Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

domingo, 19 de abril de 2026

Callos psíquicos

  

Hace poco más de cien años, un neurólogo especuló que el aparato psíquico de los humanos se origina para cubrir una necesidad biológica muy concreta: crear una “protección contra estímulos” (Reizschutz) que resguardara la sustancia viva del embate de las energías externas: Sigmund Freud, Más allá del principio del placer (1920). Este parapeto, constituido por una capa cortical inorgánica, permite que las capas profundas mantengan un nivel de excitación constante y tolerable. Sin esa barrera, el organismo estaría siempre sobrexcitado, en un estado perenne de pánico traumático, regido sólo por la descarga inmediata. Freud desarrolló esta noción en el marco de la nomenclatura energética de principios del siglo pasado, pero la preocupación por la protección del alma frente a las turbulencias del mundo exterior y las tempestades pasionales constituye uno de los ejes vertebradores de la filosofía griega clásica. Desde la ironía socrática hasta la ataraxia de los escépticos, la filosofía antigua bien puede leerse, en clave freudiana, como un vasto proyecto de construcción y mantenimiento de un Reizschutz anímico —Freud siempre se refirió al alma y a la psique como lo mismo, no hace una distinción ontológica entre Seele, “alma”, y Psyche, “psique”. Para el creador del Psicoanálisis, ambos términos designan el mismo objeto de estudio: el aparato anímico o mental y sus procesos—.

 

 

La ironía socrática

 

En los diálogos tempranos de Platón, Sócrates no despliega una doctrina sobre la naturaleza del alma, pero sí practica un método que opera como una muralla contra estímulos intelectuales y emocionales. La excitación provocada por las opiniones no examinadas amenaza con confundir, con desestabilizar nuestra psyché. La solución socrática es el élenchos (refutación), precedido por la eironeía (ironía). La confesión de ignorancia socrática actúa como un escudo cortical. Por ejemplo, en el Eutifrón, ante la pregunta “¿Qué es la piedad?”, el interlocutor vierte una cascada de definiciones cargadas de emocionalidad. Sócrates no se deja investir por ese torrente; lo procesa y devuelve atenuado, descompuesto lógicamente. La función del diálogo socrático es, en términos freudianos, ligar la excitación mediante la representación verbal para evitar el desbordamiento mental. El propio Sócrates declara (Platón, Apología, 30a-b):

En efecto, voy por todas partes sin hacer otra cosa que intentar persuadiros, a jóvenes y viejos, a no preocuparos ni por los cuerpos ni por los bienes antes que por el alma, con el fin de que ésta sea lo mejor posible.

En la teoría freudiana, este “cuidado del alma” (epiméleia tês psychês) es, precisamente, la tarea del Yo: mantener la barrera protectora para que el núcleo anímico no sea arrasado por las exigencias pulsionales o las imposiciones externas. La ironía es un Reizschutz dialéctico que impide que las opiniones ajenas penetren como perro por su casa en nuestra mente.

 

 

La caverna platónica como topología de la corteza protectora

 

Platón concibió una cartografía anímica que resuena con la distinción freudiana entre la capa cortical y las profundidades de la psique. El mito de la caverna puede interpretarse como una situación traumática para el Reizschutz. Los prisioneros, encadenados de cara a la pared, nada más ven sombras. Su barrera protectora está calibrada para un nivel mínimo de excitación lumínica. Cuando uno de ellos es liberado y forzado a mirar hacia el fuego y, posteriormente, hacia el Sol, sufre dolor físico y ceguera temporal (República, Libro VII, 515e-516a). Fenomenológicamente, Platón describe la ruptura del Reizschutz. La luz, la excitación extrema de la realidad, es tan potente que el aparato perceptivo del prisionero no está preparado para tramitarla. Necesita adaptarse gradualmente. En la metapsicología freudiana, el Yo debe aprender a dominar las excitaciones hiperintensas.

 

 

El callo psíquico como Reizschutz cínico

 

Si Sócrates utilizaba la palabra, los cínicos —doctrina fundada por Antístenes y popularizada por Diógenes de Sínope— optó por un Reizschutz radicalmente somático: el endurecimiento (askesis) contra el estímulo del placer y el dolor. Los cínicos enseñaban que la civilización multiplica artificialmente los estímulos, creando necesidades innecesarias que sobrexcitan al alma, la confunden y terminan por esclavizarla. La protección más eficaz es la eliminación activa del deseo.

 

Diógenes Laercio recoge la anécdota fundacional del método cínico de autoprotección: Diógenes se revolcaba en la arena caliente en verano y abrazaba estatuas heladas en invierno, “ejercitándose de todos modos en la paciencia.” (Vidas de los filósofos ilustres, VI, 23). Esta askesis puede entenderse como la construcción deliberada de un Reizschutz por hipertrofia de la capa cortical. Al exponer voluntariamente el cuerpo a estímulos extremos, el cínico provoca una “muerte parcial” de la sensibilidad superficial. En términos freudianos, el cínico convierte su piel psíquica en un duro callo. Una vez que el frío y el calor dejan de ser traumáticos, el aparato anímico queda liberado de la tiranía del principio del placer.

 

Por lo demás, la autarkeia (autosuficiencia) cínica es, en el fondo, una economía energética del Yo: “No necesitar nada es propio de los dioses; necesitar poco, de quienes aspiran a serlo” (Diógenes Laercio, VI, 105). El cínico no huye del estímulo; lo enfrenta para desinvestirlo de su potencia libidinal.

 

 

La ciudadela interior estoica

 

El estoicismo tardío —Epicteto y Marco Aurelio— es la culminación de la estrategia griega del Reizschutz como techne tou biou (el arte de vivir). La filosofía estoica distingue explícitamente entre la impresión externa (phantasia) y el asentimiento interno (synkatathesis). La excitación proveniente del mundo exterior es, en primera instancia, una mera representación. El trauma o la pasión no ocurren en la percepción, sino en el juicio que el alma emite sobre esa percepción. Epicteto, en su Enquiridión, proporciona la fórmula exacta de un Reizschutz cognitivo: ante un estímulo potencialmente perturbador —la muerte de un hijo, la pérdida de la riqueza—, el Yo estoico debe interponer una barrera lógica inmediata:

No son las cosas mismas las que perturban a los hombres, sino los juicios que éstos forman sobre las cosas. Por ejemplo, la muerte no es nada terrible, pues de serlo, también se lo habría parecido a Sócrates; sino que el juicio acerca de la muerte —el de que es terrible—, eso es lo terrible (Manual, 5).

