Comencemos con un libro: Terra nostra, de Carlos Fuentes. Poseo uno de los 10 mil 120 ejemplares de la primera edición mexicana de esta gran novela. El libro lo publicó la editorial Joaquín Mortiz en su serie Novelistas Contemporáneos, en noviembre de 1975. Es decir, hace poco más de medio siglo.
783 páginas. Y qué páginas. Cada una de ellas puede tener hasta 44 renglones. Hablamos de alrededor de 200 mil palabras. Se cuenta que Carlos Monsiváis solía bromear diciendo que para leer Terra nostra era necesario ganarse antes una beca Guggenheim. Y el poeta Eduardo Lizalde, quien conocía muy bien a Monsiváis, recordó años después una versión todavía mejor: Monsiváis decía que para leerla a fondo habría necesitado, cuando menos, dos becas Guggenheim. Por cierto, hoy una Guggenheim ronda los 75 mil dólares y está pensada para que un escritor, un artista o un investigador pueda dedicarse durante varios meses a su trabajo. Así que, si Monsiváis necesitaba dos de esas becas para leerla a fondo, estaba hablando de unos 150 mil dólares de financiamiento, más de dos millones y medio de pesos. ¿Exageraba el buen Monsi? Quizá no tanto.
Conviene recordar que Fuentes no se levantó
una mañana y decidió escribir de un tirón un novelón de casi 800 páginas. La
novela lo había acompañado durante muchos años. En el archivo de Carlos Fuentes
que se conserva en Princeton hay materiales relacionados con Terra nostra
fechados al menos desde 1966. Hay dos cuadernos de trabajo: uno lleva las
anotaciones “Venecia 1966-1967” y otro “Londres, enero de 1968”; hay también borradores
de capítulos enteros, esquemas, diagramas de personajes y hasta listas de
posibles títulos. La novela que apareció en 1975 llevaba casi una década
gestándose. La idea ni siquiera nació llamándose Terra nostra. Uno de
los primeros títulos que conocemos fue Mare nostrum. Silvia Lemus,
esposa del escritor, ha contado que ese era el título que inicialmente había
pensado Fuentes. Pero terminó descartándolo porque Vicente Blasco Ibáñez ya
había publicado una novela con ese nombre, en 1918.
Terra nostra no surgió de golpe. En el archivo de
Princeton existe un borrador titulado Nowhere, de 1967, que Fuentes
mismo identificó como el origen de Terra nostra. Conviene recordar que,
en 1972, tres años antes de que apareciera la novela, Fuentes publicó Cuerpos
y ofrendas, un volumen de cuentos que incluía precisamente Nowhere.
Es decir: algunos materiales de la futura Terra nostra ya habían
circulado públicamente antes de que existiera la novela completa.
Ahora bien: cuando finalmente empezó a
escribirla de manera más decidida, ocurrió algo que parece sacado de la propia
imaginación de Fuentes. Carlos Fuentes acababa de pedirle matrimonio a Silvia
Lemus. Era finales de enero de 1973. Se fueron a vivir a París y fue allí donde
Fuentes comenzó a escribir la novela que terminaría convirtiéndose en Terra
nostra. Escribía entre las campanadas de Notre-Dame y la música árabe de un
pequeño restaurante que estaba enfrente del departamento. Fuentes escribía
durante el día y, después, en la noche, le leía a Silvia las páginas que
acababa de escribir. Él le preguntaba qué le habían parecido, pero ella siempre
pensó que a Fuentes le interesaba menos conocer su opinión que escuchar cómo
sonaba lo que había escrito. Tiene sentido porque Terra nostra es, entre
otras muchas cosas, una novela de una enorme exuberancia verbal. Una novela que
parece construida para ser escuchada.
Fuentes terminó la novela en 1974, y el
archivo de Princeton conserva la que está identificada como la sexta y última
versión. La versión final mecanografiada que se conserva en el archivo llega
hasta la página 1,226. Es decir: el manuscrito final era muchísimo más grande
que el libro que nosotros conocemos.
