Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

domingo, 10 de mayo de 2026

Nada se pierde

  

A AMCO, quien no encuentra un llavero.

 

 

 

Hace ya casi veinte años, Jorge Drexler publicó el álbum Eco, en cuya tercera pista canta su versión de un principio muy antiguo: Todo se transforma…:

Tu beso se hizo calor / Luego el calor movimiento / Luego gota de sudor / Que se hizo vapor, luego viento / Que en un rincón de la Rioja / Movió el aspa de un molino / Mientras se pisaba el vino / Que bebió tu boca roja / Tu boca roja en la mía / La copa que gira en mi mano / Y mientras el vino caía / Supe que de algún lejano rincón / De otra galaxia / El amor que me darías / Transformado volvería / Un día a darte las gracias… Cada uno da lo que recibe / Y luego recibe lo que da / Nada es más simple / No hay otra norma / Nada se pierde / Todo se transforma / Todo se transforma

¿A qué principio me refiero? Por supuesto, en la física moderna esto cristaliza en el principio de conservación de la energía, formulado canónicamente en el siglo XIX por figuras como James Prescott Joule y Julius Robert Mayer, pero, sobre todo, pesa la versión postulada por Hermann von Helmholtz en Über die Erhaltung der Kraft (1847): la energía en un sistema cerrado no se crea ni se destruye, sino que se transforma.

 

Pero la intuición de que subyace algo permanente e indestructible a la totalidad cambiante de los fenómenos múltiples recorre la historia del pensamiento occidental desde sus orígenes. Al menos desde los presocráticos encontramos formulaciones germinales de esta idea. Para Anaximandro de Mileto (c. 610 – 546 a. C.), todas las cosas nacen y perecen en el seno del ápeiron, una sustancia eterna e infinita que las genera y a la que retornan. Para Parménides de Elea (c. 520 – 480 a. C.), el ser es ingénito e imperecedero, y la idea de que algo pueda surgir de la nada o ser aniquilado resulta impensable. Empédocles (c. 495 –435 a. C.) ofreció una primera formulación física de este principio al sostener que, bajo la acción alternante del Amor y el Odio, las cuatro raíces eternas —fuego, aire, agua y tierra— jamás surgen de la nada ni desaparecen por completo, sino que únicamente se unen y se disgregan entre sí en distintas combinaciones. Lo que los seres humanos perciben como generación o destrucción no sería más que una reorganización continua de elementos eternamente existentes. Incluso Heráclito de Éfeso (c. 535 - 480 a. C.), quien defendió la tesis dialéctica del devenir incesante, piensa que ese flujo está regido por un logos que mantiene una medida permanente en el intercambio eterno de los contrarios. 

 

Aristóteles (384 – 322 a. C.), logra establecer una formulación metafísica más sistemática de esta intuición. Aunque no concibe todavía una “energía” en sentido físico moderno, sostiene que todo cambio natural implica el pasaje de la potencia al acto sobre un sustrato permanente. En todo proceso de generación y corrupción subsiste una materia primera que se ordena en distintas formas. El cambio, por tanto, no supone creación o destrucción absoluta del ser, sino transformación de una realidad subyacente que permanece idéntica a través de las modificaciones.

 

También Tito Lucrecio Caro (c. 99 – 55 a. C.) afirmó que nada puede surgir de la nada ni desaparecer completamente en la nada. En su poema De rerum natura sostiene que todos los seres y fenómenos del mundo nacen a partir de combinaciones y transformaciones de elementos materiales preexistentes. Naturamque rerum / dissoluere in sua corpora nec res / ad nihilum interemat (La naturaleza resuelve cada cosa en sus propios cuerpos y no reduce nada a la nada). Esta profunda convicción filosófica fue depurándose a lo largo de los siglos.

 

Durante la Escolástica medieval, esta intuición antigua fue reinterpretada dentro del horizonte teológico del cristianismo. Los escolásticos, aristotélicos hasta las cachas, admitían que en el mundo natural nada surge sin causa y que los cambios visibles consisten fundamentalmente en transformaciones de una materia subyacente que permanece a través de las variaciones de forma. Sin embargo, esta continuidad ontológica quedaba subordinada al dogma de la creatio ex nihilo, conforme al cual Dios es el único que posee el poder de crear desde la nada y de aniquilar completamente lo creado. Así, mientras el orden natural conserva cierta estabilidad y continuidad en sus transformaciones, su existencia última depende en todo momento de un acto divino originario y sostenedor. Para Tomás de Aquino (1225 – 1274), por ejemplo, la corrupción y generación de los seres no implican desaparición absoluta del ser, sino el pasaje de una forma sustancial a otra sobre el mismo sustrato material.

 

Ya en el Renacimiento y en los albores de la Revolución Científica, esta antigua intuición metafísica comenzó a traducirse progresivamente en términos mecánicos y matemáticos. La naturaleza dejó de concebirse primordialmente como un orden jerárquico de formas sustanciales para pasar a entenderse como un sistema regido por leyes universales del movimiento, como las máquinas. Nicolás de Cusa (1401 – 1464) y Giordano Bruno (1548 – 1600) imaginaron un cosmos infinito y dinámico, mientras Galileo Galilei (1564 – 1642) introdujo una nueva noción del movimiento basada en la cuantificación y la invariancia de relaciones mecánicas. Descartes (1596 – 1650) formuló (Principia Philosophiae) una temprana doctrina de conservación al sostener que Dios mantiene constante en el universo la misma cantidad de movimiento creada al origen del mundo (quantitas motus). Aunque su noción de cantidad de movimiento difería todavía de los conceptos modernos de momento y energía, la idea de una magnitud permanente subyacente a las transformaciones físicas preparó el terreno para la física clásica posterior. Gottfried Wilhelm Leibniz (1646 – 1716) culminó esta línea de pensamiento con su teoría de la vis viva, una “fuerza viva” conservada en los procesos naturales que anticipa directamente el concepto moderno de energía.

 

Así que una intuición filosófica elaborada por lo menos durante más de dos milenios es un estribillo pop que millones de personas cantan sin sospechar que están fraseando una remota disputa metafísica sobre el ser, la materia y el movimiento. Acaso ahí reside la fuerza de las grandes ideas: sobreviven a sus lenguajes, trascienden sus contextos, migran de la cosmología a la física y de la física a la música popular. Después de todo, Empédocles probablemente jamás imaginó que sus ciclos eternos de mezcla y separación acabarían reapareciendo, veinticinco siglos más tarde, en una canción sobre besos, vino riojano y galaxias lejanas.

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