Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

domingo, 19 de julio de 2026

¿Dónde queda Occidente?

  

Hace unos días comencé a ver una película de ciencia ficción. A los pocos minutos se reveló como pésima; no valía la pena seguir perdiendo el tiempo, ni siquiera que les diga cómo se llama. Con todo en una de las primeras escenas ocurre algo que aparentemente pasé por alto, y sin embargo hace poco me vino a la cabeza. En conferencia de prensa, un multimillonario que acaba de financiar el lanzamiento de una misión espacial es cuestionado/criticado por haber usado/comprado una nave rusa: ¿por qué no echó mano de un aparatejo construido en Estados Unidos? El personaje responde que la tecnología rusa es tan buena como la de Occidente. De ahí se desprende, pues, que no se considera a Rusia como parte de Occidente. Ya acá, del otro lado de la pantalla, en la realidad fuera de las ficciones fílmicas, el presidente del país mentado, Vladímir Putin, seguramente está de acuerdo con tal diferenciación, puesto que innumerables ocasiones se ha referido a Occidente no sólo como una entidad distinta al país que gobierna sino incluso opositora. Por ejemplo, en un discurso de septiembre 2025, Putin vinculó a Occidente con la degradación del orden nuclear, y criticó “… las acciones destructivas de Occidente, sus conceptos doctrinales desestabilizadores y programas militar-técnicos dirigidos a socavar la paridad global y a lograr una superioridad absoluta y abrumadora”. En la retórica de Putin, Occidente funciona ante todo como una entidad geopolítica y estratégica. Lo cultural aparece, pero subordinado a un relato de poder, hegemonía y seguridad. Pero, más allá de las confrontaciones geopolíticas en que actualmente está enmarañada la humanidad, en términos de modelo de civilización o, más ampliamente, culturales, ¿qué es Occidente? O llevando la cuestión a la dimensión espacial, ¿hoy día dónde queda Occidente?

 

En tanto continente civilizatorio —no me refiero a un continente geográfico, sino a un archipiélago de espacios que contienen algo—, Occidente es un entramado de componentes simbólicos y materiales compartidos en las sociedades europeas y de origen europeo. Demos pistas para delimitarlo por negación: Occidente se distingue de otras configuraciones civilizatorias; no es occidental el budismo, lo africano, el islam…; en él son extraños el chamán rarámuri y la burka con que deben cubrirse el rostro las mujeres en Kabul, tanto como el sistema de castas hinduista, las lenguas bantúnes subsaharianas, la pagoda de An Quang y la dieta inuit de los esquimales… Desde la semántica eurocentrista, occidental no es lo nativo, lo autóctono, lo indígena, lo aborigen… Obvio: lo oriental es distinto a Occidente, y esa distinción es plenamente occidental.


 

Dos tradiciones sustentan primordialmente a Occidente: la bíblica-cristiana y la greco-romana, así que sus orígenes geográficos se localizan en tierras aledañas al Mediterráneo, desde el mar de Tirreno hasta el Levante, incluyendo el mar Egeo. Es un medio arco que, desde el punto más austral del Golfo de Áqaba, se abre hacia noroeste, pasa por la Ática y llega hasta la península ibérica. Sin embargo, Occidente, claro, en tanto modelo de civilización no es puro ni homogéneo: hay tensiones internas —liberalismo vs. conservadurismo, secularismo vs. religiosidad, igualdad vs. jerarquías, etc.—, pero funciona como un paradigma que se presenta, desde el siglo XIX, como universalizable… o incluso más, como meta deseable para todos los grupos humanos.

 

