Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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lunes, 14 de septiembre de 2026

Leer sin becas

 

Comencemos con un libro: Terra nostra, de Carlos Fuentes. Poseo uno de los 10 mil 120 ejemplares de la primera edición mexicana de esta gran novela. El libro lo publicó la editorial Joaquín Mortiz en su serie Novelistas Contemporáneos, en noviembre de 1975. Es decir, hace poco más de medio siglo.


783 páginas. Y qué páginas. Cada una de ellas puede tener hasta 44 renglones. Hablamos de alrededor de 200 mil palabras. Se cuenta que Carlos Monsiváis solía bromear diciendo que para leer Terra nostra era necesario ganarse antes una beca Guggenheim. Y el poeta Eduardo Lizalde, quien conocía muy bien a Monsiváis, recordó años después una versión todavía mejor: Monsiváis decía que para leerla a fondo habría necesitado, cuando menos, dos becas Guggenheim. Por cierto, hoy una Guggenheim ronda los 75 mil dólares y está pensada para que un escritor, un artista o un investigador pueda dedicarse durante varios meses a su trabajo. Así que, si Monsiváis necesitaba dos de esas becas para leerla a fondo, estaba hablando de unos 150 mil dólares de financiamiento, más de dos millones y medio de pesos. ¿Exageraba el buen Monsi? Quizá no tanto.

 

Conviene recordar que Fuentes no se levantó una mañana y decidió escribir de un tirón un novelón de casi 800 páginas. La novela lo había acompañado durante muchos años. En el archivo de Carlos Fuentes que se conserva en Princeton hay materiales relacionados con Terra nostra fechados al menos desde 1966. Hay dos cuadernos de trabajo: uno lleva las anotaciones “Venecia 1966-1967” y otro “Londres, enero de 1968”; hay también borradores de capítulos enteros, esquemas, diagramas de personajes y hasta listas de posibles títulos. La novela que apareció en 1975 llevaba casi una década gestándose. La idea ni siquiera nació llamándose Terra nostra. Uno de los primeros títulos que conocemos fue Mare nostrum. Silvia Lemus, esposa del escritor, ha contado que ese era el título que inicialmente había pensado Fuentes. Pero terminó descartándolo porque Vicente Blasco Ibáñez ya había publicado una novela con ese nombre, en 1918.

 

Terra nostra no surgió de golpe. En el archivo de Princeton existe un borrador titulado Nowhere, de 1967, que Fuentes mismo identificó como el origen de Terra nostra. Conviene recordar que, en 1972, tres años antes de que apareciera la novela, Fuentes publicó Cuerpos y ofrendas, un volumen de cuentos que incluía precisamente Nowhere. Es decir: algunos materiales de la futura Terra nostra ya habían circulado públicamente antes de que existiera la novela completa.

 

Ahora bien: cuando finalmente empezó a escribirla de manera más decidida, ocurrió algo que parece sacado de la propia imaginación de Fuentes. Carlos Fuentes acababa de pedirle matrimonio a Silvia Lemus. Era finales de enero de 1973. Se fueron a vivir a París y fue allí donde Fuentes comenzó a escribir la novela que terminaría convirtiéndose en Terra nostra. Escribía entre las campanadas de Notre-Dame y la música árabe de un pequeño restaurante que estaba enfrente del departamento. Fuentes escribía durante el día y, después, en la noche, le leía a Silvia las páginas que acababa de escribir. Él le preguntaba qué le habían parecido, pero ella siempre pensó que a Fuentes le interesaba menos conocer su opinión que escuchar cómo sonaba lo que había escrito. Tiene sentido porque Terra nostra es, entre otras muchas cosas, una novela de una enorme exuberancia verbal. Una novela que parece construida para ser escuchada.

 

Fuentes terminó la novela en 1974, y el archivo de Princeton conserva la que está identificada como la sexta y última versión. La versión final mecanografiada que se conserva en el archivo llega hasta la página 1,226. Es decir: el manuscrito final era muchísimo más grande que el libro que nosotros conocemos.

 

Terra nostra no es solamente una novela enorme. Fue también un objeto editorial formidable. La primera edición de Joaquín Mortiz fue impresa en México en 1975. Los ejemplares de esa edición tienen 783 páginas, fueron encuadernados en tela y llevaban ilustraciones de Alberto Gironella. El tiraje fue de 10 mil ejemplares. Gironella no se limitó a hacer una portada. Preparó una serie de cuatro litografías concebidas para acompañar la novela. Las piezas están fechadas en 1975 —algunas específicamente en París— y hoy pueden encontrarse incluso como obra gráfica independiente en subastas de arte. De modo que una novela que llevaba casi diez años gestándose llegó a las librerías como una especie de artefacto literario y plástico.

 

Después de conocer todo esto, vuelvo a la pregunta de Monsiváis: ¿Exageraba? Quizá no hacía falta una beca Guggenheim para leer Terra nostra. Pero sí hacía falta algo bastante más sencillo y, paradójicamente, mucho más difícil de conseguir: tiempo. Tiempo para leer. Tiempo para perderse. Tiempo para entrar en un libro y permanecer allí. Así que no sólo se necesita tiempo, se necesita tiempo y capacidad de concentración.

 

Yo leí Terra nostra por primera vez en 1984. Estudiaba el primer semestre de Sociología. Desafortunadamente no tuve una beca Guggenheim, pero no fue necesario, no fue necesario gracias al metro.

 

Por aquel entonces yo trabajaba en el Poli, en Zacatenco, y en las tardes estudiaba en CU. Para llegar de lunes a jueves a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, que todavía ese semestre operaba en sus antiguas instalaciones, a un lado de Economía, usaba el metro. La línea 3. Abordaba en Potrero, dos antes de Indios Verdes, la última estación, y me bajaba en Copilco, una estación antes de la última en el extremo opuesto: Potrero → La Raza → Tlatelolco → Guerrero → Hidalgo → Juárez → Balderas → Niños Héroes → Hospital General → Centro Médico → Etiopía → Eugenia → División del Norte → Zapata → Coyoacán → Viveros → Miguel Ángel de Quevedo → Copilco. 18 estaciones contando origen y destino. La distancia ferroviaria entre Potrero y Copilco es de casi 18 km. Hablamos de unos 35 minutos de trayecto en el subsuelo.

 

A diferencia de lo que hoy sucede, entonces el raro era yo. Venir tan ensimismado no era común. Los teléfonos celulares no existían y era extrañísimo toparse a alguien con audífonos. Seguro veías más gente leyendo, libros, revistas, comics… Seguro, sin duda, muchas más personas viajaban platicando.

