Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Soñar para despertar de la pesadilla

… nada mejor que el sueño para engendrar el porvenir.
Víctor Hugo, Los miserables.



Zara y George. Ella es historiadora, experta en la configuración geopolítica del mundo contemporáneo; él, quizá la máxima autoridad en todo el orbe en el vastísimo campo de la literatura comparada. Se conocieron en Londres, gracias a una ensoñación compartida, y no entre ellos dos. Corría el año de 1952 y ambos concluían sus respectivos PhD en Oxford. Los dos judíos; él parisino, ella neoyorkina. Aunque habían estudiado sus respectivas licenciaturas en Harvard, no se conocían. Una dupla de lumbreras. Algunos profesores, quienes conocían a George y Zara, compartían el siguiente ensueño: ese par nacieron el uno para el otro, el día que los presentemos se van a enamorar y van a terminar casándose… Nunca faltan los incrédulos, así que se corrió una apuesta, y ya luego los presentaron… La boda de George Steiner (1929) y Zara Shakow (1928) ocurriría menos de tres años después: el sueño en vigilia de aquel grupo de académicos se concretó.

Steiner ha publicado decenas de volúmenes, la mayoría, antologías de ensayo. Pasión intacta es uno de ellos; se trata de un nutritivo mamotreto de más de 500 páginas en el que incluye textos facturados entre 1978 y 1995. Como casi todos los libros de George Steiner traducidos al castellano, éste también lo edita Siruela, y es muy caro. Afortunadamente la pieza a la que me voy a referir, “¿Los sueños participan de la historia?”, fue publicado también por la Revista de la Universidad de México (Número 30; X/1983), y se puede encontrar en línea. En este ensayo, espléndidamente traducido por Ida Vitale, Steiner postula que en el umbral de su existencia como especie el ser humano pudo haber soñado, antes incluso de haber desarrollado el lenguaje —fundamenta su suposición en un hecho incuestionable, sobre todo para quienes han tenido mascotas: los animales sueñan—. En dado caso, “el lenguaje sería una tentativa de interpretar, de contar sueños más antiguos que él”. Así, habría que entender al sueño como el manantial de nuestros mitos más antiguos, los primigenios, y por ende del lenguaje mismo, toda vez que “la evolución de la mitología y del lenguaje humano se cumplió a través de una interacción dialéctica y simultánea”. Por lo demás, los sueños de hombres y mujeres no escapan del lenguaje: “todos los informes humanos de sueños nos llegan a través de la pantalla del lenguaje”.

Steiner explica que la historicidad de los sueños es doble: por un lado, los sueños se convierten en materia de la historia, y por otro “también existe una historia de los sueños o, más precisamente, una historia de la fenomenología del sueño”.

Ciertamente, los sueños del monarca o el profeta eran asuntos que se consignaban como parte de la historia de un pueblo. Históricos son también los horrores oníricos que mucha gente podía sufrir ante la inminencia del cambio de un milenio, por ejemplo, o ya en nuestros días frente a determinadas amenazas colectivas, reales o imaginarias, como un ataque terrorista o la propagación de una enfermedad endémica. Más incluso: “las revoluciones, antes de realizarse, son soñadas, primero por los individuos, luego por el grupo social; quizá el carisma se define precisamente como esa facultad de concebir un sueño anticipador, una fuerza capaz de suscitar sueños semejantes en otros”. Los sueños, para usar la expresión de Bloch, “imprimen a la historia un movimiento hacia la esperanza”.

En cuanto a la segunda cara de la historicidad de los sueños, Steiner lamenta la poca atención que hemos dado a las diferentes formas en que el hombre ha soñado a través del tiempo, condicionadas, como cualquier otra actividad humana, históricamente. Hoy, por traer a cuento un botón de muestra, “los inventos, el progreso y la diseminación de las técnicas de iluminación artificial han modificado la psicofisiología de los actos de sueño”. Con todo, y a sabiendas que la tarea es colosal, Steiner propone “una sola transformación, pero fundamental, en la función que se le reconoce al sueño y a sus manifestaciones, tal y como ilustran los documentos de nuestras culturas occidentales”. Efectivamente, muestra cómo desde los albores de dicha tradición —la antigüedad mediterránea, “ya sea clásica, semítica o ‘bárbara’”— y hasta el siglo XVII, los hombres vinculaban sus sueños “a la fenomenología de la prefiguración”, esto es, las visiones oníricas se asumían como “una visitación del futuro o por el futuro”, y a partir de ello se recuperaban al despertar por medio del lenguaje. Pero a partir del Siglo de las Luces y decididamente después de Freud, para la cosmovisión occidental los sueños ya no se alimentan de profecías sino de recuerdos. Claro, mucha gente sigue buscando en los sueños pistas para prever lo que ocurrirá, pero es innegable “el gran desplazamiento” que deportó a los sueño de la categoría de profecía a la de recuerdo, “al menos en lo que concierne a las sensibilidades filosóficas y científicas”, y así se ha establecido como noción hegemónica.

