Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
lunes, 18 de agosto de 2014
jueves, 14 de agosto de 2014
El primer mexicano simbólico: la Malinche
… a nivel anecdótico, pero de ninguna manera insignificante, se puede decir que el primer “mexicano”, en el sentido actual del término, no fue el hijo de la Malinche y Hernán Cortés, Martín Cortés, como cuenta la leyenda (aunque estrictamente hablando los primeros “mexicanos” fueron los hijos del explorador español Gonzalo Guerrero, mestizos nacidos en la península de Yucatán).¿Cuál leyenda? (entre paréntesis reviremos que los hijos de Gonzalo Guerrero —quien no fue explorador, sino marinero, náufrago y guerrero por antonomasia— no hablaban náhuatl, la lengua de los mexicas, sino maya. Recordemos que las comunidades que se asentaban en el Ma'ya'ab antes de la llegada de los europeos se encontraban fuera de la hegemonía del imperio Culhúa-Mexica, que durante la mayor porción de la época colonial la península no formaba parte de la Nueva España, y que los yucatecos declararon su independencia de España días antes de que lo hiciera México, al cual posteriormente se adhirieron voluntariamente. Dicho de sopetón: Yucatán ya era Yucatán mucho antes de ser una provincia de México; estrictamente hablando, a los hijos de Gonzalo deberíamos llamarlos los primeros yucatecos).
Cortés tuvo dos hijos, ambos llamados Martín: uno nacido fuera del matrimonio con Marina, y otro con su mujer española, quien heredó el título nobiliario.Cortés no tuvo dos hijos, tuvo más, la gran mayoría “fuera del matrimonio”; eso sí, a dos les puso el nombre de su propio padre, Martín. Y por supuesto que la mujer española de Cortés no heredó el título nobiliario que Carlos V otorgó al conquistador —Marqués del Valle de Oaxaca—, sino el hijo. Y sí, quizá todo lo anterior fue lo que trató de afirmar el excanciller Castañeda Gutman, pero, ¡ay!, hay que saber poner comas.
El “primer mexicano” fue la Malinche misma, que se ganó la confianza de Cortés y le tradujo y explicó la naturaleza de los retos a los que se enfrentaría; lo acompañó y consoló cuando las circunstancias se tornaron amargas y lo apoyó cuando mejoraron…En su segunda Carta de relación, Cortés relata su avance de Veracruz hacia Tenochtitlán, pero no menciona a Malinali, ni media palabra acerca de su intérprete, la mujer que lo apoyó en las buenas y en las malas, incluso en las muy muy malas, como cuando los tlaxcaltecas estuvieron a punto de aniquilar a los españoles, reporte que sí se toma la molestia de escribir Bernal Díaz del Castillo: “cuando todos estábamos heridos y dolientes, jamás vimos flaqueza en ella, sino muy mayor esfuerzo que de mujer”.
… y no sólo fue la madre de sus hijos…Marina no fue la madre de los hijos de Cortés —quien, con certeza, fue padre de once—, fue madre nada más de uno de ellos, el varón primogénito, Martín, el mestizo, quien nació a finales de 1522, probablemente en Coyoacán, y a quien años después, a petición del propio conquistador, Clemente VII legitimó por medio de una bula firmada en Roma en abril de 1526 —en el mismo documento, el pontífice legitimó a otros dos bastardos de don Hernán: Luis y Catalina, retoños que había procreado con dos españolas, Antonia Hermosillo y Leonora Pizarro, respectivamente).
… y con quien compartía su cama, sino sobre todo fue su aliada y consejera política.El eufemismo “compartir su cama” resulta no sólo impreciso y desafortunado —¿a quién puede entrarle en la mollera que la esclava tuviera ya no digamos una cama, sino cualquier posesión?—, sino sobre todo injusto. ¿Que la muchacha actuó como su consejera? Sin duda: no en balde los indios llamaban a Cortés Capitán Malinche.
Continúa Castañeda:
A pesar de su origen indígena, Marina se convirtió en la primera mexicana…¿A pesar de ser indígena? En dado caso, ¡sería justamente por ello!
… en cuanto puso en práctica lo que sus descendientes repetirían: buscar soluciones individuales a problemas colectivos, llevando ambos términos al extremo.La explicación de Castañeda pretende ser cultural: la Malinche como la matriarca del individualismo que, según argumentará páginas adelante, es una de las características que aqueja a “sus descendientes”, nosotros, los mexicanos.