Terra nostra no es solamente una novela enorme. Fue
también un objeto editorial formidable. La primera edición de Joaquín Mortiz
fue impresa en México en 1975. Los ejemplares de esa edición tienen 783
páginas, fueron encuadernados en tela y llevaban ilustraciones de Alberto
Gironella. El tiraje fue de 10 mil ejemplares. Gironella no se limitó a hacer
una portada. Preparó una serie de cuatro litografías concebidas para acompañar
la novela. Las piezas están fechadas en 1975 —algunas específicamente en París—
y hoy pueden encontrarse incluso como obra gráfica independiente en subastas de
arte. De modo que una novela que llevaba casi diez años gestándose llegó a las
librerías como una especie de artefacto literario y plástico.
Después de conocer todo esto, vuelvo a la
pregunta de Monsiváis: ¿Exageraba? Quizá no hacía falta una beca Guggenheim
para leer Terra nostra. Pero sí hacía falta algo bastante más sencillo
y, paradójicamente, mucho más difícil de conseguir: tiempo. Tiempo para leer. Tiempo
para perderse. Tiempo para entrar en un libro y permanecer allí. Así que no
sólo se necesita tiempo, se necesita tiempo y capacidad de concentración.
Yo leí Terra nostra por primera vez
en 1984. Estudiaba el primer semestre de Sociología. Desafortunadamente no tuve
una beca Guggenheim, pero no fue necesario, no fue necesario gracias al metro.
Por aquel entonces yo trabajaba en el Poli,
en Zacatenco, y en las tardes estudiaba en CU. Para llegar de lunes a jueves a
la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, que todavía ese
semestre operaba en sus antiguas instalaciones, a un lado de Economía, usaba el
metro. La línea 3. Abordaba en Potrero, dos antes de Indios Verdes, la última
estación, y me bajaba en Copilco, una estación antes de la última en el extremo
opuesto: Potrero → La Raza → Tlatelolco → Guerrero → Hidalgo → Juárez →
Balderas → Niños Héroes → Hospital General → Centro Médico → Etiopía → Eugenia
→ División del Norte → Zapata → Coyoacán → Viveros → Miguel Ángel de Quevedo →
Copilco. 18 estaciones contando origen y destino. La distancia ferroviaria
entre Potrero y Copilco es de casi 18 km. Hablamos de unos 35 minutos de
trayecto en el subsuelo.
A diferencia de lo que hoy sucede, entonces
el raro era yo. Venir tan ensimismado no era común. Los teléfonos celulares no
existían y era extrañísimo toparse a alguien con audífonos. Seguro veías más
gente leyendo, libros, revistas, comics… Seguro, sin duda, muchas más personas
viajaban platicando.
No faltará quienes pudieran pensar que todo
esto no es más que una impresión mía. Que quizá estoy cayendo en esa trampa tan
común de pensar que antes las cosas eran mejores: antes se leía más, antes la
gente tenía más paciencia, antes los jóvenes estaban más interesados en los libros...
Y no. Por lo menos, la percepción de que estamos leyendo menos no es solamente producto
de la nostalgia.
Hace unas semanas apareció en The
Atlantic un artículo de Rose Horowitch que ha generado una discusión
bastante importante en buena parte del mundo. El título es provocador: “The End
of Reading Is Here”, “El fin de la lectura ha llegado”. Y la tesis es todavía
más provocadora: dice que podríamos estar entrando en una época posliteraria. Horowitch
no está diciendo que la gente haya dejado de leer palabras. De hecho,
probablemente nunca habíamos estado expuestos a tantas palabras escritas como
ahora. Leemos correos electrónicos, mensajes de WhatsApp, publicaciones de
Facebook, X, Instagram, Reddit, titulares, subtítulos, instrucciones,
notificaciones... Estamos rodeados de textos. El problema es otro. Lo que se
está perdiendo es la lectura sostenida. La capacidad de permanecer durante
veinte, treinta, cuarenta minutos —o una hora— dentro de un texto que exige
atención. La capacidad de seguir un argumento largo está desapareciendo: las
personas se desesperan rápido y quieren saber cuánto antes en qué acaba la
cosa. La capacidad de recordar lo que sucedió veinte páginas atrás se esfuma.
Se debilita la capacidad de aceptar que una idea no tiene que entregarnos
inmediatamente su recompensa. De atravesar un texto difícil sin preguntar, a
los pocos minutos: “¿Ya llegamos?”
