Una
cosa singular, en efecto, se esfuerza por perseverar en su ser en cuanto de
ella depende y no del tiempo, sino de la potencia misma de la cosa.
Spinoza,
Ética demostrada según el orden geométrico.
Un
cuarto de siglo después de haber escrito su Proyecto
de psicología, Sigmund Freud (1856-1939)
publicó Más allá del principio del placer (1920). Con este ensayo inaugura
la última fase de sus concepciones metapsicológicas —eleva la compulsión de
repetición al rango de pulsión, introduce la oposiciónpulsional vida-muerte, aparecen los indicios de su modelo estructural—. Freud
inicia recordando que el psicoanálisis tiene el postulado de que los procesos
psíquicos están guiados por el principio de placer, y que la vida psíquica
funciona como un sistema de cargas y descargas: cuando aumenta la tensión o la
saturación interna, hay displacer; cuando esa carga se reduce o se descarga, se
produce placer. Así, los procesos anímicos tienden a disminuir la acumulación
de tensión de energía psíquica y a restablecer la estabilidad al nivel más bajo
posible de excitación. El planteo, apunta el propio doctor Freud, coincide con el
principio de constancia dado a conocer en 1873 por el psicofísico Gustav
Theodor Fechner (1801-1887): todo proceso psíquico tiende a mantener la
excitación o tensión en un nivel constantemente bajo o, al menos, estable. Y,
claro, el principio establecido por Fechner no surgió en el vacío; por el
contrario, se inscribe en una tradición científica y filosófica que buscaba
leyes de equilibrio en los sistemas.
Apunto
una verdad de Perogrullo: los tres modelos —Herbart, Fechner y Freud— parten necesariamente de la conceptualización previa
de algo, de un ámbito interior. Por supuesto, la noción de un espacio psíquico
o mental diferenciado del mundo exterior existía mucho antes del siglo XIX. De
hecho, es una de las nociones más antiguas de la filosofía occidental. Sin
embargo, la conceptualización de ese ámbito como un sistema dinámico regido por
leyes mecánicas y mesurables es, claro, producto del pensamiento científico.
Mecánica
de las representaciones
Justo
en el puente que comunica a la filosofía con la ciencia, el filósofo Johann
Friedrich Herbart (1776-1841), discípulo de Fichte y heredero
de la tradición crítica kantiana, dio a conocer su teoría de la mecánica de las
representaciones en su obra Psicología como ciencia, fundada de nuevo sobre
la experiencia, la metafísica y las matemáticas (1824-1825). Título
significativo, ¿no? En él aparecen las palabras “ciencia” y “metafísica”,
“psicología” y “matemáticas”. Herbart postula que las representaciones son
fuerzas reales que luchan por acceder a la conciencia del sujeto, pero que,
cuando son incompatibles o excesivas, se inhiben entre sí, y aquellas que no
logran superar un determinado umbral caen al ámbito de lo inconsciente, donde
continúan ejerciendo cierta presión. Herbart describe un sistema dinámico de
atracción e inhibición de representaciones que tiende a un estado de equilibrio
estático, un punto de reposo en el que las fuerzas se anulan o se combinan
armónicamente. La diferencia respecto del principio de constancia de Fechner es
que Herbart concibe un modelo cualitativo y binario, mientras que Fechner, como
lo hará Freud, incorpora una cantidad de excitación que debe mantenerse en un
nivel constante o bajo, independientemente de la cualidad del contenido
representacional. Además, en tanto Herbart describe un sistema de fuerzas entre
contenidos representacionales que compiten por la conciencia, Fechner introduce
una lógica energética centrada en la regulación cuantitativa de la excitación y
su reducción.
