Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 29 de mayo de 2021

La oposición reaccionaria y su dificultosa relación con el tiempo

Inicio con una obviedad: la pura existencia de la reacción opositora comprueba que estamos viviendo tiempos de cambio. Uno podrá estar o no de acuerdo con el rumbo que está tomando el país, pero el viraje es palmario, el cambio es incuestionable. Si no fuera así, quienes antes de diciembre de 2018 estaban tan cómodos no estarían furibundos reclamando ahora.


 

La reacción tiene una relación dificultosa con el pasado: por definición, su meta es la vuelta al régimen anterior, es decir, al que quedó en el pasado. El problema, su problema, es que se trata de un pasado indefendible, evidentemente indeseable, imposible de vender como destino deseable. ¿Qué han hecho entonces? Consciente o inconscientemente se han dedicado a construir un pasado idílico, fabuloso, ilusorio… Así que ahora resulta que los reaccionarios experimentan una nostalgia por un pasado que jamás existió. Quieren convencernos de volver a un México que jamás fue.

 

La reacción tiene una relación dificultosa con el futuro: primero porque en su futuro ideal está el pasado, claro, y segundo porque dado que en el presente no hay elementos para convencer a nadie de que las cosas estaban mejor antes, lo único que queda es vivir tocando las trompetas del Apocalipsis. Por eso llevan casi tres años prediciendo un montón de hecatombes que desgraciadamente, para ellos, no se concretan. Quieren convencernos de que el porvenir nos cobrará haber cambiado las cosas.

 

Finalmente, la reacción tiene una relación dificultosa con el presente: no lo entiende, no le gusta y lo percibe como una traición: ¿cómo es posible que el transcurrir de los hechos no les diera la razón? Desde ahí, imposible no estar todo el santo día enojados, espetando diatribas y denuestos. Quieren convencernos de que si nos gusta el presente o no nos disgusta tanto como a ellos es o porque no sabemos percibirlo correctamente o porque somos unos tarados.

martes, 25 de mayo de 2021

El sueño del alcázar

Anoche un fresno

a punto de decirme

algo —callóse.

Octavio Paz, Prójimo lejano.

 

 

 

 

1

 

Maravillado, hace mil 625 años, el norafricano Aurelius Augustinus Hipponensis, quien habría de pasar a la historia como San Agustín (354-430), escribió: “… dentro del glorioso alcázar de mi memoria, allí se me presentan el cielo, la tierra, el mar y todas las cosas que mis sentidos han podido percibir en ellos… Allí también me encuentro yo a mí mismo, me acuerdo de mí y de lo que hice…”

 

 

2

 

Suena el teléfono. Me pongo los audífonos y tomo la llamada. Es Marcela Dóneter. Llama para saber cómo voy con el informe que me comprometí a enviarle a más tardar el día de hoy. Veo el reloj en la computadora: 23:44. Sonrío: lo que realmente quiere Marcela es entretenerme para que le mande el informe después de las doce de la noche, y entonces, por el atraso, pueda regatearme.

 

— Hola, ¿cómo vas con el informe sobre Odiseo Tranbel?

 

— Bien.

 

— Por cierto, me llamó hace rato… Dice que fuiste a verlo.

 

Ahí está, quiere distraerme. Observo en la pantalla el documento Word en el que hace apenas unos minutos acabo de terminar de teclear el informe; no me queda nada más que ponerle título, salvarlo, cerrar el archivo y enviarlo…: — Pues sí, es verdad, ayer fui a hablar con él; nada mejor que confrontar directamente lo que uno sabe con el sujeto a quien se investiga, ¿no?

 

— Pues me contó que te la pasaste muy bien…, que incluso bebieron —maliciosa, me dice Marcela.

 

Recuerdo la reunión con Trabel. El tipo evidentemente trató de ser encantador, pero su comportamiento terminó por resultar ridículo. Cuando llegué a sus oficinas ya nada más estaba él y para pronto abrió el bar…: — Sí, me preparó una especie de cóctel, algo con tequila, me parece.

