Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

miércoles, 29 de abril de 2009

La peste y el miedo

Daniel Defoe vivió y murió endeudado. Con todo, logró que su nombre pasara a la historia de las letras gracias un hombre que logró sobrevivir 28 años sin un centavo, el protagonista de su obra más famosa. Robinson Crusoe, publicado por primera vez en 1719, es para muchos la primera novela escrita en inglés (en realidad, el título original del libro es quizá el más extenso para una novela: The Life and strange Surprizing Adventures of Robinson Crusoe of York, Mariner: Who lived Eight and Twenty Years, all alone in an un-inhabited Island on the coast of America, near the Mouth of the Great River of Oroonoque; Having been cast on Shore by Shipwreck, where-in all the Men perished but himself. With An Account how he was at last as strangely deliver'd by Pyrates. Written by Himself.). Defoe nació en Londres entre 1659 y 1661, o sea que él era apenas un infante cuando, en 1665, su ciudad natal recibió la indeseada visita multitudinaria de la yersinia pestis, el bicho microscópico causante de la peste negra, también conocida como bubónica. Si bien Daniel sobrevivió la peste, dado el carácter de escuincle que tenía entonces, seguramente el valor testimonial de sus recuerdos hubiera resultado más bien escaso para, a partir de ellos, escribir un libro que, aunque en estricto sentido es una novela, resulta el documento más útil para comprender el horror que fue la Gran Plaga.

La primera edición de Diario del año de la peste (también con un subtítulo ingente: being observations or memorials of the most remarkable occurrences, as well public as private, which happened in London during the last great visitation in 1665), comenzó a circular en 1722; desde su portada contenía un ingrediente que le redituó gran verosimilitud: ahí se asentaba que su autor era “un ciudadano” que había presenciado los hechos. Al parecer, no sólo se trataba de un truco de novelista: el Diario aparece firmado por un tal H.F., iniciales que corresponden a las de Henry Foe, tío del escritor —el “De” se lo agregó Daniel a su apellido para que tuviera cierta resonancia aristocrática—, de tal suerte que muy probablemente el escritor sí se basó en una fuente de primera mano. El Diario del año de la peste tiene el formato de una crónica, más próxima al reportaje periodístico que a la literatura—ésa y cualquier otra licencia puede darse un novelista—; incorpora relatos pormenorizados de los avatares de algunos personajes, cuadros estadísticos, descripciones de época, diálogos y sesudas reflexiones, que en su conjunto bien pueden leerse como un magnífico retablo sobre el pavor colectivo que puede desatar el azote de una epidemia. En las páginas del libro de Defoe uno puede aproximarse al terror que un inglés del siglo XVII podía sentir al asumirse castigado por la voluntad de dios, una punición que, aunque nadie tenía claro a qué se debía, era repartida a rajatabla entre todos con la fuerza igualitaria de la muerte.

Han pasado casi 350 años de que la peste bubónica mató a cerca de cien mil londinenses. De entonces a la fecha el desarrollo científico y tecnológico ha sido enorme, en cualquier caso suficiente para que hoy sepamos qué origina las epidemias e incluso muchas veces tengamos la capacidad de desarrollar curas y vacunas. Desde la soberbia del siglo XXI, podemos pensar que para aquella gente su vulnerabilidad era tanta como su ignorancia; por ejemplo, mataron a todos los perros y gatos domésticos pensando que eran acarreadores del mal, y nada más empeoraron el asunto, porque libraron de sus depredadores a los verdaderos enemigos, las ratas. En 1665, Londres contaba con alrededor de medio millón de habitantes, y llegaron a ocurrir siete mil decesos en tan sólo una semana. El lunes 27 de abril de 2009, en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, con una población de cerca de 20 millones, se tiene la certeza de que la influenza AH1N1 de origen porcino ha matado a menos diez personas. Desde la perspectiva que me ofrece la calle y los medios, ni las evidencias que aporta la aritmética ni siglos de conocimiento científico acumulado han ayudado mucho para paliar el miedo. Falso que a mayor información menos temor, falso también que a mayor conocimiento construido racionalmente desaparezca nuestra necesidad de modelar mitos para comprender el mundo. Un botón: el domingo 26, un grupo de creyentes sacó de la Catedral en procesión por las calles del centro histórico al Cristo de la Salud, una escultura de más de dos metros de altura, considerada particularmente milagrosa en casos de contingencias sanitarias —las fuentes católicas no se ponen de acuerdo si la última vez que deambuló la figura fue en 1850 o en 1691—. El fervor religioso frente al ataque viral, sí…, aunque los que cargaban el pedestal llevaban tapabocas.

