Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

lunes, 24 de agosto de 2026

El ello de ellos IV

  

… me convenzo de que, como tantos otros, construyo libros a partir de frases sueltas de sus escritos.

Groffeck a Freud, febrero de 1922.


“Creo que usted tomó el ello (literariamente, no asociativamente) de Nietzsche. ¿Puedo decirlo también así en mi escrito?” En el núcleo de este tramo de la historia se halla esta conjetura, formulada por Sigmund Freud en una carta que envió a Georg Groddeck en la Navidad de 1922. La pregunta no pretendía establecer la paternidad del concepto del ello, más bien muestra cómo Freud trataba de trazar el linaje de una noción que él transformó en instrumento teórico. Para entenderlo, conviene seguir la pista del intercambio epistolar que, desde 1917, sostuvieron el fundador del psicoanálisis y el excéntrico médico de Baden-Baden.

 

Recordemos que, al inicio de 1920, Freud ya había aceptado a Groddeck como colega —“debo afirmar que usted es un magnífico analista”, le escribió el 5 de junio de 1917— y le había abierto las páginas de las revistas psicoanalíticas. Groddeck, por su parte, había enviado su novela El buscador de almas para que Freud la evaluara —y él, en su misiva del 8 de febrero de 1920, la elogió, comparándola con el Don Quijote— y había comenzado a publicar ensayos en Imago y en la Revista Internacional de Psicoanálisis. Pero la relación también era teórica. El 17 de abril de 1921, Freud escribe:

Entiendo muy bien por qué lo inconsciente no le basta para prescindir del ello. Me pasa igual, sólo que tengo un talento especial para la suficiencia fragmentaria. Porque lo inconsciente es sólo algo fenoménico, una característica a falta de un mejor conocimiento, como si dijera: el señor con la capa, cuyo rostro no puedo ver con claridad. ¿Qué hago cuando aparece sin esa prenda?

Con esta metáfora, Freud acepta una insuficiencia de su primera tópica (Consciente-Preconsciente-Inconsciente), un modelo que denomina registros del aparato psíquico —modos de inscripción, acceso y funcionamiento de los contenidos psíquicos—, pero no al agente, a la fuerza que genera todo el movimiento —junto con el yo y el superyó, una de las tres instancias en conflicto, con funciones y génesis específicas—. La “capa” (el ser inconsciente) es una característica; Groddeck le ofrece una solución: llamar ello a ese “señor”. La primera tópica no distribuye funciones entre instancias, sino que mapea sistemas psíquicos y sus condiciones de acceso a la conciencia. Dos años después el problema quedará resuelto en El yo y el ello.

 

Lo inconsciente, como sistema descriptivo y tópico, no basta: describe el estado de ciertos contenidos psíquicos y su localización en el aparato, pero no una entidad. Groddeck proponía el ello como esa fuerza primordial, inconsciente y omniabarcante que nos vive mientras nosotros creemos vivir. Freud ideaba una manera de incorporar esa intuición a su arquitectura teórica sin renunciar al rigor teórico y sin dejarse seducir por los exabruptos místicos de Groddeck. En la misma carta del 17 de abril de 1921, Freud dibuja un diagrama —del que también da cuenta con palabras— que anticipa la segunda tópica: “La representación más correcta parece ser… que las divisiones y separaciones que observamos sólo tienen validez en capas relativamente superficiales, no en la profundidad, para la cual su ‘ello' sería la designación correcta.” Seguramente, Groddeck celebró esta confirmación. Pero no era un discípulo dócil.

 

Meses atrás, Freud y Georg Groddeck se habían encontrado cara a cara por primera vez en el Congreso Psicoanalítico de La Haya —septiembre de 1920—. La impresión que Groddeck llevó a Baden-Baden fue de una fascinación infantil: “Durante los días del Congreso he ido detrás de usted en un estado de semisueño, como un enamorado”, le confesó en una carta —17 de octubre de 1920—. Pero también le habla de su “aversión a los términos técnicos, y a toda definición precisa”. Freud, en su respuesta del 15 de noviembre, responde con ironía:

He notado con una sonrisa que al final de su hermoso, original y escéptico ensayo se vuelve dogmático y fantástico, y dota a nuestro 'inconsciente'… de las cualidades más positivas de fuentes de conocimiento secretas. Bueno, todo hombre inteligente tiene un límite donde comienza a ser místico.

Freud quería construir un concepto operativo; Groddeck se empecinaba en filosofar.

 

El 23 de noviembre de 1922, Groddeck envió a Viena una larga y angustiada carta en la que narraba una enfermedad que había sufrido después del Congreso de Berlín. El médico alemán se autoanaliza: vincula su fiebre, su inflamación bucal y su malestar general con la transferencia no resuelta hacia Freud —a quien en casi todas sus cartas se dirige como “profesor”—. Según interpreta, inconscientemente ha ubicado al doctor Freud en la serie materna —“El gran afecto que me une a usted tiene sus raíces en esta identificación”— y concluye que casi nunca ha tenido de él la impresión del padre. Rotundo, Freud contestaría escuetamente:

Esta explicación de su conferencia… y su colocación de mi persona en la serie materna —en la que evidentemente no encajo— muestran claramente cómo quiere evitar la transferencia paterna.

Luego, en esta misma carta de Navidad del 22, al margen, pregunta:

¿Recuerda, por cierto, con qué premura acepté de usted el ello? Fue mucho antes de conocerle, en una de mis primeras cartas. Allí había insertado un dibujo que pronto, con pocos cambios, deberá salir a la luz pública. Creo que usted tomó el ello (literariamente, no asociativamente) de Nietzsche. ¿Puedo decirlo también así en mi escrito?

