Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

domingo, 20 de abril de 2025

Realidad destartalada IV


Miniatura de Andrea da Firenze de una edición de la Historia Natural
de Plinio el Viejo, ca. 1457–58, que lo muestra escribiendo
en su estudio, con un paisaje y animales.  


Total, ya tengo edad para hacerlo: con demasiadas licencias, me animo a parafrasear a Plino el Viejo (c. 23-79). En el Libro XXXV de su Naturalis historia, el romano relata:

Categóricamente desnuda, en silencio pero altisonante, la joven Pancaste posa. Mientras pugna por reproducir tanta belleza, Apeles se enamora de ella. Inconveniente mayor: la joven es la concubina favorita del hombre más poderoso del mundo, de ese mundo: Alejandro Magno (356–323 a. C.). De hecho, la obra se realiza por encargo del hegemón de Grecia, quien visita continuamente el estudio del artista; lo valora como pintor, lo aprecia como amigo —incluso ha decretado que nadie más puede retratarlo—. Cuando el gran macedonio intuye lo que siente Apeles por una de sus mujeres, no zanja el asunto con la espada: opta por regalarle a Pancaste, o Campaspe, a quien ama, antes que dejarse llevar por los celos.

El gesto de Alejandro llegará a ser considerado una de las grandes victorias del conquistador heleno. Ciertamente, para la mayoría de los mortales, la belleza suele ser inapelable. ¿Pero qué tan hermosa era Campaspe, la “joven tesalia de Larisa” (Claudio Eliano, Varia Historia)? Según la tradición, fue la modelo de Apeles de Colofón (352-308 a. C.) para la Venus Anadiomena. Aunque así haya sido, esa obra desapareció.


Fresco de Pompeya, Casa de Venus, siglo I d. C.
Podría ser una copia romana del famoso retrato de Campaspe.

Tampoco podemos conocer la fisonomía del pintor; que haya quedado registro, jamás se autorretrató. Con todo, un montón de imaginaciones intentaron después representarlos. Enseguida, algunos botones…

 

El flamenco Jodocus van Winghe (1544-1603) pintó Apelles malt Kampaspe en 1600: usando el lenguaje erótico típico de su época, se retrató a sí mismo como Apeles, siendo herido por el travieso Cupido. Esta es la representación más antigua conocida del tema.


 

Debemos al flamenco Willem van Haecht (1593-1637) Alejandro en el estudio de Apeles (1630), un impresionante óleo sobre tabla que muestra una escena imposible en la realidad concreta. La pintura mezcla épocas y estilos artísticos separados por más de mil años: el episodio de Apeles pintando a Campaspe, ubicado en el primer plano, se remonta al siglo IV a. C., mientras que el entorno del estudio donde ocurre la escena, un sitio que recuerda la casa de Rubens, está lleno de obras renacentistas y barrocas, esculturas clásicas, y cuadros flamencos, italianos y alemanes contemporáneos al propio Van Haecht. Imposible saber quién sirvió como modelo del hombre barbado que aparece en la pintura como Apeles.



Gérard de Lairesse (1641-1711), conocido como el Poussin holandés, fue un artista que adoptó un estilo clasicista influenciado por el arte francés e italiano. A finales del siglo XVII pintó Apeles pintando a Campaspe. La escena transcurre en un suntuoso interior palaciego, donde Campaspe aparece sentada en una cama con dosel, parcialmente desnuda, mientras Apeles trabaja en su retrato.



Nicolas Vleughels (1668-1737) realizó en 1716 Apelle peignant Campaspe, maîtresse d'Alexandre, también conocida como L'amour indiscret. La obra —su morceau de réception para ingresar a la Academia Real de París— representa con elegancia y teatralidad el célebre episodio: la escena transcurre en un interior clásico, con columnas y cortinajes que enmarcan la figura desnuda de Campaspe, sentada con serenidad y mirada melancólica. Apeles, concentrado y en plena acción, está frente a su caballete, mientras Alejandro, de pie y ligeramente inclinado, parece cautivado por la belleza del retrato tanto como por la mujer. La composición refleja el gusto del siglo XVIII por la antigüedad y la pintura italiana.



El veneciano Giovanni Battista Tiepolo (1696-1770) lo intentó al menos tres veces. La primera, en 1725, al estilo del rococó tardío. En Alejandro el Grande visita a Apeles mientras está pintando a Campaspe. El artista observa fascinado a la dama, semidesnuda, serena. A un lado, Alejandro vigila la escena. La mirada del pintor, de un dramatismo extremo, se asemeja a la de Campaspe. En este óleo, el travieso Tiepolo se representó a sí mismo como Apeles, y a su esposa, Cecilia Guardi, como la amante que Alejandro perdió en el trance.




Muy probablemente ese mismo año, 1725, Francesco Trevisani (1656-1746) recrea a la concubina de Alejandro Magno, generosa en carnes, posando con el torso desnudo. Apeles está de espaldas, apenas se ve su perfil porque voltea a atender a Alejandro, quien, vestido con uniforme militar, irrumpe en la escena: la Campaspe que modela y la que ha quedado plasmada en el cuadro, ambas, voltean también a ver al conquistador macedonio.



Francesco Salvatore Fontebasso (1709-1769), alrededor de 1750, realiza el grabado al aguafuerte sobre papel Apelle che dipinge Campaspe amante di Alessandro Magno. La composición se articula en torno a la fémina desnuda, representada con gracia y serenidad, posando mientras Apeles la contempla y trabaja en su retrato. Alejandro Magno observa la escena desde un punto privilegiado, en un gesto que sugiere tanto autoridad como generosidad.



Poco después, Jacques-Louis David (1748-1825) —el mismo que pintó los célebres La muerte de Sócrates, La muerte de Marat y Napoleón cruzando los Alpes— representó la escena (c. 1814): en una habitación en la cual solamente aparecen la modelo, completamente desnuda, sentada en una cama, Apeles sentado frente al lienzo todavía en blanco, y, atrás de él, Alejandro Magno, con el casco corintio y cubriendo apenas sus genitales con un manto carmesí. El monarca no mira ni a Campaspe ni a Apeles, sino hacia un punto lejano, tal vez reflexionando sobre el sacrificio que implica renunciar al amor en favor del arte. En esta pieza, Apeles podría tener rasgos inspirados en el propio Jacques-Louis David.



