La forma que se ajusta al movimiento
no es prisión sino piel del pensamiento.
Octavio Paz, Retórica.
Lo que nos recubre, la piel, el órgano más grande y extenso de nuestro cuerpo, pesa entre el cinco y el siete por ciento del total de nuestro peso corporal, mientras que el esqueleto, nuestro armazón, entre el 12 y el 15 por ciento. Ninguno de ellos se acerca al peso de la musculatura, que por sí sola constituye entre un tercio y dos quintas partes de nuestro peso. Por su parte, el cerebro apenas representa el dos por ciento de nuestro peso: si tomamos como referencia un adulto promedio de setenta kilos, su cerebro en una báscula marcará alrededor de 1.35 kg. En términos de volumen, la modestia del cerebro humano no cambia: si una persona de setenta kilos pudiera “vaciarse” en un tanque de setenta litros —dado que la densidad media del cuerpo humano es cercana a la del agua—, el cerebro ocuparía más o menos 1.3 litros de ese volumen total. El cerebro representa sólo el dos por ciento del peso y del volumen totales del cuerpo del Homo sapiens. Sin embargo, sorprendentemente, el cerebro consume alrededor del veinte por ciento del oxígeno y, por lo tanto, de las calorías que consume nuestro cuerpo. Más sorprendente resulta que esta alta tasa metabólica es notablemente constante a pesar de la amplia variación de la actividad mental y motora. Es decir, no importa si usted está componiendo una compleja sinfonía o chiflando en la loma, papando moscas o está comprendiendo la clasificación de las casi de 160 mil especies distintas de moscas que se conocen, resolviendo una ecuación diferencial o viendo videos de gatos…, su cerebro está consumiendo la misma cantidad de energía. ¿Cómo se explica esto? Creo que la respuesta la puede intuir cualquiera: porque el cerebro siempre está trabajando, no sólo cuando estamos conscientes de que estamos pensando.
Solemos dar por hecho que el cerebro está ocupado principalmente en procesar lo que percibimos o pensamos en cada momento, pero en realidad la inmensa mayoría de su actividad ocurre independientemente de lo que estamos haciendo. El cerebro consume alrededor de una quinta parte de toda la energía del cuerpo; estar leyendo una página, conversando o mirando un atardecer apenas modifica ese consumo. Hoy la neurociencia sabe que la mayor parte de la energía que consume el cerebro se dedica a una actividad interna continua y espontánea: miles de millones de neuronas disparan señales incesantemente, incluso cuando descansamos.
El fenómeno de la fantasía, particularmente la fantasía relacionada con imágenes es, por anonomasia, muy ilustrativo. En un artículo publicado hace unas semanas, Thomas Pace y Roger Koenig-Robert (How does imagination really work in the brain? New theory upends what we knew) proponen una nueva teoría sobre la imaginación visual. Su tesis desafía una de las ideas más arraigadas de la neurociencia cognitiva: que imaginar es, básicamente, percibir al revés.
Según la explicación tradicional, la percepción visual funciona de manera “ascendente”. La luz llega a los ojos y desencadena señales neuronales que atraviesan una jerarquía de regiones cerebrales. Las primeras detectan rasgos simples —líneas, bordes, contrastes—; otras combinan esos elementos en formas; niveles superiores reconocen objetos; y finalmente se construyen escenas completas, rostros y entornos. Este proceso se denomina feedforward activity. La imaginación era entendida como el mismo proceso, pero invertido. Cuando uno evoca mentalmente un determinado rostro, por ejemplo, partiría de una representación abstracta almacenada en la memoria y la enviaría hacia abajo, por las mismas rutas, reconstruyendo progresivamente los detalles de la imagen.