 

No faltará quienes pudieran pensar que todo esto no es más que una impresión mía. Que quizá estoy cayendo en esa trampa tan común de pensar que antes las cosas eran mejores: antes se leía más, antes la gente tenía más paciencia, antes los jóvenes estaban más interesados en los libros... Y no. Por lo menos, la percepción de que estamos leyendo menos no es solamente producto de la nostalgia.

 

Hace unas semanas apareció en The Atlantic un artículo de Rose Horowitch que ha generado una discusión bastante importante en buena parte del mundo. El título es provocador: “The End of Reading Is Here”, “El fin de la lectura ha llegado”. Y la tesis es todavía más provocadora: dice que podríamos estar entrando en una época posliteraria. Horowitch no está diciendo que la gente haya dejado de leer palabras. De hecho, probablemente nunca habíamos estado expuestos a tantas palabras escritas como ahora. Leemos correos electrónicos, mensajes de WhatsApp, publicaciones de Facebook, X, Instagram, Reddit, titulares, subtítulos, instrucciones, notificaciones... Estamos rodeados de textos. El problema es otro. Lo que se está perdiendo es la lectura sostenida. La capacidad de permanecer durante veinte, treinta, cuarenta minutos —o una hora— dentro de un texto que exige atención. La capacidad de seguir un argumento largo está desapareciendo: las personas se desesperan rápido y quieren saber cuánto antes en qué acaba la cosa. La capacidad de recordar lo que sucedió veinte páginas atrás se esfuma. Se debilita la capacidad de aceptar que una idea no tiene que entregarnos inmediatamente su recompensa. De atravesar un texto difícil sin preguntar, a los pocos minutos: “¿Ya llegamos?”

 

Y ahí creo que Terra nostra adquiere una actualidad inesperada. Porque esta novela de Fuentes es un ejemplo perfecto de aquello que la cultura contemporánea parece estar perdiendo. No solamente porque sea un libro de 783 páginas. Sino porque sería imposible leerla a saltitos de veinte segundos. Exige continuidad. Exige memoria. Exige concentración. Exige aceptar que, durante muchas horas, uno va a estar dentro de una construcción verbal que no se deja consumir de inmediato. Es una inmersión simbólica en otros mundos.

 

Las cifras que recoge Horowitch son inquietantes. Según datos del American Time Use Survey, la proporción de estadounidenses que leen un libro o un artículo en un día cualquiera ha caído 40% en las últimas dos décadas. Y una investigación publicada en 2025 en la revista iScience, basada en más de 236 mil participantes, encontró que la proporción de personas que leían por placer en un día promedio pasó de 28% en 2004 a 16% en 2023. Hay un dato todavía más fuerte. La encuesta del National Endowment for the Arts indica que, en 2022, menos de la mitad de los adultos estadounidenses había leído un libro de cualquier tipo durante el año anterior. Y poco menos de 4 de cada 10 había leído una novela o un cuento. Es decir: estamos hablando de sociedades en las que cada vez resulta menos habitual dedicar una parte significativa del tiempo libre a leer un libro. La investigación de iScience no encontró solamente que hay menos personas que leen. Encontró algo más matizado: quienes sí leen tienden a dedicar más tiempo a hacerlo. En 2023, quienes leyeron por placer dedicaron en promedio una hora y 37 minutos. El problema, entonces, no es que haya desaparecido el lector. El problema es que los lectores se están convirtiendo en una minoría, en una élite. Y esto importa porque leer un libro no es simplemente recabar información de un texto. Leer un texto extenso, una novela, por ejemplo, es un ejercicio mental muy particular. Uno tiene que mantener una representación de lo que ya leyó mientras incorpora lo nuevo. Tiene que relacionar personajes, conceptos, argumentos, circunstancias. Tiene que tolerar la ambigüedad. Tiene que imaginar. Tiene que inferir. Tiene que recordar. Y, sobre todo, tiene que sostener la atención sin recibir una recompensa cada unos pocos segundos. Eso es justamente lo que está siendo puesto en cuestión por nuestro entorno mediático. Porque el teléfono no compite con el libro ofreciéndonos otro contenido. Compite con el libro ofreciéndonos muchas recompensas pequeñas, inmediatas y sucesivas. Un mensaje. Una palomita. Un OK. Una notificación. Un video de gatos. Un chiste. Una noticia escalofriante. Otro video. Una fotografía. Un comentario. Otra noticia. Alguien de quién reírse. Y así, nuestra atención se acostumbra a cambiar constantemente de objeto.

 

Por eso, me parece que la discusión sobre la lectura no debería reducirse a una pregunta del tipo: “¿Cuántos libros lee la gente?” La pregunta más interesante es otra: ¿Qué capacidad de nuestra mente estamos ejercitando cuando leemos durante una hora seguida y qué capacidad estamos dejando de ejercitar cuando ya no podemos hacerlo?

 

Horowitch sostiene que la lectura profunda no solamente sirve para adquirir información. Ha sido una de las tecnologías intelectuales que permitieron desarrollar determinadas formas de pensamiento complejo, abstracto y crítico; y su retroceso puede tener consecuencias sobre la cultura, la política y nuestra capacidad para procesar ideas complejas y también para poder relacionarnos. No es, por tanto, una defensa romántica del libro de papel. No se trata de decir: “El libro impreso es bueno y el celular es malo”. El asunto es cómo leemos. Podemos leer muchísimo y, sin embargo, leer superficialmente. Podemos estar todo el día rodeados de palabras y, al mismo tiempo, estar perdiendo la capacidad de permanecer dentro de un texto. Y esa diferencia me parece fundamental. Entonces la vieja broma de Monsiváis adquiere otro significado. Para leer Terra nostra, decía, hacía falta una beca Guggenheim. La verdadera rareza, en nuestro tiempo, ya no sería disponer de una beca para leer 783 páginas. La verdadera rareza es hoy tener la capacidad de atención necesaria para leerlas.

miércoles, 11 de agosto de 2021

El placer de la lectura… ¡Ajá

 

La lectura es una práctica sociocultural

con efectos educativos, económicos y políticos.

UNESCO – CERLALC

 

 

Pues ahora resulta que en este país abunda la gente que lee por placer… ¡Qué escondidito se lo tenían, eh!

