Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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martes, 9 de abril de 2024

Sueño lúcido

 

y el sueño va anulando el albedrío en una horizontal de agua inmensa

Leopoldo Lugones, Luna campestre.

 

Sentir que la vigilia es otro sueño que sueña no soñar y que la muerte que teme nuestra carne es esa muerte de cada noche, que se llama sueño.

Borges, Arte poética.

 

 

Minutos antes de matarse, sobrio, directo y austero, Leopoldo escribió:

Que me sepulten en la tierra sin cajón y sin ningún signo ni nombre que me recuerde. Prohíbo que se dé mi nombre a ningún sitio público. Nada reprocho a nadie. El único responsable soy yo de todos mis actos.


Oraciones cortas y concisas, verbos en voz activa, vocabulario sencillo y preciso, seriedad, ausencia de metáforas y figuras literarias. Luego Lugones se tomaría un whisky con cianuro de potasio. Se hallaba en la habitación número 9 del hostal El Tropezón, en el delta del Paraná, San Fernando, provincia de Buenos Aires. Leopoldo Lugones, entonces de 63 años, llevaba más de dos décadas dirigiendo la Biblioteca Nacional de Maestras y Maestros, y era el poeta nacional de Argentina. Considerando sus siguientes palabras no me parece probable que desestimara tamaño epítome…

Los organizadores del idioma, que son los escritores ciertamente, asumen por ello una categoría superior, y por descontado, la correspondiente responsabilidad…; toda vez que el mal escritor resulta entonces una calamidad pública. Y si bien se ve, mucho más ante la moral, que ante la estética. Toda expresión inexacta, lo que es decir torpe y fea, miente de suyo y enseña a mentir. Por el contrario, belleza, verdad y bien, son en arte la misma cosa.

El autor, entre otro montonal de libros, del Lunario sentimental, El tamaño del espacio, Filosofícula y Cuentos fatales se quitó la vida el 18 de febrero de 1938. “La muerte de Lugones no sorprendió a nadie. ¡Era tan desdichado y desagradable!”, recordará Borges durante una entrevista casi treinta años después del óbito. Apenas cuatro días antes, el señor progenitor de Jorge Luis Borges, el abogado Jorge Guillermo Borges Haslam, también de 63 años, había fallecido de un aneurisma cerebral, en la misma ciudad, Buenos Aires. Borges asistiría al funeral de su papá biológico, pero no al de su padre literario —“Yo sólo soy un tardío discípulo de Lugones”—, por respeto a la voluntad última del vate.

Veintidós años y medio después, en agosto de 1960, Borges llegó al número 935 de la calle Rodríguez Peña, es decir, al acceso posterior del Palacio Sarmiento, en donde desde 1897 y entonces se encontraba y sigue estando aún la Biblioteca Nacional de Maestras y Maestros… “Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca.” Caminará entre libros y lectores ensimismados a la luz de “las lámparas estudiosas”, y quizá por pensarlo así pensará en la hipálage de Milton y recordará el “árido camello” del Lunario…: “Y el corazón marcha con su pena obscura / Como árido camello con su carga”.

Estas reflexiones me dejan en la puerta de su despacho. Entro; cambiamos unas cuantas convencionales y cordiales palabras y le doy este libro. Si no me engaño, usted no me malquería, Lugones, y le hubiera gustado que le gustara algún trabajo mío.

¿Qué libro entregó Borges a Lugones? El hacedor, el cual no saldría de imprenta sino hasta diciembre de aquel mismo año (Emecé, 1960). El volumen, una colección de poemas y textos de prosa narrativa y no narrativa, a manera de prólogo/dedicatoria, inicia con un relato, este mismo que estoy citando: “A Leopoldo Lugones”. ¿Y qué hará don Leopoldo? Leerá “con aprobación algún verso”, un verso publicado casi un cuarto de siglo después de su suicidio… “En este punto se deshace mi sueño, como el agua en el agua.”


La ficción borgiana no es tramposa; desde sus primeras líneas, a quienes lean con el entendimiento avispado, sugiere por dónde va el asunto: “A izquierda y a derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos de los lectores…” Un “lúcido sueño” es un aviso, es una prodigiosa descripción de la lectura y la primera hipálage en la narración. La dichosa hipálage, recordémoslo, es el tropo que consiste en referir un complemento a una palabra distinta de aquella a la cual le corresponde (Viviana H. Fernández, Diccionario práctico de figuras retóricas y términos afines). La RAE ejemplifica en su diccionario con “El público llenaba las ruidosas gradas”, mientras que doña Viviana Fernández pone “la cruel espada del guerrero”, “un escote atrevido”, y más exquisita acude a Cervantes:

… las cornetas, los cuernos, las bocinas, los clarines, las trompetas, los tambores, la artillería, los arcabuces y, sobre todo, el temeroso ruido de los carros, formaban todos juntos un son tan confuso y tan horrendo, que fue menester que don Quijote se valiese de todo su corazón para sufrirle…

Y enseguida, ¿casualidad?, de “La trama”, otro de los textos que Borges incluyó en El hacedor, el libro que en sueños fue a regalarle a Lugones:

Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de una estatua por los impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Junio Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: “¡Tú también, hijo mío!”

