puso el gis sobre la verduzca superficie y comenzó a dibujar una línea blanca caminando hacia atrás hasta, poco a poco, llegar al extremo opuesto: la raya de tiza siguió sobre el marco y luego en el muro del salón, hasta que alcanzar la puerta…; la línea cruzó la hoja, luego el canto, enseguida la cara exterior… El profesor continuó su traza en el muro oriente del edificio hasta las escaleras, por las cuales descendió a la planta baja, para caminar en dirección al acceso principal de la Facultad… Salió sin dejar de marcar su raya… Nadie ha vuelto a verlo.


Distopía mexicana

Hacia finales de 2016, en el sello Debate, Lorenzo Meyer (1942) publicó su más reciente libro, Distopía mexicana. Perspectivas para la nueva transición. En las primeras páginas, el doctor Meyer resume estupendamente la Utopía de Moro: “una ciudad-Estado pagana, con un régimen comunista, donde la razón guiaba a las instituciones”, y en la que “…el orden y la dignidad de la vida pública” imperaban. En la ínsula imaginada por el inglés, “… al poder lo determinaba la razón y el interés colectivos, más no los intereses individuales y egoístas…”

En cuanto a distopía —“lo opuesto a la construcción ideal de Moro”—, Meyer subraya primero que “también se trata de un no lugar…”, en el cual “…dominan en extremo los aspectos negativos del ejercicio del poder”. Después de mencionar dos de las más famosas novelas distópicas —Un mundo feliz (1932), de Aldous Huxley, y Fahrenheit 451 (1953), de Ray Bradbury—, el historiador apunta las características más relevantes de ambas ficciones: “… la fuerza, el miedo, la irracionalidad y un ambiente de corrupción profunda”.

Distopía mexicana aborda —usando la expresión clásica de Andrés Molina Enríquez de principios del siglo pasado—, los grandes problemas nacionales que nuestro país padece en la actualidad; a saber: la dependencia externa; la naturaleza excluyente de los sistemas político, económico y social; la corrupción creciente; la impunidad; la violencia y la inseguridad; el control de los medios, y la degeneración de los procesos electorales. Lorenzo Meyer establece que, dada la implementación del modelo neoliberal —la utopía fallida, la de la dupla globalidad y libre mercado como panacea—, nos hallamos inmersos en “una atmósfera de distopía”. Ciertamente, no es posible afirmar que estemos viviendo en una distopía, simple y sencillamente porque las atrocidades sufrimos suceden realmente aquí, en la realidad concreta.


México, mi distopía

Hace cuatro años Guillermo Rivero Mata afirmaba en este mismo diario: “Yo soy joven, soy estudiante y trabajo, pero no tengo esperanza. A los 22 años soy consciente que no tengo futuro”. Enseguida enuncia varios de los innegables obstáculos socioeconómicos a los que se enfrenta su generación. Luego dedica un par de párrafos para establecer en todo en lo que no cree —en los políticos y los partidos, en la democracia, en el Estado de Derecho, en fin— y todo lo que le da miedo —la violencia, los políticos, los adinerados…—, para cerrar su escrito, que es un manifiesto generacional, con una espantosa consigna: “Quiero vivir, como tantos, exiliado en mi propio país, sin luchar por la esperanza”.


Distopía 2018

Pululan por doquier quienes  sostienen que en caso de que gane las elecciones presidenciales el próximo 1º de julio —en menos de una quincena— quien lleva unos veinte puntos porcentuales de ventaja en prácticamente todas las encuestas, Andrés Manuel López Obrador, al país se lo va a llevar el diablo. La expresión más socorrida es: “¡Nos va a convertir en Venezuela!” En la medida en la que la distopía chavista no se concreta, para muchos resulta aterradora. En contraparte, no faltan quienes vislumbran la llegada del Peje al poder como la solución a todos los males. Utópicos y distópicos saldrán a votar, los (mal) llamados indecisos, seguramente no. Las huestes de ambos bandos estamos fatalmente condenados a equivocarnos: ni utopía ni distopía son realidades concretas posibles… El miedo y la esperanza, en cambio, sí lo son. Deseo que Guillermo y sus pares opten por la utopía, por la esperanza.