domingo, 19 de abril de 2009

Pupitres megachiquititos

Eustaquio está por terminar el martirio de la secundaria. Hasta ahora, toda su vida académica, desde kínder, la ha transitado en una sola escuela, un colegio particular que puede presumir, y de hecho presume, un alto nivel académico. Por supuesto, además de un tanto cuanto petulante, no es una escuela barata; para la mayoría de los progenitores que tienen ahí a su prole, el gasto en colegiaturas, reinscripciones, uniformes, útiles, libros y toda la parafernalia de la vida escolar en este tipo de planteles representa una parte sustantiva de su presupuesto.

– Y espérate, amiga, que sigue la prepa y las mensualidades del Tec están que ni para qué te digo.

– Pues ojalá que los hijos sepan aprovechar el esfuerzo que hacemos, oye… –porque, efectivamente, para muchas familias mantener a sus vástagos en un colegio particular constituye, todavía, si no una inversión segura, sí al menos la única apuesta por, ya no digamos la ascendencia social, sino al menos por un antídoto contra la depauperación.

Eustaquio cuenta que hace unos días, como todos los estudiantes que están cursando el tercer año de secundaria, presentó el Exani I. Para ello, a él y a todos sus compañeros los llevaron a una escuela pública, una secundaria técnica. Luego del típico recorrido en camión –cánticos, empujones e intercambio de bromitas perversas entre los púberes a evaluar–, tan pronto llegaron, los distribuyeron en varios salones… “¡No inventes!, siguen usando pizarrones antigüitos, de los de gis. Y los pupitres que usan están megachiquititos”. Eustaquio relata que incluso tuvieron que traer de otras aulas algunos escritorios de maestros, porque muchos de sus compañeros, hombres y mujeres, de plano no cupieron en los pupitres…

Las diferencias socioeconómicas son perceptibles en la anatomía de las personas, en peso y tallas. Esto resulta evidente entre países y responde a diferentes niveles de desarrollo; por ejemplo, en Estados Unidos, los niños con déficit en la relación estatura/edad representan apenas el 1%, mientras que en Kenia el 30% y en India ¡casi la mitad! (48%). Este mismo indicador –relacionado a la estatura media por edad de la población de referencia internacional reconocida por la Organización Mundial de la Salud de la ONU– muestra desigualdades drásticas entre países latinoamericanos, por ejemplo: Guatemala, 49%; México 12.7%; Brasil, 10%; Chile,1%. Sin embargo, los pupitres megachiquititos de aquella secundaria técnica muestran la dimensión anatómica de las diferencias socioeconómicas no solamente al interior de un país, el nuestro, sino de una misma ciudad (y además una, Aguascalientes, en la que el componente indígena en su población es prácticamente nulo).


Me parece que no hay indicador alguno que muestre que la talla y el peso sean características de un niño que determinen directamente su eficiencia en la academia –claro, mientras quepa en el pupitre–, sin embargo, recientes estudios científicos vienen a demostrar lo que el sentido común podría sugerir a muchos: el desarrollo socioeconómico es una variable que incide frontalmente no sólo en el desarrollo físico de los infantes, sino también en el desempeño de ciertas funciones cerebrales ligadas al aprendizaje y en general a la cognición.

En su edición de marzo 30 pasado, la revista Proceedings of the National Academy of Sciences publica una ponencia firmada por Gary W. Evans y Michelle A. Schamberg –Childhood poverty, chronic stress, and adult working memory–, en el cual aportan pruebas de que la pobreza afecta el cerebro de los niños que la padecen. Particularmente, demuestran que “la pobreza durante la niñez es inversamente proporcional a la memoria de trabajo de los adultos jóvenes”. Los investigadores de la Universidad de Cornell trabajaron para probar dos hipótesis engarzadas. La primera, “que la pobreza durante la niñez va a interferir en el desarrollo de la memoria de trabajo de los jóvenes adultos”. Aquí conviene recordar que el concepto de working memory se refiere a algo así como al RAM de las personas: “el mecanismo de almacenamiento de información temporal que nos permite retener activas pequeñas cantidades de datos durante breves intervalos y manipularlas”. Dicho mecanismo resulta esencial para la comprensión del lenguaje, la lectura y la resolución de problemas; y, obviamente, es un requisito indispensable para luego almacenar información en la memoria de largo plazo. La segunda hipótesis establece que “la relación prospectiva entre una niñez en condición de pobreza y la memoria de trabajo de la juventud adulta se encuentra mediada por estados de estrés psicológico crónico”. En forma esquemática: pobreza – estrés crónico – problemas de memoria de trbajo.

