Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

lunes, 27 de abril de 2026

La constancia y el placer

 

Una cosa singular, en efecto, se esfuerza por perseverar en su ser en cuanto de ella depende y no del tiempo, sino de la potencia misma de la cosa.

Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico.

 

 

Un cuarto de siglo después de haber escrito su Proyecto de psicología, Sigmund Freud (1856-1939) publicó Más allá del principio del placer (1920). Con este ensayo inaugura la última fase de sus concepciones metapsicológicas —eleva la compulsión de repetición al rango de pulsión, introduce la oposiciónpulsional vida-muerte, aparecen los indicios de su modelo estructural—. Freud inicia recordando que el psicoanálisis tiene el postulado de que los procesos psíquicos están guiados por el principio de placer, y que la vida psíquica funciona como un sistema de cargas y descargas: cuando aumenta la tensión o la saturación interna, hay displacer; cuando esa carga se reduce o se descarga, se produce placer. Así, los procesos anímicos tienden a disminuir la acumulación de tensión de energía psíquica y a restablecer la estabilidad al nivel más bajo posible de excitación. El planteo, apunta el propio doctor Freud, coincide con el principio de constancia dado a conocer en 1873 por el psicofísico Gustav Theodor Fechner (1801-1887): todo proceso psíquico tiende a mantener la excitación o tensión en un nivel constantemente bajo o, al menos, estable. Y, claro, el principio establecido por Fechner no surgió en el vacío; por el contrario, se inscribe en una tradición científica y filosófica que buscaba leyes de equilibrio en los sistemas.

 


Apunto una verdad de Perogrullo: los tres modelos —Herbart, Fechner y Freud— parten necesariamente de la conceptualización previa de algo, de un ámbito interior. Por supuesto, la noción de un espacio psíquico o mental diferenciado del mundo exterior existía mucho antes del siglo XIX. De hecho, es una de las nociones más antiguas de la filosofía occidental. Sin embargo, la conceptualización de ese ámbito como un sistema dinámico regido por leyes mecánicas y mesurables es, claro, producto del pensamiento científico.

 

 

Mecánica de las representaciones

 

Justo en el puente que comunica a la filosofía con la ciencia, el filósofo Johann Friedrich Herbart (1776-1841), discípulo de Fichte y heredero de la tradición crítica kantiana, dio a conocer su teoría de la mecánica de las representaciones en su obra Psicología como ciencia, fundada de nuevo sobre la experiencia, la metafísica y las matemáticas (1824-1825). Título significativo, ¿no? En él aparecen las palabras “ciencia” y “metafísica”, “psicología” y “matemáticas”. Herbart postula que las representaciones son fuerzas reales que luchan por acceder a la conciencia del sujeto, pero que, cuando son incompatibles o excesivas, se inhiben entre sí, y aquellas que no logran superar un determinado umbral caen al ámbito de lo inconsciente, donde continúan ejerciendo cierta presión. Herbart describe un sistema dinámico de atracción e inhibición de representaciones que tiende a un estado de equilibrio estático, un punto de reposo en el que las fuerzas se anulan o se combinan armónicamente. La diferencia respecto del principio de constancia de Fechner es que Herbart concibe un modelo cualitativo y binario, mientras que Fechner, como lo hará Freud, incorpora una cantidad de excitación que debe mantenerse en un nivel constante o bajo, independientemente de la cualidad del contenido representacional. Además, en tanto Herbart describe un sistema de fuerzas entre contenidos representacionales que compiten por la conciencia, Fechner introduce una lógica energética centrada en la regulación cuantitativa de la excitación y su reducción.

