Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 17 de octubre de 2015

Estulticia y chacota

El mensaje llegó procedente de la Romandía. Un comunicado trasatlántico tecleado por mi amigo Galo Filio, a una distancia que mesurada en horas de vuelo pasa de trece. Debió de haberlo enviado minutos después de las tres de la tarde, de tal suerte que vino a caer en mi bandeja de entrada, casi de inmediato, poco después de las ocho de la mañana: “stultitĭa”, advertía el asunto del correo electrónico. A pesar de que trabaja en Europa, en un país que ostenta el tercer Índice de Desarrollo Humano (IDH) más alto del mundo (0.917), Galo persiste en el afán de seguirle la pista a los destinos de México, su tierra. Me recomendaba una columna periodística publicada ese mismo día, no en Europa, sino acá…

Antes de insertar la liga a la página web, Galo, al tanto de mis antipatías, amortiguaba: “Sin prejuzgar sobre calidades periodísticas o morales del columnista…”, para luego entrar de lleno a la cuestión, “el texto muestra un fenómeno que crece de manera apabullante y que, además del caso particular al que se refiere, también se ha manifestado en la muerte del director general del ISSSTE, en la asignación de contratos de obra pública, en el gobierno federal (no están libres los estatales ni los municipales), en las empresas, en los bancos, en el deporte pagado, en cualquier esquina de cualquier lugar: la estupidez campea como vencedora”. Pues sí, me dije y procedí al click: “Jugaban ‘Solitario’ mientras El Chapo se fugaba”, se titulaba el apunte, firmado por Carlos Loret; por lo demás, un encabezado preciso, porque cuenta eso, que los agentes del CISEN responsables de vigilar al famoso sinaloense, mientras el capo se les iba por un túnel, se entretenían acomodando naipes de pixeles. Regreso al correo de Galo y leo: “Loret dice que parecía película de Viruta y Capulina; dar el salto del tapete verde virtual del Solitario a la realidad no debe ser fácil; pero así es, en eso se ha convertido mucha gente, en malos actores tratando de interpretar un rol torpe: el cajero del OXXO que no se sabe la tabla de multiplicar del tres y necesita calculadora para cobrar un Gansito, el policía que no sabe leer el reglamento, la maestra que trata a sus alumnos con leperadas. Son más y están escalando posiciones”. Ciertamente, mientras leía el desfile que Galo convocaba con sus palabras yo pensaba en las hordas de lelos que, más que ascendiendo jerarquías, desde hace un rato ya despachan en los puestos más altos de la Nación. Como si adivinara hacia dónde iban a enfilar mis neuronas, desde el Primer Mundo mi amigo argumenta: “Sí, claro, la corrupción cala, pero la estulticia está más extendida y el remedio resulta más caro y más difícil de conseguir. Ni siquiera se ha reconocido como un problema de salud pública, pero quizá allí se esconden los que nos llevan a la ruina despacio, un poco cada día, cada vez que nos descuidamos o que nos da flojera corregirlos. De verdad da miedo”.

Desde México, que es decir 68 lugares más abajo en el ranking mundial de acuerdo al IDH, le respondí a Galo Filio: “Tienes razón, la estulticia se propaga. El sábado pudiste perder a tus cuates: veníamos en la México-Querétaro a toda velocidad en un auto que le llevábamos a una familiar que estudia por allá, para que pudiera moverse por aquellos lares en donde el transporte público es especialmente malo (cosa que dicha en México significa infernal, de menos). Poco antes de la desviación a San Juan del Río, ¡madres!, se apagó el coche, así que nos quedamos sin dirección hidráulica y sin frenos... No abundo en detalles: no nos pasó nada, salimos ilesos... La anécdota viene al caso porque todo sucedió sencillamente por que el mecánico que había cambiado días antes la banda de distribución no tuvo a bien apretar el tornillo tensor… Esperamos bajo el sol como hora y media a que llegara la grúa del seguro... ¡Y cuando llegó fuimos felices por lo rápido que había acudido! ¿Te das cuenta? Llegamos al punto en el cual todo aquello que no sea calamitoso ya sale barato”.

Y la tragedia es que para muchos las cosas están de risa. Durante un acto público, el gobernador Duarte de Veracruz le regala una caña de pescar al senador Héctor Yunes “para que pesque esos peces gordos que busca”…, ¡pácatelas!, risotadas y aplausos del respetable, la política al más puro estilo del Teatro Blanquita, el pastelazo como argumento. Otra priísta, la legisladora Corcholata espeta a los miles de ciudadanos que firmaron una declaración en contra de su permanencia en la Cámara de Diputados: “… se pueden meter sus firmas por el trasero o por donde más les quepan, hijitos. Yo estoy respaldada por mi partido”. El mero día de su toma de posesión como gobernador de Nuevo León, el señor al que le dicen Bronco, generoso, destapó su estrategia de comunicación política: “Los quiero hacer reír porque quiero que su corazón se abra, el hacer reír a una persona hace que su corazón se abra y si su corazón se abre va a poder estar bien con su gobierno”. La raza ríe y aplaude: la Broncomanía avanza en caballo de hacienda en un país urgido de vientos civilizatorios. A tono, Peña, incansable, haciendo el solaz de moneros y memeros con singular desenfado.
Asunto serio: la estulticia y la chacota cunden.