Ya despierto, Borges conviene que no está en el Palacio Sarmiento ni frente al “hombre solitario y dogmático” que fue su padre literario, sino en el 564 de la calle México, en el barrio porteño de San Telmo —hoy edificio sede del Centro de Estudios y Documentación Jorge Luis Borges—: “La vasta Biblioteca que me rodea está en la calle México, no en la calle Rodríguez Peña, y usted, Lugones, se mató a principios del 38”. Borges cierra su texto con una predicción infalible: “mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y que usted lo ha aceptado”.

           

 


domingo, 24 de marzo de 2024

Loco / cuerdo

 … pero vuestra merced, ¿qué causa tiene para volverse loco?

(Sancho Panza a don Quijote)

Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

 

 

En el arranque de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra no se tienta el corazón y llama loco al protagonista de su novela. En el quinto párrafo del capítulo primero —“Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo D. Quijote de la Mancha”— sentencia:

En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante…

Poco después, en el capítulo tercero es ahora un personaje quien adjetiva así a don Quijote: “El ventero daba voces que le dejasen, porque ya les había dicho como era loco, y que por loco se libraría, aunque los matase a todos.” Luego, en el capítulo V, don Miguel narra que un labrador “de oír tanta máquina de necedades…, conoció que su vecino estaba loco”. Cinco capítulos más adelante, toca en turno a Sancho Panza emplear el vocablo para calificar de “loco viejo” no a su amo, sino al marqués de Mantua. En fin, muchas veces usará Cervantes la palabra loco a lo largo de su obra: 118 ocasiones en total, 45 en la primera parte de la novela y las 73 restantes en la segunda parte. Una lectura atenta permite inducir que hace casi 420 años el significado del vocablo ya era el mismo que hoy le damos: un loco es alguien que no está cuerdo. Así, en el capítulo XV el Caballero de la Triste Figura divide al mundo entre locos y cuerdos —“Contra cuerdos y contra locos está obligado cualquier caballero andante a volver por la honra de las mujeres…”— y desde su aceptada locura, en el XXV, picotea a su fiel escudero:

— A fe, Sancho –dijo don Quijote–, que, a lo que parece, que no estas tú más cuerdo que yo.

— No estoy tan loco –respondió Sancho–; mas estoy más colérico.

Roberto Arce, Don Quijote.

En 1611, seis años después de la publicación príncipe de El Quijote, Sebastián de Covarrubias Orozco publica su Tesoro de la lengua castellana o española, el primer diccionario monolingüe de nuestro idioma. La palabra loco es consignada, por supuesto. No se trata de su debut en un diccionario: ya en 1495 Elio Antonio de Nebrija la había incluido en su Vocabulario español-latino, en usos lexicográficos como loco de atarloco atrevidoloco como quiera… Covarrubias, por su parte, define loco de manera concisa: “el hombre que ha perdido su juicio”, y enseguida deja la siguiente nota: “La etimología de este vocablo tornará loco a cualquier hombre cuerdo, porque no se halla cosa que hincha su vacío”. Efectivamente, con certeza, nadie sabe de dónde viene loco. Ahora, hipótesis hay.


Loco quizá provenga de locus, loci, 'lugar', ya que cualquier loco tiene la cabeza fuera de lugar —“al loco solemos llamar vacío”, aduce Covarrubias—. En segundo término, el toledano aventura un origen vasco: “En vizcaíno loco vale tanto como no firme, y tal es el que no está en su juicio”. O tal vez el vocablo venga de Luco, una población vasca en la cual, según la tradición, ciertos demonios guardianes de los bosques cercanos volvían “locos y agitados de las furias” a quienes osaban entrar en sus dominios. Otra más: es posible que su origen esté en lucus à luce per contrarium sensum, “por habérsele ofuscado y entenebrecido el entendimiento”. Finalmente, Covarrubias apunta que pudiera ser que loco venga de loquendo, “porque los tales suelen con la sequedad del cerebro hablar mucho, y dar muchas voces”. En la actualidad, la RAE no apuesta por ninguna de las rutas etimológicas que ofreció Covarrubias hace más de cuatro siglos; en cambio, sin meter las manos al fuego por la idea, informa: “Quizá del árabe hispánico láwqa, y este del árabe clásico lawqā', femenino de alwaq 'estúpido'”. En cuanto a su definición, la RAE también es escueta y en nada se aleja del significado con el que Cervantes y Covarrubias ya usaban la palabra: “que ha perdido la razón”, y en segunda acepción “de poco juicio, disparatado e imprudente”. El loco es pues quien no está cuerdo, quien no está en su juicio.