La analogía con la metapsicología freudiana es aquí clara: el Reizschutz no es un muro que impide la llegada del estímulo, sino un filtro que modifica la magnitud de la excitación que ese estímulo genera en las capas profundas del aparato psíquico. Al suspender el asentimiento a la representación "Esto es terrible", el estoico impide la transformación de la percepción neutra en angustia traumática. Marco Aurelio lo denomina akropolis, la “ciudadela interior”:

Las cosas no tocan el alma, sino que permanecen inmóviles fuera de ella; las perturbaciones proceden únicamente de la opinión interior. (Meditaciones, IV, 3).

La tarea del hegemonikón (principio rector) estoico es idéntica a la función del Yo en la segunda tópica freudiana: gobernar las investiduras, drenar la energía libre de las representaciones hiperintensas y ligarlas al principio de realidad. La apatheia estoica no es insensibilidad, sino la eficacia absoluta del Reizschutz para evitar la efracción traumática de la pasión.

 

 

La suspensión escéptica del juicio

 

Si el estoicismo busca dominar el estímulo mediante un juicio correcto, el escepticismo pirrónico propone una solución más radical y cercana a la fisiología del Reizschutz: la epoché, la suspensión del juicio. Para el escéptico, cualquier juicio es una investidura energética que expone al alma a la perturbación. La única manera de mantener la ataraxia es no dar entrada a ninguna representación, manteniendo el aparato anímico en un estado de mínima excitación. Sexto Empírico describe esta barrera protectora universal:

… el escepticismo es una capacidad de enfrentar las cosas que aparecen y las que son pensadas de cualquier modo... a consecuencia de la igual fuerza en los objetos y razones opuestas, llegamos primero a la suspensión del juicio y después a la imperturbabilidad (Esbozos Pirrónicos, I, 8).

La “igual fuerza” (isosthéneia) de los argumentos contradictorios actúa como un amortiguador metafísico. En términos freudianos, cada investidura excitatoria encuentra una contrainvestidura exactamente igual. La energía no se descarga en acción ni en síntoma; permanece en un estado de equilibrio neutro. El escepticismo logra así el ideal imposible del Reizschutz: una corteza que no solo filtra el estímulo externo, sino que impide la formación misma de una demanda pulsional interna, pues no hay falta que pueda convertirse en deseo imperioso. Sexto Empírico utiliza una analogía reveladora, curiosamente psicoanalítica:

El escéptico, por filantropía, quiere curar con la palabra, en la medida de sus fuerzas, la vana presunción y temeridad de los dogmáticos. Pues bien, igual que los que curan las enfermedades del cuerpo tienen remedios de diferente intensidad… así también el escéptico propone argumentos de diferente fuerza. (Esbozos Pirrónicos, III, 280-281).

La ataraxia escéptica es la manifestación subjetiva de un perfectamente funcional Reizschutz: el Yo ha logrado desligarse de todo objeto y permanece en un estado de homeostasis absoluta.

 

 

El Logos como corteza psíquica

 

Desde la ironía socrática hasta la epoché escéptica, la filosofía antigua intentó operar como una tecnología del Yo destinada a gestionar la economía de las excitaciones anímicas. Según Freud, el Reizschutz es un hecho biológico, un legado de la evolución de la sustancia viva. Para los antiguos griegos, la protección contra estímulos es una conquista ética y racional, una intervención del lógos sobre la materia pasional. La lógica subyacente es la misma: el alma humana es una superficie vulnerable que requiere una membrana protectora para no perecer bajo el peso de los estímulos.

 

Queda por saber si Diógenes El Perro, de haber hojeado Más allá del principio del placer, habría asentido con un gruñido de aprobación o si, por el contrario, habría lanzado el libro al barril y habría exigido a Freud que dejara de escribir y se revolcara un rato sobre la arena ardiente. Como sea, dos milenios después, seguimos tratando de determinar el grosor exacto de esa membrana que nos separa del ruido del mundo.

lunes, 13 de abril de 2026

El águila, la tortuga y el péndulo: una tragedia en dos actos


PRIMER ACTO

 

Los persas, la pieza teatral más antigua que se ha preservado hasta nuestros días, se escenificó por vez primera en Atenas, durante las fiestas Dionisias del 472 a. C. Han pasado 2,498 años. La obra teatral no se refiere a asuntos mitológicos, sino a hechos humanos, mundanos y contemporáneos para los espectadores de su estreno.

 

Esquilo nació hacia el 525 a. C. y falleció a los 68 años en la costa meridional de Sicilia. La tradición dice que murió de un tortugazo. El epitafio de Esquilo no registra los detalles de su fallecimiento:

 

Este sepulcro de Gela, la rica en cereales,

contiene a Esquilo, el hijo de Euforión, ateniense.

De su eximio valor hablarán Maratón y su bosque sagrado

y el cabelludo medo, que le conocen bien.


Ciertamente, en septiembre de 490 a. C., Esquilo combatió contra los invasores persas en Maratón —a 42 kilómetros de Atenas—, en la batalla definitoria de la primera Guerra Médica. Los aqueménidas venían de haber sometido la insurrección jónica, cuando Darío I decidió atacar a las ciudades-estado helenas. En Maratón, los griegos resistieron y terminaron por derrotar a los asiáticos. Aquel resultado iba contra todo pronóstico: apenas 35 años antes, los persas habían conquistado Egipto, y diez años atrás habían salido vencedores en Tracia, Macedonia y las costas del mar Negro. Después, en el oriente, fueron invencibles, hasta alcanzar el valle del Indo. En el 500 a. C. el imperio aqueménida alcanzaba su máxima extensión, unos 5.5 millones de kilómetros cuadrados, para convertirse en el más grande del orbe hasta entonces. Pero con los griegos no pudieron…

 

En Los persas, Esquilo no se refiere a la primer Guerra Médica, sino a la segunda, ocurrida diez años después. Para entonces, el imperio aqueménida era reinado por el hijo de Darío, Jerjes. Fue él mismo quien se puso al frente de sus huestes. Los persas cruzaron el Helesponto, para entonces recorrer Tracia hacia Tesalia; a su paso, todas las ciudades fueron sometidas. Después de vencer en la batalla de Termópilas, el embate persa avanzó hasta Atenas. Jerjes encontró la ciudad despoblada: los atenienses se habían ido a refugiar en la isla de Salamina. Luego de saquear Atenas, los persas acometieron la persecución, y fue en los estrechos costeros en donde la flota helena logró la derrota de los orientales. Jerjes regresaría humillado a la ciudad capital de su imperio, Sousa.

