Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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domingo, 27 de septiembre de 2026

Simpatía estoica

  

… el logos común que recorre todas las cosas.

Cleantes de Asos, Himno a Zeus. SVF I, fr. 537.

 

 

Una idea

 

Para los antiguos estoicos el universo no es un agregado de objetos desconectados entre sí, sino un organismo único, racional y animado por un principio común: el pneuma o aliento divino. Esta escuela filosófica postuló que existe una sympátheia tōn hólōn, una simpatía de todas las cosas: las partes del universo están tan íntimamente compenetradas que lo que pasa en cualquier parte repercute en el conjunto, como las cuerdas de una lira vibran por resonancia cuando se puntea una de ellas. La sympatheia se explica por el pneuma, cuya tensión interna —el tónos— mantiene cohesionadas las partes del cosmos y permite que los cambios en una de ellas repercutan en las demás.

 

 

Una mariposa

 

Quizá la idea anterior te haya traído una mariposa a la memoria: “El aleteo de una mariposa en Brasil puede desencadenar un tornado en Texas”. Tal es la expresión más popular del llamado efecto mariposa, asociada con el meteorólogo Edward N. Lorenz, quien mostró que pequeñas diferencias en las condiciones iniciales de los sistemas atmosféricos producen evoluciones muy divergentes. Aunque Lorenz enunció inicialmente la frase como una pregunta, la imagen se popularizó como el efecto mariposa, que bien puede entenderse como una analogía contemporánea de la simpatía estoica.

 

 

Un libro

 

Herramienta filológica fundamental para conocer de la filosofía estoica, Stoicorum Veterum Fragmenta (1905) fue compilado por Hans von Arnim. El primer volumen, Zeno et Zenonis discipuli, reúne los fragmentos y testimonios de Zenón de Citio y de sus discípulos directos —Aristón de Quíos, Herilo, Dionisio Metathemenos, Persaeo, Cleantes, Esfero, entre otros—, con textos en griego y latín, aparato crítico y fuentes. Arnim distingue los fragmentos literales, los testimonios doctrinales y los textos auxiliares, y evalúa las fuentes antiguas —Plutarco, Filón, Cicerón, Diógenes Laercio, Ario Dídimo, Aëtius, escritores cristianos y neoplatónicos—.

 

La revisión del primer volumen de Stoicorum Veterum Fragmenta no ofrece una formulación explícita del concepto de sympatheia cósmica atribuible a Zenón de Citio (c. 334 - c. 262 a. C.) o a sus discípulos directos. La alusión más antigua corresponde a Crisipo (c. 280 - c. 207 a. C.), aunque fue Posidonio (c. 135 - c. 51 a. C.) quien sistematizó la simpatía cósmica.

 

 

Los esbozos

 

Estobeo (siglo V d. C ) habla de la penetración del logos universal en la materia, base de la simpatía cósmica.

Sustancia es la materia primera de todas las cosas; esta es toda ella eterna y no se hace ni mayor ni menor; sus partes no permanecen siempre las mismas, sino que se dividen y se mezclan. Por ella penetra la razón del todo, que algunos llaman destino, y de la cual hay también semilla en la generación. SVF I, fr. 87.

Séneca (siglo I a. C.) ilustra la sympatheia estoica: los astros forman una unidad dinámica; sus luces se comunican y producen un nuevo efecto visible.

Nuestro Zenón sostiene esta opinión: juzga que los astros concuerdan y que comunican entre sí sus rayos; de esta asociación de luz resulta la imagen de una estrella más larga. SVF I fr. 122.

Aëtius (s. I d. C.) identifica destino, providencia y naturaleza; presupone así una unidad cósmica:

Zenón el estoico, en Sobre la naturaleza, [define el destino como] potencia motriz de la materia, según lo mismo y de la misma manera, la cual no difiere de la providencia y la naturaleza. SVF I fr. 176.

Cicerón (106 – 43 a. C.) expresa así el principio cósmico que produce, organiza y mantiene unidas todas las partes de la naturaleza:

Zenón define la naturaleza diciendo que es un fuego artístico que procede por camino hacia la generación. SVF I frs. 171–172.

Cleantes de Asos (c. 330 - 231 a. C.) afirma la unidad dinámica del cosmos y la tensión (τόνος) que lo recorre, antecedente de la simpatía universal:

… así como las partes de un ser vivo nacen de semillas en los tiempos adecuados, así también las partes del todo, que son animales y plantas, nacen en los tiempos adecuados. Y así como ciertas razones de las partes, al reunirse en la semilla, se mezclan y de nuevo se separan al producirse las partes, así también todas las cosas nacen de uno y de todas se reúnen en uno, según un camino y una concordia de la procesión del ciclo. Cleantes, fr. 497.

La armonía cósmica presupone una conexión entre todas las partes:

… el sol… en los orígenes, apoyando sus rayos, como golpeando el cosmos, lo lleva a un movimiento armonioso… Se le representa como músico y citarista porque pone en armonía cada parte del cosmos y hace que suene junto con todas las demás partes… SVF I, frs. 502–503.

Aquí se enuncia la noción de cooperación cósmica:

Cleantes, al intentar [explicar] la conflagración, dice que la Luna y los demás astros se asemejarán al Sol y se cambiarán en él. Pero [dice] que los astros, siendo dioses, cooperan con el Sol hacia su propia destrucción, contribuyendo a la conflagración. SVF I, fr. 510.

La relación entre destino y providencia esboza la idea de simpatía cósmica:

… las cosas que son según el destino también son por providencia, y del mismo modo las que son según providencia, por destino, como piensa Crisipo. Pero otros [dicen que] las que proceden de la autoridad de la providencia, también suceden fatalmente… SVF I, fr. 551.