En 1822, Charles Meynier (1763-1832) representa el acontecimiento, pero ya después de que el discípulo de Aristóteles ha decidido el futuro de su concubina preferida: Alejandro Magno entrega Campaspe a Apeles. Meynier, influenciado por el estilo neoclásico de Jacques-Louis David, compone la escena con Alejandro en una posición dominante, Apeles arrodillado en actitud de súplica y Campaspe aceptando su nuevo destino con una expresión de resignación. El entorno y la disposición teatral de los personajes reflejan la estética académica de principios del siglo XIX.



Con todo, la primera (pseudo)representación de Apeles seguramente es mucho más antañona: probablemente sea el Apeles que Rafael Sanzio incorporó en La Escuela de Atenas, de 1511. Se trata del joven que aparece en el extremo derecho del fresco, ligeramente separado del grupo, de pie, vestido con una túnica oscura. Es el único personaje de la obra que está mirando directamente al espectador. Su expresión serena y consciente lo distingue de los demás personajes, inmersos en el diálogo filosófico. Esta identificación simbólica alude a la estatura intelectual del pintor en la corte pontificia, colocando a la pintura al mismo nivel que la filosofía, las matemáticas o la música. Por descontado, Rafael no podía haber retratado el rostro de un hombre que había vivido más de milenio y medio atrás y de quien no quedó representación alguna. ¿Qué hizo entonces?



Lo mismo que muchos colegas seguirían haciendo después: eligió representarse a sí mismo no como Rafael, sino como la encarnación del pintor ideal clásico. Al representarse como Apeles —considerado el máximo exponente del arte antiguo y cercano a Alejandro Magno—, Rafael se posiciona como heredero de ese ideal clásico, integrando el arte visual en el corazón del pensamiento humanista del Renacimiento.

 

El arte es el más audaz de los remedios contra el olvido. Cuando la historia se vuelve muda o imprecisa, la imaginación de los artistas entra en escena para suturar los huecos de la realidad. Así, la figura de Apeles —jamás retratado, jamás conservado— sobrevive no por lo que fue, sino por lo que los siglos necesitaron que fuera. En cada nueva Campaspe, en cada nuevo Apeles, la pintura no sólo representa: también remedia la realidad destartalada.

domingo, 13 de abril de 2025

Realidad destartalada III

  

Mientras escribía el único historial clínico en el que abordó un caso de psicosis, su célebre estudio sobre el caso Schreber —Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (dementia paranoides) descrito autobiográficamente—, Sigmund Freud (1856-1939) estaba también trabajando en su ensayo Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico (1911). Los dos principios sobre los que versa este texto son, claro, el principio del placer y el principio de realidad.

 

De entrada, Freud establece tajantemente que “toda neurosis tiene la consecuencia… de expulsar al enfermo de la vida real, de enajenarlo de la realidad”. Enseguida, recuerda que el psiquiatra francés Pierre Janet (1859-1947) pensaba también que uno de los rasgos característicos de los neuróticos era la pérdida de lo que llamó “función de lo real” (function du réel). En efecto, en su libro Les obsessions et la psychasthénie (1903), Janet señala:

… los psicasténicos conservan la capacidad de evocar recuerdos, de construir concepciones imaginarias, incluso de razonar correctamente; en una palabra, no presentan trastornos psicológicos en las funciones que se ejercen sobre el pasado, sobre lo imaginario, sobre lo abstracto. Pero se muestran impotentes en cuanto se trata de prestar atención a lo que existe en el momento presente, de percibir los hechos con el sentimiento vívido de su realidad actual… Eso es lo que hemos designado con el nombre de pérdida de la función de lo real…

Janet denomina psicastenia a una descompostura de la conciencia por la que se pierde la función de realidad. Para Freud la neurosis es un trastorno psíquico de origen inconsciente, causado por conflictos reprimidos que generan ansiedad y mecanismos de defensa, que terminan manifestándose en síntomas (fóbicos, obsesivos, histéricos, etc.) sin base orgánica. En cambio, para Janet el psicasténico es alguien “agotado”, sin la energía mental suficiente para afrontar el presente, adaptarse a la realidad y conectar con su entorno. En suma, mientras que Freud explica la pérdida de contacto con la realidad a partir de un conflicto al interior de la psique, el francés piensa que se trata de un problema de déficit funcional —“falta de tensión psicológica”—. En última instancia, Janet ofrece una tautología como respuesta a la pregunta sobre el origen del padecimiento: la función de la realidad no funciona porque no puede funcionar. Janet, al describir el trastorno como una disminución de la “tensión psicológica” o de la “función de lo real”, explica el padecimiento por sus síntomas —la desconexión del presente, la frialdad afectiva, la incapacidad de atención—, sin proponer una causa psíquica más allá del mismo déficit funcional. Esta circularidad impide dotar de sentido dinámico al síntoma, reduciéndolo a un fallo estructural cuya causa es, esencialmente, su propio efecto. A diferencia de Freud, quien interpreta la neurosis o incluso la psicosis como productos de conflictos inconscientes y defensas fallidas, Janet describe al psicasténico como alguien incapaz de habitar el presente, sin preguntarse por qué esa capacidad ha sido anulada. El modelo janetiano ofrece una fenomenología clínica, pero su explicación se agota en un diagnóstico del agotamiento, carente de una lógica causal.

 

¿Qué condiciona que un sujeto se enajene de la realidad? Freud responde: “El neurótico se extraña de la realidad efectiva porque la encuentra —en su totalidad o en alguna de sus partes— insoportable”.  El sujeto, pues, destartala la realidad que no puede tolerar…, justamente, para aguantarla.

 

Para Freud, la realidad objetiva no es algo que podamos comprender desde que llegamos al mundo. La realidad no es algo dado, ni inmediatamente accesible al sujeto desde el nacimiento. Es algo que se construye, se gestiona y, sobre todo, se tiene que tolerar. Inicialmente, el infante vive en un mundo regido por el principio del placer; el deseo domina el psiquismo, y sólo gradualmente, y con sufrimiento, se ve obligado a aceptar la existencia de una realidad externa, independiente, que impone demoras, separaciones, renuncias, frustraciones, pérdidas… En pocas palabras, la realidad es traumática.