Vale decir entoces que si bien es cierto que las repercusiones de la pobreza infantil tienen una dimensión socioeconómica innegable, también acarrean una afectación directa en los mecanismos neurocognitivos de los chavos.

Quien quiera, pues, podrá ver en aquellos pupitres megachiquititos un atisbo de cómo estamos ahora modelando el perfil del capital humano de México.

jueves, 9 de abril de 2009

Mejor alucinante que acartonado…

No tengo muy claro desde cuándo, pero tiene ya algún tiempo que andaba circulando por mis neuronas una sospecha. Casi fantasmal, la pobre apenas alcanzaba una presencia mínima para hacerse sentir ocasionalmente; así, tímida, intentaba cosquillear de vez en cuando mi conciencia, pero nunca antes había logrado textualizarse lo suficiente como para que yo pudiera prenderla por las orejas para analizarla y compartirla. Pero ocurrió que las locas fuerzas del azar, o quizá del destino —en cuyo caso estarían aun más locas—, operaron de tal forma que, si bien no uno tras otro pero sí muy próximos entre sí, leí primero La invención de América y luego El mundo alucinante, un ensayo y una novela. Algunas noches después, la sospecha aquella agarró confianza, jaló aire y argumentos, y sin pedir permiso a nadie conectó ideas para transmutarse en conclusión: el realismo mágico, más que una corriente literaria, es una forma inteligente de entender América.

En el ensayo (La invención de América, FCE), Edmundo O’Gorman (1906-1995) dispone su inteligencia, que no era poca, y su talento de historiador, que era mucho, alineados para “reconstruir la historia, no del ‘descubrimiento de América’, sino de la idea de que América había sido descubierta”. Y lo logra. Por supuesto, O’Gorman parte de que el descubrimiento de América no es un hecho, sino la interpretación hegemónica de un hecho, y en pocas páginas consigue seguirle la pista a esa idea. Pero quiero destacar otro ingrediente de la obra: la insistencia de don Edmundo en el sentido de que todo acto en sí mismo carece de sentido, de tal suerte que es su interpretación la que lo “dota de un ser al postularle una intención”. Dicho en corto, los hechos adquieren carácter de históricos solamente si son interpretados.

La novela se la debemos a un marielito, Reinaldo Arenas (1843-1990). La edición que encontré (Cátedra, 2008) incluye una postdata al prólogo que el propio autor escribe en 1980; cuando la leí me pareció excedida e incluso supuse que resultaría errónea: “Me informan que informes desinformados (y patéticos) informan que hay en esta novela escrita en 1965…, influencia de obras que se escribieron y publicaron después de ella, como Cien años de soledad (1967)… He aquí otra prueba irrebatible… de que el tiempo no existe”. ¿Realismo mágico antes que el del patriarca García Márquez? Pues después de leer la obra hay que aceptar que sí, y no como atisbos —Rulfo, Borges, Carpentier, en fin—, sino pleno, evidente. Arenas escribió una novela de aventuras con base en la vida de José Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra (1763-1827), un regiomontano que a los 16 años ingresó a la orden dominicana y a los 31 pronunció un discurso que marcaría su vida y la manera en que concebimos la historia de México. Debo advertir que si buscas la precisión historiográfica respecto a la estrambótica biografía de Fray Servando, no leas El mundo alucinante —para eso, más te valdría echar mano de la investigación que varios años después escribió Christopher Domínguez, Vida de Fray Servando (Era, 2005)—; tal no fue el propósito de Reinaldo Arenas. La intención del novelista fue literaria: espejear estéticamente el sinsentido que pretendió enfrentar el dominico, precisamente reasignando significados. En el prólogo que hace a su libro para la edición de 1982 el cubano se descara: “Esta es la vida de Fray Servando Teresa de Mier. Tal como fue, tal como pudo haber sido, tal como a mí me hubiera gustado que hubiera sido”. A Fray Servando debemos, junto con Carlos María Bustamante, la conceptualización del primer nacionalismo mexicano a partir de la resignificación de los principales ingredientes del patriotismo criollo, esto es, la interpretación de una serie de actos pasados por medio de la cual se dotó de un ser y de una identidad a México. Y no estamos hablando de un ratón de biblioteca, en lo absoluto; la vida de Fray Servando resulta precisamente, alucinante, digna de una novela de aventuras: ¿un republicano con aires de aristócrata?, ¿un autodenominado arzobispo sentado en el congreso constituyente?, ¿un religioso que terminó sus días en Palacio Nacional como un activo del naciente Estado Nación?, ¿un creador del nacionalismo mexicano que estableció la liga entre la virgen de Guadalupe y la Tonatzin?, ¿un mexicano decimonónico que entendía once idiomas y echó balazos trepado en un caballo?, ¿un hombre que pasó casi la mitad de su vida en prisión? Todo un caso.