sábado, 16 de junio de 2018

Distopía


… quien dice que se ha de hacer lo que nadie hace a todos reprende.
Quevedo


Francisco Roco Campofrío y Córdoba compuso las siguientes décimas:

En el Anglia Tomás Moro,
en rojas cenizas yace,
y de ellas fénix renace
a España vivo tesoro.
Con pluma fiel de oro
en su Utopía traducido
hoy por vos, Señor, ha sido;
y en culto vuelo segundo,
él será inmortal al mundo
y vos por él aplaudido.


Habría que agradecer al destinatario estos versos, Jerónimo Antonio de Medinilla y Porres, que haya traducido del latín al castellano la Utopía de Tomás Moro (1478-1535). En efecto, fue gracias al trabajo de don Jerónimo que se formó el primer impreso de la obra facturado en España (Córdoba, 1637) —aunque no recuperaba del todo el original; obvió el Libro I—. En la edición madrileña de 1790 (imprenta de Pantaleón Aznar) que tengo a vistas se incluyeron también las famosas palabras prologales de Francisco de Quevedo (1580-1645), en las que justiprecia la obra del célebre humanista londinense: “El libro es corto, mas para atenderle como merece, ninguna vida será larga. Escribió poco y dijo mucho. Si los que gobiernan le obedecen, y los que obedecen se gobiernan por él, ni aquellos será carga, ni a éstos cuidado”. Vale recordar que el propio Quevedo había echado mano dos años antes del libro de Moro, al que trajo a cuento traduciendo un fragmento que insertó en su Carta al rey de Francia Luis XIII. El genial cojo conceptista también cuenta que fue él mismo quien motivó a Medinilla para que realizara el trabajo, y además ahí deja dicha su propia traducción a nuestro idioma del neologismo acuñado por el sabio inglés: “Utopía, voz griega, cuyo significado es no hay tal lugar”.

La primera aparición de utopía en un diccionario de español fue hasta 1788, en el Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana, y no sería sino hasta 1869 que la Real Academia la admitió en su diccionario. Hoy, según la RAE, el vocablo tiene dos acepciones: “1. Plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización. 2. Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano.”
           
Tomás Moro —quien habría de ser canonizado por la Iglesia Católica en 1935, y luego proclamado por Juan Pablo II como el santo patrón de los políticos— publicó UtopíaLibellus vere aureus, nec minus salutaris quam festivus, de optimo rei publicae statu deque nova insula Utopia— en 1516. Tres siglos y medio después sucedió que utopía catapultó su antítesis: distopía.
           
No existe un uso documentado del vocablo distopía anterior al 12 de marzo de 1868. Ese día, el filósofo británico John Stuart Mill (1806-1873) se hallaba en la Cámara de los Comunes,
debatiendo la política del gobierno conservador en torno a Irlanda. Al criticar la cuestión de la propiedad de la tierra y la igualdad religiosa, Mill señadeclarado﷽obernado Irlanda, bra  y tradujo un fragmento para eló que si bien el gobierno había declarado que podría considerar el principio de la igualdad religiosa en Irlanda, eso no habría de ser posible, en tanto que las propiedades administradas por la Iglesia de Episcopal de Irlanda no le fueran despojadas. “El costo sería demasiado alto para que la gente lo aceptara, afirmó, y el clero católico nunca podría ser sobornado. De manera humorística, Mill dijo que él y sus correligionarios a veces habían sido llamados utopistas, en gran parte porque habían defendido esquemas imprácticos, pero ahora parecía que el gobierno conservador se había unido a ‘tan buena una compañía’. De repente, Mill cambió de opinión y dijo: ‘Tal vez fui demasiado intempestivo al llamarlos utpistas, son más bien dis-topistas, o caco-topistas’” (R. C. S. Trahair, Utopias and Utopians: An Historical Dictionary). Distopía es anti-utopía; Mill creó el término a partir del griego δυσ- (düs), prefijo de sentido negativo, y τόπος (tópos), lugar. Por supuesto, la RAE ya acepta el término: “Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”.
           