No es, como pudiera parecer, una indagación sobre la fuente bibliográfica de Groddeck: Freud trata de deslindar el concepto de ello que él usará en su segunda tópica de los experimentos clínicos del médico alemán y de su monismo místico, engarzándolo, en cambio, a una tradición filosófica con la que él, Freud, tenía una relación ambivalente. Freud, que había leído a Nietzsche con recelo —decía que era demasiado poético, demasiado intuitivo—, se encontraba con que el término que estaba a punto de consagrar en su teoría podía ser rastreado hasta el filósofo del martillo. Con todo, el movimiento de Freud también era estratégico: Freud quiere delimitar el campo de influencias: Groddeck es un transmisor, no un origen. El fundador del psicoanálisis quiere dejar claro que, aunque adopta el término, lo hace desde una perspectiva que no es la de Groddeck ni la de Nietzsche, sino la suya propia: el ello freudiano será una instancia psíquica inserta en el ámbito de la metapsicología, no una fuerza cósmica o divina, ni siquiera metafísica.

 

Queda la pregunta… ¿Nietzsche, el filósofo que había anunciado la muerte de Dios, se convertiría, sin saberlo, en un padrino indirecto de la segunda tópica freudiana? ¿Cómo recibiría Groddeck la pregunta de Freud? ¿Aceptaría la filiación nietzscheana, o defendería la autonomía de su hallazgo? ¿Y qué había escrito realmente Nietzsche sobre el ello? Todo eso lo dejaremos para la próxima entrega.

lunes, 17 de agosto de 2026

El ello de ellos III

 

 

…. con el tiempo me he ido dando cuenta de que somos vividos.

Groddeck a Freud, junio de 1917.

 

Junio de 1917: un mes espantosamente trémulo en Europa. La Gran Guerra seguía sumando muerte —para entonces alrededor de 4.5 millones de personas victimadas— y alcanzaba su punto álgido —los alemanes bombardeaban Inglaterra desde el cielo y los ingleses masacraban soldados alemanes desde el subsuelo en Bélgica—, la agitación social se propagaba desde Rusia —los bolcheviques ganaban fuerza entre los revolucionarios soviéticos— hasta España, y las cómodas certezas del positivismo decimonónico naufragaban en un mar de desconcierto, orillando a muchos a reflexionar al borde de los acantilados de la razón. Con todo, quiero pensar que el doctor Georg Groddeck se puso muy contento el día de junio de 1917 cuando leyó la carta en la que Sigmund Freud daba respuesta a su petición… ¿Sería admitido o no como psicoanalista? Con una palabra, la cuarta de su escrito, Freud le daba respuesta. Sehr geehrter Herr Kollege, es decir, “Mi muy estimado señor colega”, y, al igual que en español, en alemán, Kollege se usa para referirse a una persona con la que se comparte una profesión o una actividad similar dentro de una misma organización o campo.

 

Enseguida, perspicaz, Freud despacha en siete párrafos al médico alemán. En el primero, establece un tono de cierta complicidad desde la autoridad, y advierte que romperá la cortesía formal para responder con “franqueza analítica”. En el segundo, la médula de su contestación, rechaza la petición de Groddeck de ser excluido del psicoanálisis, y, por el contrario, valida su filiación al movimiento. En el siguiente, más música desde Viena directamente a Baden-Baden: Freud trae a cuento su idea sugerida (El inconsciente, 1915) sobre la influencia del inconsciente sobre lo corporal —con lo cual da razón a Groddeck—, anuncia que Sándor Ferenczi está preparando un trabajo sobre “patoneurosis” e invita al converso a colaborar en el movimiento psicoanalítico. Después de tanta amable hospitalidad, en el cuarto párrafo, el doctor Freud cumple su advertencia: sin andarse por las ramas, determina que “la ambición vulgar de ser original y buscar prioridad” de Groddeck no es más que un defecto, y hasta se permite, con dos preguntas, chotearlo y dejarlo atrapado en una fina paradoja: “¿No pudo haber absorbido las ideas rectoras del psicoanálisis por vía criptomnéstica? ¿De manera similar a como yo mismo tuve que aclarar el problema de mi propia originalidad?” Ya casi para terminar, Freud dedica los párrafos antepenúltimo y penúltimo a criticar el monismo —doctrina que sostiene que la realidad última es una sola sustancia o principio — y el misticismo que puede leerse en la epístola de Groddeck:

Me parece tan arbitrario espiritualizar la naturaleza en todas partes como desespiritualizarla radicalmente. Dejémosle su magnífica diversidad, que asciende desde lo inanimado hasta lo orgánico, desde lo corporal-viviente hasta lo anímico. Ciertamente, lo inconsciente es la mediación entre lo corporal y lo anímico, quizás el 'eslabón perdido' tan buscado. Pero porque por fin hayamos visto esto, ¿debemos dejar de ver todo lo demás?

Finalmente, en el séptimo párrafo deja abierta su puerta al diálogo y se despide irónicamente: “… estoy muy curioso de cómo recibirá esta carta, que puede parecer mucho más desagradable que la intención que la subyace.”

 

Ya desde ese su primer comunicado a Groddeck, Sigmund Freud establece la conexión conceptual que luego soportaría una parte sustancial de su segunda tópica: inconsciente/ello. Después de darle entrada como miembro del movimiento psicoanalítico —“… debo afirmar que usted es un magnífico analista que ha captado irremisiblemente la esencia del asunto—, establece: “Ya sea que llame ‘inconsciente’ a lo inconsciente o ‘ello’ al ello, no hace diferencia alguna.”

 

Ya más confiado, en su siguiente carta, Groddeck somete a consideración de Freud un extenso ejercicio de asociación libre e interpretación. Raro, apenas hace una escueta alusión a su noción del ello. Lo hace en respuesta a una de sus críticas: “Usted me advierte contra mis inclinaciones filosóficas y el misticismo. Tengo la sensación de que por ahora todavía estoy en terreno sólido. Pero con el tiempo me he ido dando cuenta de que somos vividos.” ¿Hasta ahí? No, por supuesto, porque seguramente a Groddeck no le pasaba por desapercibida la importancia que Freud le dio a la noción del ello. Tan era así que, después de despedirse y firmar la carta, agregó un rico apéndice: “Quisiera añadir algunas palabras sobre lo inconsciente (el ello).” Subrayemos: “lo inconsciente (el ello).”