Ahora, ¿dónde queda hoy Occidente? Es más sencillo proceder por descarte. Los dos países más poblados del orbe, seguro, se encuentran en otra órbita civilizatoria. India y China, los dos países más poblados del planeta, se organizan en torno a tradiciones culturales distintas de las que definen a Occidente: la primera, estructurada por el sustrato hinduista, el sistema de castas, y una pluralidad religiosa y lingüística que no tiene su centro en la herencia greco-romana ni judeocristiana; la segunda, anclada en una tradición confuciana, taoísta y budista reinterpretada por un proyecto político comunista con rasgos propios. Por supuesto, tampoco podemos considerar occidentales ni a Indonesia, el país con la población musulmana más grande del mundo, ni a Bangladesh ni a Pakistán, naciones que basan su identidad en torno al islam suní. ¿Y qué podemos decir de Nigeria, Etiopía, Egipto, República del Congo y Tanzania? Estos gigantes demográficos africanos tienen trayectorias civilizatorias propias —nilótica, bantú, etíope, árabe-islámica, swahili, etcétera—, que aun cuando hayan recibido influencia colonial europea y adoptado instituciones modernas, no forman parte del “continente civilizatorio” occidental. De hecho, podríamos decir lo mismo de todo África, quizá problematizando únicamente un caso, el de Sudáfrica. Además, dejando a un lado a Rusia y Japón —cuya condición de occidentales o bien occidentalizados resulta fascinante elucidar, pero merecería mucho más que unas cuantas líneas—, de entre los veinte países más poblados del mundo, también podríamos descontar sin discusión a Filipinas —con sólidos sustratos malayo-polinesios, e influencias chinas e islámicas previas a la colonización española—, Vietnam —budista mahayano, y fuerte basamento en el confucianismo—, Irán —corazón del mundo chií— y Turquía —con base demográfica y cultural turca y musulmana suní—. Y con esto es suficiente para poder dimensionar qué tan universal es realmente Occidente… Sólo sumando la población total de los países que he mencionado explícitamente hasta aquí —dejando fuera a Rusia y Japón—, ya tenemos alrededor de 4.7 mil millones de personas, es decir, 56% de la población mundial, toda esa gente fuera de Occidente.


Ahora, agreguemos a la suma de los no occidentales las poblaciones de los siguientes países: Tailandia, Kenia, Myanmar, Sudán, Uganda, Argelia, Iraq, Afganistán, Yemen, Angola, Marruecos, Mozambique, Malasia, Ghana, Arabia Saudita, Madagascar, Costa de Marfil, Camerún, Nepal, Níger, Siria, Burkina Faso, Malawi, Zambia, Chad y Somalia… Ahora el monto se eleva a 5.6 mil millones, nada menos que el 67.5% de la población total del mundo. Y si las proyecciones demográficas de la ONU son correctas, en unos pocos años la participación proporcional de estos países será mayor: en 2050, tres de cada cuatro habitantes del planeta vivirán en ellos, mientras que en 2075 serán ocho de cada diez. Todo esto claro, sin considerar los procesos de des-occidentalización que pueda ocurrir en Europa y América.

 

Creo que el problema no es que Occidente esté perdiendo el liderazgo del mundo, sino que nos cuesta aceptar que nunca ha jugado realmente ese rol. Si corremos con suerte, habrá futuro, y Occidente tendrá que aceptar que ni es el ombligo del mundo ni el modelo a seguir obligadamente, sino apenas una voz más en el coro de la historia global… Ojalá aprendamos a cantar con los demás.

 

