Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
Mostrando entradas con la etiqueta mapas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mapas. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de mayo de 2024

Rompecabezas municipal

  

En principio, los municipios —demarcaciones territoriales en el caso de la Ciudad de México— son realidades espaciales: las delimitaciones del territorio que definen las células de la organización política, administrativa y de gobierno de todo nuestro país —desde la reforma de 1999 al artículo 115 constitucional dejaron de ser una entidad puramente administrativa, para convertirse en un orden de gobierno—. En suma, el municipio es la base territorial en la que se divide la República, y el nivel de gobierno con el que la ciudadanía tiene más contacto. De hecho, con el que todas y todos tarde que temprano tenemos que gestionar algo: 99% de los municipios del país administran el servicio de panteones, por ejemplo.

Si bien cada uno de los municipios que hay hoy en México tiene la misma categoría jurídica, ya desde su nominación hay 16 diferentes: las demarcaciones territoriales mexicopolitenses —como lo lee, mexicopolitenses: prefiero que critique el gentilicio que acuñé con tal de no usar el horroroso mexiqueño que nos asigna a los capitalinos exdefeños la Real Academia Española—. Por cierto, aunque sea una batalla perdida, conviene insistir: no son alcaldías, son demarcaciones territoriales.

La versión más actualizada del Catálogo Único de Claves de Áreas Geoestadísticas Estatales, Municipales y Localidades, publicada el 15 de marzo pasado por el INEGI, considera ya, contando las 16 demarcaciones territoriales de la CDMX, 2,476 municipios.

2,476 municipios… Así que, si nos pidieran armar un rompecabezas del territorio continental de la República Mexicana, es decir, sin las islas, en el que cada una de sus piezas fuera un municipio, ¿cuántas piezas tendríamos que unir de nuevo? Si pensaste que la respuesta es la obvia, esto es, 2,476… no acertaste. En la caja de nuestro rompecabezas tendríamos 2,538 piezas. ¿Por qué? Claro, porque si bien la gran mayoría de los municipios de este país, 98%, integran la totalidad de su territorio en un solo polígono, hay 58 municipios que no.

En efecto, existen 58 municipios cuyo territorio se encuentra repartido en varios polígonos. De ellos, 56 se integran por dos polígonos cada uno; por ejemplo, el mexiquense Tlalnepantla de Baz, dividido por el extremo septentrional de la Ciudad de México —territorio de la demarcación Gustavo A. Madero—...;




...o el sudcaliforniano Mulegé, el segundo municipio más grande del país, con una pequeña península del lado este de la Bahía de Concepción —bueno, ni tan pequeña: tan sólo este pedacito mulegiano, con poco más de 550 km2, es 20.6 veces más grande que la demarcación territorial mexicopolitense en la cual habito, la Benito Juárez, y es más extenso que Jesús María, Aguascalientes, que Delicias, Chihuahua, que Tehuacán, Puebla…, en fin, más extenso que siete de cada diez de los municipios de México—.




San Cristóbal de las Casas, Chiapas, es otro ejemplo de un municipio conformado territorialmente por dos partes: además del polígono principal, en el que se encuentra su cabecera, tiene una pequeña porción al noreste, sin continuidad espacial.




Además, existe un municipio que presenta dividida su superficie en tres polígonos: Tamalín, Veracruz. Y finalmente, uno, Zimatlán de Álvarez, Oaxaca, que se integra territorialmente por cuatro polígonos que no se tocan entre sí, cuatro piezas más para nuestro rompecabezas.




2,576 municipios distintos y ningún promedio verdadero: el sino de la descomunal heterogeneidad municipal germina desde su origen, el espacial. El tamaño promedio de cada una de las 2,538 piezas de nuestro rompecabezas, en un juguete imposible escala 1 a 1, sería de 771.4 kilómetros cuadrados (km2) en promedio.

Pero consideremos de nuevo los territorios integrados de los 2,476 municipios que hay actualmente en nuestro país. La extensión promedio del municipio mexicano es de 790.7 kilómetros cuadrados (km2). Chiapa de Corzo, uno de los municipios del estado de Chiapas, es el que tiene una extensión más próxima a dicho promedio (789.03 km2). Pero Chiapa de Corzo es caso raro, extrañísimo, porque en un universo tan heterogéneo, caer en el término medio resulta una excentricidad. Resulta que, considerando una tolerancia de ±10 km2, menos del 0.5% del total de los municipios se halla en la franja promedio; apenas 11 en términos absolutos. Y quizá algunos piensen que una tolerancia de ±10 km2 es demasiado estrecha. Bueno, basta recordar que existen en el país 49 municipios con una extensión menor a dicho margen. ¿Pocos? Bueno, consideremos que el estado de Aguascalientes no tiene tantos municipios. De hecho, 16 entidades federativas, esto es, la mitad, se integran cada una por menos de 49 municipios. Con todo, el promedio, otro promedio equívoco, de municipios por entidad federativa es de 77.

El estado de Chiapas se conforma hoy día por 124 municipios. Cada uno de ellos, en promedio, mide 591 km2, así que el municipio en el cual se asienta su capital estatal, Tuxtla Gutiérrez, es más bien pequeño: 334.8 km2.  Bueno, sucede que en el territorio de Tuxtla Gutiérrez caben perfectamente los 49 municipios más chicos del país. Porque, ciertamente, se trata de realidades espaciales realmente muy pequeñas.




El municipio con menos territorio de todo México es más chico que la primera sección del Bosque de Chapultepec (2.4 km2). Se trata de Natividad, localizado en la sierra norte de Oaxaca, en el distrito de Ixtlán de Juárez. Creado en 1939, Natividad cuenta con una superficie de apenas 2.2 km2.