En cuanto a cacotopía, ella se forma con el griego κακός (kakós), malo, y τόπος (tópos), lugar. Cacotopía, que casi nadie usa, es una palabra mucho más vieja que distopía. El Oxford English Dictionary informa que fue acuñada por el padre del utilitarismo, el filósofo londinense Jeremy Bentham (1748-1832) —de quien John Stuart Mill fue admirador, editor y discípulo—. El consenso académico señala que la palabra apareció por primera vez en el Plan of Parliamentary Reform, de Bentham, publicado en 1817. Sin embargo, hace poco el profesor Vesselin M. Budakov, de la Facultad de Filología Clásica y Moderna de la Universidad de Sofía (Bulgaria), demostró que el vocablo ya se le había ocurrido a alguien unos cien años atrás: “Mi estudio de la sátira utópica del siglo XVIII… encontró la evidencia de que la palabra cacotopía había sido ya acuñada con un siglo de antelación. El neologismo con sus formas derivadas cacotópica y cacotópicos apareció 17 veces en News from the Dead: or the Monthly Packet of True Intelligence from the Other World. Written by Mercury, de 1715, una revista en ocho fascículos mensuales con noticias semanales, generalmente atribuida a Thomas Berington, que alcanzó tres ediciones: la de 1714-15, la de 1719 y 1756” (Cacotopía: publicación en el siglo XVIII de News from the dead, 1715, V. M. Budakov).
           
Utopías y distopías comenzaron ha soñarse hace siglos, como un futuro que hoy es nuestro presente.

sábado, 9 de junio de 2018

Sólo Solo



… no one is writing the real novels of our age…
Writers have a lot of work to do.
Rana Dasgupta, Solo.


Este hombre se encuentra en una condición atroz: “… sabe que entre los vivos no queda nadie que esté interesado en sus pensamientos”; para colmo, “siente que carga… un legado triturado, pero está demasiado conmocionado para transmitir cualquier cosa". Su nombre es Ulrich y vive en Sofía.

Llegué a la novela que hoy voy a recomendarte por un ensayo de abrumadora lucidez: The demise of the nation state —publicado el 5 de abril en la sección “The long read” del diario británico The Guardian, y comentado en esta misma columna pocos días después (Era agónica)—. Se trata de un análisis relevante, en el cual se desmenuza la crisis por la que se está transitando en todos los países del orbe: el desmantelamiento del Estado Nación. El texto me pareció brillante, bien escrito y sobre todo de una tremenda pertinencia. Por eso decidí averiguar quién era Rana Dasgupta, el firmante. Me sorprendió su juventud —46 años—, sus raíces culturales —su familia es originaria de la India, y él nació en Canterbury, Inglaterra—, y su formación académica —estudió letras francesas en el Balliol College de Oxford; piano en el Conservatorio Darius Milhaud de Aix-en-Provence, en Francia, y Comunicación en la University of Wisconsin-Madison, en Estados Unidos—; sin embargo, lo que más me extrañó es que además de ensayista es narrador. En 2001 Rana Dasgupta emigró de Europa y se fue a vivir a Delhi, en donde escribió su primer libro, la antología de cuentos, Tokyo Cancelled (HarperCollins, 2005) —en 2008 editorial Almuzara lanzó una traducción al español, un volumen carísimo y prácticamente imposible de encontrar; en inglés se puede conseguir fácilmente en línea, en papel y como libro electrónico—. Cuatro años más tarde Dasgupta dio a conocer su novela Solo, con la que de golpe se posicionó como una pluma en ascenso de la literatura angloparlante contemporánea: el libro obtuvo el Commonwealth Writers’ Prize for Best Book, y Salman Rushdie escribió: “Solo confirma a Rana Dasgupta como el más inesperado y original escritor de la India de su generación”.

