Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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domingo, 21 de junio de 2026

Cuando tenga 84

  

A Paul McCartney

 

Andamos por acá desde el Pleistoceno medio. El consenso científico actual indica que nuestra especie, Homo sapiens, surgió de la cadena evolutiva hace unos 300 mil años. Este consenso se consolidó luego del descubrimiento de fósiles en Jebel Irhoud (Marruecos), publicados en 2017. Dichos restos fueron datados entre 300 mil y 315 mil años de antigüedad, lo que desplazó la fecha anterior que situaba nuestro origen hace 200 mil años. Si lo espejeamos respecto a nuestro propio devenir biológico, hablamos de entre 12 mil y 15 mil generaciones de seres humanos: más de 12 mil camadas de abuelos, bisabuelos y tatarabuelos que, uno tras otro, sobrevivieron a climas extremos, pestes, migraciones continentales, hambrunas…

 

Durante la inmensa mayoría de nuestra existencia fuimos exclusivamente africanos. Y es que el gran evento de expansión global, el éxodo de África, comenzó hace apenas unos 75 mil años. Es decir, si echamos mano de nuevo de la analogía de las generaciones de todos los hombres y mujeres que han vivido, el cálculo es revelador: De esas 15 mil generaciones, casi 12 mil generaciones vivieron, amaron, sufrieron y murieron exclusivamente en África.

 

Supongan ustedes que la Humanidad es hoy, a mediados de 2026, un señor de 84 años, justo la edad que cumplió la semana pasada sir Paul McCartney. Y cuando digo “la Humanidad” me refiero a nuestra especie, los Homo sapiens. Si revisamos la trayectoria de nuestra especie a esa escala, el resultado es revelador: nuestro 'éxodo' de África no ocurrió en la juventud, como uno podría imaginar. Este hombre vivió 63 de sus 84 años en su terruño, en África. Pasó más de tres cuartas partes de su vida completa en el mismo continente. Y todavía más sorprendente: cuando al fin alcanzó el último rincón del planeta, cuando el sujeto llegó a tierras americanas —hace apenas 15 mil años—, ya tenía encima 80 años encima. La Humanidad ha pasado casi toda su vida siendo sedentaria; nuestra aventura global se reduce sólo a los últimos años después de una larga vida reposada en casa.

 

Ahora, ¿hasta qué edad comenzó a escribir este venerable octogenario? Es decir, si el género al que usted y yo pertenecemos tuviera 84 años, ¿a qué edad comenzamos a vivir el tiempo histórico? La historia de este señor no comenzó ni en su infancia ni en su adolescencia, tampoco en su juventud, sino alrededor de los 82 años y medio. La historia escrita, que solemos identificar con la totalidad del pasado humano, ocupa apenas el último tramo, tramito, de nuestra existencia. Todo lo que sabemos de ese larguísimo período anterior, prehistórico, proviene de huesos, piedras, herramientas, fogones y otros vestigios materiales. ¿Y qué habrán contado los hombres y mujeres prehistóricos? Y no me refiero a qué relatos habrán contado, narrado, sino a qué cosas habrán tenido que enumerar, que calibrar en cuanto a su cantidad. Probablemente contaron hijos, compañeros de clan, presas cobradas en una cacería, frutos recolectados, lanzas disponibles, días transcurridos desde la última lluvia o huellas de animales observadas en el lodo. En otras palabras: cosas concretas, visibles y relativamente escasas. Durante decenas de miles de generaciones, casi ninguna situación vital exigió distinguir entre centenares de objetos, mucho menos entre miles o millones… Para sobrevivir bastaba saber si había más nosotros que ellos, más alimento que estómagos… Nuestro cerebro evolucionó para desenvolverse en un mundo de cantidades muy modestas, no para comparar el producto interno bruto de diferentes países ni para comprender poblaciones compuestas por miles de millones de individuos.

 

Volvamos a nuestro anciano de 84 años. Durante más de 80 de esos años imaginarios se las arregló para contar con lo que llevaba puesto de nacimiento: su cerebro y, cuando mucho, los diez dedos de sus manos. No necesitó computadoras, reglas de cálculo ni complejos sistemas de registro porque el mundo en que vivía rara vez le exigía manejar cantidades exorbitantes. Sólo en los últimos instantes de su larga existencia, cuando aparecieron las ciudades, la agricultura y el comercio a gran escala, los tributos y las burocracias, comenzó a recurrir a prótesis contables: nudos en cuerdas, fichas, ábacos y, mucho más tarde, artefactos mecánicos. Este señor de 84 años que pasó más de ocho décadas de su vida contando con los dedos inventó las primeras calculadoras mecánicas hace apenas cinco semanas y media.

 

Efectivamente, Blaise Pascal inventó en 1642 la primera calculadora mecánica operativa, la pascalina. Entonces era sorprendentemente joven: cuando presentó su invento al público tenía apeas 22 años…, y le quedaba poco tiempo: murió a los 39.

 

Que hoy podamos ver a un montón de personas llegar a los 84 años es un logro reciente de la cultura sobre la biología. Durante prácticamente toda nuestra existencia, llegar a esa edad dependía de una cadena infinita de azares nada favorables: sobrevivir el primer año de vida, no infectarse, no accidentarse, no padecer una hambruna en los años críticos… Alcanzar los 84 era sólo para supervivientes extremos, una rarísima excepción. Hoy, hemos transformado esa anomalía en una expectativa. Envejecer se ha vuelto la narrativa cotidiana de nuestra especie.

 

En 1967, cuando Paul McCartney escribió When I’m Sixty-Four, era un veinteañero que avizoraba la vejez a los 64 y como un remanso de nietos, jardinería y suéteres tejidos; un retiro apacible después de la vida ajetreada. Pero hoy, a sus 84 años, McCartney tiene una la trayectoria que resulta un espejo de la nuestra. La Humanidad se niega al sosiego. Somos una especie que, lejos de buscar la calma del jardín, se ha lanzado al frenesí: corremos como un adolescente con el cuerpo de un anciano. McCartney sigue desafiando al tiempo; la Humanidad sigue forzando su propia evolución, aunque, en el fondo, nuestra naturaleza más profunda todavía esté tratando de recordar cómo se contaban con los dedos de la mano.

domingo, 7 de junio de 2026

Ruido de fondo

  

La forma que se ajusta al movimiento

no es prisión sino piel del pensamiento.

Octavio Paz, Retórica.

 

 

 

Lo que nos recubre, la piel, el órgano más grande y extenso de nuestro cuerpo, pesa entre el cinco y el siete por ciento del total de nuestro peso corporal, mientras que el esqueleto, nuestro armazón, entre el 12 y el 15 por ciento. Ninguno de ellos se acerca al peso de la musculatura, que por sí sola constituye entre un tercio y dos quintas partes de nuestro peso. Por su parte, el cerebro apenas representa el dos por ciento de nuestro peso: si tomamos como referencia un adulto promedio de setenta kilos, su cerebro en una báscula marcará alrededor de 1.35 kg. En términos de volumen, la modestia del cerebro humano no cambia: si una persona de setenta kilos pudiera “vaciarse” en un tanque de setenta litros —dado que la densidad media del cuerpo humano es cercana a la del agua—, el cerebro ocuparía más o menos 1.3 litros de ese volumen total. El cerebro representa sólo el dos por ciento del peso y del volumen totales del cuerpo del Homo sapiens. Sin embargo, sorprendentemente, el cerebro consume alrededor del veinte por ciento del oxígeno y, por lo tanto, de las calorías que consume nuestro cuerpo. Más sorprendente resulta que esta alta tasa metabólica es notablemente constante a pesar de la amplia variación de la actividad mental y motora. Es decir, no importa si usted está componiendo una compleja sinfonía o chiflando en la loma, papando moscas o está comprendiendo la clasificación de las casi de 160 mil especies distintas de moscas que se conocen, resolviendo una ecuación diferencial o viendo videos de gatos…, su cerebro está consumiendo la misma cantidad de energía. ¿Cómo se explica esto? Creo que la respuesta la puede intuir cualquiera: porque el cerebro siempre está trabajando, no sólo cuando estamos conscientes de que estamos pensando.