Ahora, no crea usted que la menudencia espacial natividense, que no navideña, es única: los tres municipios más pequeños del país —además de Natividad, los también oaxaqueños Santa Cruz Amilpas y Santa Inés Yatzeche—, completitos, los tres, cabrían perfectamente en la Ciudad Universitaria de la UNAM (7 km2). Echando mano de una referencia hidrocálida, podemos decir que el municipio Natividad tiene una superficie equivalente a un polígono en el que agrupemos el parque Rodolfo Landeros, o Héroes Mexicanos, y los fraccionamientos Jardines que colindan con él. También podemos decir que sería factible fragmentar el municipio de Aguascalientes en 533 polígonos del tamaño que tiene el municipio de Natividad, Oaxaca. Y, ojo, no es que Aguascalientes, Aguascalientes sea muy extenso: hay 381 municipios más grandes. Bueno, qué digo que el municipio de Aguascalientes: hay 64 municipios más grandes… que el estado de Aguascalientes.




Y como bien sabemos, Aguascalientes no es la entidad federativa más menuda del país. Lo es la capital de la República. Con poco menos de mil quinientos km2, la Ciudad de México es más pequeña que 309 municipios, y en su pequeñez habría espacio para albergar a los 130 municipios menos grandes del país.

En el altiplano central chiapaneco, en el extremo oeste de la selva Lacandona, en medio de Ocosingo y Las Margaritas, se localiza el municipio de Altamirano. El municipio cuyo nombre honra al poeta decimonónico guerrerense Ignacio Manuel Altamirano cubre el 1.3% del territorio total de Chiapas. Ciertamente, Altamirano no es uno de los municipios más grandes de tal entidad federativa —de hecho, en Ocosingo hay espacio suficiente para diez territorios iguales al de Altamirano—. Pues resulta que la extensión de Altamirano equivale a la suma de las superficies de los cien municipios más pequeños de todo el país (955.5 km2). Entre dicho centenar se encuentran municipios como el mexiquense Melchor Ocampo, el cual forma parte de la Zona Metropolitana del Valle de México, Guelatao de Juárez, cuna del Benemérito de las Américas, y Río Blanco, Veracruz, cuya cabecera municipal está conurbada con Orizaba.

Ahora, si consideramos en conjunto el territorio de los 247 municipios más chicos de la República Mexicana —es decir, el primer decil—, el área resultante, 4,541.2 km2, es prácticamente la misma que la que ocupa el municipio de Anáhuac, Nuevo León: 4,539.21 km2. Y con sus 4.5 mil km2, Anáhuac no alcanzaría para cubrir ni siquiera el 1% del territorio nacional.

 



En efecto: la suma del espacio de los 247 municipios más pequeños del país, 10% del total, apenas suma el 0.2% de la superficie nacional. En el extremo opuesto de la tabla, los 247 municipios más extensos de México, los que integran el decil superior de la tabla, concentran poco más de seis de cada diez kilómetros cuadrados de todo el país. Consecuentemente, descontando los extremos, el 80% de los municipios, esto es 1,982, se reparte el 39% del territorio nacional.

Ensenada, uno de los municipios que integran el estado de Baja California, era hasta enero de 2020 el municipio más grande de todo México. Tenía entonces una extensión territorial de 53 mil km2. Para alcanzar la misma cantidad de kilómetros cuadrados habría que sumar los territorios de Cosío, el municipio más pequeño de Aguascalientes; de los 28 municipios más chicos de Chiapas, de todas las demarcaciones territoriales de la Ciudad de México, excepto las dos más grandes, Milpa Alta y Tlalpan; de siete municipios de Guanajuato, cuatro de Guerrero, 21 de Hidalgo, siete de Jalisco, 63 del Estado de México…, y bueno, así hasta llegar a 35 de Yucatán: en total, habría que sumar la superficie de los 868 municipios más pequeños de México, es decir, más de una tercera parte de todos, para tener la misma extensión que el solo municipio de Ensenada.

Tres comparaciones nacionales más para dimensionar las cosas:

  • En lo que era el territorio ensenadense cabían 24 mil veces el del también municipio libre de Natividad, Oaxaca.
  • El municipio bajacaliforniano de Ensenada tenía una superficie en la que cabría 36 veces el área que ocupan las 16 demarcaciones de la Ciudad de México.
  • Ensenada ocupaba un espacio equivalente a los territorios agregados de la Ciudad de México, Tlaxcala, Morelos, Aguascalientes, Colima, Querétaro e Hidalgo.

Pero Ensenada no es ya el municipio más extenso de México, porque se dividió. En la actualidad, el municipio más grande del país es el también bajacaliforniano San Quintín, cuyo territorio salió precisamente de Ensenada. Sin considerar su territorio insular, el novel San Quintín se extiende por 32,863 km2. Esa enorme superficie es igual al área que se obtiene sumando lde los 221 municipios de Tlaxcala, Morelos y Estado de México, más las 16 demarcaciones territoriales de la Ciudad de México y el municipio poblano de Teotlalco: 32,858.34 km², es casi la misma que la que ocupa San Quintín…, claro, sin contar sus islas.

Así pues, la disparidad de las dimensiones espaciales del municipio mexicano va desde Natividad, Oaxaca, asentado en un territorio mucho más chico que el que ocupa el lago artificial Nabor Carrillo (9.4 km2) o el del Aeropuerto Internacional Benito Juárez de la Ciudad de México (6.6 km2), hasta San Quintín, Baja California, que es más grande que países como Moldavia, Bélgica, Armenia, Haití, Israel y El Salvador. En efecto, la superficie de San Quintín es mayor que la suma de los territorios del Líbano, Trinidad y Tobago, Palestina y Puerto Rico.

Decíamos que, en promedio, cada una de las 32 entidades federativas del país se divide en 77 municipios de 790.7 km2. De nuevo, se trata de promedios que más que ayudar a entender una realidad concreta, la encubren: mientras que hay estados que no tienen más de 10 municipios —Baja California, Baja California Sur, Colima—, Oaxaca concentra casi una cuarta parte del total de municipios de todo México, 570 con una superficie promedio de poco menos de 165 km2. Si Yucatán, Michoacán, Chiapas, Jalisco, Estado de México, Veracruz, Puebla de Zaragoza y Oaxaca se conforman todos por más de un centenar de municipios cada uno, además de las Baja Californias, cada una de las siguientes entidades federativas se integran por menos de veinte municipios: Colima, Aguascalientes, Campeche, Quintana Roo, Ciudad de México, Tabasco, Querétaro y Sinaloa. Con todo, el promedio de la extensión territorial más pequeño no lo tienen los municipios oaxaqueños, sino los de Tlaxcala, con 66.2 km2, seguidos por las demarcaciones territoriales de la Ciudad de México, y los municipios de Morelos y Puebla, con 92, 135 y 157 km2, respectivamente.




