Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
viernes, 21 de abril de 2017
Libros de viaje
Lengueteado por los danzantes fulgores de una fogata, el hombre que recién ha vuelto después de siete nuevas lunas cuenta a su gente las maravillas y horrores que halló del otro lado de las montañas. Es un héroe, ha sobrevivido lo desconocido...
Los relatos de viaje han sido poderosos artilugios para humanizar nuestro entorno, para ensanchar el mundo, primero, durante casi toda nuestra existencia, gracias al aliento que comunica y luego se disipa en el aire, y después, hace muy poco, por medio del habla almacenada en la materia. Por algo será que la narración escrita más antigua que conocemos, La epopeya de Gilgamesh, en buena medida es un libro de viaje.
sábado, 15 de abril de 2017
Don Giovanni y la Matrix
Neo: Why do my eyes hurt?
Morpheus: You've never used them before.
The Wachowski Brothers, The Matrix.
E' morto per complicazioni respiratorie all'età di 92 anni il politologo e sociologo Giovanni Sartori... Pocas horas después de que el diario italiano Corriere della Sera informara que su editorialista estrella había fallecido, ocurrió lo que últimamente suele suceder no sólo aquí en México sino en el resto de Occidente: primero, el óbito fue deplorado sinceramente por la exigua pero todavía significante capa de ilustrados que no sólo sabían de la existencia del florentino sino que incluso alguna vez lo habían leído; enseguida, algunos twitteros y los usuales del Face actuaron como resonadores en cadena, antes de que los mass media, que aún quedan algunos, dieran cuenta del suceso: un descalabro para el pensamiento liberal contemporáneo, una pérdida devastadora para la Ciencia Política, un menoscabo irreparable de la conciencia crítica del orbe... Y luego de un lapsito de grandilocuencias teledirigidas y debidamente entreveradas entre noticias de calamidades cotidianas y escándalos de siempre, entonces sí se unieron al pésame miles y miles de personas que jamás habían leído una sola línea de don Giovanni… En fin, como dijo el poeta calabrés Antonio Porchia, “se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo”.
Sartori publicó en 1997 uno de los ensayos más pesimistas y lúcidos que he leído en mi vida: Homo videns. La sociedad teledirigida —Taurus editó al año siguiente en español—. En pocas palabras, el pensador dictamina que hoy por hoy el ser humano promedio está involucionando, y que la regresión de nuestra especie está sucediendo, no al lentísimo paso de la evolución natural, sino a la desbocada velocidad de la evolución cultural. No exagero yo en la interpretación, él lo estableció así, tal cual: “el tele-ver está cambiando la naturaleza del hombre”. El tele-ver condiciona el video-vivir, y el homo sapiens está degradándose en homo videns. Además, afirma, el proceso es ya irreversible. Muchos años antes de que la vida sin el Face resultara impensable para hinchadas hordas de jóvenes y no tan jóvenes en todo el planeta, mucho antes de la irrupción de tablets y smartphones, y de que la caja idiota se adelgazara para disfrazarse de televisión inteligente, el italiano pronosticó: “ataco al homo videns, pero no me hago ilusiones. No pretendo frenar la edad multimedia. Sé perfectamente que en un período de tiempo no demasiado largo una mayoría de la población de los países opulentos [y en los no tanto, meto mi cuchara] tendrá en casa, además de la televisión, un miniordenador conectado a Internet. Ese desarrollo es inevitable y, en último extremo, útil; pero es útil siempre que no desemboquemos en la vida inútil, en un modo de vivir que consista sólo en matar el tiempo. Así pues, no pretendo detener lo inevitable”.
Don Giovanni, quien murió en Roma el martes pasado, nació en Florencia, Reino de Italia, en 1924. Ese mismo año cayó el Imperio Otomano, una entidad política fundada en 1299. Ese mismo año murió Lenin, autor de más de una veintena de libros y líder de la Revolución Rusa, y José Stalin se hizo del poder en la Unión Soviética. Ese mismo año Hitler escribió Mi Lucha. Aquel era un mundo inmerso en la Modernidad simbólica que Gutenberg había hecho posible en 1452. También en 1924, la British Broadcasting Company (la BBC) transmitió desde sus estudios en Londres la primera radio-dramatización del mundo, Danger de Richard Hughes. Las comunicaciones humanas seguían pues dominadas por la palabra, la impresa y la hablada. “La radio es el primer gran difusor de comunicaciones —explica Sartori—; pero un difusor que no menoscaba la naturaleza simbólica del hombre. Ya que, como la radio ‘habla’, difunde siempre cosas dichas con palabras”.
Sartori se apersonó en un mundo sin televisión: apenas un año más tarde, el escocés John Logie Baird lograría transmitir la imagen de las siluetas de James y Stooky Bill, dos muñecos de ventrílocuo, por medio de una televisión mecánica. Sin embargo, no sería sino hasta mediados del siglo XX que aparece la televisión propiamente dicha, y con ella, ahora sí, se da una ruptura drástica: “el hecho de ver prevalece sobre el hecho de hablar, en el sentido de que la voz del medio, o de un hablante, es secundaria, está en función de la imagen, comenta la imagen, y, como consecuencia, el telespectador es más un animal vidente que un animal simbólico… Y esto es un cambio radical de dirección, porque mientras que la capacidad simbólica distancia al homo sapiens del animal, el hecho de ver lo acerca a sus capacidades ancestrales, al género al que pertenece la especie del homo sapiens”. Del anterior razonamiento se desprende la contundente e irrebatible conclusión de que el aparatejo está transmutando a la gente, si no a toda, sí a la gran mayoría: “La televisión no es sólo instrumento de comunicación, es también… un instrumento ‘antropogenético’, un medium que genera un nuevo anthropos, un nuevo tipo de ser humano”.
A Giovanni Sartori le alcanzó la vida para constatar que buena parte de sus predicciones —que no previsiones— se han cumplido. Que haya acertado es meritorio, claro, pero resulta lamentable. La depauperación del entendimiento se ha propagado y profundizado en la medida en la que la que más y más horas-hombres al día se desplazan al tele-ver, actividad ahora potenciada monstruosamente por servicios como Netflix, la Matrix, pero sin cables, de los hermanos, ahora hermanas, Wachowski.
sábado, 8 de abril de 2017
Bagdad, corazón de Occidente
Usted y yo vivimos en un mismo continente civilizatorio: Occidente, un entramado de componentes simbólicos y materiales compartidos en las sociedades europeas y de origen europeo; esto es, en el Viejo Continente y también las sociedades hegemónicas asentadas en América, Oceanía, Sudáfrica e Israel. Occidente se distingue del budismo, de lo africano, del Islam…; en él no caben el chamán rarámuri ni la burka con que deben cubrirse el rostro las mujeres en Kabul, tampoco el sistema de castas hinduista, las lenguas bantúnes subsaharianas, la pagoda de An Quang ni la dieta inuit de los esquimales… Occidental no es lo nativo, lo autóctono, lo indígena, lo aborigen… Obvio: lo oriental es distinto a Occidente.