 

Solemos dar por hecho que el cerebro está ocupado principalmente en procesar lo que percibimos o pensamos en cada momento, pero en realidad la inmensa mayoría de su actividad ocurre independientemente de lo que estamos haciendo. El cerebro consume alrededor de una quinta parte de toda la energía del cuerpo; estar leyendo una página, conversando o mirando un atardecer apenas modifica ese consumo. Hoy la neurociencia sabe que la mayor parte de la energía que consume el cerebro se dedica a una actividad interna continua y espontánea: miles de millones de neuronas disparan señales incesantemente, incluso cuando descansamos.

 

El fenómeno de la fantasía, particularmente la fantasía relacionada con imágenes es, por anonomasia, muy ilustrativo. En un artículo publicado hace unas semanas, Thomas Pace y Roger Koenig-Robert (How does imagination really work in the brain? New theory upends what we knew) proponen una nueva teoría sobre la imaginación visual. Su tesis desafía una de las ideas más arraigadas de la neurociencia cognitiva: que imaginar es, básicamente, percibir al revés.

 

Según la explicación tradicional, la percepción visual funciona de manera “ascendente”. La luz llega a los ojos y desencadena señales neuronales que atraviesan una jerarquía de regiones cerebrales. Las primeras detectan rasgos simples —líneas, bordes, contrastes—; otras combinan esos elementos en formas; niveles superiores reconocen objetos; y finalmente se construyen escenas completas, rostros y entornos. Este proceso se denomina feedforward activity. La imaginación era entendida como el mismo proceso, pero invertido. Cuando uno evoca mentalmente un determinado rostro, por ejemplo, partiría de una representación abstracta almacenada en la memoria y la enviaría hacia abajo, por las mismas rutas, reconstruyendo progresivamente los detalles de la imagen. 

 

Pace y Koenig-Robert señalan que numerosos estudios muestran que estas señales descendentes no actúan como se creía. Sostienen que las neuronas visuales no se comportan igual que cuando reciben información procedente del mundo exterior: en vez de generar directamente una imagen, se limitan a modificar la actividad que ya está ocurriendo en esas neuronas, aumentan o disminuyen su intensidad, reorganizan patrones existentes y alteran dinámicas que estaban presentes antes de que comenzara el acto imaginativo. Y este es el núcleo de la nueva propuesta: incluso cuando nuestros ojos están cerrados, las áreas visuales del cerebro siguen activas, generando constantemente patrones cambiantes de actividad que se parecen, en cierta medida, a los que intervienen durante la visión real. Desde esta perspectiva, el cerebro no es una pantalla que la imaginación debe llenar; ya está repleto de imágenes potenciales, fragmentos de recuerdos, rastros de experiencias previas y configuraciones neuronales fluctuantes.

 

Supongamos que queremos imaginar en el rostro de alguien conocido. Según la nueva teoría, dicho rostro no tendría que construirse pieza por pieza desde cero. Sus componentes ya estarían presentes, dispersos y mezclados dentro de la actividad espontánea de la corteza visual. Así que lo que hace la imaginación es seleccionar ciertos patrones, estabilizarlos y suprimir otros patrones competidores. Así se modula una configuración neuronal concreta que emerge gradualmente del fondo caótico. El rostro aparece entonces como una señal que se distingue del ruido. La imaginación no sería un pintor que crea una imagen sobre un lienzo vacío, sino más bien un operador de radio que logra sintonizar una señal específica en medio de una estática permanente. El contenido imaginado ya está presente, la tarea consiste en hacerlo sobresalir.

 

La hipótesis de remodelación de la actividad espontánea —spontaneous activity reshaping hypothesis— no es especulación pura: diversas observaciones la respaldan. Experimentos realizados por los mostraron que, cuando una persona imagina algo, la huella que deja ese proceso en su conducta se corresponde mejor con fenómenos de supresión neuronal que con aumentos de activación. Otros experimentos con ratones muestran que la activación artificial de apenas catorce neuronas en una región sensorial fue suficiente para alterar el comportamiento del animal. Así que modificaciones muy pequeñas pueden reorientar estados neuronales mucho más amplios. Otra línea de evidencia procede de las diferencias en la capacidad imaginativa. Aproximadamente una persona de cada cien presenta afantasia, es decir, una incapacidad para generar imágenes mentales visuales. En el extremo opuesto, alrededor de una persona de cada treinta posee hiperfantasía, una capacidad imaginativa tan intensa que las imágenes mentales adquieren una viveza cercana a la percepción real. Algunos estudios han encontrado que quienes poseen imágenes mentales más débiles suelen presentar una mayor excitabilidad espontánea en las áreas visuales tempranas; sus neuronas tienden a activarse con mayor facilidad. Esto parece contradictorio a primera vista, pero encaja con la nueva teoría: cuando el ruido de fondo es demasiado intenso, resulta más difícil moldearlo y estabilizarlo para formar una imagen coherente.

 

La hipótesis de Pace y Koenig-Robert permite entender mejor dos características fundamentales de la experiencia humana. En primer lugar, por qué las imágenes imaginadas suelen sentirse menos vívidas que las percibidas: la percepción visual se apoya en una entrada externa poderosa, regular y consistente; la imaginación trabaja únicamente con la dinámica interna del cerebro. En segundo lugar, explica por qué normalmente distinguimos sin dificultad entre lo que estamos viendo y lo que estamos imaginando.

 

En suma, la teoría de Pace y Koenig-Robert propone una inversión conceptual profunda. Durante décadas se pensó que imaginar era una forma de construcción interna. En cambio, ellos sugieren que imaginar es, sobre todo, una forma de selección: la mente no “construiría” imágenes, sino que trabajaría sobre un océano permanente de actividad neuronal espontánea, esculpiendo figuras transitorias. La imaginación sería menos un acto de creación que un acto de selección, clasificación y organización: una manera de encontrar formas estables en el incesante murmullo del cerebro.

 

 


 

La hipótesis de Pace y Koenig-Robert articula una conexión profunda entre la neurociencia contemporánea y los modelos topográfico y estructural de la metapsicología freudiana. Cuando Freud teorizó su mapa de la mente humana, distinguió dos instancias fundamentales que hoy encuentran sorprendentes correlatos en la neurobiología: el inconsciente, el ámbito de representaciones latentes, recuerdos reprimidos y huellas mnémicas que operan fuera del umbral de la percepción en la vigilia; y el ello, la provincia más antigua del aparato psíquico, un reservorio caótico y desorganizado de energía pulsional pura que no conoce la lógica ni el tiempo, y que pulsa constantemente por expresarse de manera autónoma.