La genialidad moderna de Cervantes atruena en el capítulo XVII de la segunda parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, cuando, don Diego de Miranda, después de observar durante un buen rato “los hechos y palabras de don Quijote”, concluye que tiene frente a sí a “un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo… [ ], ya le tenía por cuerdo, y ya por loco, porque lo que hablaba era concertado, elegante y bien dicho, y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto”.

En otro espacio cuestionaba yo hace poco si tiene algún sentido intentar averiguar si especímenes como Pedro Ferriz de Con —quien hace unos días pidió a los mexicanos que amen a México que prendieran una veladora en sus casas, para oponerse “con la luz y la fe al brujo de Palacio”—, están locos o se hacen los locos, es decir, si son cuerdos que, en el colmo de la hipocresía reaccionaria, se hacen pasar por locos. Si la respuesta es que sólo aparentan su falta de cordura, no tendría mucho mérito puesto que lo estarían haciendo por interés, y eso no tiene mérito. Recordemos cómo el gran loco explica la cuestión a Sancho:

— Ahí está el punto -respondió don Quijote-, y ésa es la fineza de mi negocio; que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias: el toque está desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que, si en seco hago esto, ¿qué hiciera en mojado?

O puesto en palabras más de nuestros días: volverse loco con motivos no tiene mérito ni gracia, lo admirable es perder la razón sin motivo alguno. De esos abundan ahora: vueltos locos por pura conveniencia.

lunes, 24 de julio de 2023

Falacias y paralogismos narrativos

  

Falacias y paralogismos

 

En el siglo IV a. C., Aristóteles inauguró el análisis de las falacias o argumentos sofísticos, artefactos mentales a los que en un momento dado también denominó paralogismôn, o “razonamientos desviados”. La palabra griega pasó primero al latín (paralogismus) y luego al castellano —la primera ocasión que paralogismo apareció en un diccionario de nuestra lengua fue en el Tesoro de la lengua castellana o española, de Sebastián de Covarrubias (1611)—. Actualmente la RAE define paralogismo con un sustantivo y un adjetivo: razonamiento falso.

 

Veintitantos siglos después de Aristóteles podemos y nos conviene diferenciar entre falacias y paralogismos. Quien esgrime una falacia quiere timar, tomar el pelo. Quien maquina un paralogismo yerra y de ese modo se embauca a sí mismo —y, por supuesto, a partir de ahí podría hacer errar el tiro a otros—. El primero intenta victimar, el segundo es víctima de sí mismo. La definición de falacia no deja lugar a dudas: engaño, fraude o mentira. Una falacia es, pues, una argucia, esto es, una sutileza, un sofisma, un argumento falso presentado con cierta agudeza, con el propósito de engañar. En cambio, un paralogismo es una chapuza mental, un error de razonamiento que, una vez cometido, puede acarrear al autoengaño.

 


El montevideano Carlos Vaz Ferreira (1872-1958) se adentró al estudio de los paralogismos no tanto como errores discursivos, sino como confusiones o meteduras de pata mentales y cognitivas. Por eso no los trata como una clase determinada de falacias, sino como una manera de caer en ellas. En el Prólogo a su libro Lógica viva explicaba que lo que le interesaba era reflexionar y entender “la manera como los hombres piensan, discuten, aciertan o se equivocan —sobre todo, las maneras como se equivocan—…: un análisis de las confusiones más comunes, de los paralogismos más frecuentes en la práctica… No una Lógica, entonces, sino una Psico-Lógica...” En otro texto brillante (Un paralogismo de actualidad), profundo y sencillo, Vaz explica: “El paralogismo consiste en atribuir a la realidad las contradicciones en que a menudo se incurre, y muchas veces es forzoso incurrir, en la expresión de la realidad; en transportar la contradicción, de las palabras a las cosas; en hacer de un hecho verbal o conceptual, un hecho ontológico”. ¿Por qué verbal? Porque no hay de otra: para pensar necesitamos el lenguaje.

 

En breve: una falacia, un sofisma, es un ardid doloso. Un paralogismo se elabora sin querer: nadie en sus cabales pretende y muchos menos podría engañarse conscientemente. Ahora, si se diferencian en el ámbito de la voluntad, falacias y paralogismos se asemejan en el terreno de las apariencias: ambos son argumentos falaces, es decir, que parecen válidos, pero no lo son.

 

 

Argumentos y argumentos


¿Qué es un argumento falaz? Según la RAE, es un argumento embustero, falso. Y la segunda acepción de falaz que provee su diccionario es más claridosa: que halaga y atrae con falsas apariencias. Y, se sabe, si deleita, una mentira es mucho más poderosa que una verdad que disgusta. Diderot lo expresó mejor: “Nos tragamos a grandes sorbos la mentira que nos halaga y bebemos gota a gota una verdad que nos es amarga (El sobrino de Rameau).