Dos tradiciones sustentan Occidente: la bíblica-cristiana y la greco-romana, así que sus orígenes geográficos se localizan en tierras aledañas al Mediterráneo, desde el mar de Tirreno hasta el Levante, incluyendo el mar Egeo. Es un medio arco que, desde el punto más austral del Golfo de Áqaba, se abre hacia noroeste, pasa por la Ática y llega hasta la península ibérica.
La tradición bíblica-cristiana tiene raíces profundas en Medio Oriente. La narrativa fundacional de Abraham inicia en Ur, una ciudad que efectivamente existió en Sumeria. Haya o no sido escrito por Moisés, el Pentateuco —libro venerado por todas las religiones abrahámicas— recupera varios relatos mitológicos de la antigua Mesopotamia —por ejemplo, el Diluvio Universal, una historia que aparece ya en el Poema de Gilgamesh y en el Génesis de Eridu—.
Por su parte, el esplendor del cimiento griego tuvo lugar en Atenas, durante el Siglo de Pericles. El período fue etiquetado así en referencia al liderazgo del estratega que comandó la victoria helena contra los persas en 479 a.C., y quien gobernó al Imperio Ateniense del 461 al 429 a.C. Pero la luz que emana el genio griego desde entonces tiene poco que ver con las armas…
Una chispa en la historia: en muy poco tiempo y en un territorio restringido, sucedió una portentosa revolución cognitiva: el logos se inmiscuyó en todo y tomó las riendas. Un puñado de seres humanos enarboló el postulado de que el universo es racional y comprensible, y dado que el hombre es un ser racional, podemos y debemos comprender el mundo, incluidos nosotros mismos. Eso mismo defendieron Hipócrates en cuanto al cuidado del cuerpo, Heródoto en el ámbito del resguardo de la memoria colectiva, Fidias en el de la escultura, los dramaturgos Esquilo, Sófocles, Aristófanes y Eurípides en el del pensamiento narrativo… Pero el gran protagonista de la Época Dorada griega fue sin duda un filósofo.
Informa el tuerto Timón el Silógrafo de Fliunte (c. 320-230 a.C.) —quien según Antígono de Gónatas, rey de Macedonia, fue un tipo demasiado beodo y poco ecuánime—, que el padre de Sócrates, un señor llamado Sofronisco, se ganaba la vida como cantero. En cuanto a la madre, en el diálogo Teeteto de Platón, el propio Sócrates afirma que era partera. El caso es que nació en el 470/469 a.C. en el demo ateniense de Alopece, y moriría setenta años después autoejecutado vía ingesta de cicuta. Sin traer a cuento pormenores, digamos que el hijo de Fainarate y Sofronisco fue el primer filósofo: logos “antes de Sócrates significaba simplemente charla, palabra; pero… a partir de él tiene en toda la filosofía un sentido que primordialmente es la razón que se da de algo…” (Manuel García Morente, Obras completas, II. Anthropos, 1996).
La fuerza del logos fue enseñanza bien aprendida y desarrollada hasta alturas ideales por el mejor alumno de Sócrates, Platón (427-347 a.C.). 43 años menor que su maestro, el también ateniense —aunque hay quien sostiene que fue isleño, natural de Egina— fundó una escuelita, la Academia, que perduraría casi un milenio, en la que tuvo a su vez aprendices, de entre los cuales, indiscutiblemente, quien resultó más ducho fue un forastero.
Aristóteles (384-322 a.C.) nació en Estagira, ciudad ubicada al sur de Macedonia, en la costa noroeste de la península de Calcidia. Nicómaco, su padre, era médico y cercano a Amintas II de Macedonia. Durante toda su juventud y primera vida adulta, de los 18 a los 37 años, residió en Atenas, aprendiendo de Platón. Según Diógenes Laercio (Vida de los filósofos ilustres), “tenía las piernas delgadas”, condición que no impidió que le gustara filosofar caminando, de ahí que le apodaran el Peripatético. No es ocasión detallar la obra del estagirita. El hilo del relato requiere sólo que recordemos quién fue su alumno más afamado: a diferencia de Sócrates, quien le pasó la estafeta a Platón y éste a él mismo —de filósofo a filósofo a filósofo—, Aristóteles tuvo un pupilo guerrero.
Contratado por el rey Filipo II, alrededor del 343 a.C., Aristóteles fue tutor del joven Alejandro III de Macedonia, quien jamás superaría la juventud pero en cambio sí lograría agenciarse el epíteto de Magno —Μέγας Αλέξανδρος— luego de haber conquistado todo su mundo y más allá.
Entre 335 y 324 a.C., Alejandro logró el control de todas las polis helénicas, conquistó Egipto, Asia Menor, el poderoso Imperio Persa, Asia Central y llegó a las puertas de la India. De vuelta de sus remotas campañas, se instaló en el palacio de Nabucodonosor II y decretó que Babilonia fuera la capital de su enorme imperio. Entonces, la que sería la civilización occidental se había expandido hacia el oriente del Mediterráneo y tenía por capital la ciudad que actualmente es Bagdad. ¿Cómo sería hoy el mundo si la muerte no hubiera tomado por sorpresa a Alejandro Magno el día 10 de junio de, sin haber cumplido 33 años de edad? Difícilmente usted y yo nos consideraríamos occidentales.
Dos tradiciones sustentan Occidente: la bíblica-cristiana y la greco-romana, así que sus orígenes geográficos se localizan en tierras aledañas al Mediterráneo, desde el mar de Tirreno hasta el Levante, incluyendo el mar Egeo. Es un medio arco que, desde el punto más austral del Golfo de Áqaba, se abre hacia noroeste, pasa por la Ática y llega hasta la península ibérica.
La tradición bíblica-cristiana tiene raíces profundas en Medio Oriente. La narrativa fundacional de Abraham inicia en Ur, una ciudad que efectivamente existió en Sumeria. Haya o no sido escrito por Moisés, el Pentateuco —libro venerado por todas las religiones abrahámicas— recupera varios relatos mitológicos de la antigua Mesopotamia —por ejemplo, el Diluvio Universal, una historia que aparece ya en el Poema de Gilgamesh y en el Génesis de Eridu—.
