Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
Mostrando entradas con la etiqueta teatro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta teatro. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de septiembre de 2024

Electra y la tragedia capitalista

  

… un pobre está más dispuesto a hospedar que un rico.

Eurípides, Electra.

 

 

El conjuro de Electra, la de Eurípides, se inmiscuyó de vuelta por youtube. ¡Qué tragedia! Worsening Economic Inequality Yields Worsening Social Conditions (La desigualdad económica creciente genera un empeoramiento de las condiciones sociales): resulta que el profesor Richard Wolff dedicó la emisión del pasado 26 de agosto de su programa Economic Update a reseñar el reciente alcance editorial a un libro importante publicado originalmente hace quince años: The Spirit LevelWhy Greater Equality Makes Societies Stronger —existe una versión en nuestro idioma, nada fácil de conseguir: Igualdad: cómo las sociedades más igualitarias mejoran el bienestar colectivo, Capitán Swing Libros—, de Kate Pickett y Richard Wilkinson.

 

 

*

 

 

Hágase enseguida un largo intermedio porque hasta aquí va ya un dramatis personae que conviene encuadrar.

 

Hija de Clitemnestra y el rey Agamenón —“quien navegó hacia Troya con mil naves para levantar la guerra”—, Electra es hermana de Orestes, Crisótemis, Laódice e Ifigenia. Escribo es y no fue porque Electra vive: es un personaje mítico-literario de la Antigua Grecia. La referencia textual más antigua que tenemos de ella tiene casi dos mil quinientos años: se halla en Las Coéforas, la segunda de las tres obras que integran la Orestíada. Dicha tragedia, con otras casi cien de las cuales apenas conservamos siete, fue escrita por Esquilo, el mismo autor a quien debemos la pieza teatral más antigua que se ha preservado hasta nuestros días, Los persas. Esquilo nació en 525 a. C. en el demo ateniense de Eleusis y falleció víctima de un tremendo tortugazo en 455 a. C. Tres años antes se había representado por vez primera Las Coéforas, en la cual interviene Electra, la vengadora, como lo hará en las piezas homónimas de Sófocles y de Eurípides. A esta última es a la que me refiero. Ahora, este señor Eurípides, más joven que Esquilo, nació en Salamina, la isla próxima a Atenas en donde los griegos derrotaron a los invasores aqueménidas poniendo fin a la segunda Guerra Médica, en 480 a. C. Así que la coincidencia no solamente es de lugar, sino también de tiempo, porque se estima que Eurípides llegó al mundo justo ese mismo año.

 

Sobre el norteamericano Richard David Wolff (1942), en principio conviene decir que es un pensador marxista, políglota, doctorado en Economía (Yale, 1969) y profesor emérito de la Universidad de Massachusetts Amherst. Wolff ha publicado varios libros, como Understanding MarxismCapitalism's Crisis Deepens: Essays on the Global Economic Meltdown, The Sickness is the System: When Capitalism Fails to Save Us from Pandemics or Itself y Democracy at Work: A Cure for Capitalism.

 

En cuanto a los coautores de The Spirit Level, Kate Elizabeth Pickett (1965) y Richard G. Wilkinson (1943), apunto que los dos son académicos británicos: ella estudió antropología biológica en el Robinson College de Cambridge, ciencias nutricionales en la Universidad de Cornell y epidemiología en Berkeley; por su lado, él estudió historia económica en la London School of Economics, y una maestría de Ciencias Médicas en la Universidad de Nottingham —su tesis fue Socio-economic Factors in Mortality Differentials (1976)—. Pickett y Wilkinson son esposos.

 

 

*

 

 

La liga entre el programa del profesor Wolff y Electra se estableció así: al terminar la exposición del investigador marxista —en resumen, argumenta que el libro de los británicos demuestra la correlación que existe entre la desigualdad económica que necesariamente genera el capitalismo y la mayoría de los problemas sociales de nuestro tiempo— quedé convencido de que es un error no haber leído de The Spirit Level, de Pickett y Wilkinson (Bloomsbury Press, 2009). Procedí de inmediato. Hacerme del libro no fue difícil —digamos que en la red abundan generosas copias en formato pdf—. Luego del prefacio y una nota de agradecimientos, el primer capítulo de The Spirit LevelThe end of an era, inicia con el siguiente epígrafe: 

I care for riches, to make gifts to friends, or lead a sick man back to health with ease and plenty. Else small aid is wealth for daily gladness; once a man be done with hunger, rich and poor are all as one.

Euripides, Electra.

Ahora verán porque lo transcribo en inglés… Enseguida, el ensayo de Pickett y Wilkinson inicia con un párrafo que pone el foco de inmediato en el asunto que abordará toda la obra (traduzco):

Es una paradoja notable que, en la cúspide del éxito material y técnico humano, nos encontremos llenos de ansiedad, propensos a la depresión, preocupados por cómo nos ven los demás, inseguros de nuestras amistades, impulsados a consumir y con poca o ninguna vida comunitaria. Al carecer del contacto social relajado y la satisfacción emocional que todos necesitamos, buscamos consuelo en comer excesivamente, en las compras y los gastos obsesivos, o nos convertimos en presa del alcohol, de fármacos psicoactivos y drogas ilegales.

La misma tesis que defiende el doctor Gabor Maté en su libro más reciente, The Myth of Normal (Avery, 2022). Al terminar de leer este primer párrafo decidí, antes de continuar, releer Electra. Hacía años que no lo hacía. Una maravilla. El problema es que no me topé nunca con la cita textual. Primero encontré otra que aborda, casi quinientos años antes de nuestra era, la cuestión de la desigualdad; dice Orestes:

He visto a hijos de padre noble que nada son y a hijos de villanos que son hombres excelentes; he visto la miseria en el corazón de un rico y un alma grande en el cuerpo de un pobre. ¿Cómo, entonces, se puede juzgar distinguiendo rectamente entre una y otra cosa? ¿Acaso por la riqueza? Mal juez para servirse de ella. ¿Entonces por la pobreza? Pero es que la pobreza comporta una tara y enseña a un hombre a ser malo por culpa de la necesidad.