 

 

*

 

 

Con todo, hace apenas unos meses el INEGI reportaba que el promedio de libros que leyó la población adulta lectora entre febrero de 2020 y febrero de 2021, en pleno confinamiento sanitario, fue de sólo 3.7, es decir, ni cuatro libritos al año, menos de uno cada tres meses. La misma encuesta indica que las mujeres declararon haber leído un poquito más que los hombres (3.9 y 3.5 respectivamente). Y, ojo, la población lectora no es toda la gente que podría leer: sólo 7 de cada 10 alfabetos de 18 años (71.6%) declararon leer ya sea libros, revistas, periódicos, historietas o paginas de internet —y esta proporción ha decrecido casi 10%, comparándola con los datos de 2016—.

 

 

*

 

 

Pero ¡tranquilos!, han de ser puras apariencias: más allá de las estadísticas, en realidad México debe de estar plagado de lectores hedonistas. ¿O será que leemos muy menguadamente, pero los cuatro libritos que nos echamos al año los gozamos intensamente? Cuestiono esto luego de haber testimoniado la tumultuaria y airadísima respuesta a una declaración atribuida al director general de Materiales Educativos de la Secretaría de Educación Pública, el señor Marx Arriaga… 

 

— ¿Cómo?

 

— Marx…

 

— ¡No, bueno, con ese nombre…! ¿Qué podíamos esperar? ¿Y qué dijo el tal Stalin?

 

— No, Marx, Marx Arriaga.

 

— Bueno, qué dijo…

 

Según una nota publicada el 29 de julio por El Universal, el funcionario afirmó: “Leer por goce, acto de consumo capitalista”. Y luego, subtitulando un video, los editores del periódico agregaron: “Marx Arriaga arremete contra quienes leen por gusto”.

 

— ¡Qué! ¡Horror! ¡La iglesia en manos del Ruletero!

 

— No, de Lutero.

 

— ¡No lo defienda!

 

En vez de risueños emojis, en Twitter le llovieron críticas al doctor Arriaga. No faltaron los mensajes valientes y revolucionarios: “… leer por placer me parece la pura resistencia”, escribió Lorena Rojas. “No hay gozo más democrático e igualitario que leer un libro. La opinión de @MarxArriaga es un atentado al potencial que tiene cada ser humano de ser libre”, se pronunció Hypatia de México. Grandilocuente, Juan Villoro se sumó a las huestes de lectores gozadores ofendidos: “Leer por placer y ser feliz en un mundo donde existe Marx Arriaga son actos de disidencia que vale la pena practicar”. Otros hasta se animaron a recomendarle algunas lecturas: “… le vendría bien leer Fahrenheit 451. Mejor leer por placer que sentir placer al quemar libros” (@DavidPoireth). El coordinador de contenidos de W Radio, Primitivo Olvera, ¡faltaba más!, fue ligeramente más contundente: “La estupidez no tiene límites.” ¡Y, bueno, qué esperábamos en un país tan apasionado por la lectura!, hubo quien no se guardó los insultos: “Dice este asno que leer por placer es consumismo y el muy pendejisimo [sic] posa en un cuarto lleno de libros [sic]. Sentido común, nivel 4T” (@estupidonio).

 

 

*

 

 

Y si sólo 72% de la población que sabe leer y escribir un recado declaró leer alguno de los materiales considerados por el INEGI en su encuesta, quienes aseguraron haber leído al menos un libro entre febrero de 2020 y febrero de 2021 apenas alcanzaron el 43%… ¿Será que la mayoría se abstiene de sentir placer? ¿Será una manda? Raro…

 

 

*

 

 

Uno podría decir que qué esperaba el señor Marx Arriaga Navarro… ¿Cómo se le pudo ocurrir lanzarse a criticar a la gente que lee por puro placer en nuestro país, sea mucha o poca? ¿Y luego, llamándose así, andar tachando de consumista al culto público mexicano? Óigame, no… ¡Pero sucede que el directivo de la SEP no dijo eso! Lo que entrecomilla El Universal en su nota jamás fue pronunciado por él. Primero escuché el video del periódico, y nada, un locutor dice que el funcionario dijo tal cosa, pero a él no se le oye jamás decirlo. Luego leí la nota, y tampoco, no aparece ya el entrecomillado… Reportaban, eso sí, que la barbaridad que tanto le censuraron fue supuestamente espetada durante una conferencia que dictó en la Escuela Normal de San Felipe del Progreso. Bastaron unos cuantos teclazos para encontrar en una página de Facebook la (video)conferencia… Y sí, me la aventé toda, incluida la sesión de preguntas y respuestas. Resultado: Marx Arriaga criticó, en efecto, que se entienda y se promueva la lectura solamente como un goce, pero incluso matizó: “Esto no implica que la lectura deje de ser un acto placentero, sino [que] no es exclusivamente un acto placentero”. Si El Universal interpretó que el director general de Materiales Educativos de la SEP quiso decir que leer por goce es un acto de consumo capitalista, muy bien, pero eso no dijo; al entrecomillar el aserto, el periódico mintió.

 

 

*

 

 

En el Módulo de Lectura 2021 realizado por el INEGI también se cuestionó a los (escasos) lectores de (pocos) libros por qué leían, y resulta que no, misteriosamente la mayoría no declaró que lo haya hecho por goce o placer: muchos lo hicieron por razones de estudio o laborales (25.1%), otros por “cultura general” (18.5%) y algunos por motivos religiosos (11.6%), en tanto que el 42.6% declaró leer libros —unos cuantos— “por entretenimiento”, lo más cercano al placer.

 

 

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Todas las campañas de promoción de la lectura en México se han centrado en un mensaje: leer es divertido, placentero. Lo es, indiscutiblemente. El asunto es que no importa si estamos o no de acuerdo con Arriaga —yo lo estoy— en que leer no sólo es fuente de diversión y placer —porque además brinda otros muchos beneficios, individuales y colectivos—, el caso es que impulsar la lectura con ese argumento no ha sido efectivo, y eso, lamentablemente, es indiscutible.

jueves, 10 de junio de 2021

Indios

Este miércoles, en un acto público, acompañado del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, el primer mandatario de la República de Argentina, Alberto Fernández, declaró: “Lo escribió Octavio Paz alguna vez, que los mexicanos salieron de los indios; los brasileiros, de la selva, y nosotros, los argentinos, de los barcos.” Cual rebote, en reacción casi física, sin reflexión mediante, algunos mexicanos se manifestaron ofendidos, muchos incluso enfurecidos. Nadie se encabritó porque el abogado porteño haya atribuido al poeta chilango algo que jamás escribió él, sino porque les pareció muy majadero que dijera que los mexicanos descendemos de los indios.