 

Marcela se ríe y yo miro el reloj… Podría adelantarle algo, decirle, por ejemplo, que pude confirmar todas mis sospechas sobre las actividades secretas de Odiseo Tranbel…

 

— Y seguramente te habló pestes acerca de mí y de toda la agencia, ¿no?

 

Marcela sabe sobradamente que tenía que ser así, que fue así… No es una pregunta, es un anzuelo. Sólo intenta que pasen los minutos. No puedo permitirme caer en su juego. Debo cerrar ya el documento y enviárselo… Copio la última afirmación para, a partir de esa idea, frasear un título; me desplazo al inicio del documento…, y despierto.

 

Creo que lo primero que pensé al abrir los ojos fue que era absurdo que hubiera involucrado en el sueño a Marcela Dóneter, a quien no veo desde hace algunos años, con el recuerdo del encuentro que sostuve con Odiseo Tranbel… ¿Cuándo ocurrió? ¿Esta semana? Me levanté al baño… y antes de prender la luz lo tenía ya también dilucidado: ¡jamás!, aquello era también parte del sueño. Tuve un sueño en el cual se incluía un recuerdo, un recuerdo mucho más vívido que lo que ocurrió durante el presente onírico. Cuando desperté, hubiera jurado que la reunión con Odiseo Tranbel efectivamente había sucedido.

 

 

3

 

También en sus Confesiones, San Agustín de Hipona dice que por encima de lo sensitivo se halla “… el anchuroso campo y espaciosa jurisdicción de mi memoria, donde se guarda el tesoro de innumerables imágenes de todos los objetos que de cualquier modo sean sensibles, las cuales han pasado al depósito de la memoria por la aduana de los sentidos”. Las cursivas son de mi cosecha; las agrego para subrayar el hecho de que el sabio doctor de la Iglesia entiende la memoria conforme a la misma metáfora que hasta hoy empleamos en Occidente, la del archivero: “Allí están guardadas con orden y distinción todas las cosas, y según el órgano o conducto por donde ha entrado cada una de ellas… Este capacísimo retrete de la memoria recibe, en no sé qué secretos e inexplicables senos que tiene, todas estas cosas, que por las diferentes puertas de los sentidos entran en la memoria y en ella se depositan y guardan, de modo que puedan volver a descubrirse y presentarse cuando fuere necesario”.

 

 

4

 

Hay muchas maneras de entender equivocadamente. Una de ellas es emplear metáforas para comprender algo, luego olvidar que la dilucidación era sólo eso, una analogía, y así terminar entendiendo literalmente tal explicación. Al parecer, el ámbito de la neurociencia está plagado de este tipo de despistes. La doctora Lisa Feldman Barrett (Toronto, 1963) advierte que hoy día abundan seudoverdades que no son más que metáforas: “Si ha escuchado que el lado izquierdo de su cerebro es lógico y el lado derecho es creativo, eso es sólo una metáfora. También lo es la idea de que su cerebro tiene un ‘sistema 1’ para respuestas rápidas e instintivas y un ‘sistema 2’ para un procesamiento más lento y reflexivo… Su cerebro tampoco se ‘ilumina’ con la actividad, como si algunas partes estuvieran encendidas y otras apagadas. Su cerebro no ‘almacena’ recuerdos como archivos de computadora para ser recuperados y abiertos más tarde” (Seven and a Half Lessons About the Brain, 2021). ¿Ah, no? ¿Entonces? “Un cerebro no almacena recuerdos como archivos en una computadora; los reconstruye a demanda con electricidad y un torrente de químicos. A este proceso lo llamamos ‘recordar’, pero en realidad se está ensamblando.” Es decir —¡y aguas!, voy a usar una metáfora—, en la cabeza no tenemos nada parecido a un disco duro (memoria ROM); nuestro cerebro trabaja sólo con memoria RAM (Random Access Memory). Todo recuerdo se ensambla en tiempo real…, soñando incluso.

 

miércoles, 19 de mayo de 2021

Despegue… ¡No minimicen!