El ensayo de O’Gorman “quien también fue un gran estudioso del pensamiento de Fray Servando” y la novela de Reinaldo Arenas permiten espabilarse un poco, para caer en la cuenta de que a lo largo de 500 años seguimos descubriendo América, interpretándonos. Hoy, acartonados andamos en mucho porque nos urgen nuevas interpretaciones de nosotros mismos.

domingo, 29 de marzo de 2009

2666 al canon

Hace apenas unos días, el National Book Critics Circle (NBCC) difundió los resultados de su premio anual. En la categoría de ficción, Roberto Bolaño resultó el galardonado: para la élite de la crítica literaria norteamericana, 2666 fue la mejor novela publicada en inglés el año pasado. Se dice fácil, pero…

La NBCC —actualmente agrupa a más de 600 críticos— se fundó en 1974, y comenzó a otorgar sus premios al año siguiente. A lo largo de sus 34 ediciones, es la primera ocasión que el NBCC Fiction Award se concede a una obra que originalmente no fue escrita en inglés. Ni García Márquez ni Fuentes lo han obtenido, tampoco Goytisolo ni Javier Marías ni ningún otro español… —sí un latinoamericano: en 2007 el inmigrante dominicano Junot Díaz, pero con una novela escrita en inglés, The Brief Wonderous Life of Oscar Wao—. Entre los premiados, vacas sagradas de las letras inglesas como John Updike (1932-2009) —quien alcanzó el premio dos veces— y la Nobel de Literatura Toni Morrison (1931). En 1992 ganó Cormac McCarthy (1933), autor de bestsellers (La carretera y No Country for Old Men, por ejemplo) y reconocido por la academia como uno de los grandes (Harold Bloom lo considera uno de los cuatro mejores novelistas del mundo anglo contemporáneo). De todos los premiados, únicamente en tres casos (el dominicano, un inmigrante alemán y Bolaño) la lengua materna del escritor no fue el inglés; el 63 por ciento han sido gringos; el resto, cuatro ingleses, dos canadienses, dos narradoras de la India y una australiana. En pocas palabras, con el NBCC Fiction Award la novela de Roberto Bolaño ingresa a un canon que trasciende la barrera del idioma.

Roberto Bolaño nació en Santiago de Chile (1953). Emigró en 1968; radicó en México y desde 1977 en España, donde falleció (2003). Con Los detectives salvajes (1998), se consolidó como un protagonista indiscutible de la literatura contemporánea en castellano.

Bolaño dedica 2666 a sus dos hijos. El dato debe aquilatarse: en una entrevista para
Playboy México, le preguntaron qué era para él la patria… “Lamento darte una respuesta más bien cursi. Mi única patria son mis dos hijos… Y tal vez, pero en segundo plano, algunos instantes, algunas calles, algunos rostros o escenas o libros que están dentro de mí y que algún día olvidaré, que es lo mejor que uno puede hacer con la patria”.