Para mí la conclusión obligada es que bien nos convendría remapear el país, reconfigurar la división municipal e incluso darnos la oportunidad de repensar la integración de todo el territorio nacional en unidades político-administrativas que no necesariamente tengan todas y cada una tenga el mismo peso, la misma personalidad jurídica. Por descontado, sé que la idea es casi un sacrilegio, y sé que abundarán las voces que al leer esto digan que eso es imposible. Al menos planteárselo sí es posible.

viernes, 23 de octubre de 2020

Islas en el aire

When a thousand people believe some made-up story

for a month - that's fake news.

When a billion people believe it

for a thousand years - that's religion…

Yuval Noah Harari, 21 Lessons for the 21st Century.

 

 

 

Enigmáticos y distinguidos. Nada fotogénicos, pero letalmente seductores. Son aristocráticos, tradicionalistas, pero sexualmente liberales. Obsesivo-compulsivos. Refinados, sibaritas. Fortachones como estibadores. Experimentados mentalistas, hipnotizan, manipulan, conguean. Promiscuos y solitarios. Aunque calientes, actúan con sangre fría. Su comportamiento es guadianesco y accesional: aparecen y desaparecen. Como quien no debe un centavo, pueden dormir tranquilamente meses, quinquenios, decenios, siempre durante el día, siempre en lecho individual. Aunque son viajeros, permanecen arraigados a su tierra. Antañones, pero no envejecen. Ni se reflejan en los espejos ni proyectan sombra. No soportan la luz del sol. Abominan el ajo y los crucifijos. El agua bendita los estigmatiza. Paradójicos a tres bandas: no los puedes matar ni a balazos y son muertos vivientes y se les puede asesinar clavándoles una estaca de madera en el pecho. Esencialmente infelices: nunca verás a uno sonreír alegre, quizá reír a carcajadas burlándose de la desgracia ajena, pero jamás de alegría. Los originales son de Transilvania. Tienen colmillos retráctiles y ojos lumínicos. Pueden transformarse en murciélagos. Los vampiros viven sedientos de humanidad… 

 

Todo lo anterior lo sabe cualquiera sin necesidad de abrir Wikipedia, así que Jorge Ibargüengoitia fue atinadísimo cuando escribió: “La vampirología es un conocimiento extenso. Admirable si se tiene en cuenta que es el estudio de algo que no existe. Además de ser extenso, está muy extendido: la gente común y corriente sabe más de los vampiros que de los otomíes, por ejemplo” (Viajes a la América ignota). Y así como sabemos un chorro de vampiros, también poseemos amplios conocimientos acerca de un montón de cosas inexistentes. Ahora, que esas cosas no existan en lo que llamamos realidad no significa que sean irreales. En realidad, la realidad no es una. En realidad, la realidad es múltiple y no siempre concreta. Y las entidades irreales pueden afectar tanto nuestro actuar como una incuestionable y concreta pedrada en la cabeza. Para ejemplificar, no pensemos en castillos en el aire, sino en islas, islas en el aire.

 

Concluida la Guerra de Troya, Ulises fue obligado a pasar una temporada en una isla edénica. Viajaba de vuelta a su propia isla, Ítaca, pero Poseidón se le antojó retardar el regreso del héroe griego, así que dispuso que fuera arrojado a Ogigia, en donde la bella Calipso, hija del titán Atlas, lo agasajó copiosamente y lo mantuvo forzándolo a gozar una vida placentera: ¡pobre hombre!, sin tener que trabajar, comía de maravilla, bebía todo el vino que quería sin preocuparse de la resaca y se refocilaba sin reparos en el lecho con la sensual ninfa. Además de que lo trataba “solícita y amorosamente”, Calipso le tenía asegurada la juventud y la inmortalidad. Canta Homero en la Odisea que tan cruel tormento duró siete años. Ulises, quien extrañaba horrores a su esposa, conseguiría escapar gracias a la intervención de Atenea. ¿Y de dónde huyó? Desde la Antigüedad ha habido quienes han tratado de encontrar Ogigia en los mares de nuestro mundo —desde el mismísimo geógrafo primigenio, Estrabón—, pero es una tarea imposible. “Ogigia… está situada a medio camino entre el mundo divino y el humano…” (Antonio Ignacio Molina, Geographica: ciencia del espacio y tradición narrativa de Homero a Cosmas Indicopleustes), porque es una isla mítica. ¿Una mentira? No, un mito, es decir, la expresión narrativa de una verdad simbólica.



Hace 504 años Tomás Moro (1478-1535) publicó Un librito de oro, verdadero y no menos beneficioso que el entretenimiento, acerca del estado óptimo de una república en la nueva isla de Utopía. La obra vino a conferir nombre a un género de reflexiones sobre las organizaciones humanas, el utópico: la crítica sociopolítica del presente yuxtapuesta a la propuesta de un modelo alternativo que supera todos los desperfectos. Utopía no existe en este mundo, y Moro no trató de engañarnos: utopía, un neologismo ideado por él mismo —el privativo griego “u” ligado al latín “topos”, lugar—, significa “lugar que no existe”, un sitio que existe sólo en el deseo. La nueva isla de don Tomás es un modelo óptimo, ideal.