Con todo, en la actualidad como hace miles de años, una colectividad, para serlo, necesita compartir sueños. El problema es que hoy el futuro nos queda cada vez más lejos, y ya casi nadie se anima a soñarlo. La situación de atrocidad que develó lo ocurrido hace 36 días en Iguala, Guerrero, ha hecho que muchos prefieran no ver, no enterarse y hacer como si no pasara nada, o bien asumir el futuro como una pesadilla. Por eso urge que cada vez sean más quienes critiquen y manifiesten inconformidad. Porque George Steiner tiene razón, “toda crítica del apocalipsis es una utopía”.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Dream to wake up from the nightmare

Nothing better than a dream to engendering the future.
Victor Hugo, Les Misérables


Zara and George. She is a historian, an expert on the geopolitical configuration of the contemporary world; he is perhaps the ultimate authority in the whole world in the vast field of comparative literature. They met in London, thanks to a shared daydream, but not between them. In 1952, both were ending their respective PhD at Oxford. Both of them are Jews; he, Parisian; she, Newyorker. Although they had studied their degrees at Harvard, they didn’t know each other. A couple of geniuses. Some teachers, who knew George and Zara, shared the following reverie: that pair was born for each other, and, the day that they shall meet, they will fall in love and end up in the altar ... There are always some unbelievers, so they ran a bet and then they introduced them ... George Steiner (1929) and Zara Shakow (1928) got married less than three years later: the waking dream of that group of academics was finally materialized.

Steiner has published dozens of volumes. No Passion Spent is one of them; a substantial tome of over 500 pages that includes billed texts between 1978 and 1995. In the piece I will refer to in this essay, "The Historicity of Dreams", Steiner states that at the threshold of its existence as a species, humans could have dreamed, even before we developed language —he bases his assumption in a unquestioned fact, especially notorious for those who have had pets: animals dream. “Language is, in a sense, an attempt to interpret, to narrate dreams older than itself." So, we should understand dreams as the source of our oldest myths, the primitive ones, and hence of language itself; since the evolution of mythology and human language is accomplished through a dialectical and simultaneous interaction. In this sense, the dreams of men and women do not escape from language: "all human reports on dreams come to us via the screen of language."
Steiner explains that the historicity of dreams is dual: on one hand, “dreams are made the matter of history”, and on the other, "there is also a story of dreams, or more precisely, a history of the phenomenology of dreaming."

Certainly, the king ´s dreams or the prophet’s dreams were issues that were addressed as part of the history of a community. Historical are also the dreamt horrors that people could suffer at the imminence of change of a millennium, for example, or nowadays against certain collective threats, real or imagined, such as a terrorist attack or the spread of endemic disease. Moreover, "revolutions, before being carried out are dreamed first by individuals, then by a social group; maybe charisma is precisely that faculty of conceiving a reveling dream, a force capable of arousing similar dreams in others ". Dreams, in words of Bloch, "print in history a movement toward hope."

Regarding the second side of the historicity of dreams, Steiner laments the lack of attention we give to the different ways in which man has dreamed over time, conditioned, like any other human activity, historically. Today, just as an example, "inventions, progress and the spread of artificial lighting techniques have changed the way psychophysiology of sleep acts." However, and knowing that the task is colossal, Steiner proposes "a single, but essential, transformation in the role of dreams and its manifestations, illustrated in documents of our Western cultures." Indeed, he shows how since the dawn of the Mediterranean ancient civilizations, "whether classical, semitic or 'barbaric'" - and until the seventeenth century, men tied their dreams to the "phenomenology of foreshadowing," in other words, dreamlike visions were assumed as "a visitation from the future or of the future" recovered when waking up through language. But from the Enlightenment and decidedly after Freud, dreams were no longer fed from prophecies but from memories. Sure, many people still look for clues in dreams to predict what will happen, but the "big shift" in dreams which deported them from the prophecy to memory category is undeniable, "at least in what concerns the philosophical and scientific sensibilities, "and so, this has been established as a hegemonic notion.
But today, as thousands of years ago, a group, to actually be one, needs to share dreams. The problem is that today is the future seems further away, and almost no one dares to dream it. The situation of atrocity that was revealed 36 days ago in Iguala has made many prefer not to see, not to hear, to act as if nothing had happened, or, worst, to assume the future as a nightmare. That’s why it’s so urgent that more and more people criticize and express dissatisfaction. Because George Steiner is right, "all criticism of the apocalypse is an utopia."