Acabó de leer la novela de Dasgupta y me pareció magnífica. La leí en la edición original (HarperCollins, 2009); de ella extracto y traduzco fragmentos —en español, hay una edición de la catalana Duomo Ediciones (2013), pasta blanda, 416 páginas, traducida por Marta Alcaraz—. El protagonista de Solo es un anciano centenario y ciego, Ulrich, quien vive solo y solamente gracias a la generosidad de sus vecinos. ¿Qué diablos puede hacer un ser humano en esa situación? El hombre recuerda y ensueña, y la novela está estructurada en dos grandes partes: “Primer movimiento ‘Vida’” y “Segundo Movimiento ‘Ensueños’”. Memoria y deseo, el binomio con que Carlos Fuentes mentaba el espíritu de la novela.

Ulrich ha pasado prácticamente toda su vida en donde nació, Bulgaria, en donde ha tratado de subsistir a pesar de los cambios drásticos de la historia: cuando llegó al mundo su suelo era parte del Imperio Otomano, luego se convirtió en una país independiente, soberano —“las naciones son calderas de acero enloquecidas con nuestra suave carne adentro. No puedo pensar en nada que no fuera mucho mejor cuando solo éramos un territorio en el Imperio, rascándonos la espalda por puro entretenimiento…”—, un Estado Nación que pronto se volvió fascista y entró en guerra, de la cual salió para quedar del lado este de la Cortina de Hierro y hacerse comunista, hasta que un día despertó entregada al capitalismo gansteril, el cual por fin logró meterla en el mundo global… Él ha atestiguado y sobrellevado todo ensimismado, entregado a las dos pasiones marcaron su biografía, la química y la música: “… ha tratado entender su interés en la química como el reencuentro de su amor sepultado por la música. Ha pensado que los dos tienen esto en común: que se puede generar un rango infinito de expresión a partir de un número finito de elementos”. Los avatares de la vida de Ulrich son un extraordinario mirador desde el cual podemos observar el afán de creación de cosas nuevas —¡los plásticos!—. La lectura de Solo hace imposible no percatarse de la manera en que, desde hace mucho, perdimos el control del ansia lucrativa de nuestro ingenio tecno-científico.

El antañón escucha con la lluvia el mapa de su calle, pero el ruido de la televisión es paisaje que no le dice nada, y recuerda. “El tiempo dentro de un humano es liso y lobulado como un pólipo, y la historia sólo se plancha con la utilidad de las fechas” —alfileres para clavar en el corcho de la historia las revoltosas mariposas del recuerdo—.

Los ensueños del viejo comenzaron enlistando: “… Ulrich hace listas en su cabeza. Enlista los viajes que ha hecho y los animales que ha comido. Hacer listas le da una sensación de que él está al mando de sus experiencias. Le ayuda a sentir que es real”. Luego comenzó a jugar con los items y su propia cabeza se convirtió en un laboratorio.

Si la primera parte de la novela recuerda el aliento épico de las grandes novelas históricas del siglo XIX —las novelas nacionales—, en la segunda parte el coqueteo con Murakami es escandaloso: los personajes son globales, tanto, que todo termina en Nueva York. Lo maravilloso es que, en efecto, se conectan y maravillan. “La realidad nunca es clara. 'Nunca es definitiva. Siempre puedes cambiar todo o verlo de otra manera”: la novela.

jueves, 7 de junio de 2018

Prerrogativas del presente: la comida


Febrero de 1519: once navíos zarparon de la isla Fernandina —hoy Cuba—, al mando de un necio con una fuerza de voluntad que rayaba en la demencia y la buena estrella de un hombre consentido por una avasalladora diosa amartelada. Después de pasar por Yucatán y Tabasco, el 21 de abril, Hernán Cortés, sus huestes, sus caballos, sus perros, sus microbios y sus dos lenguas, Jerónimo de Aguilar pero sobre todo la Malinche, desembarcaron en las costas del Golfo de México. 