 

Así, por ejemplo, el señor Mario Tejeda Vázquez [@mariotvz ] tuiteó:

Nosotros colaborando con Argentina en las vacunas y el presidente Alberto Fernández hablando de está [sic] forma de los mexicanos. ¡Qué alguien me expliqué!

A lo que yo, comedidamente, respondí:

Yo, con todo gusto: lo que dice es una generalización, pero es totalmente cierta. ¿Te ofende? A mí en lo absoluto. Debería darte orgullo.

El señor Tejada, “Consultor Estratega en Negocios y Marketing Político”, tuvo la amabilidad de contestarme lo siguiente:

Los indios pertenecen a la República de la India, algo que en su vida académica no alcanzó aprender.

Más allá del curioso uso del verbo pertenecer para establecer una conexión de origen o nacionalidad, entiendo que el señor Tejeda aludía al gentilicio de la India. Al poco rato otras cuentas me replicaron más o menos lo mismo: que los indios eran de la India. Al aludido consultor le respondí:

1. Los españoles llamaron a la población originaria de América "indios" porque pensaron que habían llegado a la India; de ahí la polisemia de "indio".

2. Ahora dime, ¿si el presidente de Argentina hubiera dicho que descendemos de los indígenas, no te hubiera molestado?

Probablemente no fue muy considerado de mi parte usar la palabra polisemia. Como sea, en cuanto al primer punto ya no dijo nada. Claro, tampoco me contestó el segundo cuestionamiento, pero eso es harina de otro costal.

 

El caso es que aquella tarde me di cuenta que respecto al vocablo “indio, india” la confusión pulula.

 

En efecto, que los españoles llamaran indios a los pobladores que encontraron en América se debió al mismo despiste geográfico por el cual inicialmente se refirieron a este continente como las Indias. Por lo demás, no hubieran podido llamarlos americanos, puesto que no sería sino después que los europeos nombrarían así al Nuevo (para ellos) Continente. Pero no por su origen desacertado la palabra deja de tener el significado que se le asignó y con el que se ha venido usando por más de medio milenio, en ambos lados del Atlántico. La edición más reciente del diccionario del Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española asigna ocho acepciones a la palabra. Ciertamente, la primera es el gentilicio al que aludía en su tuit el señor Tejeda —“natural de la India, país de Asia”—, y la segunda es el adjetivo correspondiente —“perteneciente o relativo a la India o a los indios”—, en tanto que en las dos siguientes se apuntan los significados con que empleó la palabra el presidente Fernández: “Dicho de una persona: De alguno de los pueblos o razas indígenas de América.” Y “Perteneciente o relativo a los indios de América”. En el diccionario de mexicanismos de El Colegio de México encontramos también las dos acepciones: “persona que desciende de los habitantes originarios de América o se relaciona con ellos: indio maya, indio apache, indio araucano, pueblo indio, lengua india”, y “persona que es originaria de la India o se relaciona con este país asiático”.

 

También es verdad que indio tiene una acepción despectiva e incluso peyorativa, pero basta oír el tono y recordar el contexto en el cual Fernández usó la palabra para darse cuenta de que en este caso no la usó con la intención de menospreciar o agredir a nadie. Sin duda el uso del vocablo indio hoy día está lejos de la corrección política, y por eso usamos más indígena. Por supuesto, es adecuada para para referirse a los pueblos originarios de América; con todo, en estricto sentido, es menos precisa, puesto que indígena significa “originario del país de que se trata”. Así que, sin temor a equivocarnos podemos afirmar que la enorme mayoría de la población de México es mestiza —eso al parecer no ofende a nadie—. Pues ocurre, prepárese usted para una perogrullada, que si somos mestizos se debe a que en parte descendemos de la población originaria, indígena, esto es, de los indios. Por ello, considero que si eres mexicano o mexicana y te ofendió que Alberto Fernández haya dicho que los mexicanos descendemos de los indios (indios=indígenas=población originaria de América), el problema es tuyo, no de el presidente argentino. Deberías aceptar la verdad de los hechos y sentir orgullo.




sábado, 1 de junio de 2019

¿Demasiados libros?

Aunque sus novelas permanecían censuradas en su propio país —ni Trópico de Cáncer (1934) ni Trópico de Capricornio (1939) podrían ser publicadas en territorio estadounidense sino hasta 1964—, Henry Valentine Miller (1891-1980) ya era en 1952 una centellante estrella literaria. Aquel año —su trilogía de La crucifixión rosada contaba sólo con el primer volumen, Sexus (1949)—, el neoyorquino publicó The Books in My Life. En el párrafo inicial del prefacio, advierte el carácter autobiográfico del libro —The purpose of this book… is to round out the story of my life—, y explicita su temática: “los libros como experiencia vital”.
           



Henry Miller cuenta que escribir The Books in My Life le permitió confirmar una sospecha, que “uno debería leer cada vez menos, no más y más”. Prescrita la norma, enseguida se declara infractor de la misma: “No he leído tanto como un erudito o un ratón de biblioteca, ni siquiera tanto como un hombre ‘bien educado’, pero sin duda he leído cien veces más de lo que debería haber leído por mi propio bien”. La auto imputación se refiere, por supuesto, a lo que Zaid formuló como los demasiados libros, en general, pero en particular a que, entre la descomunal marabunta de títulos, sólo hay algunos pocos que realmente valen la pena —“verdaderamente revolucionarios, inspirados e inspiradores”, los llama—, de tal suerte que, a lo largo de la vida, una persona deberá darse por bien servida si al final leyó apenas un puñado de ellos. “El vasto cuerpo de literatura, en todos los dominios, está compuesto de ideas de segunda mano” (hand-me-down ideas). Según el escritor norteamericano, prácticamente todos los libros a los que uno tiene acceso resultan insustanciales, vehículos de vanilocuencia, en el mejor de los casos. “La cuestión jamás resuelta, por desgracia, es hasta qué punto sería eficiente reducir el abrumador pertrecho de forraje barato”.
           