Ahora, ¿y qué es un argumento? El vocablo viene del latín argumentum, formado por el verbo arguere y el sufijo mentum: el primero significa argüir, aducir, dejar en claro, mientras que el segundo denota instrumento, medio o resultado. El verbo latino arguere surgió del griego ἄργυρος (argyros), plata, y éste a su vez de la raíz indoeuropea arg, que significa brillar, aclarar, blanco. Un argumento es algo que aclara, que despeja, que echa luz sobre algo. ¿Con qué? Respondo echando mando de una frase que incorporaba la definición de filosofía que me enseñaron los padres maristas, muy cartesianos ellos: con la luz natural de la razón. Cobra así sentido la primera acepción que la RAE provee del vocablo: un argumento es un razonamiento para probar o demostrar una proposición, o para convencer de lo que se afirma o se niega.

 

Pero un argumento es también otra cosa. Por ejemplo, qué significa la palabra en oraciones como esta: “El argumento de la última película de Indiana Jones es totalmente predecible”. O en esta otra: “El argumento de La Odisea se reduce al viaje de vuelta a casa de Ulises después de la Guerra de Troya”. Por supuesto, en este caso argumento no significa razonamiento, sino, tal y como podemos leer en la segunda acepción del diccionario, sucesión de hechos, episodios, situaciones, etcétera.

 

Un argumento es, en suma, un razonamiento lógico, pero también la trama de una narración. 

 

 

Pensamiento pragmático y pensamiento narrativo

 

Jerome Seymour Bruner (Nueva York, 1915-2016) sostiene que existen dos formas de pensamiento, una paradigmática y otra narrativa. El modo paradigmático trasciende las experiencias particulares por medio de la abstracción de categorías, con las cuales sistematiza su haber. Por su parte, el modo de pensamiento narrativo es diacrónico, secuencial, orientado a la acción y atento a los detalles específicos de la experiencia. Agrego: con el pensamiento pragmático fraguamos argumentos (razonamientos lógicos) y con el pensamiento narrativo tramamos argumentos (líneas argumentales, narrativas).

 

Si a uno le preguntan cuánto tardará en llegar un tren desde la estación X a la estación Y, considerando que va a 130 kilómetros por hora en promedio y que la distancia entre ambos puntos es de 260 kilómetros, usaremos nuestro pensamiento pragmático para dividir la distancia entre la velocidad y dar con la respuesta. Si vas a bordo de un tren y a medio trayecto, entre Ámsterdam y Berlín, a lo largo de interminables minutos observas transitar en una vía paralela otro tren transportando un caudal de tanques de guerra, entonces será tu pensamiento narrativo el que entrará en acción para tramar una historia que te permita explicar lo que estás viendo.

 

Los seres humanos “organizamos nuestra experiencia y memoria acerca de nuestro acontecer principalmente en forma narrativa: historias, excusas, mitos, motivos para hacer o no hacer, en fin…” Todo el tiempo estamos procesando lo que nos sucede, lo que percibimos consciente e inconscientemente, y no lo hacemos echando mano de teorías de la Física ni aplicando fórmulas matemáticas, ni siquiera formulando silogismos, lo hacemos más bien tramando narrativas. Bruner denominó a este proceso incesante la construcción narrativa de la realidad

 

 

Falacias y paralogismos narrativos

Sirva lo escrito hasta aquí para fundamentar la pertinencia que tiene acuñar un par de conceptos: falacia narrativa y paralogismo narrativo. A partir de todo lo anterior, ambos términos pueden ser explicados fácilmente.

 

Valiéndonos del marco conceptual de Bruner, ahora podemos enunciar que, si por medio de las falacias y paralogismos paradigmáticos los humanos producimos argumentos falaces, esto es, razonamientos que parecen válidos y no lo son, por medio de las falacias y paralogismo narrativos tramamos historias falaces, es decir, narrativas que parecen válidas pero no lo son, en el sentido de que hilan hechos que en realidad no están relacionados o no lo están de la manera en la que se traman.

