PRIMER ACTO
Los persas, la pieza teatral más antigua que se ha
preservado hasta nuestros días, se escenificó por vez primera en Atenas,
durante las fiestas Dionisias del 472 a. C. Han pasado 2,498 años. La obra teatral
no se refiere a asuntos mitológicos, sino a hechos humanos, mundanos y contemporáneos
para los espectadores de su estreno.
Esquilo nació hacia el 525 a. C. y falleció
a los 68 años en la costa meridional de Sicilia. La tradición dice que murió de
un tortugazo. El epitafio de Esquilo no registra los detalles de su
fallecimiento:
Este sepulcro de Gela, la rica en cereales,
contiene a Esquilo, el hijo de Euforión, ateniense.
De su eximio valor hablarán Maratón y su bosque sagrado
y el cabelludo medo, que le conocen bien.
Ciertamente, en septiembre de 490 a. C.,
Esquilo combatió contra los invasores persas en Maratón —a 42 kilómetros de
Atenas—, en la batalla definitoria de la primera Guerra Médica. Los aqueménidas
venían de haber sometido la insurrección jónica, cuando Darío I decidió atacar
a las ciudades-estado helenas. En Maratón, los griegos resistieron y terminaron
por derrotar a los asiáticos. Aquel resultado iba contra todo pronóstico:
apenas 35 años antes, los persas habían conquistado Egipto, y diez años atrás habían
salido vencedores en Tracia, Macedonia y las costas del mar Negro. Después, en
el oriente, fueron invencibles, hasta alcanzar el valle del Indo. En el 500 a.
C. el imperio aqueménida alcanzaba su máxima extensión, unos 5.5 millones de
kilómetros cuadrados, para convertirse en el más grande del orbe hasta
entonces. Pero con los griegos no pudieron…
En Los persas, Esquilo no se refiere
a la primer Guerra Médica, sino a la segunda, ocurrida diez años después. Para
entonces, el imperio aqueménida era reinado por el hijo de Darío, Jerjes. Fue
él mismo quien se puso al frente de sus huestes. Los persas cruzaron el
Helesponto, para entonces recorrer Tracia hacia Tesalia; a su paso, todas las ciudades
fueron sometidas. Después de vencer en la batalla de Termópilas, el embate
persa avanzó hasta Atenas. Jerjes encontró la ciudad despoblada: los atenienses
se habían ido a refugiar en la isla de Salamina. Luego de saquear Atenas, los
persas acometieron la persecución, y fue en los estrechos costeros en donde la
flota helena logró la derrota de los orientales. Jerjes regresaría humillado a
la ciudad capital de su imperio, Sousa.
Los persas es un lamento a un héroe trágico, Jerjes. También
es una alabanza a la fuerza de la gente que hace la ciudad. La reina Atosa,
madre de Jerjes, cuestiona a un mensajero sobre lo que está sucediendo del otro
lado del mar; desea saber si al fin Atenas fue destruida por el ejército
comandado por su hijo. Esquilo hace que el mensajero responda que no, porque
“mientras hay hombres, eso constituye un muro inexpugnable”.
INTERMEDIO: APOSTILLAS PARA QUIEN NO TENGA A
MANO ALGUNOS LIBROS DE HISTORIA
1. Irán es Persia
Los persas no son una civilización extinta;
hablamos de los antepasados directos de los actuales iraníes. La lengua persa, el
farsi, sigue siendo la oficial de Irán, su poesía sigue viva, y la memoria de
Ciro el Grande es tan presente como la de los reyes católicos en España o Cuauhtémoc
entre nosotros.
2. Medos y persas: un error griego
Los griegos solían llamar “medos” a los “persas”
porque el primer imperio oriental que amenazó sus costas (siglo VII a. C.) fue
el de los medos, un pueblo vecino de los persas. De hecho, Ciro fue criado en
Media. Cuando los persas se unieron a Media, unificaron el altiplano iraní, y los
griegos no se molestaron en actualizar la nomenclatura. Es como si hoy llamáramos
mexicas a todos los pueblos nahuatlacas.