 

Georg Groddeck comienza con una crítica frontal—al menos lo era para él— a la teoría psicoanalítica: “Si entiendo bien el asunto”, escribe, el psicoanálisis ha determinado una serie de “áreas parciales de la vida humana” en las que el inconsciente se despliega.

Pero todavía existe… un contraste entre lo inconsciente y la conciencia, como si allí actuaran dos fuerzas. Aparentemente, incluso en el círculo psicoanalítico, se sigue atribuyendo una serie de fenómenos de la vida a la conciencia pura, como si lo inconsciente no tuviera nada que ver con ellos.

Y él, el médico, masajista y novelista alemán, no está de acuerdo con eso. Por el contrario, Groddeck sostiene que “todo cuanto ocurre en la vida humana…, en última instancia, es creado por lo inconsciente”, de tal forma que “la conciencia es meramente una forma de manifestación de lo inconsciente”. Piensa que la conciencia en realidad es sólo “un instrumento de lo inconsciente”. Aduce que el psicoanálisis no debe quedarse en la aceptación de la influencia del inconsciente en determinadas acciones y decisiones de las personas, sino entender que su influencia alcanza todo: “el andar, la postura, el movimiento y la forma de la mano revelan con frecuencia su condicionamiento por fuerzas inconscientes”. El galeno que hoy se recuerda como pionero en el tratamiento de enfermedades psicosomáticas afirma en aquel texto de junio de 1917 que el inconsciente puede detener el latido del corazón, la digestión, la respiración, la circulación de la sangre… “Y si lo inconsciente logra eso, ciertamente también es capaz de crear un callo, dirigir un movimiento de la mano o modificar la química del ser humano de modo que se vuelva susceptible a las bacterias”. Y valga recordar lo que Groddeck explicitó claramente al inicio de su apéndice: inconsciente y ello son sólo dos formas de referirse a lo mismo.

Si el aliento de una persona apesta, su ello no quiere ser besado; y si tose, no quiere dejar entrar algo; y si vomita, quiere expulsar algo dañino; y cuando aparece un callo, siempre he encontrado bajo él un punto doloroso que el ello quiere proteger… Y si alguien tiene gota en los pies, se puede demostrar que el ello tiene motivos para andar con cuidado, para no toparse con la piedra del tropiezo y el escándalo; y si alguien se queda ciego, ha llevado demasiado lejos la costumbre del ello de no ver la mayor parte de las cosas.

El mismo año, 1923, Sigmund Freud y Georg Groddeck publicarían sendos libros sobre el ello: El yo y el ello y El libro del ello, respectivamente. Freud reconocería explícitamente en su ensayo que el término lo había tomado de Groddeck, aunque él pensaba que, a su vez, el médico alemán lo había tomado de un filósofo, uno que, por cierto, había perdido el juicio antes de morir. Seguro saben a quién me refiero…

domingo, 9 de agosto de 2026

El ello de ellos II

  

Temo no haberme expresado con claridad sobre mi ello,

que forma al ser humano, lo hace pensar y actuar y lo enferma.

Georg Groddeck a Sigmund Freud,

Baden-Baden, 27 de mayo de 1917.

 

 

En su primera carta dirigida a Sigmund Freud, de entrada, Georg Groddeck agradece al fundador del psicoanálisis las enseñanzas que dice haber recibido de él a través de la lectura de sus obras. Enseguida, Groddeck se refiere a su libro de 1912 en el que publicó un “juicio precipitado” contra el psicoanálisis. Como vimos en la entrega anterior, en realidad se trató de un ataque feroz, por lo demás tan infundado como desmedido. Más que pedir perdón llana y directamente, el médico alemán aduce que ha experimentado una “conversión” y trata de exculparse. ¿Cómo? Se autoanaliza.  Primero, narra el caso de una paciente que trató en 1909 —tres años antes de la publicación de su libro hostil— que lo llevó a descubrir, por sí mismo, sin haber leído antes a Freud, la sexualidad infantil, el simbolismo, la transferencia y la resistencia, conceptos fundamentales de la teoría y práctica psicoanalíticas. Luego admite que, al descubrir después que Freud ya había postulado y sistematizado todas esas nociones, se aferró a su deseo de ser un hombre creativo y original y, “desde una posición de envidia… adivinatoria”, lanzó su ataque de 1912. Un año después, relata, compró Psicología de la vida cotidiana y La interpretación de los sueños, pero el impacto fue tan fuerte que no logró terminar ninguno. Pasarían tres años más, y entonces, estando a punto de publicar una serie de conferencias que había impartido en su propio sanatorio, comienza realmente a estudiar a Freud y, claro, toma conciencia de su deuda… He aquí la genealogía de la primera misiva que escribe a Freud, la cual, afirma, “es ante todo un intento de justificación” ante sí mismo. Sin embargo, la lectura de la carta no deja lugar a dudas: esa justificación no era un fin en sí misma: Groddeck escribe, sobre todo, para someterse al juicio de Freud. Teme que la aplicación que él ha hecho de la teoría psicoanalítica del inconsciente al tratamiento de las enfermedades corporales lo convierta en una especie de intruso a los ojos del fundador, así que le ruega que dictamine si puede o no, él, Groddeck, presentarse públicamente como psicoanalista. Realmente, me parece, le pide que lo acepte como parte integrante de su movimiento.