 

Las falacias narrativas abundan y es fácil detectarlas en el anchísimo espectro de las relaciones humanas, en cualquier grado de complejidad. Existen en los ámbitos más reducidos a nivel interpersonal, como las relaciones de pareja y las intrafamiliares, hasta las más complejas, como las geopolíticas en las que intervienen los gobiernos de varios países. Van desde las narrativas confeccionadas a lo largo de años de vida marital, con las cuales el marido o la esposa ha logrado convencer a su esposa o su marido de que sin él o ella su vida sería imposible. Incluyen las antañonas narrativas empleadas como parte de los procesos de colonización —no fue conquista ni genocidio, fue proceso civilizatorio; no fue imposición de creencias, fue benévola evangelización, etcétera—, y, por supuesto, las narrativas que entran en guerra siempre aparejadas a las confrontaciones bélicas. En la actualidad, en el batallar por el poder político, más que los argumentos paradigmáticos, las que resultan decisivas son las narrativas. Ejemplar, perniciosa y perversa pero ejemplar, fue en 2006 la falacia narrativa “AMLO es un peligro para México”. No son sólo mentiras llanas, sino historias verosímiles tramadas mañosamente a partir de algunos hechos reales con el propósito de engañar.

 

Por su parte, los paralogismos narrativos, como sus pares paradigmáticos, son chapuzas cognitivas tramadas incorrectamente por las personas, errores involuntarios del pensamiento narrativo que terminan por causar confusión o al menos una lectura desatinada de los hechos involucrados en la historia. Los paralogismos narrativos entonces suelen ser fuertes pilares de los delirios —un delirio es una creencia que se vive con una profunda convicción sin soporte en evidencias concretas o incluso a pesar de que las evidencias demuestran lo contrario—. Por ejemplo, cuando son injustificados, algunos celos pueden entenderse como una especie de delirio, extremadamente irracional y persistente. Ahora, como ocurre siempre con el pensamiento narrativo, tramamos historias a partir de una definitoria influencia cultural, al punto que entendemos la vida a partir de estructuras narrativas arquetípicas. Y he ahí la peligrosidad de los paralogismos narrativos: por un lado, echamos mano de cuentos arquetípicos para abstraer, contarnos y entender lo que nos sucede, y por el otro, actuamos siguiendo las estructuras narrativas de tales relatos. Peor, los relatos a partir de los cuales construimos la realidad, si bien cuenta cada uno casos particulares, todas las historias se traman ajustadas a tipos generales de formas de narración, esto es, a géneros. Así que, si usted ha entendido su vida como una tragedia o como un drama, no tenga ninguna duda, así le seguirá yendo, sencillamente porque así estará leyendo su propia historia y estará actuando como un personaje trágico o dramático. Después de todo, los seres humanos estamos programados para creer historias, porque, como advierte Jerome Bruner, “… al escuchar una narración suspendemos la incredulidad…”

viernes, 20 de noviembre de 2020

¿Libro perverso?

 Morality is simply the attitude we adopt towards people we personally dislike.

Oscar Wilde, An Ideal Husband

 

There is no such thing as a moral or an immoral book.

Books are well written, or badly written. That is all.

Oscar Wilde, The Picture of Dorian Gray.

 

 


— ¡¿Estás leyendo la autobiografía de un señor que se casó con su propia hijastra?! —más que una pregunta, aquello sonó como una acusación, ¡qué digo acusación!, como una imputación flamígera, espetada con el mismo tono que hubiera empleado el santo Papa si le hubieran ido a Roma con el chisme de que en mi departamento se celebraran misas negras en honor de Asmodeo, el demonio de la lujuria.

 

— Bueno, sí —respondí, porque efectivamente estoy leyendo A propósito de nada, el más reciente libro de Allan Stewart Konigsberg, mejor conocido por su sobrenombre artístico, Woody Allen (Nueva York, 30 de noviembre de 1935)—, aunque él dice que nunca fue su padrastro…

 

— Entiendo que te haya gustado una que otra de sus películas, pero…

 

— No me gustaban, me siguen gustando, y mucho, y no una que otra, muchas de ellas: Take the Money and Run, Love and Death, Annie Hall, Interiores, ManhattanA Midsummer Night's Sex ComedyZelig…

 

— Ya, para… ¿Vas a enumerar todas?

 

— Pues casi todas me gustan, unas más, otras menos, pero casi todas me gustan… Incluso A Rainy Day in New York, la última, bueno, penúltima… Y eso que no me trago eso de que Diego Luna sea un gran actor…

 

— Te cae mal porque es pejefóbico.

 

— También.

 

— ¿No prohibieron esa película por lo del escándalo de la demanda de abuso sexual?

 

— No la prohibieron, más bien los circuitos comerciales no la proyectaon en Estados Unidos. Aquí en México la vi en la Cieneteca.

 

— Bueno, pero de seguir viendo sus películas a leer su autobiografía… ¡Es un perverso!

 

— Suponiendo que tuvieras razón, pero sólo suponiendo porque el cineasta no está en la cárcel, entonces lo confieso: estoy leyendo la autobiografía de un hombre perverso, y además me estoy divirtiendo horrores… No puedes valorar la obra de alguien desde la perspectiva de su comportamiento moral, de acuerdo a tu escala de valores.

 

— ¡No se debe desligar la obra de su autor!