jueves, 16 de julio de 2026

Dumb intelligence


As human beings, we have been able to understand and measure the chemical composition of the atmosphere, predict global warming, and to even master the art of creating closed ecosystems in such a way that we can replicate habitable microclimates outside our own atmosphere, and yet we have been unable to implement systemic reforms to save ourselves from the climate collapse that we have caused in the only home we’ve got.  We have unlocked the secrets of nuclear fusion and fission—the energy that powers the stars—but while we apply it with suicidal accuracy to build arsenals capable of annihilating civilization multiple times in a single afternoon, we can barely manage to use it in a somewhat controlled manner to light our homes in a clean and peaceful way. We have developed the technology to send robotic missions into deep space to study cosmic history and gain insight into the origin of the universe, yet we devote more resources to turning this tiny planet we live on into a global stage for human brutality, with satellite weapons, and mass surveillance. We have mastered organ transplant techniques, robotic surgery, immunotherapy, and gene editing to overcome diseases that until recently were a death sentence, yet we continue to live in societies where a person’s address determines their life expectancy more than their genetic makeup. We have set up and managed to coordinate global supply chains capable of delivering fresh products to any supermarket within 48 hours, yet we waste a third of the food we produce while entire regions suffer from famine and chronic malnutrition. We have established a data network with more hubs than the world’s population, capable of connecting the entire world, but we mainly use it for cognitive Chunking, superficial consumption, and the reinforcement of echo chambers that stifle critical thinking and destroy community. We have developed sophisticated mathematical models capable of assessing global risks with great accuracy, yet we use them to develop complex financial derivatives that trigger cyclical crises, create obscene concentrations of wealth, and lead to the impoverishment of millions. We have developed synthetic materials with almost magical strength and versatility, which remain intact for centuries without degrading, and we use them to produce disposable, single-use items that are now clogging the oceans, poisoning the food chain, and have become the planet’s new geological layer. We have mapped the human genome, decoded the 3.2 billion-letter code that defines us as a species, and yet we continue to invent and promote storylines that blur the line between proven facts and convenient fictions. We are capable of designing and building skyscrapers that defy gravity, self-regulate their temperature, recycle water, and generate energy in nearly self-sufficient vertical ecosystems, yet we place them within cities where millions of people live in overcrowded conditions, with no access to basic services or decent housing. We have developed biotechnology to produce enough food for the entire human race, and are more than capable of ending world hunger. Yet, at the same time, more than 700 million people are starving, and more than one billion suffer from obesity and type 2 diabetes—victims of a food system that produces unhealthy abundance and an alarming lack of judgment. We have created AI systems capable of checking and correcting the grammar of texts with thousands of words within seconds, composing symphonies, diagnosing diseases invisible to the naked eye, deciphering protein structures, and programming in an instant; and yet that same artificial intelligence is used primarily to target invasive advertising, spread disinformation on an industrial scale, and monetize human attention to the point of exhaustion. We can understand ancient scripts, put together the pieces of forgotten empires, and accurately date the collapses of past civilizations. We recognize the warning signs because we are repeating them one by one, and yet we continue to act as if our civilization is immune to the laws that brought down all the ones before it. We are capable of creating self-driving vehicles and maglev trains that avoid friction and release zero carbon emissions, yet we remain stuck in urban models that prioritize personal cars, forcing people to lose hundreds of hours a year in traffic jams—the time equivalent of entire weeks of life lost waiting at traffic lights.

There are many more examples, but I think this is enough to make it clear that we as human beings are both incredibly intelligent and incredibly dumb, which makes perfect sense. Think about it: a mountain does not possess a shred of intelligence, but neither is it the slightest bit dumb. And what about El Niño—I’m not referring to a child, but to El Niño, the climate phenomenon—or a cloud or a bolt of lightning? Indeed, in order to behave stupidly, one must possess a certain degree of intelligence. In an essay published a few days ago—“What Makes Humans Stupid”, David C. Krakauer explains: “One might say that stupidity implies a capacity for getting things right before it can get them spectacularly wrong. Stupidity is not the opposite of intelligence but its evil twin, the dissimulating Cain to a cerebral Abel…. . It would be a stretch to call a bacterium stupid, and we know that cats and dogs achieve modest feats of it. But human beings, equipped with language, abstraction, technology, institutions, and ideology, can be stupid on a truly civilizational scale. ” He suggests that a law might be derived from this, although unfortunately he does not explicitly state it. Well, let’s do it, let’s make a proposal: The capacity of a system to generate catastrophic stupidity is directly proportional to the degree of intelligence, complexity, and technical sophistication that said system has developed, since stupidity is not the absence of intelligence but its dark twin, and it only reaches its fullest expression—the scale of civilization—when it has at its disposal the very tools that enable the greatest achievements of the intellect. From this law, we can derive at least four principles:

1. Principle of pairing: Intelligence and stupidity are not mutually exclusive opposites; they are paired functions that develop in parallel.

2. The Threshold Principle: In low-intelligence systems, stupidity is modest and has limited consequences; but upon crossing a critical threshold of complexity—symbolic language, technology, institutions—stupidity becomes capable of great feats.

3. Principle of amplification: The very tools that amplify intelligence—ideologies, financial systems, engineering, global networks, computer systems—act as stupidity amplifiers. The more powerful the tool, the more devastating stupidity can be.

4. Principle of Potential Self-Destruction: Every civilization that is sufficiently intelligent carries within itself the seed of its own destruction, precisely because its intelligence grants it a power that, if misused—through civilizational stupidity—can annihilate it.