 

En el principio fue el inconsciente. El psiquismo funciona inicialmente según el principio de placer —por cierto, fue en este ensayo en el que por vez primera Freud enuncia el principio del placer—, creando alucinatoriamente lo deseado. Pero la insatisfacción termina por obligarlo a abandonar la vía ilusoria. Para lograr una satisfacción efectiva, el aparato psíquico debe registrar la realidad externa, aunque sea incompleta, incierta, displacentera. Así se establece el principio de realidad, que reemplaza la mera búsqueda de placer por una adaptación activa al mundo. A partir de entonces los órganos sensoriales y la conciencia cobran mayor relevancia. Surge la atención, una función que explora el mundo para anticiparse a las necesidades internas. Paralelamente, se desarrolla la facultad para almacenar los resultados de la actividad consciente, la memoria. Y es ahora cuando surge el juicio, mediante el cual el sujeto “decidiría si una representación determinada era verdadera o falsa, vale decir, si estaba o no en consonancia con la realidad”.

 

Años después, en otro ensayo —La negación (1925)—, Freud detallará que “la función del juicio tiene, en lo esencial, dos decisiones que adoptar. Debe atribuir o des-atribuir una propiedad a algo, y debe admitir o impugnar la existencia de una representación en la realidad”. Esto es, el juicio tiene la doble tarea de determinar si tal o cual cosa es, por ejemplo, buena o mala, pero, sobre todo, si existe o no existe. Conviene recordar que el fallo no se hace a las cosas concretas, sino a sus representaciones, y todas ellas provienen de las percepciones. Si bien toda representación, de origen, es real, luego no necesariamente: cuando el objeto no está presente y la representación sí, puede haber representaciones que den cuenta de objetos no reales. Por eso, “el fin primero y más inmediato del examen de realidad (de objetividad) no es, por tanto, hallar en la percepción objetiva un objeto que corresponda a lo representado, sino reencontrarlo, convencerse de que todavía está ahí”.

 

La neurosis —y, en última instancia, la psicosis— no es producto de un fallo mecánico, sino una estrategia psíquica de supervivencia ante lo insoportable. La realidad, lejos de ser un dato primordial, es una conquista frágil, pagada con renuncias y sostenida por un juicio que nunca cesa de interrogar: ¿esto existe o es solo el eco de un deseo? ¿Es bueno o malo?... La neurosis no es un error de la mente, sino una paradójica estratagema: para seguir viviendo en el mundo, a veces hay que inventar uno nuevo.

 

lunes, 7 de abril de 2025

Realidad destartalada II

  

Estamos ciertamente mucho más adelantados

que Hipócrates, el médico griego;

pero apenas podemos decir que

estemos más adelantados que Platón.

Karl Jaspers, Filosofía.

 

 

El psiquiatra y filósofo alemán Karl Jaspers (1883-1969) sentó las bases de un enfoque de comprensión de los trastornos mentales que involucra la experiencia subjetiva de quienes los sufren. Jaspers sostuvo que, para tratar de entender la condición humana en su inmensa complejidad, la ciencia, particularmente la psiquiatría, debe incorporar una perspectiva filosófica. La psicología fenomenológica de Jaspers se sustenta en las ideas existencialistas de Sören Kierkegaard (1813-1855) y en la fenomenología de Edmund Husserl (1859-1938). Del gran danés, Jaspers retomó su interés por la experiencia subjetiva, la angustia existencial y la búsqueda de sentido en situaciones límite. La influencia de Husserl es palmaria: Jaspers hace suya la necesidad de “volver a las cosas mismas”, es decir, suspender los supuestos y prejuicios para atender los fenómenos tal como se presentan a la conciencia.

 

Jaspers se propuso comprender las experiencias subjetivas de los enfermos mentales, sin quedarse en las explicaciones biológicas o teóricas. Planteó elaborar descripciones empáticas —observar y describir los fenómenos psíquicos tal como son vividos por la gente—, distinguir entre explicar y comprender —significado subjetivo de los síntomas—, y valorar la singularidad de cada acontecer mental.

 

Existen muchos fenómenos de la vida psíquica que ocurren fuera de la media, así que solemos referirnos a ellos como anormales —aunque algunos de ellos son experimentados no pocas ocasiones por la gente normal—, y varios se relacionan con la manera en la que percibimos la realidad. Karl Jaspers clasificó las maneras anómalas de percepción (Psicopatología general, 1913).

 

 

The world is not illusion, but reality.

But this reality is appearance, a phenomenon.

Karl Jaspers, Philosophy is for everyman.

 

El primer grupo se compone de tres tipos de anomalías: de intensidad —se percibe de más o de menos, claro, respecto a lo que se considera normal; por ejemplo, un hombre escucha el tic tac de un reloj insoportablemente fuerte (hiperestesia auditiva) o alguien más no alcanza a oler que los frijoles están quemándose en la estufa (hipoestesia olfativa)—, de calidad —se perciben atributos desatinados de los objetos: una mujer ve el cielo con la consistencia de una gelatina o un hombre escucha la voz de su esposa metálica— y de simultaneidad sensorial —al mismo tiempo se experimentan sensaciones en varios sentidos, pero sin que tengan una relación natural entre sí: por ejemplo, al oír cierta palabra, una persona siente un sabor determinado en la boca—.

 

El segundo grupo corresponde a las percepciones con características anormales. Jaspers coloca aquí las sensaciones de extrañeza —de pronto, el entorno se percibe como insólito, irreal o ajeno, aunque se lo reconozca intelectualmente (desrealización); es una especie de desconexión emocional con la realidad—, de belleza excesiva —la realidad cotidiana se siente con una intensidad estética o espiritual inusitada; por caso, un gato maúlla a una mujer que va pasando y ella rompe en llanto emocionada—, e incapacidad de captar el alma de las personas —el sujeto ve a los demás como cosas, sin vida interior, como cuerpos vacíos, y no logra captar su humanidad ni establecer conexión con ellos—. Estas alteraciones no se refieren a qué se percibe, sino a cómo se experimenta esa percepción en relación con el mundo y los otros.

 

En tercer lugar, la escisión perceptiva: el sujeto percibe normalmente los objetos, pero no los vive como reales o no los integra plenamente a su experiencia, los escinde de su conciencia —este fenómeno se asocia con estados de desrealización o despersonalización—.