Por su parte, el esplendor del cimiento griego tuvo lugar en Atenas, durante el Siglo de Pericles. El período fue etiquetado así en referencia al liderazgo del estratega que comandó la victoria helena contra los persas en 479 a.C., y quien gobernó al Imperio Ateniense del 461 al 429 a.C. Pero la luz que emana el genio griego desde entonces tiene poco que ver con las armas…
Una chispa en la historia: en muy poco tiempo y en un territorio restringido, sucedió una portentosa revolución cognitiva: el logos se inmiscuyó en todo y tomó las riendas. Un puñado de seres humanos enarboló el postulado de que el universo es racional y comprensible, y dado que el hombre es un ser racional, podemos y debemos comprender el mundo, incluidos nosotros mismos. Eso mismo defendieron Hipócrates en cuanto al cuidado del cuerpo, Heródoto en el ámbito del resguardo de la memoria colectiva, Fidias en el de la escultura, los dramaturgos Esquilo, Sófocles, Aristófanes y Eurípides en el del pensamiento narrativo… Pero el gran protagonista de la Época Dorada griega fue sin duda un filósofo.
Informa el tuerto Timón el Silógrafo de Fliunte (c. 320-230 a.C.) —quien según Antígono de Gónatas, rey de Macedonia, fue un tipo demasiado beodo y poco ecuánime—, que el padre de Sócrates, un señor llamado Sofronisco, se ganaba la vida como cantero. En cuanto a la madre, en el diálogo Teeteto de Platón, el propio Sócrates afirma que era partera. El caso es que nació en el 470/469 a.C. en el demo ateniense de Alopece, y moriría setenta años después autoejecutado vía ingesta de cicuta. Sin traer a cuento pormenores, digamos que el hijo de Fainarate y Sofronisco fue el primer filósofo: logos “antes de Sócrates significaba simplemente charla, palabra; pero… a partir de él tiene en toda la filosofía un sentido que primordialmente es la razón que se da de algo…” (Manuel García Morente, Obras completas, II. Anthropos, 1996).
La fuerza del logos fue enseñanza bien aprendida y desarrollada hasta alturas ideales por el mejor alumno de Sócrates, Platón (427-347 a.C.). 43 años menor que su maestro, el también ateniense —aunque hay quien sostiene que fue isleño, natural de Egina— fundó una escuelita, la Academia, que perduraría casi un milenio, en la que tuvo a su vez aprendices, de entre los cuales, indiscutiblemente, quien resultó más ducho fue un forastero.
Aristóteles (384-322 a.C.) nació en Estagira, ciudad ubicada al sur de Macedonia, en la costa noroeste de la península de Calcidia. Nicómaco, su padre, era médico y cercano a Amintas II de Macedonia. Durante toda su juventud y primera vida adulta, de los 18 a los 37 años, residió en Atenas, aprendiendo de Platón. Según Diógenes Laercio (Vida de los filósofos ilustres), “tenía las piernas delgadas”, condición que no impidió que le gustara filosofar caminando, de ahí que le apodaran el Peripatético. No es ocasión detallar la obra del estagirita. El hilo del relato requiere sólo que recordemos quién fue su alumno más afamado: a diferencia de Sócrates, quien le pasó la estafeta a Platón y éste a él mismo —de filósofo a filósofo a filósofo—, Aristóteles tuvo un pupilo guerrero.
Contratado por el rey Filipo II, alrededor del 343 a.C., Aristóteles fue tutor del joven Alejandro III de Macedonia, quien jamás superaría la juventud pero en cambio sí lograría agenciarse el epíteto de Magno —Μέγας Αλέξανδρος— luego de haber conquistado todo su mundo y más allá.
Entre 335 y 324 a.C., Alejandro logró el control de todas las polis helénicas, conquistó Egipto, Asia Menor, el poderoso Imperio Persa, Asia Central y llegó a las puertas de la India. De vuelta de sus remotas campañas, se instaló en el palacio de Nabucodonosor II y decretó que Babilonia fuera la capital de su enorme imperio. Entonces, la que sería la civilización occidental se había expandido hacia el oriente del Mediterráneo y tenía por capital la ciudad que actualmente es Bagdad. ¿Cómo sería hoy el mundo si la muerte no hubiera tomado por sorpresa a Alejandro Magno el día 10 de junio de, sin haber cumplido 33 años de edad? Difícilmente usted y yo nos consideraríamos occidentales.
miércoles, 5 de abril de 2017
Las razones de Syssigy*
¿Cómo puede explicarse que ahora mismo, en el camellón de Reforma, un rey gigante, triunfante y prepotente, sostenga a más de ocho metros de altura un enorme pez que si bien ya fue pescado mantiene una manifiesta expresión de jolgorio? Hablo de un típico osteichthyes, que desde su corporeidad de bronce, se proyecta vivito y coleando: pez ya pescado, pescado y sin embargo pez. La aparición quizá pudiera comprenderse acudiendo al cruce de varias historias.
Había una vez un barbón que antes de mayo de 1864 no tenía la menor idea de a qué sabía un tlacoyo de maíz azul de habas con quelites. Sus padres oficiales, Francisco Carlos y Sofía de Baviera, le pusieron por nombre Ferdinand Maximillian Joseph… Oficiales decimos porque de que doña Sofía era la madre, ni cómo dudarlo, pero en cambio, la paternidad de Francisco Carlos sí que muchos la dejan entre signos de interrogación, ya que según las malas lenguas, que desafortunadamente suelen no errar, el verdadero papá de Maximiliano fue el Duque de Reichsdtat, un fulano al que le decían El Aguilucho y también Napoleón II, ya que tuvo por gracia ser hijo de su padre: Napoleón Bonaparte I. Y ya que de Napoleones hablamos, hablemos, mal, de Carlos Luis, otro de la casa Bonaparte, quien pasó a la historia como Napoleón III, y no por ser nieto del primer Napoleón Bonaparte que gobernó Francia –más bien era su sobrino–, sino precisamente por ser el tercero de la dinastía Bonaparte, de origen italiano, en llegar al trono de los galos; pues éste Napo fue, entre otros, el culpable de que el barbón aquél ignorante del sabor del tlacoyo azul de habas con quelites llegara a costas veracruzanas con la firme intención de gobernar, en calidad de emperador, los destinos de México.
Y también hubo una vez una princesa que se casó con un rey, con quien procreó una hija, justo diez años antes de morir de tuberculosis. La niña llevaría un nombre extenso y alcanzaría, a diferencia de su madre, la longevidad: decrépita y deschavetada, Marie Charlotte Amélie Augustine Victoire Clémentine Léopoldine de Bélgica moriría en el Castillo de Bouchout a los 86 años.