De otra estirpe es la ínsula que Lemuel Gulliver visitó en 1770. Después de un ataque pirata, el célebre navegante había naufragado en una isla desierta, anónima, prescindible… Hambriento y totalmente abatido, de pronto detectó a lo lejos algo insólito: “El innato amor a la vida despertó en mi interior algunos gestos de alegría y me acarició la esperanza… Difícilmente podría el lector imaginar mi asombro al contemplar una isla en el aire, habitada por hombres que podían hacerla subir o bajar, o ponerse en movimiento…” El personaje abordaría luego aquel prodigio, Laputa —“palabra que yo traduzco por Isla Volante o Flotante”—, la ínsula que podía navegar en el cielo. En este caso, ni Jonathan Swift (1667-1745) tuvo que advertir nunca que lo que narra en Los viajes de Gulliver —como lo hace en Drácula su paisano Bram Stoker— es ficción, ni ningún lector con tres dedos de frente se ha enojado jamás porque el irlandés haya intentado engañarlo.


 

Las pifias son de otra naturaleza. Un caso… El 8 de diciembre de 1526, Carlos V de Alemania y I de España concedió a Francisco de Montejo la capitulación que lo encomendaba explorar, conquistar y colonizar las islas de Cozumel y Yucatán… Efectivamente, por entonces los españoles creían que la península yucateca era una ínsula. El origen del error data de la segunda expedición europea a las costas continentales. En su Itinerario de la armada del rey católico a la isla de Yucatán en la India, el año 1518 en la que fue por comandante y capitán general Juan de Grijalva, el capellán mayor de la expedición, Juan Díaz, relata: “… partimos de esta isla llamada Santa Cruz [Cozumel] y pasamos a la isla de Yucatán, atravesando quince millas de golfo”. Ahí, desembarcaron por primera vez en el continente en un lugar llamado Champotón, en donde fieros indígenas los recibieron de violenta manera y los obligaron a huir; agraviados, los ibéricos navegaron hasta el Papaloapan, bordeando la costa; cuando arribaron a Boca de Término, Grijalva concluyó que aquello era un estrecho que llegaba hasta Bacalar, y que, por tanto, se confirmaba que Yucatán era una enorme isla. Los mapas que Diogo Ribeiro realizó entre 1525 y 1535 representan fielmente el equívoco. No sería sino hasta 1528 que, después de navegar hasta el río Ulúa en Honduras, el adelantado Montejo cayó en la cuenta de que Yucatán era tierra continental.

 

En la antípoda de la Nueva España ocurría algo parecido con nuestra otra península. El halo y el topónimo de California tienen un origen prerrenacentista, literario e insular. En Las sergas del muy esforzado caballero Esplandián, publicada por primera vez en Sevilla al menos nueve años antes de que cayera la gran Tenochtitlán, Garci Rodíguez de Montalvo (1450-1508) cuenta: “… a la diestra mano de las Indias existe una isla llamada California muy cerca de un costado del Paraíso Terrenal; y estaba poblada por mujeres negras, sin que existiera allí un hombre, pues vivían a la manera de las amazonas. Eran de bellos y robustos cuerpos… Sus armas eran todas de oro…, porque en toda la isla no había otro metal…” ¡Coctelón paradisiaco: mujerones y oro! Consumada la conquista del Imperio Mexica, Hernán Cortés, seguramente influido por la novela, en su cuarta carta de relación informó al rey las noticias que su sobrino, el capitán Francisco Cortés de Buenaventura, había traído de occidente, entre otras, que había conquistado Colima y que “… los señores de la provincia… afirman mucho de haber toda una isla poblada de mujeres, sin varón ninguno… Dícenme asimismo que es muy rica en perlas y oro…” A la postre, los españoles llamaron California a esos enormes lares, y si bien las primeras expediciones se fueron con la finta de que aquello era una isla —así lo reportó el piloto Fortún Jiménez Bertandoña, primer europeo que desembarcó en la península (1534)—, desde que Francisco de Ulloa logró circunnavegar todo el golfo de California —después mar de Cortés— se supo que California era una península (1539). Así que durante la segunda mitad del siglo XVI fueron publicándose varios mapas que representaban California correctamente. Pero algo sucedió: el corsario, explorador y vicealmirante Francis Drake desembarcó en algún punto de la costa septentrional del Pacífico, fundado la Nova Albión y reclamado su posesión para Inglaterra. Los españoles, temiendo que los británicos hubieran descubierto el mítico Estrecho de Anián, necesitaban difundir la percepción de que California era una isla, para adelantarse así a los reclamos ingleses sobre el supuesto paso transoceánico. En 1622, en una edición de Mijiel Colijin, ilustrando la portada de la traducción al holandés de la famosa obra del segoviano Antonio Herrera y Tordecillas, la Descriptio Indiae Occidentalis, la isla de California volvió a ser cartografiada. Desde entonces se reprodujo a lo bestia: durante los siglos XVII y XVIII cientos de mapas mostraron a California como una ínsula. No sería sino hasta 1747 que el rey Fernando VI de España decretara: “California no es una isla”. En el hermoso Mapa de la California, su Golfo, Provincias, fronteras en el Continente de la Nueva España de 1757 ya aparece como es en la realidad concreta, una península. Recapitulando: la isla de California fue primero una ficción literaria en una novela de caballerías, luego un bulo difundido por Cortés para incitar la codicia de Carlos V, enseguida el error de percepción de un puñado de marineros despistados, y, por último, una gran mentira.



Finalmente, una isla que sólo ha tenido existencia cartográfica. En 2017 apareció la primera edición en español de The Phantom Atlas, de Edward Brooke-Hitching —un británico seducido por los mapas: después publicó The Golden Atlas: The Greatest Explorations y el año pasado The Sky Atlas: The Greatest Maps, Myths and Discoveries of the Universe—. No sólo incluye a la isla Bermeja, mexicana y fake, sino que en la introducción la emplea como emblema: “El navío Justo Sierra zarpó en los albores del mes de junio. Su misión: explorar el golfo de México en busca de la esquiva isla de 80 km2… Su tripulación seguía, entre otras, las indicaciones del cartógrafo Alonso de Santa Cruz, que había incluido esta isla en su mapa El Yucatán e islas adyacentes, de 1539… Cuando… alcanzaron las coordenadas precisas, no encontraron nada. Sólo aguas ininterrumpidas… Pero lo más sorprendente de este territorio fantasma… es el tiempo que pervivió, ya que el Justo Sierra no era un navío de la antigüedad: su tripulación estaba formada por un grupo multidisciplinar de científicos reunido por la UNAM y corría el año 2009”. 