 

Completan la clasificación las bien conocidas percepciones engañosas. De entrada, las alucinaciones —percepciones sin objeto, experiencias sensoriales que no surgen de ningún estímulo externo real, pero que, sin embargo, el sujeto las vive con plena convicción de realidad—, y finalmente las ilusiones —la percepción desfigurada de un objeto real—. Por ejemplo, una alucinación representativa: una joven asegura ver y escuchar con nitidez a su madre fallecida hace algunos años, conversando con ella en la habitación. Por lo que toca a las ilusiones, Jaspers distingue tres tipos: de inatención, afectivas y pareidolias. Las primeras las tenemos todos: miras de reojo un abrigo colgado y crees que es una persona, o qué tal la serpiente que reptaba en mi escritorio…Las ilusiones afectivas suceden cuando el estado emocional del individuo —miedo, ira, ansiedad, etcétera— distorsiona su percepción: por ejemplo, no es raro que, en situaciones de depresión profunda, una persona tenga la ilusión de leer expresiones de tristeza o desaprobación en los rostros de quienes lo rodean, aun cuando objetivamente no haya tales signos. Por último, las pareidolias: he traído a cuento ya aquí que Leonardo da Vinci (1452-1519) recomendaba a quienes se iniciaban en la pintura inspirarse y hallar ideas percibiendo figuras en donde no las hay realmente: 

… cuando mires una pared con manchas o con una mezcla de piedras, si tienes que idear una escena, puedes descubrir un parecido con diversos paisajes, embellecidos con montañas, ríos, rocas, árboles, llanuras, valles anchos y colinas en una disposición variada (numeral 508 de la “La práctica de la pintura”; The literary works of Leonardo da Vinci).

Por supuesto, era imposible que Jaspers hubiera previsto las experiencias a que se aventuran actualmente quienes practican los juegos de realidad aumentada, en los que el jugador percibe el mundo concreto —por ejemplo, las calles de la ciudad—, a través de un dispositivo que añade estímulos digitales superpuestos. Mientras camina, aparecen personajes, objetos, peligros o misiones que se ven en el contexto urbano por el que anda, pero sólo existentes en el juego, y percibe ambos planos a la vez, integrados en una sola experiencia sensorial. Este tipo de experiencias podrían considerarse como una forma de percepción con características anormales, específicamente de la categoría de sensaciones de extrañeza. Cuando las personas interactúan con objetos o personajes virtuales superpuestos a la realidad física, pueden experimentar la realidad concreta como algo insólito, irreal, aunque intelectualmente sepan de qué se trata. Estas experiencias también podrían relacionarse con la escisión perceptiva, ya que los usuarios perciben normalmente los objetos físicos del entorno, pero no los viven plenamente al estar dividiendo su atención y conciencia entre lo físico y la dimensión virtual. En algunos casos, las pareidolias podrían intervenir cuando los jugadores buscan determinados personajes o elementos virtuales en el mundo real, podrían tener la ilusión de percibirlos donde realmente no están superpuestos, debido a la tendencia natural de la mente a reconocer patrones familiares.

 

En un mundo cada vez más asaltado por estímulos virtuales y realidades aumentadas, nuestra percepción de la cotidianidad se ha vuelto más compleja. Ya no sólo lidiamos con las anomalías perceptivas descritas por Jaspers, sino que también tenemos que experimentar nuevas formas de fragmentación y disociación de la realidad concreta. Nuestro cerebro se enfrenta al reto de integrar coherentemente los datos del mundo físico con los elementos digitalmente sobreimpuestos. Esto da lugar a una experiencia fenomenológica marcada por sensaciones de extrañeza e incertidumbre, en las que los límites entre lo real y lo virtual se vuelven borrosos. Más que nunca, una comprensión empática y fenomenológica resulta esencial para aprehender la naturaleza de estas complejas vivencias perceptivas. La revolución digital —la conversión en bits de todo lo perceptible— no ha simplificado la realidad: la ha vuelto más ambigua y destartalada, y la llamada realidad aumentada es sólo una porción menor de los artilugios que han expandido el mundo perceptible. Si ya de por sí la percepción fenomenológica previa exigía una atención rigurosa y una suspensión de prejuicios para captar el mundo tal como se da a la conciencia, hoy esa tarea se complica tremendamente. Lo real, lo virtual y lo imaginado se entrelazan en nuevas capas de experiencia sensorial que desafían nuestra capacidad de distinguir lo dado de lo proyectado. Hemos ensanchado el mundo, pero al mismo tiempo lo hemos vuelto más mucho incierto.

lunes, 31 de marzo de 2025

Realidad destartalada I

 

Heme aquí ya, profesor
de lenguas vivas (ayer
maestro de gay-saber,
aprendiz de ruiseñor)
en un pueblo húmedo y frío,
destartalado y sombrío,
entre andaluz y manchego.
Antonio Machado, Poema de un día.

 

 

Me hallé estos versos:

Es una tarde cenicienta y mustia,
destartalada, como el alma mía;
y es esta vieja angustia
que habita mi usual hipocondría.
La causa de esta angustia no consigo
ni vagamente comprender siquiera;
pero recuerdo y, recordando, digo:
— Sí, yo era niño, y tú, mi compañera.

El pasado, como siempre: presente. La angustia como debe ser: arcaica e incomprensible, experimentada y arcana, primitiva e insondable. La psique de quien padece la angustia, congruente: destartalada. El poema es obra del sevillano Antonio Machado (1875-1939), y forma parte de la serie “Sueño infantil”, de su poemario “Galerías” (Soledades. Galerías. Otros poemas, 1907).

Destartalado es una palabra de origen incierto. Su significado, en cambio, es bien conocido: “descompuesto, desproporcionado y sin orden” —RAE dixit—. También se usa como sinónimo de desarreglado, mal acondicionado o incluso de viejo. La definición que aporta el Diccionario del español de México del Colmex es la que me parece más certera: “que está en estado ruinoso por efecto del deterioro”. A diferencia de la anterior, Guido Gómez de Silva ofrece una definición estrambótica: “Desprovisto de lo necesario” (Diccionario breve de mexicanismos). En la jerga taurina, un astado destartalado es un animal desproporcionado, especialmente de la cabeza (Léxico español de los toros, 1989).

