Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.
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lunes, 6 de julio de 2015

Un relato para todos

Acabo de leer algo excepcional. El libro llegó a mis manos por imposición del conde Serredi, y no me quejo, se lo agradezco. Durante más de dos meses, mi amigo había intentado hacerme entrar en razón: cada que nos veíamos o nos comunicábamos él insistía en que me dejara de tonterías y corriera a comprar el libro. ¿Ya lo estás leyendo? ¿Ya lo compraste? Una llamada, un correo electrónico, un tweet, cualquier medio era bueno. Pero nada, pasaban las semanas y yo seguía entretenidísimo consumiendo novela tras novela, y no le hacía caso. El hostigamiento llegó a su fin cuando el conde terminó por hartarse de mi testarudez, y una feliz tarde se apersonó con un ejemplar nuevecito bajo el brazo: Toma, ponte a leerlo cuanto antes.

De animales a dioses no solamente es el título del libro, es también la tesis que sostiene la Breve historia de la humanidad que escribió Yuval Noah Harari (Debate. México, 2014. Primera edición en inglés, 2013). A lo largo de poco más de 450 páginas, el autor consigue contextualizar en la enormidad cósmica la aparición del Homo sapiens, y logra una panorámica de la totalidad de su transcurrir a través del tiempo. La física, explica Noah Harari, es el nombre que hemos dado al relato que inició hace unos 13,500 millones de años, cuando materia, energía, tiempo y espacio irrumpieron. Química llamamos al relato de los átomos y las moléculas, las estructuras que comenzaron a formarse alrededor de 300 mil años después del big bang. Sigue la biología, el relato de la vida, el cual comenzó hace unos 3,800 millones de años, en la fruslería de planeta que hemos bautizado Tierra. Continúa el relato que hoy vivimos: “Hace unos 70 mil años, organismos pertenecientes a la especie Homo sapiens empezaron a formar estructuras todavía más complejas llamadas culturas. El desarrollo subsiguiente… se llama historia”. De ello trata el libro, de 70 mil años de historia de la humanidad, un relato que está a punto de terminar. El planteamiento del doctor Yuval Noah Harari establece que la historia comenzó cuando los humanos inventaron a los dioses, y que terminará inminentemente, cuando los humanos se conviertan en dioses. No se trata de una proposición retórica; el autor piensa que el género humano efectivamente está por dejar de existir: “A menos que se interponga alguna catástrofe nuclear o ecológica…, el ritmo del desarrollo tecnológico conducirá pronto a la sustitución de Homo sapiens por seres completamente distintos que no sólo poseen un físico diferente, sino mundos cognitivos y emocionales muy distintos”.

De animales a dioses no es un libro de ciencia ficción, mucho menos un compendio de despropósitos de pseudociencia. Es un ensayo historiográfico extraordinariamente bien documentado, anclado en fuentes serias y actualizadas, inteligente y escrito con pulcritud. Yuval Noah Harari (Israel, 1976) estudió historia, se doctoró en la Universidad de Oxford y es catedrático en la Universidad Hebrea de Jerusalén. En menos de un par de años su libro se ha convertido en un bestseller internacional, traducido ya a más de treinta idiomas. No es para menos, el joven historiador ha conseguido construir un discurso desde el cual prácticamente cualquier lector puede encontrar bases firmes para conformar una conciencia histórica de género. De animales a dioses ofrece una cosmovisión humana, transcultural, inusitadamente incluyente.