3. Aqueménida: el apellido de la dinastía
Decir “imperio persa” no es del todo falso,
pero es vago. La dinastía reinante desde Ciro hasta Darío III era la
aqueménida, así llamada por Aquemenes, el legendario patriarca de la estirpe.
Fue Darío I quien, tras hacerse con el trono en el 522 a.C., organizó el
imperio en satrapías y consolidó el nombre de su linaje.
4. ¿ Grecia es Occidente?
A veces se dice que “Occidente” es una
invención posterior, que los atenienses no se sentían europeos en el sentido
actual. Cierto. Pero también es cierto que la civilización que hoy llamamos
occidental hunde sus raíces en la polis griega, especialmente en Atenas. Los
romanos conquistaron Grecia, pero fueron conquistados por su cultura; el
cristianismo, aunque naciera en Judea, se helenizó para volverse universal; el
Renacimiento redescubrió a Platón y Aristóteles; la Ilustración bebió de la
democracia ateniense. Por eso, decir que Atenas es un pilar de Occidente señala
un hecho de transmisión cultural: lo que ocurrió en aquel puñado de colinas
entre el siglo VI y IV a. C. acabó por modelar la cosmovisión de medio mundo.
Frente a eso, el imperio aqueménida representó durante siglos el arquetipo del llamado,
con desdén desde Occidente, “despotismo oriental”. En realidad Persia tuvo
también su grandeza administrativa y su tolerancia —Ciro liberó a los judíos—.
5. El tortugazo
El oráculo había vaticinado a Esquilo:
“Morirás aplastado por una casa”. Entonces él decidió irse a vivir a las
afueras de la ciudad de Gela, a una humilde choza con techo de paja. Caludio
Eliano (c. 175-235 d. C.) cuenta lo que ocurrió entonces: “Las águilas
que apresan a las tortugas de tierra y las arrojan desde lo alto y las
estrellan contra las rocas y, quebrando así su caparazón, extraen la carne y la
comen. Justo de esa manera… acabó la vida… de aquel poeta autor de tragedias.
Esquilo estaba sentado sobre una roca, discurriendo y escribiendo sus temas
habituales. Era calvo. De ahí que el águila, figurándose que la cabeza era una
roca, soltó y arrojó contra ella la tortuga que tenía entre las garras. Y el
disparo acertó a dar al citado varón y lo mató”.
SEGUNDO ACTO
Veinticinco siglos después, aquel “muro
inexpugnable” que el mensajero de Los persas atribuía a los ciudadanos
de Atenas sigue en pie. Pero ha cambiado de acera.
Si hoy alguien se parece a Jerjes y su
arrogancia, ese no es un ayatolá, es el ejército más poderoso del orbe, el gringo,
bajo el mando errático de Trump, con sus inmensos portaaviones en el Golfo
Pérsico, sus drones y misiles asesinando generales y líderes, sus sanciones
estrangulando gente… Occidente, el heredero de aquellos atenienses que
defendieron su suelo del imperio oriental, se ha convertido en el nuevo imperio
que ataca Oriente. La historia ha invertido los papeles con la precisión de un
águila soltando una tortuga.
Y el Oriente al que se ataca —la milenaria
Persia— ocupa ahora el lugar simbólico de Atenas. No porque su régimen sea una
democracia ejemplar —de hecho, ninguna lo es—, sino porque, frente al gigante
que lo amenaza, su pueblo y aliados se han convertido en ese muro del que
hablaba Esquilo. Un muro hecho de memoria, de orgullo herido, de resistencia frente
a décadas de sanciones, y de una certeza que Occidente parece haber olvidado:
que ningún imperio, por más misiles que acumule, puede destruir un pueblo
mientras queden en ella personas dispuestos a levantarse al día siguiente.
