Su misión no es comprenderte sino capturarte. Los algoritmos no ambicionan tu felicidad, codician tu permanencia; pero a veces, para retenerte, terminan regalándote algo realmente valioso. Dicho de otro modo: a míster Algoritmo tu bienestar le importa un rábano: sólo se mueve vertiginosamente a la caza de tu atención. Pero en su cálculo frío, de vez en cuando localiza algo bueno, una idea que vale la pena, alguien que anda pensando más o menos en sintonía contigo. Yo la semana pasada corrí con suerte: los sortilegios algorítmicos depararon a mi pantalla un ensayo sobresaliente que se refiere justo a un asunto que estoy trabajando a fondo en una investigación de posgrado: How to survive the information crisis: ‘We once talked about fake news – now reality itself feels fake’. El texto lo firma la británica Katharine Viner (1971). ¿Quién es ella? Periodista, dramaturga y editora, dirige desde 2015 The Guardian, uno de los diarios más influyentes del mundo occidental —es la primera mujer en ocupar el cargo de editora en jefe del periódico—. El tema que aborda en este texto no es una preocupación reciente para ella; hace justo diez años publicó How Technology Disrupted the Truth, una referencia obligada para pensar la desinformación y la crisis contemporánea de credibilidad mediática. Viner es una de las plumas que más seriamente han intentado comprender cómo la tecnología ha alterado nuestra relación con la verdad y, en última instancia, con la realidad misma.
La señora Viner no se anda con rodeos: “Estoy segura de que tú también lo sientes. El mundo se ha convertido en un lugar mucho más desconcertante y menos esperanzador.” De hecho, sostiene que vivimos en una era caracterizada por crisis; así, en plural: muchas y diversas crisis que se vinieron a aparejar en estos tiempos. Moramos una densa constelación de dificultades. Algo en el mundo contemporáneo parece haberse descompuesto. Cunde la sensación de habitar una época demasiado incierta, caótica y emocionalmente mucho más inhóspita que la de hace apenas unos años. Observa alrededor: guerras prolongadas, masivos desplazamientos poblacionales, retóricas extremistas normalizadas y una violencia pública que ya casi ha dejado de sorprendernos. El clima de época parece marcado por varias crisis simultáneas —económicas, ambientales, políticas, tecnológicas y culturales— que se han venido articulando entre sí hasta formar una sola totalizante crisis civilizatoria. ¿Qué crisis particulares considera Katharine Viner?
La crisis ecológica encabeza la lista de Viner. Investigaciones recientes advierten que nos acercamos más rápido de lo previsto a un punto de no retorno climático. El sistema alimentario mundial enfrenta amenazas severas, mientras la vida silvestre desaparece: desde 1970 las pérdidas superan el 70% de las especies. Y justo cuando la catástrofe ecológica se vuelve inocultable, los sectores populistas de derecha redoblan su ofensiva para desacreditar la agenda ambiental. Encabezados por Trump, presentan las preocupaciones climáticas como un lujo elitista, desconectado de la vida cotidiana. Ironía feroz: quienes padecen con mayor intensidad los estragos del cambio climático son precisamente los más pobres.
Al ambiental se suma el desastre político. Por primera vez en dos décadas, hay más regímenes autoritarios que democracias en el mundo. En estados de tradición consolidada democrática ocurre un debilitamiento institucional. Se descomponen los mecanismos de control político y jurídico. Con toda razón, Viner pone el foco en Estados Unidos, donde el deterioro ha sido tremendamente acelerado. Staffan Lindberg compara el proceso con otras experiencias autoritarias contemporáneas: Viktor Orbán en Hungría, Aleksandar Vučić en Serbia, Recep Tayyip Erdoğan en Turquía, Narendra Modi en India, con una diferencia atroz: Trump habría logrado en apenas un año un nivel de desmantelamiento institucional que a ellos les tomó varios.
Las democracias se desmoronan por dentro, el orden internacional estalla por fuera. El mundo atraviesa el mayor aumento de violencia desde la Segunda Guerra Mundial. La guerra en Ucrania sigue sin perspectivas de resolución. La agresión israelí en Gaza no es nada menos que un genocidio que la comunidad internacional presencia sin intervenir. En Sudán, millones de personas han sido desplazadas y cientos de miles han muerto. Estados Unidos e Israel lanzan una guerra ilegal contra Irán que ha costado miles de muertes e incide negativamente en la economía mundial. En medio de esta escalada, líderes occidentales que antes invocaban el orden internacional basado en reglas admiten ahora abiertamente que buena parte de ese orden era un teatro y que, además, ya colapsó. La retórica militarista se descara: Trump le cambia el nombre a la secretaría de Defensa, y ahora es de Guerra.
El descalabro geopolítico sucede y el modelo económico hace agua. El neoliberalismo no da más de sí. La desigualdad se intensifica groseramente: menos del 1% de la población mundial concentra hoy más riqueza que la mitad más pobre del planeta. La acumulación desproporcionada de capital imposibilita la cohesión social, fragmenta comunidades. La fractura no es metafórica.