Juntos, Maximiliano y Carlota trataron de imponer su aristocrática voluntad en estas tierras en las que buena parte de la población sí sabía disfrutar de los sabores del tlacoyo, pero no pudieron, no del todo: al menos, eso sí, dejaron un bonito bulevar que hoy se llama Paseo de la Reforma, apelativo de resonancia versallesca con que los liberales triunfantes designaron al Paseo de la Emperatriz que Maximiliano mandó hacer en la Ciudad de México en honor de su señora, la pobre Carlota Amalia de Bélgica. Ahí mismo, 141 años después de que los tercos republicanos comandados por un indígena zapoteco versado en derecho fusilaran en el Cerro de las Campanas al efímero segundo emperador de México, me encontré con el fragmento de una carta que cuenta el inicio de otra historia y da cuenta de otra pieza del rompecabezas:
De una carta a Remedios Varo(9_9-9-9-9-9-9-9(*)QQ-9,9=QQ9) Lo que quiere decir: dos antílopes menos una colmena de abejas salvajes multiplicados por una docena de monstruos de chocolate del siguiente modo: Mi madre, una radiante desposada arrojada a una desesperación languideciente por la frialdad Anglo-Británica de su marido, deambuló una noche iluminada por una luna creciente hasta los laboratorios conyugales situados en los lujosos establos que componían la finca familiar. Estos laboratorios eran el sitio favorito de los juegos interseminales de mi tío abuelo Julep-Edgworth.
Cansada de deambular pesarosa por la tristeza y el chocolate, los faisanes rellenos, el puré de ostras ‘a la creme’ y otras delicadezas del estilo que englutía sin parar para llenar el vacío que le producía la actitud helada de su marido, se tumbó lánguidamente sobre un artilugio especial que tomó por un sillón. Imagina este artilugio especial, era precisamente el último invento de mi tío Julep. El artefacto de gran precisión estaba lleno hasta los topes de novecientos galones cuadrados de secciones seminales de todos los animales machos de la propiedad. No sólo de los magníficos sementales árabes, los cerdos reales, los pequeños gallos y los inmensos coq-au-vin sino también de erizo tras erizo terriblemente mezclado con las de murciélagos y patos comunes, muy ordinarios. El tacto me impide relatar las reacciones bioquímicas de mi madre. En breve, una panza hinchada que creció y creció hasta que en su punto más álgido era de una magnitud terrorífica y estalló con tal temblor que se oyeron las vibraciones a lo largo y ancho de la isla.
Así nació yo.
El resultado de la ecuación es correcto: el mismo día que Estados Unidos decidió meter su cucharón en la I Guerra Mundial, el 6 de abril de 1917, nació Leonora Carrington. La isla a la que se refiere, but of course, es la mayor de las británicas, Inglaterra. La madre, tan bien narrada, fue una irlandesa, igual que Mary Cavanaught, la nana a quien muy probablemente deberíamos agradecer el que, desde niña, Leonora comenzara a poblarse de fabulosos mitotes, de origen celta en este caso.
Entonces ya no parece tanta casualidad que el Fisher King de doña Leonora se erija encarando a la deidad de piedra que resguarda la entrada del Museo de Antropología e Historia, monumento este último del decadente nacionalismo posrevolucionario, menos si recordamos que, según don Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, el tal Tláloc, el dios mexica del agua representado en el monolito de Coatlinchán, fue también rey de los quinamenti, un pueblo de gigantes que habitaron el Valle de Anáhuac mucho tiempo antes que llegaran los aztecas.
Con todo, no faltará el que rezongue que la mocosa atolondrada que jugó en Crooksey Hall, la británica Leonora, tampoco llegó al mundo con mucha idea sobre sabores ultramarinos, ya no digamos de los que le esperaban del otro lado del Atlántico, vamos, ni siquiera de los que tenía ahí nomás cruzando el Mar del Norte…, el cual, dicho sea de paso, a ella le quedaba al sur. Pues sí, al igual que los archiduques de Austria, seguro que la Carrington no pudo haber tenido noticia de las delicias del tlacoyo azul, color que por cierto no le viene de tintura alguna, sino de su base sustancial, el maíz azul, particularmente de las antocianinas con las que la planta se protege de los rayos ultravioleta. Tampoco podría andar uno suponiendo que, siendo aún una escuincla, hubiese sido informada en alguna de las escuelas de las cuales en su momento fue expulsada de que “quelite” no es otra cosa que una castellanización del “quilitl”, genérico con que en náhuatl puede uno referirse al follaje tierno de algunas plantas que, ya sea cocido, crudo, hervido o guisado de cualquier otra forma se come, como por ejemplo los sabrosos huazontles. Ciertamente, Leonora Carrington pasó los primeros años de su vida en Europa ajena a la plétora de creaturas que en México vendría a encontrarse, como su loca majestad Carlota, tal cual, con la diferencia, entre otras, de que a la prima de la reina Victoria de Inglaterra su ignorancia de la herbolaria mexicana muy probablemente le costó la razón, porque si bien no del todo comprobada, más que probable resulta la versión de que la emperatriz perdió el juicio no de manera espontánea sino porque, dizque para sanarle la infertilidad que padecía, una curandera, partidaria la muy canija de don Benito Juárez García, la hizo consumir generosas cantidades de teyhuinti, un honguito, vacilador como otras tantas hierbas y platas sobre las cuales, siglos antes, el franciscano Bernardino de Sahagún ya había alertado: “los que las comen… sienten vacíos del corazón y ven visiones a las veces espantables y a las veces de risa…”
Y si hablamos de advertencias respecto al poder enloquecedor de los hongos llamados teyhuinti, otro gachupín, él médico de oficio, fue más preciso: “… cuando son comidos no causan la muerte pero causan una locura a veces durable… Son de color leonado, amargos al gusto y poseen una cierta frescura que no es desagradable”. Tanta sapiencia la debemos al toledano Francisco Hernández, quien en 1570 fue comisionado por el mismísimo Felipe II a cruzar el Atlántico para que estudiara la Gea, la Fauna y la Flora del Nuevo Mundo. El susodicho jerarca español, apodado El Prudente, sabiendo que al facultativo real bien le funcionaba la mollera y que además era de espíritu curiosón, decidió otorgarle el título de Proto-Médico de las Indias y pedirle que se trepara a un navío para que se lanzara en pos del conocimiento sobre las maravillas que allá —acá para
uno— aguardaban a sus ibéricas majestades. Siete años después de turnada la encomienda, regresó Francisco Hernandez a Madrid, seguramente algo más avejentado pero feliz de cargar bajo el brazo el producto de su esfuerzo: 17 volúmenes, siete textuales y diez con ilustraciones elaboradas por indígenas; la dicha se le iría apagando conforme fueron pasando los meses y su obra permanecía en calidad de manuscrito inédito, para colmo atrapado en la biblioteca de El Escorial, tal como quedó hasta el día de su muerte. Eso sí, mayor tristeza hubiera experimentado el pobre galeno de haber vivido para saber que en 1671 un incendio daría al traste a prácticamente toda la biblioteca de El Escorial…, y se anota así porque algo quedó… En 1790, a partir de una copia manuscrita de la obra se publicó al menos la parte alusiva a la botánica con el título De Historia paltarum Novæ Hispaniæ, y ahí, con todas sus letras, el doctor Hernández alerta que el consumo del teyhuinti: “… hacen pasar ante los ojos visiones de todas clases…”
Si doña Carlota comió una cantidad suficiente de teyhuinti para ganar la sinrazón es un misterio, tanto como lo es determinar con certeza a qué hongo se refería el docto toledano Francisco Hernández… ¿Será acaso el travieso teonanácatl (Psilocybe aztecorum)? ¡Sabrán los demonios!, porque sucede que como ése, catalogados ya hay más de 180 especies de hongos que contienen psilocibina (C12H17N2O4P), el alcaloide de efectos psicotrópicos al que en un momento dado podríamos achacar los alucines de la fallida emperatriz de México.