En fin, fue necesario revisar dos traducciones al inglés para encontrar el texto citado. Resulta que el epígrafe corresponde a lo que más adelante declara el Labrador de Micenas, el pobre esposo de Electra; tomo la traducción de Calvo, García Gual y De Cuenca para la edición de Gredos:

… observo que la riqueza tiene gran importancia; puede obsequiar a los huéspedes y salvar con recursos el cuerpo que ha caído enfermo. En cambio, en lo tocante al alimento diario, de poco vale: todo hombre que se sacia, sea rico o pobre, se lleva lo mismo.

No es una simpleza. En un parpadeo puede quedar descubierta la categórica verdad que expresa Eurípides muchos siglos antes de la aparición del capitalismo: mientras el exceso siga siendo nuestro objetivo, la desigualdad será nuestra condena…, fatalmente, trágicamente.

domingo, 6 de agosto de 2023

La parresia y el presidente

  

Busque parresia en el diccionario de la RAE… Encontrará:

f. Ret. Apariencia de que se habla audaz y libremente al decir cosas, aparentemente ofensivas, y en realidad gratas o halagüeñas para aquel a quien se le dicen.

Estrafalaria figura retórica: parece que el discursante habla para ofender, pero más bien lisonjea; un truco de adulador. Hoy eso significa la palabra en nuestro idioma; sin embargo, en su origen se refería a algo distinto.

 

Michel Foucault (1926-1984) señalaba que el vocablo parresia comenzó a aparecer en los textos helenos con Eurípides (c. 484-407 a. C.). Efectivamente, en Las fenicias, Yocasta y su hijo Polinices sostienen el siguiente diálogo:

YOCASTA: Bien, te preguntaré lo que deseo saber. ¿Qué es el estar privado de la patria? ¿Tal vez un gran mal?

POLINICES: El más grande. De hecho, es mayor que lo que pueda expresarse.

YOCASTA: ¿Qué es lo más duro de soportar para los desterrados?

POLINICES: Un hecho es lo más duro: el desterrado no tiene libertad de palabra.

YOCASTA: Eso que dices es propio de un esclavo: no decir lo que piensa.

POLINICES: Es necesario soportar las necedades de los poderosos.

YOCASTA: También eso es penoso, asentir a la necedad de los necios.

Cito la versión en castellano de García Gual y De Cuenca para la edición de Gredos, quienes en una nota apuntan que en uno de los parlamentos de Polinices traducen parresia, el vocablo que usó Eurípides, con la frase ‘libertad de palabra’: “la parresia… era algo fundamental en la convivencia cotidiana para un ciudadano ateniense, y una característica en la vida griega de la posición del hombre libre frente a la del esclavo o el bárbaro.”

 

Frecuentemente el vocablo griego parresia también se traduce como sinceridad o franqueza. Foucault informa que la palabra suele ser traducida al inglés como free speech y al francés como franc-parlerParresia se compone de pan y de rhesis, “todo” y “decir”, respectivamente, así que etimológicamente significa “decir todo”, y eso era para los cínicos.

 

Un alumno de Sócrates (470 - 399 a. C.), Antístenes (444 – 365 a. C.), fundó la escuela de los cínicos, y su discípulo Diógenes de Sinope (412 – 323 a. C.) fue su máximo representante. Para los cínicos, las virtudes que los sabios debían cultivar eran la insolencia, la indiferencia y la parresia, la franqueza absoluta. Para Diógenes, era obligado decirlo todo, nada de medias tintas o andarse por las ramas: soltar la sopa a bocajarro, tirar verdades a mansalva, la neta sin miramientos.

 

En su sentido antiguo, pues, la parresia no sólo no era una figura retórica, sino que estaba en la antípoda de cualquier artilugio retórico: “el hablante hace manifiestamente obvio que lo que dice es su opinión. Y hace esto evitando cualquier clase de retórica que pudiera velar lo que piensa. En lugar de eso, el parresiatés [quien se expresa con parresia] utiliza las palabras y las formas de expresión más directas que puede encontrar”, explica Foucault. Ejemplifiquemos… Durante la mañanera del jueves pasado, el presidente, aludiendo el dictamen del Tribunal Electoral que exigió al INE ordenarle “abstenerse de emitir mensajes” sobre Xóchitl Gálvez, dijo:

… quien participa en la vida pública tiene que rendir cuentas… Esto no tiene que ver con género… Ni modo que no vamos a hablar de los asuntos públicos. Uno no se puede meter con la vida privada, eso es hasta de mal gusto, pero si somos funcionarios públicos tenemos que actuar con transparencia.

Un reportero intervino: “Al decir que no se sustenta en sus méritos, sino en la decisión de un grupo de hombres, eso es lo que argumentó”.

 

Ah, pero eso… aplica para hombres y mujeres. O sea, ¿que no le decía yo a Calderón que era un pelele, espurio? Busquen en el diccionario qué es pelele, qué es espurio. O sea, si estuviese yo diciendo una mentira… Pero es sabido, es de dominio público que a ella la impulsaron como lo hubiesen hecho con cualquier hombre. No lo hicieron con… No me vayan también a sancionar porque lo voy a mencionar, a Creel, porque les pareció que Creel era muy…

“Muy güero”, intervino un reportero. El presidente negó. Otro periodista propuso algo…

 

No, tampoco, no. Fino, exquisito… ‘Fifí’, pues.

 

Ahí está: “las palabras y las formas de expresión más directas que puede encontrar”.

