Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

lunes, 3 de julio de 2023

Coincidencias

 

19:00

 


Entramos a la Gare du Nord de París a las siete en punto. Abarrotado, el enorme recinto alojaba una profusa floresta de seres humanos: un gentiario —permítanme el vocablo— en el que la diversidad genética se desplegaba en una plétora de rasgos, colores, complexiones, alzadas… Simultáneamente, indumentarias, gadgets, modas, marcas… —la dichosa globalidad cultural—, aparentemente, sólo en apariencia, homogeneizaban la multiplicidad de trazas… Babélica, la vocinglería en francés se embarullaba con árabe, inglés, español, turco, italiano, alemán, holandés, ruso…

 

— Bien, puntuales –celebré.

 

— Ajá –me respondió Inés–…, media hora antes.

 

— Bueno, muy puntuales.

 

— Demasiado…, y no se puede ser demasiado puntual.

 

En nuestros e-Ticket se precisaba el número de tren, el 9381; la hora de salida, 19:25; la clase, segunda; el coche, el 16, y los números de asiento.

 

— Escucha, lo que dice aquí: For safety reasons and to ensure the timely departure of trains, travelers must be on the platform and ready to board their train no later than two minutes before the scheduled departure time. Dos minutos.

 

— Bueno, mejor andar holgados.

 

Localizamos una pantalla que mostraba la marabunta de convoyes que estaba por salir. Apareció el nuestro: el 9381 de Thayls con destino en Ámsterdam.

 

— Uy, retrasado.

 

— No dice cuánto tiempo –dije y justo coincidió con que, desde las bocinas de la estación advirtieron que nuestro tren saldría cuando menos 30 minutos tarde.

 

— Vamos a llegar a medianoche. A ver si todavía hay camiones.

 

 

Coincidencia astronómica

 

Cualquiera sabe que el Sol es mucho más grande que la Luna, pero qué tanto. La proporción es igual a la que existe entre un balón y el largo de una cancha promedio de futbol (24 centímetros de diámetro y 96 metros, respectivamente). ¿Por qué entonces, desde aquí y a simple vista, los vemos más o menos del mismo tamaño? Claro, la respuesta está en las distancias…, más precisamente, en las proporciones entre ambos tamaños y entre ambas distancias.

 

La distancia media desde la Tierra hasta el Sol es de casi 150 millones de kilómetros. La Luna está mucho más cerca, a 384.4 mil kilómetros. El caso es que la proporción que existe entre ambas distancias, 390 a 1, es muy próxima a la que hay entre los diámetros de ambos cuerpos celestes, 400 a 1. Gracias a esta coincidencia astronómica es que en la Tierra podemos observar eclipses totales de Sol.

 

 

23:23

 

Además del retraso inicial —partimos de París a las ocho de la noche—, por un accidente entre Bruselas y Amberes, el tren tuvo que aminorar su marcha. Así que apenas habíamos salido de Rotterdam cuando eran casi a las once y media.

 

— Ya le avisé a la del Airbnb que llegaremos a medianoche.

 

— ¿Y qué dijo?

 

Inés me muestra su teléfono y leo: que lamentaba el retraso del tren pero ella ya se iba a dormir, que si ya no encontrábamos autobuses pidiéramos un Uber para que al menos nos acercara, y que nos dejaría la llave bajo el tapete de la entrada.

 

— ¿Cómo que al menos nos acerque?

 

— Recuerda –me recuerda Inés-: la cabaña está a la orilla de un embarcadero.

 


Good night. You're going to Amsterdam, right? –bien trajeado, amable, un empleado de Thayls se acerca a preguntarnos. Le respondo que sí. Nos pregunta si tenemos auto o si pasará alguien por nosotros a la estación.

 

No. We will take a bus.

 

Corrobora entonces que cuando lleguemos probablemente ya no habrá camiones operando: — What area of Amsterdam are you going to?

 

Inés le muestra el domicilio del Airbnb: Veenderijgouw 27, Broek in Waterland, Noord-Holland 1151, Netherlands. El hombre dictamina que nuestro destino está fuera de Ámsterdam, aunque también al norte, como la estación central… Llegar nos tomará al menos una hora, estima.

 

Anyway, bus or Uber, it seems to me that you'll have to walk some distance.

 

Caminar cierta distancia…, a medianoche y con maletas. El señor nos informa que, dado el retraso, si tenemos que pedir un Uber, su compañía resarciría el importe, y sigue atendiendo al resto de los pasajeros.

 

 

Eclipse

 

Cierta ocasión en Anatolia, cuenta Heródoto (c. 484 – 425 a. C.), las fuerzas del fiero Ciáxares se hallaban en la batalla más atroz de la invasión a Lidia, cuando “de improviso el día se tornó en noche”. El prodigio aterró a medos y lidios, así que decidieron acordar la paz (Historia; I, 74).