 

En el resto de su comunicado, Groddeck ofrece una primera muestra de las ideas que, desde su perspectiva, se corresponden con el pensamiento psicoanalítico. Ya desde esta su primera carta a Freud, Groddeck alude a su concepto de ello, el cual concibe como una fuerza unitaria, inconsciente y omniabarcante, que constituye la totalidad del ser humano y produce tanto lo psíquico como lo orgánico:

Mucho antes de conocer a aquella paciente…, me había convencido de que la distinción entre alma y cuerpo es sólo una distinción de palabras, no de esencia, de que cuerpo y alma son una cosa común, de que en esa unidad hay un ello, una fuerza por la cual somos vividos, mientras creemos vivir.

Ahí está, en la primera misiva que Groddeck dirige a Freud, la sentencia que seis años más tarde él recuperará en El yo y el ello (1923). Vale subrayar que para Groddeck, la noción del ello no era un hallazgo teórico reciente, sino el fruto de años de observación clínica y de una intuición filosófica de raíz monista, influida por su maestro Ernst Schweninger —médico y dermatólogo alemán, célebre por haber atendido la obesidad de Otto von Bismarck y por sus métodos de naturistas—.

 

Más adelante, el mismo médico que se había burlado del “pansexualismo” freudiano, apunta: “El ello… está en misteriosa relación con la sexualidad, el Eros o como quiera llamársele…”. Con la cabeza seguramente puesta en el tratamiento de padecimientos orgánicos, sobre el ello establece que…

forma tanto la nariz como la mano del ser humano, así como sus pensamientos y sentimientos; se manifiesta tanto como neumonía o cáncer o como neurosis obsesiva o histeria, y así como la actividad del ello que se presenta como histeria o neurosis es objeto del tratamiento psicoanalítico, también lo es el defecto cardíaco o el cáncer.

Además de echar mano de métodos no convencionales, Groddeck, como su excéntrico maestro Schweninger, partía de una filosofía monista —consideraba que la realidad última era una e indivisible—, desde la cual pretendía una visión holística de sus pacientes. Groddeck tenía un montón de certezas, al parecer inamovibles. También en su primera carta a Freud sostiene que el potentísimo ello es capaz de producir cuadros sifilíticos: “[...] un paciente cuyo ello había producido síntomas de sífilis: erupciones cutáneas…, úlceras en el pene y en el brazo, úlceras en el cuello y la reacción de Wassermann. Todo, incluso la reacción de Wassermann, ha desaparecido en el curso del tratamiento psíquico.” Ojo: Groddeck no establece que el ello haya causado la enfermedad que provoca la bacteria Treponema pallidum, ni siquiera que el ello haya convocado al bicho venéreo, sino que el ello del paciente le produjo síntomas de sífilis e incluso la producción de los anticuerpos que el organismo produce contra la bacteria —a eso se refiere la reacción de Wassermann—.

 

Queda, sin embargo, una pregunta en el aire. Hemos visto cómo Georg Groddeck se presentó ante Sigmund Freud y las cartas que exhibió para justificar su conversión y solicitud de ingreso al movimiento psicoanalítico. Pero falta lo decisivo: ¿qué respondió el fundador del psicoanálisis? Esa respuesta, contenida en la carta que Freud le envió el 5 de junio de 1917, será el asunto de nuestra próxima entrega.

domingo, 2 de agosto de 2026

El ello de ellos I

  

… he dudado de si debo contarme entre los psicoanalistas

según su definición.

Georg Groddeck a Sigmund Freud,

Baden-Baden, 27 de mayo de 1917.

 

 

En su primera tópica—expuesta fundamentalmente en La interpretación de los sueños (1900)—, Sigmund Freud divide la mente humana en tres sistemas: consciente, preconsciente e inconsciente. En su segundo modelo, estructura el aparato mental en tres instancias: el ello, el yo y el superyó. Freud no concibió estas dos tópicas como fases sucesivas en las que la segunda superara y anulara a la primera, sino como dos perspectivas complementarias que conviven en su teoría. La primera atiende a la localización de los contenidos psíquicos según su accesibilidad a la conciencia; la segunda, a la dinámica funcional de las instancias en conflicto. Ambas cartografías se superponen, se complementan.

 

Fue en El yo y el ello, publicado en 1923, donde Sigmund Freud dio a conocer su segunda tópica. Para eso, por vez primera, usa el poderoso concepto del ello. He aquí cómo lo introduce:

… nos deparará una gran ventaja seguir la sugerencia de un autor, quien, por motivos personales, en vano protesta que no tiene nada que ver con la ciencia estricta… Me refiero a Georg Groddeck, quien insiste, una y otra vez, en que lo que llamamos nuestro ‘yo’ se comporta en la vida de manera esencialmente pasiva, y —según su expresión— somos ‘vividos’ por poderes ignotos, ingobernables. Todos hemos recibido esas mismas impresiones, aunque no nos hayan avasallado hasta el punto de excluir todas las otras, y no nos arredrará indicarle a la intelección de Groddeck su lugar en la ensambladura de la ciencia. Propongo dar razón de ella llamando ‘yo’ a la esencia que parte del sistema percepción, que es primero preconsciente, y ‘ello’, en cambio, según el uso de Groddeck, a lo otro psíquico en que aquel se continúa y que se comporta como inconsciente.

En estas líneas, Freud efectúa tres operaciones: reconoce una deuda con Georg Groddeck, relativiza la soberanía del yo y redefine la arquitectura del aparato psíquico. Bueno, ¿y quién era este señor Groddeck? En principio un galeno con quien Freud mantenía correspondencia desde seis años atrás.