Intelligence has given us divine power, but stupidity, its inseparable shadow, tends to lead us to perform wonders in the worst possible way.

domingo, 12 de julio de 2026

Inteligencia estúpida

  

Los seres humanos hemos sido capaces de comprender detalladamente y medir con toda precisión la composición química de la atmósfera, predecir el calentamiento global e, incluso, dominar el arte de la creación de ecosistemas cerrados hasta el punto de poder replicar microclimas habitables fuera de nuestra propia atmósfera, pero al mismo tiempo hemos sido incapaces de implementar cambios sistémicos para salvarnos del colapso climático que nosotros mismos hemos provocado en el único hogar planetario que realmente tenemos. Hemos penetrado en los secretos de la fusión y la fisión nuclear, la energía que enciende las estrellas, pero mientras la aplicamos con precisión suicida para construir arsenales capaces de aniquilar la civilización varias veces en una sola tarde, apenas logramos sostenerla de manera más o menos controlada para iluminar nuestros hogares de manera limpia y pacífica. Hemos desarrollado la capacidad de enviar misiones robóticas al espacio profundo para leer la historia cósmica y asomarnos al origen del universo, pero destinamos aún más recursos a convertir este microscópico planeta que habitamos en el escenario global de la barbarie humana, con militarización orbital, armas antisatélite y vigilancia masiva. Dominamos técnicas de trasplante de órganos, cirugía robótica, inmunoterapia y edición genética para vencer enfermedades que hasta hace pocos años eran una sentencia inapelable de muerte, pero nos mantenemos organizados en sociedades en las que el código postal determina la esperanza de vida de la gente más que su código genético. Hemos establecido y logramos coordinar cadenas de suministro planetarias capaces de llevar productos frescos a cualquier supermercado en 48 horas, pero desperdiciamos un tercio de los alimentos que producimos mientras regiones enteras padece de hambruna y desnutrición crónica. Instauramos una red de información con más nodos que la población mundial, capaz de conectarnos a todos entre sí, pero la utilizamos sobre todo para la fragmentación cognitiva, el consumo superficial y el refuerzo de cámaras de eco que anulan el pensamiento crítico y destruyen el tejido social. Desarrollamos modelos matemáticos capaces de cuantificar los riesgos globales con una precisión asombrosa, pero los utilizamos para diseñar derivados financieros opacos que provocan crisis cíclicas, concentran la riqueza de forma obscena y empobrecen a millones. Hemos desarrollado materiales sintéticos de una resistencia y versatilidad casi milagrosas, capaces de durar siglos sin degradarse, y los utilizamos para fabricar objetos desechables de un solo uso que hoy saturan los océanos, envenenan la cadena alimentaria y han convertido el plástico en el nuevo estrato geológico del planeta. Hemos secuenciado el genoma humano descifrado el código de 3,200 millones de letras que nos define como especie, y al mismo tiempo nos entregamos a la fabricación y consumo de narrativas que niegan la diferencia entre un hecho probado y una ficción conveniente. Somos capaces de diseñar y construir torres que desafían la gravedad, autorregulan su temperatura, reciclan su agua y generan su propia energía en ecosistemas verticales casi autosuficientes, pero las erigimos en ciudades donde millones de personas viven hacinadas a sus pies, sin acceso a servicios básicos ni a un techo digno. Hemos desarrollado biotecnología con la que podemos producir alimentos suficientes para toda la humanidad y tenemos sobrada capacidad para erradicar el hambre, pero mientras tanto más de 700 millones de personas pasan hambre, más de mil millones padecen obesidad y diabetes tipo 2, víctimas de un sistema alimentario que fabrica abundancia insana y de una alarmante falta de criterio. Creamos sistemas de inteligencia artificial capaces de revisar y corregir la gramática de textos de miles de palabras en segundos, componer sinfonías, diagnosticar cánceres invisibles al ojo humano, descifrar la estructura de las proteínas y programar en instantes, y sin embargo la misma inteligencia artificial es empleada mayoritariamente para optimizar la publicidad invasiva, fabricar desinformación a escala industrial y monetizar la atención humana hasta la extenuación. Comprendemos escrituras milenarias, reconstruimos imperios olvidados y datamos con exactitud los colapsos civilizatorios del pasado, reconocemos las señales que los precedieron porque las estamos replicando una a una, y aun así seguimos comportándonos como si nuestra civilización estuviera exenta de las leyes que sepultaron a todas las demás. Tenemos la capacidad de diseñar vehículos autónomos y trenes de levitación magnética que desafían la fricción y no emiten carbono, pero seguimos atrapados en modelos urbanos que priorizan el automóvil privado, condenando a millones de personas a perder cientos de horas al año en embotellamientos, el equivalente a semanas completas de vida evaporadas frente a un semáforo.