 

También por Heródoto sabemos que Tales de Mileto (c. 624 – 546 a. C.), “había predicho esta pérdida de luz diurna, fijándola dentro del año en el que efectivamente ocurrió.” La ciencia confirma que el 28 de mayo de 585 a. C. aconteció un eclipse solar total; sin embargo, una constelación de astrónomos contemporáneos ha debatido durante décadas si Tales pudo o no haber predicho el fenómeno, toda vez que no hay evidencia de que los helenos tuvieran los conocimientos suficientes para hacerlo —no conocían los llamados ciclos de saros—. Algunos piensan que Heródoto se refería a un eclipse lunar, que debió haber resultado también impresionante. En dado caso, la batalla habría sucedido el 4 de julio de 587 a. C. También, por supuesto, pudo ser que la predicción errónea de Tales —errónea porque no tenía elementos para haberla realizado correctamente—, haya coincidido con el hecho: coincidido por pura coincidencia.

 

 

00:02


El convoy hizo alto total. Los pasajeros ya estábamos de pie, equipaje en mano. Primera vez que estábamos en Ámsterdam. Bajamos del vagón y lo primero fue seguir a la mayoría, pero tan pronto del andén ingresamos a la estación la gente comenzó a dispersarse. Toda la señalética estaba en holandés. Siguiendo al grupo más nutrido llegamos a unos torniquetes. Para continuar, ¿salir?, las personas presentaban sus celulares a los aparatos.

 

— ¿Serán los boletos de los camiones?

 

— ¿Dónde los compararían? No vi que pasáramos por ninguna taquilla.

 

Desandamos nuestros pasos en busca de otra salida, de una taquilla, de orientación, pero en un santiamén todo estaba desierto, todo cerrado, ni un alma y ningún letrero nos hacía el menor sentido… Justo en ese instante de atasco, de falta de decisión sobre qué hacer, apareció atrás de una escalera, solo y a paso veloz, el empleado de Thayls que hacía un rato nos había explicado en el tren que podíamos pedir una devolución en caso de que tomáramos un Uber. Casi corrí hacia él.

 

 

Coincidencia cósmica

 

El Sol es 400 veces más grande que la Luna, y se localiza casi 400 veces más lejos de la Tierra que aquella. Gracias a esa coincidencia, decíamos, podemos ver eclipses totales de Sol. Gracias a esas proporciones espaciales, y además gracias a otra coincidencia temporal: nos tocó el período durante el cual tal combinación de relaciones ocurre. Ni siempre ha sido así ni siempre será así, porque ni las dimensiones de los tres cuerpos ni las distancias entre ellos se mantienen fijas.

 

Hace unos 4,650 millones de años se formó la estrella enana amarilla que llamamos Sol; cien millones de años después, la Tierra, y tuvieron que pasar otros 50 millones de años para que apareciera la Luna. En este amplio espectro de tiempo, únicamente a lo largo de 100 millones de años se dan las circunstancias para que, desde nuestro planeta, se pueda observar que el disco lunar oculte casi a medida al Sol. Si el tiempo que han coexistido el Sol, la Tierra y la Luna lo dimensionamos como las últimas 24 horas, el lapso durante el cual pueden apreciarse eclipses solares totales comenzó hace apenas 16 minutos y durará otros tantos.

 

Para no repetir, en lugar de “coincidencia astronómica”, titulo este apartado “coincidencia cósmica”. Pero nada más termino de teclear, me trabuco. En principio, cosmos es lo opuesto a caos, y el caos se refiere, precisamente, al estado amorfo e indefinido que se supone anterior a la ordenación del cosmos. Caos es desorden, desbarajuste, desconcierto, y cosmos es orden, armonía, concierto. Entonces, ¿puede haber coincidencias cósmicas? La frase es tautológica: en el cosmos, todo coincide con todo, necesariamente.

 

 

00:04

 

Que sí, para salir de la estación había que pasar por los torniquetes. Preguntamos al amigo de Thayls en dónde debíamos comprar los boletos de autobús o de lo que fueran para pasar por ahí. Tardó un poco en entender nuestra confusión, que le causó cierta gracia: lo que teníamos que presentar eran los pasajes del tren, con los que habíamos viajado de París a Ámsterdam.

    But you are right, I don't think that is mentioned anywhere.

Una vez franqueados los torniquetes, explicó, había que subir a los paraderos de los autobuses, que ahí veríamos unas escaleras, some stairs… Pero no había unas escaleras, sino varias, cinco, seis, hacia distintas direcciones. Y otra vez: nadie en el sitio, todo en holandés y los minutos corriendo…

 

— Pues subamos por cualquiera, con suerte le atinamos.

