… me convenzo de que, como tantos otros, construyo libros a partir de frases sueltas de sus escritos.
Groffeck a Freud, febrero de 1922.
“Creo que usted tomó
el ello (literariamente, no asociativamente) de Nietzsche. ¿Puedo
decirlo también así en mi escrito?” En el núcleo de este tramo de la historia se
halla esta conjetura, formulada por Sigmund Freud en una carta que envió a
Georg Groddeck en la Navidad de 1922. La pregunta no pretendía establecer
la paternidad del concepto del ello, más bien muestra cómo Freud trataba
de trazar el linaje de una noción que él transformó en instrumento teórico.
Para entenderlo, conviene seguir la pista del intercambio epistolar que, desde
1917, sostuvieron el fundador del psicoanálisis y el excéntrico médico de
Baden-Baden.
Recordemos que, al
inicio de 1920, Freud ya había aceptado a Groddeck como colega —“debo afirmar
que usted es un magnífico analista”, le escribió el 5 de junio de 1917— y
le había abierto las páginas de las revistas psicoanalíticas. Groddeck, por su
parte, había enviado su novela El buscador de almas para que
Freud la evaluara —y él, en su misiva del 8 de febrero de 1920, la elogió,
comparándola con el Don Quijote— y había comenzado a publicar
ensayos en Imago y en la Revista Internacional de
Psicoanálisis. Pero la relación también era teórica. El 17 de abril de
1921, Freud escribe:
Entiendo muy bien por qué lo inconsciente no le basta para prescindir del ello. Me pasa igual, sólo que tengo un talento especial para la suficiencia fragmentaria. Porque lo inconsciente es sólo algo fenoménico, una característica a falta de un mejor conocimiento, como si dijera: el señor con la capa, cuyo rostro no puedo ver con claridad. ¿Qué hago cuando aparece sin esa prenda?
Con esta metáfora, Freud
acepta una insuficiencia de su primera tópica
(Consciente-Preconsciente-Inconsciente), un modelo que denomina registros del
aparato psíquico —modos de inscripción, acceso y funcionamiento de los
contenidos psíquicos—, pero no al agente, a la fuerza que genera todo el
movimiento —junto con el yo y el superyó, una de las tres instancias en
conflicto, con funciones y génesis específicas—. La “capa” (el ser
inconsciente) es una característica; Groddeck le ofrece una solución: llamar ello
a ese “señor”. La primera tópica no distribuye funciones entre instancias, sino
que mapea sistemas psíquicos y sus condiciones de acceso a la conciencia. Dos
años después el problema quedará resuelto en El yo y el ello.
Lo inconsciente,
como sistema descriptivo y tópico, no basta: describe el estado de ciertos
contenidos psíquicos y su localización en el aparato, pero no una entidad.
Groddeck proponía el ello como esa fuerza primordial, inconsciente y
omniabarcante que nos vive mientras nosotros creemos vivir. Freud ideaba
una manera de incorporar esa intuición a su arquitectura teórica sin renunciar
al rigor teórico y sin dejarse seducir por los exabruptos místicos de Groddeck.
En la misma carta del 17 de abril de 1921, Freud dibuja un diagrama —del
que también da cuenta con palabras— que anticipa la segunda tópica: “La
representación más correcta parece ser… que las divisiones y separaciones que
observamos sólo tienen validez en capas relativamente superficiales, no en la
profundidad, para la cual su ‘ello' sería la designación correcta.” Seguramente,
Groddeck celebró esta confirmación. Pero no era un discípulo dócil.
Meses atrás, Freud y
Georg Groddeck se habían encontrado cara a cara por primera vez en el Congreso
Psicoanalítico de La Haya —septiembre de 1920—. La impresión que Groddeck llevó
a Baden-Baden fue de una fascinación infantil: “Durante los días del Congreso
he ido detrás de usted en un estado de semisueño, como un enamorado”, le
confesó en una carta —17 de octubre de 1920—. Pero también le habla de su “aversión
a los términos técnicos, y a toda definición precisa”. Freud, en su respuesta
del 15 de noviembre, responde con ironía:
He notado con una sonrisa que al final de su hermoso, original y escéptico ensayo se vuelve dogmático y fantástico, y dota a nuestro 'inconsciente'… de las cualidades más positivas de fuentes de conocimiento secretas. Bueno, todo hombre inteligente tiene un límite donde comienza a ser místico.
Freud quería construir
un concepto operativo; Groddeck se empecinaba en filosofar.
El 23 de
noviembre de 1922, Groddeck envió a Viena una larga y angustiada carta en la
que narraba una enfermedad que había sufrido después del Congreso de Berlín. El
médico alemán se autoanaliza: vincula su fiebre, su inflamación bucal y su
malestar general con la transferencia no resuelta hacia Freud —a quien en casi
todas sus cartas se dirige como “profesor”—. Según interpreta, inconscientemente
ha ubicado al doctor Freud en la serie materna —“El gran afecto que me une a
usted tiene sus raíces en esta identificación”— y concluye que casi nunca ha
tenido de él la impresión del padre. Rotundo, Freud contestaría escuetamente:
Esta explicación de su conferencia… y su colocación de mi persona en la serie materna —en la que evidentemente no encajo— muestran claramente cómo quiere evitar la transferencia paterna.
Luego, en esta misma
carta de Navidad del 22, al margen, pregunta:
¿Recuerda, por
cierto, con qué premura acepté de usted el ello? Fue mucho
antes de conocerle, en una de mis primeras cartas. Allí había insertado un
dibujo que pronto, con pocos cambios, deberá salir a la luz pública. Creo que
usted tomó el ello (literariamente, no asociativamente) de Nietzsche.
¿Puedo decirlo también así en mi escrito?
No es, como pudiera
parecer, una indagación sobre la fuente bibliográfica de Groddeck: Freud trata
de deslindar el concepto de ello que él usará en su segunda tópica de los
experimentos clínicos del médico alemán y de su monismo místico, engarzándolo,
en cambio, a una tradición filosófica con la que él, Freud, tenía una relación
ambivalente. Freud, que había leído a Nietzsche con recelo —decía que era
demasiado poético, demasiado intuitivo—, se encontraba con que el término que
estaba a punto de consagrar en su teoría podía ser rastreado hasta el filósofo
del martillo. Con todo, el movimiento de Freud también era estratégico: Freud quiere
delimitar el campo de influencias: Groddeck es un transmisor, no un origen. El
fundador del psicoanálisis quiere dejar claro que, aunque adopta el término, lo
hace desde una perspectiva que no es la de Groddeck ni la de Nietzsche, sino la
suya propia: el ello freudiano será una instancia psíquica inserta en el ámbito
de la metapsicología, no una fuerza cósmica o divina, ni siquiera metafísica.
Queda la pregunta… ¿Nietzsche,
el filósofo que había anunciado la muerte de Dios, se convertiría, sin saberlo,
en un padrino indirecto de la segunda tópica freudiana? ¿Cómo recibiría
Groddeck la pregunta de Freud? ¿Aceptaría la filiación nietzscheana, o defendería
la autonomía de su hallazgo? ¿Y qué había escrito realmente Nietzsche sobre el ello?
Todo eso lo dejaremos para la próxima entrega.
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