Pace y Koenig-Robert señalan que numerosos estudios muestran que estas señales descendentes no actúan como se creía. Sostienen que las neuronas visuales no se comportan igual que cuando reciben información procedente del mundo exterior: en vez de generar directamente una imagen, se limitan a modificar la actividad que ya está ocurriendo en esas neuronas, aumentan o disminuyen su intensidad, reorganizan patrones existentes y alteran dinámicas que estaban presentes antes de que comenzara el acto imaginativo. Y este es el núcleo de la nueva propuesta: incluso cuando nuestros ojos están cerrados, las áreas visuales del cerebro siguen activas, generando constantemente patrones cambiantes de actividad que se parecen, en cierta medida, a los que intervienen durante la visión real. Desde esta perspectiva, el cerebro no es una pantalla que la imaginación debe llenar; ya está repleto de imágenes potenciales, fragmentos de recuerdos, rastros de experiencias previas y configuraciones neuronales fluctuantes.
Supongamos que queremos imaginar en el rostro de alguien conocido. Según la nueva teoría, dicho rostro no tendría que construirse pieza por pieza desde cero. Sus componentes ya estarían presentes, dispersos y mezclados dentro de la actividad espontánea de la corteza visual. Así que lo que hace la imaginación es seleccionar ciertos patrones, estabilizarlos y suprimir otros patrones competidores. Así se modula una configuración neuronal concreta que emerge gradualmente del fondo caótico. El rostro aparece entonces como una señal que se distingue del ruido. La imaginación no sería un pintor que crea una imagen sobre un lienzo vacío, sino más bien un operador de radio que logra sintonizar una señal específica en medio de una estática permanente. El contenido imaginado ya está presente, la tarea consiste en hacerlo sobresalir.
La hipótesis de remodelación de la actividad espontánea —spontaneous activity reshaping hypothesis— no es especulación pura: diversas observaciones la respaldan. Experimentos realizados por los mostraron que, cuando una persona imagina algo, la huella que deja ese proceso en su conducta se corresponde mejor con fenómenos de supresión neuronal que con aumentos de activación. Otros experimentos con ratones muestran que la activación artificial de apenas catorce neuronas en una región sensorial fue suficiente para alterar el comportamiento del animal. Así que modificaciones muy pequeñas pueden reorientar estados neuronales mucho más amplios. Otra línea de evidencia procede de las diferencias en la capacidad imaginativa. Aproximadamente una persona de cada cien presenta afantasia, es decir, una incapacidad para generar imágenes mentales visuales. En el extremo opuesto, alrededor de una persona de cada treinta posee hiperfantasía, una capacidad imaginativa tan intensa que las imágenes mentales adquieren una viveza cercana a la percepción real. Algunos estudios han encontrado que quienes poseen imágenes mentales más débiles suelen presentar una mayor excitabilidad espontánea en las áreas visuales tempranas; sus neuronas tienden a activarse con mayor facilidad. Esto parece contradictorio a primera vista, pero encaja con la nueva teoría: cuando el ruido de fondo es demasiado intenso, resulta más difícil moldearlo y estabilizarlo para formar una imagen coherente.
La hipótesis de Pace y Koenig-Robert permite entender mejor dos características fundamentales de la experiencia humana. En primer lugar, por qué las imágenes imaginadas suelen sentirse menos vívidas que las percibidas: la percepción visual se apoya en una entrada externa poderosa, regular y consistente; la imaginación trabaja únicamente con la dinámica interna del cerebro. En segundo lugar, explica por qué normalmente distinguimos sin dificultad entre lo que estamos viendo y lo que estamos imaginando.
En suma, la teoría de Pace y Koenig-Robert propone una inversión conceptual profunda. Durante décadas se pensó que imaginar era una forma de construcción interna. En cambio, ellos sugieren que imaginar es, sobre todo, una forma de selección: la mente no “construiría” imágenes, sino que trabajaría sobre un océano permanente de actividad neuronal espontánea, esculpiendo figuras transitorias. La imaginación sería menos un acto de creación que un acto de selección, clasificación y organización: una manera de encontrar formas estables en el incesante murmullo del cerebro.