 

Optamos por las primeras a la izquierda, y justo por ahí venía bajando una jovencita, la única persona a la vista en medio de aquello que para nosotros ya era un laberinto de ratones.

 

Good night. Speak English?

 

Hablaba, y preguntó si podía ayudarnos. Le expliqué que necesitábamos tomar un autobús hacia Broek in Waterland: — Is it this way?

 

No, no era: — Follow me –bajamos de nuevo las escaleras y nos encaminó hacia otras, en el otro extremo:– You have to take the bus 24, Edam-Hoorn. Good luck!

 

 

Coincidencia sísmica

 

Septiembre 7, 2017; 23:49 con 18 segundos. 58 kilómetros bajo tierra, en un sitio localizado 133 kilómetros al suroeste de Pijijiapan, Chiapas, surgió una fuerza telúrica que de inmediato se propagó… Minutos después llegó a la Ciudad de México. Gracias a la alerta sísmica, mucha gente, entre atemorizada y escéptica, la mayoría empijamada, la esperábamos en la calle. Unos ni despertaron o siguieron en lo suyo, algunos concentrados en algo importante o absortos en la tele o en un libro o en un cuerpo ajeno… Pero una buena parte de los habitantes de la Cuenca de México, más de veinte millones, vivimos algo más que un sustito. A muchos, el sismo —8.2 grados y tres eternos minutos con prolongadísimos 40 segundos— nos hizo recordar el 19 de septiembre de 1985…

 

— ¡Chale!, otra vez septiemble.

 

Doce días después, otro evento haría que este se volviera una nimiedad.

 

El terremoto del 19 de septiembre de 2017 me agarró comiendo tlacoyos en un tianguis. A las 13:14 el banquito de plástico en el que estaba sentado pegó un brinco… La fuerza del primer fustazo provocó un instante de silencio y una quietud contrastante: ¡encantados! Miradas fijas en el limitadísimo horizonte urbano, alientos contenidos, Jesúses en la boca… ¿Está temblando? ¿Hoy? ¡No, no puede ser!

 

— ¡Síestátemblando!

 

Desde entonces, cada 19 de septiembre tememos otro, lo cual es totalmente irracional… Pues cinco años después, justo el 19 de septiembre de 2022, a las 13:05 ocurrió un sismo. El epicentro fue en las costas michoacanas. Se sintió horrible en la Ciudad de México, no tanto por sus 7.7 grados, sino porque dejo la sensación de que alguien o algo estaba jugando con nosotros.

 

 

00:06

 

Salimos a una noche fría. Tres muchachos aguardaban ahí. Ningún autobús. Junto al carril, en una pantalla se indicaba que en unos minutos saldrían el 314 y el 116…, del 14, nada. Seguíamos mirando el monitor, sin decir nada…

 

Do you need help? –una voz queda a nuestras espaldas. Volteamos para hallarnos con una viejita– Where are you going? -muy delgada, bajita, vestida con un pantalón y una chamarra, llevaba nada más una maleta de rueditas. Nos sonreía.

 

— To Broek in Waterland.

 

— Oh, me too! –respondió alegre. Quizá tenía unos ochenta años.

 

¿También? ¡Qué extraño! Le dije que tendríamos que pedir un Uber, porque al parecer ya no saldría ningún 14…

 

— No, we can take the 314. I’ll show you.

 

— Are you sure?

 

Feliz contestó que sí, que estaba segura, que ella vivía allí y que el 314 nos llevaría a Broek in Waterland. Luego quiso saber si alguien pasaría a recogernos a la parada. Le contestamos que no, que caminaríamos desde ahí…

 

—The address, let me see –pidió, y después de leer el domicilio al que teníamos que llegar concluyó tajante: se van a perder:– But don´t worry. I’ll show you.

 

Inés le dio las gracias y le preguntó su nombre. Christine, así se llamaba.

 

 

Pensamiento mágico

 

“La coincidencia, o más bien, la experiencia de la coincidencia, desencadena pensamientos mágicos profundamente arraigados”, afirma el neuropsicólogo inglés Paul Broks (“Are coincidences real?”, Aeon, June 2023). A mí me parece que lo que realmente nos trastorna, más que las coincidencias en sí mismas, es no saber por qué ocurren…, mejor: lo que nos desconcierta es pensar que necesariamente suceden por alguna razón y no conocerla, mucho menos entenderla. Para aliviar esa confusión, el pensamiento mágico entra al quite.

 

 

00:12

 

Abordamos el 314. Christine subió primero, presentó su identificación de adulto mayor y no tuvo que pagar. Unos minutos antes nos había dicho que no sabía si nosotros podíamos pagar los boletos a bordo. Cuando subimos, el conductor nos dijo algo en holandés, saqué un billete de 20 euros y él lo rechazó. Christine intervino y el operador, con una sonrisa enorme, ahora en inglés, nos dijo que pasáramos. Tampoco pagamos nada.