 

El prolongado intercambio epistolar entre Georg Groddeck y Sigmund Freud comenzó el 27 de mayo de 1917, cuando aquel, radicado en Baden-Baden, se animó a escribirle al afamado padre del psicoanálisis. Entonces, Baden-Baden formaba parte del Ducado de Baden, el cual, desde 1871, pertenecía el Imperio alemán, mientras que Viena, en donde vivía Freud, era la capital del multiétnico Imperio austrohúngaro. Residían pues en dos Estados soberanos distintos, aunque aliados durante la Gran Guerra. El correo entre ambas ciudades —la distancia, por carretera o ferrocarril, ascendía a unos 770 km— cruzaba una frontera internacional en plena guerra. Baden-Baden era una pequeña ciudad balnearia en el norte de la Selva Negra, al suroeste de Alemania —menos de 25 mil habitantes—, en donde Groddeck dirigía, desde 1900, su Sanatorium Marienhöhe, una clínica exclusiva —unas 15 habitaciones— donde atendía padecimientos que más tarde serían denominados psicosomáticos, combinando hidroterapia, masajes, dieta y psicoanálisis. En cambio, Viena era una gran metrópoli imperial, una de las más grandes de Europa —antes de la guerra era la tercera después de Londres y París—, en la que vivían casi dos millones y medio de personas.


 

Cuando se decidió a escribirle por primera vez a Freud, Georg Groddeck no lo conocía. Tenía 50 años y era un médico más bien desconocido fuera de Baden-Baden, mientras que Freud, ya sexagenario, era una figura intelectual consolidada y ampliamente conocida y controvertida en los círculos médicos y filosóficos de toda Europa y algunos países occidentales de otros continentes. Fundador del movimiento psicoanalítico, dirigía su desarrollo internacional, tenía discípulos y sociedades en varios países, y su nombre trascendía el ámbito estrictamente profesional. Entre 1915 y 1917 estaba impartiendo las célebres Conferencias de introducción al psicoanálisis, que contribuyeron a popularizar sus ideas. Para entonces ya había publicado —y sacudido al mundo— buena parte de su obra, como La interpretación de los sueños(1900), Psicopatología de la vida cotidiana (1901), Tres ensayos de teoría sexual (1905), Tótem y tabú (1913) y trabajos de metapsicología, entre ellos Duelo y melancolía (1917). Por su parte, Groddeck había publicado dos libros de escaso impacto: Un problema de mujer (1902) y Nasamecu: La naturaleza sana, el médico cura (1913).

 

¿Y para qué se comunicó Groddeck con Sigmund Freud? En pocas palabras, en su primer comunicado, no le pide consejo ni un favor terapéutico, editorial o académico, sino un veredicto categórico y público: le solicita que enjuicie si su método de tratamiento de enfermedades orgánicas transgrede o no los límites del psicoanálisis, le pide que él, Freud, dictamine si puede o no considerarse parte del movimiento psicoanalítico. Pero para eso, antes, se ve obligado a tratar de disculparse. ¿Por qué?

 

Sucede que Groddeck, en algunos pasajes de su libro Nasamecu acrónimo de Natura sanat, medicus curat; la naturaleza sana, el médico cura—, había atacado acérrimamente al psicoanálisis. En principio, señalaba que Freud tenía una fijación grotesca en la sexualidad infantil y la libido como motor de todo conflicto psíquico; se burlaba de lo que llamaba pansexualismo freudiano, según él, una explicación mecánica y simplista que reduce al ser humano a un títere de sus genitales. En segundo lugar, calificaba al método analítico como “intelectualismo estéril”. Groddeck, que por entonces era básicamente un masajista, despreciaba el procedimiento de la cura por la palabra. Además, equiparaba al movimiento psicoanalítico con una secta y acusaba a Freud y a sus discípulos de haber erigido un credo, en el que el complejo de Edipo y la represión funcionan como dogmas. El psicoanálisis, sostenía, no era una ciencia, sino una doctrina metafísica. Por último, Groddeck había escrito que los éxitos terapéuticos del psicoanálisis no se debían al desenterramiento de recuerdos reprimidos, sino a la sugestión ejercida por la figura autoritaria del analista sobre el paciente.

 

Cuatro años después, en su primera carta a Freud, Groddeck confesará que había escrito todo eso sin haber leído a Freud y sin haber conversado con ningún psicoanalista. Había establecido que el movimiento al que ahora quería sumarse, el psicoanálisis, era “un veneno”, “una epidemia” consistente en “la peligrosa remoción de la suciedad enterrada en las profundidades de la vida sexual”. ¿Cómo ahora se presentaba como un candidato viable para ser aceptado como psicoanalista por el mismísimo Sigmund Freud? ¿Qué cartas presentaba? ¿Qué le respondería el doctor Freud? Profundizaremos en ello en la próxima entrega.

 

domingo, 26 de julio de 2026

Ches latinos

  

¿Argentinorrexia? ¿Argentinoclasia? ¿Argentinomisia? ¿Cómo deberíamos denominar al fenómeno? Seguramente saben a lo que me refiero: a la tirria generalizada que desataron, en el marco del recién celebrado Mundial de Futbol, los actuares de la selección albiceleste, particularmente, me parece, el del señor que juega con el número 10 en la camiseta. La ojeriza, justificada o no en lo sucedido en la cancha, no se ha quedado en el ámbito de las patadas y los goles. En este contexto anda circulando en redes un video en el que, uno después de otro, un grupo de jóvenes argentinos expresa que ellos y los y las de su misma nacionalidad no son latinos sino europeos. La declaración que más se reitera, con las mismas palabras y orden, es: “No somos latinos, somos europeos”. Las variantes no son muchas. El primero, por ejemplo, espeta muy seguro de sí: “Argentina no es latina”. Una señorita, aparentemente muy ofendida, aduce: “Ay, porque los argentinos venimos en barco desde Europa; somos europeos realmente”. Otro muchachito, con un paisaje natural a sus espaldas, alega: “Esto es Argentina. Los argentinos somos europeos”. Todo permite suponer que la postura que expresan estas personas no es geográfica; incluso una jovencita dice que ella no se siente latinoamericana y un mozuelo, frente a un gran micrófono, manifiesta: “Argentina nunca fue de cultura latina”. Con todo, más allá de que el posicionamiento “no somos latinos, somos europeos” atiza la argentinofobia —supongo que con esa intención se ha difundido tanto—, al menos entre latinoamericanos, preocupa la confusión identitaria que conlleva.