 

Los persas es un lamento a un héroe trágico, Jerjes. También es una alabanza a la fuerza de la gente que hace la ciudad. La reina Atosa, madre de Jerjes, cuestiona a un mensajero sobre lo que está sucediendo del otro lado del mar; desea saber si al fin Atenas fue destruida por el ejército comandado por su hijo. Esquilo hace que el mensajero responda que no, porque “mientras hay hombres, eso constituye un muro inexpugnable”.

 

 

INTERMEDIO: APOSTILLAS PARA QUIEN NO TENGA A MANO ALGUNOS LIBROS DE HISTORIA

 

1. Irán es Persia

Los persas no son una civilización extinta; hablamos de los antepasados directos de los actuales iraníes. La lengua persa, el farsi, sigue siendo la oficial de Irán, su poesía sigue viva, y la memoria de Ciro el Grande es tan presente como la de los reyes católicos en España o Cuauhtémoc entre nosotros.

 

2. Medos y persas: un error griego

Los griegos solían llamar “medos” a los “persas” porque el primer imperio oriental que amenazó sus costas (siglo VII a. C.) fue el de los medos, un pueblo vecino de los persas. De hecho, Ciro fue criado en Media. Cuando los persas se unieron a Media, unificaron el altiplano iraní, y los griegos no se molestaron en actualizar la nomenclatura. Es como si hoy llamáramos mexicas a todos los pueblos nahuatlacas.

 

3. Aqueménida: el apellido de la dinastía

Decir “imperio persa” no es del todo falso, pero es vago. La dinastía reinante desde Ciro hasta Darío III era la aqueménida, así llamada por Aquemenes, el legendario patriarca de la estirpe. Fue Darío I quien, tras hacerse con el trono en el 522 a.C., organizó el imperio en satrapías y consolidó el nombre de su linaje.

 

4. ¿ Grecia es Occidente?

A veces se dice que “Occidente” es una invención posterior, que los atenienses no se sentían europeos en el sentido actual. Cierto. Pero también es cierto que la civilización que hoy llamamos occidental hunde sus raíces en la polis griega, especialmente en Atenas. Los romanos conquistaron Grecia, pero fueron conquistados por su cultura; el cristianismo, aunque naciera en Judea, se helenizó para volverse universal; el Renacimiento redescubrió a Platón y Aristóteles; la Ilustración bebió de la democracia ateniense. Por eso, decir que Atenas es un pilar de Occidente señala un hecho de transmisión cultural: lo que ocurrió en aquel puñado de colinas entre el siglo VI y IV a. C. acabó por modelar la cosmovisión de medio mundo. Frente a eso, el imperio aqueménida representó durante siglos el arquetipo del llamado, con desdén desde Occidente, “despotismo oriental”. En realidad Persia tuvo también su grandeza administrativa y su tolerancia —Ciro liberó a los judíos—.

 

5. El tortugazo

El oráculo había vaticinado a Esquilo: “Morirás aplastado por una casa”. Entonces él decidió irse a vivir a las afueras de la ciudad de Gela, a una humilde choza con techo de paja. Caludio Eliano (c. 175-235 d. C.) cuenta lo que ocurrió entonces: “Las águilas que apresan a las tortugas de tierra y las arrojan desde lo alto y las estrellan contra las rocas y, quebrando así su caparazón, extraen la carne y la comen. Justo de esa manera… acabó la vida… de aquel poeta autor de tragedias. Esquilo estaba sentado sobre una roca, discurriendo y escribiendo sus temas habituales. Era calvo. De ahí que el águila, figurándose que la cabeza era una roca, soltó y arrojó contra ella la tortuga que tenía entre las garras. Y el disparo acertó a dar al citado varón y lo mató”.

 

 

SEGUNDO ACTO

 

Veinticinco siglos después, aquel “muro inexpugnable” que el mensajero de Los persas atribuía a los ciudadanos de Atenas sigue en pie. Pero ha cambiado de acera.

 

Si hoy alguien se parece a Jerjes y su arrogancia, ese no es un ayatolá, es el ejército más poderoso del orbe, el gringo, bajo el mando errático de Trump, con sus inmensos portaaviones en el Golfo Pérsico, sus drones y misiles asesinando generales y líderes, sus sanciones estrangulando gente… Occidente, el heredero de aquellos atenienses que defendieron su suelo del imperio oriental, se ha convertido en el nuevo imperio que ataca Oriente. La historia ha invertido los papeles con la precisión de un águila soltando una tortuga.

 

Y el Oriente al que se ataca —la milenaria Persia— ocupa ahora el lugar simbólico de Atenas. No porque su régimen sea una democracia ejemplar —de hecho, ninguna lo es—, sino porque, frente al gigante que lo amenaza, su pueblo y aliados se han convertido en ese muro del que hablaba Esquilo. Un muro hecho de memoria, de orgullo herido, de resistencia frente a décadas de sanciones, y de una certeza que Occidente parece haber olvidado: que ningún imperio, por más misiles que acumule, puede destruir un pueblo mientras queden en ella personas dispuestos a levantarse al día siguiente.

 

Jerjes había heredado el imperio más grande del mundo. Sus ejércitos habían arrasado ciudades, sus ingenieros habían construido puentes de barcas sobre el mar, sus arcas estaban llenas del oro de Babilonia y Egipto. Y sin embargo, la hubris —esa patología que los griegos retrataron magistralmente— lo llevó a creer que su poder era ilimitado. Que podía humillar a los dioses —literalmente: mandó azotar el Helesponto porque las olas le habían deshecho un puente—. Que la fuerza bruta bastaba para doblegar la voluntad de un pueblo. Sabemos cómo terminó: con su flota hecha astillas, su ejército diezmado, y él mismo huyendo de en un barco pesquero, para vivir el resto de sus días como la sombra de lo que había sido. ¿Les suena? La misma hubris que cegó a Jerjes hoy entrampa la estrategia de Washington contra Irán —eso de “estrategia” es sólo un decir—… La creencia de que las sanciones, los asesinatos selectivos, las amenazas militares, el cambio obligado de régimen y los insultos son herramientas mágicas que funcionan siempre. La incapacidad para entender que un pueblo sometido a presión externa —sobre todo cuando viene de un imperio que ya invadió Irak, Afganistán y Libia con resultados desastrosos— no se rinde: se radicaliza, se une, y encuentra en su propia resistencia el único capital que le queda. Y ahí tienen a Cuba, mucho más cerca, de magnífico ejemplo.