La solución individual consistió en seducir y acostarse con el enemigo, y el problema colectivo fue nada menos que el cataclismo que golpeó a Tenochtitlán. La Malinche simplemente recurrió a sus talentos individuales para convertir la necesidad en virtud, y salvar espléndidamente bien su pellejo.¡Sopas! ¿La Maliche sedujo a Cortés para tirárselo? ¡Pobre españolito! Al acusarla de traidora, Castañeda insiste en la mal-versión de Maliche. ¿Que se acostó con “el enemigo para salvar su pellejo”? ¿Enemigo Cortés? ¿De quién? De ella no. Malitzin era una esclava de unos caciques tabasqueños, quienes en tal calidad se la regalaron a Cortés. No era mexica, más bien provenía de un cacicazgo tiranizado por los aztecas, y si atendemos la versión de Díaz del Castillo, ella había sido traicionada por su propia madre. Así que cuando se unió a Cortés ¿a quién podría haber traicionado más que a sí misma? A nadie.
En fin, opino que la Malinche no es una buena candidata para ocupar el puesto del primer mexicano simbólico porque es un personaje ambiguo, casi vampírico y decididamente maldito: ni Malitzin ni doña Marina, más allá de cualquier verdad histórica, simbólicamente es la Mlinche, la traidora, la pinche mala.
lunes, 11 de agosto de 2014
jueves, 7 de agosto de 2014
La mal-versión de Maliche II
Uno no es único: uno va a morir al igual que todos. Después, exactamente igual que antes, el acontecer continuará. El recuerdo de uno en los demás se irá erosionando y del individuo no quedará nada. En algunos casos más, en otros menos, el olvido batallará durante algún tiempo contra los rastros, los vestigios, las estelas que cada quien haya dejado a lo largo de su vida, propositivamente o no. Los hijos, los árboles, los libros, las guerras que se ganaron o se perdieron, las palabras, el anecdotario… Los hechos, las obras y las concatenaciones con los otros suelen ser los referentes… De cualquier forma, la llamada trascendencia, mientras dura, va desdibujando a las personas de carne y hueso para montarse cada vez más en una abstracción: el personaje que va surgiendo en su lugar.
La joven indígena que fue bautizada en abril de 1519 con el nombre de Marina, y quien actuó como lengua de Cortés durante la conquista del imperio Culhúa-Mexica, murió joven, en 1530. No será sino hasta 1568 que Bernal Díaz del Castillo (c. 1496-1584) publica en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España que los rasgos esenciales del personaje se van trazando: “la construcción bernaldiana de doña Marina” —para usar la fórmula de Yvonne Montaudon— arrebata a la indígena del mundo de donde surgió, la inscribe en Occidente, conforma al personaje histórico y, al mismo tiempo, pertrecha la formación de un mito. Bernal realiza la recreación literaria de la mujer que conoció en persona y a quien evidentemente admiró, y lo hace echando mano de su acervo libresco —textos leídos o escuchados—: La Celestina de Fernando de Rojas (1499), Los cuatro libros del virtuoso caballero Amadís de Gaula (Garcí Rodríguez de Montalvo, 1508) y demás novelas de caballería, poesía medieval y, por supuesto, la Biblia. Desde su origen, Bernal confiere tales embocaduras al relato de la intérprete y mujer de Hernán Cortés:
…desde su niñez fue gran señora de pueblos y vasallos… su padre y su madre eran señores y caciques de un pueblo que se dice Painala, y tenía otros pueblos sujetos a él, obra de ocho leguas de la villa de Guazacualco, y murió el padre quedando muy niña, y la madre se casó con otro cacique mancebo y hubieron un hijo, y según pareció, querían bien al hijo que habían habido; acordaron entre el padre y la madre de darle el cargo después de sus días, y porque en ello no hubiese estorbo, dieron de noche la niña a unos indios de Xicalango, porque no fuese vista, y echaron fama que se había muerto, y en aquella sazón murió una hija de una india esclava suya, y publicaron que era la heredera, por manera que los de Xicalango la dieron a los de Tabasco, y los de Tabasco a Cortés…
Francisco López de Gómara (1511-1566) años antes (Conquista de México, 1552) había consignado el origen de la Malinche en un lugar muy distinto, “hacia Xalisco, un lugar llamado Viluta”, y aunque también, como Bernal, decía que la indígena era esclava, no cuenta la historia de la malvada madre cacique que se deshace de la niña, sino que refiere que “la habían hurtado ciertos mercaderes en tiempos de guerra y traído a vender a la feria de Xicalanco”. No pocos serán los historiadores que tomarán por buena la versión de Gómara —Herrera, Las Casas, Landa, Muñoz Camargo y Torquemada—, es decir, que la Malinche provenía de algún lugar de Jalisco —García Icazbalceta aventura que se trata de Jilotlán—, sin embargo, como argumentó Clavigero, el sentido común basta para darle la razón a Bernal Díaz del Castillo: ¿cómo, si hubiera nacido en Jalisco, habría podido hablar maya?