 

 

El alma cósmica

 

Si bien Zenón sentó los cimientos del monismo estoico y Cleantes expresó la unidad del cosmos en su célebre Himno a Zeus, no ha sobrevivido ningún fragmento textual de los fundadores de la Stoá que articule el concepto de la simpatía cósmica. Se piensa que fue Crisipio de Solos (c. 280–207 a. C.) quien transformó esta intuición en una noción. Aunque los textos de Crisipo no se conserven, hay testimonios —Plutarco, Diógenes Laercio, Aëtius, Estobeo, Sexto Empírico y Galeno— que citan a Crisipo en lo relativo a su teoría del destino, el pneuma y la causalidad universal. Quizá Crisipo sentó las bases de la interconexión universal, pero la sympatheia como concepto cosmológico debe atribuirse a Posidonio de Apamea (c. 135 – 51 a. C.). Diógenes Laercio (siglo III d. C.) cita a Posidonio:

El mundo es gobernado por la providencia y la razón, como dice Crisipo… y Posidonio en el libro XIII de Sobre los dioses. Pues el mundo es un ser vivo, animado, racional e inteligente. En efecto, así como en el hombre el alma se extiende por todas las partes del cuerpo, así también el alma del mundo se extiende por todas sus partes. Y por esta sympatheia todas las cosas se mantienen unidas…

Y si el alma del mundo se extiende por todas partes, también se extiende por el alma del hombre… Lejos de la dispersión actual, quizá aparente, la sympatheia antigua sugiere que habitar el mundo es pertenecer a un entramado en el que ningún movimiento deja de tener efecto en todo.

domingo, 1 de marzo de 2026

Chisme

  

Voici assez d'éloges donnés aux morts,

médisons un peu des vivants.

Alexandre Dumas, Vingt ans après.

 

 

Gracias a otro sociólogo, mi buen amigo el conde Serredi, leí De demonios a dioses. Eso ocurrió hace ya más de diez años, en 2015. Ese chisme ya lo he contado: durante unos meses, cada que nos veíamos, él insistía en que me dejara de tonterías y corriera a comprar el libro. ¿Ya lo tienes? ¿Ya lo leíste? Una llamada, un mail, un tweet, cualquier medio era bueno. Pasaban las semanas y yo seguía entretenidísimo consumiendo novela tras novela, y no le hacía caso. El hostigamiento llegó a su fin cuando el conde terminó por hartarse de mi testarudez, y una feliz tarde se apersonó con un ejemplar nuevecito bajo el brazo: Toma, léelo. 

 

Uno de los muchos hallazgos con los que me topé en aquel libro de Yuval Noah Harari (1976) fue la teoría de que el chismorreo se encuentra en el origen mismo del lenguaje humano:

Nuestro lenguaje evolucionó como una variante de chismorreo. Según esta teoría…, la cooperación social es nuestra clave para la supervivencia y la reproducción. No basta con que algunos hombres y mujeres sepan el paradero de los leones y los bisontes. Para ellos es mucho más importante saber quién de su tropilla odia a quién, quién duerme con quién, quién es honesto y quién es un tramposo… [ ] Las nuevas capacidades lingüísticas que los sapiens modernos adquirieron hace unos 70,000 años les permitieron chismorrear durante horas. La información fiable acerca de en quién se podía confiar significaba que las cuadrillas pequeñas podían expandirse en cuadrillas mayores, y los sapiens pudieron desarrollar tipos de cooperación más estrecha y refinada.

Como hace siempre, Harari no da crédito en el cuerpo del texto, pero en nota al final del libro cita a quien se considera el autor de esta teoría: el antropólogo, biológico, psicólogo evolutivo y especialista en comportamiento de primates Robin Dunbar (Robin Ian MacDonald Dunbar; Liverpool, Inglaterra, 1947). En Grooming, Gossip and the Evolution of Language, propuso que el lenguaje humano evolucionó como una forma eficiente de “acicalamiento vocal” (vocal grooming) para mantener la cohesión social en grupos grandes, reemplazando el acicalamiento físico de los primates no humanos (espulgarse unos a otros, limpiarse, quitarse espinas…). Según Dunbar, el chisme (gossip) habría jugado un rol clave en este proceso, permitiendo fortalecer alianzas de manera más económica y simultánea. El libro de Dunbar se publicó en 1996, quince años antes que el best-seller de Yuval Noah Harari —la primera edición en hebreo de De animales a dioses, que en ediciones posteriores se vendió como Sapiens, se titula קיצור תולדות האנושות, Una breve historia de la humanidad, apareció en 2011 bajo el sello editorial Dvir Publishing—.

 

Dunbar revolucionó la comprensión del origen del lenguaje al desplazar el foco de la supervivencia a la reproducción social —cohesión de grupo—. Resulta que el chisme es la herramienta que nos ha permitido gestionar nuestro complejo mundo social y mantener unidas comunidades mucho más grandes de lo que sería posible sólo con el contacto físico. El chisme es, esencialmente, acicalamiento con palabras.

 

Poco después, en 2019, Francesca Giardini y Rafael Wittek publicaron The Oxford Handbook of Gossip and Reputation, la primera obra que analiza integral e interdisciplinariamente los fenómenos del chisme y la reputación, demostrando que están fusionados inextricablemente como mecanismos sociales base. El libro ofrece una comprensión del chisme desde sus antecedentes y procesos hasta sus consecuencias en la creación de cooperación, control social y mantenimiento del orden en grupos humanos, desde pequeñas sociedades hasta sistemas online globales. Además de ubicarlo en los orígenes del lenguaje humano, los autores conceptualizan el chisme como una habilidad social sofisticada, no como un defecto moral, que requiere inteligencia social para ser efectivo y evitar represalias.

 

Casi medio siglo antes de que Yuval Noah Harari publicara Sapiens y treinta años antes de la primera edición del libro de Robin Dunbar, el escritor también israelí Amos Oz dio a conocer su primera novela, Makom Acher (1966) —editorial Sifriyat Poalim de Tel Aviv—, traducido al español como Quizás en otro lugar. La novela debut de Amos Oz, ambientada en el kibutz ficticio de Metsudat Ram cerca de una frontera hostil, profundiza en temas de aislamiento, ideología y dinámicas sociales. De esta novela tomo el siguiente extracto:

Quien no simpatiza con el chismorreo no hace más que demostrar lo poco que comprende la esencia de nuestra vida comunitaria. Aquí el chismorreo… cumple un importante papel, y muy respetable, y a su manera ayuda a arreglar el mundo… El secreto está en que juzgamos a nuestro prójimo día y noche, juzgamos sin piedad…, aquí todo el mundo juzga, todo el mundo es juzgado, no hay debilidad que pueda escaparse aquí por mucho tiempo a los juicios de valor… Todos los días eres juzgado, a cada instante. Por tanto, todos estamos obligados a declararle la guerra a nuestra propia naturaleza. A purificarnos. Nos pulimos unos a otros igual que el río pule los guijarros.