 

No estoy pronosticando que Estados Unidos vaya a sufrir una derrota militar como la de Jerjes en Salamina. Las guerras de hoy no se parecen a las de los trirremes. Pero la derrota estratégica, política y moral ya ocurrió. El mundo observa cómo la hiperpotencia americana, incapaz de someter a Irán después de cuatro décadas de hostilidades, se atasca en su propio fango del que no sabe salir. Y cada nueva escalada, cada nuevo post majadero de Trump, revela más desesperación que contundencia.

 

Una derrota de Estados Unidos —no necesariamente militar, sino geopolítica, la pérdida de credibilidad y aliados, el colapso de su diplomacia— acelera el tránsito de la hegemonía mundial hacia un nuevo polo oriental. Ese polo ya no sería Persia sola. Sería un enorme bloque: China, Rusia, Irán, India —quizás Turquía, y buena parte de los BRICS—. Un bloque que no necesita ganar una guerra contra Occidente; le basta con esperar a que Occidente se desangre solo en sus propias arrogancias, en sus escándalos, en sus miserias…

 

El poderoso cree que puede todo, y en su desmesura siembra las semillas de su propia debacle. Jerjes perdió no sólo una batalla, sino la reputación de invencibilidad. A partir de Salamina, los griegos —y luego los macedonios— se atrevieron a desafiar a Persia en su propio territorio. Algo similalr podría ocurrir en las próximas décadas: Estados Unidos, agotado, dividido, desprestigiado, podría ver cómo el centro de gravedad del mundo se desplaza hacia el Este, sin que sea necesario que nadie dispare un solo misil intercontinental.

 

Los imperios no caen cuando los vence el enemigo más fuerte. Caen cuando su propia arrogancia los vuelve ciegos a la realidad. Cuando confunden tener el ejército más caro del mundo con tener la razón. Cuando olvidan que, como escribió Esquilo hace 2498 años, el verdadero muro de una ciudad no son sus murallas ni sus escudos antiaéreos, sino la voluntad de su gente. Hoy, los persas tienen esa voluntad. Y Occidente se ha convertido en el nuevo Jerjes. La pregunta no es si Trump va a intentar acometar un genocido contra 90 millones de seres humanos. La pregunta es si Estados Unidos, es decir, su gente, será capaz de reconocer a tiempo su propia hubris, o si, como el rey aqueménida, tendrá que esperar a la humillación para aprender la lección más antigua de la historia: que la soberbia siempre precede a la caída.

 

Yo no apostaría por la inteligencia de los poderosos. Prefiero quedarme con la imagen de aquella águila que confundió la cabeza calva de Esquilo con una piedra. La historia —como cualquier águila— también se equivoca a veces. Pero cuando acierta, suele ser de tortugazo.

domingo, 5 de abril de 2026

Freud y la teoría de la información

  

…las neuronas procuran aliviarse de la cantidad.

Freud, Proyecto…

 

“Jamás he estado tan intensamente preocupado por cosa alguna”. En una de sus muchas cartas a Wilhelm Fliess (1858-1928), Sigmund Freud (1856-1939) relata el erizado proceso de gestación de un largo ensayo que jamás llegaría a publicar: Psicología para neurólogos. La misiva fue fechada el 27 de abril de 1895 (Carta 23). Freud tenía 38 años y se hallaba en una etapa de transición: combinaba su labor como médico con una intensa actividad teórica. Con Josef Breuer (1842-1925), ultimaba los detalles del libro que habían escrito juntos, Estudios sobre la histeria, impreso ese mismo año.

En lo científico me va mal, tan empecinado en la Psicología para los neurólogos que regularmente me devora por entero hasta que tengo que interrumpir realmente fatigado. Jamás he estado tan intensamente preocupado por cosa alguna. ¿Y si nada sale de eso?

Un mes después (Carta 24), explicaba que su ambición era “averiguar qué forma cobrará la teoría del funcionamiento psíquico si se introduce en ella un enfoque cuantitativo”. A mediados de agosto (Carta 27), confesaba: “la psicología es realmente un calvario para mí”. Freud retomó el trabajo y el 23 de setiembre (Carta 28) comunicaba que había comenzado una síntesis destinada a que Fliess la revisara y le diera su opinión. El 8 de octubre (Carta 29) le envió a Berlín dos cuadernos: “las cosas todavía no concuerdan y quizá nunca lo hagan”. Sin embargo, el 20 de octubre (Carta 32) escribía: “de pronto se levantaron las barreras, los velos cayeron, y mi mirada pudo penetrar de golpe [...] ¡todo esto concordaba y concuerda todavía hoy!”. El entusiasmo duró poco: el 8 de noviembre contaba a su amigo que, harto, había arrojado los manuscritos a un cajón…

 

En efecto, Freud nunca publicó aquel escrito; para él quedó en proyecto James Strachey (1887-1967) señala que, tras escribirlo, Freud “parece haberse olvidado de él, o al menos nunca lo mencionó”. Con todo, en privado, Freud llegaba a aludir ese texto, al que llamaba “mis φ, ψ, ω”, una referencia a los tres tipos de neuronas que postuló en aquel manuscrito. En su biografía de Freud, Ernest Jones cuenta que, siendo ya un anciano, pusieron de nuevo en sus manos aquellos papeles, y él trató de destruirlos. Afortunadamente hubo quien lo evitara… 

 

El ensayo fue al fin publicado por primera vez en 1950 en Londres, en su lengua original, como parte del libro Aus den Anfängen der Psychoanalyse —editado por Marie Bonaparte, Anna Freud y Ernst Kris—. Años más tarde, Strachey y Alix Sargant-Florence lo traducirían al inglés, directamente del manuscrito, para la edición de estándar de las obras de Freud. En su texto introductorio al Proyecto de psicología, publicado originalmente en 1966, Strachey sostiene que, aunque a todas luces tiene un enfoque neurológico, este ensayo “contiene en sí el núcleo de gran parte de las ulteriores teorías psicológicas de Freud…” —v.g.: “La conciencia no nos proporciona una noticia completa ni confiable de los procesos neuronales”— Y agrega:

En los últimos tiempos se ha sugerido que el funcionamiento del sistema nervioso humano puede considerarse similar, o aun idéntico, al de una computadora electrónica: ambos son aparatos destinados a la recepción, almacenamiento, procesamiento y entrega de información. Se ha señalado, verosímilmente, que en los complejos sucesos ‘neuronales’ que aquí describe Freud y en los principios que los gobiernan puede verse más de un indicio de las hipótesis sustentadas por la teoría de la información y la cibernética en su aplicación al sistema nervioso.