En México se ha popularizado —sobre todo entre la gente que no tiene ningún título de posgrado que colgar en la pared— proferir a la menor provocación que ningún doctorado quita lo pendejo. Hace más de medio siglo míster Miller pescó el asunto desde el extremo opuesto para espetar: “… ua ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽sunto desde el otro extremo y espeta: terarias sus novelas mía na cosa es cierta: definitivamente los analfabetos no son los menos inteligentes entre nosotros”. El juicio, un zambombazo, puede resultar desternillante y quizá políticamente correcto…, claro, entre quienes puedan leerlo; sin embargo, no expresa una verdad irrebatible como lo hace el dicho popular traído arriba a cuento. Porque, si bien es cierto que ningún grado académico corrige la sonsera, lo que sugiere el estimado Henry tampoco sucede, es decir, que los más mensos estén necesariamente entre nosotros los alfabetizados. Hay evidencia suficiente para afirmar que leer no embrutece a nadie —en efecto, a don Alonso sus lecturas lo desquiciaron, y el Quijote estaba loco…, pero no idiota—, así que no, los lectores no tendríamos que ser los menos inteligentes. Incluso puede estirarse más la liga: varios estudios apuntan a la antípoda, esto es, que el alfabetismo está correlacionado con el IQ o coeficiente intelectual: “… las medidas de alfabetización están altamente correlacionadas con las diferencias en el IQ nacional (r = .83-.86)” (Marks, D. F., “Literacy not intelligence moderates the relationships between economic development, income inequality and health”. British Journal of Health Psychology, 12: 179-184; 2007).

Aunque escribió primero “inteligencia”, Miller ajusta el tiro. “Si se trata de conocimiento o sabiduría lo que uno está buscando, es mejor ir directamente a la fuente”. El argumento es antiquísimo; Sócrates (470 – 399 a. C.) ya lo esgrimía… Narra el filósofo que el dios egipcio Theuth, creador del número, el cálculo, la geometría, la astronomía y las letras, quiso convencer al rey Thamus de las bondades de la escritura —“fármaco de la memoria”—, pero el monarca replicó que en realidad lo escrito era pura “apariencia de sabiduría” (Platón; Fedro, 274c y ss). Socrático, Miller alega que la fuente de la sabiduría es la vida misma, la experiencia directa… Y detalla: “Cuando digo vida, tengo en mente, sin duda, otro tipo de vida, distinto de la que hoy conocemos”. Tal vez muy ambiguo, pero Miller ejemplifica…, ¡citando un libro!: “Tengo en mente el tipo de vida del que habla D. H. Lawrence en Etruscan Places”.

Hoy que “se cree que hay un atajo para todo”, Miller sentencia que “la mejor lección que puede aprenderse es que la manera más difícil de actuar es, a la larga, la más fácil”. La experiencia vital es la ruta ardua; en cambio, “todo lo que se expone en los libros, todo lo que parece ser tan vital y significativo, no es más que una pizca de aquello de lo que se deriva y que está al alcance de todos”. ¿Entonces, de plano botar los libros?

¿Henry Miller escribió un libro sobre los libros más importantes en su vida para recomendarnos no leer? No, el narrador norteamericano era un hombre travieso, pero congruente: lo que sugiere es incorporar la lectura a la vida: “Mis encuentros con los libros los considero mucho como mis encuentros con otros fenómenos de la vida o el pensamiento”. Más claro: “Los libros son una parte tan importante de la vida como los árboles, las estrellas o el estiércol”.

Entendidos como parte de la experiencia vital, jamás sobrarán libros. Así que Henry Miller cierra su texto mandando al diablo toda posibilidad de que algún día haya demasiados libros: “Nadamos en el mismo arroyo, bebemos de la misma fuente, pero, ¿con qué frecuencia o con qué profundidad somos conscientes, los que escribimos, de la necesidad común? Si escribir libros es restaurar lo que hemos tomado del granero de la vida, de hermanas y hermanos desconocidos, entonces digo: ¡Tengamos más libros!”

sábado, 25 de mayo de 2019

Estrategia Nacional de Lectura: definición por negación


El domingo 27 de enero, en Mocorito, Sinaloa, el gobierno federal entrante presentó la Estrategia Nacional de Lectura. El evento me emocionó hasta la médula, entre otras cosas porque el discurso de Beatriz Gutiérrez y la presencia del presidente de la República permiten suponer que el asunto será tratado por fin como una prioridad nacional. También podía considerarse relevante el simbolismo del sitio —enclavado en el llamado Triángulo Dorado del narcotráfico mexicano— y la fecha, días previos a que concluyera el primer mes del año, segundo mes de la administración, y mucho antes incluso de que se presentara el Plan Nacional de Desarrollo… La intervención de Paco Ignacio Taibo II, director del Fondo de Cultura Económica —pero, sobre todo, figura protagónica en el movimiento que llevó a López Obrador al poder— fue también alentadora. Sus palabras suelen ser apasionadas, incendiarias incluso, y en aquella ocasión, en la tierra de los Tigres del Norte, el novelista y promotor cultural no se contuvo…, y qué bueno. Sintético, sostuvo que el objetivo de la Estrategia es “construir una gran república de lectores”. Muy bien… Bueno, pero ahora… ¿cómo? Ese día no se detalló gran cosa, de hecho, más allá de los discursos, no se presentó documento alguno. Si acaso, Paco enunció los tres ejes que tendrá la estrategia: el formal (irá de la mano con la nueva política educativa), la disponibilidad de libros y el comunicacional (“posicionar que el acto de lectura es una habilidad extraordinaria, puesto que permite entender, sentir y pensar mucho más allá de lo inmediato”). Y de inmediato, malquerientes obsesivos y descreídos consuetudinarios, pejefóbicos de cepa y alguno que otro crítico reflexivo señalaron que lo sucedido en Mocorito fue más una especie de episodio anacrónico de campaña que un acto de gobierno… Entre los esperanzados y optimistas, algunos pensamos que estuvo más que bien lo dicho y hecho en Sinaloa, y que más allá de la presentación de la postura del gobierno, de su intención última, habría que esperar que las consabidas instancias competentes germinaran y escribieran el documento formal, con la definición precisa de la política pública… Han pasado más de tres meses.
           
Sé que las susodichas instancias competentes están trabajando en la delimitación de las líneas de acción específicas de la Estrategia Nacional de Lectura. Deben de andar muy ocupadas en el estire y afloje, definiendo qué debe ser la Estrategia, redactando impecablemente el texto —que los también ya mentados pejefóbicos y malquerientes revisarán con lupa—…, así que, supongo, poco margen tendrán para dedicar tiempo y esfuerzos a especificar contundentemente que NO debe ser la Estrategia Nacional de Lectura (ENL). Aquí es donde encuentro un pequeño resquicio en el cual, creo sinceramente, algo puedo aportar.