2666 fue el estertor de despedida de Bolaño, ¡y qué jalón de vida!: un novelón de más de mil páginas. El punto de fuga aun no llega: el año 2666. En el centro geográfico, una ciudad mexicana: Santa Teresa, Sonora, el nombre que Bolaño usa para referirse a Ciudad Juárez, Chihuahua. Se estructura 2666 en cinco apartados. El primero se ocupa de cuatro filólogos expertos en el trabajo del misterioso novelista Benno von Archimboldi. Todos tras la pista del literato que se erige como candidato al Nobel. La amistad, el erotismo y sobre todo la imposibilidad de conocer realmente a los otros, son preocupaciones constantes. Un pitazo hará que la cofradía de críticos europeos viaje a México, particularmente a una ciudad tristemente famosa por las mujeres que ahí han sido asesinadas.

La segunda parte deja percibir un evidente aliento autobiográfico: Amalfitano es un chileno que ha pasado la mayor parte de su vida exiliado en España. Acaba de avecindarse en Santa Teresa, acompañado de su hija. La esposa es un caso perdido: perdida en Europa, perdida en sí misma. Amalfitano aterriza en Santa Teresa, y entra a trabajar en la UST, una universidad pública estatal muy como todas las demás…


El tercer apartado lo protagoniza un reportero afroamericano, deprimido y medio filósofo, quien viaja a Santa Teresa para cubrir una pelea de box. El periplo lo lleva a conocer de canto el mundo del narco fronterizo. En la penúltima parte, Bolaño da cuenta, uno a uno, de los feminicidios ocurridos en Santa Teresa de 1993 a 1997, y narra el contexto: las maquiladoras y los barrios pobres, la omnipresencia del narco, la esperanza del sur enfrentada a la realidad de la frontera, los tejemanejes de los judiciales, lo flexible de conceptos como bueno y malo si la argumentación se da a balazos, la locura, la impunidad que reditúa en desamparo.


En la última parte se cuenta la historia del escurridizo Benno von Archimboldi… No es sino hasta aquí que uno puede aquilatar el peso de la novela de Bolaño, cuando va tejiéndose la gran trama de una historia que pretende ser total: todo tiene que ver con todo. Roberto Bolaño logra salirse con la suya y uno, sin mucha reflexión mediante, termina, más que “entendiendo”, apropiándose de una conclusión: no existen las casualidades, absolutamente todo se integra en una totalizante red de causalidades…, y obvio, que tú hayas leído esto también forma parte de ella.

martes, 24 de marzo de 2009

El aleph y la señora Gordillo

El fin de semana anterior, el director de este diario se recetó a sí mismo una profecía que, me temo, seguramente se cumplió. Parafraseando al Premio Nobel de Literatura Sir Winston Churchill, arrancó su editorial afirmando: “Elba Esther Gordillo es la peor líder sindical (de entre las que tienen el poder), exceptuando a todos los demás”. Luego, el augurio: “No quiero imaginar el vendaval de críticas que recibiré…”. Claro, una provocación, y en esta ajetreada realidad de país, provocaciones brincan a diario y a montones, en mi caso, mucho más atendibles simplemente porque la mayoría de los que las tiran me caen mal. Infortunadamente para el debate, Jorge me cae bien, así que si no hubiera seguido la lectura de su texto la cosa no hubiera pasado de un retortijón dominguero…, pero el morbo es grande y seguí leyendo. En los primeros párrafos Álvarez lanza su argumento a la mesa: “la diferencia central es que a ‘la Gordillo’ le importa la manera en que será recordada, y al resto de los líderes charros en este país, eso los tiene sin cuidado”. ¿Cómo será recordada la líder vitalicia del SNTE? ¿Cómo seremos recordados nosotros? ¿Quiénes te recordarán? ¿Cuánto tiempo? La trascendencia, ¿eh?

¿Quién será el escritor más recordado en Occidente? Apuesto que es Cervantes, quien falleció el 22 de abril de 1610, o Shakespeare, quien murió, según el calendario juliano, al día siguiente. Es decir, el próximo año conmemoraremos, bueno, los que lleguen, cuatro siglos del óbito de ambos. ¿Los recordamos? Apenas el 11 de marzo pasado el mundo se enteró de un curioso descubrimiento: existe un retrato de don Guillermo, realizado cuando el dramaturgo inglés tenía 46 años de edad, esto es, seis años antes de morir, y es único. Lo anterior significa que la imagen que hasta hoy aparece en enciclopedias, museos y contraportadas corresponde a un cuadro de Shakespeare realizado 70 años después de que él sucumbiera. Hemos, pues, recordado un recuerdo. En cuanto al complutense, propongo un sencillo experimento: cierra los ojos y visualiza a don Quijote de la Mancha…, y después intenta hacer lo mismo con Cervantes. Seguramente al primero pudiste recordarlo con mucho más precisión, mientras que al escritor, quizá, lo viste como un señor extrañamente parecido a Sir Walter Raleigh, el pirata, el de los cigarros. Ahora, la estampa de los personajes cervantinos que armaste en tu cabeza muy probablemente es la de un vejestorio largucho y flaco, acompañado de un chaparro gordinflón y sonriente; tal icono se lo debemos a los grabados con que Gustave Doré ilustró una edición de 1863, y si alguna vez has leído El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, sabrás que la imagen no corresponden a la descripción que hace Cervantes en su novela.