 

Me parece que es del ello, concebido por el psicoanálisis como un motor autónomo y un caldero de excitaciones hirvientes, a lo que los autores se refieren cuando describen la masividad del gasto energético cerebral que ocurre al margen de nuestra voluntad consciente. Pace y Koenig-Robert escriben: “tu cerebro está gastando actualmente alrededor de una quinta parte de la energía de tu cuerpo, y casi nada de eso se está utilizando para lo que estás haciendo ahora mismo”. Este gasto no se interrumpe ni se reduce en el reposo; al contrario, el restante “99 por ciento se utiliza en la actividad que el cerebro genera por sí mismo: neuronas disparando y enviándose señales entre sí, independientemente de si estás pensando intensamente”. Esta “actividad que el cerebro genera por sí misma” es la constatación biológica de una fuerza pulsional, una corriente de energía pura que trabaja para sí misma, sorda a los mandatos del mundo exterior.

 

Por su parte, el estatuto de lo inconsciente cobra una nitidez asombrosa cuando la teoría examina el comportamiento de los recuerdos y las imágenes en la corteza visual temprana antes de que la imaginación los convoque. En el inconsciente freudiano, las representaciones no se encuentran articuladas, flotan en un estado móvil, desunidas y fragmentadas bajo las leyes del proceso primario. Los neurocientíficos describen este mismo escenario al hablar de los “los retumbos internos de tus áreas visuales. En ese murmullo perpetuo, los elementos de la memoria visual no se presentan como totalidades con sentido, sino que se desplazan “pasando en pedazos, dispersos y no reconocidos” dentro de un “flujo constante de actividad cerebral continua”, es decir, latencias puras que vagan por el aparato psíquico esperando una fuerza que las organice. Para que esos fragmentos dispersos cobren la fijeza de una imagen mental, es indispensable un mecanismo equivalente al que Freud denominó investidura (Besetzung) y ligazón (Bindung), mediante los cuales la energía libre y caótica es capturada, retenida y ligada a una representación específica para otorgarle estabilidad y transformarla en pensamiento estructurado frente al caos. Según la hipótesis de los neurocientíficos, este ordenamiento no ocurre por adición, sino por sustracción y contención. El cerebro trabaja sobre la “actividad cerebral de fondo” y el “ruido” o “estática” generalizado, de tal modo que la “la imaginación esculpe las imágenes que vemos con los ojos de nuestra mente tallando en esta actividad cerebral de fondo”. Al igual que el esfuerzo del yo por refrenar el empuje del proceso primario, los autores postulan que “la imaginación puede tener más que ver con la actividad cerebral que silencia que con la actividad que crea”. Se requiere, pues, “una pequeña y dirigida supresión de neuronas [...] y el rostro de tu amigo se asienta fuera del ruido, como una señal abriéndose paso a través de la estática”.

 

En última instancia, el planteamiento de Pace y Koenig-Robert resulta ser un material perfecto para argumentar que lo que la neurociencia hoy llama actividad espontánea de fondo es la traducción biológica de esa gran masa que Freud llamó el ello, y que el “derivar en pedazos, dispersos y no reconocidos” de los fragmentos visuales no es otra cosa que el estado de las representaciones en el inconsciente. La imaginación no brota de la nada: el yo no “crea”, sino que actúa como ese sintonizador indispensable que inhibe el ruido del ello para que la huella mnémica inconsciente logre, finalmente, tomar consistencia, salir de la estática y transformarse en pensamiento ligado. La piel del pensamiento de Octavio Paz se revela en toda su dimensión metapsicológica: una frontera protectora, un límite energético que contiene el magma interior para darle la forma a algunos pocos fragmentos de nuestra inconmensurable actividad psíquica.

 

domingo, 10 de mayo de 2026

Nada se pierde

  

A AMCO, quien no encuentra un llavero.

 

 

 

Hace ya casi veinte años, Jorge Drexler publicó el álbum Eco, en cuya tercera pista canta su versión de un principio muy antiguo: Todo se transforma…:

Tu beso se hizo calor / Luego el calor movimiento / Luego gota de sudor / Que se hizo vapor, luego viento / Que en un rincón de la Rioja / Movió el aspa de un molino / Mientras se pisaba el vino / Que bebió tu boca roja / Tu boca roja en la mía / La copa que gira en mi mano / Y mientras el vino caía / Supe que de algún lejano rincón / De otra galaxia / El amor que me darías / Transformado volvería / Un día a darte las gracias… Cada uno da lo que recibe / Y luego recibe lo que da / Nada es más simple / No hay otra norma / Nada se pierde / Todo se transforma / Todo se transforma

¿A qué principio me refiero? Por supuesto, en la física moderna esto cristaliza en el principio de conservación de la energía, formulado canónicamente en el siglo XIX por figuras como James Prescott Joule y Julius Robert Mayer, pero, sobre todo, pesa la versión postulada por Hermann von Helmholtz en Über die Erhaltung der Kraft (1847): la energía en un sistema cerrado no se crea ni se destruye, sino que se transforma.

 

Pero la intuición de que subyace algo permanente e indestructible a la totalidad cambiante de los fenómenos múltiples recorre la historia del pensamiento occidental desde sus orígenes. Al menos desde los presocráticos encontramos formulaciones germinales de esta idea. Para Anaximandro de Mileto (c. 610 – 546 a. C.), todas las cosas nacen y perecen en el seno del ápeiron, una sustancia eterna e infinita que las genera y a la que retornan. Para Parménides de Elea (c. 520 – 480 a. C.), el ser es ingénito e imperecedero, y la idea de que algo pueda surgir de la nada o ser aniquilado resulta impensable. Empédocles (c. 495 –435 a. C.) ofreció una primera formulación física de este principio al sostener que, bajo la acción alternante del Amor y el Odio, las cuatro raíces eternas —fuego, aire, agua y tierra— jamás surgen de la nada ni desaparecen por completo, sino que únicamente se unen y se disgregan entre sí en distintas combinaciones. Lo que los seres humanos perciben como generación o destrucción no sería más que una reorganización continua de elementos eternamente existentes. Incluso Heráclito de Éfeso (c. 535 - 480 a. C.), quien defendió la tesis dialéctica del devenir incesante, piensa que ese flujo está regido por un logos que mantiene una medida permanente en el intercambio eterno de los contrarios. 

 

Aristóteles (384 – 322 a. C.), logra establecer una formulación metafísica más sistemática de esta intuición. Aunque no concibe todavía una “energía” en sentido físico moderno, sostiene que todo cambio natural implica el pasaje de la potencia al acto sobre un sustrato permanente. En todo proceso de generación y corrupción subsiste una materia primera que se ordena en distintas formas. El cambio, por tanto, no supone creación o destrucción absoluta del ser, sino transformación de una realidad subyacente que permanece idéntica a través de las modificaciones.

 

También Tito Lucrecio Caro (c. 99 – 55 a. C.) afirmó que nada puede surgir de la nada ni desaparecer completamente en la nada. En su poema De rerum natura sostiene que todos los seres y fenómenos del mundo nacen a partir de combinaciones y transformaciones de elementos materiales preexistentes. Naturamque rerum / dissoluere in sua corpora nec res / ad nihilum interemat (La naturaleza resuelve cada cosa en sus propios cuerpos y no reduce nada a la nada). Esta profunda convicción filosófica fue depurándose a lo largo de los siglos.