  


Cuando un “analista” —cualquiera dispuesto a parlotear o aceitado para hacerlo— o un calumnista o un “grupo de expertos” —anónimos, de ocasión— o un “especialista” —en todo—, es decir la opinocracia vendida…, sorry, venida a menos, declara que hay indicios o temores —es decir, sus deseos— de que a la economía mexicana se la va a llevar el diablo en el futuro —o sea, quién sabe cuándo— es nota de primera plana, entrada de noticiero, y en nado sincronizado, en las redes, la troliza se desvive tocando las trompetas del Apocalipsis: ¡Así no ANLO! ¡México se va al abismo! Histéricos, piden cautela y exigen la reinstauración del régimen Sigámosle Como Íbamos Antes Que Acá Entre Nos A Nosotros Nos Iba De Lujo.

 

Ah, pero cuando el INEGI informa que el Indicador Oportuno de la Actividad Económica estima anticipadamente una variación del Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE) para abril de 2021 contra igual mes de 2020 de 20.6%…, ¡sí, 20.6%!, es decir, un contundente despegue de la economía, entonces tratan poner en duda el dato o de minimizarlo… ¿Seguro? ¿No estará mal el dato? Seamos cautos, esperemos el dato trimestral. ¡Claro, es normal, después de la pandemia! Ciertamente, Jonathan Heath tiene razón cuando advierte que “no hay que brincar de alegría, es el efecto aritmético de la base de comparación”, pero eso no quita que el indicador muestre —aritméticamente— un despegue: despegue es la acción y efecto de despegar, y despegar “Dicho de una persona o de una empresa: Iniciar una actividad, especialmente después de resolver con esfuerzo preparativos y vicisitudes.” Ciertamente, el rebote viene después de la caída —si no, no sería rebote— que provocó la pandemia…, pero así como no hay que echar las campanas al vuelo, ¡tampoco hay que minimizarlo!, entre otras cosas porque otras economías siguen sin poder despegar y más bien siguen a la baja —por ejemplo, Japón—, y porque, además, las buenas noticias —y eso hasta un economista lo sabe— tienen un buen impacto en la economía.

 

martes, 18 de mayo de 2021

La primera ciudad de México

Según la tradición prehispánica, la primera ciudad de México, la celeste, fue fundada en Coatepéc, un cerro que está cerca de Tula. Ahí había nacido Huitzilopochtli. Quien sería su madre, una mujer llamada Coatlicue, fue preñada cuando del cielo cayó sobre su seno una pelotilla de plumas blancas o de algodón. El relato no convenció a sus vástagos varones, los Centzon Huitznahua, ni a su hija, la joven Coyolxauhqui… Se dijeron deshonrados, y decidieron matar a Coatlicue. Pero el feroz Huitzilopochtli nació a tiempo para defender a su progenitora. Con una serpiente de fuego asesinó a todos sus hermanos. 

Coatlicue

En Coatepéc, la Coyolxauhqui sería decapitada, y ahí también, acatando el mandato de Huitzilopochtli, los aztecas, provenientes de Aztlán, fundaron la primera ciudad de México.

Coyolxauhqui 

El relato encierra un mito fundacional conectado con un drama cósmico: Huitzilopochtli representa al Sol; la Coatlicue es la Tierra; sus hermanos, quienes son asesinados por aquél al nacer, las estrellas, y la deidad lunar es la Coyolxauhqui.

Huitzilopochtli
 

Entre 1998 y 2003, Eduardo Gelo del Toro y Fernando López Aguilar realizaron la investigación arqueológica que permitió concluir que el mítico cerro de Coatepéc se encuentra en el Valle del Mezquital, Hidalgo. Todavía hoy, las comunidades que habitan en las cercanías del cerro actualmente conocido como Hualtepec o del Astillero mantienen la tradición oral de que “allí iba a ser México”.


Al drama ocurrido en el cielo correspondió un rito análogo entre los hombres. Tezozómoc sostiene que los primeros aztecas, liderados por una mujer llamada Coyolxauh, desoyeron el mandato de Huitzilopochtli de permanecer en Coatepéc, por lo que el dios destruyó la primera ciudad de México, secándola.