Hace casi veinte años escribí un texto a propósito de Palmeras de la brisa rápida (2009), un libro del también sociólogo Juan Villoro. Lo titulé Literatura mata Sociología, y en él argumentaba que, puestos a tratar de entender las cosas, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, Conversación en La Catedral de Vargas Llosa, El otoño del patriarca de García Márquez o Tres tristes tigres de Cabrera Infante resultan aliados bastante más efectivos que toneladas de investigaciones y tesis doctorales en historia de Hispanoamérica, ciencias políticas y sociología. Sigo pensando lo mismo. La precisión con que Amos Oz describe en su novela la función milenaria del chisme nos lo recuerda. Por cierto, en Palmeras de la brisa rápida, Villoro recuerda a una abuela suya: “Todos los días renovaba su decencia describiendo con lujo de detalle la indecencia de los demás”.

 

Visto así, quizá mi amigo el conde Serredi, al regalarme el libro, no estaba sino practicando lo que Dunbar teoriza: un acicalamiento con palabras —sobre un autor que merecía la pena— para fortalecer nuestra alianza. Me estaba puliendo, como el río pule los guijarros. Y funcionó. Aquí estoy, años después, contándoselo a ustedes.

domingo, 24 de agosto de 2025

La rama del colibrí

  

Quieto

no en la rama

en el aire

no en el aire

en el instante

el colibrí

Octavio Paz, La excalamación.

 

 

 

Cosmos

 

Las palabras crean mundo y lo organizan. En Verdad y método (1960), Hans-Georg Gadamer sostiene que “el lenguaje es un centro en el que se reúnen el yo y el mundo, o mejor, en el que ambos aparecen en su unidad originaria”, y al final de su ensayo concluye: “el ser que puede ser comprendido es lenguaje”. Las palabras no son meros instrumentos que describen una realidad pre-existente, sino que constituyen y ordenan el mundo a través del proceso hermenéutico de comprensión e interpretación. El lenguaje es el medio en el cual los humanos habitamos y mediante el cual el mundo se hace y se mantiene más o menos accesible a la comprensión. Quizá todo esto parezca demasiado abstracto, quizá resulte un poco más accesible explicado con dinosaurios.

 

 

Ignaros 

 

Nosotros, los autodenominados sapiens, nos venimos a enterar de la existencia de los dinosaurios hasta hace muy poco tiempo, cosa de nada. Y eso no es extraño, lo extraño es que ahora sepamos tanto sobre ellos. Porque en este y en cualquier ámbito del conocimiento, nuestra ignorancia es cielo abierto, y el saber, ventana con rejas. Vayan ustedes a saber de cuántos otros bichos extintos no tenemos ni tendremos nunca ninguna noticia. Bueno, ni siquiera conocemos a toda la fauna que sigue viva en el planeta. Hay un océano de bestias a las que no le hemos puesto ni nombre. Obviamente, es imposible saber exactamente cuántas especies no conocemos, pero el siguiente dato sirve para darnos una idea de las dimensiones dinosáuricas de nuestra ignorancia: durante los últimos cinco años, se han descubierto miles de nuevas especies de fauna en todo el mundo, con un promedio estimado de 18 mil especies “nuevas” descubiertas anualmente. Por supuesto, abundan los peces por conocer y la mayor parte de la biodiversidad terrestre por descubrir y catalogar se compone de insectos, arácnidos, moluscos y otros invertebrados, pero nuestro desconocimiento no se limita a este tipo de fauna —por ejemplo, el popa langur (Trachypithecus popa), un mono del grupo de los langures, fue descubierto en Myanmar apenas en 2020—. Se estima que sólo entre el 10 y el 20% de todas las especies han sido documentadas por la ciencia occidental: la mayoría de los seres vivos están fuera de nuestro mundo. Lamentablemente, la tasa de extinción es ahora más rápida que la tasa de descubrimiento; luego entonces, estamos condenados a no saber jamás de la existencia de un montonal de animales que hoy están pasando sus últimas temporadas en la Tierra. En cambio, hoy la gran mayoría de la gente podría contestar que ve a un dinosaurio si, por caso, se le mostrara la imagen de un saurópodo.

 

 

Dinosaurios

 

Los dinosaurios surgieron en el Triásico tardío, hace unos 230 millones de años (mda),  y se extinguieron hace 66 mda, así que poblaron la Tierra durante alrededor de 164 mda… El homo sapiens surgió de la cadena evolutiva hace no más de 300 mil años, es decir, 0.3 mda, y logramos entender y clasificar a los dinosaurios como un grupo zoológico hace menos de doscientos años, o sea hace sólo 0.0002 mda.

 

Aunque es muy probable que desde hace cientos de miles de años algunos humanos se hayan topado con huesos y fósiles de aquellas colosales alimañas mesozoicas, nadie podía saber a qué tipo de fauna correspondían esos restos ni mucho menos qué apariencia podían tener ni qué tan vetustos eran. Los griegos, ya en tiempos históricos, encontraron huesos fósiles de grandes mamíferos, como mamuts y rinocerontes lanudos, e incluso de dinosaurios, y los tomaron como pruebas de la existencia de una raza de gigantes, los Titanes, que, según su mitología, habían sido enterrados por los dioses tras la Gigantomaquia. Heródoto escribió sobre unos misteriosos “huesos de serpiente” hallados en Egipto, cuyas vértebras eran tan grandes que tenían que ser transportadas en caravanas. Ni ellos ni los chinos, quienes en tiempos remotos supusieron que sus hallazgos de restos de fauna prehistórica correspondían a huesos de dragones, supieron de qué animales se trataba en realidad. Paradójicamente, para los humanos los dinosaurios son una novedad.

 

No sin cierto orgullo solemos imaginar que, para un viajero en el tiempo, digamos un sabio de la Antigüedad —pensemos en un Tales de Mileto, en un Sócrates de Atenas—, resultaría imposible entender nuestro mundo tecnificado… Luz eléctrica, aviones, celulares, computadoras… Cierto, pero tampoco entendería la profusión de iconografía de dinosaurios en la que vivimos y la familiaridad con la que en la actualidad vemos a esos animales, para ellos totalmente desconocidos. Y eso que ese par de sabios griegos vivieron no hace mucho tiempo, menos de tres mil años. En cambio, hoy día pululan los escuincles que, cuando ven una película como Jurassic World, pueden identificar perfectamente a un braquiosaurio o a un edmontosaurio, ya no digamos a un tiranosaurio rex o a un feroz velociraptor, quizá las más populares de esas bestias.