 

Durante la Escolástica medieval, esta intuición antigua fue reinterpretada dentro del horizonte teológico del cristianismo. Los escolásticos, aristotélicos hasta las cachas, admitían que en el mundo natural nada surge sin causa y que los cambios visibles consisten fundamentalmente en transformaciones de una materia subyacente que permanece a través de las variaciones de forma. Sin embargo, esta continuidad ontológica quedaba subordinada al dogma de la creatio ex nihilo, conforme al cual Dios es el único que posee el poder de crear desde la nada y de aniquilar completamente lo creado. Así, mientras el orden natural conserva cierta estabilidad y continuidad en sus transformaciones, su existencia última depende en todo momento de un acto divino originario y sostenedor. Para Tomás de Aquino (1225 – 1274), por ejemplo, la corrupción y generación de los seres no implican desaparición absoluta del ser, sino el pasaje de una forma sustancial a otra sobre el mismo sustrato material.

 

Ya en el Renacimiento y en los albores de la Revolución Científica, esta antigua intuición metafísica comenzó a traducirse progresivamente en términos mecánicos y matemáticos. La naturaleza dejó de concebirse primordialmente como un orden jerárquico de formas sustanciales para pasar a entenderse como un sistema regido por leyes universales del movimiento, como las máquinas. Nicolás de Cusa (1401 – 1464) y Giordano Bruno (1548 – 1600) imaginaron un cosmos infinito y dinámico, mientras Galileo Galilei (1564 – 1642) introdujo una nueva noción del movimiento basada en la cuantificación y la invariancia de relaciones mecánicas. Descartes (1596 – 1650) formuló (Principia Philosophiae) una temprana doctrina de conservación al sostener que Dios mantiene constante en el universo la misma cantidad de movimiento creada al origen del mundo (quantitas motus). Aunque su noción de cantidad de movimiento difería todavía de los conceptos modernos de momento y energía, la idea de una magnitud permanente subyacente a las transformaciones físicas preparó el terreno para la física clásica posterior. Gottfried Wilhelm Leibniz (1646 – 1716) culminó esta línea de pensamiento con su teoría de la vis viva, una “fuerza viva” conservada en los procesos naturales que anticipa directamente el concepto moderno de energía.

 

Así que una intuición filosófica elaborada por lo menos durante más de dos milenios es un estribillo pop que millones de personas cantan sin sospechar que están fraseando una remota disputa metafísica sobre el ser, la materia y el movimiento. Acaso ahí reside la fuerza de las grandes ideas: sobreviven a sus lenguajes, trascienden sus contextos, migran de la cosmología a la física y de la física a la música popular. Después de todo, Empédocles probablemente jamás imaginó que sus ciclos eternos de mezcla y separación acabarían reapareciendo, veinticinco siglos más tarde, en una canción sobre besos, vino riojano y galaxias lejanas.

lunes, 27 de abril de 2026

La constancia y el placer

 

Una cosa singular, en efecto, se esfuerza por perseverar en su ser en cuanto de ella depende y no del tiempo, sino de la potencia misma de la cosa.

Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico.

 

 

Un cuarto de siglo después de haber escrito su Proyecto de psicología, Sigmund Freud (1856-1939) publicó Más allá del principio del placer (1920). Con este ensayo inaugura la última fase de sus concepciones metapsicológicas —eleva la compulsión de repetición al rango de pulsión, introduce la oposiciónpulsional vida-muerte, aparecen los indicios de su modelo estructural—. Freud inicia recordando que el psicoanálisis tiene el postulado de que los procesos psíquicos están guiados por el principio de placer, y que la vida psíquica funciona como un sistema de cargas y descargas: cuando aumenta la tensión o la saturación interna, hay displacer; cuando esa carga se reduce o se descarga, se produce placer. Así, los procesos anímicos tienden a disminuir la acumulación de tensión de energía psíquica y a restablecer la estabilidad al nivel más bajo posible de excitación. El planteo, apunta el propio doctor Freud, coincide con el principio de constancia dado a conocer en 1873 por el psicofísico Gustav Theodor Fechner (1801-1887): todo proceso psíquico tiende a mantener la excitación o tensión en un nivel constantemente bajo o, al menos, estable. Y, claro, el principio establecido por Fechner no surgió en el vacío; por el contrario, se inscribe en una tradición científica y filosófica que buscaba leyes de equilibrio en los sistemas.

 


Apunto una verdad de Perogrullo: los tres modelos —Herbart, Fechner y Freud— parten necesariamente de la conceptualización previa de algo, de un ámbito interior. Por supuesto, la noción de un espacio psíquico o mental diferenciado del mundo exterior existía mucho antes del siglo XIX. De hecho, es una de las nociones más antiguas de la filosofía occidental. Sin embargo, la conceptualización de ese ámbito como un sistema dinámico regido por leyes mecánicas y mesurables es, claro, producto del pensamiento científico.

 

 

Mecánica de las representaciones

 

Justo en el puente que comunica a la filosofía con la ciencia, el filósofo Johann Friedrich Herbart (1776-1841), discípulo de Fichte y heredero de la tradición crítica kantiana, dio a conocer su teoría de la mecánica de las representaciones en su obra Psicología como ciencia, fundada de nuevo sobre la experiencia, la metafísica y las matemáticas (1824-1825). Título significativo, ¿no? En él aparecen las palabras “ciencia” y “metafísica”, “psicología” y “matemáticas”. Herbart postula que las representaciones son fuerzas reales que luchan por acceder a la conciencia del sujeto, pero que, cuando son incompatibles o excesivas, se inhiben entre sí, y aquellas que no logran superar un determinado umbral caen al ámbito de lo inconsciente, donde continúan ejerciendo cierta presión. Herbart describe un sistema dinámico de atracción e inhibición de representaciones que tiende a un estado de equilibrio estático, un punto de reposo en el que las fuerzas se anulan o se combinan armónicamente. La diferencia respecto del principio de constancia de Fechner es que Herbart concibe un modelo cualitativo y binario, mientras que Fechner, como lo hará Freud, incorpora una cantidad de excitación que debe mantenerse en un nivel constante o bajo, independientemente de la cualidad del contenido representacional. Además, en tanto Herbart describe un sistema de fuerzas entre contenidos representacionales que compiten por la conciencia, Fechner introduce una lógica energética centrada en la regulación cuantitativa de la excitación y su reducción.

 

 

Medio ambiente / medio interior

 

Durante su primera etapa magisterial en el Collège de France, Claude Bernard (1813-1878) se esforzó por establecer la medicina experimental: “Buscar, mediante la experimentación, la explicación de los fenómenos de la salud y de la enfermedad, y deducir de ello los medios de acción” —palabras de Albert Dastre (1844-1917), discípulo de Bernard, y compilador y editor de la obra de su maestro—. En una segunda etapa, primero en la Sorbona y después en el Muséum d’histoire naturelle, se enfocó en las bases de la fisiología, y tras varios años logró fijar sus teorías en el curso de 1876. Bernard inicia la lección de apertura explicando la tesis de que todas las manifestaciones de la vida resultan de un conflicto entre la sustancia viva organizada y el medio en el que habita. La idea anterior hoy puede parecernos muy simple, incluso una obviedad. Sin embargo, es una obviedad aparente, entenderla así revela hasta qué punto nuestra concepción contemporánea de la vida —originada en el pensamiento racional cientificista— descansa sobre un paradigma que Bernard colaboró a cimentar.

Las manifestaciones de la vida requieren condiciones externas adecuadas y relativamente constantes… Estas condiciones del medio ambiente son tan necesarias como las condiciones internas de la sustancia viva… La vida resulta de la interacción —o conflicto— entre un factor interno y otro externo… Esta idea refuta las antiguas teorías vitalistas que atribuían la vida exclusivamente a un principio interno.