Desde que evolucionó en lo que somos, el Homo sapiens conformó una idea de mundo. En ello, en la capacidad de abstracción, radica nuestra naturaleza; de hecho, “toda nuestra capacidad de administrar la realidad… —afirma Sartori— se fundamenta exclusivamente en el pensamiento conceptual…” (Homo videns, La sociedad teledirigida. Taurus, 1998)—. ¿Cómo pudo ser entonces el mapa mental del mundo que abstrajeron los primeros seres humanos, digamos, hace unos 70 mil años? En su curioso Atlas of Prejudice: Mapping Stereotypes (Alphadesigner, 2012), Yanko Tsvetkov aventura una hipótesis que me convence. Tres círculos concéntricos: en el primero aparece el hombre, cualquiera de nuestros ancestros cromañones que ya era esencialmente como usted o como yo (Me); en el siguiente, junto a mí, los animales que me quieren comer, y enseguida, ya distantes, en el tercer perímetro, los animales que realmente a mí me gustaría comerme. ¿Eso es todo? No, por supuesto, porque más allá de lo tangible está el verdadero prodigio humano, el mundo abstracto, en este caso, el gran enigma, todo aquello sobre lo cual no sé nada: The Great Mysterious ‘Je ne sais quoi’. “El gran misterio” que, sin embargo, es ya una idea. Traigo a cuento el hipotético mapa mental de los primeros humanos porque el relato que trama Noah Harari señala un inicio ubicado en la biología, el punto de quiebre en el que la humanidad comenzó a escalar la cadena alimentaria: “La posición del género Homo en la cadena alimentaria estuvo, hasta fecha muy reciente, firmemente en el medio… Fue sólo hasta hace 400 mil años cuando las diversas especies de hombre empezaron a cazar presas grandes de manera regular, y sólo en los últimos 100 mil años (con el auge del Homo sapiens) saltó el hombre a la cima”. Y ahí precisamente debemos radicar buena parte de nuestra conciencia histórica en tanto especie: quienes hoy somos comenzamos a serlo en una posición insignificante: “los humanos prehistóricos eran animales que no ejercían más impacto sobre su ambiente que los gorilas, las luciérnagas o las medusas”. Y desde allá a la cumbre: “la humanidad alcanzó tan rápidamente la cima que el ecosistema no tuvo tiempo de adecuarse. Además, tampoco los humanos consiguieron adaptarse”.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Accidentalmente

It looks as if the offspring have eyes
so that they can see well (bad, teleological, backward causation),
but that's an illusion. The offspring have eyes because
their parents' eyes did see well (good, ordinary, forward causation).
Steven Pinker, How the Mind Works.


A ver, lo convido a que haga una parada en su trajine de todos los días y trate de figurarse la siguiente escena… Apenas por unos instantes, la sobra de una parvada de marabúes desaparece todas las esquirlas de luz que el sol proyecta en la tierra al atravesar las hojas de una enorme acacia. Bajo el árbol, otra vez pringado aquí y allá de cachitos de destellos, un determinado organismo multicelular, específicamente un mamífero de los que mucho tiempo después se autodenominarán Homo sapiens, después haber estado encuclillado ahí aparentemente sin hacer nada más que acariciarse la ensortijada barba, suspirará profundamente y logrará engendrar un pensamiento complejo, cuyo fraseo en castellano sería el siguiente: “Me encuentro en una situación en la cual ya nomás no me hallo”. El hecho —un suceso mudo, toda vez que no fue expresado en palabras puesto que aún no las había—, sucede en algún lugar al sur de África oriental, después del medio día pero más hacia el cenit que hacia el ocaso, hará cosa de unos 70 mil años. Ningún otro miembro de su propia especie atestiguó el evento; el hombre que vemos en primer plano, desnudo y sin más posesión material que una piedra, es un adulto excéntrico, tanto que prefirió permanecer ahí en vez de emprender carrera con los demás miembros de su tropilla a arrasar con los frutos rojos del arbusto que uno de ellos encontró hace rato. Por ahí cerca no hay nadie, a lo más, a la vista pero inalcanzable, un par de indolentes sivatheriums pastando. Claro, no espere usted demasiado, no suponga que el pensamiento aquel tuvo repercusiones inmediatas, al menos no perceptibles, no en la escala de la vida de aquel antepasado suyo, mío y de los más de siete mil millones que hoy por hoy pululamos por todo el planeta. Sin embargo, así pudo comenzar la portentosa transformación que desplazaría a esa especie de homínidos, nosotros, de una posición marginal e insignificante a la cumbre de la cadena alimenticia: la revolución cognitiva.  