 

 

Palabras

 

En 1842 Richard Owen acuñó el término Dinosauria. La palabra es moderna, pero fue acuñada para designar a seres mucho más antiguos que el hombre. Owen no sólo creó el vocablo, también, basado en las características anatómicas que compartían ciertos fósiles y los restos óseos de algunos enormes reptiles, definió un grupo zoológico, es decir, creó una categoría que no existía antes. Owen amplió el mundo. Lo mismo ocurrió cuando el biólogo sueco Carlos Linneo, en la décima edición de su obra Systema Naturae (1758), acuñó la palabra Mammalia: antes no existía una categoría taxonómica que agrupara a los animales que hoy llamamos mamíferos, así que un gato era un gato y no existía ninguna palabra que lo metiera en una misma bolsa conceptual con un murciélago, un elefante, un delfín… Una categoría taxonómica, como Dinosauria o Mammalia, es una construcción conceptual que los humanos usamos para organizar la diversidad de los seres vivos y extintos. La realidad es un continuo de formas y transformaciones; con palabras la recortamos y organizamos en cajones conceptuales para poder pensarla e incorporar más y más elementos a nuestro mundo.

 

La comprensión científica de los Dinosauria ha evolucionado significativamente desde la propuesta original de Owen. Expresado en corto, hoy los Dinosauria constituyen un clado de saurópsidos diápsidos arcosaurios. Un clado es un grupo de organismos que incluye a todos los descendientes de un ancestro común —la palabra clado (del griego klados, “rama”) fue acuñada por el biólogo evolutivo británico Julian Huxley en 1957—, y en este caso estamos hablando de todos los descendientes del ancestro común más reciente de Triceratops horridus y Passer domesticus. Lo anterior quiere decir que son especies insertas en el clado dinosauria tanto un Tyrannosaurus rex como un Struthio camelus, esto es, un avestruz. En efecto, para la ciencia, el clado dinosauria incluye no sólo a los dinosaurios extintos, sino también a todas las aves, las cuales evolucionaron a partir de un grupo de dinosaurios terópodos durante el Jurásico. Las aves no son parecidas a los dinosaurios ni descendientes de ellos en un sentido excluyente; son un linaje de dinosaurios que sobrevivió a la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno. Así que un patagotitan mayorum —una bestia que llegó a pesar unas 70 toneladas y alcanzó los 40 m de longitud—, el dinosaurio más grande documentado hasta ahora, es tan dinosaurio como un colibrí.

 


Si tú no sabías que un colibrí es un dinosaurio, conocer el dato pudo provocar una pequeña operación conceptual en tu cerebro: la certeza de que los dinosaurios pertenecen al pasado pierde su contundencia absoluta mientras que los plumíferos del presente adquieren otra condición. Sales del texto con la curiosa sensación de haber efectuado a una mudanza semántica: las palabras permiten reacomodar tiranosaurios y gallinas con la misma facilidad.

 

jueves, 24 de julio de 2025

Homo sui interficens

 

 

¿Cuál es nuestra naturaleza? ¿Cuál es nuestra esencia? Antañón cuestionamiento, tan viejo quizá como la misma especie… A ver, ¿existe alguna característica que nos haga sustancialmente distintos del resto de los animales? Podríamos intentar categorizar todas las respuestas con las que, a lo largo de la historia, hemos pretendido contestar dicha pregunta…

 

Primero están las respuestas teológicas o creacionistas. Según ellas, lo que nos distingue es un origen divino especial. En algunos casos, ni siquiera fuimos el primer intento. Por ejemplo, según el Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas quichés, los dioses realizaron dos modelitos fallidos de humanos antes de conseguir crearnos: primero hicieron a los hombres de barro, pero eran débiles e incapaces de hablar; luego lo intentaron con madera, pero, aunque resultaron más sólidos, carecían de entendimiento y gratitud hacia los dioses, y finalmente con una masa de maíz blanco nos hicieron a nosotros, los humanos verdaderos, sabios y agradecidos. Para la mitología mesopotámica, según el poema babilónico Enuma Elish, los dioses crearon a los humanos no por amor, sino para aliviarse del trabajo. Tras una guerra divina, Marduk, el dios vencedor, decidió formar al hombre con arcilla mojada con la sangre del dios Kingu, quien había comandado las fuerzas del caos. La noción del hombre modelado por una divinidad aparece en muchos otros corpus mitológicos; en la griega, por ejemplo, Prometeo modela al hombre con barro y luego Atenea le insufla alma. En otras tradiciones, como la hinduista o la nórdica, el ser humano procede de una parte o de la esencia de los dioses, ya sea como emanación, descendencia o fragmento. Para algunas religiones, no sólo fuimos creados por decisión de Dios, sino que también a su semejanza. La noción de que la humanidad fue creada “a imagen de Dios” con un estatus único en la creación es distintiva del judeocristianismo. Según estas religiones, somos una especie de réplicas terrenales de Dios y también los señores de la creación:

Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. (Génesis, 1:26-27)

Según esto, tenemos una semejanza ontológica y funcional con Dios: nuestra racionalidad, moralidad, creatividad, en fin, serían un reflejo de atributos divinos y, además, los humanos tenemos que asumirnos como representantes de Dios en la Tierra.


 

En segundo lugar, mencionemos las respuestas racionalistas. Se trata de una noción genérica que proviene del pensamiento griego clásico, y luego fue reforzada por el humanismo renacentista: la razón, el logos, se pondera como la cualidad distintiva del ser humano. Esta respuesta constituye uno de los pilares de la cosmovisión occidental y parte desde Sócrates, esto es, data al menos del siglo V antes de nuestra era. En el Fedón (80a), Platón hace argumentar a su maestro que el ser humano es su alma (psyché), y que esta es inmortal por su afinidad con lo divino a través de la razón. El enfoque socrático-platónico sentó las bases del racionalismo occidental, reforzado luego por Aristóteles —quien definió al humano como el animal racional—, recuperado dos milenios después por el humanismo renacentista —por ejemplo, Pico della Mirandola, Erasmo de Róterdam, Montaigne, Francisco de Vitoria—. La idea de que el hombre se distingue por su capacidad de raciocinio sigue siendo un pilar de la filosofía hasta hoy. En el siglo XVIII, Linneo sistematizó el término consolidando la visión del humano como especie única por su intelecto: homo sapiens.