Entonces, ¿qué recordamos, al autor o a sus obras? ¿Recordamos a la gente o a las representaciones mentales que de ella se imponen? Me parece que, sin excepción, las personas se olvidan, mientras que, si acaso, se recuerdan personajes. Por antonomasia, pues, a lo más que podemos aspirar es a que se salve del olvido —apenas por un rato y sólo entre un algunos— una abstracción de lo que fuimos, no más. Y, claro, dicha abstracción será producto de una convención social, un producto por lo demás dinámico, susceptible de mutar de acuerdo a los devaneos del dichoso imaginario colectivo. Por supuesto, los haceres y decires de la gente de carne y hueso de alguna manera influyen en la construcción de sus respectivos personajes, pero uno suelen hacerlo inconscientemente; es más, aunque haya personas que en vida procuren ir perfilando al personaje con el cual quieren ser recordados, a la larga sus esfuerzos no necesariamente resultan definitorios. Bien valdría leer Pancho Villa: una biografía narrativa (Planeta, 2006), uno de los mejores libros de Paco Ignacio Taibo II. En dicha obra, queda contundentemente claro que el consabido “juicio de la historia” no pasa de ser un lugar común, un ejemplazo de pensamiento ideológico. Doroteo Arango comenzó a modelar su personaje desde muy chavo, quizá incluso antes de renombrarse Pancho Villa, con una conciencia de cometido sorprendente…, sin embargo, al cabo de los años “el juicio” no lo falló la historia, sino, como siempre, quienes la han escrito.


Volviendo al caso de la señora Gordillo, opino que hoy, antes incluso de que fenezca, ella es ya más un personaje que una persona. Su rostro, el de la mujer que hace 64 años nació en Comitán, es con mucho bastante más difuso que los cientos y cientos de cartones que la prensa ha publicado para editorializar críticamente su actuar. ¿Qué tendrá más posibilidades de no perderse en el olvido, “el legado que a Elba Esther le importa construir” o su responsabilidad en la situación actual del sistema de educación pública mexicano, sus buenas intenciones o las Hummer?

sábado, 14 de marzo de 2009

Erizo inútil, erizo placebo

Por un desacuerdo teórico-literario, una furibunda fémina estuvo a punto de abofetearme. Ocurrió hace poco más de veinte años en El Parián. Apenas descentralizado, yo acababa de llegar a Aguascalientes, y además de proyectos traía un librito recién publicado bajo el brazo; Fernando Rivera Ibarra, generoso, comenzó a venderlo en Publicaciones Excélsior, y además me invitó a promocionarlo en La tertulia literaria, un programa de televisión que entonces se transmitía desde su cafetería-librería. Además del anfitrión, los asiduos eran algunos profesores de literatura, escritores en capullo, promesas de poetas, dandis de gazné y pipa, ajedrecistas y otros personajes con perfiles aproximados. Debo decir que casi todos fueron amables conmigo. Medianamente superados los primeros cuestionamientos, alguien me preguntó para qué servía la literatura. Contesté que la literatura, como el arte en general, no sirve para nada. Siguió un áspero silencio que, con un poco prudencia, yo hubiera debido soportar también callado, en cambio, caí en la tentación de resanar el momento tratando de explicar mi afirmación: un excusado, por ejemplo, sirve para algo, el Guernica de Picasso o la Novena Sinfonía de Beethoven no; y es que casi todo puede ser un medio para alcanzar otra cosa, el arte no puesto que es un fin en sí mismo… Fue entonces que la cólera hecha mujer surgió de entre las mesas y, esquivando comensales y cables, a grandes zancadas se me fue encima, vociferando que yo era un chilango malnacido, una afrenta para la humanidad, y que más valía que me arrepintiera de la herejía que acababa de escupir… Un grupo de valientes detuvo a la dama punitiva justo cuando su rabia estaba a punto de alcanzarme, y mandaron a comerciales.