Karl Pribram (1919-2015) y Merton Gill (1914-1994), un neuropsicólogo y un psicoanalista, en Freud's "Project" Re-assessed: Preface to Contemporary Cognitive Theory and Neuropsychology (1976) analizan a detalle la sorprendente vigencia del ensayo de Freud, y cómo sus postulados bien pueden entenderse como un adelanto de la teoría cognitiva y la neuropsicología modernas. Pribram y Gill muestran que el Proyecto… no fue un error juvenil, sino una especulación visionaria de la mente como sistema de procesamiento de información con base biológica.

 

La cercanía del texto finisecular con la teoría de la información — propuesta por Claude E. Shannon (1916-2001) en 1948— se observa desde el objetivo que se propone Freud: “presentar procesos psíquicos como estados cuantitativamente comandados de unas partes materiales comprobables, y hacerlo de modo que esos procesos se vuelvan susceptibles de ser intuidos y exentos de contradicción”. Freud buscaba fundar una psicología científica, reduciendo lo psíquico a cantidades —la célebre Q o cantidad de excitación— que circulan por un sistema verificable: las neuronas y sus “barreras de contacto” —anticipación de la sinapsis—. Todo debía ser cuantitativo, determinista, coherente y libre de contradicciones lógicas, al estilo de la física newtoniana y la neurología de su época. Shannon, medio siglo después, propuso una teoría matemática de la comunicación que, justo, cuantifica la información como reducción de incertidumbre, transmitida a través de canales físicos. Quería hacer inteligible y predecible el proceso de la comunicación mediante magnitudes cuantitativas, sin tener que apelar a significados subjetivos ni contradicciones. Ambos perseguían una ciencia natural rigurosa: Freud, que la psicología fuera una “ciencia natural” al tratar lo psíquico como estados cuantitativos de partículas concretas; Shannon, lo mismo con la comunicación. Freud no podía conocer la teoría de la información —aún no se formulaba—, pero su modelo energético-cuántico del aparato psíquico —flujo de Q, inhibición, investiduras, procesos primarios/secundarios— puede ser entendido en términos de procesamiento de información.

 


En trabajos posteriores —v.g.: Brain, Consciousness and Reality, 1983—, Pribram establece una vinculación explícita entre la distinción freudiana clásica y los principios de la termodinámica y la teoría de la información. Según Pribram, los procesos primarios —inconscientes, regidos por el principio de placer— operan bajo la lógica de la primera ley de la termodinámica —conservación de la energía—: se trata de flujos energéticos homeostáticos que sólo se transforman o descargan, sin crear ni destruir cantidad neta. En cambio, los procesos secundarios —conscientes, regidos por el principio de realidad y el pensamiento— corresponden a la segunda ley de la termodinámica combinada con la noción de información de Shannon: aquí entra en juego la negentropía, es decir, la capacidad de generar orden y reducir incertidumbre mediante bucles de retroalimentación —feedforward—, permitiendo al sistema psíquico anticipar, inhibir y estructurar la experiencia más allá del mero balance energético.

 

En 1895, Freud ya estaba pensando en la mente como un sistema de procesamiento cuantitativo de señales materiales, exactamente el mismo modelo que Shannon formalizó matemáticamente para la comunicación y que hoy sustenta la neurociencia computacional y la teoría cognitiva. Un ejemplo de cómo una especulación “fallida” resultó certera.

 

La Psicología para neurólogos de Freud quedó en proyecto, inconcluso y desdeñado por su propio autor, pero su intuición central —la mente como un sistema que procesa cantidades de excitación siguiendo leyes cuantitativas— anticipó en más de medio siglo los fundamentos de la teoría de la información y la neurociencia computacional. Freud soñó con una psicología cuantitativa y fue tachado de especulador; Shannon formalizó la información como magnitud y cambió la tecnología para siempre. Hoy, la neurociencia cognitiva les da la razón a ambos: la psique es, ante todo, un procesador de señales. Aquella especulación no era un callejón sin salida, sino una pista de despegue adelantada a su tiempo.

domingo, 29 de marzo de 2026

Freud no era psicólogo

 

Vale decir que el 30 de marzo de 2026 el Psicoanálisis cumple 130 años.

 

Ut omnibus notum est: el creador del psicoanálisis fue el hijo mayor de una familia judía asquenazí originaria de Galitzia, región oriental de Ucrania. Sigismund Schlomo Freud (1856-1939) llegó al mundo en el Imperio Austríaco, en Freiberg, Moravia, a unos 250 kilómetros al este-noreste de Viena y a unos 80 kilómetros al sur de la frontera con Polonia. Sigmund Freud no estudió Psicología; aunque hubiera querido, no hubiera podido hacerlo sencillamente porque, en el momento de su formación, en ningún lugar del mundo existía aún la posibilidad de obtener un título universitario en Psicología. A lo largo de toda la vida de Freud, en Europa no existió un departamento universitario de Psicología separado de Filosofía, el primero se fundó en Estados Unidos, en Harvard, en 1891. Así que el padre del Psicoanálisis fue un políglota austriaco —hablaba alemán, hebreo, latín, griego, francés, inglés, italiano y español— que estudió medicina con especialidad en neurología, formado en la tradición organicista más rigurosa —Brücke, Meynert, Charcot—.

 

Aunque después surgieron disidencias —Adler y C. J. Jung—, hubo discípulos que se distanciaron —Otto Rank, Sándor Ferenczi, por ejemplo— y aparecieron pensadores que ampliaron sustantivamente su teoría de la mente —Klein, Bion, Winnicott, Lacan…—, el concepto de inconsciente dinámico, el origen del método terapéutico y la metapsicología psicoanalítica deben atribuirse sin reservas al doctor Freud. Nadie puede disputarle el título de “padre del psicoanálisis”. Incluso fue él quien acuñó el neologismo psicoanálisis.

 

En uno de sus primeros textos psicoanalíticos, Las neuropsicosis de defensa, escrito en enero en 1894 y publicado en mayo del mismo año en la revista Neurol Zbl, Freud utiliza el término análisis psíquico: “En la tercera forma de histeria, que hemos comprobado mediante el análisis psíquico de enfermos inteligentes, la escisión de conciencia desempeña un papel mínimo…” Más adelante, en el mismo ensayo, emplea análisis clínico-psicológico. Al año siguiente escribiría y publicaría en francés Obsessions et phobies. Leur mécanisme psychique et íeur étiologie, en el cual se acerca un poco más al neologismo: “… un análisis psicológico escrupuloso de estos casos muestra que el estado emotivo como tal está siempre justificado”. Finalmente, el vocablo psicoanálisis debutó en letra de molde el 30 de marzo de 1896, cuando Sigmund Freud publica, L’hérédité et l’étiologie des névroses (La herencia y la etiología de las neurosis), en la Revue neurologique. Así que curiosamente el vocablo comenzó su historia en francés, psychanalyse, no en alemán: “Debo mis resultados al empleo de un nuevo método de psicoanálisis, al procedimiento de exploración de Josef Breuer, un poco sutil pero insustituible, tan fértil se ha mostrado para esclarecer las vías oscuras de la ideación inconsciente”.