viernes, 9 de octubre de 2015

Klaatu


“Aunque usted no lo haya visto por televisión, seguramente algo debe saber de lo que ocurrió aquí hace tres meses. Los hechos se pueden referir brevemente. Un poco después de las 5:00 pm del 16 de septiembre, los visitantes de Washington D.C. atestaban los jardines [del Capitolio] en las cantidades habituales y sin duda con sus pensamientos habituales. El día era cálido. Un río de gente salía de la entrada principal del museo… Toda la gente iba ya de vuelta a casa, cansada, sin duda, después de horas a pie viendo las exposiciones del museo y conociendo los edificios cercanos. Y entonces sucedió. En el área que está justo a la derecha, apareció el viajero del tiempo-espacio. Sucedió en un abrir y cerrar de ojos. No descendió del cielo; decenas de testigos juran que no estaba aquí, y un instante después sí”.

Días antes de cumplir 40 años, Hiram Gilmore Bates III (1900-1981) escribió el cuento por el cual se haría famoso: Farewell to the Master —Adiós al amo—. Muy pocos conocen la historia con ese título, puesto que sería el de su adaptación cinematográfica con el que alcanzaría al gran público: The Day the Earth Stood Still —El día en que la Tierra se detuvo— (1951), dirigida por Robert Wise. Tampoco recordamos al escritor por su nombre, sino por el apócope Harry, Harry Bates.

En la película, la tensión del primer nudo dramático de la historia se aprieta con una modificación importante: la nave no se materializa de pronto…, llega volando y antes de aterrizar en la capital estadounidense rodea nuestro planeta a velocidad súpersónica. Una serie de escenas da cuenta de que el insospechado arribo es noticia internacional: Calcuta, Londres, París… Curiosamente, cuando la nave, un luminoso platillo volador, se deja ver sobre Washington, la gente, como en el cuento, disfruta tranquilamente de un hermoso día primaveral.

El relato fue publicado originalmente en octubre de 1940 en Astounding: Scince-Fiction, la pulp magazine que el mismo Bates había concebido —la edición inaugural de la revista, dirigida por él, apareció en 1930 con el título Astounding Stories of Super Science, mismo que mantuvo durante su primera época—. 

“La radio, la televisión y los reporteros de todos los medios acudieron de inmediato. La policía montó un denso cordón de seguridad, y unidades militares llegaron para rodear la nave encañonándola con todo tipo de armas de fuego y lanza rayos. Se temía la calamidad más terrible… La nave sólo apareció para quedarse quieta. Nadie salió de ella, y no se registró ninguna señal de que en su interior hubiera algún ser vivo. ¿Quién o qué venía en ella? ¿Visitantes hostiles o amigables?”

El cuento ni siquiera se mencionaba en la portada de aquel número de Astounding; muy probablemente hoy permanecería en el olvido de no haber sido porque una década más tarde a Edmund Hall North se le ocurrió escribir un guión basado en él. El resultado fue magnífico, y aunque no recibiría ningún premio de la Academia —junto con Francis Ford Coppola, North efectivamente ganaría un Óscar varios años después por el guión que ambos realizaron para Patton (1970), de Franklin J. Schaffner—, el film muy pronto habría de ser considerado un clásico. 

“… la nave permaneció aquí, quieta, sin dar ninguna señal de movimiento. Como fue reconocido desde el principio, no procedía de ningún rincón del Sistema Solar. Cualquier niño sabía que en la Tierra únicamente se habían construido dos transportes espaciales, y ninguno en otro planeta o satélite; de aquel par, uno fue destruido al acercarse al Sol y el otro había reportado hace poco su feliz arribo a Marte”.

Antecedida sólo por Metropolis (1927), Things to Come (1936), Frankenstein (1931), King Kong (1933), Forbidden Planet (1956) y The Thing from Another World (1951), Arthur C. Clark consideró The Day the Earth Stood Still como una de las mejores películas de ciencia ficción de todos los tiempos.

“Por fin, después de dos días, a la vista de decenas de miles de personas, rodeado de los más poderosos cañones y lanza rayos de la armada, una apertura apareció en la nave y una rampa se deslizó hasta el piso. Emergió un hombre con apariencia divina, seguido de cerca por un robot gigante…”

No conozco una edición en español de Farewell to the Master —los extractos son traducción mía—, pero en inglés puede encontrarse en línea (The Internet Archive). A diferencia de las narraciones que escribió Clark, en las cuales el apego a principios científicos es fundamental, en el binomio ciencia ficción para Harry Bates lo importante era el segundo elemento, la historia, la cual podía ser todo lo fantástica que se quisiera siempre y cuando lograra verosimilitud.