Y ahí creo que Terra nostra adquiere
una actualidad inesperada. Porque esta novela de Fuentes es un ejemplo perfecto
de aquello que la cultura contemporánea parece estar perdiendo. No solamente
porque sea un libro de 783 páginas. Sino porque sería imposible leerla a saltitos
de veinte segundos. Exige continuidad. Exige memoria. Exige concentración. Exige
aceptar que, durante muchas horas, uno va a estar dentro de una construcción
verbal que no se deja consumir de inmediato. Es una inmersión simbólica en
otros mundos.
Las cifras que recoge Horowitch son
inquietantes. Según datos del American Time Use Survey, la proporción de
estadounidenses que leen un libro o un artículo en un día cualquiera ha caído
40% en las últimas dos décadas. Y una investigación publicada en 2025 en la
revista iScience, basada en más de 236 mil participantes, encontró que
la proporción de personas que leían por placer en un día promedio pasó de 28% en
2004 a 16% en 2023. Hay un dato todavía más fuerte. La encuesta del National
Endowment for the Arts indica que, en 2022, menos de la mitad de los adultos
estadounidenses había leído un libro de cualquier tipo durante el año anterior.
Y poco menos de 4 de cada 10 había leído una novela o un cuento. Es decir: estamos
hablando de sociedades en las que cada vez resulta menos habitual dedicar una
parte significativa del tiempo libre a leer un libro. La investigación de iScience
no encontró solamente que hay menos personas que leen. Encontró algo más
matizado: quienes sí leen tienden a dedicar más tiempo a hacerlo. En 2023,
quienes leyeron por placer dedicaron en promedio una hora y 37 minutos. El
problema, entonces, no es que haya desaparecido el lector. El problema es que los
lectores se están convirtiendo en una minoría, en una élite. Y esto importa
porque leer un libro no es simplemente recabar información de un texto. Leer un
texto extenso, una novela, por ejemplo, es un ejercicio mental muy particular. Uno
tiene que mantener una representación de lo que ya leyó mientras incorpora lo
nuevo. Tiene que relacionar personajes, conceptos, argumentos, circunstancias. Tiene
que tolerar la ambigüedad. Tiene que imaginar. Tiene que inferir. Tiene que
recordar. Y, sobre todo, tiene que sostener la atención sin recibir una
recompensa cada unos pocos segundos. Eso es justamente lo que está siendo
puesto en cuestión por nuestro entorno mediático. Porque el teléfono no compite
con el libro ofreciéndonos otro contenido. Compite con el libro ofreciéndonos
muchas recompensas pequeñas, inmediatas y sucesivas. Un mensaje. Una palomita.
Un OK. Una notificación. Un video de gatos. Un chiste. Una noticia
escalofriante. Otro video. Una fotografía. Un comentario. Otra noticia. Alguien
de quién reírse. Y así, nuestra atención se acostumbra a cambiar constantemente
de objeto.
Por eso, me parece que la discusión sobre
la lectura no debería reducirse a una pregunta del tipo: “¿Cuántos libros lee
la gente?” La pregunta más interesante es otra: ¿Qué capacidad de nuestra mente
estamos ejercitando cuando leemos durante una hora seguida y qué capacidad
estamos dejando de ejercitar cuando ya no podemos hacerlo?
Horowitch sostiene que la lectura profunda
no solamente sirve para adquirir información. Ha sido una de las tecnologías
intelectuales que permitieron desarrollar determinadas formas de pensamiento
complejo, abstracto y crítico; y su retroceso puede tener consecuencias sobre
la cultura, la política y nuestra capacidad para procesar ideas complejas y
también para poder relacionarnos. No es, por tanto, una defensa romántica del
libro de papel. No se trata de decir: “El libro impreso es bueno y el celular
es malo”. El asunto es cómo leemos. Podemos leer muchísimo y, sin embargo, leer
superficialmente. Podemos estar todo el día rodeados de palabras y, al mismo
tiempo, estar perdiendo la capacidad de permanecer dentro de un texto. Y esa
diferencia me parece fundamental. Entonces la vieja broma de Monsiváis adquiere
otro significado. Para leer Terra nostra, decía, hacía falta una beca
Guggenheim. La verdadera rareza, en nuestro tiempo, ya no sería disponer de una
beca para leer 783 páginas. La verdadera rareza es hoy tener la capacidad de
atención necesaria para leerlas.
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