Corominas (Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispano) aventura que destartalado es un vocablo “hermano del portugués estatelado, 'extendido a lo largo y sin movimiento', y tomado del árabe istatāla, 'alargarse, extenderse'.” La RAE no avala esa hipótesis. Y qué bien, porque me gusta más lo que piensa Rafael Martínez Rubio: “el adjetivo proviene del latín medieval stortilatum, a través del italiano stortilato, ‘distorsión de la articulación de la pata del caballo’”. Una de las pruebas que aporta proviene de un libro escrito en latín hace más de setecientos años, Liber ruralium commodorum (Libro de beneficios rurales), de Piero de Crescenzi (c. 1233 - 1321), en cuya traducción al toscano encuentra:

Aviene alcuna volta, che la giuntura della gamba allato al piè si dannifica per percossa fatta in luogo duro, o per cader correndo o andando, o perché 'l piè non si posa alcuna volta diritto in terra, la quale infermità vulgarmente s'appella stortilato... (en el original latino stortilatum). (libro IX, capítulo 41)

Lo que podemos trasladar al castellano…

Sucede alguna vez que el ligamento de la pata al lado del pie se lastima por un golpe dado en un lugar duro, o por caer corriendo o andando, o porque el pie no apoya alguna vez derecho en la tierra, enfermedad esta que es conocida vulgarmente como stortilato…

Martínez Rubio explica que el morbo stortilato provoca que la bestia equina ande “torcida, dando la apariencia de ‘destartalado’, patizambo, ladeado…”, y concluye: “Lo que para un hombre es ser tuerto, es decir, con la vista torcida (del torceré latino) es para un caballo ser stortilato (destartalado), es decir, con el andar torcido, causado por una distorsión en la articulación de su pata”.

Independientemente de su origen incierto, destartalado describe aquello que ha perdido su estructura o integridad, refiriéndose a objetos, edificios o incluso situaciones o sensaciones caóticas, y refleja un proceso de deterioro o desmembramiento.

Componemos todo con la imaginación y somos incapaces de vivir la realidad simplemente. Recuerdo la destartalada y antigua casa en Tajimara, el estallar de los manzanos e higueras…

El anterior es un extracto de Tajimara, el célebre cuento del narrador yucateco Juan García Ponce (1932-2003), un texto publicado en su libro Imagen primera (Universidad Veracruzana, 1963), con el que en 1965 Juan José Gurrola realizó la mitad de su película Los bienamados (1965) —la otra mitad fue a partir del cuento Un alma pura, de Carlos Fuentes—. Una casa destartalada, una realidad que somos incapaces de vivir simplemente sin tratar de componerla con la imaginación.

Entre los versos de Machado y las paredes agrietadas de la casa de Tajimara, destartalado es además de una palabra un espejo: refleja el desorden de las cosas y el quebranto del alma. Su etimología esquiva —portuguesa o árabe o latina o quizá equina— acaba siendo tan fragmentaria como la realidad que describe. Pero es ahí, en esa fisura entre lo que se derrumba y lo que imaginamos, donde reside el único consuelo. La imaginación no es un refugio, sino un acto de resistencia: inventamos órdenes donde solo hay ruinas, tejemos sentido en la trama descosida de lo real. Como el poeta que evoca su infancia perdida o el narrador que reconstruye una morada en ruinas, tal vez apenas nos quede habitar lo destartalado con la mentira necesaria…  


lunes, 17 de marzo de 2025

Psicóticos, arcaicos e infantiles

  

… la evolución humana pone de manifiesto

una predisposición crónica al error, la maldad,

las fantasías desorbitadas, las alucinaciones…

y hasta la mala conducta socialmente organizada…

Lewis Mumford, El mito de la máquina.

 

Considerando tanto los usos y costumbres de su época como las ancestrales tradiciones de su estirpe, la joven vienesa Melanie Reizes se casó ya grande. Con veintiún años recién cumplidos, celebró nupcias en 1903 con el químico budapestino Arthur Stevan Klein; desde entonces adoptó su apellido. Por nacimiento, los dos eran súbditos del Imperio Austrohúngaro, y ambos provenían de familias judías. El Imperio Austrohúngaro dejaría de existir en 1918; el matrimonio de Melanie y Arthur, en 1921, cuando formalizaron su divorcio.

 

El 28 de septiembre de 1918, Sigmund Freud se hallaba en Budapest. Participaba en el V Congreso de Psicoanálisis en la Academia Húngara de Ciencias, presidido por Sándor Ferenczi. Freud impartió la conferencia “Líneas de avance en la terapia psicoanalítica”. Entre la audiencia se encontraba la señora Melanie Klein (1882-1960), quien dijo quedar profundamente impactada: recordará posteriormente que ese día decidió atender su deseo de dedicarse al psicoanálisis. Ese mismo año, en noviembre, luego de unos veinte millones de muertos, finalizaría la Gran Guerra.

 

Veinte años después, en 1938, Hitler violó el Tratado de Saint-Germain de 1919 y enterró el Tratado de Versalles: Austria fue anexada a Alemania. El 12 de marzo las tropas nazis ocuparon Viena. La persecución a la comunidad judía arreció. La presión sobre el afamado doctor Freud, judío y creador de una ideología perversa según el nazismo, día a día empeoraba. A principios de mayo, su hijo Martin fue detenido durante un día, y Anna, su hija, fue interrogada por la Gestapo. El 4 de junio, a bordo del Expreso de Oriente, con su esposa Martha y su hija Anna, Freud salió de Viena rumbo a París. Dos días después llegarían a Londres. Inicialmente, se alojó en Elsworthy Road 39, y en septiembre se mudó a la casa de Maresfield Gardens, en el barrio de Hampstead, donde permanecería lo poco que le quedaba de vida. Para entonces, la vienesa Melanie Klein llevaba ya más de una docena de años residiendo en Inglaterra.

 

Meses después, en agosto del mismo año, se celebró en París el XV Congreso Internacional de Psicoanálisis. El patriarca intelectual de la pujante novel disciplina, Sigmund Freud, estaba muy enfermo y no asistió. Melanie Klein sí acudió al Congreso: cruzó el Canal de la Mancha para presentar una ponencia que, con el tiempo, se convertiría en uno de los textos fundamentales de su teoría de la mente: “El duelo y su relación con los estados maníaco-depresivos”.

 

El siguiente año, 1939, estalló la II Guerra Mundial: el 1º de septiembre las fuerzas nazis invadieron Polonia; dos días después, Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania. Freud moriría 22 días después —la causa del óbito no fue directamente el cáncer que padecía, sino una sobredosis de morfina administrada por su médico, Max Schur—. Luego de unos ochenta millones de muertos, la II Guerra Mundial no finalizaría sino hasta el 2 de septiembre de 1945.