 

El autobús venía casi vacío. Ya sentados, Christine nos contó que venía de vuelta de Francia, que allá vivía su único hijo y había estado con él algunos meses. Era una coincidencia enorme que hoy precisamente hubiera regresado a casa.

 

Unos cuarenta minutos después, Christine se levantó, y tecleó algo en una pantalla. Adelante, el autobús se detuvo en medio de la nada. Ella dijo que ahí era.

 

 

Apofenia

 

 

En 1959, el neurólogo y psiquiatra alemán Klaus Conrad (1905–1961) acuñó la palabra apofenia, para mentar la percepción espontánea de conexiones y significados de fenómenos no relacionados entre sí. La cuestión va más allá: el científico alemán sostiene que durante las primeras etapas de la esquizofrenia se experimentan episodios de apofenia.

 

 

00:58

 

Caminamos más de 20 minutos en la oscuridad. Cruzamos un par de canales a través de sendos puentes de madera. Molestos, supongo, algunos gansos nos graznaron. Jamás vimos a nadie en la calle, solamente hermosas casas con las luces apagadas. Varias veces le pedí a Christine que ella se encaminara a su casa, que con el Google maps podríamos hallar la forma de llegar. Ella replicaba que nos íbamos a perder, que prefería acompañarnos. Tenía razón, sin su guía, seguramente nos hubiéramos extraviado. Un par de calles antes de llegar al embarcadero aceptó, nos deseó buenas noches, se dio la media vuelta y se perdió en la noche.

 

 

Coda

 

¿Las coincidencias tienen un significado? Una cosa es preguntarse la causa de los sucesos y otra muy distinta es preguntarse qué significan, y muchas ocasiones confundirlo enciende el pensamiento mágico de las personas. Porque, piénselo, queriendo hacerlo, le podemos endilgar un significado a todo.

 

Después de un par de días de estancia, desocupamos el Airbnb en Broek in Waterland. Cuando nos despedimos de la dueña del lugar, le conté la forma cómo habíamos llegado y le pregunté si conocía a Christine, para pedirle que le agradeciera su ayuda. Para tramar un cuento, podría narrar que la señora se puso lívida y que, balbuceando, nos dijo que Christine era una vecina del lugar que había fallecido hacía más de diez años. Pero no fue así: nos contestó que conocía a Christine, que era una dama encantadora y que sí, efectivamente, habíamos tenido mucha suerte en haber coincidido con ella.

 



domingo, 2 de julio de 2023

Asteroid City / Preguntas ineptas


¿Todos los hechos tienen un significado? Una cosa es preguntarse el porqué de los sucesos y otra muy distinta es preguntarse qué significan, y muchas ocasiones confundirlo enciende el pensamiento mágico de las personas. Porque, piénselo, queriendo hacerlo, a todo le podemos endilgar un significado.

 

Tampoco es lo mismo cuestionarse por las causas que por las razones. Todo suceso tiene causas, pero no necesariamente todos tienen una razón para ocurrir.


 

En la más reciente cinta de Wes Anderson, Asteroid City (2023), en un momento dado, uno de los personajes principales, quizá el principal, el fotógrafo Augie Steenbeck (interpretado por Jason Schwartzman), mientras está conversando de ventana a ventana con la actriz Midge Campbell (Scarlett Johansson) se quema una mano. Si usted me pregunta por qué. La respuesta es simple: porque la coloca en una hornilla eléctrica encendida. Ahora, si la pregunta es por qué lo hizo, al interior del filme el personaje nos hace saber que no lo sabe; no sólo, también en la película vemos como un tal Jones Hall, el actor que interpreta a Augie Steenbeck (interpretado también por Jason Schwartzman) cuestiona al escritor, Conrad Earp (Edward Norton), por qué su personaje puso la mano en la hornilla. El autor responde que no lo sabe, que mientras escribía simplemente salió eso… Me temo entonces que preguntarnos qué significa que Augie, sin saber por qué, se queme la mano sería un cuestionamiento inepto. La pertinencia de la pregunta tendría que involucrar a todas las Matrioshkas que alcanzamos a ver, algo así como: ¿qué significa en la historia que escribieron Wes Anderson y Roman Coppola que Augie Steenbeck se queme una mano sin saber por qué, y que el actor que lo interpreta, Jones Hall, cuestione a Conrad Earp, el autor que creó la obra en la que esto sucede, que a su vez, vemos en la película dirigida por Anderson, y que él, Earp, no lo sepa? Bueno, sirva esto para decir que ahora creo que un montón de las preguntas más importantes que nos formulamos son ineptas.

martes, 20 de junio de 2023

Selfie mata Caravaggio


Este espejo está en una de las salas del Museo del Louvre. Atrás hay una ventana. Hace unos días pude observar cómo un montón de visitantes, haciendo filas, esperaban turno para acercarse al espejo. ¿Para qué? Para tomarse selfies, fotografías de sí mismos reflejados en el espejo…, como podrían verse en cualquier otro espejo. Junto a ese espejo había tres cuadros que casi nadie se acercaba a ver, tres pinturas originales de un tal Michelangelo Merisi, alias Caravaggio.