 

Resulta harto significativo que en el enunciado en el cual aparece publicada por primera vez la palabra psicoanálisisFreud haya mencionado a su mentor, el doctor Josef Breuer. En un ensayo publicado varios años más tarde, El interés por el psicoanálisis (1913), Freud establece el linaje del Psicoanálisis: señala que surgió “a partir del procedimiento catártico de Josef Breuer” y que tiene nexos directos con “las doctrinas de Charcot y de Pierre Janet”. Breuer (1842-1925) fue un médico vienés, especializado en fisiología —él descubrió la función del oído en la regulación del equilibrio— y pionero de la psicoterapia. Con ayuda del joven Freud, ideó la terapia catártica. Breuer definió la esencia del método como la cancelación del “estrangulamiento del afecto” mediante la apertura de una vía de descarga —catarsis— para la excitación psíquica acumulada. Para ello, había que llevar al paciente, bajo hipnosis, al momento en que el síntoma apareció por primera vez. Ahora, las doctrinas de Charcot y de Janet a las que Freud alude constituyen los dos pilares de la psicopatología francesa de fines del siglo XIX. Jean‑Martin Charcot (1825‑1893), director de la Salpêtrière en París, había logrado elevar la histeria a la dignidad de una entidad clínica rigurosa. Mediante el uso de la hipnosis, demostró que los síntomas histéricos —parálisis, anestesias, contracturas— no eran simulaciones ni lesiones orgánicas, sino fenómenos dinámicos susceptibles de ser inducidos, transferidos y suprimidos por sugestión. Su aporte más decisivo para Freud fue la noción de que el traumatismo psíquico podía actuar como desencadenante de cuadros neurológicos sin lesión anatómica detectable. En cuanto a Pierre Janet (1859‑1947), también en la Salpêtrière y luego en la Sorbona, desarrolló una teoría psicológica sistemática: la histeria era el resultado de una disociación o debilitamiento de la síntesis psíquica. Según Janet, ciertas ideas y vivencias traumáticas quedaban escindidas de la conciencia, constituyendo ideas fijas que autonomizaban su actividad y generaban síntomas. Su método terapéutico consistía en la “desagregación” de esos estados disociados mediante la hipnosis y la narración. Freud reconoció siempre su deuda con ambos: de Charcot tomó la certeza de que los fenómenos histéricos pueden ser modificados por procedimientos psicológicos; de Janet, la noción de que el trauma psíquico provoca una escisión de la conciencia.

 

Igualmente significativo es que en aquel enunciado en el cual aparece inicialmente la palabra psicoanálisis, Freud mencione “la ideación inconsciente”. Aquí, claro, inconsciente es un adjetivo, y en la lengua en la que probablemente surgió, el francés. Con todo, ya apuntaba al poderoso concepto freudiano de inconsciente. Si bien, la noción del inconsciente no era algo desconocido a finales del siglo XIX e inicios del XX, sucede que antes de Freud, lo inconsciente era, en general, sencillamente el antónimo de consciente. Freud le dio un giro decisivo: el inconsciente dejó de ser una mera ausencia de conciencia para convertirse en una instancia activa, estructurada y parte sustantiva de la psique humana.

 

Freud no era psicólogo. De hecho, la psicología no podía y no puede dar cuenta de los descubrimientos freudianos. El psicoanálisis no es una especialidad de la psicología, sino una disciplina aparte: un método terapéutico, una teoría de la mente, un saber que nace en la clínica y se sostiene en una metapsicología irreductible a cualquier otro campo, y al mismo tiempo intrínsecamente relacionado con un montón de saberes. 130 años después de su surgimiento, el vocablo psicoanálisis sigue nombrando algo que no cabe en ninguna otra disciplina.

lunes, 23 de marzo de 2026

Yacimiento humano

 

Vivimos ahogados en un diluvio de datos. Por supuesto, para que se abrieran tantos cuernos de la abundancia informativa, algo habrá tenido que ver y tendrá que ver la gana de saberes, pero me temo que el principal motor es otro.

 

La explosión informativa es avivada de forma ininterrumpida por la obsesión inherente al capitalismo de producir más y generar mayores ganancias. Lejos de ser un fenómeno meramente técnico, responde a la lógica extractiva del capitalismo, que ha convertido la atención humana en la principal materia prima para la generación de valor; consecuentemente, la nueva economía de la atención se está ya capitalizando más rápido que la vieja industria extractiva.

 

La privación de la atención —mesurada por la monetización incesante de cada gesto, cada clic, cada vista…— constituye una nueva frontera de acumulación en el capitalismo tardío. Al mismo tiempo, la aceleración generalizada es la sombra que proyecta inevitablemente el canon productivista del capitalismo: mantenerse siempre ocupado se valora como algo productivo, deseable, bueno e incluso sano.

 

La aceleración hunde sus raíces en el capitalismo industrial, sistema que mercantilizó el tiempo cronométrico y lo engarzó al ideal del progreso. Tanto la sobreinformación como la aceleración son el rostro visible de una misma lógica: la explotación capitalista de la atención y del tiempo.

 

Hay quienes todavía creen que la atención es un recurso inagotable —cada persona trae la suya al mundo, y mientras uno no muera, la produce gratuitamente—, y que el tiempo es un bien que se renueva cada mañana, al menos para quienes tienen la fortuna de despertar. ¿Dónde está entonces la explotación? La explotación no está en que estos recursos se consuman, sino en que se les haya dado un precio sin que a nadie le hayan preguntado si estaba dispuesto a venderlos.