 

Todos los organismos vivos mueren;

sólo el hombre, mediante su mente, sobrevive

y continúa, en cierta medida, su función.

Lewis Mumford, El mito de la máquina.

 

A los humanos nos duelen profundamente nuestros muertos. Subrayo el pronombre posesivo, nuestros: ¿cuál de los siguientes dos enunciados podría generar más dolor en una persona cualquiera? 1) El par de guerras que estallaron en Europa y se propagaron por otras partes del mundo en el siglo XX causaron alrededor de cien millones de muertes; 2) Lamento notificar a usted que ayer falleció su señora madre. Las fatalidades de la humanidad nos estremecen, pero es la pérdida íntima la que nos desgarra. Contamos las defunciones en cifras, pero a los muertos los lloramos de uno en uno.

 

Aunque trastorna la conducta de quienes lo sufren, nadie considera patológico un duelo. Generalmente pensamos que no está bien evadirlo, al contrario, y solemos confiar en que, con el tiempo, será superado. En uno de sus ensayos más influyentes (Duelo y melancolía, 1917), Sigmund Freud apunta que, bien pensado, resulta extraño que “el doloroso displacer” que provoca un duelo “nos parezca natural y lógico”. Por su parte, en aquel texto que presentó en París en 1938 —sería finalmente publicado en 1940—, Melanie Klein subraya la relación que Freud establece entre el duelo y el juicio de realidad, es decir, el proceso mediante el cual, gradualmente, el doliente reconoce la ausencia definitiva del ser amado —si el juicio de realidad no se alcanza, aunque la persona reconozca conscientemente la pérdida, no podrá desvincularse del objeto perdido, del muerto, y aparecerá entonces la melancolía, un estado patológico de sufrimiento mucho más hondo—. Por su parte —este es uno de sus aportes más importantes a la teoría psicoanalítica—, con base en su experiencia clínica, Klein asegura que “hay una conexión entre el juicio de realidad en el duelo normal y los procesos mentales tempranos”. En concreto, se refiere a la posición psíquica que denominó depresiva infantil. Pero antes de que el infante logre alcanzar esa posición, Klein sostiene que transitamos por un estado previo, la posición esquizo-paranoide. En esta fase primitiva del desarrollo psíquico, el mundo del bebé —tanto el que percibe como el interno—, está fragmentado en objetos parciales, buenos y malos, que representan experiencias de satisfacción y frustración. La madre, por ejemplo, no es percibida como un todo, sino como un “pecho bueno” que alimenta y calma o un “pecho malo” que abandona y frustra. Este mecanismo, la escisión, es una defensa arcaica frente a la angustia persecutoria: el bebé proyecta sus impulsos destructivos —pulsión de muerte— en el objeto malo y, en consecuencia, luego lo experimenta como una amenaza punitiva externa. Klein identifica este patrón de funcionamiento no sólo en los primeros meses de vida, sino también en patologías psíquicas graves, como la psicosis. De manera más amplia, bien podemos entender los procesos sociopolíticos que desembocan en odio y violencia como expresiones esquizo-paranoides. Si un duelo normal, durante el cual se reactiva siempre el funcionamiento psíquico de la posición depresiva infantil, requiere la integración del objeto perdido, el reconocimiento de su pérdida y en el mejor de los casos su reconstrucción simbólica, en la posición esquizo-paranoide la amenaza de aniquilación psíquica impide esta integración. Tal vez no sea aventurado pensar que los horrores de la guerra no son más que expresiones, en una escala colectiva, de las angustias más arcaicas descritas por Klein: la aprehensión esquizoide del mundo, escindido en buenos y malos, y el torbellino de ansiedades paranoides.

 

Concuerdo con Lewis Mumford: el ser humano es en principio “un animal fabricante de espíritu, capaz de dominarse y diseñarse a sí mismo”, para quien “el foco principal de sus actividades es ante todo su propio organismo y la organización social en la que este encuentra su más plena expresión”. Tan pronto llega al mundo, cada uno de nosotros debe bregar por armarse una autoconciencia, y luego, de ahí en adelante, tratar de mantenerla más o menos funcional. Habrá quienes supongan que es cosa fácil, sobre todo si prefieren olvidar “la superior irracionalidad del hombre”.

domingo, 9 de marzo de 2025

Idioideofóbicos versus ideoidiofílicos

   

Ideoso I

 

Muy seguro de sí, él me respondió encadenando un rosarito de lugares comunes, para luego dar por terminada su pequeña perorata enfatizando: — Bueno, eso es lo que yo pienso, porque al final del día, cada quien tiene sus muy muy particulares puntos de visa –dijo, y a mí se me pararon los pelos de punta.

 

— ¿Particulares?

 

— Sí, por supuesto. Particulares, personales… La ideología de cada persona es muy personal –declaró y a mí casi me da un mareo.

 

— ¿Ideología personal? Si acaso –le dije—, cada cual tiene su propia idiosincrasia.

 

— Ideología, ideosincrasia … es lo mismo.

 

— Perdona, pero no es ideosincrasia, es idiosincrasia.

 

— Bueno, ideosincrasia, idiología… es lo mismo.

 

— Quizá no lo mismo, pero en algo se parecen: ninguna de las dos palabras que acabas de decir existe…, más que en tu muy muy personal diccionario.

 

 

Ideo

 

¿Ideo? Ideo es un adjetivo que significa perteneciente o relativo al monte Ida. Ahora, monte Ida no hay uno, hay dos, el cretense y el frigio.

 

El de la isla de Creta, con todo y que tiene existencia geográfica real —hoy mismo se llama monte Psiloritis—, ostenta una importancia divina: en él se encuentra el Ideon Antron, la cueva en la que la diosa Rea escondió a su hijo Zeus para evitar que el padre del pequeño, el inmisericorde Cronos, lo devorara como ya lo había hecho con sus primeros críos.

 

El otro monte Ida, el de Asia Menor, se encuentra en la región de Misia, en la región noroccidental de la península de Anatolia. Actualmente se halla en territorio turco y se denomina monte Kaz Dag, y también fue escenario de grandes acontecimientos míticos —por ejemplo, en el Himno homérico V se narra cómo ahí Zeus hizo que Afrodita se enamorara de Anquises, un mortal troyano que así habría de convertirse en padre del mismísimo Eneas—. Por este monte Ida es que el adjetivo ideo, por extensión, es sinónimo de troyano o frigio.


