Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

domingo, 21 de junio de 2026

Cuando tenga 84

  

A Paul McCartney

 

Andamos por acá desde el Pleistoceno medio. El consenso científico actual indica que nuestra especie, Homo sapiens, surgió de la cadena evolutiva hace unos 300 mil años. Este consenso se consolidó luego del descubrimiento de fósiles en Jebel Irhoud (Marruecos), publicados en 2017. Dichos restos fueron datados entre 300 mil y 315 mil años de antigüedad, lo que desplazó la fecha anterior que situaba nuestro origen hace 200 mil años. Si lo espejeamos respecto a nuestro propio devenir biológico, hablamos de entre 12 mil y 15 mil generaciones de seres humanos: más de 12 mil camadas de abuelos, bisabuelos y tatarabuelos que, uno tras otro, sobrevivieron a climas extremos, pestes, migraciones continentales, hambrunas…

 

Durante la inmensa mayoría de nuestra existencia fuimos exclusivamente africanos. Y es que el gran evento de expansión global, el éxodo de África, comenzó hace apenas unos 75 mil años. Es decir, si echamos mano de nuevo de la analogía de las generaciones de todos los hombres y mujeres que han vivido, el cálculo es revelador: De esas 15 mil generaciones, casi 12 mil generaciones vivieron, amaron, sufrieron y murieron exclusivamente en África.

 

Supongan ustedes que la Humanidad es hoy, a mediados de 2026, un señor de 84 años, justo la edad que cumplió la semana pasada sir Paul McCartney. Y cuando digo “la Humanidad” me refiero a nuestra especie, los Homo sapiens. Si revisamos la trayectoria de nuestra especie a esa escala, el resultado es revelador: nuestro 'éxodo' de África no ocurrió en la juventud, como uno podría imaginar. Este hombre vivió 63 de sus 84 años en su terruño, en África. Pasó más de tres cuartas partes de su vida completa en el mismo continente. Y todavía más sorprendente: cuando al fin alcanzó el último rincón del planeta, cuando el sujeto llegó a tierras americanas —hace apenas 15 mil años—, ya tenía encima 80 años encima. La Humanidad ha pasado casi toda su vida siendo sedentaria; nuestra aventura global se reduce sólo a los últimos años después de una larga vida reposada en casa.

 

Ahora, ¿hasta qué edad comenzó a escribir este venerable octogenario? Es decir, si el género al que usted y yo pertenecemos tuviera 84 años, ¿a qué edad comenzamos a vivir el tiempo histórico? La historia de este señor no comenzó ni en su infancia ni en su adolescencia, tampoco en su juventud, sino alrededor de los 82 años y medio. La historia escrita, que solemos identificar con la totalidad del pasado humano, ocupa apenas el último tramo, tramito, de nuestra existencia. Todo lo que sabemos de ese larguísimo período anterior, prehistórico, proviene de huesos, piedras, herramientas, fogones y otros vestigios materiales. ¿Y qué habrán contado los hombres y mujeres prehistóricos? Y no me refiero a qué relatos habrán contado, narrado, sino a qué cosas habrán tenido que enumerar, que calibrar en cuanto a su cantidad. Probablemente contaron hijos, compañeros de clan, presas cobradas en una cacería, frutos recolectados, lanzas disponibles, días transcurridos desde la última lluvia o huellas de animales observadas en el lodo. En otras palabras: cosas concretas, visibles y relativamente escasas. Durante decenas de miles de generaciones, casi ninguna situación vital exigió distinguir entre centenares de objetos, mucho menos entre miles o millones… Para sobrevivir bastaba saber si había más nosotros que ellos, más alimento que estómagos… Nuestro cerebro evolucionó para desenvolverse en un mundo de cantidades muy modestas, no para comparar el producto interno bruto de diferentes países ni para comprender poblaciones compuestas por miles de millones de individuos.

 

Volvamos a nuestro anciano de 84 años. Durante más de 80 de esos años imaginarios se las arregló para contar con lo que llevaba puesto de nacimiento: su cerebro y, cuando mucho, los diez dedos de sus manos. No necesitó computadoras, reglas de cálculo ni complejos sistemas de registro porque el mundo en que vivía rara vez le exigía manejar cantidades exorbitantes. Sólo en los últimos instantes de su larga existencia, cuando aparecieron las ciudades, la agricultura y el comercio a gran escala, los tributos y las burocracias, comenzó a recurrir a prótesis contables: nudos en cuerdas, fichas, ábacos y, mucho más tarde, artefactos mecánicos. Este señor de 84 años que pasó más de ocho décadas de su vida contando con los dedos inventó las primeras calculadoras mecánicas hace apenas cinco semanas y media.

 

Efectivamente, Blaise Pascal inventó en 1642 la primera calculadora mecánica operativa, la pascalina. Entonces era sorprendentemente joven: cuando presentó su invento al público tenía apeas 22 años…, y le quedaba poco tiempo: murió a los 39.

 

Que hoy podamos ver a un montón de personas llegar a los 84 años es un logro reciente de la cultura sobre la biología. Durante prácticamente toda nuestra existencia, llegar a esa edad dependía de una cadena infinita de azares nada favorables: sobrevivir el primer año de vida, no infectarse, no accidentarse, no padecer una hambruna en los años críticos… Alcanzar los 84 era sólo para supervivientes extremos, una rarísima excepción. Hoy, hemos transformado esa anomalía en una expectativa. Envejecer se ha vuelto la narrativa cotidiana de nuestra especie.

 

En 1967, cuando Paul McCartney escribió When I’m Sixty-Four, era un veinteañero que avizoraba la vejez a los 64 y como un remanso de nietos, jardinería y suéteres tejidos; un retiro apacible después de la vida ajetreada. Pero hoy, a sus 84 años, McCartney tiene una la trayectoria que resulta un espejo de la nuestra. La Humanidad se niega al sosiego. Somos una especie que, lejos de buscar la calma del jardín, se ha lanzado al frenesí: corremos como un adolescente con el cuerpo de un anciano. McCartney sigue desafiando al tiempo; la Humanidad sigue forzando su propia evolución, aunque, en el fondo, nuestra naturaleza más profunda todavía esté tratando de recordar cómo se contaban con los dedos de la mano.

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