Sé que es riesgoso, pero hoy sigo pensando lo mismo, es decir, que el arte es inservible. Hace poco conocí a una mujer que opina distinto —aparentemente—, y con quien, sin embargo, estoy del todo de acuerdo. Se llama Renée Michel. Sabia y elegante, dijo: “La literatura… tiene una función pragmática. Como toda forma de arte, tiene como misión hacer soportable el cumplimiento de nuestros deberes vitales.” La contradicción, por supuesto, es engañosa y sólo se da por encimita: el arte, dice Renée hace apenas soportable la vida, es decir, mitiga, suaviza o atenúa sus efectos; en la medida en la que no la resuelve, el arte es un paliativo, algo que en estricto sentido no sirve… Ahora, careciendo por sí mismo de acción terapéutica, el arte puede lograr el efecto placebo. Y he ahí la paradoja: sirve porque no sirve, no sirve a pesar de que sirve.


La anterior y otras de las posturas de la señora Michel ante la vida son sin duda nietzschenianas. ¿Que quién es ella? Reneé se sabe al dedillo La guerra y la paz de Tolstoi, no estudió en Filosofía y Letras ni quiere ser poetiza ni musa de escritores laureados, tampoco participa en tertulias ni en talleres literarios ni publica en suplementos culturales. Camina con 54 años a cuestas, 27 de los cuales ha trabajado como portera en el edificio de apartamentos localizado en el número 7 de la Rue de Grenelle, en uno de los barrios más burgueses de París. Si te interesa puedes conocerla: Renée Michel, junto con Paloma Josse, una púber de 12 años, protagonizan La elegancia del erizo, la segunda novela de una señora que el próximo 28 de mayo se estrena como cuarentona.


Muriel Barbery nació en Casablanca, Marruecos, en 1969. Se graduó en la Escuela Normal Superior de Letras y Ciencias Humanas de Lyon, y es profesora de filosofía en el IUFM de Saint-Lô. En 2000 publicó su primera novela, Una golosina, con la que obtuvo un éxito considerable —a la fecha, el libro se ha traducido a doce idiomas—, pero nada comparable con lo que ocurriría con La elegancia del erizo, cuya primera edición en francés (Gallimard, 2006) trepidó el mercado galo: con más de 50 reimpresiones, permaneció por 30 semanas consecutivas encabezando las listas de bestsellers —hoy se han vendido más de 1.3 millones de ejemplares, nada más en Francia—. Total, que desde finales de 2007, Seix Barral comenzó a comercializar la versión en español, gracias a una excelente traducción de Isabel González-Garza. En octubre se estrena la adaptación fílmica de la novela, una cinta homónima dirigida por Mona Achache. ¿Hay que leer La elegancia del erizo de Muriel Barbery? No es necesario, tampoco sirve de nada. Puede, eso sí, resultar una experiencia estética, el gran placebo: “Sabemos que somos animales dotados de un arma de supervivencia y no dioses que dan forma al mundo con su propio pensamiento —medita Renée—, y desde luego hace falta algo para que esta sagacidad sea… tolerable, algo que nos salve de la triste y eterna fiebre de los destinos biológicos. Entonces, inventamos el arte…”

martes, 3 de marzo de 2009

Eufrosina y la autoestima nacional

Día de la Bandera del año 2009. El señor que despacha como presidente de la República, rodeado de cientos de militares, se apersonó en “el corazón de nuestra Patria”: el zócalo de la Ciudad de México. En medio de toda una parafernalia cívica, el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas del país lanzó una serie de exhortos. Se dirigió a “nosotros, mexicanas y mexicanas de hoy, la generación del Bicentenario de la Independencia”, a quienes nos incitó a “hacer frente a los desafíos” que se presentan a la Nación, dos en concreto: el problema de “la inseguridad y la violencia generada por el crimen”, y la “situación financiera internacional”. Ya casi al final de su arenga, Calderón pidió: “Hagamos que la Bandera Mexicana ondee siempre gallarda y orgullosa sobre una Patria a la altura de nuestra historia”. Quizás la fórmula únicamente tenía propósitos retóricos, pero igual me asalta una duda: ¿podría acaso la Patria no estar a la altura de su propia historia?