El ser con forma humana que descendió de la nave “alzó el brazo derecho haciendo el gesto universal de paz”. Aún le daría tiempo de presentarse a sí mismo y al enorme robot que lo acompañaba: “Yo soy Klaatu y este es Gnot”. Luego, tanto en el cuento como en la película, un idiota es quien se adelanta en representación de toda la Humanidad, y desde la multitud le pega un tiro al alienígena. Hasta aquí, el principio de la historia; lean el cuento o vean la cinta —la de 1951; evita le remake de 2008—.


En la lista de Arthur C. Clark, después de El día en que la Tierra se detuvo sigue la cinta que Stanley Kubrick realizó a partir del guión que ambos escribieron, 2001, Odisea del espacio. La concordancia entre ambas películas me parece evidente: en forma de alienígenas súperdesarrollados, nostalgia de divinidad.

viernes, 2 de octubre de 2015

2500: la odisea de Ulises

Dan Richter es un mimo que alguna vez sacó de un apuro a Stanley Kubrick. Ocurrió hace casi medio siglo, a finales de septiembre de 1967. Corrían los últimos días de la filmación de 2001: A Space Odyssey, y ya sólo faltaba lo que habían dejado al final: el principio. El cineasta ya lo había intentado con bailarines, actores, payasos, y nada lograba convencerlo: las escenas de El amanecer del hombre, el episodio inicial de la película, seguían faltando. Cuando se reunió con el mimo, Kubrick le expuso el reto y fue muy claro respecto a lo que no quería: “Dan, no quiero que parezcan hombres metidos en trajes de changos”. El resultado que logró el Richter después de pasar horas observando simios en el zoológico de Londres fue maravilloso, no sólo como coreógrafo y director artístico de las escenas de los homínidos, también en el papel que interpretó en la cinta: el apeman que concibe por primera vez un hueso como herramienta y arma.

2001: A Space Odyssey sería estrenada en 1968; un año más tarde, el año en el que el hombre llegó a la Luna, la producción conseguiría tres nominaciones al Óscar. Sólo ganó uno: el Óscar a los Mejores Efectos Visuales, realizados personalmente por Kubrick. El premio a la mejor dirección sería para Carol Reed, por Oliver! —un musical prescindible—, y el que se concede al Mejor Guión Original se otorgó a Mel Brooks, por The Producers. Varios años después, Dan Richter publicaría Moonwatcher’s Memoir: A Diary of 2001: A Space Odyssey (2002), un libro en la que narra cómo fue que lo contactaron y cómo ideó la solución al problema de conseguir que aquella actuación lograra verosimilitud. Arthur C. Clark, coautor del guión de la película junto con el propio Kubrick, escribió el prólogo de las memorias del mimo, un breve texto en el que, entre otras cosas, recuerda que una de las decisiones de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas lo encolerizó…, y no, no fue aquella que impidió que se llevara a su casa la estatuilla por su guión —él, autor de los cuentos originales en los que se basó Odisea, El centinela (1951) y Encuentro al amanecer (1953)—, sino el premio honorario que se concedió a Planet of the Apes por los disfraces y el maquillaje con los que fue posible dar vida a la sociedad de los simios. La furia de Clark se comprende: los jurados no consideraron a los homínidos de la película de Kubrick porque creyeron que se trataba de monos de verdad.


La cinta El planeta de los simios, la primera, se estrenó también en 1968. Dirigida por Franklin J. Schaffner y estelarizada por Charlton Heston, la película fue filmada a partir de un guión de Michel Wilson y Rod Serling, el cual es una adaptación de la novela francesa homónima, de Pierre Boulle (1912-1994). Oriundo de Aviñón, fue prolífico, pero dos novelas le valieron fama internacional, en ambos casos porque dieron origen a sendas producciones cinematográficas taquilleras: El puente sobre el río Kwai (1952) y la que nos interesa ahora, El planeta de los simios (1963).