 

Los vampiros no existen, pero nadie pone en duda que chupan sangre. La Bermeja jamás ha estado en donde según algunos vetustos mapas debería estar, pero no faltan quienes siguen buscándola. Nueve años después de que el Justo Sierra confirmó su inexistencia, en 2018, la Cámara de Diputados —la anterior Legislatura—, publicó ¿Dónde está la isla Bermeja?, un libro con un subtítulo grandilocuente: Estudio multidisciplinario sobre la posible existencia y destino de la Isla Bermeja. Análisis oceanográfico, aéreo y geohistórico-cartográfico. Todo un compendio de saberes sobre una cosa inexistente, sólo para mantener viva una teoría conspirativa: que alguien la desapareció —algunos legisladores panistas aventuraron que fueron los gringos bomba de Hidrógeno mediante—, no del mapa sino del mar, sólo para birlarle a México parte de su mar territorial. Así que si usted nunca ha visto realmente un vampiro, no se descuide, mejor organice una comisión multidisciplinaria para seguir buscando uno.

sábado, 29 de septiembre de 2018

Mapas de mapas… ad infinitum


Of course, we all know that this is so
—that mind creates the images which ‘we’ then see.
But still it is a pro-found epistemological shock
to have direct experience of this which we always knew.
Gregory Bateson



El 9 de enero de 1970, el antropólogo y epistemólogo inglés Gregory Bateson (1904-1980) dictó la conferencia “Forma, sustancia y diferencia” (Steps to an Ecology of Mind, Collected Essays in Anthropology, Psychiatry, Evolution and Epistemology. Londres, 1972), en el marco de la Decimonovena Conferencia Anual del Korzybski Memorial, realizada bajo los auspicios del Institute of General Semantics. Como ya he referido en este mismo espacio, debemos al polaco Alfred Habdank Skarbek Korzybsk (1879-1950), académico especialista en Semántica, la expresión “el mapa no es el territorio”. El aforismo fue publicado por primera vez en 1931, en una ponencia de título rimbombante —A Non-Aristotelian System and its Necessity for Rigour in Mathematics and Physics—, misma que alcanzaría fama a partir de que el propio Korzybski reflexionara sobre su origen en su libro Science and Sanity (1933) —en el que, por cierto, acepta que la formulación original no es de él, sino del matemático, poeta y autor de ciencia ficción Eric Temple Bell (1883-1960), quien poco antes había escrito: the map is not the thing mapped, esto es, el mapa no es la cosa mapeada.

Tabla 1ª del Islario general de todas las islas del mundo, Alonso de Santa Cruz, c. 1539
           
Buena parte de la ponencia Gregory Bateson versó sobre el asunto de la representación de un espacio en una carta o mapa. En principio, se pregunta
¿qué hay en el territorio que termina colándose en un mapa? Y si bien podemos encontrar mapas de casi todo, en ninguno puede representarse todo… “Sabemos que el territorio no entra [completamente] en el mapa. Este es el punto crucial sobre el que todos estamos de acuerdo”. ¿Cualquier cosa es susceptible de ser percibida y luego representada en un mapa? Bateson sostiene que si el territorio a cartografiar fuera uniforme, totalmente llano e indiferenciado, “nada llegaría al mapa, excepto sus límites, que son los puntos en los que deja de ser uniforme frente a una matriz más grande”. 

Venecia. Islario general de todas las islas del mundo, del cosmógrafo sevillano Alonso de Santa Cruz (1505-1567. c. 1539

           
En efecto, a final de cuentas “lo que entra en un mapa es, de hecho, las diferencias”, ya sean diferencias de tipo de suelo, de altitud, distinciones en la biota, en las características demográficas de quienes habitan el espacio mapeado, en la infraestructura o en la presencia o ausencia de cuerpos de agua o en lo que sea… “Las diferencias son las cosas que entran en un mapa. Pero, ¿qué es una diferencia? Una diferencia es un concepto muy peculiar y oscuro. Ciertamente no es una cosa o un evento…” La diferencia o desigualdad entre A y B no se encuentra ni en A ni en B, sino en su relación entre sí. Así que “una diferencia es, entonces, una cuestión abstracta”. Por supuesto, al observar detenidamente cualquier entorno espacial, la cantidad de diferencias que podríamos percibir es infinita, de tal suerte que para la elaboración de un mapa es indispensable prescindir de la inmensa mayoría de distinciones que se pueden percibir en el territorio. “De esta infinitud, seleccionamos un número muy limitado, lo cual se convierte en información. De hecho, lo que queremos decir con información –la unidad elemental de información– es precisamente ‘una diferencia que hace la diferencia’, y es capaz de hacer la diferencia porque las vías neuronales a lo largo de las cuales viaja y se transforman continuamente están provistas de energía”.
           
Es indiscutible pues que el mapa no es el territorio, es una representación simplificada. El mapa es diferente del territorio. “Pero, ¿qué es el territorio? Operativamente, [supongamos que] alguien salió [a observar] con la retina o una vara de medir e hizo representaciones que luego fueron puestas en papel”. Independientemente de la forma en que sea codificado, “lo que está en el mapa de papel es una representación de lo que estaba en la representación de la retina del hombre que hizo el mapa…; lo que encuentras es una regresión infinita, una serie infinita de mapas”. El territorio jamás se cuela en el mapa. “El territorio es un Ding an sich –cosa en sí misma— y no puedes hacer nada con él. Siempre el proceso de representación lo filtrará dado que el mundo mental sólo es un mapa de mapas de mapas, ad infinitum”. De lo anterior se desprende, claro, que no sólo el territorio concebible es una representación, sino todo el mundo perceptible. “Todos los ‘fenómenos’ son literalmente apariencias”.
           
Todo que se puede recabar del territorio para llevarlo a un mapa es “una trans-formación de diferencias”, y dichas diferencias, hayan sido como hayan sido definidas y seleccionadas, son “ideas elementales”. Además, “hay diferencias entre las diferencias. Toda diferencia efectiva denota una demarcación, una línea de clasificación, y toda clasificación es jerárquica. En otras palabras, las diferencias deben ser diferenciadas y clasificadas”.
           