Año y medio después, el 30 de octubre de 1520, Cortés le escribiría a su monarca: “… las cosas de estas tierras, que son tantas y tales que… se puede intitular [Vuestra Alteza] de nuevo emperador de ella, y con título y no menos mérito que el de Alemania, que por la gracia de Dios Vuestra Sacra Majestad posee…” (Segunda Carta de Relación). Es decir, el extremeño presumía por adelantado el apoderamiento del Imperio Colhúa-Mexica para el rey de España, quien, efectivamente, para entonces ya era también emperador del Sacro Imperio Romano Germánico:

Frankfurt, 28 de junio de 1519: reunidos en la iglesia de San Bartolomé, los Príncipes Electores realizaron la votación imperial. El arzobispo de Maguncia preguntó uno a uno quién era su elegido; todos optaron por el rey de España. El joven Carlos se encontraba en Barcelona cuando, una semana después, fue notificado. Francisco I, rey de Francia, de por sí abatido ya por la reciente muerte de su amigo Leonardo da Vinci, se enteraría un par de días antes y, seguramente, tradujo la noticia como lo que resultó siendo: un jaque geopolítico del que ya nunca habría de salir bien librado.

Por aquellos días, Cortés ya había comido tortillas, tomado chocolate y pulque y visto mucho en las tierras continentales del Nuevo Mundo…, pero aún no había visto nada: no sería sino hasta el otoño que se apersonó en Tenochtitlán: “Hizo la primera marcha a Huejotcingo…, y por Ameca…, Tláhuac, y Culhuacán llegó a Iztapalapa. Grande y maravilloso era el golpe de vista que se presentaba a los españoles al bajar la cordillera…” (Lucas Alamán, Disertaciones sobre la Historia de la República Megicana). Cuatro siglos más tarde, Alfonso Reyes figura en español aquel golpe de vista: “Dos lagunas ocupan casi todo el valle: la una salada, la otra dulce. Sus aguas se mezclan con ritmos de marea, en el estrecho formado por las sierras circundantes y un espinazo de montañas que parte del centro. En mitad de la laguna salada se asienta la metrópoli, como una inmensa flor de piedra…” (Visión de Anáhuac (1519))

Cortés entró a México-Tenochtitlán el 8 noviembre de 1519. Llegó por lo que hoy es el Eje 8 Sur, Iztapalapa, doblando luego 90º al norte en la calzada por la que desde hace cuatro decenios corre la línea azul del metro, Tlalpan. Salió a recibirlo el gran tlatoani Moctezuma II: “… viendo al Marques bajó de la hamaca, a lo cual… don Hernando viendo apeóse del caballo… y sale… haciéndole gran reverencia, y lo mismo hizo Moctezuma, humillándosele con mucha humildad y reverencia, dándole la buenavenida…” Así lo cuenta Fray Diego Durán (Historia de las Indias de Nueva España), y narra que después de intercambiar saludos y regalos, entraron “a la ermita de la diosa Tozi…, allí junto al camino”, en donde por fin conferenciaron: “Moctezuma, por lengua de Marina, habló al Marqués y le dio la bienvenida a aquella su ciudad…, y que pues él había estado en su lugar reinado… el reino que su padre, el dios Quetzalcóatl, había dejado… Que si venía a gozar de él, que allí estaba a su servicio y que él hacía dejación…, pues en las profecías… lo hallaba… escrito”. El capitán Malinche “respondió con mucha crianza y cortesía…” trayendo a cuento al susodicho Carlos V: le dijo que “él venía en nombre de un poderoso rey y señor, cuyo criado era, que estaba en España, el cual regía y gobernaba mucha parte del mundo…, y que le suplicaba se sujetase a él y le diese la obediencia…, y que juntamente se sujetasen a la fe católica de un verdadero Dios…” Muchos afirman que ahí mismo el gran tlatoani se quebró todito —Durán asienta que incluso “… desde aquella ermita salió Moctezuma con unos grillos a los pies”—. Como haya sido, de ahí se fueron a comer…