Sin mayores despliegues literarios, la novela de Boulle sencillamente cuenta con sobrada suficiencia una gran historia. El pretexto que da pie a toda la novela es un recurso viejísimo de la literatura de ficción: Jinn y Phyllis, una pareja de acaudalados turistas interestelares, se topan en el espacio con una botella, en cuyo interior encuentran un manuscrito; se trata de la gran aventura que vivió un hombre, narrada por él mismo. En la novela el protagonista no es un astronauta de la NASA, como en la película, sino un periodista, Ulises Mérou. Él relata que en el año 2500 una “nave cósmica” partió de la Tierra en expedición científica; a bordo iban, además del protagonista, el sabio profesor Antelle, el físico Arturo Lavaín, “algunos pájaros y mariposas” y un chimpancé, llamado Héctor. Después de viajar durante dos años —“entretanto, nuestra Tierra envejecía tres siglos y medio”—, detienen su peregrinar en el segundo planeta del sistema de la estrella Betelgeuse, al que deciden llamar Sóror. En el mundo al que llegan, los humanos son bestias sin habla, en quienes no se atisba inteligencia —“la anomalía residía en la emanación de aquellos ojos, en una especie de vacío, una ausencia de expresión…”—, mientras que los grandes primates son los seres civilizados, “el simius sapiens que formaba las tres puntas extremas de la evolución: el chimpancé, el gorila y el orangután”. Ulises tendrá oportunidad de dialogar con algunos monos sabios del Instituto de Investigaciones Biológicas. ¿Por qué los humanos no evolucionaron en Sóror, y en cambió sí los simios? La doctora Zira, una chimpancé ilustrada, responde lo que en su mundo se ha especulado al respecto: “Ciertamente el lenguaje había sido un factor esencial. Pero ¿por qué los simios hablan y los hombres no? Sobre este punto, las opiniones de los sabios divergen. Algunos veían en ello una intervención divina. Otros sostenían que el espíritu de los monos era debido, antes que nada, a que tenían cuatro manos hábiles”.
Las diferencias entre la historia que cuenta Pierre Boulle y las adaptaciones cinematográficas, la primera y todas las que siguieron, son muchas. Es un libro que hay que leer, una novela que acicata el pensamiento, y que dejo encendida una alerta que muy pocos han querido escuchar…: “Se ha apoderado de nosotros una pereza cerebral”.

viernes, 25 de septiembre de 2015

La morralla de los dioses

Puede que nuestro rol en este planeta
no sea adorar a dios, sino crearlo.
Arthur C. Clark


Morralla I

“En todo ciudadano de hoy yace un apátrida futuro”, afirma E. M. Cioran. El filósofo era originario de una pequeña villa de la región multicultural de Transilvania, Răşinari, hoy parte de Rumania, pero cuando él nació, en 1911, del Imperio Austro-Húngaro. Primero escribió en su lengua materna, el rumano; a partir de 1947, con Breviario de podredumbre, comenzó a escribir directamente en francés. Un año antes había renunciado a su nacionalidad y se había declarado apátrida. En Silogismos de la amargura, publicado en París en 1952, Cioran asentó una predicción atroz, por lo demás, totalmente acorde con su tiempo: “En el futuro, si la humanidad debe comenzar de nuevo, lo hará con sus desechos, con la basura de todas partes, con la morralla de las civilizaciones; aparecerá una nueva, caricaturesca, a la cual quienes produjeron la verdadera asistirán impotentes, humillados, postrados, para acabar refugiándose en la idiotez, donde olvidarán el esplendor de sus desastres”.


Morralla II

En los últimos días del Imperio, en el borde de la Vía Láctea, una pequeña nave espacial se encontraba realizando labores de investigación científica. La tripulación se integraba por tres expedicionarios y un robot. Las noticias que continuamente recibían desde casa no eran nada alentadoras: el conflicto seguía agudizándose. Además, ninguno de los planetas que habían explorado últimamente prometía gran cosa. Pero su suerte cambió: llegaron a “un mundo que hizo que sus corazones sintieran nostalgia por su hogar, un mundo en donde todo resultaba inquietantemente familiar, aunque no exactamente igual”. Decidieron bajar y realizar pruebas. El resultado fue asombroso. “Podría ser nuestro planeta hace cientos de miles de años. Siento como si hubiéramos retrocedido en el tiempo”, dijo el capitán Altman. Poco tiempo después, sin ser descubiertos, dieron con un grupo de cazadores. ¡Eran humanos!, “primos salvajes esperando en los albores de la historia”. Siguió un metódico protocolo para, poco a poco, establecer contacto con aquellos congéneres, primero por medio de un solo individuo, a quien nombraron Yaan. Todo iba bien, pero los científicos recibieron una orden urgente: tenían que regresar de inmediato, el conflicto había estallado. Antes de partir, Bertrond, uno de los expedicionarios, decide dejarle algunos regalos a aquel homínido primigenio: “Te dejo estas herramientas. Descubrirás cómo usar algunas de ellas, a pesar de que lo más probable es que en una generación se pierdan o se olviden por completo”: una cuchilla -“pasaran siglos antes de que ustedes tengan la capacidad de producir algo así”-, una lámpara de baterías, en fin… Antes de abordar su nave, el viajero interestelar piensa: “Desearía poder advertirles acerca de los errores que nosotros cometimos, y que ahora nos costarán todo lo que hemos conquistado”. Cuando el transporte se pierde en las alturas, Yaan se refiere a ellos como “dioses”. El relato, escrito por sir Arthur C. Clark (1917-2008), concluye: “A sus espaldas, el río fluía suavemente hacia el mar, serpenteando a través de las llanuras fértiles en las que, más de un millar de siglos después, los descendientes de Yaan construirían una gran ciudad que llamarían Babilonia”.