sábado, 1 de noviembre de 2014

El Huevo y el chahuistle

El domingo pasado, desde el zócalo de la Ciudad de México, a través de una videoconferencia, Paco Ignacio Taibo II entrevistó a Noam Chomsky: — ¿Cuáles establecerías como los grandes problemas inmediatos que deberíamos enfrentar hoy? El filósofo estadounidense respondió: el riesgo de una guerra nuclear y el desastre ecológico...  “Esos son los problemas fundamentales que tenemos. Hacer una lista de los problemas menores y más pequeños sería una lista interminable”. Ciertamente, desde una perspectiva global, todos los demás problemas resultan menores, incluso el estado atroz en el que vivimos en México actualmente. Escribo “estado atroz” pensando en el estado de Guerrero, en el Estado Mexicano y en el estado en el que nos encontramos todos. Es atroz porque es cruel, espantoso, disparatado, aterrador, muy malo. Creo que estamos en una situación de emergencia. El gran riesgo que enfrentamos no consiste en ser incapaces de sortear una calamidad, sino en permanecer en ella, en acostumbrarnos a vivir en la ignominia.

Paradojas de la vida: mi primo R, a quien desde chavito de cariño le decimos Huevo, no quiere tener familia. El Huevo ya no se cuece al primer hervor, así que es probable que lo consiga. En un reciente trueque de mails en el que varios del clan compartíamos preocupaciones y pareceres respecto a la calamitosa situación del país, R diagnosticó: Creo que este país funciona de milagro, creo que es un país de caricatura. ¿Mejorará pronto? No creo. Y luego reiteró su consabida postura: Las cosas no están como para traer más gente al mundo. Desde su trinchera, otro familiar refutó irónico, llevando el planteamiento al extremo: Pue'que tenga razón el Huevo. La única solución la dijo Mr. Smith: el ser humano es un virus. ¡Es necesario acabar con él! Por supuesto, el referido señor Smith no es otro que el antagonista de The Matrix (1999): “Me gustaría compartir una revelación que he tenido... Se me ocurrió cuando traté de clasificar su especie —le explica a Neo—: me di cuenta de que ustedes en realidad no son mamíferos. Cada mamífero en este planeta desarrolla instintivamente un equilibrio natural con el entorno, pero los humanos no lo hacen. Llegan a una zona y se multiplican y multiplican hasta consumir todos los recursos naturales, y la única manera de sobrevivir es ocupar otra área. Hay otro organismo en este planeta que sigue el mismo patrón. ¿Sabes cuál? Un virus. Los seres humanos son una enfermedad, un cáncer de este planeta. Usted es una plaga y nosotros somos la cura”.



Traer o no traer chamacos al mundo es un dilema filosófico pertinente. Lo es hoy y lo ha sido desde los albores de la filosofía. Si antes de reproducirse cada pareja se ha preguntado respecto a la pertinencia de procrear —evidentemente no, pero supongamos—, la respuesta mayoritaria es contundente, porque la gran revolución que a todos nos ha tocado vivir es la demográfica. Se trata de un mutación que va más allá de cualquier otro fenómeno, más allá de la revolución tecnológica, más allá de cualquier cambio de modelo económico o sociopolítico..., y sin duda, más allá, de cualquier coyuntura en un país. Frente a la invasión humana de la Tierra, cualquier otro evento se aprecia insignificante. Cuando nací había tres mil millones de seres humanos, cuando cumplí 40, hace nueve años, el monto se había duplicado, y hoy ya somos más de siete mil millones... Smith tiene toda la razón: somos una virus, el chahuistle planetario. En un período de existencia genérica de poco más de cien mil años, en los últimos quinientos hemos plagado el mundo... Chamacos, ciertamente, no faltan..., aunque tampoco sobran: como nunca antes había sucedido, hoy por hoy somos, en tanto género, capaces de producir mucho más de lo que necesitamos consumir. El hambre y la pobreza existen, obviamente, pero son entuertos de organización política-económica, de justicia social, no de recursos y satisfactores. Y si desde la perspectiva del consumo los niños no faltan ni sobran, desde el punto de vista de la producción, menos. No se requieren brazos, ni para el trabajo ni para la guerra. La reproducción de la especie por ahora ni es un estropicio ni es necesaria, de tal suerte que la pertinencia del dilema filosófico de la reproducción cobra validez. Como el Huevo que opta por no procrear, hay quienes hoy seriamente aspiran migrar. La gran mayoría, mientras la violencia no le pegue directamente, ha preferido no ver, no oír, no hablar, hacer como si Guerrero fuera otro mundo. Tal postura en buena medida se explica porque resulta muy difícil escapar de la impotencia personal, más cuando las organizaciones políticas de oposición, todas, son comparsas de la descomposición sociopolítica que ya llegó a las fosas clandestinas. ¿Qué hacer? De entrada hay que no dejar de hacer, no callarse, no hacer como que no pasa nada..., no paralizarse de miedo e impotencia, y apelar a la eficacia virulenta de la humanidad…