El caso es que sin necesidad de meterse ni medio gramo de psilocibina, en estos días no ha faltado el incauto que, transitando el antiguo Paseo de la Emperatriz a jaloneos y empellones a bordo de un colectivo, probablemente con la mirada clavada en el escote de alguna acompañante o en la sección de empleos del Aviso Oportuno, apenas con el rabillo del ojo alcance a ver entre los árboles del camellón un presencia inquietante: casi mimetizado, un extraño monigote, tal vez tocando un arpa con forma de pajarraco o quizá acariciándole al supuesto plumífero una panza más bien inexistente… “¡Chale, qué hongo!”, soltará el sorprendido observador, y hasta puede que trate de convencerse a sí mismo de que aquello no fue más que una alucinación, porque hoy no le ajustaron los pesos ni para una guajolota.
Pues resulta que no son ni una ni dos ni tres las apariciones que sobre el camellón de Reforma se van sucediendo una tras otra desde Chapultepec hasta la Zona Rosa, son en total 17 y van desde el gigantón Fisher King hasta una pieza de poco menos de un metro, todas obra de una nonagenaria que en 2008 viene a recordar a quienes hayan osado olvidar, ¡tantos!, que la realidad podrá no ser, o ser muchas cosas, menos, claro, lo que aparenta. Para no ir más lejos: diga usted si puede creer que realmente sea un horno lo que a la letra se presenta como el Horno de Simon Magus, una pieza salida del horno apenas en 2007, dispuesta en Reforma casi esquina con Gandhi, y guardada en la memoria de la Carrington como la estufa de una cocina inglesa desde hace casi un siglo, una escultura que en el nombre lleva la penitencia, porque siendo horno y perteneciendo al truquero aquel por quien simonía se llama el pecado de querer comprar favores espirituales con cochinos dineros, ¡guácala!, Simón de Gitta, un pecador no de poca monta si recordamos que para muchos de los cristianos primitivos fue nada menos que la reencarnación en forma humana que Dios usó para descender a este tormentoso mundo para rescatar a Ennoia, su primer pensamiento. Simon Magus, dicen, hacía ladrar a los perros de piedra y hablar a las esculturas, de donde se desprende que no resulta demasiado arriesgado creer el relato de la cuarteta de amigas antreras que el Sábado de Gloria pasado, saliendo de un guateque que terminó afresándose, se fueron muy frescas a transitar Reforma en busca del cocodrilote de piedra que una de ellas juraba haber visto por ahí, para encontrarse en cambio el rostro de un vejete saliendo en forma de humo de un estufón para agarrar vuelo hacia el cielo defeño; no sería su primer vuelo, y si no ¡a los anales!
Si el itálico Napoleón gobernó Francia en el siglo XVIII, hace unos dos mil años un oriundo de la Galia gobernó el Imperio Romano, es decir, no solamente la península con forma de calzado sino el civitas orbi de aquellos años: Tiberio Claudio César Augusto Germánico, Claudio a secas para la posteridad, el Emperador a quien tocó en suerte conocer al tal Simón de Gitta, aunque de mala forma porque según el apócrifo Los Hechos de Pedro el hechicero aquel tenía la maña de levitar para probar a los incrédulos sus carácter divino, espectáculo que montó en Roma ante Claudio, pero con el mal tino de hacerlo en presencia de dos apóstoles oficiales, certificados, San Pedro y San Pablo, quienes, para desprestigiar a la competencia desleal, alzaron sus plegarias al dios verdadero rogándole que impusiera orden, petición que fue atendida puesto que la gravedad actuó de nuevo sobre el pobre Simon Magus, quien dejó de volar y luego del costalazo correspondiente se rompió las piernas, poca injuria si se considera que acto seguido la muchedumbre de la urbe más civilizada de la Antigüedad Clásica procedió a apedrearlo hasta dejarlo en calidad de materia inerte. Gian Paolo Lomazzo, un manierista neoplatónico, pintaría en 1571 en la iglesia de San Marco, en Milán, La caída de Simon Magus; luego se volvería ciego y –significativo– crítico de arte y escribiría un tratado de la pintura en el cual buscaba dar respuestas a una interrogante que, qué esperaba, sigue abierta: cómo entrarle con decoro al reto de representar estéticamente la realidad. Pues a lo largo de los aproximadamente 300 metros que distan entre el Tláloc y la calle de Gandhi más de 30 Carringtons fabulan para nuestros ojos la realidad: ampliaciones generosas de los cuadros de tímidas dimensiones que doña Leonora ha creado a lo largo de su vida. Y en muchas pinturas uno puede encontrar personajes conocidos, precisamente por ya haberlos atisbado en el camellón; por ejemplo, en Los amantes (1987), uno mira cómo miran a la pareja encamada y aparentemente encondonada en rojo y azul, y en esos monos que parecen monjas que parecen dedos percibe uno el mismo estilacho fantasmagórico que tiene el trío de aire encapotado que no se digna a tirarle un lente a la cartelera del Museo Rufino Tamayo, ni por tenerla ahí nomás a un lado.