El conquistador narra el esplendor de las comidas del tlatoani: “venían 300 ó 400 mancebos con el manjar, que era sin cuento, porque le traían de todas maneras…, así de carnes como de pescados, fruta y yerbas que en toda la tierra se podrían haber”. Maíz, hongos, hueva de mosco, caracoles… Los tamemes le llevaba pescado fresco, sal, mariscos… Bernal Díaz del Castillo, como no queriendo y sin asegurarlo, dejó testimonio de la antropofagia mexicana: “Oí decir que le solían guisar carnes de muchachos de poca edad, y, como tenía tantas diversidades de guisados y de tantas cosas, no lo echábamos de ver si era carne humana o de otras cosas, porque cotidianamente le guisaban gallinas, gallos de papada, faisanes, perdices de la tierra, codornices, patos mansos y bravos, venado, puerco de la tierra, pajaritos de caña, y palomas y liebres y conejos, y muchas maneras de aves y cosas que se crían en esta tierra, que son tantas que no las acabaré de nombrar tan presto”.



Sin embargo, así como Cortés jamás había probado antes de llegar a México ni cacao ni aguacate ni tomate ni pitahaya ni guanábana…, Moctezuma no conocía el pan de trigo ni la carne de res ni las naranjas… Ambos fallecieron sin haber comido sushi.

sábado, 2 de junio de 2018

Prerrogativas del presente: el conocimiento


Todo lo sabemos entre todos.

Guillermo Sheridan


El 12 de enero de 1519 falleció Maximiliano I. El Sacrum Imperium Romanum quedaba descabezado. De inmediato se apuntaron para ocupar el puesto el rey de Francia, Francisco I, y el hijo de Juana la Loca y Felipe el Hermoso, Carlos de Gante, quien entonces todavía dedicaba cierto esfuerzo a tratar de cumplir una petición que las Cortes de Castilla le habían hecho apenas un año antes, cuando lo juraron su rey: aprender castellano. En junio se decidirían las cosas en favor del joven prognata, de tal suerte que, además de Carlos I de España, se convertía en Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Por cierto, tampoco hablaba alemán.
           
Francia quedó en medio de los territorios controlados por el muchacho de Flandes: al oeste, los reinos de Castilla, Navarra y Aragón, unificados en una sola corona española, y al este las posesiones borgoñonas, el Sacro Imperio Romano y los territorios austriacos. Además, la hegemonía de Su Sacra Cesárea Católica Real Majestad estaba por expandirse descomunalmente, puesto que días después, el 18 de febrero, las once naves expedicionarias al mando de Hernán Cortés zarpaban de las costas de Cuba hacia lo que habría de ser la conquista del Imperio mexica.