Cerro Hualtepec

Diego de Durán, en cambio, cuenta que fueron los propios mexicanos los que la secaron. Como fuera, Huitzilopochtli mandó que prosiguieran la peregrinación. Los aztecas entraron en Tula en 1168, luego pasaron por Tequíxquiac, Tzompanco y Eacatepéc, cruzaron las tierras de los tepanecas, pasando por Azcapozalco y Popotla, y en 1248 llegaron al cerro del Chapulín, Chapultepec. En cierto momento del éxodo, había ocurrido un cisma entre los sacerdotes del Sol y los de la Luna. Míticamente, el hecho corresponde al abandono la hechicera Malínal Xóchil, hermana de Huitzilopochtli, en tierras del rey Chimalcuauhtli (Malinalco), con quien procreó un hijo, el mago Cópil, quien encontraría un final íntimamente ligado con la posterior fundación de México Tenochtitlán.

Maninalco

En Chapultepec, los aztecas estuvieron a punto de ser exterminados por la conjura de las ciudades cercanas, todas incitadas por Cópil, quien quería vengar el abandono que su madre había sufrido por parte de Huitzilopochtli. Según Tezozómoc, esto ocurrió en 1285. Otra versión indica que la guerra en Chapultepec sucedió en 1280. Como fuere, los mexicanos salieron victoriosos, luego de que Huitzilopochtli encuentra a Cópil en el cerro de Tepetzingo, lo mata y le arranca el corazón. El cuerpo de Cópil fue enterrado en el que hoy conocemos como el Cerro del Peñón de los Baños, en donde brotó agua caliente. Acopilco se llaman aquellas fuentes termales, agua de Cópil. El corazón de Cópil, hijo de la deidad lunar, por órdenes de Huitzilopochtli, fue arrojado en un paraje de carrizales, y de él nacería un tunal tan grande y coposo que encima de él haría morada una enorme águila. Según algunas fuentes, el tenochtli del águila creció en donde ahora se yergue la catedral de la Ciudad de México. Otros opinan que estaba en una islita ubicada en donde ahora se encuentra la Plaza de Santo Domingo. Como sea, explica Gutierre Tibón: “Mexicco… precede al nombre Tenochtitlán, el lugar del cruento culto solar que se superpone al culto lunar”.

lunes, 17 de mayo de 2021

Metabolismo social

  

Cualquiera podría creer que si me refiero al metabolismo social estoy hablando en términos metafóricos. No, no es así, al menos no en sentido lato.


John Morgan - The Auction [1863]

Para el diccionario de la RAE, metabolismo, un vocablo que inscribe en el ámbito de la fisiología, significa “conjunto de reacciones químicas que efectúan las células de los seres vivos con el fin de sintetizar o degradar sustancias”.  Ojo, sólo químicas. Y ojo otra vez: no especifica con qué propósito se realiza la aludida síntesis de sustancias. 

 

El término metabolismo fue acuñado por el científico prusiano Friedrich Theodor Schwann (1810-1882), y, en efecto, cuando lo hizo aludía únicamente a los procesos bioquímicos que ocurren a nivel celular. En su obra síntesis (Investigaciones microscópicas sobre la similitud en la estructura y el crecimiento de la fauna y de la flora, 1839) explicó “los cambios químicos… en las partículas componentes de la propia célula, o en el cytoplastema…”, llamándolos metabólicos. Al paso del tiempo se generalizó el uso del concepto metabolismo, para mentar todo el conjunto de procesos mediante los cuales se producen cambios de energía en los seres vivos. La fotosíntesis y la digestión, por ejemplo. Con todo, es conveniente subrayar cómo fue que Schwann construyó la palabra. Por supuesto, acudió al griego: mutaciónviene de μεταβολή, mutación, cambio, transformación, y del sufijo ismo, del latín ismus, que a su vez procede del griego ισμόςismós, cualidad, sistema. En corto, la cualidad para cambiar. Así que, en estricto sentido, en última instancia tener un buen metabolismo es estar apto para el cambio…, lo cual es otra manera de decir ser capaz de estar vivo. Vivir es transitar.