 

En un ensayo reciente, Hartmut Leppin, profesor de historia en la Universid Goethe de Frankfurt, ensancha la perspectiva semántica de la palabra:

¿En los debates públicos, debía valer tanto la palabra de un charlatán como la de un aristócrata bien educado? La democracia ateniense se basaba en la premisa de que así debía ser. Cada ciudadano disfrutaba del mismo derecho a hablar sobre todos los temas discutidos en la asamblea. Los antiguos griegos llamaban a esto parresia, una palabra basada en las raíces pan (todo/todos) y rhésis (decir). Los defensores de la democracia esperaban que la suma de contribuciones de muchos individuos diferentes llevara a la mejor decisión.

No sólo hablar de todo, sino que todos los involucrados en la cosa pública participen. Hoy en México cualquiera puede decir lo que le venga en gana, publicarlo, difundirlo… En los medios tradicionales abundan las mentiras, las injurias, las amenazas…, y no faltan los opinócratas que divulgan a gritos que su libertad de expresión está amenazada, sin importarles la contradicción palmaria en la que caen. Desde el poder público no se calla a nadie. Es más, a varios se les sigue pagando por mentir y golpetear —y sí, estoy pensando en varios que cobran en Canal Once—. En cambio, ¡tiempos extraordinarios!, desde la oposición no hay día en que no se quiera silenciar al presidente de la República, un señor, por cierto, respaldado por la mayoría de la ciudadanía. Andrés Manuel practica la vieja parresia griega, hablando y dejando hablar. El ágora mexicana nunca antes fue tan libre.

miércoles, 2 de marzo de 2022

Hipócritas

 


Los persas

 

El teatro es una de las muchas creaciones que debemos agradecer al genio antiguo griego. La pieza teatral más antigua que se conserva se estrenó en Atenas durante las Dionisias del año 472 a. C. Fue escrita por Esquilo, quien nació hace 2547 años. El productor de aquella primera puesta en escena fue un joven que daría su nombre al período de mayor esplendor de Atenas —el siglo de Pericles—. La obra se titula Los persas. Además de un coro de ancianos, intervienen la reina Atosa, un mensajero, el fantasma de Darío y Jerjes. Desconocemos el nombre de los hipócritas que interpretaron a esos personajes —los griegos llamaban a los actores hipócritas—.

 

 

Las artistas

 

— Fulanita Buenafacha De’Coto es una gran artista.

 

— ¿Quién?

 

— Fulanita… Seguro la conoces: salió de Jennylín-dolín McJohnson en Los fifís también cobran.

 

Desde hace tiempo, en México mucha gente llama artistas a los actores y actrices que trabajan en las telenovelas. Resulta excesivo, incluso desatinado puesto que muchos de ellos no son ni siquiera buenos histriones, ni interpretando a otras personas ni interpretándose a sí mismos. En este país hemos sido espectadores obligados de pésimas actuaciones, no sólo de políticos, también de artistas enrolados en la política. Inolvidable el regaño que pretendió asestarnos desde la pantalla chica la entonces esposa de Enrique Peña, y el limitadísimo talento de histrionisa que tuvo para ello. ¿Qué decir del lloriqueo de la señora Montijo rogando que no la enreden en el lío judicial en el que está envuelta Inés Gómez Mont? En ambos casos vimos deplorables desempeños de hipócritas contemporáneas.

 


 

Hipocresía

 

Hipocresía proviene, a través del latín hypocrisis, del griego ὑπόκρισις (hypokrisis), que quiere decir actuación, fingimiento. El vocablo griego hypocrisis se compone de hipo, debajo, y krísis, combate, juicio, decisión… El verbo hypokrisin significa pretender, interpretar un rol. E hipócritahypokrites, es alguien que actúa, que finge ser quien no es, quien aparenta sentir lo que no siente, pensar lo que no piensa. En el teatro griego, los hipócritas siempre salían a escena enmascarados.

 

 

Los conservas

 

“Como la doctrina de los conservadores de México y del mundo es la hipocresía, siempre los agarra uno de bajada”, aseveró el presidente López Obrador durante su alocución matutina del miércoles. Una generalización, por supuesto, a la que usted y yo y cualquiera podríamos enfrentar uno que otro caso que la contradiga, pero así son las buenas generalizaciones: no cubren todo el espectro que la vasta realidad suele ofrecer, pero, en general, aciertan. Aporto yo dos generalizaciones más. En México, hoy día, una persona que se asume como progresista no lo oculta, por el contrario, lo ostenta. En cambio, un conservador, se asuma a sí mismo o no como tal, suele negar serlo y, para ocultar su condición, el papel que más frecuentemente interpreta es el de neutral, realista, independiente, apartidista… Mira, yo ni con melón ni con sandía porque todos los políticos son lo mismo, pero… No soy fanática de nada, soy objetiva, pero López en sus maña-ñeras… En este sentido, la mayoría de los conservas, efectivamente, son hipócritas.

 

 

Patrañas

 

Es difícil andar mucho tiempo enmascarados, representando ser quien no es uno. En el caso de los conservas, no sólo sucede que frecuentemente les gana la corajina, además pasa que el disimulo conlleva incongruencias —entre el ser y el parecer, de entrada—, y la incongruencia es necesariamente un estado de desequilibrio. 

 

— Checa qué engaño del INE. Cada casilla en la consulta popular de 2021 costó $8,805 pesos. ¡Y ahora cada casilla para la consulta de Revocación de Mandato costará $29,692 pesos! ¡Más del triple!

 

— No tiene comparación el nivel de validez e importancia. Hay que asegurar los resultados. ¡La calidad cuesta!

 

— Celebro que te parezca importante la consulta de revocación de mandato. Seguro participarás.

 

— ¡No! Todas las consultas son patrañas.