Le Clos Lucé à Amboise,
demeure de Leonard de Vinci (1516 -1519)
También en 1519, tres meses después, fallecía Leonardo da Vinci; entonces, a cargo y protección de su mecenas y amigo, el rey Francisco I, vivía en Francia, muy cerca de Amboise, el castillo de Clos-Lucé. No sólo hablamos de uno de los artistas plásticos más importantes de todos los tiempos, Leonardo también fue un humanista protagónico del Renacimiento y un precursor portentoso de diversas disciplinas científicas. Polímata, pintó, esculpió y escribió poesía; diseñó armamento y diversas obras de ingeniería civil e hidráulica; estudió a fondo la anatomía del cuerpo humano, botánica y zoología; realizó exploraciones naturalistas y descubrimientos paleontológicos; fue paisajista, urbanista y arquitecto, cocinero y músico, matemático e inventor de una plétora de artefactos; investigó, experimentó y logró explicar varios fenómenos químicos, mecánicos, ópticos e hidrodinámicos…; por si fuera poco, filosofó… La vastísima gama de intereses de Leonardo se explica en parte por su curiosidad voraz, pero también por el espíritu de su tiempo. ¿Y de dónde abrevó? ¿Qué leía? “A finales de la década de 1480, elabora una lista de los cinco libros que poseía: el de Plino [Historia natural]…, un manual de gramática latina, un texto sobre minerales y piedras preciosas, otro de aritmética, y un poema épico burlesco… En 1492 Leonardo ya tenía cerca de cuarenta libros, que incluían…, obras sobre maquinaria militar, agricultura, música, cirugía, salud, ciencia aristotélica, física árabe, quiromancia, vidas de filósofos, así como poesía de Ovidio y de Petrarca, las fábulas de Esopo, algunas antologías de versos obscenos y una opereta… En 1504 contaba con setenta libros más…” (Walter Isaacson, Leonardo da Vinci: La biografía).
Sabemos que tuvo una copia de la Cosmographia de Ptolomeo, que leía la Biblia y a Virgilio y Dante… En fin, se estima que durante su larga vida —murió a los 67 años de edad— el enciclopédico toscano no llegó a acumular más de doscientos libros —los cuales, heredó a su discípulo favorito, sin tomarse la molestia de inventariarlos: “… el prefato testatore dona et concede ad Messer Francesco da Melzo…, per remuneratione de servitii ad epso a lui facti per il passato tuttti et ciascheduno li libri che il dicto testatore ha de presente…” (“Testamento de Leonardo”; en John William Brown, The Life of Leonardo Da Vinci; 1828) —.
¡Doscientos libros! Un caudaloso tesoro. Recordemos que Leonardo nació en 1452, unos veinte kilómetros al oeste de Florencia, y 955 kilómetros al sur de Maguncia, el sito en donde justo ese año un tal Johannes Gutenberg estaba editando el que usualmente se considera el primer libro tipográfico de Occidente, la Biblia de 42 líneas —en realidad no lo es, puesto que tres años antes el mismo orfebre alemán había ya publicado el Misal de Constanza—. El prodigioso invento de Gutenberg habría de propagarse por toda Europa a partir de 1462, cuando Maguncia fue masacrada por el ejército del arzobispo Adolf II. La primera imprenta en Italia se instaló en el monasterio de Subiaco, en 1464, y cinco años después Johannes de Spira fundó otra en Venecia, ciudad que para 1500 era el centro editorial del mundo, y en cuyas imprentas, alrededor de cien para entonces, se habían producido ya cerca de dos millones de ejemplares. Así pues, Leonardo formó parte de la primera generación de agraciados por el invento de Gutenberg; un par de décadas atrás le hubiera resultado imposible acumular doscientos libros. Se estima que en el período que va de 1454 a 1500 el consumo anual de libros impresos en Alemania era de 4.1 por cada mil habitantes, y pasó a 21.2 entre 1501 y 1550. Para el caso de Italia, se estima que el consumo anual aumentó de 6.8 entre 1454 y 1500 a 21.3 entre 1501 y 1550. “Sólo en el año 1550…, se produjeron unos tres millones de libros en Europa occidental, más que el total de manuscritos producidos durante el siglo XIV en su conjunto (Eltjo Buringh & Jan Luiten Van Zanden, Charting the “Rise of the West”: Manuscripts and Printed Books in Europe).  Con todo, desde los albores del siglo XXI estas cifras nos resultan irrisorias… Hoy casi cualquier estudiante de secundaria tiene acceso a más libros que el que tuvo el gran Leonardo da Vinci, y eso sin una conexión a Internet… ¿Te lo imaginas una tarde navegando en Wikipedia?