El ser humano en verdad actúa como ataque viral, pero no sólo desde el punto de vista cuantitativo, cualitativamente también: le pega a todo, humaniza todo y hace mundo. No tenemos otra forma de relacionarnos con el entorno más que apropiándonos de él, nombrándolo y simbolizando todo. Cultura versus natura. Hay que demostrar inconformidad e indignación, y sobre todo no permitir que sea normal que la gente desaparezca y que aparezcan cadáveres anónimos… El mundo comienza, o se recupera, nombrando a las cosas por su nombre. 

viernes, 24 de octubre de 2014

Estado atroz

Una atrocidad, una atrocidad en todas sus acepciones: crueldad, disparate, barbaridad, insulto, calamidad. Seis seres humanos asesinados, uno de ellos con el rostro desollado; decenas de heridos, una cacería de estudiantes que duró horas y de la que resultaron 43 jóvenes desaparecidos, todo perpetrado por policías municipales de Iguala, Guerrero. Una atrocidad, y la atrocidad es apenas la punta de un iceberg, un témpano inmenso sobre el cual todos estamos parados. En la búsqueda de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa secuestrados por la policía desde el 26 de septiembre se han ido develando algunos rastros del inmenso iceberg: el 6 de octubre la PGR informó que se habían localizado nueve fosas clandestinas en los alrededores de Iguala, en cinco de las cuales fueron exhumados 28 cadáveres, cuerpos de gente que fue calcinada. Días después el procurador de la República notificó que ninguno de aquellos restos correspondía a los normalistas. Siguen pues faltando 43 muchachos, 43 semejantes que tienen nombre y apellido, y siguen haciendo falta vivos; desde el lunes, también sabemos que a 28 personas más hay que rescatarlos del anonimato, devolverles, aunque estén muertos, el nombre y completar su historia. El martes pasado, en la Barranca del Tigrillo, también cerca de Iguala, se hallaron cuatro tumbas clandestinas. Un día después, comunitarios de la Costa Chica localizaron seis fosas más en otra barranca… “Aquí, la verdad, de todos estos cerros, hemos sacado como 300 cuerpos en los últimos dos años”, le contó un comandante de la Policía Ministerial de Guerrero al periodista Juan Pablo Becerra-Acosta (Milenio; 15 de octubre).

En todo el país, no sólo en el cerro de La Parota, la costrita civilizatoria es realmente muy delgada. El México profundo no es tan profundo, está a unas cuantas paladas. Al menos en dos ocasiones, Peña Nieto se ha referido a los acontecimientos ocurridos en Iguala el pasado 26 de septiembre como actos inhumanos y de barbarie. Por su parte, Roger Bartra, en el Prólogo que escribió para Mexicanidad y esquizofrenia de Agustín Basave (Planeta, 2010), apunta: “La gran tragedia política de México a comienzos del siglo XXI radica en la profunda inmersión de la sociedad en la cultura del nacionalismo revolucionario instituida a lo largo del siglo pasado”. Sin embargo, sigue Bartra, el asunto va mucho más allá de las instituciones políticas: “estamos enfrentados más a un problema de civilización que a un dilema institucional”.

Supongamos un acto de grandiosa ingenuidad o bien un acto obligado, digamos que por tu trabajo, cualquier situación, en fin, que haga que te halles transitando por la llamada Autopista del Sol. Saliste de la Ciudad de México y tu destino es Acapulco. Supongamos que manejas una camioneta, que eres un ciudadano de bien, que no le debes nada a nadie, que traes contigo toda la documentación que te identifica a ti y acredita que eres dueño del vehículo que conduces… Supongamos que avanzas tranquilamente, Morelos quedó atrás, el atardecer pinta de naranja el paisaje, y poco después de Quetzlapa te topas con un reten: un par de patrullas y algunos uniformados, todos portando armas largas…, uno de ellos te hace señas para que te detengas… Claro, lo racional es que te detengas. ¿Frenas? ¿Atiendes la instrucción de los policías?  “La consolidación de una irracionalidad anclada en la hipocresía y la corrupción —explica Roger Bartra— se consolidó a lo largo del siglo XX, bajo la sombra de los gobiernos autoritarios nacionalistas… En este lodazal, paradójicamente, lo más racional es comportarse irracionalmente y lo más eficiente es acudir a la corrupción”. ¿Aceleras o frenas? En una fracción de segundo evalúas: recuerdas que hace apenas unos días, algunos estudiantes del ITSM campus Chilpancingo no atendieron la orden de detenerse en un retén y los policías los balearon… El estado de Guerrero está plagado de fosas clandestinas con muertos sobre quienes no ha habido necesidad de explicar nada a nadie. ¿Frenas o aceleras? ¿El que nada debe nada teme? ¿Cómo actuar racionalmente en medio de la barbarie?