 

Como ya hemos comentado aquí, ocurre que la chamba más importante del cerebro no es encontrar la verdad, explicar el universo, componer sinfonías o diseñar magnas obras de ingeniería. Tampoco es imaginar viajes a la Luna y luego desarrollar la tecnología necesaria para hacerlos realidad. La función principal del cerebro no es razonar. “El trabajo más importante de tu cerebro es controlar tu cuerpo…”, explica la doctora Lisa Feldman Barrett (Toronto, 1963). “Tu cerebro invierte continuamente su energía con la esperanza de obtener un buen rendimiento, como comida, refugio, afecto o protección física, para que puedas realizar la tarea más vital de la naturaleza: transmitir tus genes a la siguiente generación.” La autora de Seven and a Half Lessons About the Brain (Picador, 2021) insiste en que el trabajo más importante del cerebro es hacerse cargo del body budget, el presupuesto corporal. Pues resulta que usted y yo, sus hijos y la gente que mejor y peor le cae, todas las personas, no hacemos eso solos: nuestros respectivos cerebros no funcionan ensimismados en sendos cráneos. Cada cerebro podrá ser una isla, pero se halla en un océano repleto de otras islas, con las cuales puede más o menos comunicarse. Por eso, “cada uno de nosotros interviene en la regulación de los presupuestos corporales de los demás”. ¿Cómo? De manera casi siempre inconsciente, claro, y a lo largo de toda tu vida, “realizas depósitos de algún tipo en los presupuestos corporales de otras personas, así como retiros”, al tiempo que todos los demás seres humanos hacen lo mismo contigo. Hay que recordar aquí que el cerebro cambia permanentemente, toda vez que en él se reconfiguran las conexiones neuronales después de que vivimos nuevas experiencias. O sea, siempre. Por este proceso, la llamada plasticidad neuronal, “los componentes microscópicos de las neuronas cambian gradualmente todos los días, mediante el ajuste y la poda (tuning and pruning).” Por descontado, esto no se hace de a gratis, tiene costos de energía. Recuerdo que, durante la temporada que estuvo estudiando alemán varias horas al día, mi hija MCCO terminaba cada jornada extremadamente cansada, físicamente. Uno de sus compañeros, un neurocirujano colombiano, le explicó que era algo normal, porque aprender un nuevo idioma impone importantes reconfiguraciones en las redes neuronales. Pensar siempre requiere energía, pero pensar distinto la precisa mucho más, y un idioma no es una forma particular de nombrar al mundo, cada idioma es un mundo.

 

La cercanía o lejanía con los otros cerebros se mide en empatía. Uno puede tener mucha empatía con quien comparte todas las noches la horizontal, con quien duerme, y entonces ese uno es muy afortunado. Pero también puede suceder que no, que la empatía no exista con los que están más cerca de ti físicamente. Es perfectamente posible, incluso común, que alguien se encuentre rodeado de muchas personas y se encuentre solo, aislado. Pero si se estable empatía hay integración, sincronía: al final de cuentas, concordia significa que los corazones de quienes la disfrutan latan al mismo ritmo. “¿Alguna vez has perdido a alguien cercano a ti por una ruptura o la muerte y has sentido que has perdido una parte de ti mismo?”, cuestiona Feldman: “Eso es porque así fue: perdiste algo que te ayudaba para mantener tus sistemas corporales en equilibrio”. Desde la perspectiva de la neurociencia, una ruptura amorosa o el óbito de un ser querido “puede hacerte sentir como si estuvieras muriendo”. Por lo mismo, la soledad constante acelera la muerte.

 

No basta, pues, procesar bien los alimentos, el aire que respiramos, el sol que nos pega… Cualquier ser humano requiere un buen metabolismo social. Y no me refiero a elaboradas construcciones conceptuales como las del socioecologismo de Alfred Schmidt (1931-2012), sino directamente a la necesidad biológica que usted y yo tenemos de los demás. La solidaridad, el prejuicio de la confianza, la amistad y el amor son saludables, y no metafóricamente, literalmente. Necesitamos a los demás para estar sanos.

viernes, 14 de mayo de 2021

Serpiente en mi escritorio

  

… you don’t sense with your sensory organs.

You sense with your brain.

Lisa Feldman Barrett, Seven and a Half Lessons About the Brain.