Medio
ambiente / medio interior
Durante
su primera etapa magisterial en el Collège de France, Claude Bernard
(1813-1878) se esforzó por establecer la medicina experimental: “Buscar,
mediante la experimentación, la explicación de los fenómenos de la salud y de
la enfermedad, y deducir de ello los medios de acción” —palabras de Albert
Dastre (1844-1917), discípulo de Bernard, y compilador y editor de la obra de
su maestro—. En una segunda etapa, primero en la Sorbona y después en el Muséum
d’histoire naturelle, se enfocó en las bases de la fisiología, y tras varios
años logró fijar sus teorías en el curso de 1876. Bernard inicia la lección de
apertura explicando la tesis de que todas las manifestaciones de la vida
resultan de un conflicto entre la sustancia viva organizada y el medio en el
que habita. La idea anterior hoy puede parecernos muy simple, incluso una
obviedad. Sin embargo, es una obviedad aparente, entenderla así revela hasta
qué punto nuestra concepción contemporánea de la vida —originada en el
pensamiento racional cientificista— descansa sobre un paradigma que Bernard colaboró
a cimentar.
Las manifestaciones de la vida requieren condiciones externas adecuadas y relativamente constantes… Estas condiciones del medio ambiente son tan necesarias como las condiciones internas de la sustancia viva… La vida resulta de la interacción —o conflicto— entre un factor interno y otro externo… Esta idea refuta las antiguas teorías vitalistas que atribuían la vida exclusivamente a un principio interno.
Enseguida
detalla que mientras que los organismos más simples, los unicelulares, están en
contacto directo con el medio exterior, “los organismos más complejos poseen un
medio interior que actúa como intermediario”. Esta noción, el medio
interior o milieu intérieur, resultará uno de los pilares conceptuales
de la comprensión occidental moderna de una amplia gama de fenómenos.
Homeostasis
El
fisiólogo norteamericano Walter Bradford Cannon (1871-1945) dedica el primer
capítulo de su libro de 1932, The Wisdom of the Body, a Bernard y su
idea de milieu intérieur. Para entonces, ya había acuñado el poderoso
concepto de homeostasis: en 1926, en un artículo publicado en el libro À
Charles Richet: ses amis, ses collègues, ses élèves —Physiological
Regulation of Normal States: Some Tentative Postulates Concerning Biological
Homeostatics— propone el concepto como una ampliación y sistematización de
la noción del medio interno de Claude Bernard:
La palabra misma, homeostática, se inventa para sugerir la tendencia de los sistemas orgánicos a mantener un estado constante. Los procesos fisiológicos coordinados que mantienen la mayoría de los estados estacionarios en el organismo son tan complejos y peculiares de los seres vivos, que he sugerido una designación especial para estos estados, homeostasis. La palabra no implica algo fijo e inmóvil, un estancamiento. Significa una condición —una condición que puede variar, pero que es relativamente constante.
La
insistencia de Cannon en que no es “algo fijo e inmóvil” —something set and
immobile—, sino una condición dinámica es clave para distinguir su concepto
de las nociones previas. Homeostasis designa una tendencia, la dirección
de uno o varios procesos, no un estado. Tres años después, en otro artículo —Organization
for Physiological Homeostasis— insiste:
Las condiciones constantes que se mantienen en el cuerpo podrían denominarse equilibrios. Sin embargo, esa palabra ha adquirido un significado bastante preciso cuando se aplica a estados físico-químicos relativamente simples, en sistemas cerrados, donde fuerzas conocidas se balancean.
Homeostasis no
significa, pues, equilibrio, sino propensión a la estabilidad.
… y sin
embargo, se mueve
En
el fondo, lo que une a Herbart, Fechner, Bernard, Cannon y Freud es la
intuición de que la vida no puede entenderse sin una referencia a la
constancia. Pero esa constancia no es inmovilidad, es propensión; no es
equilibrio, sino esfuerzo de regulación. Freud, al tomar de Fechner el
principio de constancia y hacerlo empuje del placer y del displacer, muestra
que el aparato anímico, como todo el cuerpo, se define por su capacidad de
mantener un rumbo en medio de la tormenta, la tormenta que comienza cuando
nacemos y, quizá, termina con el último suspiro. La búsqueda de estabilidad, en
suma, es la otra cara de la incesante aventura de estar vivos.