1. La ENL no debe ser un diagnóstico. Todos ya sabemos que se lee menos de lo que se quiere que sea. No es necesario dedicar hojas y hojas del documento a un circo de gráficas y porcentajes... Nadie necesita revisar los resultados de ninguna encuesta para saber que los libros no son parte fundamental, como la tele y los teléfonos celulares, de la vida cotidiana de la mayor parte de la gente. Además, ya se dio la instrucción presidencial: hay que echar a andar una ENL. Por supuesto, habrá quienes saquen a cuento la bonita jaculatoria tecnócrata que ha dado tanta chamba a ejércitos de asesores y a embarnecidas estructuras burocráticas: “¡Momento!, no se puede corregir lo que no se tiene bien evaluado”. Para apurar las cosas me permito una analogía: el lector en México es un joven que tiene clavado un puñal en la espalda y vidrios en los dedos, llegó a urgencias deshidratado, con gas pimienta en los ojos, flemas en la tráquea y una arritmia cardiaca terrible… ¿Lo pasamos a estudios clínicos a que le saquen unas muestras de sangre y revisamos puntualmente su historial médico o intervenimos cuanto antes? Por lo demás, me temo que las cosas están tan mal que todo lo que se pueda hacer en el corto plazo será insuficiente para remontar la situación… a corto plazo, pero urge parar la caída cuanto antes.

2. La ENL no debe ser diseñada como la respuesta a un problema que aqueja sólo a México. El mal que se enfrenta no es nacional, es global. Giovanni Sartori lo perfiló certeramente desde 1997, cuando publicó uno de los ensayos más pesimistas y lúcidos que he leído en mi vida: Homo videns. La sociedad teledirigida. Lo que está en juego es la capacidad de pensamiento abstracto de la mayoría de los seres humanos; la polarización de la riqueza —ese 1% de los más ricos que acapara más del 82% de la riqueza— tiene su expresión en el desarrollo cognitivo de la humanidad, y esa expresión se escribe fácil: involución. El fenómeno no es “otro de los males mexicanos”, es una encrucijada civilizatoria. México no está aislado: el dilema ¿horas y horas de series en Netflix o Los bandidos de Río Frío? no puede enfrentarse desde el prejuicio malinchista que suspira quejándose: ¡Ay, es que el mexicano no lee…!

3.  La ENL no debe ser entendida como un esfuerzo de alfabetización masiva. Sé que sonará excesivo subrayarlo, pero más vale: una estrategia dirigida a impulsar a la gente a que lea parte del presupuesto de que la gente ya sabe hacerlo, y la que no sabe hacerlo no es población objetivo de dicha estrategia. En el Censo de Población de 2010 se cuestionó a las personas de seis años y más si sabían leer y escribir un recado, y la misma pregunta se realizó en 2015 en la Encuesta Intercensal: 9 de cada 10 respondieron afirmativamente. Esa es la población objetivo de la ENL. Claro, sería absurdo invitar a la gente que apenas puede leer un recado a que lea a Kierkegaard por las tardes, pero también sería absurdo no preparar materiales de lectura adecuados para que esas mismas personas superen pronto el nivel necesario de lectura para comprender un recado. Por lo demás, el soporte estadístico es bastante para saber qué tanto se requieren libros para lectores iniciales…, iniciales, aunque la enorme mayoría de ellos, vale la pena no olvidarlo, es capaz de leer los subtítulos de cualquier churro hollywoodense.

3 bis. En contrapartida, la ENL no debe ser proyectada como un enorme club de lectores. Los lectores empedernidos podemos y debemos echar la mano, meter el hombro, pero no somos la población objetivo de la ENL. Un seminario para discutir la hipertextualidad entre la generación de la Literatura de la Onda y la picaresca del Siglo de Oro Español puede reportar un divertido encuentro y muchas fotos lucidoras, pero no va a producir nuevos lectores. Por lo demás, sabemos sobradamente lo que ocurre cuando se institucionaliza el apapacho gubernamental a las élites.

4. La ENL no debe ser un programa sectorial, no al menos en el sentido de que cada dependencia pública “sume” a ella, nada más para embarnecerla, las acciones que desde antes ya hacía o iba a hacer. Proceder así podría asegurar un documento rollizo y apantallante, pero ineficaz puesto que seguiría pasando lo que hasta ahora pasa. En la nomenclatura tecnócrata se veneran fórmulas verbales como “acciones transversales”, al tiempo que se usa como denuesto lo que se califica como “acciones aisladas”; el problema de ello, como ocurre con cualquier ideología, es que se actúa sin pensar: muchas veces lo que se requiere es una acción específica y no la suma de acciones concurrentes que a la mera hora nomás no concurren en nada. En esa misma jerga está muy bien visto hablar de “alinear la estrategia con” tal o cual programa o eje o plan…, a partir de lo cual lo que muchas veces ocurre es que la dichosa estrategia termina siendo una rebaba inútil. En el caso de la ENL esto puede ser especialmente peligroso tomando en cuenta el primer eje mentado, el formal: si apenas se está en la definición a detalle de la nueva política educativa de este país, cómo “alinear” la estrategia a algo todavía brumoso. Más incluso: “ir de la mano de la nueva política educativa” está bien como metáfora, mientras no signifique que la ENL tendrá que avanzar al ritmo de la política aludida o, peor, depender de la plena puesta en marcha de la misma.

5. La ENL no debe ser un programa de producción editorial. Visto desde la perspectiva del conocidísimo ciclo del libro, la estrategia debe incidir sobre todo en la distribución y en la lectura. Si se parte de la creencia de que se lee poco en México porque faltan libros, se estará olvidando que abundan bibliotecas vacías de lectores y bodegas repletas de libros que nadie lee, por no hablar de los terabytes de excelente literatura que puede descargarse de manera legal y gratuita de internet. Esto no quiere decir que uno crea que el FCE deba detener su reciente producción de ediciones masivas de bajo costo, mucho menos frenar las ventas de títulos baratos. La cuestión es que la ENL debe salvar la distancia que existe entre los lectores potenciales y los libros y demás materiales de lectura que ya existen, y además propiciar que cuando el lector tenga un libro en las manos proceda en feliz consecuencia, es decir, que lea, lo cual, claro, se dice fácil, pero es lo más difícil de todo.

6. La ENL no debe ser un mecanismo de reparación de daños frente a los pueblos originarios de México, aunque, en caso de resultar exitosa, a eso precisamente ayudaría.