Amanecer I

Encounter at the Dawn -Encuentro al Amanecer- fue publicado originalmente en junio de 1953, en el número 5 del volumen 27 de Amazing Stories, la revista norteamericana de ciencia ficción de mayor tradición ya desde entonces: dirigida por Hugo Gernsback, había comenzado a circular en 1926 -con textos de H. G. Wells, Julio Verne y Poe en su edición de arranque-, y con algunos cambios y altibajos, perdura hasta nuestros días, ya sólo en edición web. Aquel año, 1953, cuando Arthur C. Clark publica Encounter at the Dawn, tanto Estados Unidos como la Unión Soviética anuncian que han desarrollado la bomba de hidrógeno -marzo y agosto, respectivamente-.


Amanecer II

The Dawn of Man, la secuencia con que inicia 2001: Odisea del espacio, el largometraje de Stanley Kubrick (1928-1999) de 1968, se inspiró en el cuento Encounter at the Dawn de Arthur C. Clark. Ambos, el escritor inglés y el cineasta neoyorkino, trabajaron juntos el guión -por cierto, nominado al Óscar, premio que terminó ganando Mel Brooks por The producers-. A diferencia de la narración de 1953, en la cual es indudable que los visitantes alienígenas, si bien se encuentran en un estadio de desarrollo civilizatorio muy avanzado respecto a los terrícolas, son seres humanos, en la película, ni en la secuencia inicial ni al término de toda la historia, se despeja plenamente la incógnita respecto a la naturaleza de él o los creadores del regalo que llega del cielo… en el cual también hay diferencias: en 2001: Odisea del espacio es un misterioso monolito mientras que en el texto son simplemente algunas herramientas. En el film, los seres primitivos que reciben el regalo del cielo no son seres humanos, como en el cuento original, sino hombres simio, ape-men. Una de las muchas genialidades de la cinta que para muchos críticos es una de las obras maestras de la cinematografía de todos los tiempos es precisamente la representación de los hombres simio. Hay que recordar que, para cuando fueron filmadas esas escenas, tendrían que pasar todavía seis años para que fuera descubierto el esqueleto de Lucy (AL 288-1), la Australopithecus afarensis que tanto permitiría avanzar a la paleontoantropología en el conocimiento del proceso evolutivo de la humanidad. Esa especie, primos salvajes que se quedaron varados en los albores de la historia, se extinguió hace alrededor de 2.9 millones de años, y de allá provenimos.



sábado, 19 de septiembre de 2015

Un bebé en la Cuna de la Humanidad

Si busca usted la Cuna de la Humanidad, en Google earth la encuentra.

El globo terráqueo virtual ubica el punto Cradle of Humankind en Sudáfrica, muy cerca, al oeste, de Pretoria y Johannesburgo; de hecho, uniendo los tres puntos podría trazarse un triángulo casi equilátero de unos 45 kilómetros por lado. El lugar, declarado Patrimonio de la Humanidad, se conoce con tal nombre porque durante la primera mitad del siglo XX fueron encontrados ahí varios fósiles de homínidos arcaicos. Sin embargo, desde hace tiempo las pesquisas de los antropaleontólogos se ha desplazado al norte del continente, siguiendo el serpenteo del Gran Valle del Rifit hacia el mar Rojo. De hecho, los descubrimientos de los dos antepasados más famosos de nuestra especie, al menos hasta ahora, han ocurrido a lo largo de dicha fractura geológica.
En 1974, en la Depresión de Afar, en Etiopía, Donald Johanson halló a Lucy, el esqueleto de una Australopithecus afarensis que vivió hace 3.2 millones de años. Un decenio después, en las inmediaciones del lago de Turkana, el rastreador keniano Kamoya Kimeu dio con los restos casi completos de un joven Homo ergaster que falleció hace 1.6 millones de años.
Entre ambas especies queda abierto un enorme misterio que los científicos han intentado resolver. ¿Cómo? Encontrando fósiles de especímenes intermedios; de ahí la alegoría del eslabón perdido. Pero ninguno de los fósiles que hasta ahora se han encontrado —apenas algunos pocos huesos y fragmentos— puede ofrecernos noticias definitivas de la primera especie humana, de modo que aquello de la Cuna de la Humanidad quedaba sólo en un mote pretencioso. Pero el fantástico hallazgo difundido en todo el mundo el jueves pasado podría significar que, efectivamente, el sur de África sea la cuna del género humano.