 

Lo cual nos lleva al tercer grupo: las respuestas biológicas o evolucionistas. El término homo sapiens —“hombre sabio”, “hombre que piensa”—, fue acuñado por el naturalista y taxónomo sueco Carl Linnaeus en su obra fundamental Systema Naturae. Homo sapiens condensa la noción de que el ser humano es un organismo específico producto de un largo y complejo proceso evolutivo. Para estas teorías, la razón sería una diferencia de grado, no de clase. Charles Darwin mostró que el ser humano no es una criatura caída desde el cielo ni una excepción en la Naturaleza, sino el resultado de millones de años de evolución biológica, con facultades que emergen de procesos compartidos con otros animales. En su libro El origen del hombre, Darwin escribe:

El hombre, con todas sus nobles cualidades —con la simpatía que siente por los más débiles, con la benevolencia que extiende no sólo a los otros hombres, sino a las criaturas más humildes, con su intelecto divino que ha penetrado los movimientos y la constitución del sistema solar— con todo eso, el hombre aún lleva en su cuerpo el sello indeleble de su humilde origen.

 

Y hablando de humildad… En una cuarta categoría coloquemos la respuesta psicoanalítica. El hombre como resultado de fuerzas intra-psíquicas, de procesos psicodinámicos. Sigmund Freud (1856-1939) sostiene que el hombre es un animal pulsional (Triebwesen), estructurado por el inconsciente, con la sexualidad posicionada como el núcleo del deseo y la motivación principal de la conducta, y atravesado por un conflicto constante entre sus deseos (inconscientes), las exigencias de la realidad y las exigencias de la cultura. El humano no es dueño de sí mismo ni transparente a su conciencia. Y cada uno de nosotros tiene una vida anímica que, en esencia, es un combate entre Eros y la pulsión de muerte. 


En una quinta categoría coloquemos las respuestas existencialistas o fenomenológicas. El humano no tiene una esencia dada de antemano, sino que se construye en vida, a través de sus elecciones, acciones y experiencias. Pensadores como Martin Heidegger (1889-1976) y Jean-Paul Sartre (1905-1980) defendieron esta tesis. Sartre afirma en El existencialismo es un humanismo: El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace”.


Agregaría, por supuesto, un sexto grupo: las respuestas sociológico-culturales, según las cuales lo que define al ser humano no es la biología ni su psique individual, sino su capacidad genérica para crear cultura, símbolos, lenguaje, instituciones, ritos, e inscribir su vida en ese marco. En lugar de ver al humano como un individuo aislado o una esencia fija, lo entiende como un ser simbólico y social, moldeado por sus contextos históricos y culturales. Ernst Cassirer considera al ser humano como animal simbólico y afirma que “el hombre no vive en un universo meramente físico, sino en un universo simbólico.” El galo Pierre Bourdieu introdujo las nociones de habitus y campo para explicar cómo las estructuras sociales modelan al individuo desde dentro, y Hans-Georg Gadamer y Paul Ricoeur, en la línea hermenéutica, ven al ser humano como un ser interpretativo, constituido en el lenguaje y en la historia. Desde un ángulo afín, aunque con otra terminología, los pragmatistas como Richard Rorty o John Dewey y los constructivistas como Nelson Goodman entienden lo humano no como una esencia, sino como una invención sostenida por prácticas narrativas, descripciones revisables y metáforas vivas. La especie humana sería, entonces, una construcción contingente y relacional. Y desde una variante más lógico-formal, autores como Noam Chomsky o Douglas Hofstadter han propuesto que lo distintivo del ser humano radica en su capacidad de generar estructuras simbólicas complejas, como los lenguajes naturales, la gramática universal o los sistemas recursivos de tipo lógico o matemático. En fin, Daniel Dennett teoriza que la evolución cultural ya supera a la biológica.

 

Hasta aquí, ¿cuál es el rasgo que caracteriza al ser humano? ¿Qué es el homo sapiens? Según las teologías, un reflejo de Dios; según los racionalistas, un alma pensante; para los evolucionistas, un mamífero que aprendió a calcular; según Freud, una criatura del deseo y el conflicto; para los existencialistas, una nada que elige su ser; y según la sociología, un animal que teje símbolos, instituciones y lenguaje para no perderse en el caos. Cada época ha tallado su propia efigie del humano: dios menor, razón encarnada, bestia refinada, sujeto escindido, proyecto abierto o ser culturalmente producido.

 

Conozco también al menos otras dos respuestas que se cuecen en otra olla: la de Hegel y la del novelista ruso Vasili Grossman.

 

Para el filósofo alemán, la gran diferencia entre el hombre y el resto de los seres vivos estriba en que el ser humano puede tener valores superiores a la vida misma: ningún conejo se mata por amor, no se sabe de cacomixtle alguno que haya entregado su vida por un ideal, en cambio, abundan héroes que mueren por su patria, sabemos del despechado que se suicida por amor, del guarura que interpone su propio pecho entre la bala asesina y su custodiado…, en fin. Bien podríamos etiquetar la respuesta de Hegel como idealistas o ético-axiológica.

 

Por su parte, para Grossman, el hombre es el eslabón más desarrollado de la evolución de la vida hacia la libertad. Por supuesto, ambos planteamientos son cercanos a la postura de Carlos Marx, para quien el ser genérico del hombre está precisamente en el trabajo transformador, siempre y cuando se realice de manera consciente y libre.

 

Y quedan todavía otras respuestas a la pregunta por la esencia del ser humano:

 

Un noveno paquete podría incluir las posturas tecnológicas o posthumanistas que plantean que lo humano no es un destino cerrado, sino una plataforma biotécnica susceptible de expansión, fusión o superación. Autores como Donna Haraway (con su Manifiesto Cyborg) o Yuval Noah Harari sostienen que la especie humana está en proceso de convertirse en otra cosa, mediante inteligencia artificial, neurotecnología o ingeniería genética. El rasgo humano distintivo, en esta línea, no es una esencia fija, sino la capacidad de autoproyectarse, rediseñarse y exceder sus propios límites. El ser humano es un animal en transición. Los títulos de los dos primeros libros de Yuval condensan esta tesis: el primero fue Sapiens, de animales a dioses, y el segundo Homo deus.

 

Una décima categoría corresponde a las respuestas ecológico-relacionales o ecofilosóficas. Aquí lo distintivo no es lo que nos separa de la naturaleza, sino cómo nos relacionamos con ella. Pensadores como Gregory Bateson o Timothy Morton proponen que el ser humano debe entenderse como un nodo en una red de interdependencia ecológica, no como un sujeto autónomo. En vez de buscar la esencia en la excepcionalidad, estas posturas enfatizan la relacionalidad, la simbiosis y la coevolución. El ser humano, entonces, no es el “rey de la creación”, sino un ser entrelazado con todos los demás. Claro, esta postura se aproxima al pensamiento holístico oriental.