Enseguida detalla que mientras que los organismos más simples, los unicelulares, están en contacto directo con el medio exterior, “los organismos más complejos poseen un medio interior que actúa como intermediario”. Esta noción, el medio interior o milieu intérieur, resultará uno de los pilares conceptuales de la comprensión occidental moderna de una amplia gama de fenómenos.

 

 

Homeostasis

 

El fisiólogo norteamericano Walter Bradford Cannon (1871-1945) dedica el primer capítulo de su libro de 1932, The Wisdom of the Body, a Bernard y su idea de milieu intérieur. Para entonces, ya había acuñado el poderoso concepto de homeostasis: en 1926, en un artículo publicado en el libro À Charles Richet: ses amis, ses collègues, ses élèvesPhysiological Regulation of Normal States: Some Tentative Postulates Concerning Biological Homeostatics— propone el concepto como una ampliación y sistematización de la noción del medio interno de Claude Bernard:

La palabra misma, homeostática, se inventa para sugerir la tendencia de los sistemas orgánicos a mantener un estado constante. Los procesos fisiológicos coordinados que mantienen la mayoría de los estados estacionarios en el organismo son tan complejos y peculiares de los seres vivos, que he sugerido una designación especial para estos estados, homeostasis. La palabra no implica algo fijo e inmóvil, un estancamiento. Significa una condición —una condición que puede variar, pero que es relativamente constante.

La insistencia de Cannon en que no es “algo fijo e inmóvil” —something set and immobile—, sino una condición dinámica es clave para distinguir su concepto de las nociones previas. Homeostasis designa una tendencia, la dirección de uno o varios procesos, no un estado. Tres años después, en otro artículo —Organization for Physiological Homeostasis— insiste:

Las condiciones constantes que se mantienen en el cuerpo podrían denominarse equilibrios. Sin embargo, esa palabra ha adquirido un significado bastante preciso cuando se aplica a estados físico-químicos relativamente simples, en sistemas cerrados, donde fuerzas conocidas se balancean.

Homeostasis no significa, pues, equilibrio, sino propensión a la estabilidad.

 

 

… y sin embargo, se mueve

 

En el fondo, lo que une a Herbart, Fechner, Bernard, Cannon y Freud es la intuición de que la vida no puede entenderse sin una referencia a la constancia. Pero esa constancia no es inmovilidad, es propensión; no es equilibrio, sino esfuerzo de regulación. Freud, al tomar de Fechner el principio de constancia y hacerlo empuje del placer y del displacer, muestra que el aparato anímico, como todo el cuerpo, se define por su capacidad de mantener un rumbo en medio de la tormenta, la tormenta que comienza cuando nacemos y, quizá, termina con el último suspiro. La búsqueda de estabilidad, en suma, es la otra cara de la incesante aventura de estar vivos.

 

lunes, 19 de enero de 2026

Fuego vivo

 

 

¿Qué sucedió cuando el inexorable

Sol de Dios, La Verdad, mostró su fuego?

Jorge Luis Borges, Baltasar Gracián.

 

Hubo un tiempo sin fuego. Dicho con mayor precisión: hubo en nuestro planeta un tiempo sin fuego; de hecho, durante la mayor parte del tiempo. No faltaba calor, faltaban las condiciones químicas y físicas necesarias. La Tierra se formó hace unos 4,500 millones de años a partir del mismo disco de gas y polvo que dio origen al Sol. Durante una parte considerable de su historia temprana, la Tierra era extremadamente caliente (impactos, vulcanismo, diferenciación interna); la lava y el magma corrían, radiación y descargas eléctricas cundían, pero no había fuego. El fuego es una reacción química de combustión, que requiere tres condiciones simultáneas: oxígeno libre (O₂ en la atmósfera), material combustible y una fuente de ignición. Y ocurre que la Tierra primitiva era rica en CO₂, metano, amoníaco, vapor de agua, pero no había oxígeno libre suficiente. No existían bosques, plantas, ni materia orgánica acumulada. No había condiciones para que una llama sostenida danzara, ningún incendio podía prender, ninguna combustión abierta. La Tierra era un planeta ardiente, pero sin fuego.

 

El fuego es un producto de la biosfera, no de la geología; más aún, el fuego es un producto de la vida y del tiempo. Si homologamos los 4,500 millones de existencia de nuestro planeta con un año civil, y hoy fuera 31 de diciembre, la vida habría aparecido el 27 de febrero. La vida surgió muy pronto, apenas dos meses después del “1 de enero”. No es un fenómeno tardío, sino casi inmediato en términos geológicos. Pero el fuego no pudo existir mucho después. Aunque la vida apareció pronto, durante la mayor parte del “año” la atmósfera terrestre no tenía oxígeno libre suficiente. El fuego depende de un umbral mínimo de O₂ (≈13–15%) y este umbral no se alcanzó sino tras un proceso lento: la fotosíntesis oxigénica producida por las cianobacterias comenzó relativamente temprano, pero el oxígeno producido se consumió durante millones de años oxidando océanos y rocas. El punto decisivo sucedió hacia mediados “de julio”: Gran Evento de Oxidación (~2 400 millones de años atrás), que permitió la acumulación de O₂, para que el fuego fuera posible a partir de “los últimos dos meses del año”.

 

El fuego existe gracias a la vida. El fuego no es algo elemental.

 

 

 


La intuición racional de la mitología griega es maravillosa. Basta con atender al orden del relato hesiódico para advertirlo: la primera aparición del fuego en Teogonía —un relato de casi tres mil años de antigüedad— no es arcaica ni fundacional en sentido cultural. El fuego no irrumpe en los episodios iniciales del surgimiento del Cosmos, mucho menos ligado al nacimiento de la técnica, del hogar o del sacrificio civilizado; tampoco acompaña el surgimiento del anthropos. Aparece antes. Y aparece de otro modo.

 

En el tramo genealógico dedicado a las criaturas monstruosas —nacidas de Equidna y Tifón— Hesíodo introduce al personaje que nos interesa: la Quimera. Sus padres, Equidna y Tifón enlazan dos grandes linajes de la desmesura (hybris) cósmica. Equidna es hija de Forcis y Ceto, divinidades marinas primordiales nacidas a su vez de Ponto (el mar) y Gea (la tierra) —su genealogía la vincula con las profundidades indiferenciadas, con lo abisal y lo informe; no es simplemente monstruosa: es heredera de un mundo anterior al orden olímpico, donde las fuerzas naturales aún no han sido sometidas a medida—. Tifón nace directamente de Gea, unida a Tártaro, como respuesta última contra Zeus tras la derrota de los Titanes: Tifón encarna la rebelión final de la tierra primordial contra el nuevo orden cósmico. De la unión de ambos —lo abisal marino y lo ctónico terrestre— nacen los grandes monstruos, entre ellos la Quimera. Su genealogía no es accidental: la Quimera reúne en su cuerpo híbrido las potencias preolímpicas que el orden de Zeus ha debido excluir.

… Quimera, que soplaba un fuego indomable,

terrible y grande y de pies veloces y recia;

ésta tenía tres cabezas: una de león de ojos feroces,

otra de cabra y otra de serpiente, de recio dragón;

[león por delante, dragón por detrás, cabra en el medio,

soplando una fuerza terrible de fuego encendido


El fuego que exhala no es, por ello, cultural ni humano, sino un resto vivo de ese mundo anterior al dominio de la medida. El dato es filológicamente contundente: el fuego entra en el poema no como instrumento ni como don, sino como emanación vital de un cuerpo vivo. Brota, se respira, se exhala. Es una potencia orgánica, inseparable de la monstruosidad que la encarna. No funda mundo alguno: lo amenaza. No ordena: desborda.