 

 

Sepulcros

 

Milton cuenta: “Así habló el falso Enemigo, encubriendo su astucia, pues ni hombres ni ángeles pueden discernir la hipocresía, vicio invisble en el cielo y en la tierra, excepto para Dios…” (El paraíso perdido) El gran hipócrita de la tradición occidental es, efectivamente, “el falso Enemigo”, es decir, Satanás. “Porque los tales son falsos apóstoles… que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es de extrañar, pues aun Satanás se disfraza como ángel de luz…” Corintios, 11:13-15.

 

Aunque se refiere y condena la conducta, en el Antigüo Testamento no aparece la palabra hipocresía. En el Nuevo Testamento sí, 17 veces, y con la acepción actual. Siempre es pronunciada por Jesús para criticar a fariseos y escribas que, como actores de teatro, fingían probidad para la adulación pública. Richard A. Batey sostiene que Jesús y sus discípulos debieron de haber conocido el teatro griego, pues sólo así se explica el uso del vocablo (“Jesus and the Theatre”, New Testament Studies. October 1984). Herodes, nombrado rey de Judea por el Senado de Roma en 40 a. C., emprendió la construcción de varios teatros, uno de ellos, muy cerca de Jerusalem, en Séforis. Batey especula que Jesús asistió al teatro y hablaba griego. A saber. En cualquier caso, según Mateo, a Jesús de Nazaret debemos una metáfora de la hipocresía de una fuerza poética fulminante: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.” (Mateo, 23:27-28).

 

sábado, 20 de abril de 2019

El alma de la ciudad


el yo contemplaba con admiración el yo que contemplaba el yo,
es decir, un estado de extático narcisismo.
Este enamoramiento de la propia imagen se ahondó entre los atenienses,
sin duda, en razón de su triunfo sobre los persas…
Lewis Mumford, La ciudad en la historia.


Los persas, la pieza teatral más antigua que se ha preservado hasta nuestros días, se escenificó por vez primera en Atenas, durante las fiestas Dionisias, en elafebolion, mes lunar del calendario ático —marzo para nosotros—, del año 472 antes de nuestra era. Se dice fácil, pero de aquellos días para acá han pasado 2.5 milenios. La obra no se refiere a asuntos mitológicos, sino a hechos humanos y, además, contemporáneos para los espectadores —entre diez y quince mil personas— que presenciaron su estreno. El corego de aquella puesta en escena, es decir, quien sufragó los gastos de la producción, fue un joven llamado Pericles, un hombre que sería apodado El Olímpico por sus coetáneos, y quien daría su nombre al período de mayor esplendor de Atenas: el siglo de Pericles.
           

El autor de Los persas, Esquilo, fue el primero de los tres grandes trágicos griegos —Eurípides y Sófocles, los otros dos—. Nació hacia el 525 a. C. en el demo ateniense de Eleusis, y falleció a los 68 años de edad en la costa meridional de la isla de Sicilia, en Gela, ciudad por entonces gobernada por el tirano Cleandro Patareo, promotor de la lírica y el teatro. Si hemos de dar crédito a la tradición, el creador griego más importante de tragedias clásicas murió de una manera más bien cómica: de un tortugazo[1]. El célebre epitafio de Esquilo no registra los detalles del óbito, tampoco ensalza su trabajo literario —según la Suda, escribió noventa tragedias, aunque de ellas sólo conservamos siete—, pero en cambio alaba su gallardía guerrera:
Este sepulcro de Gela, la rica en cereales,
contiene a Esquilo, el hijo de Euforión, ateniense.
De su eximio valor hablarán Maratón y su bosque sagrado
y el cabelludo medo, que le conocen bien.
           
Ciertamente, en septiembre de 490 a. C., Esquilo combatió contra los persas en Maratón —a menos de 50 kilómetros de Atenas—, en donde ocurrió la batalla definitoria de la primera Guerra Médica. Los ejércitos aqueménidas venían de haber sometido la insurrección jónica —Mileto había caído en 494 a. C.—, cuando el Sha Darío I decidió atacar a las aparentemente desarticuladas ciudades-estado helenas. En Maratón, atenienses y platenses integraban las fuerzas griegas. Como bien se sabe, los griegos resistieron el embate y terminaron por derrotar a los invasores. Aquel resultado iba contra todo pronóstico; basta recordar que apenas 35 años antes, justo cuando Esquilo se apersonó en este mundo, los persas habían conseguido invadir Egipto, y sólo diez años atrás, luego de las campañas en Tracia, Macedonia y las costas del mar Negro, y después en el oriente hasta alcanzar el valle del Indo, en el año 500 a. C. el imperio aqueménida alcanzaba su máxima extensión, unos 5.5 millones de kilómetros cuadrados, para convertirse así en el más grande del orbe hasta entonces. Con todo, no pudieron con los griegos…
           
En Los persas, Esquilo no se refiere a la primer Guerra Médica, sino a la segunda, acaecida diez años después. Para entonces, el imperio aqueménida ya era reinado por el hijo de Darío, Jerjes. Fue él mismo quien se puso al frente de sus huestes para ir a subyugar a los obstinados griegos. Los persas cruzaron el Helesponto, hoy Estrecho de Dardanelos, es decir, pasaron de Asia a Europa, para entonces recorrer Tracia y Macedonia hacia Tesalia; a su paso, todas las ciudades fueron sometidas. Después de vencer en la célebre batalla de Termópilas, el masivo embate persa avanzó hasta llegar a Atenas. Jerjes encontró la ciudad despoblada: los atenienses y sus aliados se habían ido a refugiar en la isla de Salamina, en el golfo Sarónico. Luego de saquear Atenas, los persas acometieron la persecución, y fue en los estrechos costeros de Salamina en donde la flota helena logró la espectacular derrota de los orientales. Jerjes regresaría humillado a la ciudad capital de su imperio, Sousa, a unos 700 kilómetros de la actual capital de Irán, Terán.
           