Michelangelo Merisi, dit CARAVAGE (CARAVAGGIO), La Diseuse de bonne aventure.

Michelangelo Merisi, dit CARAVAGE (CARAVAGGIO), Portrait d'Alof de Wignacourt, grand maître de l'ordre de Malte de 1601 à 1622.




Michelangelo Merisi, dit CARAVAGE (CARAVAGGIO), La Mort de la Vierge.





lunes, 19 de junio de 2023

Frida mata Checo (Straßensoziologie I)

 A poco más de un kilómetro al este del Sena, la estación Boucicaut se encuentra en el XVe arrondissement de Paris, en el cruce de la avenida Félix Faure y la rue de la Convention. Tiene tres entradas: una sobre Félix Faure, junto a un Starbucks, y dos más sobre Convention: una en la acera norte, y la otra del otro lado, frente a un restaurante caro de nombre curioso: Le Murmure Fracassant. Ese día nosotros íbamos al centro de la ciudad, así que por ahí bajamos, para abordar el metro con dirección a Pointe du Lac. En el andén había tres asientos disponibles, las pantallas informaban que el próximo convoy tardaría en llegar siete minutos, así que Inés y yo decidimos sentarnos. Muy pronto yo me levanté de nuevo para confirmar en el mapa la estación en la que deberíamos transbordar. Cuando regresé, una señora y un joven habían ocupado los asientos libres. 

 

— Excuse-moi—en un francés mal pronunciado—. Were you setting here?  —amable y amagando con ponerse de pie, me preguntó el muchacho en un inglés bastante mejor pronunciado.

 

Le respondí que sí, también en inglés, pero le dije que siguiera sentado, que el tren no tardaba en llegar.

 

— Oh, merci, Monsieur —agradeció la mujer, también con un acento extraño.

 

— Where are you from?

 

Resultó que eran alemanes.

 

— And you?

 

— From Mexico.

 

— Mexico? ¡Mexico: Checo Perez! —dictaminó el joven teutón.

 

A bote pronto recordé que justo hace treinta años, un taxista madrileño me planteó la misma pregunta:

 

— ¿De dónde nos visitan?

 

— De México.

 

— Ah, México: ¡el Macho!

 

— ¿El Macho?

 

— ¡Sí, hombre, el Macho!… Hugo, Hugo Sánchez.

 

Y bueno, sí, no por nada el dentista delantero ya había ganado para entonces sus cinco pichichis. Y a pesar de que ese año también Octavio Paz ya podía presumir el Nobel de Literatura —lo galardonaron en 1990—, no era un personaje conocido en las calles de la capital española. ¡Qué digo en las calles! Durante aquel viaje, para averiguar a qué plumas se leían por allá, entré a varias librerías preguntando qué podían ofrecerme de autores mexicanos. Invariablemente, en todos los casos, lo primero que me recomendaban era una novela que llevaba varios meses como bestseller en Europa, Como agua para chocolate (1989), de Laura Esquivel. Más allá de la novedad, como escritor, por mucho, Carlos Fuentes era el mexicano más afamado —días después presentaría en Madrid su antología de cuentos El naranjo, o los círculos del tiempo—. 

 

— Ah, y también tenemos algunos libros de poesía de Guerra —me dijo un dependiente cuando le resultó indudable que no iba a comprarle un ejemplar de la Esquivel.

 

— ¿Guerra?

 

— ¡Pue sí, hombre! ¡Cómo no lo conocéis, si hace nada acaban de darle el Nobel!

 

— ¡Paz! Octavio Paz.

 

— Paz, Guerra… El Nobel mexicano.

 

Y hoy, ¿será el Checo Pérez el mexicano más famoso en Europa? Seguramente sí entre las personas aficionadas a ver automóviles dándole vueltas y vueltas a un circuito, ¿pero entre el gran público?

 

— También es muy frecuente que relacionen a México con Salma Hayek –me cuenta AM, quien lleva casi cuatro años viviendo en la capital de Francia.

 

— ¿Algo tendrá que ver que su esposo francés, el multimillonario François-Henri Pinault?