 

El hombre que por la mañana mientras corre escucha un podcast para aprender mandarín corre porque su reloj inteligente le ha notificado que lleva tres días sin cumplir su cuota de actividad física. El mandarín, por su parte, no responde a un súbito amor por la poesía de Li Bai: responde a que la empresa en la que trabaja está por abrir oficinas en Shanghái, y él quiere estar en la foto cuando nombren al nuevo director regional. Corre con auriculares, los ojos yendo y viniendo del pulsómetro de la muñeca, mientras una voz grabada le repite nǐ hǎo, xièxiè, wǒ yào qù jīchǎng. Corre, aprende, produce, optimiza. No hay un minuto de su día que no esté invertido, que no esté capitalizado. ¿Ocio? El ocio es para los que pueden permitirse perder el tiempo.

 

O bien, recuerde a la oficinista que, en el transporte público, va respondiendo correos electrónicos con el pulgar derecho mientras con la mano izquierda sostiene un café que, a su vez, le ayuda a sostener el día. El vagón va repleto. Ella no mira a nadie; su mirada está en la pantalla, donde los mensajes se acumulan como dardos certeros en la manzana de su conciencia. Responde a las siete y treinta y dos, antes de que el tren llegue a la estación. Esa respuesta, que ella considera “adelantar trabajo”, es en realidad la extensión del horario laboral hacia el espacio que antes se llamaba tiempo propio. Pero ella no lo sabe, o lo sabe pero no puede detenerse, porque detenerse, en este régimen, es una falta de carácter.

 

O pensemos en el adolescente que, mientras ve una serie en la tablet, tiene el teléfono en la mano izquierda desplazando videos de quince segundos y en la derecha un clicker que avanza los capítulos para “terminar más rápido”. No está disfrutando: está consumiendo. Y mientras consume, genera datos que alimentan los algoritmos que decidirán qué mostrarle a continuación, que es exactamente lo mismo pero con otra carátula. Su atención es la mercancía.

 

Todos estos personajes —y tal vez usted mismo, que quizá está leyendo esto con el teléfono al lado y la conciencia dividida entre este párrafo y la notificación que acaba de llegar— participan de una ceremonia tan cotidiana que ha dejado de parecernos extraña: la entrega voluntaria de la atención a cambio de nada, o de casi nada. Porque lo que usted obtiene —un curso, una serie, un video de gatos, un mensaje de su primo— no es el producto: es el cebo. El producto es usted, usted mirando. El producto es usted ahí, quieto, con los ojos abiertos, mientras las máquinas cuentan sus segundos y los convierte en ingresos publicitarios.

 

El corredor que aprende mandarín paga su suscripción al podcast; la ejecutiva paga su plan de datos; el adolescente paga su suscripción a la plataforma. Pagan por ser explotados… pagan por entregar su tiempo y su atención. Y lo llaman inversión. Lo llaman diversión, entretenimiendo, inversión en uno mismo… Y no deja de tener su lógica: en un mundo donde la única posesión que usted realmente tiene es su capacidad de seguir produciendo, cualquier cosa que aumente esa capacidad es, efectivamente, una inversión. La persona, en este régimen, es apenas el soporte biológico de su atención y de su tiempo, dos recursos que el mercado extrae con la misma indiferencia con que la minería extrae piedras preciosas y metales.

 

No es una metáfora: las empresas que se dedican a extraer atención —Google, Meta, TikTok— tienen una capitalización bursátil que ya supera a la de las mineras tradicionales. Es decir: es más lucrativo el negocio de secuestrar su mirada que el negocio de extraer cobre, oro o litio. Usted, con sus ojos fijos en la pantalla, es más valioso que una mina a cielo abierto. Pero no lo es para usted. Lo es para otros.

 

Así que ahí está el corredor, la ejecutiva, el adolescente, y todos nosotros, ofreciendo nuestra vida a dosis —segundos, minutos, horas— a cambio de la ilusión de que estamos haciendo algo con ella. Y mientras tanto, el sistema que nos ha convencido de que estar ocupados es un mérito extrae de nosotros lo único que realmente tenemos: la posibilidad de estar quietos, de no hacer nada, de mirar por la ventana sin que nadie nos cobre por ello.

 

Hace algunos años, el filósofo coreano Byung-Chul Han diagnosticó que hemos pasado de la sociedad disciplinaria a la sociedad del rendimiento: ya no nos obliga un poder exterior, sino que nos autoexplotamos con la convicción de que somos libres. El corredor que aprende mandarín no siente que lo exploten: siente que aprovecha su tiempo. La ejecutiva que responde correos en el tren no siente que trabaje gratis: está convencida de que es productiva. Y ahí reside la verdadera extracción: no en la fuerza, sino en la convicción. Nadie nos pone el grillete: nosotros mismos nos encadenamos al horario, al teléfono, al curso, a la serie, al podcast, al siguiente, al siguiente, al siguiente.

 

En el capitalismo tardío, la ilusión estriba en creer que nuestra esclavitud es libertad, y que la explotación es superación personal. Ahora, si me disculpa, tengo que responder un correo…

lunes, 16 de marzo de 2026

La gran ilusión

  

 

Recuerden ustedes que Orson Welles (1915-1985) dirigió, produjo y protagonizó El ciudadano Kane, considerada unánimemente como la pieza paradigmática del cine moderno. Citizen Kane, realizada en 1941, revolucionó el lenguaje cinematográfico al integrar, por primera vez y con virtuosismo, innovaciones narrativas, visuales y sonoras que definirían la estética de la gran pantalla durante el resto del siglo XX.

 


Bien, casi treinta años después del estreno de El ciudadano Kane, la noche del 27 de julio de 1970, justo un minuto antes de un corte comercial, Dick Cavett le preguntó al genial cineasta Orson Welles qué películas seleccionaría si se nos viniera encima un diluvio universal y él pudiera salvar para la posteridad únicamente dos.

 

— Two films….? Ah, La Grande Illusion by Jean Renoir!

 

— Yes…

 

— And… Um… Uh…, and something else.

 

 

 

 

El anciano que aparece en pantalla muestra la solidez de un roble. Proyecta una elegancia reposada; camisa blanca, corbata y traje negros. Su rostro es enorme. En la cabeza calva, las cejas, las bolsas bajo los ojos, la feliz papada… la redondez se impone. Sus manos gesticulan con grandilocuencia artesanal. La delicadeza con la que se expresa contrasta con la contundencia de sus palabras. Nos mira persuasivo y, con fuerte acento galo, comienza a hablar en inglés:

 

— Ladies and gentlemen, my name is Jean Renoir…

 


Así que tenemos frente a nosotros al hijo del ilustre pintor Pierre-Auguste Renoir. El portentoso director de cine francés se presenta como el autor de La grande illusion (1937), y cuenta que al término de la II Guerra Mundial el film se consideraba perdido o tremendamente editado por la censura de diversos países europeos —Mussolini la prohibió en Italia y Goebbels, el poderoso ministro de Propaganda del Tercer Reich, la designó “enemiga cinematográfica n.º 1 de Alemania”—, pero, inesperadamente, una capitana del ejército estadounidense encontró un negativo en un búnker en Múnich. La cinta había sido confiscada por los nazis durante la ocupación de París. Para sorpresa de todos, aquel negativo estaba en perfectas condiciones y sin cortes… 

 

Renoir cuenta que algunas personas habían criticado que la película mostrara a prisioneros franceses, ingleses y rusos conviviendo cordialmente con militares alemanes. Entonces, él aclara que eso se debe a que la historia que relata su película transcurre en 1914, antes del ascenso de Hitler y de que “los nazis alteraran el espíritu del mundo”. La guerra de 1914, dice Renoir, era “casi una guerra de caballeros”.