Hasta donde sabemos, aquella explosión silenciosa ocurrió sin prologo alguno, es decir, no hay indicio que anunciara su irrupción. Para entonces, el Homo sapiens no era en absoluto un recién llegado: se sabe que la especie había surgido por evolución al menos 130 mil años antes, en suelo africano. Los fósiles más antiguos de Homo sapiens que se han encontrado hasta ahora corresponden a los llamados hombres de Kibish: Omo I y Omo II, dos congéneres que vivieron —de acuerdo a la datación realizada por medio de determinación de isótopos radioactivos de argón— hace unos 195 mil años, en las cercanías del río Omo, actualmente territorio localizado al suroeste de Etiopía. Así que cuando aquel hipotético señor que hemos imaginado parió el pensamiento lo suficientemente complejo que nos enroló en la ruta del gran cambio, los Homo sapiens ya habían vivido, confinados en una pequeña área de África oriental, la mayor parte de su existencia (65%): “aunque estos sapiens arcaicos tenían nuestro mismo aspecto y su cerebro era tan grande como el nuestro, no gozaron de ninguna ventaja notable sobre las demás especies humanas, no produjeron utensilios particularmente elaborados y no lograron ninguna hazaña especial”, explica Yuval Noah Harari en su libro De animales a dioses (Debate, 2014). Y de pronto, algo sucedió que provocó un giro del destino: “a partir de hace aproximadamente 70 mil años, Homo sapiens empezó a hacer cosas muy especiales… El período comprendido entre hace unos 70 mil y unos 30 mil años fue testigo de la invención de barcas, lámparas de aceite, arcos, flechas y agujas. Los primeros objetos que pueden clasificarse con seguridad de arte y joyería proceden de esa época, como ocurre con las primeras pruebas incontrovertibles de religión, comercio y estratificación social”. Y de ahí a la revolución agrícola, que ocurriría unos 60 mil años más tarde, y al comienzo de la historia… Pero regresemos a los albores…

Es posible que no se haya encontrado vestigio alguno de ningún tipo de comportamiento humano moderno anterior a la salida de África porque, efectivamente, no lo hubo. ¿Pero también es factible que, como es descrito por un sinnúmero de mitos cosmogónicos, hayan existido desarrollos culturales anteriores de los cuales no quede ninguna huella posible de recuperar? Al menos valga recordar que confeccionamos historia, esto es, interpretamos la información sobre el pasado, hilvanando una trama con los datos que tenemos y nos resultan significativos, ajustándolos para que la narración resulte no sólo verosímil, sino también, muchas veces, reconfortante. Por cierto, queda también la otra pregunta: ¿qué sucedió para que, aparentemente siendo los mismos que ya éramos, cambiáramos tanto después de 130 mil años? Yuval Noah contesta en De animales a dioses: “No estamos seguros. La teoría más ampliamente compartida aduce que mutaciones genéticas accidentales cambiaron las conexiones internas del cerebro de los sapiens, lo que les permitió pensar de manera sin precedentes y comunicarse utilizando un tipo de lenguaje totalmente nuevo”. De acuerdo, pero ¿por qué? La no-respuesta está en el adverbio: accidentalmente…, lo cual, por supuesto, quizá no resulte muy reconfortante.


viernes, 24 de julio de 2015

Huellas

La huella de un sueño
no es menos real que la de una pisada.
George Duby



Un muro de piedra, eso es lo que se despliega en el mal llamado “escritorio” de la computadora en la cual ahora trabajo. La pared rocosa es parte de una caverna que se localiza a más de 15 mil kilómetros de la Ciudad de México, del otro lado del océano Pacífico, en las cavidades de Maros-Pangkep, en una de las cuatro islas mayores de la sonda de Indonesia, Sulawesi. La imagen la coloqué ahí hace unos días. Para hacerlo, empleé un archivo ráster, formato png, de 2,048 pixeles de ancho por 1,152 de alto. Se trata de un mapa de bits con una profundidad de color de tres bytes (24 bits): con casi 2.4 millones de puntos luminosos, cada uno de ellos con una posible variación de 16.7 millones de colores, se simula una fotografía analógica. Dispuse la imagen sin modificar su escala, y dado que el monitor del equipo está configurado a una resolución de 1,366 pixeles de ancho por 768 de alto, puedo ver sólo el 44.5% de la imagen, eso sí, con gran detalle, sin distorsión alguna. En el centro de la fotografía aparecen las siluetas de varias manos, manos como las mías o las de usted. La técnica de la que se valieron las personas que dejaron en esas cuevas las huellas de su existencia es milenaria: usaron su propio cuerpo como plantilla, para estarcir un dibujo a escala 1 : 1. En la pantalla de mi computadora —un modelo que, como siempre, ya me urge cambiar por uno nuevo— estoy viendo la huella que propositivamente dejaron de sí mismos algunos Homo sapiens hace casi 40 mil años. En otras palabras, la imagen muestra el registro más antiguo que hasta ahora se ha encontrado en todo el planeta de una manía exclusivamente humana.