 

Latino, en principio, se sabe, es un gentilicio: latino es el natural del Lacio, la región centro-oeste de la península itálica, situada a orillas del mar Tirreno, cuya capital es Roma. Así que Roma es latina y los romanos, su pueblo, el imperio, su mitología y en general su cultura, es por extensión latina. De esto se desprende, obvio, que, si bien no todo lo europeo es latino, sí todo lo latino, por lo menos en su origen, es europeo. Latino y europeo no son, pues, necesariamente excluyentes. Además, por supuesto, podemos decir que todos los lenguajes que provienen del latín son, precisamente, latinos, aunque por convención nos referimos a ellos como lenguas romances. Entonces, obviamente, los chicos y minas argentinos que aducen que no son latinos lo hicieron por medio de un idioma latino.

 

Del río Bravo hacia el sur, hasta Tierra de Fuego, prácticamente todos somos latinos. Las excepciones a esta regla son contadas y se explican, precisamente, por la herencia colonial no ibérica, ni española ni portuguesa, que permeó ciertos enclaves geográficos. Entre ellas destacan Belice, donde el idioma oficial es el inglés —producto de la colonización británica—, así como Guyana y Surinam, enclavadas en la región norte de Sudamérica, cuyas historias lingüísticas y administrativas están marcadas por el dominio del Reino Unido y los Países Bajos, consagrando el inglés y el neerlandés como sus lenguas oficiales. Jamaica comparte con las Guyanas o Belice la condición de excepción en el continente americano: debido a su pasado como colonia británica, su idioma oficial es el inglés y su matriz institucional es anglosajona, lo que la sitúa firmemente fuera del espectro latinoamericano. Lo mismo ocurre con otras naciones insulares del Caribe de habla inglesa, francesa o neerlandesa (como Trinidad y Tobago, las Bahamas o Barbados). Fuera de estos reducidos territorios donde la impronta anglosajona o germánica configuró una realidad lingüística distinta, el resto del subcontinente comparte una misma matriz de origen románico o latino. Así que, sin considerar a la gente de origen latinoamericano que vive en Estados Unidos y Canadá, resulta que el continente americano es mayoritariamente latino.

 

De acuerdo con las proyecciones demográficas más recientes de las Naciones Unidas, la población total de América Latina y el Caribe se sitúa en aproximadamente 672.1 millones de personas. Si se realiza el ajuste para excluir aquellos territorios del continente y del Caribe que no comparten una raíz lingüística románica, los cuales suman en conjunto alrededor de 7 millones de habitantes, la población estrictamente latina en esta región geográfica asciende a unos 665 millones. Ahora, si adicionalmente tomamos en cuenta a las cerca de 730 mil personas latinas que viven en Canadá y a las 68.4 millones más que radican en Estados Unidos, la población de origen e identidad latina en el continente americano asciende a cerca de 734.1 millones de habitantes, consolidando un bloque demográfico monumental: prácticamente 7 de cada 10 habitantes de América.

 

Lo anterior quiere decir que hoy por hoy la mayor concentración de población latina se halla precisamente en el continente americano. En Europa, su origen cultural, si consideramos la gente que habita en los países de la llamada Europa Latina —España, Portugal, Francia, Italia, Rumanía, Moldavia, Andorra, Mónaco— y regiones romances de Bélgica (Valonia) y Suiza, sumamos 220 millones de hombres y mujeres, incluso unos diez millones menos de los latinos africanos — naciones del África subsahariana y del norte del continente con oficialidad o presencia masiva de lenguas neolatinas, como francés y portugués, como la República Democrática del Congo, Costa de Marfil, Angola, Mozambique, Camerún y Guinea Ecuatorial—. Además, en Asia y Oceanía encontramos unos tres millones más de población latina.

 

El total global estimado de latinos —ni modo, considerando también a los argentinos— somos cerca de 1.2 millardos de seres humanos, poco menos del 15% de la población mundial. La herencia lingüística y cultural derivada de Roma y del Lacio se extiende de manera transversal por todo el planeta.

 

Por más que algunos, no todos, se empeñen en buscar un trasatlántico imaginario en el puerto de Buenos Aires para huir de su sufrida vecindad continental, la realidad cultural es terca y la demografía no perdona. Si de verdad quieren romper amarras con el mundo latino, lo primero que tendrán que hacer es renunciar al español, cambiar el mate por el té negro y aprender a insultar al árbitro en alemán. Mientras tanto, felizmente seguiremos compartiendo el mismo idioma, el de Borges, Cortázar, Pizarnik, Caparrós, Saer, Mafalda…




domingo, 19 de julio de 2026

¿Dónde queda Occidente?

  

Hace unos días comencé a ver una película de ciencia ficción. A los pocos minutos se reveló como pésima; no valía la pena seguir perdiendo el tiempo, ni siquiera que les diga cómo se llama. Con todo en una de las primeras escenas ocurre algo que aparentemente pasé por alto, y sin embargo hace poco me vino a la cabeza. En conferencia de prensa, un multimillonario que acaba de financiar el lanzamiento de una misión espacial es cuestionado/criticado por haber usado/comprado una nave rusa: ¿por qué no echó mano de un aparatejo construido en Estados Unidos? El personaje responde que la tecnología rusa es tan buena como la de Occidente. De ahí se desprende, pues, que no se considera a Rusia como parte de Occidente. Ya acá, del otro lado de la pantalla, en la realidad fuera de las ficciones fílmicas, el presidente del país mentado, Vladímir Putin, seguramente está de acuerdo con tal diferenciación, puesto que innumerables ocasiones se ha referido a Occidente no sólo como una entidad distinta al país que gobierna sino incluso opositora. Por ejemplo, en un discurso de septiembre 2025, Putin vinculó a Occidente con la degradación del orden nuclear, y criticó “… las acciones destructivas de Occidente, sus conceptos doctrinales desestabilizadores y programas militar-técnicos dirigidos a socavar la paridad global y a lograr una superioridad absoluta y abrumadora”. En la retórica de Putin, Occidente funciona ante todo como una entidad geopolítica y estratégica. Lo cultural aparece, pero subordinado a un relato de poder, hegemonía y seguridad. Pero, más allá de las confrontaciones geopolíticas en que actualmente está enmarañada la humanidad, en términos de modelo de civilización o, más ampliamente, culturales, ¿qué es Occidente? O llevando la cuestión a la dimensión espacial, ¿hoy día dónde queda Occidente?