 

Y, para terminar, propongo una última respuesta —quizá no muy agradable, pero cada vez más difícil de ignorar—: lo que distingue al ser humano es que es la única especie con capacidad para extinguirse a sí misma de forma deliberada. Ningún otro ser viviente ha desarrollado un poder de destrucción tan vasto ni ha demostrado tal combinación de inteligencia técnica y ceguera moral. A diferencia de los desastres naturales o las extinciones masivas del pasado, la amenaza actual no proviene del cosmos ni del azar, sino de nuestra propia mano. Somos la única especie que ha construido los medios para su autoaniquilación: armas nucleares, colapsos ecológicos, sabotajes tecnológicos, desinformación global. Desde que la humanidad desarrolló armas termonucleares y las capacidades logísticas para desplegarlas a escala global, es decir, desde los años 50 del siglo XX, los bípedos parlantes tenemos la capacidad práctica de autodestruirnos. No se trata ya de un mito, castigo divino o ficción apocalíptica, sino de un hecho técnico e histórico. Se estima que con unas 200 bombas nucleares bien repartidas bastarían para desencadenar un invierno nuclear con consecuencias catastróficas para toda la humanidad. 200. Bien, a nivel global, la estimación más reciente (enero de 2025) cifra la cantidad total de ojivas nucleares en 12,241. El homo sapiens dispone hoy de un arsenal con el cual es capaz de autodestruirse más de 60 veces. Pertenecemos a la única especie hostil y suicida con superávit letal.


Tal vez haya que añadir un nuevo epíteto a nuestro nombre científico: homo sapiens demens, el sabio insensato. O quizá, para ser más claros, homo sui interficens, “el hombre que se mata a sí mismo”.

domingo, 20 de julio de 2025

Homo se quaerens

  

El hombre es, en efecto, el más cruel de todos los animales.

F. Nietzsche, Así hablaba Zaratustra.

 

 

Homo deus

 

Hace unos dos mil quinientos años, en los albores del racionalismo occidental, un señor llamado Protágoras, natural de Abdera, se animó a decir que “el hombre es la medida de todas las cosas”. Inmediatamente hubo quien estuvo dispuesto a refutar este juicio, comenzando por el mismísimo Sócrates… Con todo, el hombre más sabio de Grecia —oráculo de Delfos dixit— no rebatió el planteamiento porque le pareciera una estupidez palmaria; por el contrario, se dio tiempo para discutirla razonablemente porque la consideró una afirmación perfectamente debatible.


Somos una especie tan arrogante que, durante mucho tiempo, tuvimos la certeza de habitar en el meritito centro del universo. Podrán decir ustedes que esas creencias son cosa del pasado, de gente ignorante, supersticiosa. Bueno, según una encuesta de Ipsos Global Advisor (2020), en la actualidad más menos una de cada cinco personas en el mundo cree que los humanos somos los únicos seres vivos del universo. Hoy por hoy, en pleno siglo XXI, varios siglos después de la revolución científica, no sólo nos asumimos dueños de todas las tierras emergidas del planeta, también del mar. Los países con costas ejercen soberanía marítima hasta doce millas náuticas, y más allá, las aguas internacionales son consideradas como “patrimonio común en beneficio de toda la humanidad”, o sea, dote no de todas las especies, no de los peces, no de las ballenas, no del plancton, nada más de nosotros… Lo mismo ocurre con el subsuelo, el espacio aéreo, el espectro radial… Los sapiens nos creemos dueños del mundo…, y también de la Luna, los demás cuerpos celestes y el espacio sideral, que son considerados, por nosotros mismos, “patrimonio común de la especie” —así se asienta en un tratado internacional de 1967—. Los sapiens nos decimos dueños también del espacio sideral.

 


El ser humano es una criatura tremendamente soberbia. Pruebas de ello abundan. Muchas religiones postulan que el universo entero existe para que el ser humano se condene o se redima. El hombre, según el zoroastrismo, tiene una misión cósmica: elegir el bien y colaborar en la renovación del mundo (frashokereti). Además, según un montón de corpus mitológicos y de religiones, somos seres hechos por la mano de dios. Para judeocristianismo, incluso, a su imagen y semejanza. En el Génesis está bien documentada esa arrogancia.

 

La presunción humana permite que hoy se valore como algo perfectamente razonable la tesis de que somos tan maravillosos que actualmente estamos mutando para dejar de pertenecer al reino animal y convertirnos en dioses. Tal es planteamiento central del libro Homo Deus: Breve historia del mañana (2015), de Yuval Noah Harari. El historiador israelí aduce que la humanidad está transitando hacia una nueva etapa en la que el ser humano dejará de tener en la supervivencia su principal foco y comenzará a buscar la divinización de sí mismo, es decir, a convertirse en un “hombre-dios” (homo deus) mediante la tecnología, la inteligencia artificial, la ingeniería genética y los avances biomédicos. La idea de que la humanidad —o por lo menos parte de ella— está “mutando a dioses” —impulsada por avances tecnológicos— es una narrativa contemporánea que mezcla transhumanismo, cientificismo y antiguas aspiraciones y miedos primordiales. Vuelvo al Génesis para recordar con qué argumento tentó la serpiente a Eva para que tomara el fruto del árbol prohibido: “… sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.”

 

El cambio es profundo: ahora soñamos ser dioses prescindiendo de Dios.

 

 

Homo diurnus

 

En su obra Systema Naturae, para clasificar a todos los seres vivos, el naturalista y taxónomo sueco Carl Linnaeus (1707-1778) estableció el sistema moderno de nomenclatura binomial: género + especie. Por ejemplo, género: canis; especie: lupus: Canis lupus, lobo. En la primera edición de su obra, 1735, Linneo catalogó en total unas diez mil especies, considerando animales, plantas y minerales, y entre todas ellas, por supuesto, a nosotros mismos. ¿Homo sapiens?