7. La ENL no debe ser un artilugio de adoctrinamiento, ni siquiera en favor de las mejores causas. Leer no hace a la gente mejores personas, ni más buenas ni necesariamente más informadas. Leer aceita el pensamiento abstracto y provee de herramientas cognitivas, las palabras, la sintaxis, el universo conceptual. ¿Para qué? Sobre todo para responder acertadamente al cambio. Y los tiempos que hoy vivimos, perdón por la perogrullada, son ante todo tiempos de cambios acelerados. Estimular que los mexicanos y las mexicanas lean fortalecerá el recurso más importante con que contamos, nosotros mismos.

Coda (nomás para no llegar al 8)
La ENL no tiene que propagarse con un discurso positivo ni indulgente; ya se ha apostado por todos esos mensajes amigables y se ha fracasado: es divertido, te ayuda a crecer, cultiva, te informa, es maravilloso…, aunque sea 20 minutos, no duele, ándale, lee… No, más bien urge alertar:

Desconéctate y lee.
Si estás leyendo esto y lo entiendes,
aún podrías salvarte.

sábado, 9 de febrero de 2019

Los Tigres, el cisne y el ganso


Prejuiciado e ignorante, todavía el domingo de la semana pasada, si tú me decías “Mocorito” lo primero que se me venía a la cabeza no eran ni los mayos ni Sebastián de Ébora ni los jesuitas ni el general Buelna, no, de rebote evocaba yo un triángulo y unos tigres, el Dorado y los del Norte.


Mocorito, cabecera del municipio sinaloense homónimo, es una pequeña población —poco más de cinco mil habitantes— fundada en 1594. En un mapa la encuentras trazando de Angostura —en donde se crió Emma Coronel, la esposa del Chapo— una línea dirección NE hasta la La Tasajera, y otra rumbo NO de Badiraguato a Estación Bamoa: en la intersección está Mocorito. Ahora, ¿quiénes serán los hijos más famosos del municipio? ¿El dirigente histórico del Partido Comunista Mexicano Arnoldo Martínez Verdugo (1925-2013)? No creo. Más bien, seguro, los hermanos Hernández, el grupo de músicos que salió hace muchos años de la ranchería de Rosa Morada, a una media hora al sur de Mocorito, para convertirse en Los Tigres del Norte. Entiéndase entonces que Mocorito no pasaba de narco y música norteña. Jamás hubiera recordado a un bardo mata-pájarosdivinos. Pero, como quizá sepan, para allá se fueron el presidente AMLO, su esposa Beatriz Gutiérrez —pejefóbico incansable, aunque espero que no impulsado por nostalgias aberrantes, Sheridan tuiteó al día siguiente: “Todo parece indicar que la Patria Sabia y Digna acaba de inventar la figura de Primera Crítica Literaria de La Nación”—, PIT II y demás comitiva, para presentar la Estrategia Nacional de Lectura. Durante su intervención, Gutiérrez Müller explicó que el origen de la idea de empujar un proyecto cultural desde la periferia, particularmente desde Mocorito: la revista Arte, fundada allá en 1907 por un médico rural, el tapatío Enrique González Martínez (1871-1952). El impreso, que costaba un peso, publicó colaboraciones de grandes como Leopoldo Lugones, Nervo, José Juan Tablada, Efrén Rebolledo, Mariano Azuela, Heriberto Frías, Rubén Darío… “Mocorito fue conocido más allá de su frontera por su revista Arte. De Mocorito para el mundo…”


Si bien yo recordaba que don Enrique debía ser considerado —según el diagnóstico de Octavio Paz— el único poeta modernista de México, prejuiciado e ignorante no tenía registro de su paso por la “Atenas de Sinaloa”, como mientan a Mocorito. Es más, la verdad, en mi memoria reduccionista, González Martínez no pasaba de ser el asesino del ave anseriforme favorita de modernismo hispanoamericano: “en pleno reino de lo císnico, salta un rebelde, la voz de un joven poeta mexicano, invitando no ya solo al repudio del cisne…, sino a la torsión de la más memorable y admirada parte de su ser” (Pedro Salinas, “El cisne y el búho”, 1948). ¿Recuerdan? En efecto, el nicaragüense adoraba al dichoso plumífero: ¡Oh Cisne! ¡Oh sacro pájaro! Si antes la blanca Helena / del huevo azul de Leda brotó de gracia llena / siendo de la Hermosura la princesa inmortal, / bajo tus alas la nueva Poesía / concibe en una gloria de luz y de armonía / la Helena eterna y pura que encarna el ideal (Rubén Darío, Prosas profanas). A lo que González Martínez responde en su célebre soneto: Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje / que da su nota blanca al azul de la fuente; / él pasea su gracia no más, pero no siente / el alma de las cosas ni la voz del paisaje.


De nuevo en el siglo XXI, en su turno, Paco Ignacio Taibo II dijo que el objetivo de la estrategia es “construir una gran república de lectores”, y detalló los tres ejes de la estrategia: formal —irá de la mano con la nueva política educativa—, disponibilidad de libros y comunicacional —“posicionar que el acto de lectura es una habilidad extraordinaria, puesto que permite entender, sentir y pensar mucho más allá de lo inmediato”—.


Prejuiciado e ignorante, dos días después Leo Zuckermann publicó (es un decir) un compendio de dislates: “Los riesgos de regalar libros” (Excélsior; 29/I/2019). El señor parte de un sofisma. Luego de traer a cuento algunas encuestas —sus venerados “datos duros”—, argumenta (es un decir): a) los pobres no leen y los ricos sí leen; b) el Estado subsidia libros c) ergo: el subsidio beneficiaba a los ricos que sí leen. El engaño es obvio: la primera premisa está trunca: los pobres no leen… ¡porque no tienen libros! Lo que sigue alcanza alturas realmente cómicas. Le preocupa el “riesgo ideológico”: PIT II podría regalar “los libros de Marx, Engels, Lenin y Mao” (a los susodichos pobres, claro, quienes los leerán ávidos). Aunque luego le preocupa el riesgo del “esnobismo”: el menso de Paco se podría poner a distribuir, como Vasconcelos, libros de “Platón, Plutarco, Dante Alighieri, Tagore, Homero y Tolstoi”, en lugar de libros “entretenidos”, como los “siete volúmenes de la saga de Harry Potter”, y nadie los va a leer (como los de Marx y Mao, claro). Al tercer riesgo lo llama “rentismo”, y parte del peñanietista juicio según el cual todos los mexicanos somos corruptos: “los que subsidian suelen favorecer a sus amigos”, así que el inconsciente de Taibo II va a hacer ricos a sus cuates (que sin duda escriben libros marxistas-leninistas-maoistas aburridos pero que la gente lee ávida). Y el cuarto riesgo es la cantaleta de que si el Estado distribuye libros a bajo costo, se va a convertir en “una competencia desleal para las editoriales y librerías privadas” (porque los ricos que sí leen ya no van a comprar libros, dado que andan tan ganosos de leer libros aburridos de Platón y Dante o de los izquierdosos amigos de Paco).