 

Podríamos seguir ejemplificando, pero me parece que con esto es suficiente para evidenciar que los seres humanos somos tremendamente inteligentes y tremendamente estúpidos, lo cual es muy lógico. Piénselo usted: una montaña no tiene absolutamente nada de inteligencia, pero tampoco medio pelo de estúpida. ¿Y qué decir del Niño —no me refiero a un niño, sino al Niño, el fenómeno climatológico— o de una nube o de un relámpago? En efecto, para poder cometer una estupidez se requiere tener cierto grado de inteligencia. En un ensayo publicado hace unos días — What Makes Humans Stupid—, David C. Krakauer lo explica así: “Podría decirse que la estupidez implica la capacidad de hacer las cosas bien antes de poder hacerlas espectacularmente mal. La estupidez no es lo opuesto a la inteligencia, sino su gemela malvada, el Caín disimulador frente a un Abel cerebral.” Y enseguida afirma que una bacteria necesariamente tiene un potencial ínfimo respecto a un perro o un gato, mientras que nosotros, los humanos, podemos cometer estupideces prodigiosas proporcionales a nuestra inteligencia. De aquí sugiere que podría desprenderse una ley, aunque desafortunadamente no la explicita. Bueno, hagámoslo, formulemos una propuesta: La capacidad de un sistema para generar estupidez catastrófica es directamente proporcional al grado de inteligencia, complejidad y sofisticación técnica que dicho sistema ha desarrollado, ya que la estupidez no es la ausencia de inteligencia sino su gemelo oscuro, y solo alcanza su máxima expresión —la escala civilizatoria— cuando dispone de las mismas herramientas que permiten las más grandes proezas del intelecto. De esta ley podemos desprender al menos cuatro principios:

 

1.     Principio de acoplamiento: Inteligencia y estupidez no son opuestos excluyentes; son funciones acopladas que se desarrollan a la par.

2.     Principio del umbral: En sistemas de baja inteligencia, la estupidez es modesta y de consecuencias limitadas; pero al cruzar un umbral crítico de complejidad —lenguaje simbólico, tecnología, instituciones—, la estupidez se vuelve capaz de hazañas.

3.     Principio de la magnificación: Las mismas herramientas que amplifican la inteligencia —ideologías, sistemas financieros, ingeniería, redes globales, sistemas informáticos— actúan como multiplicadores de la estupidez. Cuanto más poderosa es la herramienta, más devastador puede ser la estupidez.

4.     Principio de la autodestrucción potencial: Toda civilización suficientemente inteligente porta en su seno la semilla de su propia destrucción, precisamente porque su inteligencia le otorga un poder cuyo mal uso —la estupidez civilizatoria— puede aniquilarla.

 

La inteligencia nos ha dado un poder divino, pero la estupidez, su sombra inseparable, tiende a que hagamos milagros de la peor manera posible.

 

domingo, 5 de julio de 2026

El alcázar infinito

  

En medio del ambiente mundialista, la semana pasada inicié mi videocolumna en la 4Tv trayendo a cuento la siguiente remembranza:

Armado con un batidor de chocolate de madera, rítmicamente estoy aporreando una cazuela de peltre. Voy sentado en el cofre de un automóvil que se mueve a vuelta de rueda, rodeado de otros coches y un río de euforia. Aquello era un jolgorio, un guateque multitudinario. Entonces, todo aquello era una absoluta novedad para mí. Evoco risas, el verde, el rojo, el blanco, parvadas de águilas devorando serpientes, matracas, sombreros, gabanes, luces y gritos. La memoria no me alcanza para escucharlo, pero obviamente debimos de ir gritando “¡México! ¡México”.

Con toda certeza el episodio sucedió en el Distrito Federal. Yo tenía cinco años, y la historia de los mundiales de fútbol, nueve ediciones. La vaga evocación se remonta a alguna noche de mediados de 1970, y más no recuerdo.

 

Unos días después le envié un mail —¡todavía lo usamos!— a El Maestro del Pueblito preguntándole si él había andado también en aquel festejo. Enseguida, su respuesta:

GC, como tú, poco recuerdo del Mundial del 70. Los mejores recuerdos futboleros venían en el Chanoc. Aunque Pelé, Garrincha, Jairziño, y demás sí quedó en mi CPU. El de los 80 con la mano de dios pasó sin casi dejar huella. A ver si Alzheimer no me alcanza y sí recuerdo algo de este tercer mundial en casa.