El atajo de crisis no es una abstracción: se siente. Cada vez más gente no puede costear los bienes básicos; la vivienda se ha vuelto inaccesible para amplios sectores. Entre los jóvenes cunde la desesperanza: enfrentan un mercado laboral incierto, se pierde la esperanza de construir una vida estable. Falta una visión social compartida de lo que sería una buena vida. En este paisaje de precariedad, la soledad se expande como una pandemia. La atomización social rompe vínculos comunitarios. Viner insiste: la soledad no es un fracaso individual sino un síntoma de deterioro estructural. Las personas aisladas buscan pertenencia, muchas veces en internet, y allí encuentran narrativas reduccionistas que ofrecen chivos expiatorios: las élites, las mujeres empoderadas, los musulmanes, los judíos, las personas LGBTQ+, los migrantes… Abundan los influencers que monetizan la misoginia, el individualismo extremo y los esquemas financieros especulativos, el racismo, el odio… La necesidad de pertenencia es real; las respuestas que el mercado digital ofrece son mayormente tóxicas.
El abultamiento de crisis genera una sensación colectiva de impotencia. Se percibe el deterioro del mundo. Los dirigentes políticos parecen incapaces de organizar respuestas: continúan proponiendo soluciones menores, inmediatistas, frente a transformaciones sistémicas. Esa desconexión entre la gravedad de los hechos y la respuesta institucional produce un efecto profundo: la ciudadanía empieza a sentir que pierde estabilidad emocional y capacidad para comprender el presente. La policrisis no es solo un diagnóstico del mundo exterior; es también un estado mental.
Con todo, ni siquiera este mapa abarca el territorio completo que tenemos a la vista. Varias de las crisis que Viner describe producen efectos secundarios que ella apenas roza o deja implícitos. La demográfica, de entrada, es probablemente una de las grandes crisis subestimadas del siglo. Las tasas de natalidad se desploman en buena parte del orbe; la población envejece, la fuerza laboral se contrae y la presión sobre los sistemas de pensiones y salud se dispara. Millones de personas no desean procrear y millones quieren tener hijos y no pueden. Postergan indefinidamente la maternidad o la paternidad porque perciben el futuro como demasiado incierto para traer niños al mundo. La precariedad económica, el precio de la vivienda, los trabajos inestables, el fantasma de nuevas pandemias, la sustitución algorítmica del trabajador y el agotamiento emocional pesan mucho más que cualquier supuesto cambio cultural. Además, interviene un elemento simbólico profundo: una sociedad que pierde la confianza en el futuro también pierde el deseo de proyectarse hacia el futuro.
Y algo está pasando con la salud mental. Viner menciona la soledad, pero podría desplegarse un amplio abanico de impactos psicopatológicos y emocionales del combo de crisis contemporáneas: ansiedad, depresión, trastornos de atención, agotamiento crónico, problemas cognitivos… No se trata de fragilidad individual. La hiperconectividad digital, la sobreestimulación permanente, la precariedad, el hábito de comparación constante en redes y la ausencia de horizontes colectivos generan una fatiga psicológica que ya es estructural. Millones de personas viven atrapadas entre el exceso informativo, la escasez de estabilidad y la ausencia de sentido compartido. Y donde prosperan la desesperanza, el aislamiento y el trauma social, prosperan también las adicciones: opioides, fentanilo, alcohol, apuestas en línea, porno, videojuegos, consumo compulsivo de dopamina digital. Las dependencias no conforman un fenómeno marginal: son síntomas y amplificadoras de la policrisis.
Quedan, además, otras fracturas no mencionadas. Una crisis de sentido: cada vez son más los hombres y mujeres que carecen de relatos compartidos, referentes confiables, proyectos colectivos, marcos morales estables. Una crisis cognitiva: deterioro de la atención, dependencia algorítmica, sustitución de la experiencia humana por mediación digital, confusión entre realidad y simulación —y la inteligencia artificial promete intensificar todo esto—. Una crisis educativa: terrible caída de la comprensión lectora, debilitamiento del pensamiento crítico y la abstracción, educación subordinada a las métricas y el mercado. Y, por debajo de todas ellas, una crisis institucional que ya no depende de gobiernos concretos: la confianza en medios, universidades, sistemas judiciales y organismos internacionales se está evaporando. ¿Cómo confiar en la ONU, en el derecho internacional, en la mano invisible del mercado? Y cuando las instituciones dejan de parecer legítimas, crece el atractivo de las soluciones autoritarias o las teorías conspirativas y el pensamiento mágico.
A pesar de todo, conviene ser justos con Viner: su argumento central no es meramente que existan muchas crisis —cualquiera podría enlistarlas—, sino que están interconectadas, se retroalimentan y son agravadas por ecosistemas informativos deteriorados. No es un gesto teórico menor. Es justamente esa urdimbre lo que transforma un puñado de problemas en una sola policrisis: compacta, descomunal, totalizante…
Me temo que cualquier diagnóstico ahora mismo se queda corto: todo es peor de lo que parece.

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