 

En suma, ideo no tiene nada que ver ni con ideología ni mucho menos con idiosincrasia.

 

 

Ideoso II

 

Un natural de Frigia, un ideo, no tendría que ser necesariamente un ideoso, en cambio un ideoso sí es siempre un ideático, porque ambos vocablos son sinónimos de venático, es decir, alguien que tiene vena de loco o tiene ideas extravagantes —hay quienes asumen erróneamente que venático deriva del latín venatio (“cacería”), como sucede con venatorio, de caza: arte venatorio—. Las palabras ideático e ideoso comparten la raíz etimológica griega idea (ἰδέα), que significa “forma”, “imagen mental” o “concepto”. Mientras que ideático (del griego idea + el sufijo -ático) alude a lo relacionado con las ideas o la capacidad de generarlas, a menudo con un matiz abstracto; ideoso (de idea + el sufijo -oso) enfatiza cierta abundancia de ideas, destacando su carácter creativo o propositivo. Ideoso e ideático comparten raíz también con ideología.

 

 

Idiopático

 

En su célebre Comunicación preliminar (1893), los doctores Josef Breuer y Sigmund Freud dicen:

… los síntomas más diferentes de la histeria, tenidos por operaciones espontáneas, por así decir idiopáticas, mantienen con el trauma ocasionador un nexo tan estricto como aquellos otros fenómenos más trasparentes en este sentido.


¿Manifestaciones idiopáticas? En este contexto, idiopáticas se refiere a síntomas que parecen surgir espontáneamente, sin causa. Freud y Breuer critican la idea de que algunos síntomas histéricos sean entendidos como fenómenos autónomos o sin explicación. En contra de esta noción, argumentan que todos los síntomas histéricos tienen un nexo causal con un trauma psíquico previo, incluso cuando tal vínculo no es evidente a simple vista. Esto es, aunque algunos síntomas puedan parecer desconectados de cualquier experiencia traumática —y, por lo tanto, ser etiquetados como idiopáticos—, en realidad tienen una causa específica que puede descubrirse a través del análisis.

 

Ni ideo ni tampoco ideático tienen que ver con idiopático, pero idiopático sí que está relacionado con idiosincrasia. En el diccionario de la RAE no aparece idiopático, pero no se trata de un problema de traducción al español. La palabra que usan los facultativos austriacos en el original en alemán es, justo, idiopathisch. Efectivamente, ideo- (de ἰδέα, “idea”) e idio- (de ἴδιος, “propio”, “peculiar”) son raíces griegas distintas, aunque su similitud fonética pueda generar confusión. Idiopático (del griego ἴδιος [idios: “propio”] + πάθος [pathos: “sufrimiento”]) se refiere a una enfermedad “de causa desconocida” o “que surge por sí misma”, sin relación con factores externos. Por su parte, idiosincrasia (de ἴδιος + σύγκρασις [sýnkrasis: “temperamento”, “mezcla”]) alude a la manera peculiar de pensar, ser o reaccionar de un individuo o grupo, vinculadas a su naturaleza intrínseca. Ambos términos, idiopático e idiosincrasia, comparten el prefijo idio-, que enfatiza lo singular, lo privado o inherente. Por otro lado, ideático e ideoso derivan de idea (concepto mental) y no guardan relación etimológica con los anteriores. La confusión surge por la cercanía fonética entre ideo- e idio-, pero sus significados y orígenes son independientes.

 

 

Idioideofobia versus ideoidiofilia

 

Conforme a la ideología hegemónica, cada individuo tiene sus muy particulares formas de pensar. Por eso, casi todos se creen distintos a los demás, auténticos, originales, dueños de ideas muy personales. En realidad, más bien cunde una especie de, si me permiten acuñar un neologismo, idioideofobia, es decir, un miedo irracional a la propia capacidad intelectual y a los contenidos propios de la mente. No es una idiopatía, sino el resultado de un sistema que homogeneiza ferozmente a la masa agazapado tras la bandera del individualismo a ultranza. En contraparte, se combate y escasea lo que podríamos denominar ideoidiofilia, la pasión por las ideas propias. Porque si bien no tengo duda de que abundan los chalados que se desviven por espetar galimatías y hoy parece que está de moda proferir disparates, vomitar fárragos en vez discurrir ideas, en realidad andamos necesitados de nuevas soluciones para hallar salida a este modelito de mundo que está haciendo agua por todos lados. Concluyo esto y, por supuesto, no es mi muy particular punto de vista.




 

domingo, 2 de marzo de 2025

El fin del mundo… global

  

 

En realidad, el fin del mundo, como el principio,

es nuestro concepto del mundo.

Fernando Pessoa, El libro del desasosiego. 

 

 

 

Oso I

 

Hace apenas unos días instruí a Grok para que generara una imagen que pasara por una fotografía: el Oso Ruso caracterizado como el Tío Sam avanza contento. Segundos después, el resultado quedó conforme a lo que esperaba, daba el gatazo, así que lo tuiteé con la siguiente leyenda: “Mundo raro el que nos tocó vivir…”


Un rato después, MA comentó el tuit: “Solo hemos vivido este.” Pienso que no.

 

 

 

Caballos

 

“El mundo tal y como lo conocemos está por acabarse.” Así comenzaba El acabose, un texto que escribí en agosto de 2016. Argumentaba que el fin del mundo es perfectamente posible, tanto, que ya ha ocurrido otras muchas veces. Ejemplificaba con el fin del mundo neolítico y traía a cuento al sociólogo neoyorkino Immanuel Maurice Wallerstein, quien entonces aún compartía el presente continuo con nosotros. Justo tres años después, él fallecería; nuestro mundo hoy sigue acabándose. 

 

Wallerstein (1930- 2019) esbozó los “grandes hitos en la historia del hombre”, y advirtió acerca del inminente fin del mundo moderno, este que nos tocó vivir —The End of the World as We Know it: Social Science for the Twenty-first Century—, todo a partir de una potente idea: sistema-mundo.


Wallerstein terminó de consolidar el concepto en el primer volumen de su obra The Modern World-System, en cuyo texto introductorio deja ver una de las más importantes raíces teóricas de la noción: lo que Wolfram Eberhard (1909-1989) denominó tiempo mundial. 