 

Sólo después, en un movimiento claramente posterior del relato, el fuego reaparece bajo otra figura: el episodio prometeico. Allí ya no arde en un cuerpo, sino que es sustraído, transportado, escondido en una férula. El fuego deja de ser respiración monstruosa para volverse objeto técnico; se separa de la vida que lo producía y entra, violentamente, en la esfera humana. Prometeo no crea el fuego: lo arranca de un mundo donde ya ardía. Y ese desplazamiento no es neutro. Trae consigo castigo, trabajo, dolor, mortalidad. La cultura comienza bajo el signo de una deuda.

 

Teogonía propone una secuencia de notable coherencia: el fuego no nace como herramienta, sino como exceso vital; no aparece primero como beneficio, sino como amenaza; no inaugura la cultura, sino que la precede y la desborda. Sólo mediante un acto de apropiación —robo, separación, domesticación— el fuego se vuelve humano. Y ese gesto, lejos de ser celebratorio, queda marcado por la ambivalencia y el costo.

 

Según Hesíodo, el fuego no entra al mundo con Prometeo: ya ardía antes, respirado por la Quimera. Prometeo no inaugura el fuego; lo arranca de la vida monstruosa para volverlo humano.

domingo, 23 de noviembre de 2025

Changos, héroes y dioses

  

 

Conocer a los demás es inteligencia; conocerse a sí mismo es sabiduría.

Lao Tse, Tao Te Ching.

 

 

 

En una de sus fábulas, Esopo narra que el cuervo, posado en la rama de un árbol, sostenía en el pico un sabroso trozo de queso. El zorro, atraído por el aroma, decidió conseguirlo con astucia. Se plantó debajo del árbol y comenzó a elogiar al cuervo: dijo que no había ave más hermosa en el bosque y que sólo faltaba oír su canto, seguramente tan magnífico como su plumaje. Vanidoso, el cuervo abrió el pico para cantar y, al hacerlo, dejó caer el queso. El zorro lo atrapó al vuelo y, mientras se marchaba, le recordó la moraleja…, que aquí no viene al cuento.

 

 

¡Changos!

 

Abundan referencias a la misma idea en la mitología, la literatura, la filosofía y, por supuesto, en la misma ciencia, pero el concepto de “teoría de la mente” fue acuñado apenas hace poco, algo menos de medio siglo, por los primatólogos norteamericanos David Premack y Guy Woodruff. En su célebre ponencia “Does the chimpanzee have a theory of mind?” (The Behavioral and Brain Sciences, 1978, 49), definieron:

Un individuo tiene una teoría de la mente si imputa estados mentales a sí mismo y a otros. Un sistema de inferencias de este tipo se considera propiamente una teoría porque tales estados no son directamente observables, y el sistema puede usarse para hacer predicciones sobre el comportamiento de los demás.

Premack y Woodruff teorizaron con base en una serie de pruebas de laboratorio realizadas a costillas de Sarah, una chimpancé adulta de 14 años con experiencia en tareas cognitivas y un lenguaje visual simplificado, para concluir que un chimpancé puede atribuir estados mentales a otros individuos de su misma especie, comenzando por la intención o propósito de sus acciones. La construcción de una teoría de la mente, como la que tenemos los seres humanos, parece ser un proceso natural y primitivo.

 

 

 

Héroes

 

Estando de paso en la tierra de “los fieros ciclopes, seres sin ley”, Ulises y varios de sus compañeros de periplo se aventuraron a explorar una cueva (Odisea, canto IX). Resultó que el antro era la morada del gigantesco y cruel Polifemo. El ciclope los atrapa y los encierra; luego los va matando y se los va comiendo… Dos en el almuerzo, dos en la cena; al otro día, dos más para el desayuno… Entonces el héroe griego idea un plan. Primero le regaló el vino que traía consigo, y cuando Polifemo le preguntó su nombre, Ulises respondió: “Mi nombre es Nadie”. No fue una elección arbitraria, sino una inferencia sobre cómo pensarían en un momento dado los otros ciclopes. Polifemo se embriaga, y mientras duerme, Ulises y sus hombres clavan una estaca afilada en el único ojo del monstruo. Cuando Polifemo, ciego y herido, grita pidiendo auxilio a sus vecinos ciclopes, estos le preguntan desde fuera de la cueva: “¿Acaso alguien te está matando por fuerza o por engaño?” Polifemo responde: “¡Nadie me mata!” Al oír esto, los otros cíclopes se van, pensando que no pasa nada. Una trampa era lingüística y mental. La victoria de Ulises, “el rico en ingenios”, no fue gracias a la fuerza, sino a su capacidad de atribuir creencias, conocimientos y limitaciones perceptivas a otros seres, y usar esa teoría para anticipar su conducta y engañarlos.

 

 

Dioses

 

Cuenta Hesíodo en su Teogonía (535-565) que hace mucho tiempo, cuando los dioses y los hombres aún departían, llegó el momento de establecer un reparto definitivo. Prometeo, hijo del titán Jápeto, se dispuso a arbitrar la división de privilegios. Presentó ante Zeus un enorme buey sacrificial que antes había repartido en dos porciones: en una ocultó dentro del vientre del animal toda la carne, las ricas vísceras y los órganos, cubriéndolos con la piel áspera y sucia; en la otra, puso todos los huesos, pero los cubrió con una espesa y brillante capa de grasa aromática, haciendo que este montón pareciera un manjar: “¡Zeus, el más ilustre y poderoso de los dioses sempiternos! Escoge de ellos el que en tu pecho te dicte el corazón”.​ Lo extraordinario no era el acto físico del engaño, sino la capacidad de Prometeo de imputar a Zeus un estado mental específico que no era directamente observable. La trampa se fundamentaba en la suposición implícita de que incluso un dios supremo podría ser prisionero de sus propias percepciones, que incluso la divinidad está condicionada por lo que ve, por lo que parece. La manera en que el padre de los dioses cae en el engaño es genialmente paradójica:

Zeus, sabedor de inmortales designios, conoció y no ignoró la añagaza; pero estaba proyectando en su corazón desgracias para los hombres mortales e iba a darles cumplimiento.

Zeus más que fingir que había caído en el engaño, decidió ser engañado: extendió sus manos y seleccionó la porción de huesos cubiertos con grasa blanca. Cuando sus dientes encontraron sólo esqueletos sin sustancia, cuando comprendió que había sido burlado, la cólera recorrió su cuerpo divino.​ En venganza, le prohibió a la humanidad el fuego, aunque, como bien sabemos, el astuto Prometeo, nuevamente demostrando su capacidad de prever los pensamientos del todopoderoso, logró robar el fuego escondido en el hueco de una caña, anticipando la vigilancia divina. En ambas ocasiones, su facultad para atribuir estados mentales a otros —para construir una teoría operacional de cómo piensan, desean y actúan los seres, incluso los dioses— fue la verdadera arma de su astucia, la llave de su poder sobre el destino de la humanidad.

domingo, 12 de octubre de 2025

Abducción

 

 

No se puede realizar el menor avance en el conocimiento

más allá de la fase de la mirada vacua,

si no media una abducción en cada paso.