 


La trama de la película está basada en las aventuras del capitán Pinsard, amigo cercano de Renoir. Pinsard, piloto de combate del ejército francés, había sido derribado por los alemanes siete veces, encerrado siete veces en un campo de prisioneros, y logrado escapar siete veces. Renoir mismo fue piloto en la fuerza aérea y muestra fotos de los aviones en los que volaban.

 

Renoir concluye el promocional de La grande illusion diciendo que, más allá de la guerra, la película trata sobre las relaciones humanas. Aquel promocional fue filmado en 1958, y Renoir concluye diciendo que el asunto de la guerra es vital, porque, si las guerras no terminan, el mundo podría enfrentar su total destrucción.

 

 

 

 

El título de la película La Grande Illusion es una referencia directa al libro The Great Illusion, del británico Norman Angell.

 

Existen varios puntos de conexión entre ambas obras. Renoir eligió este título para subrayar la tesis central del libro de Angell: la idea de que la guerra entre naciones industrializadas es un absurdo económico y una futilidad. Mientras que para Angell la ilusión era la creencia de que la conquista territorial y la fuerza militar conducían a la prosperidad económica, para Renoir el concepto se amplía: en el filme, la ilusión es también la creencia de que las fronteras nacionales son reales; la idea de que las afinidades de clase pueden sobrevivir al colapso del viejo mundo, y la esperanza de que la I Guerra Mundial habría de ser la “guerra para acabar con todas las guerras”.

 

 

 

 

Norman Angell piensa que es falso que el poder militar y político otorgue a una nación una ventaja sobre las demás. También niega que el bienestar de los países dependa de su capacidad de imponerse sobre otros. Las conquistas son inútiles en el mundo moderno, porque, dada la interdependencia financiera, es imposible para una nación enriquecerse mediante la captura de los dominios de otra. “El poder militar es social y económicamente fútil”.

 

En La Gran Ilusión, Angell argumenta que la naturaleza de la riqueza ha cambiado a partir de la revolución industrial y el sistema financiero. La economía moderna es resultado de la interacción, no es un conjunto de compartimentos estancos. "El crédito del mundo es un solo organismo; no se puede herir una parte sin que el resto sufra".

 

La riqueza de un país conquistado no puede ser confiscada sin destruir el valor de esa misma riqueza: “La riqueza en el mundo moderno no es algo que pueda ser incautado por la fuerza; es una expresión lógico-social de la división del trabajo y el intercambio”. Angell formula la paradoja del vencedor: el costo de mantener la ocupación y la parálisis del comercio resultante superan cualquier botín posible.

 

El escritor británico refuta la idea de que la guerra sea una “necesidad biológica” o un destino inevitable del ser humano. Cree que la evolución cultural permite que ahora los conflictos humanos pasen de lo físico y territorial a lo intelectual y social.

 

 

 

 


El libro de Norman Angell se publicó originalmente en 1909, con el título Europe's Optical Illusion. ¿No se entendió el estallido de la I Guerra Mundial como la evidencia contundente de que estaba equivocado? Esa es, de hecho, la crítica más común y persistente de la obra de Angell. Entender por qué no se equivocó pasa por comprender la diferencia entre la lógica económica y la pulsión política o psíquica.

 

Muchos críticos sostuvieron en 1914 que los planteamientos de Angell eran erróneos porque la guerra efectivamente estalló. Sin embargo, Angell nunca argumentó que la guerra fuera imposible, sino que era fútil, fútil económicamente. Su tesis no era que los hombres fueran lo suficientemente racionales para pelear, sino que los beneficios que esperaban obtener de la conquista —riqueza, nuevos mercados, prosperidad— eran una ilusión. Así que, paradójicamente, la I Guerra Mundial terminó siendo la validación más cruenta de sus teorías: tal como predijo, las naciones vencedoras —Inglaterra y Francia— terminaron la guerra en una situación económica catastrófica, con deudas masivas y mercados destruidos. La victoria militar no se tradujo en bienestar económico. Además, la parálisis del comercio mundial y las crisis financieras de la posguerra demostraron que el sistema financiero global era, en efecto, indivisible. Destruir la economía alemana terminó arrastrando a las economías del resto de Europa.

 

Donde Angell quizás falló fue en su subestimación de la irracionalidad humana. Confiaba en que, si se demostraba racionalmente que la guerra era un mal negocio, los Estados dejarían de buscarla. No tomó en cuenta que las naciones pueden actuar sistemáticamente en contra de sus propios intereses económicos por motivos de prestigio, miedo, ideología o incluso estupidez de quienes las gobiernan. En su libro leo: “La lucha por la existencia ya no es una lucha del hombre contra el hombre, sino del hombre contra la naturaleza". Sí, quizá, pero la naturaleza incluye su propia naturaleza, la naturaleza humana.

 

Norman Angell fue galardonado con el premio Nobel de la Paz en 1933, seis años antes del estallido de otra muestra colosal de la irracionalidad humana, la II Guerra Mundial. Al margen, a Orson Welles no le fue tan bien: aunque El ciudadano Kane recibió nueve nominaciones a los Premios Óscar en 1942, nada más ganó uno: el de Mejor guion original. Perdió el Óscar a la Mejor película frente a ¡Qué verde era mi valle! de John Ford. Resulta irónico que, mientras Angell ganó el Nobel por demostrar que la guerra es una futilidad económica, un descubrimiento a todas luces inútil, la Academia decidiera premiar un drama sobre la vida en las minas, un filme que hoy, paradójicamente, es recordado casi exclusivamente por haberle arrebatado el Óscar a la obra maestra de Welles. En fin, recordando de nuevo a Jean Renoir, “lo terrible en este mundo es que todo el mundo tiene sus razones.”