Poco menos de un kilómetro al suroeste del sitio de Seartkrans, en Cradle of Humankind, se ubica Rising Star, un sistema cavernario bien conocido por los espeleólogos sudafricanos. Ahí, a unos treinta metros de profundidad, en 2013, dos exploradores se aventuraron a meterse por una estrechísima grieta de menos de 18 centímetros de ancho, por la que ingresaron a una caverna en cuya pared opuesta —Dragon’s Back—, en lo más alto, encontraron una minúscula cavidad atestada de estalactitas, a través de la cual, lentamente y con mucha dificultad, lograron descender casi cien metros hasta llegar a otra pequeña cámara —Dinaledi chamber—. Steven Tucker y Rick Hunter, los espeleólogos, hallaron ahí, a la vista, un montón de huesos. Traían consigo una videograbadora y afortunadamente decidieron llevar el registro de su aventura a la persona indicada.

Lee Berger es un paleoantropólogo norteamericano terco y optimista. Desde hace casi veinte años vive en Sudáfrica. Trabaja en la Universidad de Witwatersrand de Johannesburgo y busca fósiles por aquellas latitudes. En 2008, en Malapa, a unos 15 kilómetros de Rising Star, Berger y su hijo encontraron varios fósiles entre lascas de dolomita. Resultó que los huesos pertenecían a un homínido —se localizaron restos de seis individuos— de alrededor de 1.9 millones de años de antigüedad, que clasificó como Australophitecus sediba.
Cuando Berger publicó su descubrimiento, reclamó para el homínido de Malapa una posición filogenética estelar: dijo que bien podía tratarse de la transición entre los Australophitecus y el Homo habilis, o incluso de un ancestro directo del Homo ergaster. La mayor parte de la comunidad científica no estuvo de acuerdo con esta hipótesis; la opinión generalizada es que no se trata más que de un Australophitecus tardío. Así que cuando Tucker y Hunter fueron a la Universidad de Witwatersrand a mostrarle al académico el testimonio en video de su hallazgo, la fama de Berger venía más bien amainando.
Las imágenes que los espeleólogos le mostraron a Berger fueron más que suficientes para que él vislumbrara la trascendencia de aquello, así que se movió rápido y eficazmente: en pocos meses consiguió fondos de National Geographic y organizó un equipo de astronautas subterráneas —mujeres de varias partes del orbe, pequeñas y delgadas, sin problemas de claustrofobia, dispuestas a meterse en profundidades cavernícolas para rescatar un tesoro—. Ni siquiera el optimismo de Berger pudo prever el resultado: entre noviembre de 2013 y marzo de 2014 lograron rescatar más 1,500 huesos, pertenecientes al menos a quince individuos, todos miembros de una especie Homo que hasta hoy nosotros, lo únicos humanos que quedan en el planeta, no conocíamos.

La noticia se difundió el 10 de septiembre: el artículo científico se publicó en eLIFE y el de divulgación en el sitio web de National Geographic. Ello fue suficiente para que la nota se regara globalmente. En el primero, Berger y su equipo dan a conocer que, aunque los huesos no se han datado, el paquete de estudios morfológicos que realizó una flotilla interdisciplinaria de científicos de todo el mundo permite establecer sin duda que se trata de un miembro de nuestro género, distinto claramente de cualquier Australopithecus pero mucho menos evolucionado que cualquier otra especie humana hasta ahora conocida. La nueva especie fue bautizado como Homo naledi —naledi significa “estrella”, en sotho, uno de los muchos lenguajes originarios de Sudáfrica—. El reportaje de National Geographic, que incluye la imponente recreación de la hoy superestrella prehistórica, se titula “Este rostro cambia la historia humana, ¿pero cómo?” Y es que si ese arsenal de huesos tiene, digamos, alrededor de 2.5 millones de años, la cadena evolutiva que hoy podríamos imaginar se comprobaría, y el Homo naledi sería el o uno de los eslabones entre Lucy y el Turkana Boy…, ¿pero cómo habría de interpretarse el rompecabezas si los esqueletos son mucho más recientes?


viernes, 11 de septiembre de 2015

Accidentalmente

It looks as if the offspring have eyes
so that they can see well (bad, teleological, backward causation),
but that's an illusion. The offspring have eyes because
their parents' eyes did see well (good, ordinary, forward causation).
Steven Pinker, How the Mind Works.