 

AM se encoge de hombros y planta la típica cara de indiferencia que tanto gusta en tierras galas. Sea como sea, al menos puedo reportar que durante mis andares por las calles de París no me hallé nunca una sola fotografía o pinta alusiva ni a la actriz coatzacoalqueña ni al corredor de autos tapatío, tampoco en Ámsterdam ni en Berlín. En cambio —y debo admitir que esto resultó para mí francamente desconcertante—, me encontré por todos lados con imágenes de la señora Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón (1907-1954), sobre todo autorretratos o variaciones de ellos: Firdas Kahlo estampadas en almohadas y cojines, Fridas cejonas en velas y joyeros, Fridas imanes para el refri, Fridas afiches, cuadernos con Frida en la portada, Fridas calcomanías en los postes, carteles de Frida en bares y cafés, muñecas de trapo y aretes Fridas en los mercados de pulgas, posters y postales de Fridas en las tiendas de los museos, Fridas decorando tazas, modelos con un leve bigote pintado vestidas a la Frida… 

 

— No, bueno, esto ya es el colmo: mira: Chaussette Paris… —le muestro a AM en una tienda de souvenirs ubicada a unos cuantos pasos de la fuente de Saint-Michel - Notre-Dame: entre algunos calcetines con bordados que muestran la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo, sombreritos napoleónicos…, unos calcetines con el rostro caricaturizado de la mexicana Frida Kahlo y en letras rojas la palabra “PARIS”.



— Y de Diego Rivera ni quién se acuerde, ¿no? —le pregunto a AM.

 

— No creo que sepan ni quién fue.

 

Días más tarde, en las calles de la capital de Alemania, volvimos a encontrarnos con la chilanga más famosa del planeta: Frida Kahlo en una plétora de productos y en pintas callejeras. Para no dejar con la duda a nadie, en casi todas las tiendas de recuerdos y regalos que hay en el aeropuerto nuevecito de Berlín-Brandeburgo Willy Brandt —comenzó a operar apenas en octubre de 2020, después de 14 años de construcción—, el montón de Fridas en un montón de souvenirs. ¿Frida Kahlo recuerdo de Berlín?



No cabe duda, nadie tiene control alguno sobre cómo será recordado… u olvidado.

lunes, 22 de mayo de 2023

Hot dogs y obscenidad

  

1

 

Hace poco, comiendo hot dogs en la fuente de sodas de un Costco, experimenté una epifanía. Pasaban de las siete de la noche cuando llegamos al lugar. Encontramos la enorme tienda de autoservicio a reventar: al tiempo que un incesante arroyo de carritos atascados de mercancías salía rumbo al estacionamiento, la procesión de compradores no paraba de entrar.

 

— Como si fuera diciembre…

 

Después de una jornada ajetreada, llegamos sin haber comido y muertos de hambre, así que, antes de zambullirnos en el maremágnum de la tienda, la parada era obligada. Toda la zona de fast food se hallaba igual, colmada, rebosante. Mientras avanzábamos hacia las ventanillas de entrega de viandas, la fortuna nos guiñó un ojo: una mesa se desocupó, así que me senté para apartarla e Inés se fue por la comida.

 

— ¿Dos?

 

— Sí, dos, por favor.

 

Aunque no nos parábamos por ahí desde hacía varios meses, de entrada, no noté cambios. Mientras esperaba, me quedé observando el mural que adornaba la tienda de artículos deportivos que está enfrente: un Manuel Negrete gigantesco y caricaturizado ejecuta aquel golazo de tijera, en el partido de octavos de final contra Bulgaria durante el Mundial México 1986…

 

Pocos minutos después regresó Inés con los hot dogs y los vasos para las bebidas…

 

— La mayoría de la gente que pasa por aquí aún no había nacido cuando ocurrió eso —informé a Inés mientras se sentaba, señalando el mural.

 

— ¿Vas tú o yo primero?

 

— Voy yo —tomé mi plato y mi vaso, y me encaminé a los aparatos en donde uno mismo escoge y se sirve el refresco, y a los despachadores en donde uno mismo también toma las servilletas que requiera, le pone cátsup, mayonesa y mostaza a sus hot dogs, y se sirve los jalapeños y la cebolla que guste —ya no ponen jitomate—. Entonces fue que pasé por las máquinas que antes no estaban… Cuatro cajeros en donde, según pude observar, también uno mismo, en equipos touch screen, hace su pedido y paga.

 

Regresé a la mesa e Inés se levantó a preparar sus hot dogs y servirse su bebida… En la mesa de a lado, aparentemente contra reloj, una pareja devoraba una pizza…

 

— Ya no hay chiles –regresó Inés.

 

— Oye, ahora uno mismo hace su pedido…

 

— Ajá.

 

— ¿Es sencillo?

 

— Ajá. Escaneas tu membresía y aparece el menú. Seleccionas lo que quieres, la cantidad, y pagas.

 

— Y se imprime el recibo con el número de orden, ¿no?

 

— Sí…, que luego vocean para que pases al mostrador a que te lo entreguen.

