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Dicho en corto, para Platón, todos los poetas, comenzando por Homero, son una bola de mentirosos. David Hume, en su Tratado sobre la naturaleza humana (1739-1740), se refiere a los literatos como liars by profession, y peor, el filósofo escocés considera que, pese a que su profesión es mentir, los poetas “siempre se esfuerzan en dar un aire de verdad a sus ficciones”. Otro angloparlante, Óscar Wilde, descararía más la postura: “La mentira, es decir, el relato de las bellas cosas falsas, constituye el fin mismo del arte”. Claro que tampoco faltan los que abogan a favor de la posición extrema contraria: Kafka, por trepar al cuadrilátero a un peso completo, sostenía que “la literatura es siempre una expedición a la verdad”. Más tajante, el galeno Anton Chéjov escribió: “El arte tiene esta grandeza particular: no tolera la mentira. Se puede mentir en el amor, en la política, en la medicina, se puede engañar a la gente e incluso a Dios, pero en el arte no se puede mentir”. Y, claro, también están las respuestas ambiguas: Juan Carlos Onetti dijo que “la literatura es mentir bien la verdad”, y Pablo Picasso que “el arte es la mentira que nos hace comprender la verdad”. Carlos Fuentes defiende la misma idea: “la novela es la verdad, salvada por la mentira”. Hasta aquí, podríamos resumir la controversia en tres proposiciones excluyentes entre sí: 1) la literatura necesariamente miente, 2) la literatura necesariamente dice la verdad, y 3) la literatura expresa mentiras que se transmutan en verdad. ¿Queda alguna otra posición libre en el tablero? Ciertamente… Durante una de las presentaciones de La esquina en los ojos, el último libro que alcanzó a publicar, Rafael Ramírez Heredia le respondió a una periodista que quería saber si lo que se contaba en su novela era verdad: “La literatura nunca es verdad y nunca es mentira”. Quiero entender que tras la afirmación de Rafa no se encuentra una visión relativista del problema —como la del Nobel Harold Pinter: “No hay grandes diferencias entre realidad y ficción, ni entre lo verdadero y lo falso. Una cosa no es necesariamente cierta o falsa; puede ser al mismo tiempo verdadera o mentira”–, sino la expresión sencilla de un hecho: la categoría de verdad, tal como se entiende en la historiografía, no sirve para entender aquello que la literatura expresa. O dicho de otra forma: la verdad no se manifiesta de igual manera en la literatura que en la historiografía. Frank Ankersmit, profesor de historia de las ideas y de teoría de la historia en la Universidad de Groningen, lo explica en los siguientes términos: “cuando hablamos de discursos literarios e historiográficos nos referimos, de hecho, a diferentes tipos de verdades”. Por ello, “no hay que preguntarse cómo es que la historia y la literatura difieren entre sí desde la perspectiva de una cierta noción de verdad que se da a priori, sino más bien cómo es que la verdad se manifiesta en la historia y en la literatura”.
¿Es verdad que el expresidente Gustavo Díaz Ordaz y el Negro Durazo se pasaron una tarde de 1977 echando tragos y ufanándose a la limón de algunas de sus fechorías, como se cuenta en Disparos en la oscuridad? Desconozco si así ocurrió efectivamente en el mundo de lo concreto, pero si no sucedió realmente, ¿corresponde afirmar que la novela miente? Pienso que no, como tampoco tendría sentido preguntarse si realmente el fantasma de Rubén Jaramillo se le aparecía a Díaz Ordaz, o, peor incluso, tachar de mentiroso a Mejía Madrid si no cuenta con un prueba testimonial que fundamente que el exmandatario se sentía perseguido por el espíritu del líder morelense asesinado en 1962. ¿Entonces, cualquier ocurrencia puede pasar en una novela como verdad literaria? Por supuesto que no; Mario Vargas Llosa explica: “decir la verdad para una novela significa hacer vivir al lector una ilusión, y mentir, ser incapaz de lograr esa superchería”, de tal suerte, pues, que “toda buena novela dice la verdad y toda mala novela miente”.
Disparos en la oscuridad tiene la fuerza literaria para adentrar al lector en el México del priísmo monolítico. La vida de Díaz Ordaz, presidente de México de 1964 a 1970, cruza por los actuares de personajes como Alfonso Corona del Rosal, Adolfo López Mateos, Maximino Ávila Camacho, Fidel Velázquez, Fernando Gutiérrez Barrios, Luis Echeverría…, una galería de políticos sin los cuales resultaría imposible entender el siglo XX mexicano. Seguramente la novela de Mejía Madrid tendrá muchos lectores que encuentren en ella una denuncia, un juicio histórico, incluso una suerte de venganza…, ciertamente el libro permite lecturas así, pero también no faltará quien, conforme avance en su lectura, vaya atisbando en el en aquellos años presencias que siguen aquí hoy mismo: Disparos en la oscuridad evidencia que el pasado está presente. Junto con otros muchos, circula entre twitteros y facebookeros un anuncio de librerías Gandhi, seguramente apócrifo, que reza: “¿Vas a votar por el PRI en el 2012? Tenemos libros de historia”. Pues agreguen “y Disparos en la oscuridad de Fabrizio Mejía Madrid”.