A ver, lo convido a que haga una parada en su trajine de todos los días y trate de figurarse la siguiente escena… Apenas por unos instantes, la sobra de una parvada de marabúes desaparece todas las esquirlas de luz que el sol proyecta en la tierra al atravesar las hojas de una enorme acacia. Bajo el árbol, otra vez pringado aquí y allá de cachitos de destellos, un determinado organismo multicelular, específicamente un mamífero de los que mucho tiempo después se autodenominarán Homo sapiens, después haber estado encuclillado ahí aparentemente sin hacer nada más que acariciarse la ensortijada barba, suspirará profundamente y logrará engendrar un pensamiento complejo, cuyo fraseo en castellano sería el siguiente: “Me encuentro en una situación en la cual ya nomás no me hallo”. El hecho —un suceso mudo, toda vez que no fue expresado en palabras puesto que aún no las había—, sucede en algún lugar al sur de África oriental, después del medio día pero más hacia el cenit que hacia el ocaso, hará cosa de unos 70 mil años. Ningún otro miembro de su propia especie atestiguó el evento; el hombre que vemos en primer plano, desnudo y sin más posesión material que una piedra, es un adulto excéntrico, tanto que prefirió permanecer ahí en vez de emprender carrera con los demás miembros de su tropilla a arrasar con los frutos rojos del arbusto que uno de ellos encontró hace rato. Por ahí cerca no hay nadie, a lo más, a la vista pero inalcanzable, un par de indolentes sivatheriums pastando. Claro, no espere usted demasiado, no suponga que el pensamiento aquel tuvo repercusiones inmediatas, al menos no perceptibles, no en la escala de la vida de aquel antepasado suyo, mío y de los más de siete mil millones que hoy por hoy pululamos por todo el planeta. Sin embargo, así pudo comenzar la portentosa transformación que desplazaría a esa especie de homínidos, nosotros, de una posición marginal e insignificante a la cumbre de la cadena alimenticia: la revolución cognitiva.  

Hasta donde sabemos, aquella explosión silenciosa ocurrió sin prologo alguno, es decir, no hay indicio que anunciara su irrupción. Para entonces, el Homo sapiens no era en absoluto un recién llegado: se sabe que la especie había surgido por evolución al menos 130 mil años antes, en suelo africano. Los fósiles más antiguos de Homo sapiens que se han encontrado hasta ahora corresponden a los llamados hombres de Kibish: Omo I y Omo II, dos congéneres que vivieron —de acuerdo a la datación realizada por medio de determinación de isótopos radioactivos de argón— hace unos 195 mil años, en las cercanías del río Omo, actualmente territorio localizado al suroeste de Etiopía. Así que cuando aquel hipotético señor que hemos imaginado parió el pensamiento lo suficientemente complejo que nos enroló en la ruta del gran cambio, los Homo sapiens ya habían vivido, confinados en una pequeña área de África oriental, la mayor parte de su existencia (65%): “aunque estos sapiens arcaicos tenían nuestro mismo aspecto y su cerebro era tan grande como el nuestro, no gozaron de ninguna ventaja notable sobre las demás especies humanas, no produjeron utensilios particularmente elaborados y no lograron ninguna hazaña especial”, explica Yuval Noah Harari en su libro De animales a dioses (Debate, 2014). Y de pronto, algo sucedió que provocó un giro del destino: “a partir de hace aproximadamente 70 mil años, Homo sapiens empezó a hacer cosas muy especiales… El período comprendido entre hace unos 70 mil y unos 30 mil años fue testigo de la invención de barcas, lámparas de aceite, arcos, flechas y agujas. Los primeros objetos que pueden clasificarse con seguridad de arte y joyería proceden de esa época, como ocurre con las primeras pruebas incontrovertibles de religión, comercio y estratificación social”. Y de ahí a la revolución agrícola, que ocurriría unos 60 mil años más tarde, y al comienzo de la historia… Pero regresemos a los albores…

Es posible que no se haya encontrado vestigio alguno de ningún tipo de comportamiento humano moderno anterior a la salida de África porque, efectivamente, no lo hubo. ¿Pero también es factible que, como es descrito por un sinnúmero de mitos cosmogónicos, hayan existido desarrollos culturales anteriores de los cuales no quede ninguna huella posible de recuperar? Al menos valga recordar que confeccionamos historia, esto es, interpretamos la información sobre el pasado, hilvanando una trama con los datos que tenemos y nos resultan significativos, ajustándolos para que la narración resulte no sólo verosímil, sino también, muchas veces, reconfortante. Por cierto, queda también la otra pregunta: ¿qué sucedió para que, aparentemente siendo los mismos que ya éramos, cambiáramos tanto después de 130 mil años? Yuval Noah contesta en De animales a dioses: “No estamos seguros. La teoría más ampliamente compartida aduce que mutaciones genéticas accidentales cambiaron las conexiones internas del cerebro de los sapiens, lo que les permitió pensar de manera sin precedentes y comunicarse utilizando un tipo de lenguaje totalmente nuevo”. De acuerdo, pero ¿por qué? La no-respuesta está en el adverbio: accidentalmente…, lo cual, por supuesto, quizá no resulte muy reconfortante.


sábado, 5 de septiembre de 2015

Creadores de credos

There is no God and we are his prophets.
Cormac McCarthy

Dios, enseguida de crear la fauna,  andaba de buenas, dispuesto a compartir una pizca de su omnisciencia. Satán —quien antes de caer en desgracia fungía de arcángel—se animó a preguntar para qué servían los animales.

— Son un experimento en Moral y Conducta. Observadlos y os instruiréis.

Satán echó un lente —empleó un microscopio— y luego de un periquete apuntó: — Esa bestia tan grande está matando a los animales más débiles, oh Divino.