 

— Uy, pues entonces vamos a tener que dejar de leer a Hesíodo y toda su Teogonía patriarcal y depravada, y también a Homero, porque tanto en la Ilíada como en la Odisea exalta el patriarcado y una misoginia atroz: “Ocúpate en las labores que te son propias, el telar y la rueca... y de hablar nos ocuparemos los hombres”, le dice Héctor a su esposa Andrómaca. Telémaco despacha a su madre a su cuarto y al silencio: “Conque marcha a tu habitación y cuídate de tu trabajo, el telar y la rueca… La palabra debe ser cosa de hombres, de todos, y sobre todo de mí, de quien es el poder en este palacio”. ¿Y qué me dices de Sócrates, Platón y Aristóteles? Las tres columnas de la filosofía Occidental fueron erigidas por un trío de esclavistas, es decir, personas que consideraban que era perfectamente aceptable que un ser humano fuera propiedad de otro. Y basta de leer y andar recomendando las Meditaciones del emperador romano Marco Aurelio, porque muy estoico, muy estoico, ¡pero el señor no era más que un conquistador imperialista! 

 

— Bueno, son textos de la Antigüedad que no son hoy los que marcan nuestros preceptos morales.

 

— ¿Y qué me dices de la Biblia? Desde el Génesis: la primera mujer, Eva, es nada menos que la culpable del pecado original. ¿O qué te parecen estas bonitas leyes establecidas en el Deuteronomio?: “Cuando salieres a la guerra contra tus enemigos, y Jehová tu Dios los entregare en tu mano, y tomares de ellos cautivos, y vieres entre los cautivos a alguna mujer hermosa, y la codiciares, y la tomares para ti por mujer…”

 

— Bueno, la misoginia es generalizada…

 

— O tú que consideras que la fiesta brava es una barbarie, ¿deberíamos de prescindir de los libros que escribieron grandes aficionados a la tauromaquia? No sé, Cien años de soledad o El amor en los tiempos del cólera…, porque García Márquez era taurino. ¿A volar también los maravillosos cuentos de Rafael Ramírez Heredia o la poesía de Rafael Alberti, García Lorca, Gerardo Diego…?

 

— Bueno…

 

— ¿O qué, porque ahora defiende una postura ideológicas que detesto debo decir que las novelas de Vargas Llosa son malas? Casi todas son extraordinarias.

 

— ¿Y que tal está el libro de Woody Allen?

sábado, 30 de marzo de 2019

Divagante contra reloj

Sterne produce en el lector adecuado
una sensación de incertidumbre,
parecida a estar de pie, andando y acostado al mismo tiempo:
una sensación muy cercana a estar flotando.
Nietzsche

La morte sta nascosta negli orologi.
Belli


Nietzsche fue un hombre despiadado. Una vez, por ejemplo, lapidó un libro: “Este libro me parece un libro para olvidar, lo encuentro mal escrito, pesado, irritante, erizado de imágenes falsas, construidas a la fuerza e incoherentes; sentimental, endulzado aquí y allá hasta la afeminación, poco equilibrado, desprovisto de esfuerzo hacia la pura lógica”. Criticaba así El origen de la tragedia, de 1872, ¡escrito por él mismo! Siete años después, Friedrich daba a conocer —como uno de los dos suplementos de su ensayo Humano, demasiado humano— un pequeño texto titulado “El escritor más libre”, y en él se descosía, pero ahora en sentido contrario: “¡Cómo, en un libro dedicado a los espíritus libres, podría dejar de mencionar a Laurence Sterne, a quien Gothe honró considerándolo el espíritu más liberado de su siglo! Conformémonos aquí llamándolo el espíritu más liberado de todos los tiempos, frente a quien todos los demás lucen rígidos, cuadrados, intolerantes y directos hasta la grosería”.
  
Seguramente has leído a Friedrich Nietzsche (1844-1900), quizá también a Goethe (1749-1832), pero qué me dices del escritor a quien el filósofo alemán llamó “el espíritu más liberado de todos los tiempos”… Laurence Sterne nació por casualidad en Irlanda (1713), pero fue inglés de pies a cabeza: educado en Halifax y en el Jesus College de Cambridge, se ordenó como sacerdote de la iglesia anglicana (1738) y poco después se hizo cargo de una vicaria rural, cerca de la ciudad de York. Aunque comenzó a escribir ya bien entrado en la madurez, su enorme fama literaria, que estalló súbitamente en Londres, alcanzó Europa antes de que la tuberculosis lo matara cuando solamente tenía 54 años de edad. En efecto, Sterne no escribe su primer opúsculo —A Political Romance, or The History of a Good Warm Watch-Coat— sino hasta 1759; al año siguiente, cuando se publicaron los dos primeros volúmenes de The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman, Laurence Sterne cargaba ya 46 años a cuestas. Seguiría una larga interrupción a causa de los fuertes problemas de salud que padecía, de tal suerte que hasta 1767 publica el último volumen de Tristram Shandy, y en febrero del año siguiente su obra más influyente: A Sentimental Journey Through France and Italy… Un mes después fallece —hay dos excelentes biografías: la de Arthur H. Cash, en dos tomos, The Early and Middle Years (1975) y The Later Years (1986), y la de Ian Campbell Ross, Laurence Sterne: A Life (2001)—.
     