Interpreto que la frase estar a la altura de significa algo así como ser consecuente con; si es así, ¿es posible que un país no sea consecuente en su actualidad con su devenir a través del tiempo? En términos de lógica formal, un ente necesariamente es efecto obligado de sus causas. Si el ente se llama, digamos, Eufrosina, y lleva treinta años desayunando diariamente tres guajolotas —tortas de tamal, para los legos—, comiendo comodiosmanda y cenando pambazos y quecas de chicharrón prensado, resulta un tanto cuanto gratuito que, luego de mirarse al espejo, una noche se cuestione: “¡Dios mío!, ¿pero por qué estoy tan gorda?” Igual, si un país jamás ha invertido más del 1% de su PIB en investigación científica, estar a la altura de su historia en ese ámbito significa ser dependiente en materia de ciencia y tecnología. ¿Se desprende entonces que cualquier país necesariamente está siempre a la altura de su historia? Me parece que sí. El problema es que un país, como Eufrosina, debe problematizar además de su entidad, su identidad, y ahí sí las cosas no son tan sencillas. ¿Nuestra identidad nacional está a la altura de nuestra historia? Dejando a un lado la cuestión de si realmente existe eso que llamamos historia de manera independiente de cómo nos la contamos, entonces mi respuesta es no: nuestra identidad nacional no está a la altura de nuestra historia. ¿Ejemplos? Sobran: a la fecha, la mayoría de los mexicanos y mexicanas, “la generación del Bicentenario de la Independencia”, cuando nos referimos al año 1521, decimos “cuando nos conquistaron los españoles”, y claro, ningún contemporáneo estuvo ahí y la inmensa mayoría no lo expresamos en náhuatl. Otra: la mayoría de los mexicanos y mexicanas suele usar la frase "como buen mexicano" para apostillar una mala conducta. Supongamos que Eufrosina al mirarse al espejo exclamara satisfecha: “¡Sí, gordura es hermosura!”, y luego se fuera a roncar saboreando desde ya las guajolotas que al amanecer le aguardan. Entonces podríamos decir no sólo que su conciencia de sí, su identidad, resulta congruente con su proceder en el pasado, sino que también le produce orgullo, autoestima. En el caso de los países, la cuestión de la identidad tiene que ver con al menos dos conceptos: patriotismo y nacionalismo. Aunque suelen confundirse, no son lo mismo. 

David Brading (Los orígenes del nacionalismo mexicano. México, 1988) lo explica claramente: el patriotismo es “el orgullo que uno siente por su pueblo, o de la devoción que a uno le inspira su propio país”, mientras que el nacionalismo es “un tipo específico de teoría política; con frecuencia […] la expresión de una reacción frente a un desafío extranjero… Comúnmente su contenido implica la búsqueda de una autodefinición, una búsqueda […] en el pasado nacional en pos de enseñanzas e inspiración que sean guía para el presente”. Así las cosas, ¿en qué ámbito debemos ubicar el exhorto que Ejecutivo Federal nos hace? Me parece que las palabras de Calderón apelan al nacionalismo. La bronca es que, a diferencia del patriotismo que es un sentimiento que prácticamente surge espontáneamente de la cotidianeidad, el nacionalismo, en tanto teoría política que abona en favor de la unidad de un Estado Nación, debe construirse, primero, y luego legitimarse. Y claro, igual que ocurre con dos de las grandes avenidas del DF, ahora mismo, Patriotismo y Revolución corren en contrasentido.

El librito del doctor Brading, ¡menos de 150 páginas!, es una gran obra, fundamental para entender el brete en el que estamos. Bien documentado, muestra cómo el patriotismo criollo fue el origen del nacionalismo mexicano, y cómo este último después fue imbricándose a lo largo del siglo XIX con el liberalismo, para años más tarde, ser reconformado por los ideólogos del postrevolucionarios. ¿Y luego? He ahí el problema: para que los mexicanos estemos a la altura de nuestra historia habrá que reconocerse en ella y, preferentemente, sentir orgullo. Para ello, echarle ganas no es suficiente. Si Eufrosina no se gusta gorda, tendrá que cambiar de dieta.