La colección de obras carringtonianas que en plena vía pública pueden apreciarse se debe al tino museográfico de Isaac Masri y a la curaduría de Juan Álvarez del Castillo, y, claro, al apoyo en billete y centavos del gobierno del Distrito Federal. Es verdad que, con la ansiedad copándoles toda la mirada, algunos chilangos se pasan de largo como el Atrapacuervos (1990), pero la mayoría no puede evitar frenarse para tratar de entender las razones expuestas en la serie de alegorías de colores que Leonora Carrington plantea, traviesa, en sus pinturas. Y como para dar una ayudadita a los espectadores, sobre todo a los expectantes, particularmente a los muchos para quienes el mundo anda cada día más escaso de entendederas, los encargados del montaje juzgaron apropiado dejarle una caja de luz completita a un aforismo con que la propia artista da pista certera: “La razón debe conocer la razón del corazón y todas las demás razones”.
Haciendo caso al dicho de la pintora habrá que aceptar que, efectivamente, hay razones suficientes para que el enorme pescador de bronce se mantenga altivo sobre el Paseo de la Reforma, firme y dizque inanimado, haciendo como que no oye a la señora que a sus espaldas pone punto final a la improvisa conferencia que acaba de dictar a su numerosa prole sobre el carácter fantástico de las piezas que acaban de ver:
— O sea que la señora pintó cosas que no son de verdad, ¿verdad?, sino que puras ocurrencias de su imaginación de ella, ¿verdad? Ondas de los sueños y de la fantasía, para que me entiendan —concluyó doctoral la ñora, para que la mayorcita de su descendencia, una chavita escuálida enfundada en unos pantalones de mezclilla y en su adolescencia repelona, le revire muy sabionda–:
— Ya sé. Si en un letrerote decía que era subrrealista.
Debo entonces entender que hay razones para que no sólo el Fisher King tenga que morderse una inexistente glándula para no voltearse y corregir a la mocosa —"¡Surrealista, no subrrealista, niña babas!"—, sino también yo, a quien me tocó en suerte ser testigo de aquel debate callejero, en el cual el chavito de cara más malora intervino para compartir con su familia su hipótesis:
— Para mí que la ruca se echaba sus churros.
Difícil mantenerse al margen para no espetarle al irrespetuoso aquel que no hablara en pasado de doña Leonora Carrington, porque ella sigue vivita y pintando…, además ni tiempo hubiera tenido, porque, experto en el peloteo de las discusiones con su madre, el chamaco cambió de juego:
— Oiga, jefa, móchese con unos tlacoyos, ¿no? Ellos agarraron camino hacia la estación Chapultepec del metro, la exposición ahí quedó y no se irá sino hasta el 31 de octubre, y a ti lector aquí te dejo leyendo lo que, hará cosa de un año, en la Galería Croquis, también en la Megaloca, y frente a la vital anciana aludida, Alberto Blanco, confianzudo, afirmó: “a Leonora no le interesa la fantasía, le apasiona en cambio la complejísima realidad. Solamente una artista con los pies bien plantados en la realidad como Leonora Carrington habría podido internarse en los laberintos de la mente sin perderse en ellos”.
* Texo originalmente publicado en la revista Parteaguas. Verano de 2008.
sábado, 1 de abril de 2017
Eridu
Uno sólo se cansa de lo nuevo.
Søren Kierkegaard
Un soldado inglés que por codicioso y fisgón se volvió arqueólogo, Richard William Howard Vyse, durante buena parte de 1837 se dedicó a detonar explosivos, para poder meterse a esculcar las intimidades de las pirámides de Guiza. Aquel mismo año, JML —iniciales de José María Lafragua o, según los más sapientes, de José María Lacunza— dio a conocer en México su novelita romántica-nacionalista-indigenista Netzula; el filósofo Søren Kierkegaard conoció a Regine Olsen, la mujer que le aceitaría la creatividad; apareció la primera edición de Oliver Twist de Dickens, y Hans Christian Anderson publicó varios cuentos, entre otros, Keiserens nye Klæder, el cual en español se ha divulgado indistintamente como El traje nuevo del emperador o El rey desnudo, eficaz apólogo que, como bien se sabe, el escritor decimonónico le copió al mismísimo infante don Juan Manuel, manchego de abolengo que, ya más bien entrado en la vida adulta, entre 1330 y 1335, escribió en castellano “Lo que sucedió a un rey con los burladores que hicieron el paño”, narración que junto con otras cincuenta conformó su Libro de los enxiemplos del Conde Lucanor et de Patronio.
Compatriota y coterráneo de Hans Christian Andersen y de Kierkegaard, Thorkild Jacobsen nació en 1904 en Copenhague, capital de la monarquía más antigua de Europa, la danesa, y al igual que Richard William Howard Vyse, habría de dejar huella gracias a sus muchas chambas como desenterrador e intérprete del mundo antiguo. Jacobsen estudió Filología semítica en la universidad de su ciudad natal, y luego migró a Estados Unidos para incorporarse al Oriental Institute de la Universidad de Chicago. Salió del Viejo Continente capacitado para leer hebreo, árabe y asirio, y en el Nuevo Mundo aprendió sumerio y siríaco. Como excavador, epigrafista —experto en inscripciones hechas sobre materiales duros— e intérprete de escritura cuneiforme, Thorkild Jacobsen participó a lo largo de más de diez años en las expediciones arqueológicas del Instituto en el sur de Irak, y luego se incorporó como docente en la Universidad de Harvard. Debemos agradecer al doctor Jacobsen la exégesis de uno de los mitos cosmogónicos más antiguo de Mesopotamia. La tablilla que contiene la parte sustancial del relato que hoy se conoce como el Génesis de Eridu fue hallada en Nippur por un equipo de arqueólogos de la Universidad de Pennsylvania, entre 1893 y 1896. Pero alguien debió de haber malinterpretado el texto, porque aquel testimonio quedó arrumbado en una caja con una etiqueta con una palabra desatinada: incantation —lo que en la lengua del infante don Juan Manuel y Señor de Escalona, Elche y Peñafiel se traduce como conjuro—. Total, que no fue sino hasta 1912 que el asirólogo alemán Arno Poebel deshizo el entuerto y propuso la primera traducción que fue echando luz sobre el verdadero asunto. Años después, Thorkild Jacobsen reinterpretaría la tablilla, llenando los huecos con fragmentos, también escritos en sumerio, de un par de tablillas más, una localizada en Ur y otra en Nínive. Voy a condensar e ir glosando un poco… Antes de la creación, el caos, la indiferenciación absoluta: “Todo era mar”. Entonces, así nomás, “Eridu fue hecho, Esagila fue construido”; la ciudad y el templo, respectivamente. “Esagila cuyas fundaciones Lagaldukuga colocó en el Apus ... Los dioses, los Annunnaki, él creó iguales. La ciudad santa, la morada de sus corazones, la llaman solemnemente. Marduck construyó un marco de caña en la cara de las aguas…” Y una vez hecho el lugar, la ciudad, el templo y los dioses primeros, faltaba un componente…, nosotros: “Con el fin de agradar a los dioses en la hinchazón del deleite de sus corazones, él creó a la humanidad”.