— El tigre, sí. La ley de su naturaleza es la ferocidad. La ley de su naturaleza es la Ley de Dios. No puede desobedecerla.

Después de observar durante un rato, Satán se aventuró a comentar la obra del Creador:  —La araña mata a la mosca y se la come. El gato montés mata al ganso. El… En fin, todos se matan entre sí. El asesinato, una y otra vez. Estamos ante incontables multitudes de criaturas y todas matan, matan, matan. Todas son asesinas. 

Aunque no sería publicado sino hasta 1962 —Letters from the Earth—, Mark Twain (1835-1910) imaginó este diálogo a finales de 1909, meses antes de morir. Para entonces, había transcurrido medio siglo desde que Darwin dio a conocer On the Origin of Species by Means of Natural Selection, or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life. Y sí…, la lucha por la vida.

La evolución de las especies involucra, además de los procesos adaptativos a las condiciones del entorno, el equivalente biológico a una espiral armamentista: para tener más posibilidades de salir airosos del constante conflicto de intereses entre los seres vivos, los organismos evolucionan armas cada vez más eficaces, a lo que los otros responden con sistemas defensivos más ingeniosos, y así sucesivamente. Según Steve Pincker, en este contexto debemos entender la persistencia de la religión en la conducta del Homo sapiens, no como una adaptación directa, sino como una enjuta, esto es, como una característica fenotípica desarrollada como un rebote de la evolución: “la religión es un subproducto de muchas áreas de la mente que evolucionaron atendiendo otros propósitos”. Para entenderlo, hay que distinguir entre los beneficios que obtienen de la religión quienes la producen y quienes la consumen, y para ello conviene revisar los expedientes no de los biólogos sino de antropólogos, sociólogos e historiadores.

De entrada, Pincker se refiere a un componente presente en todas las religiones: el culto a los ancestros. “Si eres una persona entrada en años y vislumbras el día en que pasarás a engrosar el panteón, seguramente cualquier tipo de culto a los antepasados deberá parecerte bastante bueno”. Entre los inconvenientes del envejecimiento, está la cada vez más escandalosa certeza de que uno dejará el mundo y éste seguirá girando como si nada. “Si convences a los demás de que continuarás cuidando de sus asuntos incluso después de muerto, habrás sembrado un buen incentivo para que te traten amablemente hasta el último de tus días”.

Enseguida, Pincker trae a cuento los tabús en torno a la comida, compartidos también por varias religiones. “Si usted prohíbe a un niño un determinado alimento, especialmente de origen animal, él desarrollará asco hacia esa vianda. Por eso es que la mayoría de nosotros no comemos carne de perro, cerebros de mono, gusanos…, manjares que son apetecibles en otras sociedades. Muchas veces subyacen razones ecológicas a estos tabús, pero también de control. Cuando tienes comunidades con gustos y disgustos alimenticios diferenciados, si mantienes a tus chicos alejados de la comida de tus vecinos, eso los mantendrá dentro de la coalición y ayudará a eludir una deserción, dado que para poder compartir la comida con los vecinos tendrían que degustar cosas repugnantes”.

Los ritos de paso son otro ingrediente de todas las religiones; las ceremonias que formalizan la entrada de un niño a la adolescencia o de una mujer a la etapa de procreación, por ejemplo. Pincker explica: “Muchas decisiones sociales se tienen que expresar categóricamente, sí o no. Pero mucho de nuestra biología es más bien brumoso, poco definido y continuo. Un joven no se va a dormir una noche y despierta adulto a la mañana siguiente, y sin embargo un día hay que decidir si puede o no votar o manejar un auto. No hay nada mágico en los 13 ó 18 años de edad, o cualquier otra. Pero es mucho más conveniente ungir arbitrariamente a una persona como adulta a una edad en específico, que evaluar qué tan maduro es cada individuo cada vez que pida una cerveza”. Las demarcaciones tajantes de las diferentes etapas de la vida facilitan el control social. 

Muchos ritos religiosos de iniciación, sobre todo los que implican sacrificio, de algún modo aseguran la pertenencia a un grupo social. Pincker, él mismo nacido en el seno de una familia judía, ejemplifica: “‘Acabas de tener un hijo. Por favor trae al bebé para que pueda cortarle algo de la piel de su pene’. Este es el tipo de cosas que nadie haría a menos de que se tome muy en serio su filiación a una comunidad”.

Por último, resulta obvio que tener acceso al conocimiento arcano repercute en la jerarquía social.

Indiscutiblemente la religión reporta beneficios a sus productores. “Cuando se trata de los consumidores, hay posibles adaptaciones emocionales en nuestro deseo de salud, amor y éxito, posibles adaptaciones cognitivas en nuestra psicología intuitiva, y muchos aspectos de nuestra experiencia que parecen proporcionar evidencias acerca de la existencia del alma”. En conjunto, la dimensión religiosa es una de las ficciones más poderosas de las que hemos creado para aglutinar jerarquizadamente a los humanos.