 

*

 

¿Qué de lo que hoy pasa y nos ocurre recordaremos mañana? Misterio. Suele decirse que la memoria es selectiva. Y seguramente lo es; ella, la memoria caprichosa, no nosotros. Porque uno no elige conscientemente qué permanece y qué se borra. Si no, piense qué tanto de todo aquello que en un momento dado decidió usted grabarse para un examen, y de hecho logró retener para poder aprobarlo, hoy lo tiene perdido. Pero tampoco uno sabe todo lo que en ella se conserva. Porque además de todo eso que sabemos que sabíamos y hoy no podemos recordar, además está todo eso que hoy ni siquiera recordamos que supimos ayer y ahí en la memoria se resguarda inaccesible. “Grande es este poder de la memoria, demasiado grande…, un depósito interior amplio e infinito. ¿Quién ha llegado a su fondo?”, se preguntó San Agustín de Hipona (354–430) con todo tino en el libro X de sus Confesiones.

 

Transcribo el extracto de la edición de Gredos —traducción de Alfredo Encuentra Ortega—, y cuando lo hago me viene a la cabeza que en otra traducción que leí hace años en vez de “depósito interior amplio e infinito”, se leía “el alcázar”. La palabra alcázar es de origen árabe y significa “casa real o habitación del príncipe, esté o no fortificada”, así que suele emplearse como sinónimo de castillo. ¿Cómo llamó exactamente San Agustín a la memoria en este pasaje? Resulta que el original en latín es muy revelador, porque permite entender de dónde proceden las distintas traducciones:

Magna ista vis est memoriae, magna nimis, Deus meus, penetrale amplum et infinitum. Quis ad fundum eius pervenit?

De tal manera que una traducción casi literal sería:

Grande es esta fuerza (o poder) de la memoria; demasiado grande, Dios mío: un penetrale amplio e infinito. ¿Quién ha llegado hasta su fondo?

La palabra clave es penetrale; aquí está el origen de las diferentes traducciones. ¿Qué significa? En latín clásico, penetraledesigna: el interior más profundo de una casa, la cámara más recóndita de un palacio, el santuario interior de un templo, el lugar más secreto o inaccesible. No significa simplemente depósito. Tampoco significa literalmente alcázar. Es una palabra con una enorme riqueza simbólica que podría traducirse como santuario interiorrecinto interiorcámara secretaestancia más profundaaposento íntimolugar más recóndito.

 


Enseguida, aún más filoso, San Agustín agrega:

Y éste es el poder de mi espíritu y pertenece a mi naturaleza, y yo mismo no abarco todo lo que soy. Así pues, el espíritu es tan estrecho para contenerse a sí mismo que ¿dónde está lo que no acoge de sí? ¿No será que está fuera de él y no en sí mismo...? ¿Cómo es entonces que no lo acoge?

Es decir, el argelino está reflexionando en la memoria y, mientras lo hace, llega a una conclusión que lo deja perplejo: el ser humano no se conoce completamente a sí mismo.

 

La memoria no es simplemente el lugar donde guardamos recuerdos. Es un espacio inmenso donde se conserva todo lo que hemos visto, oído, aprendido, sentido e incluso pensado. Agustín la imagina como un enorme almacén sin límites aparentes. En términos actuales diríamos: mi memoria contiene muchísimo más de lo que puedo tener presente. Nadie puede llegar a su fondo. Siempre hay recuerdos inaccesibles, asociaciones inesperadas o experiencias que permanecen ocultas. Si bien mi memoria es parte de mí, “… yo mismo no abarco todo lo que soy”. Yo soy mi memoria, pero no puedo conocer toda mi memoria. Soy más grande que aquello que conozco de mí mismo. Mi mente no se circunscribe a mi consciencia. O dicho en palabras que ya suenan freudianas, mi propia mente contiene aspectos que me resultan desconocidos.



La memoria forma parte de mí, pero es tan vasta que ni yo mismo alcanzo a conocerla por completo; por eso descubro que soy, en cierto sentido, un misterio para mí mismo. ¿Realmente habré usado un batidor de madera para aporrear un trasto de peltre? ¿Iría contento o espantado?

 

San Agustín no habla del inconsciente en el sentido moderno —ese concepto lo desarrollaría quince siglos después Sigmund Freud—, pero sí advierte algo extraordinario: hay dimensiones de nosotros mismos que nos pertenecen y, sin embargo, permanecen fuera de nuestro conocimiento…, muchas de ellas para siempre.