El
doctor Georg Groddeck (1866-1934), de quien Sigmund Freud (1856-1939) tomó el
término del ello, además de tratar psíquicamente padecimientos psicosomáticos
en su sanatorio de Baden-Baden, se dio tiempo para escribir una divertida
novela: Der Seelensucher.
La
historia de la primera edición de El buscador de almas tiene ella misma
algo de novelesco. En la correspondencia entre Georg Groddeck y Freud puede
seguirse, casi paso a paso, el accidentado recorrido que llevó al libro de
Baden-Baden a las prensas austriacas en 1921.
En
octubre de 1919, Groddeck había enviado a Freud el manuscrito de lo que él llamaba,
con deliberado humor, una “novela psicoanalítica”. Para entonces, el texto ya
había recorrido varias editoriales, pero siempre regresaba con la misma
respuesta: un agradecimiento cortés acompañado del rechazo definitivo. Groddeck
había perdido prácticamente toda esperanza de verla publicada, pero un buen día
se animó a pedirle a Freud que la leyera antes de que el manuscrito
desapareciera definitivamente en el olvido. Freud leyó la novela y además le
gustó. En febrero de 1920 le escribió que se había divertido enormemente con
algunos pasajes y comparó su vena humorística con la de los antiguos humoristas
ingleses e incluso con el Quijote de Cervantes. Advertía, eso sí, que no sería
una obra fácil de digerir para el gran público. Y le hizo una primera
sugerencia editorial a Groddeck: quizá, en vez de Una novela psicoanalítica,
convendría buscarle “un título menos estrafalario”.
Pero
publicar la novela no dependía únicamente del gusto literario de Freud. La
posguerra había escaseado y encarecido el papel hasta extremos absurdos. En
abril el doctor Freud le dijo a Groddeck que, si hubiera dinero y papel, la
editorial psicoanalítica podría poner fin a las andanzas de la novela. Un mes
después fue más preciso: para unas veinte hojas y una tirada de mil ejemplares
calculaba un costo de unos veinte mil marcos. Además, propuso un título un poco
más sobrio: Thomas Weltlein. Una novela psicoanalítica.
Groddeck
aceptó de inmediato. El 21 de mayo consideró que Thomas Weltlein. Una novela
psicoanalítica era “un título sencillo y acertado” y, sobre todo, celebró
que Freud estuviera dispuesto a considerar la publicación en la Editorial
Psicoanalítica. El dinero para el papel, escribió, podría conseguirlo gracias a
sus amigos, especialmente en Holanda; incluso calculaba que entre sus conocidos
habría “unos cientos de compradores”.
Sin
embargo, el título todavía no estaba decidido. Después del Congreso de La Haya,
Groddeck escribió a Freud preguntándole si Otto Rank (1884-1939) le había
comunicado “el título que ha encontrado para la novela”. Era El buscador de
almas. La propuesta provenía, pues, de Otto Rank, y Groddeck la recibió con
entusiasmo. No era un título arbitrario: en el primer capítulo había
incorporado la historia de una silueta que Thomas Weltlein llamaba precisamente
“el buscador de almas” y que, según explicaba, dominaba toda la novela; esa
figura terminaría apareciendo incluso en la portada del libro.
Freud
aprobó la intervención de Rank. En noviembre le escribió a Groddeck que
compartía “plenamente” su opinión respecto del título y que ya se estaba
preparando una portada. La novela, finalmente, había encontrado casa editorial.
El
último obstáculo fue también material. En noviembre Freud todavía esperaba que
aquella “obra herética” pudiera confiarse a la editorial; Groddeck, por su
parte, seguía temiendo que sus extravagancias hicieran fracasar el proyecto. A
finales de diciembre de 1920, sin embargo, el libro ya era una realidad
tangible. Groddeck recibió el ejemplar de prueba y quedó encantado con la
encuadernación, la impresión y la presentación. “Me alegra mucho ver a ese loco
tan bien vestido”, escribió. Sólo faltaba saber qué diría el mundo de la novela.
Así
nació El buscador de almas: después de los rechazos de varias
editoriales, de una negociación en la que participaron Freud y su editorial, de
una colecta informal entre amigos para vencer la escasez de papel y,
finalmente, gracias a una ocurrencia de Otto Rank, quien ideó el título de una
de las novelas más singulares de la literatura alemana.
Bueno,
y a todo esto, ¿de qué va El buscador de almas de Georg Groddeck? En una
carta firmada por Otto Rank y Sigmund Freud y fechada en febrero de 1921
podemos leer: “Cuando se pregunta por la tendencia de la novela, se la podría
calificar de científica. Lo que debe despertar es una fuerte impresión sobre la
pasividad de la vida consciente y su dependencia de un inconsciente enigmático
que ejerce su influencia en la oscuridad: para ello se expresan, a la par,
otras ideas favoritas del autor, que en su actividad científica y médica, en
cierto modo, ha querido romper las barreras entre lo orgánico y lo espiritual”.