Al final del proceso, el inventario, definición, clasificación y jerarquización de las diferencias empleadas tiene que ser explicitado en el mapa, si se quiere hacer de él una medio de comunicación eficiente. De acuerdo a
Gregory Bateson, “una de las clases con la que todos estamos familiarizados, a saber, es la clase de diferencias que se crean mediante el proceso de transformación, por el cual las diferencias inmanentes en el territorio se convierten en diferencias inmanentes en el mapa. En la esquina de cada mapa serio, encontrarás estas reglas de transformación explicadas, generalmente en palabras”. He ahí la llamada tira marginal.

sábado, 21 de octubre de 2017

Cuenca de tiempo

“Tenochtitlán” se localiza 28 kilómetros al sureste del Zócalo… Vayamos…


Supongamos estás en la esquina de Pino Suárez y Corregidora, el vértice sur levante de la Plaza de la Constitución. Frente a ti, del otro lado de la enorme plancha —22 mil metros cuadrados de concreto hidráulico estrenados en agosto—, puedes admirar la vetusta Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, y a tu derecha una construcción aun más vieja, las Casas Nuevas de Cortés, hoy Palacio Nacional. El reloj acaba de marcar las diez de la mañana. Justo ahora, dale la espalda al Zócalo y comienza a andar por Pino Suárez. Metros más adelante vas pasar junto a la escultura conmemorativa de la fundación de México-Tenochtitlán:
cinco mexicas —tres hombres, una mujer y un escuincle— miran la señal prometida por Huitzilopochtli: sobre un nopal, un águila devora una serpiente. Avanza hasta Venustiano Carranza y ahí a la derecha… Tu trayecto apenas inicia: con mucha suerte —de que no te pierdas, de no te llueva a cántaros, de que no te asalten, de que no te atropellen…— te llevará unas seis horas de caminata llegar a tu destino, la mayor parte de la cual la transitarás por la calzada Zaragoza. En el cruce con Ermita-Iztapalapa vas a salir del territorio de la capital del país para entrar al temible Estado de México. Toma la carretera Federal 190 México-Puebla…
Diez kilómetros más adelante, unos metros antes de llegar al sitio arqueológico de Tlalpizáhuac, da vuelta a la derecha en Ley 6 de enero, calle por la que deberás llegar hasta Hidalgo, para seguir por esa avenida —luego cambia de nombre a Prolongación Agricultores—, siempre con rumbo sur, hasta Xico. Otra vez dobla a la derecha y dos cuadras más abajo camina hacia el oriente por Campesinos, calle que pasos más adelante cambia a Quintín González, enseguida a Pioquinto González y, después a Begonia. Estás cerca: llegando al entronque con Gardenia anda a la izquierda para continuar por Betunia: a media cuadra, en la acera norte, verás el portón de la Escuela Secundaria Técnica 115 “Tenochtitlán”.



Estamos en el municipio mexiquense de Ixtapaluca, en la ladera occidental de un pequeño cerro, El Elefante. Tal topónimo debieron de habérselo puesto hace poco —en América, paquidermos sencillamente no había—; de hecho, en cartografía elaborada a principios del siglo XX encuentro que la prominencia todavía era llamada Tlapacoyan —hoy sin n—.
Medio siglo atrás, un mapita de 1859 muestra como los lagos de Xochimilco y Chalco entonces seguían conectados, y el agua llegaba hasta Tlapacoya. La superficie que hay entre lo poquito que queda del lago de Chalco y El Elefante la ocupa hoy un denso y lastimero caserío, Valle de Chalco Solidaridad, una inundación extrema de pobreza. 
Partiendo de la EST “Tenochtitlán”, emprendamos camino hacia el este… Medio kilómetro de ascenso para alcanzar el lomo norte de El Elefante. La cumbre ofrece una panorámica vespertina de la cuenca: hacia oriente, podemos contemplar la muralla volcánica de la Sierra Nevada —el Telapón, el Tláloc, el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl—; hacia el sur, los confines de la Zona Metropolitana del Valle de México; hacia el occidente, el apelmazado tapete citadino tendido sobre Chalco y Xochimilco, con la Sierra de Santa Catarina al fondo, y hacia el norte la conurbación de Ixtapaluca trepando imparable el cerro El Pino… Bajando por la ladera opuesta vas a encontrar la zona arqueológica de Tlapacoya —el acceso está sobre Cerrada del Silencio—, en la que es posible apreciar los restos de un basamento piramidal de un edificio ceremonial que data del Preclásico Superior, contemporáneo a Cuicuilco. Vestigios ciertamente notables, pero hay más…

El cerro de Tlapacoya, entonces una isla, fue uno de los escenarios en los que algunos grupos humanos debutaron en América; el entorno lacustre les permitió una vida semisedentaria basada en sistemas de manutención preagrarios. “Durante el Pleistoceno Tardío, la cuenca de México contenía un extenso y poco profundo lago que proveía de atractivos recursos a los primeros ocupantes humanos”. De acuerdo con recientes estudios (Gonzalez, Silvia et al. “Earliest humans in the Americas: new evidence from Mexico”. Journal of human evolution #44, 2003), dataciones mediante determinaciones de radiocarbono directo (AMS) demuestran que el cráneo humano encontrado en Tlapacoya en 1968 —descubierto accidentalmente cuando se construía un camino— es uno de los dos rastros humanos más antiguos de toda el continente, con una antigüedad de 10,200 años —el otro corresponde a un cráneo hallado en el cerro del Peñón, también en la cuenca de México, unos 300 años más antiguo—.
No es casual entonces que de este sitio, tan cerca de la “Tenochtitlán” y no tan lejos de la Gran Tenochtitlán, provenga el más arcaico objeto de cerámica encontrado en toda la cuenca de México, la llamada figurilla de Zohapilco, realizada alrededor del 2300 a. C. Se trata de la representación de una mujer, “notable por su especificidad estilística”, de 5.2 centímetros de alto. “El análisis petrográfico y mineralógico… permite colegir que la figurilla fue fabricada en Tlapacoya mismo” (Christine Niederberg, Zohapilco. INAH, 1976).