En Mocorito, al final del evento el presidente no trajo a cuento al cisne de Darío, sino al ganso de Tin Tán. Luego se regalaron libros.

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sábado, 26 de enero de 2019

Ciencia ficción y fantasía


Rumor de follajes inciertos
Como ciegos que buscan su camino
Octavio Paz, Ejemplo.


El hallazgo se lo debo a Google Earth, pero no fue gracias a sus funcionalidades geomáticas sino a la casualidad. Leyendo el perturbador ensayo Google’s Earth: how the tech giant is helping the state spy on us, de Yasha Levine, me enteré de que el EarthViewer 3D —que terminaría siendo Google Earth— fue inspirado en el globo terráqueo virtual que describe Neal Stephenson (1959) —quien antes de dedicarse a las letras estudió Geografía en la Universidad de Boston— en su novela posciberpunk de 1992 Snow Crash:
… un globo del tamaño de una toronja, una representación perfectamente detallada del planeta Tierra… Es un software de CIC llamado, simplemente, Earth. Es la interfaz de usuario que usa CIC para realizar un seguimiento de cada bit de información geoespacial que posee: todos los mapas, datos meteorológicos, planos arquitectónicos e imágenes de vigilancia satelital…
 El texto de Yasha Levine —escritor ruso-norteamericano que en 2018 publicó Surveillance Valley: The Secret Military History of the Internet— conduce a la certeza de que el Panopticon ideado por Jeremy Bentham (1748-1832) es un juego de párvulos comparado con el sometimiento a la vigilancia total al que estamos avanzando voluntaria y felizmente mientras googleamos todo…: There is no escape…, everything that people do online leaves a trail of data… En fin, tan pronto terminé la lectura regresé a los primeros párrafos para tomar nota del título de la novela…, pero resulta ahí había un hipervínculo… Click: el ancla-destino resultó la tercera y última parte de la lista de las novelas de “ciencia ficción y fantasía” que, según un grupo de expertos convocado por The Guardian, “todos debemos leer”; 43 títulos, entre ellos, Snow Crash.

La relación inicia con Fight Club (1996), del Chuck Palahniuk (1962) —un libro opacado por su adaptación cinematográfica—, y cierra con la imprescindible y poco conocida novela distópica soviética Nosotros (1924), de Yevgueni Zamiatin (1884-1937)… Bueno, vamos a ver, me dije, ¿cuántas he leído?


 Pues ninguna del top eight; la novena sí: Gargantúa y Pantagruel —en realidad cinco novelas—, del galeno renacentista galo François Rabelais (1494-1553). Tendría que llegar hasta el decimoséptimo escaño para encontrarme con un librito que cuando lo leí siendo un puberto me pareció hartamente farragoso y cursi, El principito (1943), de Antoine de Sainte-Exupéry —de hecho sigo pensando lo mismo, ¡y es el libro francés más traducido y leído de todos los tiempos!—. Enseguida, aunque me parece descabellado que la hayan embolsado en la categoría “ciencia ficción y fantasía”, una obra maestra: Ensayo de la ceguera (1995), de Saramago (1922-2010). Después de How the Dead Live de Will Self —una novela británica del 2000 que pienso leer un día de estos—, un viejo conocido, Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley (1797-1851). Tres títulos más y luego, de Robert Louis Stevenson, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde (1886). Ya entre los últimos, La guerra de los mundos, de H. G. Wells (1866-1946)… Así que, contando la novela de Yevgueni Zamiatin, ¡de estos 43 libros sólo he leído siete! —no estoy considerando narraciones que todos conocemos, pero que, como muchos, me temo, no he leído, como Drácula (1897) de Bram Stoker y Ada or Ardor (1969) de Nabokov, e incluso otros que jamás pienso leer, como Harry Potter and the Philosopher's Stone (1997) de JK Rowling, The Lord of the Rings (1954) de Tolkien o The Chronicles of Narnia (1956) de C. S. Lewis—.

Ya encarrerado, decidí revisar el listado completo. En total 149 novelas, de las cuales únicamente he leído 13 por ciento. Además de las ya mencionadas, Fahrenheit 451 (1953), de Ray Bradbury; El barón rampante (1957), de Calvino; Alice's Adventures in Wonderland (1865) y Through the Looking-Glass, and What Alice Found There (1871), de Lewis Carroll; El péndulo de Foucoult (1988), mi novela favorita de Umberto Eco; la clásica del Nobel William Golding, Lord of the Flies (1954; Las partículas elementales (1998), del francés Michel Houellebecq; Brave New World (1932), de Aldous Huxley; The Turn of the Screw (1898), de Henry James; El proceso (1923), de Kafka; The Road (2006), de Cormac McCarthy; Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1995), de Murakami, y la alucinante y cada vez más actual Nineteen Eighty-Four (1949), de George Orwell.

Más allá de mi ignorancia, que como cualquier ignorancia es inconmensurable, quiero pensar que he leído tan pocos títulos de esta relación debido a que la ciencia ficción no es un género al que yo sea muy afecto, pero sobre todo a que se trata de un canon francamente angloparlante, por no decir británico —56% son obras de súbditos del Reino Unido—. ¡No hay una sola novela escrita en español! Quizá pueda alegarse que exista poca producción de ciencia ficción en nuestro idioma, pero en esta categoría los editores de The Guardian consideraron también otros subgéneros, por ejemplo, las novelas distópicas, de las cuales, sin mucho esfuerzo me viene a la cabeza un novelón de un autor mexicano que sin dudarlo consideraría imprescindible: El dedo de oro, de Guillermo Sheridan (1996) —por cierto, debería reeditarse—. En fin, el caso es que de los 149 títulos únicamente 14 fueron escritos en un idioma distinto al inglés: cuatro en fránces, tres en alemán, dos en ruso, dos en italiano, uno en japonés, uno en polaco y otro en portugués.

Pero, ¡bueno!, me quedo al menos con dos pendientes: de Paul Auster no he leído In the Country of Last Things (1987), y me da curiosidad la obra de Margaret Atwood, quizá comience con The Blind Assassin (2000).