Según el gobierno —es un decir— del estado de Guerrero, los policías municipales de Iguala rafaguearon a los estudiantes normalistas porque así se los ordenó una entidad omnipresente en todo el territorio nacional, El Crimen Organizado, factótum de los males mexicanos que en este caso se expresó por medio de un tal El Chucky… En estricto sentido, dicha explicación de los hechos se encuentra en el mismo campo semántico que decir que se les metió el Diablo o que la masacre obedeció a que la esposa del presidente municipal montó en cólera porque los normalistas le arruinaron un evento o que el Narco —así, con mayúscula, como si fuera un personaje— los ejecutó… La irracionalidad cunde: nadie alcanza a explicar racionalmente lo sucedido. En 2010, Bartra advertía que “no hay mucho que nos permita confiar en que las élites políticas sufran un insólito ataque de racionalidad”, y la realidad ha confirmado su aserto.

Las fuerzas federales han detenido a 24 policías municipales, 10 de Iguala, 14 de Cocula, pero ninguno de los dos alcaldes está hoy preso, uno de ellos se esfumó frente a las narices de todos. El resto de los gobernantes encabezan la feria del reparto de las culpas. Conforme pasan los días, cada vez más personas piensan lo que nadie se había atrevido a decir en voz alta hasta apenas el viernes, cuando el padre Solalinde declaró que no hay esperanzas de que los 43 muchachos estén vivos. 

Mientras tanto, a nosotros ya nos andan buscando en Comala.

viernes, 17 de octubre de 2014

Iguala ahoga, Iguala iguala

“El terror es una memoria de futuro”, escribió E. M. Cioran (El ocaso del pensamiento, 1940). A la densa sombra de lo sucedido recientemente en nuestro país, y en concreto me refiero a los hechos acaecidos en Iguala, Guerrero, la sentencia del filósofo rumano cobra un espantoso sentido: aquí, después de aquella monstruosidad, cualquier cosa le puede pasar a cualquier persona. 

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El 19 de septiembre, el director para las Américas de Human Rights Watch, José Miguel Vivanco, afirmó que de confirmarse —cosa que a la fecha ya ha hecho la PGR— que a finales de junio pasado en Tlatlaya, Estado de México, efectivos del ejército ejecutaron a un grupo de civiles, “nos encontraríamos frente a una de las más graves masacres ocurridas en México”. El día 26 del mismo mes, el secretario de Gobernación declaró que se sentía confiado de que el episodio de Tlatlaya fuera “sólo una acción aislada”. Ese mismo día, por la noche, un centenar de alumnos de la Escuela Normal de Ayotzinapa sería masacrado por policías municipales de Iguala; por ahora, el saldo asciende a seis muchachos asesinados y 43 desaparecidos. El lunes 29 escuché en la radio la declaración del alcalde de Iguala: “no supe nada de los actos de violencia, yo estaba bailando”. El declarante, todavía con fuero, hoy anda prófugo y una juez ya le concedió un amparo.
“La idiotez —dice Ciroan— es un terror que no puede reflexionar sobre sí mismo”.

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Desde el fin de semana comenzó a circular información respecto a la relación del presidente Constitucional del Municipio de Iguala de la Independencia —hoy autodesaparecido—, el perredista —hoy expulsado del partido—, José Luis Abarca, y su esposa con una gavilla de narcos, al que refieren como los Guerreros Unidos. Ya a principios de semana resultaba más bien increíble que sabiéndolo tantos, habiendo tantos indicios, Abarca siguiera ahí tan campante. Al parejo todos, en eso sí muy coordinaditos, la clase política en tropel salió a la palestra a condenar la situación y lamentarse: ¡oprobio, el crimen organizado penetró a las sacrosantas instituciones públicas! ¿Será? ¿No será acaso que la clase política se está organizando criminalmente? 

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El jueves pasado, en Irapuato, Guanajuato, durante la inauguración de un hospital materno infantil y de medicina familiar del IMSS, el presidente de la República declaró en relación a la atrocidad de Iguala: “se trata de un hecho verdaderamente inhumano”. Para entonces, ya habían sido descubiertas varias fosas clandestinas en los alrededores de Iguala, en los cuales se encontraron varios cadáveres calcinados. Es posible que a esa gente la haya quemado viva. 

Y Cioran se pregunta: “¿Acaso perdonará Dios al hombre por haber llevado tan lejos su humanidad? ¿Comprenderá Él que no ser ya hombre es el fenómeno central de la experiencia humana?”