Saliendo de la zona arqueológica, encuentro un panteón, un buen sitio para descansar un rato mientras oscurece y hacer un poco de aritmética mental… La distancia temporal entre la EST 115 “Tenochtitlán”, erigida en terrenos ejidales en 1986, y la fundación de la gran Tenochtitlán es de apenas 661 años. La distancia entre el arribo de los primeros grupos humanos a la cuenca de México y el inicio de la producción cerámica es de más de 5,800 años.

Leo en la placa de una de las tumbas que la mujer ahí enterrada falleció justo el mismo año en que yo nací, a la edad de 52.

martes, 1 de septiembre de 2015

Temiltitan


Este mapa del Nuevo Mundo fue publicado en 1550, en Basielea, Alemania, en una edición de la Cosmographia del cartógrafo alemán Sebastian Munster (1489-1552). Aunque es posterior al mapa de su compatriota Martin Waldseemüller (1470-1520), publicado en 1607, no aparece la denominación "América".

El mapa alemán muestra una geografía rudimentaria de la Indias. Las inscripciones en América del Sur aparecen en alemán; los demás topónimos están en latín. En las áreas exploradas por los españoles desde 1490 se incluyen Cuba y Florida, así como Centro y Sudamérica. En lugar de "México", aún se denomina "Temiltitan" —seguramente por Tenochtitlán—. La zona más al norte, en Norteamérica, fue explorada por los franceses entre 1520 y 1530. Al oeste, Japón (conocido por los europeos desde 1542) y la India se muestran incorrectamente al lado de América del Norte.

lunes, 13 de julio de 2015

Historia que te incumbe

Hará poco más de unos 200 mil años que irrumpió en este planeta una especie que a la postre daría mucho de qué hablar, los Homo sapiens. La eventualidad aconteció en África oriental. Ahora que decir que irrumpió es eso, sólo un decir, porque dicho animalejo, nosotros, no surgió repentinamente o por generación espontánea, sino paulatinamente, por evolución. De hecho, los ejemplares más primitivos de nuestro género comenzaron a aparecer, también en África, hace aproximadamente dos millones de años. El caso es que después de haber sobrevivido en África durante la mayor parte de su existencia (70%), hace unos 70 mil años algunos sapiens se aventuraron a salir de aquella región. Poco más de 50 mil años después, hace 16 mil, los Homo sapiens colonizamos la gran extensión territorial que desde hace 0.5 mil años venimos llamando América. De hecho, no fue sino hasta que se le puso ese nombre que hubo humanos que tuvieron información suficiente para comprender que esta proporción de tierra no era parte de Eurasia y en cambio sí un continente, un territorio mucho más grande que una isla. De estos lares no se tenía noticia del otro lado del gran océano, ni aquí de allá, en tanto que la población nativa se hallaba dispersa por más de 43 millones de kilómetros cuadrados, sin que ningún grupo hubiera logrado abstraer la magnitud y ubicación en el mundo del sitio que habitaba. En 1507, en un libro (Cosmographiae Introductio) se publicó un planisferio (Universalis Cosmographia), realizado por el alemán Martin Waldseemüller (1470-1520), en el que por ocasión primera se denominó América a lo que erróneamente muchos europeos se referían como Las Indias. 494 años después, es decir, en los albores del siglo XXI, al norte de América, en Vancouver, una población ubicada en la costa occidental del continente, entre el estrecho de Georgia y las Montañas Costeras, algunos Homo sapiens se organizaron para formar el Centre for the Study of Historical Consciousness (CSHC).



El CSHC es parte de la Universidad canadiense de British Columbia, y para esclarecer cuál es su propósito ofrece una sucinta exposición respecto a lo que ahí se entiende por estudio de la conciencia histórica. El término conciencia histórica —explican— es relativamente desconocido en América del Norte, aunque el campo está bien establecido en Europa. El estudio de la conciencia histórica es diferente tanto la investigación histórica como de la investigación historiográfica. La distinción puede entenderse de la siguiente manera: cuando estudiamos la historia, estamos buscando en el pasado. Cuando estudiamos la conciencia histórica, estamos estudiando cómo es que la gente mira al pasado. El estudio de la conciencia histórica difiere, además, de la historiografía; esta última examina cómo los historiadores miran el pasado, mientras que la conciencia histórica se refiere a los entendimientos individuales y colectivas del pasado, los factores cognitivos y culturales que dan forma a tales entendimientos, así como las relaciones de comprensión históricas entre el presente y el futuro.

En su extraordinario libro El problema de la conciencia histórica (Madrid; Tecnos, 1993), el filósofo alemán Hans George Gadamer (1900-2002) se adentra a las profundidades del concepto; entre otras cosas, deja bien establecido que la idea es muy reciente —quizá apenas se pueda remontar a Hegel y Dilthey—. No podía ser de otra manera, porque, como establece Agustín Domingo Moratalla en el texto introductorio a la obra, el concepto se refiere a una condición hasta hace muy poco tiempo imposible: “La conciencia histórica que caracteriza al hombre contemporáneo es un privilegio, quizás incluso una carga que, como tal, no ha sido impuesta a ninguna otra de las generaciones anteriores”. Cierto, y ejemplos podríamos citar muchos, puesto que una visión más o menos panorámica de la historia pudo ser factible hasta hace muy pocos años.