El extraordinario filólogo helenista Carlos García Gual sostiene que en Los persas Esquilo no celebra la victoria de los griegos en Salamina, sino que reflexiona sobre la catástrofe de los persas. Se trata de una muestra de “la generosidad espiritual de los griegos: va a hablarnos no de los vencedores, que son ellos, sino de los vencidos, y va a insistir en las ideas del terror y la compasión”.
           
De acuerdo, Los persas es un largo treno a un héroe trágico, Jerjes. Pero también es otra cosa: un encomio a la ciudadanía, la fuerza de la gente que hace la ciudad. La reina Atosa, madre de Jerjes, cuestiona al mensajero sobre lo que está sucediendo del otro lado del mar; desea saber si al fin Atenas, después del saqueo, fue destruida por el ejército comandado por su vástago. Esquilo hace que el mensajero responda que no, porque “mientras hay hombres, eso constituye un muro inexpugnable”.




[1] Se cuenta que el oráculo había vaticinado a Esquilo: “Morirás aplastado por una casa”. Entonces el trágico decidió abandonar Atenas. Se fue a vivir a las afueras de la ciudad de Gela, a una humilde choza. Caludio Eliano (c. 175-235), erudito romano que vivió bajo los auspicios de Julia Domma, esposa del emperador Septimio Severo, cuenta en su De natura animalum lo que ocurrió entonces: “Las águilas que apresan a las tortugas de tierra y las arrojan desde lo alto y las estrellan contra las rocas y, quebrando así su caparazón, extraen la carne y la comen. Justo de esa manera tengo entendido que acabó la vida… aquel poeta autor de tragedias. Esquilo estaba sentado sobre una roca, discurriendo, creo yo, y escribiendo sus temas habituales. No tenía un pelo en la cabeza, pues era calvo. De ahí que el águila, figurándose que la cabeza era una roca, soltó y arrojó contra ella la tortuga que tenía entre las garras. Y el disparo acertó a dar al citado varón y lo mató”.

domingo, 18 de enero de 2015

Cándido optimismo

En pocas palabras,
a menor superstición, menos fanatismo;
y a menor fanatismo, menos miseria.
Voltaire, Diccionario filosófico.

Durante los últimos días, François Marie Arouet (1694-1778) me ha pasado varias veces por la cabeza. Desde miércoles, el querido Voltaire ha sido traído a cuento en todo el mundo. Tan pronto comenzó a difundirse por el globo aldeano que el ataque a las oficinas de la revista Charlie Hebdo había sido perpetrado por un comando de fundamentalistas islámicos, cientos de miles de personas, ya en los medios masivos tradicionales, ya en las internáuticas redes sociales, se pusieron a citar: “No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Por supuesto, un aserto del todo pertinente, y de hecho sin duda alguna volteriano, sin embargo, una cita apócrifa, toda vez que el parisino jamás la escribió. La frase fue acuñada por una escritora inglesa, Evelyn Beatrice Hall, quien la publicó en 1906 en su libro The Friends of Voltaire, una biografía del filósofo francés. Lo que sí debemos a la pluma de Voltaire es una obra de teatro que, nada más por el título, seguramente en la actualidad le hubiera costado de menos una amenaza de muerte: El fanatismo o Mahoma. La pieza data de 1739 y fue puesta en escena tres años después en la Comédie Française, para luego ser prohibida. Pero cuidado, la tragedia aludida no es un repudio al Islam; tampoco puede decirse que la postura del incansable autor frente a dicha religión se limite a lo que en esa obra se expresa. Juan Goytisolo sintetizó atinadamente el asunto: “Su apreciación de Mahoma, en cuanto fundador de ‘una religión sabia, severa, casta y humana’, no obsta para un persistente rechazo a su figura. La inmensidad del corpus doctrinal volteriano contiene infinidad de facetas y se presta a contradictorias lecturas”.

El semanario de cartones Charlie Hebdo había sido amenazado mucho tiempo antes por grupos extremistas islámicos. Los moneros del impreso no pararon de hacer mofa del Islam, pero no solamente. En diversas ediciones habían criticado ácidamente a católicos y judíos también. Data de hace más de 250 años el siguiente diálogo escrito por Voltaire: “— Y es cierto que en París se ríe la gente de todo? — Verdad es; pero se ríen rabiando; se lamentan de todo a carcajadas y riéndose se cometen las más detestables acciones”. En la siguiente edición de Charlie Hebdo se lee en la portada: Urgente. Se buscan 6 dibujantes.



— ¿Qué es el optimismo? –dijo Cacambo.
— ¡Ah! –respondió Cándido–, es la manía de sustentar
que todo está bien cuando todo está mal.
Voltaire, Cándido.

Yo ya traía en mente a Voltaire desde el Día de Reyes. En la prensa, además de los muertos de Apatzingán, me topé con un par de notas que pintan la situación que perdura en Guerrero. La primera: desde temprano se dio a conocer que en cinco fosas clandestinas localizadas en el municipio de Chilapa de Álvarez fueron hallados diez cadáveres humanos, y en otra, once “extremidades cefálicas”, como ahora mientan a las cabezas en los boletines oficiales. “¿Cree usted que en todo tiempo se hayan degollado los hombres como hacen hoy, y que siempre hayan sido embusteros, alevosos, pérfidos, ingratos, bribones, volubles, cobardes, envidiosos, glotones, borrachos, codiciosos, ambiciosos, sanguinarios, calumniadores, disolutos, fanáticos, hipócritas y necios?”, cuestiona el protagonista de la última noveleta que Voltaire escribió (1759): Cándido o El optimismo. Martín, el personaje que a la postre terminará dando voz a la ética del autor, contesta con otra pregunta: “¿Cree usted que los milanos se hayan siempre engullido las palomas cuando han podido dar con ellas?” 

La segunda información periodística, una nota de color intenso sobre el desbarajuste por el cual transitamos: ese mismo día, Patricia, una joven chimpancé, se escapó del zoológico de Chilpancingo, y anduvo deambulando por calles y techos de la capital del estado durante más de dos horas. La violencia y el desorden cunden. ¿Cómo mantener un mínimo de esperanza?

