… he dudado de si debo contarme entre los psicoanalistas
según su definición.
Georg Groddeck a Sigmund Freud,
Baden-Baden, 27 de mayo de 1917.
En su primera tópica—expuesta fundamentalmente en La interpretación de los sueños (1900)—, Sigmund Freud divide la mente humana en tres sistemas: consciente, preconsciente e inconsciente. En su segundo modelo, estructura el aparato mental en tres instancias: el ello, el yo y el superyó. Freud no concibió estas dos tópicas como fases sucesivas en las que la segunda superara y anulara a la primera, sino como dos perspectivas complementarias que conviven en su teoría. La primera atiende a la localización de los contenidos psíquicos según su accesibilidad a la conciencia; la segunda, a la dinámica funcional de las instancias en conflicto. Ambas cartografías se superponen, se complementan.
Fue en El yo y el ello, publicado en 1923, donde Sigmund Freud dio a conocer su segunda tópica. Para eso, por vez primera, usa el poderoso concepto del ello. He aquí cómo lo introduce:
… nos deparará una gran ventaja seguir la sugerencia de un autor, quien, por motivos personales, en vano protesta que no tiene nada que ver con la ciencia estricta… Me refiero a Georg Groddeck, quien insiste, una y otra vez, en que lo que llamamos nuestro ‘yo’ se comporta en la vida de manera esencialmente pasiva, y —según su expresión— somos ‘vividos’ por poderes ignotos, ingobernables. Todos hemos recibido esas mismas impresiones, aunque no nos hayan avasallado hasta el punto de excluir todas las otras, y no nos arredrará indicarle a la intelección de Groddeck su lugar en la ensambladura de la ciencia. Propongo dar razón de ella llamando ‘yo’ a la esencia que parte del sistema percepción, que es primero preconsciente, y ‘ello’, en cambio, según el uso de Groddeck, a lo otro psíquico en que aquel se continúa y que se comporta como inconsciente.
En estas líneas, Freud efectúa tres operaciones: reconoce una deuda con Georg Groddeck, relativiza la soberanía del yo y redefine la arquitectura del aparato psíquico. Bueno, ¿y quién era este señor Groddeck? En principio un galeno con quien Freud mantenía correspondencia desde seis años atrás.
El prolongado intercambio epistolar entre Georg Groddeck y Sigmund Freud comenzó el 27 de mayo de 1917, cuando aquel, radicado en Baden-Baden, se animó a escribirle al afamado padre del psicoanálisis. Entonces, Baden-Baden formaba parte del Ducado de Baden, el cual, desde 1871, pertenecía el Imperio alemán, mientras que Viena, en donde vivía Freud, era la capital del multiétnico Imperio austrohúngaro. Residían pues en dos Estados soberanos distintos, aunque aliados durante la Gran Guerra. El correo entre ambas ciudades —la distancia, por carretera o ferrocarril, ascendía a unos 770 km— cruzaba una frontera internacional en plena guerra. Baden-Baden era una pequeña ciudad balnearia en el norte de la Selva Negra, al suroeste de Alemania —menos de 25 mil habitantes—, en donde Groddeck dirigía, desde 1900, su Sanatorium Marienhöhe, una clínica exclusiva —unas 15 habitaciones— donde atendía padecimientos que más tarde serían denominados psicosomáticos, combinando hidroterapia, masajes, dieta y psicoanálisis. En cambio, Viena era una gran metrópoli imperial, una de las más grandes de Europa —antes de la guerra era la tercera después de Londres y París—, en la que vivían casi dos millones y medio de personas.
Cuando se decidió a escribirle por primera vez a Freud, Georg Groddeck no lo conocía. Tenía 50 años y era un médico más bien desconocido fuera de Baden-Baden, mientras que Freud, ya sexagenario, era una figura intelectual consolidada y ampliamente conocida y controvertida en los círculos médicos y filosóficos de toda Europa y algunos países occidentales de otros continentes. Fundador del movimiento psicoanalítico, dirigía su desarrollo internacional, tenía discípulos y sociedades en varios países, y su nombre trascendía el ámbito estrictamente profesional. Entre 1915 y 1917 estaba impartiendo las célebres Conferencias de introducción al psicoanálisis, que contribuyeron a popularizar sus ideas. Para entonces ya había publicado —y sacudido al mundo— buena parte de su obra, como La interpretación de los sueños(1900), Psicopatología de la vida cotidiana (1901), Tres ensayos de teoría sexual (1905), Tótem y tabú (1913) y trabajos de metapsicología, entre ellos Duelo y melancolía (1917). Por su parte, Groddeck había publicado dos libros de escaso impacto: Un problema de mujer (1902) y Nasamecu: La naturaleza sana, el médico cura (1913).
¿Y para qué se comunicó Groddeck con Sigmund Freud? En pocas palabras, en su primer comunicado, no le pide consejo ni un favor terapéutico, editorial o académico, sino un veredicto categórico y público: le solicita que enjuicie si su método de tratamiento de enfermedades orgánicas transgrede o no los límites del psicoanálisis, le pide que él, Freud, dictamine si puede o no considerarse parte del movimiento psicoanalítico. Pero para eso, antes, se ve obligado a tratar de disculparse. ¿Por qué?
Sucede que Groddeck, en algunos pasajes de su libro Nasamecu —acrónimo de Natura sanat, medicus curat; la naturaleza sana, el médico cura—, había atacado acérrimamente al psicoanálisis. En principio, señalaba que Freud tenía una fijación grotesca en la sexualidad infantil y la libido como motor de todo conflicto psíquico; se burlaba de lo que llamaba pansexualismo freudiano, según él, una explicación mecánica y simplista que reduce al ser humano a un títere de sus genitales. En segundo lugar, calificaba al método analítico como “intelectualismo estéril”. Groddeck, que por entonces era básicamente un masajista, despreciaba el procedimiento de la cura por la palabra. Además, equiparaba al movimiento psicoanalítico con una secta y acusaba a Freud y a sus discípulos de haber erigido un credo, en el que el complejo de Edipo y la represión funcionan como dogmas. El psicoanálisis, sostenía, no era una ciencia, sino una doctrina metafísica. Por último, Groddeck había escrito que los éxitos terapéuticos del psicoanálisis no se debían al desenterramiento de recuerdos reprimidos, sino a la sugestión ejercida por la figura autoritaria del analista sobre el paciente.
Cuatro años después, en su primera carta a Freud, Groddeck confesará que había escrito todo eso sin haber leído a Freud y sin haber conversado con ningún psicoanalista. Había establecido que el movimiento al que ahora quería sumarse, el psicoanálisis, era “un veneno”, “una epidemia” consistente en “la peligrosa remoción de la suciedad enterrada en las profundidades de la vida sexual”. ¿Cómo ahora se presentaba como un candidato viable para ser aceptado como psicoanalista por el mismísimo Sigmund Freud? ¿Qué cartas presentaba? ¿Qué le respondería el doctor Freud? Profundizaremos en ello en la próxima entrega.