 

En tanto continente civilizatorio —no me refiero a un continente geográfico, sino a un archipiélago de espacios que contienen algo—, Occidente es un entramado de componentes simbólicos y materiales compartidos en las sociedades europeas y de origen europeo. Demos pistas para delimitarlo por negación: Occidente se distingue de otras configuraciones civilizatorias; no es occidental el budismo, lo africano, el islam…; en él son extraños el chamán rarámuri y la burka con que deben cubrirse el rostro las mujeres en Kabul, tanto como el sistema de castas hinduista, las lenguas bantúnes subsaharianas, la pagoda de An Quang y la dieta inuit de los esquimales… Desde la semántica eurocentrista, occidental no es lo nativo, lo autóctono, lo indígena, lo aborigen… Obvio: lo oriental es distinto a Occidente, y esa distinción es plenamente occidental.


 

Dos tradiciones sustentan primordialmente a Occidente: la bíblica-cristiana y la greco-romana, así que sus orígenes geográficos se localizan en tierras aledañas al Mediterráneo, desde el mar de Tirreno hasta el Levante, incluyendo el mar Egeo. Es un medio arco que, desde el punto más austral del Golfo de Áqaba, se abre hacia noroeste, pasa por la Ática y llega hasta la península ibérica. Sin embargo, Occidente, claro, en tanto modelo de civilización no es puro ni homogéneo: hay tensiones internas —liberalismo vs. conservadurismo, secularismo vs. religiosidad, igualdad vs. jerarquías, etc.—, pero funciona como un paradigma que se presenta, desde el siglo XIX, como universalizable… o incluso más, como meta deseable para todos los grupos humanos.

 

Ahora, ¿dónde queda hoy Occidente? Es más sencillo proceder por descarte. Los dos países más poblados del orbe, seguro, se encuentran en otra órbita civilizatoria. India y China, los dos países más poblados del planeta, se organizan en torno a tradiciones culturales distintas de las que definen a Occidente: la primera, estructurada por el sustrato hinduista, el sistema de castas, y una pluralidad religiosa y lingüística que no tiene su centro en la herencia greco-romana ni judeocristiana; la segunda, anclada en una tradición confuciana, taoísta y budista reinterpretada por un proyecto político comunista con rasgos propios. Por supuesto, tampoco podemos considerar occidentales ni a Indonesia, el país con la población musulmana más grande del mundo, ni a Bangladesh ni a Pakistán, naciones que basan su identidad en torno al islam suní. ¿Y qué podemos decir de Nigeria, Etiopía, Egipto, República del Congo y Tanzania? Estos gigantes demográficos africanos tienen trayectorias civilizatorias propias —nilótica, bantú, etíope, árabe-islámica, swahili, etcétera—, que aun cuando hayan recibido influencia colonial europea y adoptado instituciones modernas, no forman parte del “continente civilizatorio” occidental. De hecho, podríamos decir lo mismo de todo África, quizá problematizando únicamente un caso, el de Sudáfrica. Además, dejando a un lado a Rusia y Japón —cuya condición de occidentales o bien occidentalizados resulta fascinante elucidar, pero merecería mucho más que unas cuantas líneas—, de entre los veinte países más poblados del mundo, también podríamos descontar sin discusión a Filipinas —con sólidos sustratos malayo-polinesios, e influencias chinas e islámicas previas a la colonización española—, Vietnam —budista mahayano, y fuerte basamento en el confucianismo—, Irán —corazón del mundo chií— y Turquía —con base demográfica y cultural turca y musulmana suní—. Y con esto es suficiente para poder dimensionar qué tan universal es realmente Occidente… Sólo sumando la población total de los países que he mencionado explícitamente hasta aquí —dejando fuera a Rusia y Japón—, ya tenemos alrededor de 4.7 mil millones de personas, es decir, 56% de la población mundial, toda esa gente fuera de Occidente.


Ahora, agreguemos a la suma de los no occidentales las poblaciones de los siguientes países: Tailandia, Kenia, Myanmar, Sudán, Uganda, Argelia, Iraq, Afganistán, Yemen, Angola, Marruecos, Mozambique, Malasia, Ghana, Arabia Saudita, Madagascar, Costa de Marfil, Camerún, Nepal, Níger, Siria, Burkina Faso, Malawi, Zambia, Chad y Somalia… Ahora el monto se eleva a 5.6 mil millones, nada menos que el 67.5% de la población total del mundo. Y si las proyecciones demográficas de la ONU son correctas, en unos pocos años la participación proporcional de estos países será mayor: en 2050, tres de cada cuatro habitantes del planeta vivirán en ellos, mientras que en 2075 serán ocho de cada diez. Todo esto claro, sin considerar los procesos de des-occidentalización que pueda ocurrir en Europa y América.

 

Creo que el problema no es que Occidente esté perdiendo el liderazgo del mundo, sino que nos cuesta aceptar que nunca ha jugado realmente ese rol. Si corremos con suerte, habrá futuro, y Occidente tendrá que aceptar que ni es el ombligo del mundo ni el modelo a seguir obligadamente, sino apenas una voz más en el coro de la historia global… Ojalá aprendamos a cantar con los demás.