 

Homo sapiens: la presuntuosa autodenominación con la que, hasta hoy, pese a todo, nos seguimos sintiendo tan identificados proviene, al menos, de la Antigüedad Clásica: Aristóteles (s. IV a. C.) se definió a sí mismo y a sus congéneres como animales racionales: zōon logon echon. Sin embargo, veintiún siglos después, en principio ni siquiera para Linneo fue del todo evidente que la racionalidad sea nuestra característica distintiva. En las primeras ediciones de su libro, Linneo nos llamó de otra manera: Homo diurnus. Llamarnos así, “hombre diurno”, puede parecer una designación anodina, quizá zoológica, desatinada, pero tal vez revele la prudencia del sueco ante la tentación de glorificar a su propia especie. Al subrayar simplemente que la mayor parte de la gente realiza sus actividades durante el día, el naturalista optó por una característica observable, neutra, empírica, evitando atribuirnos de entrada atributos como la sabiduría o la racionalidad. La luz del día, además, remite simbólicamente al orden, a la vigilancia, a lo civilizado, en contraste con lo nocturno, lo oculto, lo salvaje. Con homo diurnus no sólo nos distinguía de los animales nocturnos, sino también de los “otros humanos” imaginados —los trogloditas, los salvajes mitológicos— que Linneo aún no se atrevía a clasificar. Tuvieron que pasar diez ediciones para que, acaso ya más confiado en los ideales ilustrados, se atreviera a rebautizar a nuestra especie como homo sapiens, el término del que tan orgullosos nos sentimos. Nos entregó, sin saberlo, una medalla con la inscripción del autoengaño.

 

 

Homo se quaerens

 

Quizá un día lleguemos a autodenominarnos de otra manera. Mientras tanto, seguimos usando como espejo una palabra que nos halaga. Nos gusta creernos sabios e incluso divinos. Pero si algo nos define con precisión es la obstinación con la que insistimos en autodefinirnos por lo que deseamos ser, y no por lo que somos: homo se quaerens, “el hombre que se busca a sí mismo”.

domingo, 7 de enero de 2024

El amor y el hambre


1512

Luca d'Egidio di Ventura de Signorelli seguramente ya tenía más de sesenta años cuando terminó de pintar La comunión de los Apóstoles, óleo realizado para la iglesia de San Francisco de Cortona, en la Toscana, de donde él era oriundo.


Por esas mismas fechas, unos doscientos kilómetros al sur, en el Vaticano, Rafaello Sanzio, quien entonces tenía 29 años, pintaba La misa de Bolsena, fresco realizado en la pared izquierda, sobre una ventana, de la sala de Heliodoro del Palacio Apostólico.


La obra de Luca d'Egidio di Ventura de Signorelli —quien desde entonces ya era conocido simplemente como Luca Signorelli— muestra una iconografía flamenca: Cristo, rodeado de los apóstoles en una composición piramidal, sostiene en la mano un plato con las hostias que está repartiendo. La obra de Rafaello Sanzio —quien desde entonces ya era conocido simplemente como Rafael— representa el milagro eucarístico de Bolsena: un sacerdote celebra la misa cuando, en el momento de la consagración, la hostia comienza a sangrar.




1263

Un tal Pedro, sacerdote originario de Praga, decidió caminar unos 1,240 kilómetros al suroeste, para llegar a Roma. Su propósito: ir a venerar a su tocayo, san Pedro. Ya muy cerca, a unos 120 kilómetros de la ciudad eterna, el peregrino se detuvo en la pequeña villa de Bolsena. Ahí celebró una misa, y durante la Eucaristía lo aquejó una seria duda: al religioso bohemio le costó creer en la transustanciación, es decir, en la conversión del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Jesucristo. Fue entonces que ocurrió el milagro: durante la consagración, de la hostia manó sangre humana. Al año siguiente, el papa Urbano IV instituyó la Fiesta del Corpus Christi. Unos 20 kilómetros al noreste y 26 años después comenzó a construirse el Duomo di Orvieto, la catedral en la que habrían de resguardarse las reliquias relacionadas con el milagro de Bosena —la hostia, el corporal y el paño purificatorio—.

Taddeo di bartolo, s. Tommaso D'Aquino presenta la sua liturgia del Corpus Christi a Urbano IV, 1403 ca.

1898

Sigismund Schlomo Freud tenía 42 años cuando publicó Sobre el mecanismo psíquico de la desmemoria.

En el texto reflexiona sobre lo que sucede en nuestras mentes cuando nos resulta imposible recordar algunos nombres propios que sabemos que sabemos, que sentimos en la punta de la lengua, y que, sin embargo, no podemos retrotraer a la conciencia. Sigismund Schlomo Freud —quien desde 1875 era conocido simplemente como Sigmund Freud— ejemplifica echando mano de un episodio ocurrido tres meses atrás, durante un viaje a la costa del Adriático:

… emprendí un viaje en coche desde la bella Ragusa hacia una ciudad cercana, de Herzegovina; la plática con mi compañero tocó… el estado de ambos países (Bosnia y Herzegovina) y el carácter de sus habitantes… Al rato nuestra conversación recayó sobre Italia y sobre cuadros, y tuve ocasión de recomendar vivamente a mi compañero ir alguna vez a Orvieto para contemplar allí los frescos del fin del mundo y del Juicio Final, con los que un gran pintor adornó una de las capillas de la catedral. Pero el nombre del pintor se me pasó de la memoria, y no podía recuperarlo.

El neurólogo vienés no podría recordar el nombre del artista renacentista sino hasta que se topó con “un italiano culto”, quien lo rescató del escollo de su amnesia: “Signorelli. Pude entonces agregar por mí mismo el nombre de pila, Luca.”


1502

Luego de tres años de trabajo, Luca Signorelli terminó los frescos en la capilla San Brizio de la catedral de Orvieto. En el tramo del altar de la bóveda, terminó los frescos que Fra Angélico había comenzado en 1477 —Profetas y Cristo Juez— y además representó a los apóstoles. Todos los demás frescos son originales de Signorelli. En el tramo de la entrada pintó a los Mártires, a quince Doctores de la Iglesia, a un coro de Vírgenes y a otro de Patriarcas. En el tramo de entrada del muro se halla una portentosa escena del Anticristo —observada por el propio Luca y Fra Angélico—, a la que le sigue el episodio del finis mundo. En la luneta del lado de la Epístola, la Resurrección de la Carne, y en la opuesta, los Condenados. En el tramo del altar del muro, el éxtasis de los Elegidos representados en la luneta del lado del Evangelio, seguido, en la cabecera, por el Cielo y el Infierno.


Finalmente, en el basamento, Luca dio vida a algunos personajes paganos, entre los cuales presto atención a uno: bajo el fresco del fin del mundo, en un extraordinario efecto de relieve, se asoma un sujeto que lleva puesto un sombrero puntiagudo: Empédocles.


c. 495 a. C.