Charles Sanders Peirce

 

 

 

Inferencia

 

En su auto sacramental El gran teatro del mundo, el madrileño Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) hace que Hermosura diga un soneto. He aquí sus primeros versos:

Viendo estoy mi beldad hermosa y pura;

ni al rey envidio, ni sus triunfos quiero,

pues más imperio ilustre considero

que es el que mi belleza me asegura.

 

Porque si el rey avasallar procura

las vidas, yo, las almas, luego infiero

con causa que mi imperio es el primero,

pues que reina en las almas la hermosura.

En pocas y prosaicas palabras, Hermosura afirma que no envidia al monarca porque si él gobierna cuerpos mortales; ella, almas inmortales. Si el rey domina las vidas de sus súbditos, ella conquista las almas; de ahí infiere que su poder es superior. 

 

Es imposible andar por la vida sin hacer inferencias. Inferir significa extraer una información que no se tenía a partir de ciertos datos, hechos o premisas. Fuera del ámbito de la lógica, inferir también puede significar sospechar, deducir o colegir algo implícito. La inferencia es el núcleo del razonamiento. Inferir proviene del latín inferre, “llevar hacia adentro” o “conducir a”. Inferir es, pues, conducir el pensamiento hacia una consecuencia. Los dos tipos más conocidos de inferencia son la deducción y la inducción.

 

 

Deducción

 

En el siglo III a. C., Eratóstenes de Cirene pudo inferir el tamaño de la Tierra. Sabía que en Siena —hoy Asuán, Egipto—, al mediodía del solsticio de verano el Sol se reflejaba en el fondo de un pozo —esto es, caía justo a plomo—, mientras que, en Alejandría, ese mismo día y a la misma hora, los objetos proyectaban una sombra. Midió el ángulo de esa sombra y obtuvo 7.2 grados, 1/50 del círculo completo. Si la distancia entre ambas ciudades era de unos cinco mil estadios, dedujo que la circunferencia terrestre debía ser 50 veces esa distancia: unos 250 mil estadios, entre 39 mil y 46 mil kilómetros —la medida real es de 40,075 km—. Eratóstenes no midió, infirió: si la Tierra es esférica, la diferencia angular del Sol en dos puntos distantes corresponde al arco que los separa sobre su superficie. El cálculo de Eratóstenes es una deducción geométrica.

 

 

Inducción

 

Isaac Newton (1643-1727) formuló la Ley de la Gravitación Universal mediante un razonamiento inductivo. Newton observó fenómenos particulares: la caída de los cuerpos en la Tierra, el movimiento de la Luna y de los planetas. A partir de estos hechos y tomando en cuenta las leyes de Kepler sobre las órbitas planetarias, generalizó un principio universal: todos los cuerpos se atraen con una fuerza proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa.

 

 

Abducción

 

Freud (1856-1939) no descubrió el inconsciente como quien descubre un objeto físico, ni llegó a determinar su existencia mediante una inducción —generalización a partir de observaciones repetidas— ni tampoco la dedujo —como una conclusión a partir de premisas generales ya establecidas—. Propuso su existencia como la hipótesis necesaria y más coherente para dar sentido a una constelación de fenómenos psíquicos que, de otro modo, resultan incomprensibles. Los sueños, los lapsus, los actos fallidos, los síntomas histéricos, en fin, eran sucesos observados que la ciencia no podía explicar. La única forma de dotarlos de causalidad y propósito fue postular, mediante un salto inferencial creativo, la existencia de una instancia psíquica oculta —el inconsciente—, en la que pulsiones y deseos reprimidos ejercían una presión constante. Así, el inconsciente freudiano no fue un hallazgo ni una generalización inductiva ni una conclusión deductiva, sino la pieza teórica brillantemente inferida sin la cual el rompecabezas de la conducta humana quedaba incompleto. Ahora, si no fue ni fue una inferencia inductiva ni deductiva, ¿qué fue?

 

Charles Sanders Peirce (1839–1914) teorizó el tercer tipo de inferencia y le puso nombre: abducción. La palabra abducción proviene del latín tardío abductio-ōnis, “separación”. El verbo abducir deriva del latín abducere, “llevar lejos”, “llevar fuera” o “apartar”. En el latín clásico, abductio tenía el significado de “rapto” o “secuestro”. El vocablo experimentó una ampliación semántica durante el Renacimiento. Por ejemplo, en anatomía abducción se refiere al movimiento que aleja un órgano del centro corporal, y en el diccionario de la RAE encontramos que es sinónimo de secuestro o rapto. Por su parte, el sentido que Charles Sanders Peirce dio a abducir es el de proponer una conjetura plausible que pueda explicar un hecho sorprendente o inesperado. “La abducción es el proceso de formar una hipótesis explicativa” (Collected Papers). Mientras que la deducción deriva consecuencias necesarias a partir de una ley general y la inducción generaliza a partir de casos particulares, la abducción inventa o crea una ley posible que, si fuera correcta, haría comprensibles tales casos. Peirce resume así la estructura lógica de la abducción: 1) se observa un hecho sorprendente: C; 2) si A fuera verdadero, C resultaría comprensible; 3) por lo tanto, hay razones para pensar que A es verdadero. Peirce comienzó a esbozar el concepto de abducción en la década de 1860, pero lo desarrolla entre 1878 y 1903. Para Peirce, la abducción es el motor del pensamiento científico y creativo: es el tipo de razonamiento que introduce novedad en el conocimiento, de tal suerte que sin ella no habría descubrimientos, pues ni la deducción ni la inducción pueden generar ideas nuevas. La analogía opera como un mecanismo concreto dentro de este proceso: al observar una semejanza estructural entre dos dominios distintos, se abduce que la relación conocida en uno puede explicar el otro. Así, la analogía no sólo descansa en una comparación, sino que expresa un razonamiento abductivo capaz de generar hipótesis plausibles basadas en paralelos formales.

 

Umberto Eco (1932-2016) —Los límites de la interpretación (1990), Semiótica y filosofía del lenguaje (1984) y Cuernos, cascos, zapatos— amplió la teoría de Charles Sanders Peirce para explicar cómo interpretamos los signos en distintos contextos, desde lo más automático hasta lo más creativo, desde la abducción hipercodificada o deducción disfrazada, pasando por la abducción hipocodificada o abducción propiamente dicha —la peirceana—, en la que se ejerce la interpretación, hasta la meta-abducción, la que inventa una nueva regla o teoría para explicar un fenómeno desconcertante, y es base de las grandes revoluciones científicas y artísticas, y modifica el paradigma de comprensión del mundo.

 

Entre los sentidos que perciben y la mente que intenta comprender hay un salto: el de la abducción. Es el instante en que el pensamiento inventa sentido donde había enigma. Sin ese salto, no habría ciencia ni arte, sólo silencio ante lo inexplicable. Conocer no se limita a razonar, exige atreverse a conjeturar.

 

domingo, 24 de agosto de 2025

La rama del colibrí

  

Quieto

no en la rama

en el aire

no en el aire

en el instante

el colibrí

Octavio Paz, La excalamación.

 

 

 

Cosmos

 

Las palabras crean mundo y lo organizan. En Verdad y método (1960), Hans-Georg Gadamer sostiene que “el lenguaje es un centro en el que se reúnen el yo y el mundo, o mejor, en el que ambos aparecen en su unidad originaria”, y al final de su ensayo concluye: “el ser que puede ser comprendido es lenguaje”. Las palabras no son meros instrumentos que describen una realidad pre-existente, sino que constituyen y ordenan el mundo a través del proceso hermenéutico de comprensión e interpretación. El lenguaje es el medio en el cual los humanos habitamos y mediante el cual el mundo se hace y se mantiene más o menos accesible a la comprensión. Quizá todo esto parezca demasiado abstracto, quizá resulte un poco más accesible explicado con dinosaurios.