Con todo, quien estuvo a vistas de los hechos que recordará y narrará muchos años después, Bernal, quien más próximo está a la verdad histórica —“Y todo esto que digo se lo oí [a la propia Malitzin] muy certificadamente, y así lo juro, amén”—, no se encargará sólo de enclavar a la indígena en la historia de la conquista, es decir, de convertirla en un personaje histórico váido, sino que también será el más destacado de sus creadores literarios. ¿Una contradicción? Tanto como podría suponerse que lo real y lo maravilloso se contraponen… El cubano Alejo Carpentier (1904-1980) sentencia:
Vuelve el latinoamericano a lo suyo y empieza a entender muchas cosas […]. Abre la gran crónica de Bernal Díaz del Castillo y se encuentra con el único libro de caballería real y fidedigno que se haya escrito —libro de caballeriza donde los hacedores de maleficios fueron teules visibles y palpables, auténticos los animales desconocidos, contempladas las ciudades ignotas, vistos los dragones en sus ríos y las montañas insólitas en sus nieves y humos. Bernal Díaz, sin sospecharlo, había superado las hazañas de Amadís de Gaula, Belianis de Grecia y Florismarte de Hircania. Había descubierto un mundo de monarcas coronados de plumas de aves verdes, de vegetaciones que se remontaban a los orígenes de la tierra, de manjares jamás probados, de bebidas sacadas del cacto y de la palma, sin darse cuenta aún que, en ese mundo, los acontecimientos que ocupan al hombre suelen cobrar un estilo propio en cuanto a la trayectoria de un mismo acontecer.
La Maliche es un gran personaje inaugural de realidad maravillosa llamada América, y en mucho se lo debemos a la voluntad de un soldado.
jueves, 31 de julio de 2014
La mal-versión de Malinche I
El juicio que hacemos de la Malinche es atroz: “el pueblo mexicano no perdona su traición. Ella encarna lo abierto, la chingada”. Llamamos malinchistas “a todos los contagiados por tendencias extranjerizantes”, explica Octavio Paz (El laberinto de la soledad, 1950); “son los partidarios de que México se abra al exterior: los verdaderos hijos de la Malinche, que es la Chingada en persona”.
Sin embargo, el juicio que hacemos de la Malinche es inicuo. Mal-versión de los hechos, mal-versificación del pasado.
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| Cortés y la Malinche (detalle). José Clemente Orozco, 1926. |
La debacle del imperio Culhúa-Mexica sólo pudo concretarse porque Hernán Cortés era un desobediente. Diego de Velázquez, compadre suyo y gobernador de Cuba, le había ordenado que realizara un viaje de exploración, no de conquista. Además, por escrito y con todas sus letras, había prohibido a todos los expedicionarios que durante la comisión tuvieran “coito carnal con ninguna mujer, fuera de nuestra ley”. Peccata minuta: ya desde aquellos primerísimos mandatos los inminentes conquistadores encontraron la forma de acatar sin cumplir lo que se les instruía: si el impedimento era que las deseadas nativas estuvieran “fuera de nuestra ley”, el remedio se hallaba al alcance de la mano: el bautizo fast trak de las indígenas. Consigno esto porque tal sacramento fue el primer designio que el extremeño desobediente decidió para la Malinche, medida con la cual, sin saberlo, la involucró en su vida y en la historia de México.