Salvo Montalbano es el comisario de Vigàta, un sitio que en la realidad concreta no existe: las aventuras del policía transcurren en un lugar imaginario inspirado en la villa costera de Sicilia en el que, en 1925, nació Andrea Camilleri, quien dio vida al personaje en una serie de novelas. Para rendir homenaje al pueblito imaginario y al escritor, en 2003 las autoridades locales decidieron agregar Vigàta a su topónimo, pero seis años después la decisión se revocó, así que el lugar hoy aparece en el mapa con el nombre que desde 1863 tiene el antiquísimo Molo di Girgenti: Porto Empedocle.


En Agrigento —Girgenti—, siete kilómetros al noreste del puerto que actualmente lleva su nombre, alrededor del 495 a. C. nació Empédocles, poeta, orador, filósofo, taumaturgo y médico. Según algunos vivó sesenta años, otros afirman que más de cien; en cualquier caso, la tradición dice que murió abrazado y abrasado por el fuego volcánico: “llevado de su ansia de ser tenido por dios inmortal, Empédocles, el friolero, se lanzó a las llamas del Etna” (Horacio, Arte poética).


1920

Sigmund Freud publica Más allá del principio del placer. En corto, en este ensayo el creador del psicoanálisis acuña el concepto de pulsiones de muerte, y por primera vez plantea la oposición entre la libido y la muerte: “nos vimos llevados a distinguir dos clases de pulsiones: las que pretenden conducir la vida a la muerte, y las otras, las pulsiones sexuales, que de continuo aspiran a la renovación de la vida, y la realizan”. ¿Una teoría dualista? ¡Claro!, como el propio doctor Freud subraya: “Nuestra concepción fue desde el comienzo dualista, y lo es de manera todavía más tajante hoy, cuando hemos dejado de llamar a los opuestos pulsiones yoicas y pulsiones sexuales, para darles el nombre de pulsiones de vida y pulsiones de muerte”. A las pulsiones sexuales, la libido, las denominará Eros: “la libido de nuestras pulsiones sexuales coincidiría con el Eros de los poetas y filósofos, el Eros que cohesiona todo lo viviente”. En una edición del mismo texto publicada un año después, el neurólogo explica en nota a pie de página: “este Eros actúa desde el comienzo de la vida y, como ‘pulsión de vida’, entra en oposición con la ‘pulsión de muerte’, nacida por la animación de lo inorgánico. La especulación busca entonces resolver el enigma de la vida mediante la hipótesis de estas dos pulsiones que luchan entre sí desde los orígenes.”




s. VII a. C.

Hesíodo de Ascra en su Teogonía narra que “en primer lugar existió el Caos”. ¿Y luego? ¿Qué fue lo inicial? De acuerdo con la cosmogonía griega tres dioses son los inaugurales en la genealogía: Gea, la Tierra, “la del amplio pecho”; “el tenebroso Tártaro”, es decir, el Inframundo, y Eros, “el más hermoso de los dioses inmortales, que afloja los miembros y cautiva de todos los hombres y los dioses el corazón y la sensata voluntad de sus pechos”. Enseguida de esta tríada primordial vendría todo lo demás, así que Eros es origen. Más de dos milenios y medio después, Eva Cantarella compendia:

Para los griegos el amor era ante todo un dios llamado Eros. Un dios armado que con su arco lanzaba flechas que solían ser mortales. Quien fuera herido por ellas no tenía escapatoria posible: acababa enamorado. Pero Eros no era solamente sentimiento, también era deseo sexual. Dos rostros los del amor (sentimiento y sexualidad) que a menudo, por no decir habitualmente, eran dos momentos separados de la experiencia.


s. IV a. C.

Unos tres siglos después que Hesíodo vivió un señor que habría de convertirse en el principal alumno de Platón y en el más importante maestro de Alejandro Magno, Aristóteles de Estagira: nació en el 384 a. C., y falleció a los 62 años. Aristóteles escribió mucho y acerca de una enorme diversidad de asuntos. En su Metafísica reporta que Hesíodo “puso al Amor o al Deseo como principio”, pero que después “puesto que resultaba evidente que en la naturaleza se da también lo contrario del bien, y que no sólo hay orden y belleza, sino también desorden y fealdad…, otro introdujo  la Amistad y el Odio, cada uno como causa —respectivamente— de los unos y de los otros”. ¿Y quién fue ese otro? Empédocles de Agrigento.


Antes que Empédocles, otros filósofos griegos habían ya determinado qué elemento era el origen del universo —el arché (ἀρχή)—: Tales de Mileto había dicho que el agua; Anaxímenes, que el aire, y Heráclito de Efeso, el fuego. Empédocles pensó que los tres jonios tenían parte de la respuesta y agregó un cuarto elemento: la tierra. Además, pensó que existían dos fuerzas inmutables y eternas que relacionaban a esos cuatro arché: “Pues, así como antes eran, así también serán, y nunca, creo, el tiempo inconmensurable quedará vacío de este par”.  Plutarco nos dice cuáles esas fuerzas: “Empédocles llama Amor al principio benéfico y, muchas veces, Amistad y, además, Armonía de grave semblante; y al principio maléfico, Odio funesto y Lucha sangrienta.”


1930

Diez años después de publicar Más allá del principio del placer y nueve años antes de morir, Freud publica uno de los libros más influyentes de la época contemporánea: Das Unbehagen in der Kultur. Unbehagen significa literalmente “incomodidad”, “molestia” o “malestar”, y Kultur significa “cultura”. Al inglés se tradujo como Civilization and Its Discontents y a nuestro idioma como El malestar de la cultura.


En este ensayo, el psicoanalista reflexiona en torno al origen de la cultura —“toda la suma de operaciones y normas que distancian nuestra vida de la de nuestros antepasados animales, y que sirven a dos fines: la protección del ser humano frente a la naturaleza y la regulación de los vínculos recíprocos entre los hombres—, es decir, del mundo humano, nuestro universo:

… la convivencia de los seres humanos tuvo un fundamento doble: la compulsión al trabajo, creada por el apremio exterior, y el poder del amor, pues el varón no quería estar privado de la mujer como objeto sexual, y ella no quería separarse del hijo, carne de su carne. Así, Eros y Ananké pasaron a ser también los progenitores de la cultura humana.

Algunos párrafos más adelante, Freud cuenta cómo fue que llegó a la anterior conclusión: “me sirvió como primer punto de apoyo el dicho de Schiller, el filósofo poeta: hambre y amor mantienen cohesionada la fábrica del mundo”. Me pregunto si cundo visitó la catedral de Orvieto y admiró los frescos Signorelli se habrá percatado de la presencia de Empédocles.