En octubre del año pasado, la revista Nature publicó las conclusiones de un grupo internacional de científicos que se dio a la tarea de revisar la datación que hasta entonces se tenía de las pinturas rupestres de Maros-Pangkep. Los resultados más que sorprendentes, son revolucionarios. Las pinturas de las cavernas de Sulawesi fueron descubiertas a mediados del siglo pasado, y se pensaba que habían sido realizadas, a lo mucho, hace unos 12 mil años. Así, hasta hace apenas diez meses, era verdad científica aceptada que las pinturas rupestres figurativas más viejas del orbe eran obra de humanos asentados en Europa. Se creía que, entre las que se tenía noticia, las más antiguas eran las halladas en el sitio arqueológico de El Castillo, ubicado en Puente Viesgo, Cantabria, en el norte de la península ibérica. En este conjunto cavernario perduran algunas siluetas de manos humanas que fueron pintadas hace poco más de 37 mil años —aquí también se encuentra, en un estrato anterior, el célebre disco rojo, con 40,800 años de antigüedad, una figura que quizá fue creada por Neandertales—. Maxine Aubert y Adam Brumm, los investigadores de la Universidad australiana de Queensland que encabezaron el proyecto en las cuevas de Indonesia, explican que empleando el método de datación por series de uranio (Torio 230), aplicado no a los pigmentos sino a los espeleotemas tipo coraloide que se han ido formando al paso de los siglos sobre doce siluetas de manos humanas y dos representaciones de animales, todos procedentes de siete sitios rupestres en las cavidades de Maros, se concluyó con certeza que, de las primeras, las más antiguas tienen ahí por lo menos 39,900 años, con lo que se acredita que son las más viejas de todo el mundo. En cuanto a las pinturas de animales, se logró datar la representación de un cerdo-venado (Babyrousa babyrussa), un artiodáctilo hoy en peligro de extinción, que como mínimo fue trazado sobre la piedra hace 35,400 años. En suma, se trata de los rastros más antañones que los Homo sapiens hayan dejado de sí mismos.

El mismo día que Nature publicó el reporte sobre la corrección a la datación de las pinturas rupestres de Maros-Pangkep —por cierto, con un título bastante anodino: Pleistocene cave art from Sulawesi, Indonesia—, The New York Times pescó al vuelo la noticia y de inmediato ayudó a propagar en la aldea global sus implicaciones: la explosión de la actividad artística de los sapiens no comenzó en Europa, al menos no en forma exclusiva. La conclusión no es cosecha del reportero del NYT; en el propio de texto de Nature, desde el abstract, ya lo afirmaban los académicos: “mostramos que las tradiciones de arte rupestre en esta isla de Indonesia son al menos compatibles en cuanto a edad con el arte más antiguo de Europa… Entre las consecuencias, ahora se puede demostrar que los humanos estaban produciendo arte rupestre hace 40 mil años en extremos opuestos del mundo euroasiático”.

Yaval Noah Harari (De animales a dioses; Debate, 2014) entiende el paso de los Homo sapiens en términos de macroprocesos. Desde esa perspectiva, propone una historia dividida en cinco grandes episodios; uno de ellos, la revolución cognitiva, habría tenido lugar hace unos 70 mil años, cuando una de las varias especies de humanos que habitan el mundo, nosotros, se aventuró a salir de África. Le tomaría unos 30 mil años distribuirse por toda Euroasia y otros cinco mil años más llegar a Australia. Las manos que observo en el monitor de la computadora testimonian que hace unos 40 mil años algo ocurrió en las mentes de los sapiens que para entonces ya andaban repartidos por casi toda la Tierra. Terminando este texto voy a quitar la imagen de mi escritorio. Descargué hace rato una hermosa fotografía de una de las lunas de Plutón; las acaba de enviar la nave New Horizons desde allá.

lunes, 20 de julio de 2015

Selfies primigenios

Masks beneath masks
until suddenly
the bare bloodless skull. 
Salman Rushdie, The Satanic Verses.