Las tres tablillas a partir de las cuales Thorkild Jacobsen pudo reconstruir el anterior mito cosmogónico fueron realizadas alrededor del 1600 a. C., esto es corresponden al período del Imperio paleobabilónico, de ahí que el dios creador sea Marduck, la divinidad babilonia que heredó los atributos de los dioses sumerios Ea y Enil. Y es que ocurre que desde mucho antes del auge babilónico, para la tradición mesopotámica, Eridu era considerada la primera ciudad sumeria, así que antes de quedar registrado en tablillas, el mito de su fundación debió de haber sido transmitido oralmente de generación en generación desde muchísimo tiempo atrás. No es gratuito que también en la Lista Real Sumeria —una tablilla del siglo XXIV a. C.—, la primera dinastía de jerarcas aparezca asentada en Eridu. Este relación de reyes “es en muchos sentidos, un intento de rastrear la civilización sumeria hasta el cielo, dando linaje y legitimidad a estas personas, de la misma manera que Julio César trató de afirmar que era descendiente de Venus” (Eridu. The History and Legacy of the Oldest City in Ancient Mesopotamia. Charles River Editors).
Más allá de la función mítica de Eridu, resulta que la ciudad además existió realmente, quiero decir, como entidad histórica. Las ruinas de Eridu, la ciudad más meridional de Mesopotamia, se encontraron unos 24 kilómetros al sur de Ur —el sitio arqueológico es hoy conocido como Tell Abu Shahrein—.
sábado, 25 de marzo de 2017
Interregnum
cantaré por todo el mundo mi dolor y mi tristeza,
porque sé que de este golpe ya no voy a levantarme
Pa' Todo El Año, José Alfredo Jiménez.
Play y para pronto, enseguida de la cortinilla de inicio, la descripción de la consumación definitiva en la que hoy estamos abismados: “El fin del capitalismo puede imaginarse como una muerte causada por cientos de heridas o por una multiplicidad de malformaciones, cada una de las cuales no podrá ser tratada porque todas requieren ser atendidas al mismo tiempo”. En un inglés con marcado acento germano-parlante, la voz que me habla a través de los audífonos, pausadamente, sin dejo alguno ni de complacencia ni de contrariedad, fue exponiendo cómo es que, según se muestra el panorama, estamos en pleno acabóse del sistema: “No creo que ninguna de las potenciales fuerzas estabilizadoras… sea suficiente para neutralizar el síndrome de debilidades acumuladas que caracteriza al capitalismo contemporáneo”. Pedaleo sobre Pennsylvania rumbo a la oficina, mientras, por recomendación del conde Serredi, atiendo un episodio del podcast Ideas de CBC Radio. “El capitalismo contemporáneo está desintegrándose por sí mismo (vanishing onto its own), colapsado debido a sus contradicciones internas, y no menos por haber vencido a todos sus enemigos, los cuales a menudo lo habían rescatado de sí mismo obligándolo a asumir nuevas formas”. Quien diserta haciendo gala de tan dialéctico raciocinio es el doctor Wolfgang Streeck (1946), director emérito del Instituto Max Planck para el Estudio de las Sociedades: “Tres crisis se presentaron una después de la otra: la crisis inflacionaria global de los años 70, la explosión de la deuda pública en los años 80 y el colapso de los mercados financieros en 2008. En general, esta secuencia fue la misma para todos los principales países capitalistas, cuyas economías nunca han estado en equilibrio desde… la década de 1960”. Streeck es sociólogo por la Universidad Goethe de Fráncfort del Meno, y cursó el posgrado en Columbia University. “Las tres crisis comenzaron y terminaron de la misma manera, de acuerdo a una lógica de política-económica idéntica: inflación, deuda pública y desregulación de la deuda privada, que comenzaron como soluciones oportunas a los conflictos de distribución entre el capital y el trabajo, hasta que se convirtieron en problemas”. En la esquina del Starbucks, doy vuelta a la derecha. Como todas las mañanas, saludo al vendedor de chilaquiles y tamales que pone su tinglado en la cuchilla de Alabama, y tomo la ciclovía que sube hacia Patriotismo por Dakota. “Las soluciones se volvieron problemas, por lo que hicieron falta nuevas soluciones, las cuales, sin embargo, pasada más o menos una década, transmutaron otra vez en problemas, haciendo necesarias nuevas soluciones que pronto resultaron tan efímeras y autodestructivas como sus predecesoras”. Paul Kennedy, el conductor del podcast, interviene: decir que el capitalismo está desintegrándose es un pensamiento aterrador… Con toda tranquilidad, Streeck coincide. Explica que el capitalismo no se reduce a gente luchando por obtener ganancias, sino que ha sido también el orden social que soporta dicha dinámica económica: “cierta gobernanza, ciertos mecanismos de contención, el corazón social del sistema que se hace responsable de las necesidades de la gente que provee de legitimidad a la organización capitalista de la economía”. Todo eso es lo que está colapsando. Streeck recuerda que los grandes teóricos del capitalismo, desde Stuart Mill hasta Keynes, pasando por Marx, pensaron que el sistema capitalista llegaría inminentemente a su fin, incluso en el horizonte de sus propias vidas, como consecuencia de contradicciones internas. “En vez de decir ahora que todos ellos debieron de haber entendido mal algo, yo creo que la esencia del asunto es que comprendieron lo frágil que ha sido siempre el sistema, y entender cómo continuamente ha sido rescatado por fuerzas opositoras que lo contenían y mantenían útil para la sociedad”. Pero hoy día al capitalismo contemporáneo ya no le quedan enemigos: se quedó sólo en el ring contra sí mismo y está siendo derrotado, devorándose a sí mismo. El sistema ha ido perdiendo las instituciones que lo autorregulaban, sobre todo en el contexto del proceso de globalización de los últimos años.
— ¡Oiga, viene en sentido contrario, no sea bárbaro! —casi llegando a Indiana, justo antes de chocar contra su enorme triciclo despostillado, me amarró y le reclamo al despachador ambulante de pan dulce y café.
— Perdón, perdón…, jefe. ¿No quiere pan? Traigo donas de chocolate.