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La Fiscalía del estado de Guerrero ha informado que un individuo al que refiere nada más con un apodo, El Chuky —¿cuántos Chukys habrá en México?—, presunto jefe principal de Guerrero Unidos, fue quien dio la orden a los policías municipales de Iguala, Guerrero, de que aniquilaran a los estudiantes normalistas. 

“El mal es abandono; el bien, un cálculo inspirado”, Cioran dixit.

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En el mismo discurso, el presidente Peña calificó la agresión a los jóvenes de Ayotzinapa como “un acto de barbarie, que no puede distinguir a México”.

En Desgarradura (1983), E. M. Cioran apunta: “Los bárbaros no conquistaron Roma sino un cadáver; su único mérito fue tener buen olfato”.

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En su libro Breviario de podredumbre (1949), Cioran señala: “Las ideologías no fueron inventadas más que para dar un lustre al fondo de barbarie que se mantiene a través de los siglos, para cubrir las inclinaciones asesinas comunes a todos los hombres”.
Apenas el fin de semana pasado, un señor que se llama Carlos Navarrete fue electo presidente nacional del PRD. El lunes, en entrevista radiofónica (MVS), declaró: “Todos los partidos podemos estar sujetos de que nuestros gobiernos sean penetrados por el narcotráfico, o por la vía de dinero o por la vía de plomo”. No obstante, al día siguiente, en Iguala, en donde organizó una plenaria de su partido, tuvo que enmendar: “Asumimos nuestro error y ofrecemos al pueblo de Guerrero nuestras disculpas y pedimos su perdón”. Si Abarca no se enteró de nada porque estaba bailando, Navarrete, en nombre del PRD explicó: “Toda la historia de horror la acabamos de conocer recientemente”.

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Dos días después de la expresión de compunción perredista, apareció colgado a la www un video-comunicado del grupo guerrillero Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI), en el cual los alzados convocan “al interior de sus filas y al pueblo en general, a conformar una Brigada Popular de Ajusticiamiento…, para enfrentar en aspectos político-militares esta nueva afrenta del narcoestado mexicano y, particularmente, al cártel de sicarios del Estado, mal llamado Guerreros Unidos”. En pocas palabras, un llamado a la venganza.

“Hoy se mata en nombre de algo; nadie se atreve a hacerlo espontáneamente; de tal suerte que incluso los verdugos deben invocar motivos…”, explica Cioran, también en su Breviario de podredumbre.

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Omar García, sobreviviente de la masacre de estudiantes de Ayotzinapa, narró a Telemundo parte de lo que vivió en Iguala la noche del 26 de septiembre. “Somos un caso más de gente desaparecida…, de esos llamados daños colaterales”, dijo al final de su testimonio. Lo escucho, veo su mirada y me siento ahogado.

“El hechizo de la tristeza se parece a las olas invisibles de las aguas muertas”, dice Cioran en El ocaso del pensamiento.

sábado, 11 de octubre de 2014

Broma insignificante

“Acostumbradas a enseñar piernas o escote, vamos a recortar de nuevo el largo de las camisetas hasta dejar el ombligo al descubierto”, dictamina doña Leticia García, autoridad en el mundo de la moda, en su artículo “Cinco décadas enseñando el ombligo” (El país). Ni duda, primavera-verano a primavera-verano, el crop top se ha impuesto: la panza al descubierto, la cicatriz primordial al aire. Refiero todo ello, seguramente una futilidad para muchos, porque ocurre que, después de catorce años de no publicar ficción y de mantenerse amurallado en la vida privada, reaparece Milan Kundera (Brno, 1929) y narra:
Alain pasaba lentamente por una calle de París. Observaba a las jovencitas que, todas ellas, enseñaban el ombligo entre el borde del pantalón de cintura baja y camiseta muy corta. Estaba arrobado; arrobado e incluso trastornado: como si el poder de seducción de las jovencitas ya no se concentrara en sus muslos, ni en sus nalgas ni en sus pechos, sino en ese hoyito redondo situado en mitad del cuerpo.
Apuesto que el último de los Tibónidas de Granada, el italo-mexicano Gutierre de Tibón, hubiera encontrado fascinante el último libro —por ahora— del checo-galo Milan Kundera: La fiesta de la insignificancia, escrita originalmente, como sus tres novelas anteriores, en francés, publicada primero por Gallimard y luego ya en nuestro idioma por Tusquets, gracias a la traducción de Beatriz de Moura, editora y amiga del autor. Aquí en México, la nueva novela de Kundera comenzó a circular en librerías apenas en septiembre de 2014, y Gutierre de Tibón falleció en 1999, de tal suerte que el gran conocedor de temas umbilicales y toponímicos, doctor honoris causa por la UNAM, no pudo ya leer, al menos no con ojos terrenales, las reflexiones que el novelista centro-europeo entrevera en los diálogos de sus personajes:
… en nuestro milenio viviremos bajo el signo del ombligo. Bajo este signo, seremos todos soldados del sexo, con la mirada fija no sobre la mujer amada, sino sobre el mismo agujerito en medio del vientre que representa el único sentido, la única meta, el único porvenir de todo deseo erótico.
Hubiera resultado fabuloso que Gutierre de Tibón, con su El ombligo como centro cósmico (FCE, 1981) bajo el brazo se pudiera haber apersonado en los andadores del Jardín du Luxembourg para meter su cuchara y espetar: “El ombligo es el asiento del alma, el punto de mayor espiritualidad en la anatomía humana; el lugar de elección para encontrar la armonía cósmica”. Pero por ahora no pidamos milagros hipertextuales y dejemos en paz al dichoso ombligo, no vaya usted a quedarse con la idea de que la sorpresiva entrega de Kundera, un divertimento de menos de 150 páginas, se concentra en el multialudido foso anatómico. No, el octogenario tituló su obra con puntería: la insignificancia es efectivamente el meollo de la novela… y de la vida misma, si nos atenemos a las palabras de Ramón, otro de los personajes:
La insignificancia… es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento. Está presente incluso cuando no la queremos ver: en el horror, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias. Se necesita con frecuencia mucho valor para reconocerla en condiciones tan dramáticas y para llamarla por su nombre.