 

Mientras comíamos, observé la dinámica. Cuatro cajeros automáticos. Cuatro ventanillas de entrega. Todas con gente, pero con mucho menos colas que antes. En el mostrador, atrás de las ventanillas, los empleados iban y venían, ya nadie cobrando, pero en el mismo trajín de siempre.

 

— Ya nadie tiene que cobrar.

 

— No, ya nada más despachan la comida.

 

— Pues andan igual, en friega.

 

Entonces vi clarito lo que debería ser evidente: la puesta en funcionamiento de los cajeros automáticos, esas máquinas, el descomunal desarrollo tecnológico que implican, en realidad no benefició a ningún trabajador, a nadie le aligeró la carga…, de hecho, seguramente afectó a muchos trabajadores que dejaron de ser contratados. Y de la atención al cliente qué decir… Por descontado, la máquina no tiene la culpa.

 


2

 

El neoyorkino Bernie Sanders, actual senador por Vermont, es “el independiente con más antigüedad en la historia del Congreso de Estados Unidos y el único representante y senador en considerarse socialista” —Wikipedia dixit—. Sanders además ha estado muy cerca de conseguir la candidatura demócrata a la presidencia de su país. En febrero pasado, Bernie publicó It's OK to Be Angry About Capitalism (Crown, 2023). El enjundioso octogenario ha viajado por Europa promocionando su libro. A finales de febrero, en el Brighton Dome de Inglaterra brindó una charla, durante la cual explicó —traduzco—:

 

Piensen en todos los avances tecnológicos que se han dado durante los últimos cincuenta años y en todo el incremento en la productividad laboral. Sin embargo, el promedio de ingresos semanales que perciben los norteamericanos, ajustados conforme a la inflación, es actualmente más bajo que lo que era hace cincuenta años.

 

¡Cómo! ¿Y a dónde fue a parar toda la riqueza producida? En esa misma plática, Sanders ofreció algunas pistas para hallar la respuesta a la interrogante:

  • Hoy por hoy en Estados Unidos, que sigue siendo el país más rico de mundo, más de seis de cada diez personas viven al día —they are living paycheck to paycheck—.
  • Actualmente Estados Unidos experimenta la mayor desigualdad en el ingreso y la posesión de riqueza de su historia. Las tres personas más ricas poseen más riqueza que el 50% menos acaudalado de toda la población de ese país; es decir, tres individuos tienen más riqueza que 168.7 millones de hombres y mujeres. 
  • El 10% más acaudalado de la población norteamericana acumula más riqueza que el 92% que se encuentra en la base —¡el 92% en la base!—.

En suma, “es un nivel obsceno de desigualdad”.

 

Bernie contó también que hace unos treinta años, la diferencia promedio entre el pago a un CEO y a un trabajador en Estados Unidos era de 40 a uno, y hoy se expresa con la proporción 400 a uno. En otras palabras, los jefes y managers ganan 400 veces más que un trabajador… Y, recordemos, en la gran mayoría de los casos los CEO son también empleados de los dueños, es decir, de quienes se quedan con la rebanada más grande.

 

El incremento de la productividad logrado gracias al vertiginoso desarrollo tecnológico se ha traducido, pues, en el incremento de la plusvalía que se obtiene del trabajo ajeno. O más fácil: la dichosa productividad no ha sido otra cosa que mayor explotación y más acumulación obscena de la riqueza.




lunes, 15 de mayo de 2023

Normalidad en construcción

  

If you are always trying to be normal,

you will never know how amazing you can be. 

Maya Angelou

 

 

 

Al fin

 

Ahora que oficialmente se decretó el fin de la emergencia sanitaria por COVID 19, digo que ojalá hayamos entendido un cúmulo descomunal de cosas, en principio, que esa ilusión colectiva que llamamos “normalidad” es precisamente lo que nos llevó a la pandemia. Porque como haya sido que se cruzó el dichoso virus en el camino de la especie humana, la pandemia únicamente pudo ocurrir por las maneras en que está organizada la vida de ya más de ocho mil millones de personas.

 

En concreto, me refiero a un aspecto: ahora que oficialmente terminó la emergencia sanitaria, espero que hayamos aprendido que el trabajo a distancia es perfectamente posible y que en muchos empleos se asiste no mucho sino demasiado a los centros laborales. 

 

 

Normalidad confinada

 

Transitábamos lentamente por uno de los peores meses de pandemia. Habíamos ya salido del pánico irracional para instalarnos en el miedo sobradamente justificado. Pleno confinamiento. Legiones de contagiados y muchísimas muertes, no pocas muy cerca de todos. Ni para cuándo se veía que pudieran estar listas las primeras vacunas. Durante una llamada telefónica con un compañero de trabajo, de hecho un superior jerárquico, comentábamos acerca de la sorprendente capacidad de adaptación que la enorme mayoría del personal técnico estaba demostrando.

