…. con el tiempo me he ido dando
cuenta de que somos vividos.
Groddeck a Freud, junio de 1917.
Junio
de 1917: un mes espantosamente trémulo en Europa. La Gran Guerra seguía sumando
muerte —para entonces alrededor de 4.5 millones de personas victimadas— y
alcanzaba su punto álgido —los alemanes bombardeaban Inglaterra desde el cielo
y los ingleses masacraban soldados alemanes desde el subsuelo en Bélgica—, la agitación
social se propagaba desde Rusia —los bolcheviques ganaban fuerza entre los revolucionarios
soviéticos— hasta España, y las cómodas certezas del positivismo decimonónico
naufragaban en un mar de desconcierto, orillando a muchos a reflexionar al
borde de los acantilados de la razón. Con todo, quiero pensar que el doctor
Georg Groddeck se puso muy contento el día de junio de 1917 cuando leyó la
carta en la que Sigmund Freud daba respuesta a su petición… ¿Sería admitido o
no como psicoanalista? Con una palabra, la cuarta de su escrito, Freud le daba
respuesta. Sehr geehrter Herr Kollege, es decir, “Mi muy estimado señor
colega”, y, al igual que en español, en alemán, Kollege se usa para
referirse a una persona con la que se comparte una profesión o una actividad
similar dentro de una misma organización o campo.
Enseguida,
perspicaz, Freud despacha en siete párrafos al médico alemán. En el primero,
establece un tono de cierta complicidad desde la autoridad, y advierte que
romperá la cortesía formal para responder con “franqueza analítica”. En el
segundo, la médula de su contestación, rechaza la petición de Groddeck de ser
excluido del psicoanálisis, y, por el contrario, valida su filiación al
movimiento. En el siguiente, más música desde Viena directamente a Baden-Baden:
Freud trae a cuento su idea sugerida (El inconsciente, 1915) sobre la
influencia del inconsciente sobre lo corporal —con lo cual da razón a Groddeck—,
anuncia que Sándor Ferenczi está preparando un trabajo sobre “patoneurosis” e
invita al converso a colaborar en el movimiento psicoanalítico. Después de
tanta amable hospitalidad, en el cuarto párrafo, el doctor Freud cumple su
advertencia: sin andarse por las ramas, determina que “la ambición vulgar de
ser original y buscar prioridad” de Groddeck no es más que un defecto, y hasta
se permite, con dos preguntas, chotearlo y dejarlo atrapado en una fina
paradoja: “¿No pudo haber absorbido las ideas rectoras del psicoanálisis por
vía criptomnéstica? ¿De manera similar a como yo mismo tuve que aclarar el
problema de mi propia originalidad?” Ya casi para terminar, Freud dedica los
párrafos antepenúltimo y penúltimo a criticar el monismo —doctrina que sostiene
que la realidad última es una sola sustancia o principio — y el misticismo que
puede leerse en la epístola de Groddeck:
Me parece tan arbitrario espiritualizar la naturaleza en todas partes como desespiritualizarla radicalmente. Dejémosle su magnífica diversidad, que asciende desde lo inanimado hasta lo orgánico, desde lo corporal-viviente hasta lo anímico. Ciertamente, lo inconsciente es la mediación entre lo corporal y lo anímico, quizás el 'eslabón perdido' tan buscado. Pero porque por fin hayamos visto esto, ¿debemos dejar de ver todo lo demás?
Finalmente,
en el séptimo párrafo deja abierta su puerta al diálogo y se despide
irónicamente: “… estoy muy curioso de cómo recibirá esta carta, que puede
parecer mucho más desagradable que la intención que la subyace.”
Ya desde
ese su primer comunicado a Groddeck, Sigmund Freud establece la conexión conceptual
que luego soportaría una parte sustancial de su segunda tópica: inconsciente/ello.