A mediados de abril de 1519, algunos caciques de la región de Tabasco, después de ser derrotados en Centla, decidieron hacer las paces con los misteriosos extranjeros y sus grandes bestias y armas de fuego, y para dejar evidencia de su buena voluntad tuvieron a bien enviarles algunos obsequios. Además de alimentos, animales y ornamentos, aquella ocasión los europeos recibieron veinte esclavas, a quienes, faltaba más, ipso facto bautizaron. Bernal Díaz del Castillo recuerda que a la que se llamaba Malinali o Malintzin por nombre cristiano le pusieron Marina. Como era “de buen parecer, entrometida y desenvuelta”, Cortés decidió dársela a Hernández de Portocarrero, uno de los principales que lo acompañaba en su aventura. Poco le duraría el gusto al hidalgo aquel… Semanas después, ya en Ulúa, la joven, quien entonces tendría unos quince años, mostró su enorme valía: no sólo sabía hablar maya, la lengua de los indios que habían retenido en cautiverio a Jerónimo de Aguilar durante ocho años, también hablaba el idioma de los nativos que encontraron después de navegar hacia el norte bordeando la costa, el náhuatl, el mismo en que discurrían los emisarios del gran tlatoani de México-Tenochtitlán, Motecuhzoma Xocoyotzin. Al advertir que doña Marina, a quien todos le decían Malinche, era bilingüe, Cortés “le prometió más que libertad si le trataba de verdad entre él y aquellos de su tierra” (Conquista de México, Francisco López de Gómara, 1552). Ella aceptó, así que desde entonces se convirtió en la lengua en náhuatl de don Hernán, primero por intermediación de Aguilar, quien le traducía del castellano al maya y viceversa, y luego ya sin necesidad de guajes para nadar, porque la muchacha pronto aprendió el idioma de Castilla. Claro, alguien salía sobrando, y el capitán actuó pronto: a finales de julio despachó a Hernández de Portocarrero a España. Hernán Cortés envió al otro lado del gran océano al hasta entonces tenedor de doña Marina y a Francisco de Montejo en calidad de sus procuradores ante Carlos V. Además de los primeros tesoros, aquel par llevó consigo un documento fechado el 10 de julio en la recién fundada Villa Rica de la Vera Cruz, la llamada Carta del cabildo, en que Cortés narraba sus peripecias, desde los preparativos en Cuba, hasta la fundación de Veracruz, pasando por el desembarco en Cozumel y los primeros encuentros con los naturales de Yucatán y Tabasco. Ni en esta ni en las siguientes tres Cartas de relación el extremeño menciona por su nombre a doña Marina. Ni así, en cristiano, ni de otra forma, Malinali o Malitzin, y mucho menos Malinche, pese a que su participación en los siguientes hechos, que ya todos juntos y tramados la historiografía suele etiquetar como la Conquista, resultaría destacada, sustancial me parece, indiscutiblemente protagónica, al punto de que los propios mexicanos, quiero decir, no nosotros, sino aquellos, los conquistados, los gobernados por el señor de México-Tenochtitlán, los mismos que llamaban Tonatío a Pedro de Alvarado, apodaron a Cortés con el mote de su lengua, amante y aliada, Malinche:
Antes que más pase adelante quiero decir cómo en todos los pueblos por donde pasamos y en otros donde tenían noticia de nosotros, llamaban a Cortés Malinche, y así lo nombraré de aquí a adelante, Malinche, en todas las pláticas que tuviéramos con cualesquier indios, así de esta provincia de Tlaxcala como de la ciudad de México, y no le nombraré Cortés sino en parte que convenga. Y la causa de haberle puesto este nombre es que como doña Marina, nuestra lengua, estaba siempre en su compañía, especialmente cuando venían embajadores o pláticas de caciques, y ella lo declaraba en la lengua mexicana, por esta causa le llamaban a Cortés el Capitán de Marina y para más breve le llamaron Malinche.
Así lo narra Bernal en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (1568), y Margo Glantz hace hincapié en la yuxtaposición que tuvo que operar entre la intérprete, la lengua, y el interpretado, don Hernán, para que apareciera en escena el Capitán Malinche, hoy borrado por la versión hegemónica de lo sucedido.
viernes, 25 de julio de 2014
El primer mexicano simbólico: Gonzalo Guerrero
la tendencia a vincular mestizaje y mexicanidad
responde esencialmente
a una búsqueda de identidad nacional.
Agustín Basave
El personaje aquel que en 1519 no tenía atributos de identidad suficientes ni siquiera para distinguirse de “los otros españoles” que junto con Jerónimo de Aguilar habían sido arrojados por el mar a las costas yucatecas en 1511, luego de casi quinientos años de ficción colectiva, se ha concretado. Gonzalo no solamente tiene nombre propio desde 1536, también ha conseguido pasar de marinero a guerrero (1542) y de ahí a tener un apellido (1552). En la actualidad, Gonzalo Guerrero incluso ostenta al menos dos datos que lo enclavan en el gran bastidor de la Historia: un lugar de origen y el nombre de su esposa maya.
