Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

domingo, 11 de octubre de 2026

La pornificación de todo

  

Perdura un prejuicio en la sociología que estudia la cultura digital: entender la pornografía en línea como un fenómeno marginal, un asunto sin relevancia o de plano una excentricidad nimia del ciberespacio. La tesis del libro Guilty Pleasure: The Pornification of the Internet, the Economy, and Everything Else (Penguin Books, 2026), escrito por la investigadora y periodista del Financial Times Patricia Nilsson, subvierte esta premisa. En vez de entender la pornografía como un subproducto baladí del capitalismo, Nilsson muestra que, en realidad, la industria del entretenimiento adulto fue la vanguardia desde donde se diseñó la arquitectura, los cimientos técnicos, las dinámicas financieras de plataformas y las gramáticas del deseo que hoy rigen buena parte de la vida en las pantallas de miles de millones de seres humanos.

 

En una conversación reciente que la autora sostuvo con Ash Sarkar en Novara Media a propósito del lanzamiento de su libro, Nilsson sintetiza el punto de partida que desencadenó su investigación de más de cinco años: ¿cómo es posible que una industria que captura más del 10% del tráfico global de internet y genera cerca de 90 mil millones de dólares anuales funcione regateando la gratuidad, el anonimato corporativo y la ausencia de escrutinio público convencional? La respuesta no está en las narrativas románticas del Hollywood erótico de los años setenta —el mítico Golden Age de la Deep Throat—, sino en la trastienda de los ingenieros de software, los piratas informáticos, las pasarelas de pago y los fondos de inversión especulativa de Wall Street.

 

Guilty Pleasure expone una lúcida arqueología de la infraestructura digital. Mucho antes de que Silicon Valley naturalizara el modelo de negocio basado en el contenido generado por los propios usuarios (UGC), el streaming en tiempo real, el adtech o la economía de afiliados, las trabajadoras sexuales y los emprendedores de la pornografía ya habían desarrollado y probado empíricamente estos esquemas.

 

Nilsson subraya hitos históricos: desde Babes for You en 1994 —una de las primeras plataformas de transmisión en vivo mediante cámaras web, creada por una bailarina que antecedió en casi una década la lógica funcional de Skype— hasta la invención del thumbnail gallery post (TGP) y la traza de clics mediante software de afiliados desarrollado por figuras como Fabian Thylmann. Thylmann no construyó un imperio mediático produciendo cine; diseñó el software para rastrear las rutas de navegación del usuario y cómo monetizar sus desplazamientos. Fue este entramado el que posteriormente consolidó a conglomerados como Manwin (luego MindGeek y hoy Aylo), la corporación detrás de Pornhub, RedTube y YouPorn.

 

El análisis revela la complicidad del capital financiero: lejos de la supuesta reserva moral de las altas finanzas, la estructuración del monopolio de la pornografía en línea fue financiada con el respaldo de exbanqueros de Goldman Sachs y capitales de riesgo que cobraban tasas de interés astronómicas (de hasta el 20%), conscientes de que la rentabilidad de las plataformas residía en la expropiación del trabajo no remunerado y la concentración masiva de tráfico.

 

Guilty Pleasure pone el foco en la economía libidinal de nuestro tiempo. La transición del modelo de estudio al sitio tubeno sólo transformó la distribución financiera, sino la estructura misma de la experiencia psicosexual. La gratuidad del contenido pornográfico en línea tuvo como costo colateral la exigencia de una aceleración constante: para capturar la atención en un entorno saturado, las plataformas recurrieron a la radicalización de los estímulos.

 

Nilsson demuestra cómo algunas dinámicas de poder, humillación y prácticas sadomasoquistas que históricamente se mantenían relegadas en subculturas se convirtieron, mediante el comando algorítmico, en la gramática estándar de la representación porno. No se trata de un juicio de valor moral sobre las prácticas sexuales en sí, sino de la observación metapsicológica del mecanismo: el algoritmo no registra lo que el sujeto “desea desear” desde su ideal del yo, sino que lee sus impulsos, sus angustias reprimidas y sus respuestas somáticas primarias.

 

La autora propone una analogía de enorme calado: el scroll compulsivo en las redes sociales es la forma generalizada de la masturbación digital. En ambos casos, el sujeto queda atrapado en un bucle repetitivo de gratificación inmediata, autoregulación de la angustia (self-soothing) e insatisfacción renovada. Esta dinámica produce un aislamiento paradójico: en la época de mayor disponibilidad histórica de material explícito y de hipervisibilidad del cuerpo, los índices de interacción afectiva y actividad sexual real en los jóvenes se han desplomado en lo que la autora denomina una crisis silenciosa de "asexualidad" o desvinculación encarnada. El estímulo digital, al hiperbolizar la fantasía y eliminar la vulnerabilidad consustancial al encuentro con el otro, obstaculiza nuestra capacidad de habitar la realidad.

 

El libro también desmonta la ilusión emancipatoria del modelo de suscripción directa —cuyo paradigma actual es OnlyFans—. Frente a la promesa de una democratización en la que el creador recupera los medios de producción y el control de su imagen, Nilsson analiza cómo esta estructura extiende la lógica de la explotación laboral a la vida íntima. En OnlyFans, el producto comercializado rara vez es el desnudo en bruto; lo que se vende es una servidumbre afectiva y la adulación transaccional. El usuario paga por la ficción de un vínculo parasocial en el que su subjetividad es reconfirmada. Esta dinámica entrena a los usuarios en una expectativa de complacencia absoluta que degrada la capacidad de sostener relaciones afectivas reales, atravesadas indefectiblemente por el conflicto, la alteridad y el límite. Esta sustitución de la relación viva por el simulacro encuentra su máxima expresión en el despliegue de los agentes de inteligencia artificial y los chatbots de acompañamiento. Si la pornografía de inicios de siglo entrenó al ojo para consumir la imagen del cuerpo deshumanizado, el capitalismo de plataformas actual entrena a la psique para demandar una respuesta especular perfecta, aboliendo la otredad.

 

Guilty Pleasure no es un tratado moralizante sobre la inconveniencia de la pornografía, ni cae en la trampa del liberalismo que celebra de manera irreflexiva cualquier mercantilización bajo el eslogan del “empoderamiento”. Patricia Nilsson muestra que la pornografía es pieza clave para descifrar el rompecabezas de la economía política contemporánea.

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