 

En uno de los muchos libros que escribió acerca de la cultura e historia de China, Conquerors and rulers; social forces in medieval China (1965), Wolfram Eberhard —sociólogo, sinólogo e historiador alemán, avecindado en Estados Unidos desde 1948, donde se dedicó a la vida académica en la Universidad de California en Berkeley— introdujo el concepto de World Time. Eberhard parte de que, en estricto sentido, no existe una diversidad de sistemas sociales locales, sino sólo el mundo social del ser humano, la humanidad:

Procesos como la industrialización en el siglo XIX o el desarrollo de la ciudad milenios antes de la era cristiana deben considerarse como procesos de la humanidad y no como procesos de Inglaterra o Sumeria. Por practicidad, el estudio de cualquier tema puede restringirse a un área particular, ya sea que definamos esta área geográficamente o en términos de fronteras políticas.

Si bien los quehaceres de todas las comunidades humanas forman parte de un mismo todo, para Eberhard lo que pasó, digamos, hace un par de milenios es totalmente diferente a lo sucedió hace quinientos años o lo que acontece ahora mismo. Es fundamentalmente erróneo, piensa, que se equiparen movimientos sociales o hechos sucedidos en distintos momentos históricos —por ejemplo, el ascenso del fascismo en Italia después de la I Guerra Mundial y la irrupción actual de la ultraderecha en Estados Unidos y Europa occidental—, sobre todo si se hace con el fin de descubrir patrones generales de comportamiento.

…algunos sociólogos comparativos han hecho una falsa analogía con las ciencias naturales. No sería la primera vez que se comete tal error, uno de cuyos fallos es la omisión del factor tiempo. Si, por ejemplo, se realizara un experimento con un determinado tipo de bacterias por primera vez en Bruselas en 1860 y se repitiera en Chicago en 1960, a efectos prácticos los resultados serían comparables… El tiempo —o lo que podría llamarse “tiempo mundial”— parece no desempeñar un papel significativo… Pero un proceso social como el movimiento obrero inglés en 1860 no puede compararse directamente con un proceso similar en 1960 en Japón, simplemente por el paso del tiempo, incluso si no existiera la complicación adicional de que el primer evento ocurrió en Inglaterra y el segundo en Japón. El “tiempo mundial” es aquí el factor crucial. Dejando completamente de lado todas las demás diferencias entre las sociedades japonesa e inglesa (aunque, por supuesto, nunca debería hacerse esto), el clima intelectual de cualquier país del mundo en 1860 era radicalmente diferente al clima de 1960.

Si bien pueden establecerse cotejos entre hechos ocurridos en diferentes épocas, jamás debe olvidarse que los hombres y mujeres contemporáneas son diferentes de las personas que vivieron años atrás, aunque habiten el mismo espacio. En menor o mayor medida, el tiempo mundial incide siempre en toda la gente.

Por ejemplo, después de la primera domesticación del caballo, todo el mundo antiguo cambió, no sólo Mesopotamia, porque el caballo domesticado transformó todas las sociedades hasta llegar a China. A partir de ese momento, se hicieron posibles nuevas formas de organización militar, y también nuevas clases sociales y la dominación política sobre grandes áreas. Después de la domesticación del caballo en alguna parte de Asia Occidental, el mundo entero simplemente nunca pudo ser el mismo. El tiempo mundial jugó así un papel importante incluso en el 2000 a. C., no sólo ahora.


                        

            

 

Dinosaurios

 

Con motivo de un conato del fin del mundo predicho para el 23 de julio de 2016, escribí unas Nota sobre el fin del mundo. Igual, a manera de ejemplo, recordaba que, hasta donde sabemos, y debido al impacto de un enorme asteroide —unos 10 km de diámetro— en lo que hoy es la península de Yucatán, el mundo de los dinosaurios se acabó hace unos 65 millones de años. Ya pensando en mundos humanos, evocaba también que la captura de Cuauhtémoc el martes 13 de agosto de 1521 marcó la caída de México-Tenochtitlán y el fin del imperio de mexica y el fin de ese mundo.

 

Buena parte de los cerca de trescientos mil años que llevamos de existir, los seres humanos hemos vivido repartidos en varios mundos, sobre todo después de la gran emigración desde África, gracias a la cual plagamos el planeta. Sin embargo, hace poco, poco más de medio milenio, los sapiens nos integrarnos en un solo mundo. Al respecto, el sociólogo Immanuel Wallerstein es tajante:

Solo había habido un “mundo moderno”. Tal vez algún día se descubran fenómenos comparables en otros planetas, o sistemas mundiales modernos adicionales en este. Pero aquí y ahora, la realidad era clara: solo uno. 

Además, la simultaneidad del tiempo mundial se ajustó con la dichosa globalización, que, por cierto, no es un fenómeno tan reciente como suele creerse. El portentoso filósofo español José Ortega y Gasset (1883 - 1955) atisbó su erupción hace casi cien años: en el capítulo IV de su La rebelión de las masas, publicado originalmente en 1929 en el diario madrileño El Sol, ya lo describía espléndidamente:

Según el principio físico de que las cosas están allí donde actúan, reconoceremos hoy a cualquier punto del globo la más efectiva ubicuidad. Esta proximidad de lo lejano, esta presencia de lo ausente, ha aumentado en proporción fabulosa el horizonte de cada vida.

En efecto, cada vez estamos más sincronizados: los actuales, los hodiernos, los más de 8.2 mil millones de sapiens que somos estamos cada vez más al tanto de que, efectivamente, compartimos el mismo ahora mismo. Como jamás antes había sucedido a lo largo de la existencia de la humanidad, la mayoría de las mujeres y de los hombres estamos engarzados al hogaño. 

 

 

 

Oso II

 

Un par de días después de que tuiteé el Oso Ruso caracterizado del Tío Sam volví a ordenar a Grok que realizara otro Oso Sam, otro Tío Ruso, ahora regañando a gritos al señor ex comediante Zelenski. También la imagen quedó bastante aceptable. La ocasión no es necesario que la recuerde porque usted está al tanto: el mundo está al tanto. El grotesco espectáculo transmitido a todo el mundo en tiempo real desde la sala oval de la Casa Blanca evidenció el indudable el hecho de que, sí, estamos presenciando the end of the world as we know it, y esta vez sí que ocurre al mismo tiempo para todos.