La conciencia histórica se desarrolla al menos tres planos mentales. En principio, en tanto autoconciencia, es decir, como parte de los conocimientos que me permiten saber quién soy y de dónde vengo. En segundo término, como marco indispensable para poder tramar un sentido histórico, esto es, un conjunto de abstracciones que permitan entender la dirección que tienen los acontecimientos, al menos en calidad de hipótesis. Y finalmente, la conciencia histórica está en todo aquello que permite un conocimiento histórico. Y como cualquier tipo de conocimiento, la conciencia histórica puede tener diferentes alcances. Por citar los obvios, con la enseñanza de la historia nacional se pretende formar ciudadanos conscientes del paso de su país a través del tiempo y de la dirección en que se pretende encaminar —el llamado destino nacional—. Lo propio podría decirse de la llamada historia universal pero también de la de una familia, una ciudad o un equipo deportivo. En este orden de ideas, resulta que un nivel de conciencia histórica puede ser el genérico, quiero decir, el que nos corresponde en tanto especie, en tanto Homo sapiens. Justamente hacia ello se dirige el libro de Yuval Noah Harari, De animales a dioses (Debate. México, 2014. Primera edición en inglés, 2013). Esta Breve historia de la humanidad abre la lente a los macroprocesos, y trama una narración que pretende explicar cómo una especie que hace 70 mil años “era todavía un animal insignificante y que se ocupaba de sus propias cosas en un rincón de África… en los siguientes milenios se transformó en el amo de todo el planeta y en el terror del ecosistema, y hoy en día está a punto de convertirse en un dios…” Se trata de un relato que te incumbe.

sábado, 24 de abril de 2010

El mensaje en la piedra I

Cuando rayaba los 35 años de edad, Estrabón salió de su casa y echó a andar. El viajecito le tomó otros 35 años. No era para menos, prácticamente recorrió el ecúmene, el mundo conocido durante la pax romana. Jamás regresaría a su pueblo –Amasí, Ponto, en la península de Anatolia, hoy Turquía–, ¿a qué? Sabedor como el que más de dónde estaba parado, mejor se fue al ombligo de su civilización, Roma, y allí se puso a escribir. Había nacido en el 60 a.C. Y no cabe duda: la adrenalina aviva, estarse quieto mata: Estrabón moriría hecho una pasa (21 d.C.). Ni turco ni romano, Estrabón era griego, y en griego dejó testimonio de su periplo: su Geographiká consta de 17 tomos. Aunque llegó hasta Egipto, Cerdeña, el Mar Negro y Armenia, jamás pisó territorio ibérico. Sin embargo, así como sabía turistear también sabía leer, de tal suerte que basándose en los informes de otros transeúntes, como Posidonio (135 a.C – 51 a.C.), dedicó el tercer libro de su obra a Hispania. En tal volumen, entre otras cosas, Estrabón refiere: “Sobre Jaccetania hacia el Septentrión habitan los Vascones, en los cuales está la Ciudad de Pompelón, como si dijeras Pompeyo”. Así sugiere el geógrafo que la urbe en cuestión fue fundada por el general y cónsul romano Cneo Pompeyo Magno, hecho que la historiografía data en el 74 a.C. En fin, el punto es que la de Estrabón es considerada la referencia documental más antigua que se tiene de la ciudad que actualmente es la capital de la Comunidad Foral de Navarra, España: Pamplona.

El ecúmene según Estrabón c. 10 d.C.

Estrabón y Pamplona. Él, uno de los primeros geógrafos de la tradición occidental; ella, un población localizada en el norte de la península ibérica, muy cerca de la frontera con Francia. Él, si bien uno de los ancestros del pensamiento racionalista moderno, también fue uno de los incipientes desconfiados del mismo, al punto que advirtió que la realidad humana nomás no cabe en un mapa −incluso retobó frente a los planteamientos puramente geométricos de Eratóstenes (276 a.C. – 194 a.C.) −. Aquella, Pamplona, la ciudad más próxima, apenas a unos 25 kilómetros, del valle de Ultzama, en donde se halla la cueva de Abauntz, sitio en el cual un grupo de arqueólogos españoles encontró hace poco una piedra que a la postre resultó ser otra cosa además de una piedra. La roca, de unos 17.5 centímetros de longitud, 10 de ancho y 5.5 de espesor está llena de incisiones. De entrada, fue evidente que las marcas en la piedra no eran naturales, sino humanas, sencillamente porque representaban algo. O dicho en corto, signos; los de más fácil identificación, los que figuran bestias, como un ciervo y dos pequeños renos. ¿Un petroglifo más? No, no solamente, por dos motivos: uno, el Carbono 14 demostró que la mano que grabó aquellas representaciones era de una persona que vivió hace 13,700 años, y dos, después de algún tiempo de estudio y fortuna, los arqueólogos lograron decodificar el mensaje en la piedra lo suficiente como para entender que se trata de un mapa, el más antiguo que se conoce de Europa.


El primer bloque del petroglifo paleolítico fue descubierto en 1993, pero a nadie le pasó por la cabeza que pudiera tratarse de un mapa. Varios años después, Pilar Utrilla, catedrática de prehistoria de la Universidad de Zaragoza, y parte del equipo que logró el hallazgo, cuenta cómo, poco a poco, fue que la interpretación fue construyéndose:


En 1996, dos años después de que apareciera el segundo bloque, publicamos un artículo en la revista Complutum. Pero seguimos leyendo la piedra y no fue hasta... 2001, cuando empezamos a darle vueltas a la posibilidad de que los dibujos y marcas representaran un paisaje. Nos dimos cuenta de que, en efecto, era el paisaje de los alrededores de la cueva cuando, mirando unas fotos... mi marido me dijo que la peña de enfrente a la cueva era la misma que la que aparecía en la piedra. Me di cuenta de que era así, porque es una peña que cae vertical por un lado y muy suavemente por otro, es decir, que no es la típica formación cónica. A partir de ese momento, empezamos a percatarnos de que el río tenía dos afluentes igual que aparecía en la piedra... Y, poco a poco, fuimos descubriendo más cosas. Por ejemplo, Manuel Martínez descubrió los vados que van atravesando el río; la cierva de la cara B, la vio Ignacio Barandiarán... Cada uno fuimos aportando datos nuevos y hay algunos que no hemos publicado porque llegó un momento en que temimos estar viendo más cosas de las que en realidad había...

Para Estrabón la geografía tenía un interés filosófico, dado su pretensión de integrar conocimientos variopintos para así dar cuenta, ordenada, humanizada, de porciones del universo. Precisamente lo que aquéllos congéneres nuestros de finales del Paleolítico Superior consiguieron realizar en la piedra de Abauntz.