La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy es un novelón de un vanguardismo precoz, una novela adelantada unos tres siglos. Inmediatamente después del título, Sterne plantó un epígrafe clave —y lo insertó en griego—: “No son las cosas mismas, sino las opiniones sobre las cosas las que perturban a los hombres” —palabras del estoico heleno Epicteto de Hierápolis (55-135)—. Dada la advertencia, no habrá engaño: desde el primer capítulo, Sterne se refocila a pluma suelta en la digresión: concluirá alborozado los dos primeros volúmenes y el narrador, el susodicho caballero, Tristram Shandy, ¡todavía no habrá alcanzado a nacer! “Sus digresiones son —afirma Nietzsche— también continuaciones de la historia; sus aforismos son, simultáneamente, la expresión de una actitud irónica hacia toda prescripción; su antipatía por la seriedad es indisoluble a su incapacidad de tratar cualquier cosa de manera superficial”.
           
En una de sus Seis propuestas para el próximo milenio, Italo Calvino (1923-1985) —quien nació por casualidad en Cuba pero fue italiano dalla testa ai piedi—, va más allá: “El gran invento de Laurence Sterne fue la novela hecha enteramente de digresiones… La divagación o digresión es una estrategia para aplazar la conclusión, una multiplicación del tiempo en el interior de la obra, una fuga perpetua; ¿fuga de qué?” Calvino se contesta: de la muerte, y hace suya la explicación de Carlo Levi: “El reloj es el primer símbolo de Shandy, bajo su influjo es engendrado y comienzan sus desgracias, que son una sola cosa con ese signo del tiempo…” Ciertamente, el íncipit de La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy no deja lugar a dudas: la historia comienza en la faena de procreación del hombre que relata la novela en primera persona: “Ojalá mi padre o mi madre, o mejor dicho ambos, hubieran sido más conscientes, mientras los dos se afanaban por igual en el cumplimiento de sus obligaciones, de lo que se traían entre manos cuando me engendraron…” Para que algunos párrafos más adelante nos enteremos del interruptus acaecido:
         
“— Perdona, querido, dijo mi madre, ¿no te has olvidado de darle cuerda al reloj?
           
“—¡Por D…!, –gritó mi padre lanzando una exclamación, pero cuidándose al mismo tiempo de moderar la voz— ¿Hubo alguna vez, desde la creación del mundo, mujer que interrumpiera a un hombre con una pregunta tan idiota?”
           
Así que Levi acierta: “La muerte está escondida en los relojes, como decía Belli, y la infelicidad de la vida individual, de ese fragmento, de esa cosa escindida y disgregada y desprovista de totalidad: la muerte, que es el tiempo, el tiempo de la individuación, de la separación, el abstracto tiempo que rueda hacia su fin. Tristram Shandy no quiere nacer porque no quiere morir”.
          
Pero me estoy desviando…

sábado, 15 de diciembre de 2018

El globo de Pérgamo III


Recuperar el cielo
Recuperar la tierra
Envolver el mundo en ritmos de experiencia
Aprisionar el éter que se escapa
Aprisionar el aire
Con esta carne presurosa
En olas envolventes sobre el ensueño
Y la fuga de las estrellas en el momento en que iban a
contar su historia

Vicente Huidobro, Recuperar el cielo.


Dejamos anotado que un crítico literario, Crates de Malos, fue el primero en concebir una representación del mundo en forma de globo. Hemos dicho también que esto sucedió a mediados del siglo II a. C. en una ciudad que floreció en Anatolia, Pérgamo, justo frente a la isla de Lesbos —el sitio arqueológico se halla actualmente a las afueras de Bergama, en la provincia turca de Esmirna—. La ciudad alcanzó a albergar unos sesenta mil habitantes durante el reinado de Eumenes II (197-158 a. C.). Ahí se encontraba el teatro más grande de todo el orbe, con un aforo para unos diez mil espectadores, además de la única biblioteca que entonces podía competir con la de Alejandría. Fundada por el rey Átalo I Sóter, quien había gobernado unos años antes (241-197 a. C.), la biblioteca de Pérgamo pudo haber resguardado alrededor de doscientos mil volúmenes (rollos), la mayoría copiados en un material escriptóreo que según la tradición fue inventado allí mismo, el pergamino —de la piel de cordero, ternera o cabra se eliminaba el pelaje, se raspaba y se maceraba en agua con cal; luego se frotaba con yeso en polvo y se pulía con piedra—.