A unos 25 kilómetros de Tulum, Quintana Roo, en la pequeña localidad también costera de Akumal se encuentra un conjunto escultórico realizado en 1974, en el que se muestra a un hombre barbado en taparrabos y guaraches, con aretes en ambas orejas, brazaletes, collar, pelo adornado a la usanza maya y en la mano izquierda una lanza. Un niño y una niña lo flanquean, y atrás, sentada en el suelo, una mujer amamanta a un bebé. La placa informa: Gonzalo Guerrero de Palos de Noguer, España, marinero quien en 1511 naufragó cerca de este lugar, casó con una noble maya de nombre Xzazil creando la primera familia del mestizaje nacional.
El relato del nacionalismo mexicano que se ha venido construyendo en torno al mestizaje encuentra en Gonzalo Guerrero una figura fundacional. No es poca cosa, toda vez que el nacionalismo mestizo, al menos desde la Reforma, se ha consolidado como el discurso hegemónico. En la Plaza de las Tres Culturas de la Ciudad de México hay una placa en la que puede leerse una síntesis de la tesis que sustenta dicha narrativa:
Si se parte del planteamiento de que un mexicano típico habla español, profesa un catolicismo permisivo, está sustancialmente influenciado por una o varias tradiciones indígenas y demuestra un fuerte arraigo a su entorno territorial, el primer mexicano simbólico sería Gonzalo Guerrero, y, claro, sus bonicos retoños, los primeros mestizos.
Como bien explica Agustín Basave (México mestizo; FCE, 1992), la aparición de Gonzalo Guerrero en el relato del nacionalismo mexicano, particularmente en el nacionalismo mestizo, curiosamente es fundacional y al mismo tiempo excepcional. “México emprendió su síntesis racial con una excepción: el matrimonio del náufrago Gonzalo Guerrero con la hija del cacique yucateco, alrededor de 1512, y la procreación de los primeros mestizos mexicanos… La parcial legitimidad de los hijos de Guerrero -legítimos para los indios, pero ilegítimos a los ojos de los españoles por ser fruto de un enlace pagano a la usanza indígena- se convirtió tras la Conquista en la total ilegitimidad de la inmensa mayoría de sus hermanos de sangre”.
Hace más de treinta años, Eugenio Aguirre (Ciudad de México, 1944) publicó Gonzalo Guerrero (UNAM, 1980), la mejor novela histórica de las muchas que hasta ahora ha inspirado el personaje. En 2012, editorial Planeta relanzó la obra, con una edición que llamó “conmemorativa del 500 Aniversario del Mestizaje en América”, y en cuyo prólogo, el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma hace un bosquejo atinadísimo del personaje, desde la perspectiva del contraste respecto a Jerónimo Aguilar; vale la pena citarlo in extenso:
Al recrear la vida de Gonzalo Guerrero, el autor no pudo -e hizo bien-, hacer a un lado la otra cara de la moneda: Jerónimo de Aguilar. Ambos personajes forman un resumen de la Conquista. Por un lado la Iglesia, aparato ideológico del conquistador, inflexible, que ve demonios por todas partes y que está inmersa en la figura del frailuco que, con su libro de horas se escapa del mundo que lo rodea y dirige su vista al cielo. Por otro, Gonzalo, joven guerrero, marinero, militar, cogelón, que dirige su mirada a las bien torneadas pantorrillas de las hembras, sean castellanas… o mayas que se cruzan por su camino. Del primero no se puede esperar más de lo que fue. Del otro nació el primer mestizo.En 1542, Fernández de Oviedo cuenta que Gonzalo Guerrero no sólo se negó a ser rescatado por Cortés (1519), sino que además y por escrito se negó a volver con los españoles cuando el adelantado Montejo le ofreció cargos si dejaba de ayudar a los mayas (1528): “Señor, yo beso las manos de vuestra merced: e como soy esclavo, no tengo libertad, aunque soy casado e tengo mujer e hijos, e yo me acuerdo de Dios; e vos, señor, e los españoles, ternéis buen amigo en mí”. El mensaje que Fernández de Oviedo atribuye a Guerrero -claro, no hay rastro alguno de aquel manuscrito- encamina desde su patente ambigüedad los primeros pasos la dirección que seguirá el personaje: recordará al dios de los cristianos y se declarará amigo de sus paisanos…, pero seguirá guerreando en contra ellos. Por eso el historiador español vitupera a Gonzalo Guerrero: “convertido en indio, e muy peor que indio, e casado con una india e sacrificadas las orejas, e la lengua, e labrada la persona pintado como un indio, e con mujer e hijos”. El padre español de los primeros mestizos es peor que un indio, y de la bastardía no se escapa.
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