Cándido —un personaje que ahora que releo la narración volteriana me parece casi un Forrest Gump dieciochesco— es educado por Pangloss, un perceptor de pacotilla que Voltaire inventa para burlarse despiadadamente de Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), en particular de su concepción de que este que vivimos es el mejor de los mundos posibles. La postura del filósofo alemán, desarrollada en su influyente obra Ensayos de Teodicea sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal (1710), será etiquetada como optimista. El protagonista, luego de que ambos vivan espantosas y disparatadas experiencias, lo confrontará:
“— Y, pues, amado Pangloss, cuando se vio usted ahorcado, disecado, molido a palos y remando en galeras, ¿pensaba que todo iba perfectamente?“— … al fin soy un filósofo, y un filósofo no se ha de desdecir, porque no se puede engañar a Leibniz, aparte que la armonía preestablecida es la cosa más bella del mundo, no menos lleno y la materia sutil.” “Si este es el mejor de los mundo posibles, ¿cómo serán lo otros”, se queja Cándido.
Por mi parte, pienso que hay situaciones en las cuales el único margen racional que le queda al optimismo es pensar que la gente no tardará en hartarse de que le vaya tan mal y haga algo al respecto.

sábado, 4 de septiembre de 2010

El filósofo declara

Desde la pelona hasta las suelas, un par de filas abajo de nosotros, con toda su apabullante sapiencia el sociólogo Roger Bartra reía.
PROFESOR: En la Academia predomina la disfunción eréctil. Cinco de cada tres miembros la padece.
ESPOSA: ¿Cinco de cada tres?
PROFESOR: Tienen un sobrante metafísico, para penes futuros. Penes que aún no reclutan.
El montaje apenas llevaba unos pocos minutos y todos los que integrábamos el afortunado respetable, menos de cien personas, ya estábamos a tono: se nos venía encima una catarata de ironía…
ESPOSA: Está en silla de ruedas. Dispone de perfecta invalidez para entrar a la Academia.

Viernes de la semana pasada, noche de estreno en el Teatro de Santa Catarina, el pequeño gran foro que la UNAM tiene en Coyoacán. El filósofo declara, la más reciente pieza dramática de Juan Villoro (Ciudad de México, 1956). Palos al acartonado mundo de la academia universitaria, pero también cubetazos de ácida agudeza al pachorrudo México Bicentenario y su clase gobernante:
PROFESOR: Vivimos en un país experimental. Los mandatarios abren un libro y sienten vértigo. Padecen laberintitis ideológica. Les preguntan cuáles son sus convicciones, qué ideas defienden, qué marco teórico los respalda y sienten que la tierra se abre.
Entre el público, algunos escritores, Carmen Boullosa toda de negro y el propio dramaturgo, que no perdonó ni a los de su estirpe:
PROFESOR: … Los escritores son de una vanidad abyecta. Odio las novelas, ese bazar de lo concreto. Para leer filosofía en alemán basta conocer conceptos. Para leer literatura en alemán hay que saber cómo se dice pus.

Y en el escenario, la artistiada, un reparto de primera: el Profesor es interpretado por Arturo Ríos (Entre Pancho Villa y una mujer desnuda); como su esposa, Pilar Ixquic Mata (Arráncame la vida); Emilio Echevarría (Amores Perros) encarna a Bermúdez, el Presidente de la Academia Mexicana de Filosofía; como Pilar va Fabiana Perzabal (Bienes raíces, Once TV), y Edgar Parra le da vida al Chofer. Todos dirigidos por Antonio Castro. Teatreros netos…


PROFESOR: … Además, ¡sí soy prejuicioso! En natación dominan los blancos y en basquetbol los negros. ¿Crees en Darwin? La filosofía no es para las especies menores. ¡O eres guatemalteco o eres metafísico! No se puede ser las dos cosas. Cometí el error de ser filósofo en un país en donde la mente se corrige a balazos.
Muy propia, en la primera fila, pegadita a los histriones, toda fashion ella, Denise Maerker se ocupaba en mostrar cómo se divierten los famosos recatados, mientras arriba, hasta el fondo, a carcajada batiente un par de escandalosos que no he visto nunca en la tele irrumpía constante: ella, lentes de pasta CK, a cada estertor catapultaba desde la butaca toda su alegría. En el escenario, mirando a un falso horizonte, el Profesor recuerda Aguascalientes: Los atardeceres del desierto tienen un tono violáceo. Al fondo, los cerros se cubren de sombras azules.

El filósofo declara es una pieza teatral en dos actos. Un divertidísimo pinponeo de diálogos mordaces. Una sátira tramada a brincos entre las grandes abstracciones, ésos conceptos que se escriben con mayúsculas, en la que Villoro integra hábilmente recursos del thriller y del teatro de enredos. Pero, ciertamente, ni cómo negarlo, para desternillarse a gusto, el espectador ocupa mínimo prepa, y bien cursada…
PILAR: Sí. Wittgenstein le enseñaba a Russell…
PROFESOR: Al revés.
PILAR: Perdón, vas a creer que soy una ignorante. No sé mucho de filosofía.
PROFESOR: Nadie sabe mucho de filosofía.
ESPOSA: Salvo su eminencia.
PROFESOR: La filosofía no es algo que se sepa mucho, es un modo de pensar.
Al igual que en su primera obra de teatro publicada, Muerte parcial, que también se estrenó en el Santa Catarina, Juan organiza en el tablado un inteligente juego de matrioskas, en el que en una representación teatral encierra a otra… Desconfía de las apariencias, reverbera a cada rato el montaje. La realidad no pasa de ser un sitio en el que se bebe Fanta. Con todo, de todas las caras de la pieza, me quedo con la única luz que deja ver dentro de la caverna…
ESPOSA: ¿Sigues trabajando en la división mente-cuerpo?
PROFESOR: La he trabajado con usted.
Y sí, quizá la matrioska más pequeña de El filósofo declara, la que está oculta por todas las demás, sea sencillamente la renovación de una apuesta muy vieja, quizá la única por la que siga valiendo la pena arriesgar todas las canicas.
PROFESOR: Los afectos valen más si son escasos. Si digo que te quise eso significa mucho más que si lo dices tú.
BERMÚDEZ: Claro, porque eres un ojete.
PROFESOR: El afecto de un ojete vale más.
Obscuridad, aplausos. Al término, vino de honor en vasitos de plástico… y Fanta de naranja. Ni Bartra ni Villoro, otro sociólogo, subraya: A pesar de todo, quedan oasis en este país… ¡Y pensar que la mayoría prefiere ir a ver El pelón en sus tiempos de cólera!