Después de darle entrada como miembro del movimiento psicoanalítico —“… debo
afirmar que usted es un magnífico analista que ha captado irremisiblemente la
esencia del asunto—, establece: “Ya sea que llame ‘inconsciente’ a lo
inconsciente o ‘ello’ al ello, no hace diferencia alguna.”
Ya
más confiado, en su siguiente carta, Groddeck somete a consideración de Freud un
extenso ejercicio de asociación libre e interpretación. Raro, apenas hace una escueta
alusión a su noción del ello. Lo hace en respuesta a una de sus
críticas: “Usted me advierte contra mis inclinaciones filosóficas y el
misticismo. Tengo la sensación de que por ahora todavía estoy en terreno
sólido. Pero con el tiempo me he ido dando cuenta de que somos vividos.” ¿Hasta
ahí? No, por supuesto, porque seguramente a Groddeck no le pasaba por
desapercibida la importancia que Freud le dio a la noción del ello. Tan
era así que, después de despedirse y firmar la carta, agregó un rico apéndice:
“Quisiera añadir algunas palabras sobre lo inconsciente (el ello).”
Subrayemos: “lo inconsciente (el ello).”
Georg
Groddeck comienza con una crítica frontal—al menos lo era para él— a la teoría
psicoanalítica: “Si entiendo bien el asunto”, escribe, el psicoanálisis ha
determinado una serie de “áreas parciales de la vida humana” en las que el
inconsciente se despliega.
Pero todavía existe… un contraste entre lo inconsciente y la conciencia, como si allí actuaran dos fuerzas. Aparentemente, incluso en el círculo psicoanalítico, se sigue atribuyendo una serie de fenómenos de la vida a la conciencia pura, como si lo inconsciente no tuviera nada que ver con ellos.
Y
él, el médico, masajista y novelista alemán, no está de acuerdo con eso. Por el
contrario, Groddeck sostiene que “todo cuanto ocurre en la vida humana…, en
última instancia, es creado por lo inconsciente”, de tal forma que “la
conciencia es meramente una forma de manifestación de lo inconsciente”. Piensa
que la conciencia en realidad es sólo “un instrumento de lo inconsciente”. Aduce
que el psicoanálisis no debe quedarse en la aceptación de la influencia del
inconsciente en determinadas acciones y decisiones de las personas, sino
entender que su influencia alcanza todo: “el andar, la postura, el movimiento y
la forma de la mano revelan con frecuencia su condicionamiento por fuerzas
inconscientes”. El galeno que hoy se recuerda como pionero en el tratamiento de
enfermedades psicosomáticas afirma en aquel texto de junio de 1917 que el
inconsciente puede detener el latido del corazón, la digestión, la respiración,
la circulación de la sangre… “Y si lo inconsciente logra eso, ciertamente
también es capaz de crear un callo, dirigir un movimiento de la mano o
modificar la química del ser humano de modo que se vuelva susceptible a las
bacterias”. Y valga recordar lo que Groddeck explicitó claramente al inicio de
su apéndice: inconsciente y ello son sólo dos formas de referirse a lo
mismo.
Si el aliento de una persona apesta, su ello no quiere ser besado; y si tose, no quiere dejar entrar algo; y si vomita, quiere expulsar algo dañino; y cuando aparece un callo, siempre he encontrado bajo él un punto doloroso que el ello quiere proteger… Y si alguien tiene gota en los pies, se puede demostrar que el ello tiene motivos para andar con cuidado, para no toparse con la piedra del tropiezo y el escándalo; y si alguien se queda ciego, ha llevado demasiado lejos la costumbre del ello de no ver la mayor parte de las cosas.
El
mismo año, 1923, Sigmund Freud y Georg Groddeck publicarían sendos libros sobre
el ello: El yo y el ello y El libro del ello,
respectivamente. Freud reconocería explícitamente en su ensayo que el término lo
había tomado de Groddeck, aunque él pensaba que, a su vez, el médico alemán lo
había tomado de un filósofo, uno que, por cierto, había perdido el juicio antes
de morir. Seguro saben a quién me refiero…