 

 

Ignaros 

 

Nosotros, los autodenominados sapiens, nos venimos a enterar de la existencia de los dinosaurios hasta hace muy poco tiempo, cosa de nada. Y eso no es extraño, lo extraño es que ahora sepamos tanto sobre ellos. Porque en este y en cualquier ámbito del conocimiento, nuestra ignorancia es cielo abierto, y el saber, ventana con rejas. Vayan ustedes a saber de cuántos otros bichos extintos no tenemos ni tendremos nunca ninguna noticia. Bueno, ni siquiera conocemos a toda la fauna que sigue viva en el planeta. Hay un océano de bestias a las que no le hemos puesto ni nombre. Obviamente, es imposible saber exactamente cuántas especies no conocemos, pero el siguiente dato sirve para darnos una idea de las dimensiones dinosáuricas de nuestra ignorancia: durante los últimos cinco años, se han descubierto miles de nuevas especies de fauna en todo el mundo, con un promedio estimado de 18 mil especies “nuevas” descubiertas anualmente. Por supuesto, abundan los peces por conocer y la mayor parte de la biodiversidad terrestre por descubrir y catalogar se compone de insectos, arácnidos, moluscos y otros invertebrados, pero nuestro desconocimiento no se limita a este tipo de fauna —por ejemplo, el popa langur (Trachypithecus popa), un mono del grupo de los langures, fue descubierto en Myanmar apenas en 2020—. Se estima que sólo entre el 10 y el 20% de todas las especies han sido documentadas por la ciencia occidental: la mayoría de los seres vivos están fuera de nuestro mundo. Lamentablemente, la tasa de extinción es ahora más rápida que la tasa de descubrimiento; luego entonces, estamos condenados a no saber jamás de la existencia de un montonal de animales que hoy están pasando sus últimas temporadas en la Tierra. En cambio, hoy la gran mayoría de la gente podría contestar que ve a un dinosaurio si, por caso, se le mostrara la imagen de un saurópodo.

 

 

Dinosaurios

 

Los dinosaurios surgieron en el Triásico tardío, hace unos 230 millones de años (mda),  y se extinguieron hace 66 mda, así que poblaron la Tierra durante alrededor de 164 mda… El homo sapiens surgió de la cadena evolutiva hace no más de 300 mil años, es decir, 0.3 mda, y logramos entender y clasificar a los dinosaurios como un grupo zoológico hace menos de doscientos años, o sea hace sólo 0.0002 mda.

 

Aunque es muy probable que desde hace cientos de miles de años algunos humanos se hayan topado con huesos y fósiles de aquellas colosales alimañas mesozoicas, nadie podía saber a qué tipo de fauna correspondían esos restos ni mucho menos qué apariencia podían tener ni qué tan vetustos eran. Los griegos, ya en tiempos históricos, encontraron huesos fósiles de grandes mamíferos, como mamuts y rinocerontes lanudos, e incluso de dinosaurios, y los tomaron como pruebas de la existencia de una raza de gigantes, los Titanes, que, según su mitología, habían sido enterrados por los dioses tras la Gigantomaquia. Heródoto escribió sobre unos misteriosos “huesos de serpiente” hallados en Egipto, cuyas vértebras eran tan grandes que tenían que ser transportadas en caravanas. Ni ellos ni los chinos, quienes en tiempos remotos supusieron que sus hallazgos de restos de fauna prehistórica correspondían a huesos de dragones, supieron de qué animales se trataba en realidad. Paradójicamente, para los humanos los dinosaurios son una novedad.

 

No sin cierto orgullo solemos imaginar que, para un viajero en el tiempo, digamos un sabio de la Antigüedad —pensemos en un Tales de Mileto, en un Sócrates de Atenas—, resultaría imposible entender nuestro mundo tecnificado… Luz eléctrica, aviones, celulares, computadoras… Cierto, pero tampoco entendería la profusión de iconografía de dinosaurios en la que vivimos y la familiaridad con la que en la actualidad vemos a esos animales, para ellos totalmente desconocidos. Y eso que ese par de sabios griegos vivieron no hace mucho tiempo, menos de tres mil años. En cambio, hoy día pululan los escuincles que, cuando ven una película como Jurassic World, pueden identificar perfectamente a un braquiosaurio o a un edmontosaurio, ya no digamos a un tiranosaurio rex o a un feroz velociraptor, quizá las más populares de esas bestias.

 

 

Palabras

 

En 1842 Richard Owen acuñó el término Dinosauria. La palabra es moderna, pero fue acuñada para designar a seres mucho más antiguos que el hombre. Owen no sólo creó el vocablo, también, basado en las características anatómicas que compartían ciertos fósiles y los restos óseos de algunos enormes reptiles, definió un grupo zoológico, es decir, creó una categoría que no existía antes. Owen amplió el mundo. Lo mismo ocurrió cuando el biólogo sueco Carlos Linneo, en la décima edición de su obra Systema Naturae (1758), acuñó la palabra Mammalia: antes no existía una categoría taxonómica que agrupara a los animales que hoy llamamos mamíferos, así que un gato era un gato y no existía ninguna palabra que lo metiera en una misma bolsa conceptual con un murciélago, un elefante, un delfín… Una categoría taxonómica, como Dinosauria o Mammalia, es una construcción conceptual que los humanos usamos para organizar la diversidad de los seres vivos y extintos. La realidad es un continuo de formas y transformaciones; con palabras la recortamos y organizamos en cajones conceptuales para poder pensarla e incorporar más y más elementos a nuestro mundo.

 

La comprensión científica de los Dinosauria ha evolucionado significativamente desde la propuesta original de Owen. Expresado en corto, hoy los Dinosauria constituyen un clado de saurópsidos diápsidos arcosaurios. Un clado es un grupo de organismos que incluye a todos los descendientes de un ancestro común —la palabra clado (del griego klados, “rama”) fue acuñada por el biólogo evolutivo británico Julian Huxley en 1957—, y en este caso estamos hablando de todos los descendientes del ancestro común más reciente de Triceratops horridus y Passer domesticus. Lo anterior quiere decir que son especies insertas en el clado dinosauria tanto un Tyrannosaurus rex como un Struthio camelus, esto es, un avestruz. En efecto, para la ciencia, el clado dinosauria incluye no sólo a los dinosaurios extintos, sino también a todas las aves, las cuales evolucionaron a partir de un grupo de dinosaurios terópodos durante el Jurásico. Las aves no son parecidas a los dinosaurios ni descendientes de ellos en un sentido excluyente; son un linaje de dinosaurios que sobrevivió a la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno. Así que un patagotitan mayorum —una bestia que llegó a pesar unas 70 toneladas y alcanzó los 40 m de longitud—, el dinosaurio más grande documentado hasta ahora, es tan dinosaurio como un colibrí.

 


Si tú no sabías que un colibrí es un dinosaurio, conocer el dato pudo provocar una pequeña operación conceptual en tu cerebro: la certeza de que los dinosaurios pertenecen al pasado pierde su contundencia absoluta mientras que los plumíferos del presente adquieren otra condición. Sales del texto con la curiosa sensación de haber efectuado a una mudanza semántica: las palabras permiten reacomodar tiranosaurios y gallinas con la misma facilidad.