Los seres humanos hemos sido capaces de comprender detalladamente y medir con toda precisión la composición química de la atmósfera, predecir el calentamiento global e, incluso, dominar el arte de la creación de ecosistemas cerrados hasta el punto de poder replicar microclimas habitables fuera de nuestra propia atmósfera, pero al mismo tiempo hemos sido incapaces de implementar cambios sistémicos para salvarnos del colapso climático que nosotros mismos hemos provocado en el único hogar planetario que realmente tenemos. Hemos penetrado en los secretos de la fusión y la fisión nuclear, la energía que enciende las estrellas, pero mientras la aplicamos con precisión suicida para construir arsenales capaces de aniquilar la civilización varias veces en una sola tarde, apenas logramos sostenerla de manera más o menos controlada para iluminar nuestros hogares de manera limpia y pacífica. Hemos desarrollado la capacidad de enviar misiones robóticas al espacio profundo para leer la historia cósmica y asomarnos al origen del universo, pero destinamos aún más recursos a convertir este microscópico planeta que habitamos en el escenario global de la barbarie humana, con militarización orbital, armas antisatélite y vigilancia masiva. Dominamos técnicas de trasplante de órganos, cirugía robótica, inmunoterapia y edición genética para vencer enfermedades que hasta hace pocos años eran una sentencia inapelable de muerte, pero nos mantenemos organizados en sociedades en las que el código postal determina la esperanza de vida de la gente más que su código genético. Hemos establecido y logramos coordinar cadenas de suministro planetarias capaces de llevar productos frescos a cualquier supermercado en 48 horas, pero desperdiciamos un tercio de los alimentos que producimos mientras regiones enteras padece de hambruna y desnutrición crónica. Instauramos una red de información con más nodos que la población mundial, capaz de conectarnos a todos entre sí, pero la utilizamos sobre todo para la fragmentación cognitiva, el consumo superficial y el refuerzo de cámaras de eco que anulan el pensamiento crítico y destruyen el tejido social. Desarrollamos modelos matemáticos capaces de cuantificar los riesgos globales con una precisión asombrosa, pero los utilizamos para diseñar derivados financieros opacos que provocan crisis cíclicas, concentran la riqueza de forma obscena y empobrecen a millones. Hemos desarrollado materiales sintéticos de una resistencia y versatilidad casi milagrosas, capaces de durar siglos sin degradarse, y los utilizamos para fabricar objetos desechables de un solo uso que hoy saturan los océanos, envenenan la cadena alimentaria y han convertido el plástico en el nuevo estrato geológico del planeta. Hemos secuenciado el genoma humano descifrado el código de 3,200 millones de letras que nos define como especie, y al mismo tiempo nos entregamos a la fabricación y consumo de narrativas que niegan la diferencia entre un hecho probado y una ficción conveniente. Somos capaces de diseñar y construir torres que desafían la gravedad, autorregulan su temperatura, reciclan su agua y generan su propia energía en ecosistemas verticales casi autosuficientes, pero las erigimos en ciudades donde millones de personas viven hacinadas a sus pies, sin acceso a servicios básicos ni a un techo digno. Hemos desarrollado biotecnología con la que podemos producir alimentos suficientes para toda la humanidad y tenemos sobrada capacidad para erradicar el hambre, pero mientras tanto más de 700 millones de personas pasan hambre, más de mil millones padecen obesidad y diabetes tipo 2, víctimas de un sistema alimentario que fabrica abundancia insana y de una alarmante falta de criterio. Creamos sistemas de inteligencia artificial capaces de revisar y corregir la gramática de textos de miles de palabras en segundos, componer sinfonías, diagnosticar cánceres invisibles al ojo humano, descifrar la estructura de las proteínas y programar en instantes, y sin embargo la misma inteligencia artificial es empleada mayoritariamente para optimizar la publicidad invasiva, fabricar desinformación a escala industrial y monetizar la atención humana hasta la extenuación. Comprendemos escrituras milenarias, reconstruimos imperios olvidados y datamos con exactitud los colapsos civilizatorios del pasado, reconocemos las señales que los precedieron porque las estamos replicando una a una, y aun así seguimos comportándonos como si nuestra civilización estuviera exenta de las leyes que sepultaron a todas las demás. Tenemos la capacidad de diseñar vehículos autónomos y trenes de levitación magnética que desafían la fricción y no emiten carbono, pero seguimos atrapados en modelos urbanos que priorizan el automóvil privado, condenando a millones de personas a perder cientos de horas al año en embotellamientos, el equivalente a semanas completas de vida evaporadas frente a un semáforo.
Podríamos seguir ejemplificando, pero me parece que con esto es suficiente para evidenciar que los seres humanos somos tremendamente inteligentes y tremendamente estúpidos, lo cual es muy lógico. Piénselo usted: una montaña no tiene absolutamente nada de inteligencia, pero tampoco medio pelo de estúpida. ¿Y qué decir del Niño —no me refiero a un niño, sino al Niño, el fenómeno climatológico— o de una nube o de un relámpago? En efecto, para poder cometer una estupidez se requiere tener cierto grado de inteligencia. En un ensayo publicado hace unos días — What Makes Humans Stupid—, David C. Krakauer lo explica así: “Podría decirse que la estupidez implica la capacidad de hacer las cosas bien antes de poder hacerlas espectacularmente mal. La estupidez no es lo opuesto a la inteligencia, sino su gemela malvada, el Caín disimulador frente a un Abel cerebral.” Y enseguida afirma que una bacteria necesariamente tiene un potencial ínfimo respecto a un perro o un gato, mientras que nosotros, los humanos, podemos cometer estupideces prodigiosas proporcionales a nuestra inteligencia. De aquí sugiere que podría desprenderse una ley, aunque desafortunadamente no la explicita. Bueno, hagámoslo, formulemos una propuesta: La capacidad de un sistema para generar estupidez catastrófica es directamente proporcional al grado de inteligencia, complejidad y sofisticación técnica que dicho sistema ha desarrollado, ya que la estupidez no es la ausencia de inteligencia sino su gemelo oscuro, y solo alcanza su máxima expresión —la escala civilizatoria— cuando dispone de las mismas herramientas que permiten las más grandes proezas del intelecto. De esta ley podemos desprender al menos cuatro principios:
1. Principio de acoplamiento: Inteligencia y estupidez no son opuestos excluyentes; son funciones acopladas que se desarrollan a la par.
2. Principio del umbral: En sistemas de baja inteligencia, la estupidez es modesta y de consecuencias limitadas; pero al cruzar un umbral crítico de complejidad —lenguaje simbólico, tecnología, instituciones—, la estupidez se vuelve capaz de hazañas.
3. Principio de la magnificación: Las mismas herramientas que amplifican la inteligencia —ideologías, sistemas financieros, ingeniería, redes globales, sistemas informáticos— actúan como multiplicadores de la estupidez. Cuanto más poderosa es la herramienta, más devastador puede ser la estupidez.
4. Principio de la autodestrucción potencial: Toda civilización suficientemente inteligente porta en su seno la semilla de su propia destrucción, precisamente porque su inteligencia le otorga un poder cuyo mal uso —la estupidez civilizatoria— puede aniquilarla.
La inteligencia nos ha dado un poder divino, pero la estupidez, su sombra inseparable, tiende a que hagamos milagros de la peor manera posible.
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