 

 

 

 

1

 

Apenas en febrero leí un pendiente, una novela histórica que deberíamos considerar ya un clásico: Yo, Claudio, de Robert Graves (1895-1985). Graves era un erudito —sus ensayos sobre mitología son imprescindibles: The Greek Myths (1955) y The White Goddess (1948)—, un esteta y un prosista más que solvente.

 

Desde su primera edición (1934), el libro fue un éxito, tanto en ventas como entre la crítica. Como seguramente usted sabe, la novela relata la vida de Tiberio Claudio César Augusto Germánico (10 a. C. – 54 d. C.), quien gobernó el Imperio Romano durante los últimos trece años de su vida. Yo, Claudio se ha adaptado al teatro, el radio, la ópera, la televisión —Televisa produjo la telenovela Imperio de cristal (1994), una adaptación libre del libro de Graves—.

 

 

2

 

Estoy por terminar Seven and a Half Lessons About the Brain (Picador, 2021), el libro más reciente de Lisa Feldman Barrett (Toronto, 1963). En la cuarta lección —Your Brain Predicts (Almost) Everything You Do— se relata el caso de un hombre enrolado en contra de su voluntad al ejército de Rodesia, en pleno apartheid, quien vivió una experiencia que lo hacía dudar de su salud mental: hallándose al frente de una partida de soldados en lo más profundo de la selva, en una zona con fuerte presencia guerrillera, de pronto, tras una enramada, detectó movimientos…

Con el corazón palpitante, vio una larga fila de guerrilleros vestidos de camuflaje y portando ametralladoras. Instintivamente, levantó su rifle, quitó el seguro, entrecerró los ojos y apuntó al líder, quien portaba un rifle de asalto AK-47. De repente, sintió una mano en su hombro: “No dispares”, susurró su compañero detrás de él. “Es sólo un niño”. Él bajó lentamente su arma, miró de nuevo la escena y quedó atónito por lo que ahora veía: un niño, quizás de diez años, conduciendo una larga fila de vacas. ¿Y el temido AK-47? Era un simple bastón de pastoreo.

¿Qué le ocurrió? Nada, no le había pasado nada malo a su cerebro, afirma la doctora Feldman, de hecho, funcionó exactamente como debería hacerlo.

 

 

3

 

Yo, Claudio me pareció apasionante. Durante los días que lo estuve leyendo, traje el libro de arriba para abajo, y muchas veces permaneció sobre mi escritorio, esperando que me desocupara del trabajo. Por entonces, incontables ocasiones me ocurrió algo que primero me asustó y luego, después de que me sucediera varias veces, me desconcertó profundamente y me hizo dudar de mi propia percepción: de pronto, de reojo, alcanzaba a ver cómo algo se movía sobre mi escritorio, rápidamente, como serpenteando… Más de una vez rebusqué entre papeles, libros y demás objetos… Nada.

 

— ¿Qué buscas? –me preguntó Inés un día que me descubrió escudriñando.

 

— Algo se movió…

 

— ¿Algo?

 

— Sí, algo…, no sé, un bicho —respondí, aunque yo mismo no podía hacerme tonto: lo que alcanzaba a ver de soslayo era algo mucho más grande que un insecto, es más, aquí entre nos, lo que yo veía desaparecía reptando sobre mi escritorio…

 

Por cierto, uno de los episodios de la novela que me pareció más emocionante fue la muerte de Germánico, hermano mayor de Claudio: resulta que el laureado general falleció en Antioquía, según Claudio víctima de un encantamiento. Agripina, esposa de Germánico, culparía al emperador Tiberio de haberlo envenenado, y él mismo, antes de fallecer, responsabilizó a Piso y Plancina de haber embrujado su casa: “Plumas de gallo empapadas en sangre fueron encontradas en los almohadones, y signos nefastos aparecían garrapateados en las paredes…” Horas antes de morir, a media noche se le apareció un gallo al pie de la cama, cantando…

 

 

4

 