 

— La chamba está saliendo.

 

— Sí.

 

— Bien y a tiempo.

 

— Eso sí, que ni qué.

 

— ¿Ves? Si algún día termina esto, ya no va a haber pretexto que valga para que, al menos en los días de contingencia ambiental, podamos dejar que la gente trabaje en su casa.

 

— Bueno, sí… —me respondió—, aunque no vas a poder negarme que, estando en casa, uno no trabaja todo el tiempo, digo, acepta que te paras a la cocina a prepararte un cafecito, que estiras un rato las piernas, que te asomas a pajarear por la ventana… Fulana incluso me ha contado que ella hace varias pausas al día para sacar a pasear al perro un rato… O sea, acepta estando en casa no trabajamos durante toda la jornada.

 

— Oye, pero es igual…

 

— ¿Cómo igual?

 

— Claro, cuando íbamos a la oficina nadie trabaja sin parar desde que llega hasta que se va… 

 

— …

 

— Igual te levantas al baño, miras durante un rato el techo o te asomas por la ventana, te paras a cotorrear con alguien…

 

— Bueno, sí, ¿verdad?

 

 

Normalidad finisecular

 

En las postrimerías del siglo pasado, más precisamente desde los primeros meses de 1992, me tocó formar parte de un pequeño equipo que tenía una encomienda fácil de frasear: organizar y coordinar la medición de la mitad del territorio nacional. No viene al caso entrar en detalles, pero pueden creerme que aquello implicó un demonial de trabajo, entre otras cosas, viajar por todo el país. A finales del siglo XX, todas las reuniones eran lo que hoy llamamos presenciales. Al final de aquel año, acumulé 5.2 vuelos promedio semanal. Así que buena parte de los manuales y documentos que hice durante ese período, y fueron un montón, los trabajé en coches, hoteles, restaurantes y salas de espera de aeropuertos —por cierto, en una de las primeras computadoras portátiles que llegó a mis manos, un portento tecnológico que pesaba casi diez kilos—. Durante ese período, que para mí se prolongó al menos dos años, si no tenía que treparme mucho más temprano en un avión o una camioneta, mis jornadas laborales normalmente comenzaban alrededor de las nueve de la mañana y jamás terminaban antes de las ocho de la noche.

 

 

Normalidad impuesta

 

A raíz de la crisis económica de 1994, como ocurría en toda la administración pública federal, en la institución en la que yo laboraba se establecieron algunas medidas emergentes de austeridad. Por aquellos ayeres, hace ya casi treinta años, en las oficinas en las que yo trabajaba —dirigía una unidad regional— las labores iniciaban a las siete y media de la mañana, cuando parte del personal comenzaba a llegar, y usualmente había quienes se quedaban hasta alrededor de las diez de la noche. Entonces fue que decidí que todos teníamos que trabajar de 8:30 a 16:30, y apagar todo a partir de esa hora. No fue fácil. Recuerdo que, durante los primeros días, yo mismo recorría el edificio a las cinco de la tarde para pedirle al personal que ahí seguía que se retirara. Más de uno se quejó de que tenía mucho trabajo, pero, sobre todo, de que afuera de la oficina no tenía nada qué hacer. Luego, unos días después, recibí una llamada desde las oficinas centrales de la institución.

 

— ¿A quién le pediste permiso para recortar los horarios? –me cuestionó el coordinador administrativo.

 

— A nadie, porque no recorté ningún horario. Todos trabajamos ocho horas al día, nada más que al mismo tiempo y de corrido.

 

 

Vuelta o avance

 

Convendría que recordemos que antes del coronavirus, es decir, hace muy muy poco tiempo, vivíamos inmersos en una normalidad —como todas— en la que lo más cómodo era asumir como incuestionables, como inamovibles, una serie de situaciones que pueden perfectamente ser de otra manera. Vivíamos pensando que es natural que la gente trabaje cinco días a la semana, de lunes a viernes; que la mayoría lo haga desde temprano en la mañana y hasta cerca del ocaso; que hay que hacerlo juntos, en un mismo espacio compartido; que las reuniones de trabajo son presenciales; que todos los empleados de una organización deben laborar en el mismo horario y que a partir de cierto rango hay que usar corbata… ¿El fin de la emergencia debe significar regresar a lo mismo? Puede, pero no tiene que ser así. La definición de lo normal es social, siempre. Así que, lo queramos o no, las formas que tome la normalidad posterior a la pandemia dependerán de todos; ojalá que seamos conscientes de ello, ojalá que participemos en el proceso y lo entendamos como un movimiento hacia adelante y no como un regreso.

 

Nada es normal, sino hasta que la mayoría de la gente lo asume como tal.