 

jueves, 16 de julio de 2026

Dumb intelligence


As human beings, we have been able to understand and measure the chemical composition of the atmosphere, predict global warming, and to even master the art of creating closed ecosystems in such a way that we can replicate habitable microclimates outside our own atmosphere, and yet we have been unable to implement systemic reforms to save ourselves from the climate collapse that we have caused in the only home we’ve got.  We have unlocked the secrets of nuclear fusion and fission—the energy that powers the stars—but while we apply it with suicidal accuracy to build arsenals capable of annihilating civilization multiple times in a single afternoon, we can barely manage to use it in a somewhat controlled manner to light our homes in a clean and peaceful way. We have developed the technology to send robotic missions into deep space to study cosmic history and gain insight into the origin of the universe, yet we devote more resources to turning this tiny planet we live on into a global stage for human brutality, with satellite weapons, and mass surveillance. We have mastered organ transplant techniques, robotic surgery, immunotherapy, and gene editing to overcome diseases that until recently were a death sentence, yet we continue to live in societies where a person’s address determines their life expectancy more than their genetic makeup. We have set up and managed to coordinate global supply chains capable of delivering fresh products to any supermarket within 48 hours, yet we waste a third of the food we produce while entire regions suffer from famine and chronic malnutrition. We have established a data network with more hubs than the world’s population, capable of connecting the entire world, but we mainly use it for cognitive Chunking, superficial consumption, and the reinforcement of echo chambers that stifle critical thinking and destroy community. We have developed sophisticated mathematical models capable of assessing global risks with great accuracy, yet we use them to develop complex financial derivatives that trigger cyclical crises, create obscene concentrations of wealth, and lead to the impoverishment of millions. We have developed synthetic materials with almost magical strength and versatility, which remain intact for centuries without degrading, and we use them to produce disposable, single-use items that are now clogging the oceans, poisoning the food chain, and have become the planet’s new geological layer. We have mapped the human genome, decoded the 3.2 billion-letter code that defines us as a species, and yet we continue to invent and promote storylines that blur the line between proven facts and convenient fictions. We are capable of designing and building skyscrapers that defy gravity, self-regulate their temperature, recycle water, and generate energy in nearly self-sufficient vertical ecosystems, yet we place them within cities where millions of people live in overcrowded conditions, with no access to basic services or decent housing. We have developed biotechnology to produce enough food for the entire human race, and are more than capable of ending world hunger. Yet, at the same time, more than 700 million people are starving, and more than one billion suffer from obesity and type 2 diabetes—victims of a food system that produces unhealthy abundance and an alarming lack of judgment. We have created AI systems capable of checking and correcting the grammar of texts with thousands of words within seconds, composing symphonies, diagnosing diseases invisible to the naked eye, deciphering protein structures, and programming in an instant; and yet that same artificial intelligence is used primarily to target invasive advertising, spread disinformation on an industrial scale, and monetize human attention to the point of exhaustion. We can understand ancient scripts, put together the pieces of forgotten empires, and accurately date the collapses of past civilizations. We recognize the warning signs because we are repeating them one by one, and yet we continue to act as if our civilization is immune to the laws that brought down all the ones before it. We are capable of creating self-driving vehicles and maglev trains that avoid friction and release zero carbon emissions, yet we remain stuck in urban models that prioritize personal cars, forcing people to lose hundreds of hours a year in traffic jams—the time equivalent of entire weeks of life lost waiting at traffic lights.

There are many more examples, but I think this is enough to make it clear that we as human beings are both incredibly intelligent and incredibly dumb, which makes perfect sense. Think about it: a mountain does not possess a shred of intelligence, but neither is it the slightest bit dumb. And what about El Niño—I’m not referring to a child, but to El Niño, the climate phenomenon—or a cloud or a bolt of lightning? Indeed, in order to behave stupidly, one must possess a certain degree of intelligence. In an essay published a few days ago—“What Makes Humans Stupid”, David C. Krakauer explains: “One might say that stupidity implies a capacity for getting things right before it can get them spectacularly wrong. Stupidity is not the opposite of intelligence but its evil twin, the dissimulating Cain to a cerebral Abel…. . It would be a stretch to call a bacterium stupid, and we know that cats and dogs achieve modest feats of it. But human beings, equipped with language, abstraction, technology, institutions, and ideology, can be stupid on a truly civilizational scale. ” He suggests that a law might be derived from this, although unfortunately he does not explicitly state it. Well, let’s do it, let’s make a proposal: The capacity of a system to generate catastrophic stupidity is directly proportional to the degree of intelligence, complexity, and technical sophistication that said system has developed, since stupidity is not the absence of intelligence but its dark twin, and it only reaches its fullest expression—the scale of civilization—when it has at its disposal the very tools that enable the greatest achievements of the intellect. From this law, we can derive at least four principles:

1. Principle of pairing: Intelligence and stupidity are not mutually exclusive opposites; they are paired functions that develop in parallel.

2. The Threshold Principle: In low-intelligence systems, stupidity is modest and has limited consequences; but upon crossing a critical threshold of complexity—symbolic language, technology, institutions—stupidity becomes capable of great feats.

3. Principle of amplification: The very tools that amplify intelligence—ideologies, financial systems, engineering, global networks, computer systems—act as stupidity amplifiers. The more powerful the tool, the more devastating stupidity can be.

4. Principle of Potential Self-Destruction: Every civilization that is sufficiently intelligent carries within itself the seed of its own destruction, precisely because its intelligence grants it a power that, if misused—through civilizational stupidity—can annihilate it.


Intelligence has given us divine power, but stupidity, its inseparable shadow, tends to lead us to perform wonders in the worst possible way.