Desde que nacemos hasta que morimos, nuestro cerebro permanece aislado dentro del cráneo. Feldman insiste en que toda la información que recibe el cerebro no llega como imágenes, olores, sonidos u otras sensaciones significativas: “Es sólo un aluvión de ondas de luz, productos químicos y cambios en la presión del aire sin un significado inherente”, de tal manera que, si dispusiera únicamente de los datos ambiguos que recibe, “estaría nadando en un mar de incertidumbre”. ¿Entonces? Infiere, adivina. Para hacerlo afortunadamente tiene otro recurso: la memoria. Confrontando ambas fuentes el cerebro continuamente se cuestiona cómo proceder. En el caso del soldado rodesiano, su cerebro preguntó: Basado en lo que sé sobre esta guerra, y dado que estoy en la selva con mis camaradas, empuñando un rifle, con el corazón latiendo con fuerza, y hay figuras que se mueven por delante, y tal vez algo puntiagudo, ¿qué es lo más probable que vaya a ver a continuación? El resultado: guerrilleros. Los datos de dentro y de fuera de su cabeza no coincidían, y prevaleció la versión que más probabilidades de sobrevivencia podía ofrecer.

 

 

5

 

Steven Pinker (1954) sostiene que hemos desarrollado una fobia innata a las serpientes porque ciertamente proliferan y muchas son venenosas. Afirma que la psicología evolutiva ayuda a explicar muchos comportamientos irracionales: por qué comemos comida chatarra, vemos ilusiones ópticas y “tememos pavor a las serpientes… más que a las secadoras de pelo cerca de las tinas de baño”. Efectivamente, en la memoria tenemos información ancestral que no siempre empata con nuestro medio ambiente actual.

 

La edición de Yo, Claudio que tengo (Alianza editorial) muestra en la portada, en fondo blanco, la fotografía de una serpiente. Sé muy poco de estos animales; antes de investigar hubiera dicho que era una temible coralillo. Pero ya averigüé y resulta que es una culebra, seguramente del género thamnophis. En la región del Izta-Popo hay unas muy parecidas, les dicen chirrioneras. Todas son inofensivas.

 

Cuando terminé Yo, Claudio, guardé la novela en el librero. La serpiente en mi escritorio no ha vuelto.

 



viernes, 7 de mayo de 2021

Palabra que designa...

 

Las cosas se apoyan en sus nombres y viceversa.

Octavio Paz, El arco y la lira.

 

 

 

1

 

Hace ya sus añitos, en cierta universidad, a algún directivo le pareció necesario que un grupo de docentes, entre los cuales desafortunadamente me encontraba yo, recibiera una terapia grupal. Nos citaron en una sala de juntas en la que dispusieron una mesa enorme y sillas. Entre profesoras y profesoras, éramos unos quince, todos en equilibrio psíquico, al menos por lo que dejábamos ver. Gadamer (1900-2002) nos recuerda que “el término 'terapia', que viene del griego, significa servicio” (El estado oculto de la salud). Estoy seguro de que el psicólogo encargado de la terapia que pretendían sorrajarnos no lo sabía o al menos no lo entendía así. El profesional entró, dio los buenos días, tomó asiento y sin más espetó:

 

— Bien, comencemos por conocernos –y enseguida, dirigiéndose a la maestra sentada a su izquierda:—. Compañera, por favor, dime quién eres tú.

 

— Hola, me llamo Manuelita Aceves Mejía. Imparto…

 

— No, compañera…, te pedí que nos dijeras quién eres, no cómo te llamas —la atajó, y se dirigió entonces al siguiente—. ¿Podrías decirnos quién eres?

 

— Sí, yo soy Margarito Zava… 

 

— ¡No, ese es tu nombre! Yo te pedí que nos dijeras quién eres, no cómo te llamas… A ver, tú, compañero —me dijo, porque el azar había hecho que me tocara el tercer sitio—: dinos quién eres…

 

— Eso tendrás que averiguarlo tú, para reportarme –le respondí antes de levantarme—.  Y para eso, te recomiendo que indagues mi nombre.

 

True story.