Teniendo siempre a Atenas como modelo, los jerarcas atálidas erigieron su biblioteca en la acrópolis de Pérgamo. “Su acervo de literatura e historia griega era profuso, pero en títulos no helenos la colección de Pérgamo era muy inferior a la de la cosmopolita biblioteca de Alejandría. Los sabios de Pérgamo eran mucho más fuertes en estudios sobre Homero, geometría, estética y crítica literaria… En Pérgamo prosperó la erudición más que la creación” (Fred Lerner, Story of Libraries).
           
Mientras dirigía la biblioteca de Pérgamo, Crates de Malos se dedicaba a su oficio (kritikos). Con razonable certeza sabemos que escribió al menos dos obras: Diorthotica, una exégesis en nueve rollos de la Ilíada, y Homerica, que “pudo haber tratado los problemas de geografía e incluso de cosmología” involucrados en las dos epopeyas homéricas. Sin embargo, debió de haber escrito muchos más estudios filológicos, puesto que entre los fragmentos que se conservan, unas trescientas páginas, encontramos comentarios acerca de otros autores clásicos, como Hesíodo, Eurípides y Arato, “pero estos pueden ser simplemente obiter dicta a sus obras sobre Homero” (Nigel Wilson, Encyclopedia of Ancient Greece). Para él y los estoicos, el conocimiento del crítico era una contraparte indispensable de la filosofía —para el estoicismo la filosofía se componía de tres disciplinas: lógica, física y ética—, y según dejó escrito uno de sus alumnos, un tal Taurisco de Trales, la crítica se componía de tres ramas: razón, práctica e investigación. Además de investigar y escribir, debatía a distancia con otro importante filólogo de la Antigüedad helénica, Aristarco de Samotracia (c. 216-144 a. C.), director de otra biblioteca, nada menos que la de Alejandría, y también Homerikos, es decir, experto en las obras de Homero. Por su puesto, ambos personajes eran archienemigos. “Crates fue el principal representante de la teoría alegórica de la exégesis, la cual sostenía que Homero tuvo la intención de expresar verdades científicas o filosóficas en forma de poesía” (Merriam-Webster's Encyclopedia of Literature). Por ello, a diferencia de Aristarco, el de Malos seguía aferrado a la vieja tradición griega según la cual la Ilíada y la Odisea eran “los libros de texto de todos los temas” (Harold Bloom, ¿Dónde se encuentra la sabiduría?).
           
Entre sus afanes por destilar de ciertos pasajes homéricos conocimientos específicos acerca de la realidad concreta destaca el que nos ocupa: su intento por demostrar que Homero sabía que el mundo, nuestro mundo, y el universo son esféricos. Hay quienes piensan que Crates echó mano también de las conjeturas y los cálculos geométricos de Eratóstenes (276-194 a. C.), sin embargo lo más probable es que, a pesar de que “investigó en muchos campos, incluida la geografía y la cosmología, este trabajo parece estar subordinado a su oficio como crítico literario, como una investigación no técnica en lugar de una investigación científica específica”
(Elizabeth Asmis, “Crates on Poetic Criticism.” Phoenix 46). El caso es que según Crates el escudo de Agamenón era una representación alegórica del cosmos (Ilíada XI, 32-40), y los diez círculos de bronce una efigie de las diez esferas cósmicas:
Cogió el impetuoso broquel, que cubre al mortal, elaborado
con arte, bello, con diez círculos de bronce en su contorno.
En el interior tenía veinte bollones de estaño
blancos y en el centro de todos uno más de oscuro esmalte.
El broquel estaba coronado por la Gorgona, de salvaje aspecto
y fiera mirada, a la que rodeaban el Terror y la Huida.
De él colgaba un áureo tahalí; sobre su superficie estaba
enroscada una serpiente esmaltada que tenía tres cabezas
entrelazadas, nacidas de un único cuello.
           
A partir de ello, “Crates buscó mapear los versos homéricos en el globo que ideó para ilustrar la teoría geográfica estoica” (Romm, J. S., The Edges of the Earth in Ancient Thought: Geography, Exploration, and Fiction). El resultado representa una división por zonas de la superficie de la Tierra: líneas ecuatoriales y meridianos, y cuatro grandes masas terrestres, es decir continentes, divididas por océanos: el Oecumene, esto es, el mundo conocido (Europa, Asia, y norte de África); el Perioeci, las tierras que debían de encontrarse en el hemisferio norte; la Antoeci, las tierras desconocidas al sur del Ecuador; y las Antipodes, las hipotéticas tierras en el otro lado del mundo. Así que, más un milenio antes del primer viaje de Colón, este erudito heleno interpretó que de este lado del mundo debía existir un continente. Hay que seguir leyendo la Ilíada