viernes, 28 de mayo de 2010

Compasión en la Caja Negra

“Todos fuimos indios o vaqueros en otra vida. Es una experiencia obligatoria en la evolución del alma humana”. En estricto sentido, una afirmación irrebatible. ¿La pronunció él o fue ella? El caso es que lo escuchamos todos. Todos éramos los 45 afortunados que esa noche de un viernes infernal logramos entrar a la Caja Negra del Centro Universitario de Teatro (CUT). No nos costó un quinto. Eso sí, hubo que llegar al CCU desde las siete y cuarto de la noche, cruzar el área de los teatros, pasar la Sala Netzahualcóyotl y formarse.

El público ingresa al recinto para, ningún telón de por medio, topárselos: prácticamente sin ningún soporte escenográfico, diez actores en escena. Tres varones. Siete mujeres. Ana María Aparicio, Esmirna Barrios, Raúl Briones, Katia Castillo, Sabina Cobos, Miguel Pérez, Abril Pinedo, Mariano Ruiz, Carla Soto y Yosahandi Vega.

El espectáculo escénico: Desierto bajo escenografía lunar, una concepción del dramaturgo Alberto Villarreal Díaz (Ciudad de México, 1977). “Yo no debo comenzar. Cuando comienzo suelo sonar a finales..., desde el principio”. El primer parlamento. ¿Quién habla? Una mujer que en otra vida fue una estrella secundona de cine mudo de Jallywood. El diálogo inicial de la obra, entre un él y una ella, los dos lanzados por los otros al primer término del proscenio: aterrados, él fuma, ella tiembla. “Yo termino cosas y no empiezo ninguna”. ¿Fobia a las aperturas? La pieza teatral, según su autor, fue pensada como “un amuleto creativo que acompañe la vida actoral de la generación 2006-2010 del CUT”. Entonces, ¿clausura escolar o albores profesionales? Ambos: igual que todos, estamos, mientras estamos, atrapados entre un principio que no determinamos y un fin que nos llegará de sopetón. Los diez chavos, espléndidos; magnífico despliegue de capacidades actorales que, me late, sólo permite el hambre de hacerse un hueco: “¡Quiero un mundo inconsolable por mi desaparición!”, desgarrador, el bramido con el que cierra el primer tramo quien fuera actriz secundona... ¿De qué va entonces la puesta en escena? Probablemente de la monserga de los paréntesis de principio y fin impuestos entre los cuales transitamos...

Con enorme acierto, el espectáculo intercala piezas coreográficas de inteligente factura (la asesoría dancística corre a cargo de Irma Montero), ejecutados muy bien, incluso en un caso (la chica 144) extraordinariamente. Ya desde el primer bailongo, un sabroso danzón, casi se llega a rozar el paroxismo. Después del zapateado, un monólogo: la historia de la primera niña nacida en la luna. Fisgona, la escuincla posee un telescopio para mirar la Tierra. Entre sus juguetes, muñecos de indios y vaqueros..., y claro, hay un indio que se enamora de una vaquerita rubia y de buen cuerpo. ¿Pero para qué contar el cuento? “Todo el mundo ya se sabe los finales.”

Después un canto-baile (Piggies, de George Harrison) pendular entre lo grotesco y lo festivo: el disfrute de la bobería en bola, realzado por la presencia de un testigo ajeno al jolgorio, con el bastón al piso y la tristeza aparcada en el rostro. Crece entonces un ramal estupendo: un dialogo entre un director de cine y una actriz, continuamente interrumpido por sendos monólogos que como muñecas rusas van apareciendo uno dentro de otro. Los histriones aquí se lucen de lo lindo, sobre todo ella: los espectadores vemos actuar entonces a una chava recién egresada del CUT interpretando a un actriz sobreactuada que luego actúa una escena de una película disparatada, que no acaba porque, ahora sí franca y ella misma, la actriz interpretada no la intérprete, narra: “Yo escribí un cuento lunar...” El relato se refiere a la primera niña nacida en la luna, y entonces uno, lento, comienza a atisbar que el relajo teatral que presencia no es un ocurrente apilamiento de buenas puntadas, sino que los tramos forman parte de un mismo camino..., aunque quizá éste sea circular.

No puedo asegurar que el canto que a continuación interpretan los siete actores sea un himno soviético, a eso suena, pero cambio sí puedo decir que lo que los espectadores observamos es un cartel animado con toda la estética del realismo socialista. ¿A quién cantan mirando al cielo? ¿A quién buscamos allá arriba?