Milan Kundera, el checo que escapó del totalitarismo soviético trepado en libros para ir a refugiarse en Francia, a estas alturas es ya una gloria viva de la literatura occidental —uno de los contadísimos escritores incluidos antes de morir en la colección La Pléiade de la editorial Gallimard—. Ahora que el también autor de La insoportable levedad del ser (1984) optó por interrumpir el silencio con una narración en la que festeja el carácter en última instancia nimio de todo, conviene recordar que su primera novela se titula, también con todo tino, La broma (1967). Desde entonces y hasta su más reciente libro, Kundera ha tramado historias en las que se propone una oposición posible al horror político, a la insignificancia existencial, a la fatalidad…, el sentido del humor:
Ésa fue de hecho nuestra estrategia, la de todos nosotros. Comprendimos desde hace mucho que ya no era posible subvertir el mundo, ni remodelarlo, ni detener su pobre huida hacia delante. Sólo había una resistencia posible: no tomarlo en serio.
En La fiesta de la insignificancia los lectores de Kundera, quienes como uno han ido ganando años y desencantos leyendo sus libros, reencontrarán la mirada inteligente y despiadada de uno de los grandes críticos de la Historia contemporánea. Su capacidad de ridiculizar alcanza para sublimar monstruos y revestir de ternura la crueldad de Stalin.
La palabra ternura no le pega demasiado a la reputación de Stalin, el Lucifer del siglo…, su vida estuvo repleta de conspiraciones, traiciones, guerras, encarcelamientos, asesinatos, masacres… Para vivir su vida tal como era, no podía sino anestesiar y luego olvidar del todo su facultad de apiadarse. Pero, ante Kalinin, en las pequeñas pausas lejos de las masacres…, todo cambiaba: se enfrentaba a un dolor totalmente distinto, un pequeño dolor, un dolor concreto, individual, comprensible. Miraba a su compañero que sufría y, con una suave extrañeza, sentía despertar en él un débil, modesto sentimiento…: el afecto por un hombre que sufre.
En fin, lea usted La fiesta de la insignificancia… La broma sería que ahora sí, después esta novelita en la que se permite apiadarse incluso de Stalin, le otorgaran a Kundera el Nobel.

sábado, 4 de octubre de 2014

El primer mexicano simbólico: Martín, el mestizo

El mestizo —el primer mestizo—
es un ser tan extraño como un centauro…
Fernando Benítez


Al fin nigromante, Ignacio Ramírez (1818-1879), alias el ídem, vaticinó un rasgo sustancial del futuro de México: en 1872, ante la Sociedad de Geografía y Estadística, predijo: “el hombre de los siglos venideros no podrá lisonjearse de la unidad de su procedencia; su sangre será al mismo tiempo africana, esquimal, caucásica y azteca”. Más allá de que hoy puede acreditarse que el inminente pensador, inmaculado liberal y apóstol de la Reforma —como lo llamó su tocayo Altamirano— tuvo razón, y que para allá vamos todos, a la mezcolanza plena, valga subrayar que en su momento el Nigromante enriqueció una tradición que sin duda es hoy pilar del nacionalismo mexicano, la mestizofilia, esto es, conforme a la definición de Agustín Basave, “la idea de que el fenómeno del mestizaje —la mezcla de razas y/o culturas— es un hecho deseable”. Ciertamente, uno de los pocos atributos incuestionables del nacionalismo mexicano es su apuesta por el carácter híbrido de nuestra identidad nacional: no somos originarios ni de allá ni de aquí, ni españoles ni tampoco indígenas. 