 

 

2

 

Luego de llamar a cuentas a Aristóteles de Estagira y a José Emilio Pacheco del DF, de traer a cuento salamandras y aves fénix, la semana pasada concluía yo que todo orden es artificial. El texto versaba sobre categorías. Hoy aludo al nombre de las cosas, de la gente, de todo. Ambas —categorías para clasificar y apelativos para nombrar— son herramientas del pensamiento —en el sentido que da Dennett (Intuition Pumps And Other Tools for Thinking)—, herramientas con las cuales modificamos la realidad concreta y creamos la realidad social. Lisa Feldman Barrett considera que tal es el súper poder de los sapiens (How your brain creates reality). “La realidad social tiene un nivel asombroso de influencia en nuestras vidas… Incluso tu propio nombre es parte de la realidad social. Tan pronto alguien acaba de inventarlo, tú y otras personas lo tratan como si fuera real.”

 

 

3

 

El inspector Kurt Wallander y su colega Ann-Britt Höglund caminan rumbo al sitio en el que interrogaran a una testigo —La falsa pista (1995), del sueco Henning Mankell (1948-2015)—:

 

Wallander se dio cuenta de que ni siquiera conocía el nombre…

 

— Erika –respondió Ann-Britt–. Un nombre que no le queda bien.

 

— ¿Por qué?

 

— Yo al menos pienso en una persona robusta cuando oigo el nombre de Erika —dijo—. La encargada de la cocina de un hotel, una camionera.

 

— ¿A mí me queda bien el nombre de Kurt?

 

Ella asintió alegremente con la cabeza:  — Ya sé que es una tontería emparejar la personalidad con el nombre —dijo—. Me divierte, como un juego intrascendente. Pero por otro lado no te puedes imaginar a un gato que se llame Bobby. O a un perro llamado Missy.

 

— Seguro que los hay –dijo Wallander.

 

De acuerdo. Es más, si vuelvo a tener un gato, le voy a poner Firulais.

 

 

4

 

En su celebérrimo Bemzulul, el tuxtleco Eraclio Zepeda (1937-2015) cuenta cómo el indígena Juan Rodríguez Benzulul, mientras camina hacia Tenejapa, reflexiona sobre lo que su nana Porfiria le ha explicado: “… uno es como los duraznos. Tenemos semilla en el centro. Es bueno cuidar la semilla. Por eso tenemos cotón y carne y huesos. Pa cuidar la semilla. Pero lo más mejor pa cuidarla es el nombre…”. Él colige: “El nombre da juerza. Si tenés un nombre galán, galana es la semilla. Si tenés nombre cualquier cosa, tás fregado. Y eso es lo que más me amuela. Benzulul no sirve pa guardar semilla”. Recuerda que ni su padre ni su madre tuvieron nombre tampoco. “Y cuando es así, la semilla se seca”. Los nombres clasifican, dividen: “El que tiene buen nombre de ladino, nombre de razón, ese tá seguro. Ese hace lo que quiere y siempre tá contento. Pero eso de llamarse Benzulul, o Tzotzoc, o Chejel tá jodido”. En cambio, “… si yo dijera: aquí tá Encarnación Salvatierra, todos me vendrían a saludar, y ya no se están fijando si vengo a pie, o vengo montado, o si tengo escopeta, o si mato. Nada.”

 

Más tarde, ya en su jacal, Benzulul se queja: “No me siento juerte con mi nombre, nana. Es como ser caballo sin dueño. No es nada. Me siento con miedo. Se me sale el miedo de entre la ropa. Por eso nunca hago nada. Nunca platico. Nunca cuento lo que veo. Sé que no tengo defensa”. La vieja no va a desmentirlo: “El nombre no sólo es el ruido… El nombre es como un cofrecito. Guarda mucho. Tá lleno. Son espíritus que te cuidan. Da juerzas. Da sangre. Según el nombre es el chulel que te cuida”.



 

 

5

 

En su imprescindible ensayo El arco y la lira (1955), Octavio Paz ilumina: “No hay pensamiento sin lenguaje, ni tampoco objeto de conocimiento: lo primero que hace el hombre frente a una realidad desconocida es nombrarla, bautizarla. Lo que ignoramos es lo innombrado.”

 

La palabra designa, identifica, incorpora a la realidad.