Dos mujeres hablan de dios. Una de ellas conversa con él, la otra no y por eso le pide que le transmita un mensaje. Quizá dios no la quiera escuchar porque ella lo juzga: “Él cree que todo el mal que hacemos lo hacemos para molestarlo. Es paranoico”. Con todo, le pide a la otra: “Quiero que le digas que lo comprendo”. Y aunque queda mucha puesta en escena por delante, uno puede preguntarse, mientras los histriones bailan una suerte de tango frenético, ¿de qué va entonces todo esto? Probablemente de la compasión. Mucho teatro más adelante, la lunática les dirá a todos, nos dirá: “Todos ustedes ya se odiaban de otras vidas”. Indios y vaqueros vistos desde la luna.

viernes, 25 de septiembre de 2009

La muerte parcial de usted mismo

Cuenta Juan Villoro que en septiembre de 1985, ¡hace ya casi un cuarto de siglo!, luego de participar en una de las tantas y tantas brigadas de rescate que se organizaron en el abatido Distrito Federal, lo asaltó una tentación en forma de pregunta: ¿qué sucedería si no regresara a casa y me dieran por muerto? Villoro no cedió ante el arrebato de plantarle un punto final artificioso a su propia biografía; regresó a casa y se encarriló de nuevo en su vida. Pero el asunto no quedó allí: varios años después escribiría una pieza dramática a partir de aquella interrogante, Muerte parcial (Ediciones El Milagro, 2008).

De por sí, al Teatro de Santa Catarina hay que llegar temprano. El oasis ideado hace cuarenta años por el escenógrafo Alejandro Luna y la actriz Olga Martha Dávila, originalmente llamado Teatro Coyoacán, únicamente dispone lugar para ochenta espectadores. Súmale que aquella tarde era una de las últimas funciones de una corta temporada, y agrégale que a Villoro no le faltan seguidores. Cerezota en el pastel: era jueves, lo cual se traduce, ¡viva la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM!, en que la entrada costaba 30 pesitos. Un lujo, pues. Por eso llegamos dos horas y media antes. Terceros de la fila, relevos para cruzar Francisco Sosa e ir a tomar algo en la cafetería de la casa de la cultura Jesús Reyes Heroles, lectura agradable bajo un cielo encapotado que jamás pasó de la amenaza..., total que fuimos recompensados: afuera se quedaron por ahí de veinte millones de residentes de la Megaloca capitalina, entre ellos más de cien personas que no alcanzaron boleto; adentro, nosotros, los afortunados. En justicia, podría ensalzar la dirección escénica de Regina Quiñones, no escatimar adjetivos halagüeños para calificar las dotes histriónicas de don Fernando Becerril y Violeta Sarmiento, subrayar el tino del diseño sonoro de Nicolás Cruz y de la iluminación de Lydia Margules..., pero no, me aguanto, para limitarme a decir que el resultado, la ensambladura de recursos y talentos, una coproducción del INBA y la UNAM, logró el efecto teatral que Juan Villoro traza en su obra: el montaje de un montaje dentro del cual ocurren varios montajes... A ver, barajeo los naipes más despacio.

El dramaturgo explica: “Muerte parcial trata de dos accidentes, uno real y otro imaginario. Un grupo de montañistas estuvo a punto de perder la vida. Ese sobresalto, esa situación límite, les hizo pensar que no valía la pena continuar con las burdas existencias que llevan. Decidieron entonces poner en escena otro accidente, para que los dieran por muertos y pudieran adoptar nuevas vidas.” Es decir, que en punto de las ocho de la noche comenzó una función de teatro, durante la cual nosotros, los espectadores que pagamos una módica cuota, presenciamos cómo un puñado de gente, los personajes interpretados por un grupo de buenos actores, representaban a su vez una puesta en escena. Pero el embuste no para ahí: al menos la mitad de los integrantes del grupo de falsos occisos interpreta un sainete particular, cada cual el suyo, para embaucar al resto: a los demás personajes y a nosotros. “La pieza oscila entre lo real y lo fantástico –explica Juan Villoro-. En su intento por convertirse en otros, los personajes asumen su destino en distintas claves. Irónicos o realistas, paródicos o delirantes, todos teatralizan su personalidad. Surge entonces la pregunta: ¿en verdad podemos ser actores de nosotros mismos?”


Hace unos días, en la Cineteca Nacional, se estrenó Naco es chido, el largometraje de Sergio Arau que, “basado en hechos más o menos reales”, narra el reencuentro del grupo ochentero de guaca rock Botellita de Jerez. Arau no solamente dirige la producción, también actúa interpretando al Uyuyuy; como el Mastuerzo, claro, va Francisco Barrios, y Armando Vega-Gil como el Cucurrucucú. Es decir, cada quien representa a cada cual. No he visto la película, pero hace unas semanas me tocó en suerte ver un documental sobre la cinta, en el cual aparece una serie de entrevistas a los botellos, vestigios arqueológicos del siglo pasado. Armando relata que cuando vio por primera vez el film se desconcertó, sobre todo cuando se observó a sí mismo: yo no soy así, reclamó. Su conclusión entonces me pareció una buena puntada, pero después de ver Muerte parcial pienso que más bien describe certeramente la enorme ingenuidad con la que todos andamos por la vida. Recuerdo que el Cucurrucucú dijo algo así: “Soy tan mal actor que ni siquiera puedo actuar como yo”.

Bien pensado, no sólo cada mañana sino a cada momento, uno está emplazado a encarrilarse de nuevo en el papel que creemos estar interpretando. Los cambios de rol que nos vemos obligados a realizar a lo largo de la función son tantos, que la vida entera resulta eso, una acumulación de muertes parciales.

domingo, 26 de octubre de 2008

La torre del caimán

Paréntesis dominguero (mañana regreso a la lista de algarabía..., espero). Acabo de leer un par de obras de teatro de Hugo Hiriart (1942), dramaturgo y filósofo mexicano de inteligencia pantagruélica: La torre del caimán y Rosette se pronuncia. Ambas obras pensadas inicialmente, según explica el propio Hiriart en el prólogo del libro, para ser montadas con títeres. De las dos piezas, me quedo con La torre en el caimán, escrita en verso; una historia divertida, fina y, oculta en el humor, de alcance mítico.

Además, la edición de almadía es excelente, como todos los libros que han publicado últimamente.