La hipótesis de Pace y Koenig-Robert articula una conexión profunda entre la neurociencia contemporánea y los modelos topográfico y estructural de la metapsicología freudiana. Cuando Freud teorizó su mapa de la mente humana, distinguió dos instancias fundamentales que hoy encuentran sorprendentes correlatos en la neurobiología: el inconsciente, el ámbito de representaciones latentes, recuerdos reprimidos y huellas mnémicas que operan fuera del umbral de la percepción en la vigilia; y el ello, la provincia más antigua del aparato psíquico, un reservorio caótico y desorganizado de energía pulsional pura que no conoce la lógica ni el tiempo, y que pulsa constantemente por expresarse de manera autónoma.
Me parece que es del ello, concebido por el psicoanálisis como un motor autónomo y un caldero de excitaciones hirvientes, a lo que los autores se refieren cuando describen la masividad del gasto energético cerebral que ocurre al margen de nuestra voluntad consciente. Pace y Koenig-Robert escriben: “tu cerebro está gastando actualmente alrededor de una quinta parte de la energía de tu cuerpo, y casi nada de eso se está utilizando para lo que estás haciendo ahora mismo”. Este gasto no se interrumpe ni se reduce en el reposo; al contrario, el restante “99 por ciento se utiliza en la actividad que el cerebro genera por sí mismo: neuronas disparando y enviándose señales entre sí, independientemente de si estás pensando intensamente”. Esta “actividad que el cerebro genera por sí misma” es la constatación biológica de una fuerza pulsional, una corriente de energía pura que trabaja para sí misma, sorda a los mandatos del mundo exterior.
Por su parte, el estatuto de lo inconsciente cobra una nitidez asombrosa cuando la teoría examina el comportamiento de los recuerdos y las imágenes en la corteza visual temprana antes de que la imaginación los convoque. En el inconsciente freudiano, las representaciones no se encuentran articuladas, flotan en un estado móvil, desunidas y fragmentadas bajo las leyes del proceso primario. Los neurocientíficos describen este mismo escenario al hablar de los “los retumbos internos de tus áreas visuales. En ese murmullo perpetuo, los elementos de la memoria visual no se presentan como totalidades con sentido, sino que se desplazan “pasando en pedazos, dispersos y no reconocidos” dentro de un “flujo constante de actividad cerebral continua”, es decir, latencias puras que vagan por el aparato psíquico esperando una fuerza que las organice. Para que esos fragmentos dispersos cobren la fijeza de una imagen mental, es indispensable un mecanismo equivalente al que Freud denominó investidura (Besetzung) y ligazón (Bindung), mediante los cuales la energía libre y caótica es capturada, retenida y ligada a una representación específica para otorgarle estabilidad y transformarla en pensamiento estructurado frente al caos. Según la hipótesis de los neurocientíficos, este ordenamiento no ocurre por adición, sino por sustracción y contención. El cerebro trabaja sobre la “actividad cerebral de fondo” y el “ruido” o “estática” generalizado, de tal modo que la “la imaginación esculpe las imágenes que vemos con los ojos de nuestra mente tallando en esta actividad cerebral de fondo”. Al igual que el esfuerzo del yo por refrenar el empuje del proceso primario, los autores postulan que “la imaginación puede tener más que ver con la actividad cerebral que silencia que con la actividad que crea”. Se requiere, pues, “una pequeña y dirigida supresión de neuronas [...] y el rostro de tu amigo se asienta fuera del ruido, como una señal abriéndose paso a través de la estática”.
En última instancia, el planteamiento de Pace y Koenig-Robert resulta ser un material perfecto para argumentar que lo que la neurociencia hoy llama actividad espontánea de fondo es la traducción biológica de esa gran masa que Freud llamó el ello, y que el “derivar en pedazos, dispersos y no reconocidos” de los fragmentos visuales no es otra cosa que el estado de las representaciones en el inconsciente. La imaginación no brota de la nada: el yo no “crea”, sino que actúa como ese sintonizador indispensable que inhibe el ruido del ello para que la huella mnémica inconsciente logre, finalmente, tomar consistencia, salir de la estática y transformarse en pensamiento ligado. La piel del pensamiento de Octavio Paz se revela en toda su dimensión metapsicológica: una frontera protectora, un límite energético que contiene el magma interior para darle la forma a algunos pocos fragmentos de nuestra inconmensurable actividad psíquica.
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