Jerjes había heredado el imperio más grande
del mundo. Sus ejércitos habían arrasado ciudades, sus ingenieros habían
construido puentes de barcas sobre el mar, sus arcas estaban llenas del oro de
Babilonia y Egipto. Y sin embargo, la hubris —esa patología que los griegos
retrataron magistralmente— lo llevó a creer que su poder era ilimitado. Que
podía humillar a los dioses —literalmente: mandó azotar el Helesponto porque
las olas le habían deshecho un puente—. Que la fuerza bruta bastaba para
doblegar la voluntad de un pueblo. Sabemos cómo terminó: con su flota hecha
astillas, su ejército diezmado, y él mismo huyendo de en un barco pesquero,
para vivir el resto de sus días como la sombra de lo que había sido. ¿Les
suena? La misma hubris que cegó a Jerjes hoy entrampa la estrategia de
Washington contra Irán —eso de “estrategia” es sólo un decir—… La creencia de
que las sanciones, los asesinatos selectivos, las amenazas militares, el cambio
obligado de régimen y los insultos son herramientas mágicas que funcionan
siempre. La incapacidad para entender que un pueblo sometido a presión externa
—sobre todo cuando viene de un imperio que ya invadió Irak, Afganistán y Libia
con resultados desastrosos— no se rinde: se radicaliza, se une, y encuentra en
su propia resistencia el único capital que le queda. Y ahí tienen a Cuba, mucho
más cerca, de magnífico ejemplo.
No estoy pronosticando que Estados Unidos
vaya a sufrir una derrota militar como la de Jerjes en Salamina. Las guerras de
hoy no se parecen a las de los trirremes. Pero la derrota estratégica, política
y moral ya ocurrió. El mundo observa cómo la hiperpotencia americana, incapaz
de someter a Irán después de cuatro décadas de hostilidades, se atasca en su
propio fango del que no sabe salir. Y cada nueva escalada, cada nuevo post
majadero de Trump, revela más desesperación que contundencia.
Una derrota de Estados Unidos —no
necesariamente militar, sino geopolítica, la pérdida de credibilidad y aliados,
el colapso de su diplomacia— acelera el tránsito de la hegemonía mundial hacia
un nuevo polo oriental. Ese polo ya no sería Persia sola. Sería un enorme
bloque: China, Rusia, Irán, India —quizás Turquía, y buena parte de los BRICS—.
Un bloque que no necesita ganar una guerra contra Occidente; le basta con
esperar a que Occidente se desangre solo en sus propias arrogancias, en sus
escándalos, en sus miserias…
El poderoso cree que puede todo, y en su
desmesura siembra las semillas de su propia debacle. Jerjes perdió no sólo una
batalla, sino la reputación de invencibilidad. A partir de Salamina, los
griegos —y luego los macedonios— se atrevieron a desafiar a Persia en su propio
territorio. Algo similalr podría ocurrir en las próximas décadas: Estados
Unidos, agotado, dividido, desprestigiado, podría ver cómo el centro de
gravedad del mundo se desplaza hacia el Este, sin que sea necesario que nadie
dispare un solo misil intercontinental.
Los imperios no caen cuando los vence el
enemigo más fuerte. Caen cuando su propia arrogancia los vuelve ciegos a la
realidad. Cuando confunden tener el ejército más caro del mundo con tener la
razón. Cuando olvidan que, como escribió Esquilo hace 2498 años, el verdadero
muro de una ciudad no son sus murallas ni sus escudos antiaéreos, sino la
voluntad de su gente. Hoy, los persas tienen esa voluntad. Y Occidente se ha
convertido en el nuevo Jerjes. La pregunta no es si Trump va a intentar
acometar un genocido contra 90 millones de seres humanos. La pregunta es si
Estados Unidos, es decir, su gente, será capaz de reconocer a tiempo su propia
hubris, o si, como el rey aqueménida, tendrá que esperar a la humillación para
aprender la lección más antigua de la historia: que la soberbia siempre precede
a la caída.
Yo no apostaría por la inteligencia de los
poderosos. Prefiero quedarme con la imagen de aquella águila que confundió la
cabeza calva de Esquilo con una piedra. La historia —como cualquier águila—
también se equivoca a veces. Pero cuando acierta, suele ser de tortugazo.
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