“Cada vez más y más personas van quedando en un estado de indefensión frente la dinámica del progreso capitalista, es por ello que en los países que aún son democráticos puede observarse el incremento descomunal del descontento político, y también en la periferia del sistema capitalista un creciente número de Estados fallidos”. ¡Ay, México lindo y querido!, se me escapa un pensamiento en español antes de reiniciar el pedaleo… Y si efectivamente no tiene remedio, ¿qué diablos sigue después del capitalismo? Streeck sostiene que es una ingenuidad suponer que el sistema habrá de agotarse sólo cuando aparezca un modelo distinto capaz de reemplazarlo. No es el caso, y por eso nos hallamos en los albores de un vacío. “Las sociedades capitalistas están entrando en un interregnum a medida que el sistema capitalista contemporáneo se derrumba sobre sí mismo”. Se pueden observar por doquier signos del interregnum —o interregno en español, un período de discontinuidad en el orden social—, de entre los que destacan el monstruoso acantilado que separa a los ultra-enriquecidos (1%) del resto de las personas (99%), y las cada vez más graves discrepancias entre el capitalismo y la democracia.
De cómo es que estamos transitando al post-capitalismo escribe Wolfgang Streeck en su reciente libro, How Will Capitalism End? (Verso Books, 2016), una colección de ensayos que ahora mismo se está leyendo y discutiendo en todo el mundo. Pero ya voy a llegar…
sábado, 18 de marzo de 2017
La idea inicial
Somos —el famoso ergo sum— en la medida en la que
nos esforzamos en “pensar el ser”, el “no ser” (la muerte)
y la relación de estos dos polos con la presencia o ausencia,
con la vida y la muerte de Dios.
George Steiner.
Cualquier idea es susceptible de caducar e incluso de expirar, aunque nada impide que de sus cenizas una idea muerta resucite. Averigüetas, entrometido, Perogrullo levanta la mano y proclama una verdad: ¡Oiga, pero hubo un tiempo en que determinadas ideas no existían! Pues sí, y no sólo determinadas ideas, sino más bien todas, porque todas las ideas, incluso esta que estoy enunciando aquí y ahora mismo, son productos históricos y (por ende) transitorios. Seguramente más de uno podría tachar de exagerado a quien sostenga que cualquier idea es pasajera… Pero la afirmación no peca de excesiva; medítelo, en realidad es sólo una cuestión de escalas… Por ejemplo, desde una perspectiva cósmica, las ideas son fugaces.
Aristocles habría abominado de la idea anterior. Él mismo fue una criatura histórica: llegó al mundo hace 2,444 años, en una polis localizada en la ladera sureste del Monte Licabeto, Atenas, corazón de la Grecia antigua y cuna del logos occidental. Según Diógenes Laercio (Vida de los filósofos más ilustres), quien a su vez se respalda en las Crónicas de Apolondro el Gramático, Aristocles nació en la octogésima octava Olimpiada, el día 7 de Targelión (abril). Aristocles fue uno de los cuatro hijos de una pareja de aristócratas atenienses, Aristón y Perictione. Como se sabe, al tal Aristocles le habría de tocar la nada fácil encomienda de erigir, con su pensamiento y obra, el pedestal que luego soportaría el edificio entero de la filosofía de Occidente. Para ello contó con un apodo que, según se dice, atinadamente le impuso su maestro de lucha: Platón, lo que es decir, El Ancho, ya sea “por la buena proporción de su cuerpo…, por lo amplio de su locución, o bien porque tenía la frente amplísima”. Pues con todo y su anchura y su sapiencia, a Platón no le habría cabido en la cabeza la idea de que algún día se emprendiera el estudio de la historia de las ideas. Y es que para el sabio fundador de la Academia no resultaba platónica la idea de que las ideas tienen una dimensión ontológica y, más aún, una esencia perenne. Él defendía la idea de que las ideas son aespaciales y atemporales, esto es, ahistóricas. Históricamente, a esta postura se le conoce como idealismo.
En mi historia personal, la poderosa idea de la historia de las ideas me salió al paso a finales del siglo pasado en CU. Sucedió en un aula de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y el portador de la noticia fue un veracruzano arrebatado y culto a rabiar, Julián Meza (1944-2012). Junto con Gabriel Careaga, Fernando Benítez, Julia Flores, Raúl Cardiel, Silvia Cabrera, Gustavo García y Fernando Macotela, Julián fue uno de los maestros de lujo de quienes pude aprender durante aquellos años. Casi subrepticiamente, Julián impartía un seminario etiquetado como “Sociología de la Cultura”. Mientras que la mayoría de mis compañeros de generación —una escuálida minoría en la Facultad— atendían seminarios de El Capital, Sociología del Trabajo, Sociología Rural y otras materias igualmente revolucionarias y comprometidas, nosotros nos dedicamos a escudriñar una sola idea, la de la Modernidad, iluminados por los pensadores del grupo conocido como la Escuela de Fráncfort. Leer a Adorno, Horkheimer, Habermas y compañía por aquel entonces no sólo era una transgresión descarada al materialismo histórico con el que todos teníamos que pensar todo en la Facultad, peor aun, era considerado bastante fresa.
La historia de las ideas en tanto disciplina tiene su historia. La concepción de la idea suele atribuirse al filósofo e historiador norteamericano Arthur Oncken Lovejoy (1873-1962) —con lo cual, desafortunadamente para el mundo hispanoparlante, se escatima todo mérito al santanderino Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912), quien en 1883 publicó un libro que desde el título explicita sin ambages que ya operaba con el concepto: Historia de las ideas estéticas en España—. En 1936, aparece la primera edición del libro de Lovejoy que se considera la obra fundacional de la disciplina, The Great Chain of Being (Harvard University Press, 1936). “Por historia de las ideas entiendo algo que es al mismo tiempo más específico y menos limitado que la historia de la filosofía”. En 1940, él mismo fundó la prestigiosa revista académica Journal of the History of Ideas, que publica hasta ahora Universidad de Pennsylvania y en la cual se difunden los trabajos de cientos de especialistas en el campo de la historia de las ideas.
Cierro con un ejemplo que justifica todo el exordio. Lo tomo de un librito colosal, Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento (FCE, 2005), de George Steiner (Paris, 1929). El enorme pensador occidental —es trilingüe por completo, sueña en inglés, francés y alemán, y además entiende y traduce español, portugués, griego, italiano y, por descontado, latín—, aventura al final de su majestuoso ensayo la hipótesis poética de que un homínido se convirtió en el ser humano que hoy somos —alumbramiento al que algunos estudiosos se refieren como la revolución cognitiva— cuando logró albergar una idea inmensa: “Verosímilmente, el homo se hizo sapiens y los procesos cerebrales evolucionaron más allá del reflejo y del simple instinto cuando surgió la cuestión de Dios. Cuando los medios lingüísticos permitieron la formulación de esa cuestión”. Esto es, Dios no creó al hombre, el hombre se creó a sí mismo cuando pudo concebir la idea de Dios y nombrarla con la palabra.
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