 

 

Medio ambiente / medio interior

 

Durante su primera etapa magisterial en el Collège de France, Claude Bernard (1813-1878) se esforzó por establecer la medicina experimental: “Buscar, mediante la experimentación, la explicación de los fenómenos de la salud y de la enfermedad, y deducir de ello los medios de acción” —palabras de Albert Dastre (1844-1917), discípulo de Bernard, y compilador y editor de la obra de su maestro—. En una segunda etapa, primero en la Sorbona y después en el Muséum d’histoire naturelle, se enfocó en las bases de la fisiología, y tras varios años logró fijar sus teorías en el curso de 1876. Bernard inicia la lección de apertura explicando la tesis de que todas las manifestaciones de la vida resultan de un conflicto entre la sustancia viva organizada y el medio en el que habita. La idea anterior hoy puede parecernos muy simple, incluso una obviedad. Sin embargo, es una obviedad aparente, entenderla así revela hasta qué punto nuestra concepción contemporánea de la vida —originada en el pensamiento racional cientificista— descansa sobre un paradigma que Bernard colaboró a cimentar.

Las manifestaciones de la vida requieren condiciones externas adecuadas y relativamente constantes… Estas condiciones del medio ambiente son tan necesarias como las condiciones internas de la sustancia viva… La vida resulta de la interacción —o conflicto— entre un factor interno y otro externo… Esta idea refuta las antiguas teorías vitalistas que atribuían la vida exclusivamente a un principio interno.

Enseguida detalla que mientras que los organismos más simples, los unicelulares, están en contacto directo con el medio exterior, “los organismos más complejos poseen un medio interior que actúa como intermediario”. Esta noción, el medio interior o milieu intérieur, resultará uno de los pilares conceptuales de la comprensión occidental moderna de una amplia gama de fenómenos.

 

 

Homeostasis

 

El fisiólogo norteamericano Walter Bradford Cannon (1871-1945) dedica el primer capítulo de su libro de 1932, The Wisdom of the Body, a Bernard y su idea de milieu intérieur. Para entonces, ya había acuñado el poderoso concepto de homeostasis: en 1926, en un artículo publicado en el libro À Charles Richet: ses amis, ses collègues, ses élèvesPhysiological Regulation of Normal States: Some Tentative Postulates Concerning Biological Homeostatics— propone el concepto como una ampliación y sistematización de la noción del medio interno de Claude Bernard:

La palabra misma, homeostática, se inventa para sugerir la tendencia de los sistemas orgánicos a mantener un estado constante. Los procesos fisiológicos coordinados que mantienen la mayoría de los estados estacionarios en el organismo son tan complejos y peculiares de los seres vivos, que he sugerido una designación especial para estos estados, homeostasis. La palabra no implica algo fijo e inmóvil, un estancamiento. Significa una condición —una condición que puede variar, pero que es relativamente constante.

La insistencia de Cannon en que no es “algo fijo e inmóvil” —something set and immobile—, sino una condición dinámica es clave para distinguir su concepto de las nociones previas. Homeostasis designa una tendencia, la dirección de uno o varios procesos, no un estado. Tres años después, en otro artículo —Organization for Physiological Homeostasis— insiste:

Las condiciones constantes que se mantienen en el cuerpo podrían denominarse equilibrios. Sin embargo, esa palabra ha adquirido un significado bastante preciso cuando se aplica a estados físico-químicos relativamente simples, en sistemas cerrados, donde fuerzas conocidas se balancean.

Homeostasis no significa, pues, equilibrio, sino propensión a la estabilidad.

 

 

… y sin embargo, se mueve

 

En el fondo, lo que une a Herbart, Fechner, Bernard, Cannon y Freud es la intuición de que la vida no puede entenderse sin una referencia a la constancia. Pero esa constancia no es inmovilidad, es propensión; no es equilibrio, sino esfuerzo de regulación. Freud, al tomar de Fechner el principio de constancia y hacerlo empuje del placer y del displacer, muestra que el aparato anímico, como todo el cuerpo, se define por su capacidad de mantener un rumbo en medio de la tormenta, la tormenta que comienza cuando nacemos y, quizá, termina con el último suspiro. La búsqueda de estabilidad, en suma, es la otra cara de la incesante aventura de estar vivos.

 

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