Il faut quelque chose de plus que de l'intelligence pour agir intelligemment.
Arthur Adamov, L'homme et l'enfant.
Quizá la Inteligencia Artificial (IA) algún día pueda explicarle al gran capital por qué matar de hambre a los consumidores terminará por afectar las ventas.
El 14 de mayo pasado leí una nota informativa publicada por Quartz; informa que Cisco alcanzó ingresos trimestrales récord impulsados por la demanda de infraestructura para inteligencia artificial, mientras anunció el recorte de un montón de empleos como parte de una reestructuración dirigida a expandir sus inversiones en IA, ciberseguridad y redes de datos.
El caso de Cisco ilustra con claridad la lógica contemporánea del tecnocapitalismo: incluso en medio de ganancias récord, crecimiento sostenido e inversiones multimillonarias derivadas del auge de la inteligencia artificial, la respuesta corporativa sigue siendo el despido masivo de trabajadores. La empresa reportó ingresos históricos cercanos a los 15.8 mil millones de dólares, un aumento anual del 12%, con perspectivas extraordinarias gracias a la expansión de la infraestructura de IA. Pero no es suficiente, nunca es suficiente: simultáneamente anunció la eliminación de alrededor de 4,000 empleos para “redirigir recursos” hacia nuevas áreas tecnológicas. La paradoja es reveladora: los despidos ya no aparecen como una medida defensiva frente a crisis o pérdidas, sino como una técnica permanente de maximización de rentabilidad. La automatización y la IA no se incorporan principalmente para aliviar el trabajo humano, sino para elevar la productividad del capital y acelerar la concentración de ganancias. En otras palabras, cuanto más eficiente se vuelve el sistema, menos necesario parece volverse el trabajador dentro de él.
El ideal del tecnocapitalismo no es liberar al trabajador del trabajo, sino liberar al trabajo del trabajador.
Esta dinámica expresa una transformación más profunda: la empresa tecnológica contemporánea ya no busca simplemente crecer, sino crecer reduciendo simultáneamente sus costos laborales al máximo. El ideal no es producir más con mejores condiciones humanas, sino producir más con menos humanos. La promesa emancipadora de la tecnología queda así subordinada a una racionalidad financiera donde toda innovación debe traducirse, tarde o temprano, en recorte de personal, automatización y valorización bursátil.
Si capital está tan obsesionado con productividad que terminaría despidiendo incluso a sus consumidores, ¿no convendría que los tecnocapitalistas le preguntaran a la IA qué le pasa a una economía en la que ya no queda casi nadie que pueda comprar?
Lo de Cisco no es un caso aislado, sino un modus operandi sistémico. En 2023, Mark Zuckerberg acuñó el término “Año de la Eficiencia”. Tras despedir a más de 21 mil empleados —alrededor del 25% de su plantilla—, la empresa —Meta, matriz de Facebook, Instagram y WhatsApp— experimentó una paradoja macabra: sus acciones se dispararon a máximos históricos, sumando miles de millones de dólares a su capitalización de mercado. Zuckerberg dejó claro que el dinero ahorrado en nóminas se redirigiría directamente a financiar chips de Nvidia y supercomputadoras para desarrollar su IA (Llama) y Wall Street celebró el recorte de humanos como una “limpieza de grasa”.
A diferencia de otras empresas que camuflan los despidos con el eufemismo “reestructuración estratégica”, el CEO de IBM, Arvind Krishna, fue alarmantemente honesto. Declaró públicamente —mayo de 2023— que la compañía planeaba congelar la contratación de roles que la IA pudiera realizar, estimando que unos ocho mil puestos de trabajo directos serían reemplazados por software. Mientras tanto, sus reportes financieros seguían mostrando ganancias sólidas.
A principios de 2024, Google ejecutó oleadas de despidos en sus equipos de ingeniería, hardware y de su asistente de voz. Igual: los despidos ocurrieron semanas antes de que Alphabet reportara ganancias trimestrales récord de más de 20,000 millones de dólares netos. El CEO, Sundar Pichai, advirtió a los empleados que habría más recortes a lo largo del año para poder “invertir en sus grandes prioridades”, que no son otras que la IA generativa.
Uno más: el 27 de febrero de 2024. La firma sueca de tecnofinanzas Klarna lanzó un comunicado de prensa global para presumir los resultados del primer mes de operación de su asistente virtual —desarrollado en alianza con OpenAI—, arrojando el famoso dato de que su chatbot ya resolvía dos tercios de las consultas de soporte, haciendo el trabajo equivalente a 700 agentes humanos de tiempo completo. Por descontado, lo que siguió fueron olas de despidos.
Creer que esta dinámica se limita a los confines del ecosistema nativo de Silicon Valley sería un error de diagnóstico. Lo que comenzó como una reestructuración interna de las grandes corporaciones de software se está propagando con la velocidad de un virus hacia el resto del entramado económico global. La IA generativa ya no es sólo una herramienta sectorial, sino una tecnología de propósito general —como lo fueron en su momento la electricidad o la máquina de vapor— capaz de colonizar cualquier actividad basada en el procesamiento de información, la gestión de datos o la atención al cliente. Desde la banca tradicional y los bufetes jurídicos hasta las cadenas de suministro, los servicios de mercadotecnia y los departamentos de recursos humanos en industrias manufactureras, el umbral de sustitución se ha desplazado drásticamente. Lo verdaderamente alarmante de esta metástasis laboral es que el “experimento exitoso” de las tecnológicas ha normalizado el despido algorítmico en sectores donde las ganancias dependen históricamente del mercado interno. Al adoptar masivamente este software de reemplazo, la vieja economía está asimilando la peor lección del tecnocapitalismo: que un puesto de trabajo destruido ya no es una pérdida operativa, sino una victoria contable inmediata que se premia en los mercados financieros.
Hasta donde tengo noticia, ni las máquinas ni los algoritmos, por muy sofisticadas que sean, compran perfumes, quesos, platería, ropa, coches… Tampoco van al cine ni hacen turismo, ¡vamos, ni siquiera comen en restaurantes o cafés! Así que no se necesita ser un genio para prever lo que va a suceder si los ejércitos digitales de desempleados no reciben un ingreso.
El colapso de la economía por la caída del consumo es algo previsible e incluso ya hay estudios serios que pronostican cuándo sucederá, y no estamos hablando de décadas, sino de unos pocos años. El propio Fondo Monetario Internacional ha advertido que la IA afectará de forma inminente al 40% de los empleos a nivel global, una cifra que escala de manera alarmante al 60% en las economías avanzadas. La cúpula de este organismo se refiere al impacto de esta tecnología en los mercados laborales como un “tsunami económico”. Lo que los modelos macroeconómicos revelan con claridad es que no estamos ante un proceso de transición suave; el reemplazo de la fuerza de trabajo es tan acelerado y frontal que el adelgazamiento de las clases medias destruirá los pilares de la demanda agregada mucho antes de que el sistema sea capaz de reconvertir a los trabajadores desplazados. El tecnocapitalismo, en su afán ciego por la optimización y la reducción de costos, parece estar construyendo la máquina perfecta de producción para un mundo sin compradores. Si los dueños del capital insisten en ignorar este bucle autodestructivo, no pasará mucho tiempo antes de que sus flamantes algoritmos tengan que empezar a consumir sus propios productos. La paradoja final será perfecta: una inteligencia artificial es suicida.
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