Los primeros mestizos mesoamericanos seguramente nacieron en la península de Yucatán. Y de allá hasta el altiplano central, los expedicionarios encabezados por Cortés fueron dejando una estela de indígenas en cinta en su marcha hacia Tenochtitlán, en las playas veracruzanas, muy probablemente en Cempoala, quizá en Cholula y con toda certeza en Tlaxcala… Y luego de la derrota de los aztecas, muchos españoles se amancebaron o incluso se casaron con mujeres de la nobleza mexica, texcocana y tlatelolca. No obstante, el hijo que procrearon doña Marina y Hernán Cortés, Martín, es sin duda el mestizo primigenio más famoso de México… ¿El primer mexicano simbólico? No es mi opinión, y no lo es porque Martín Cortés fue un mestizo totalmente atípico. Para empezar, fue un hombre que no se perdió en el anonimato. Pero hay más…

Fernando Benítez traza la estampa de los primeros hijos que procrearon los europeos y las americanas: “Con dolor viene al mundo el mestizo. Su madre es india siempre, su padre español. Este nuevo ser se crea al margen de la ley. Al principio se le engendra con violencia y sin alegría. Es fruto prohibido, vergonzante. Su padre, al menos en la primera mitad del siglo XVI, no lo reconoce. Su madre, desvalida, a la que tantos sufrimientos ha causado, trata de abandonarlo en las puertas de los conventos y de las iglesias, porque el mestizo era menos que un hijo natural y más que un remordimiento”. Nada que ver con la historia del primer Martín Cortés, el mestizo. Porque don Hernán no sólo se hizo cargo de la crianza de su primogénito, también dispuso importantes recursos para que el único que podía hacerlo, el Papa, remediara la bastardía del chamaco coyoacanense. Más: tres meses después de que Clemente VII dispensara la bula por medio de la cual se legitimó al hijo de la Malinche —abril de 1529—, el conquistador ordenó a sus personeros que se hicieran cargo de conseguir que su hijo mestizo fuera reconocido como Caballero de Santiago.

A principios del siglo pasado Manuel Romero de Terreros y Vinent publicó un pequeño libro a partir de sus investigaciones en el Archivo de las Órdenes Militares de España —Hernán Cortés, sus hijos y nietos. Caballeros de las órdenes militares (Librería de Pedro Robredo. México, 1919)—, en el cual relata cómo Cortés terminó por aceptarle a Carlos V una de las exiguas recompensas que le otorgó por la conquista de México-Tenochtitlán, la merced de hábito de Santiago. Aunque nunca se dignó a usarla ni en su escudo de armas ni en los retratos que se mandó hacer en tiempos venideros, efectivamente la solicitó y obtuvo en 1525, para lo cual tuvo que “probar la legitimidad, cristiandad y nobleza de su linaje”. Para ello, envió testigos ante el Consejo de las Órdenes que en su nombre contestaron preguntas sobre su edad y antecedentes familiares, “si era hijohidalgo, si tenía caballo y sí había participado en un reto”. La cuestión definitiva era, claro, si había o no en su ascendencia sangre judía o mora… El Consejo de Órdenes Militares aprobó todo, y se extendió el título de Caballero de la Orden de Santiago a Cortés. Cuatro años después, en julio de 1529, se presentaron en Toledo Juan de Buegos, Juan de Hinojosa, Diego de Ordaz y Alonso de Herrera para tramitar que el mismo título se hiciera extensivo a un morenito de unos siete años de edad. En su alegato, De Ordáz, el primer español que escaló el Popocatépetl en busca de azufre, declaró que el niño Martín era “hijo de don Hernando Cortés y de doña Marina, que es india de nación de indios, e natural de la provincia de Guasacualco, que es en la dicha Nueva España, a la cual este testigo conoce de nueve a diez años a esta parte, que yendo a descubrir tierra en la dicha Nueva España, la dieron al dicho Gobernador unas personas principales de la provincia del Río de Grisalva, e que dicha doña Marina… es habida e tenida por persona principal e buen casta e generación…” Después intervendría también Herrera para hablar de la “buena casta e generación de indios” de la Malinche, y al fin “despachósele merced de hábito a don Martín Cortés…, y tuvo siempre gran honor ser Caballero de Santiago”. Mestizo, efectivamente, pero hijo de padres de buenas naciones, india y extremeña.