Quizá la identidad de cualquier persona sea necesariamente una máscara. El latín personare se refiere a la máscara usada por un histrión en una tragedia para representar a un personaje. Y la palabra latina persona proviene del etrusco phersu, el cual a su vez tiene su origen en el griego prospara, que significa ¡máscara!: pros = delante, opos = cara, es decir, ‘delante de la cara’.

El vocablo español máscara —que aparece ya desde el Vocabulario de Antonio de Nebrija de 1495— proviene del italiano maschera, y este del árabe masẖarah, objeto de risa. En su libro Masks, Faces of Culture (Harry N. Abrams Publishers / The Saint Louis Art Museum. 2000), John W. Nunley informa que la palabra maskhara, falsificar, transformar, debió de llegar al árabe como msr, que significa ‘usar una máscara como lo hacían los egipcios’. Y es que en el antiguo Egipto el vocablo mask se usaba para referirse a ‘una segunda piel’.  

En todos los grupos conocidos de Homo sapiens se puede documentar el uso de máscaras. Quizá no sean tan antiguas como las hachas y las flechas, pero seguramente hemos confeccionado estos objetos desde que desarrollamos capacidades simbólicas. Incluso es probable que otros humanos arcaicos ya las manufacturaran. Henry de Lumley, director del Instituto de Paleontología Humana de París, cree que algunos restos de pieles de leopardo encontrados en el sitio de la cueva de Hortus en Francia corresponden a máscaras. Si fuera así, habría que aceptar que hace unos 40 mil años algunos Homo neanderthalensis se enmascaraban para parecer grandes felinos y, tal vez, encarnar su fuerza y fiereza. En cuanto a nosotros, los sapiens, seguramente desde los albores de nuestra especie usamos máscaras zoomórficas, echando mano de pieles, madera, hojas, paja y otros materiales perecederos, sin embargo hasta ahora de ello no hemos encontrado vestigios y probablemente nunca lo hagamos. Con todo, muchas pinturas rupestres así como las esculturas de roca talladas por los Cromañón en las que se aprecian cuerpos antropomórficos con rostros de animales —como el célebre Hombre-león de la cueva de Stadel—, bien podrían testimoniar el empleo de máscaras. 

Hasta hace poco, yo creía que la máscara antropomórfica más antigua que conservamos era la llamada Dama de Warka, también conocida como la Dama de Uruk o La Mona Lisa Sumeria, una hermosa pieza realizada en piedra caliza metamórfica y mármol con complementos de lapislázuli y láminas de oro. Resulta que no, que se han rescatado del olvido máscaras bastante más vetustas. Se estima que la Dama de Warka fue elaborada hace aproximadamente 5,300 años. Hace unos meses, el Museo de Israel en Jerusalén organizó la exhibición Face to Face, The Oldest Mask in The World, en la que se mostró al público 15 máscaras antropomórficas que fueron facturadas hace casi diez mil años. 

Las máscaras, todas descubiertas a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, fueron elaboradas durante el Neolítico, en distintos asentamientos localizados en las colinas y el desierto de Judea. La arqueóloga Debby Hershman, curadora de la exposición y jefa del departamento de Culturas Prehistóricas del Museo de Israel, se refiere a dichas creaciones, inicialmente conocidas como stone faces, como “las obras de arte más antiguas hechas a nuestra imagen y semejanza”. Incluso sin tener del todo consciente lo anterior, mirar y dejarse ver por estos selfies primigenios de la humanidad resulta pasmoso: “Las máscaras comparten características visuales comunes…: la forma de las cuencas de los ojos, narices truncadas y bocas abiertas, que proyectan una expresión atónita o amenazante, con reminiscencias de cráneos humanos”. Las personas que mutaron su identidad plantándose estos objetos ya eran sapiens sapiens, humanos modernos, gente como usted o como yo, que formaron parte de las sociedades que protagonizaron la revolución agrícola. Considerando las similitudes que pueden observarse entre los rostros de piedra tallada y los cráneos conservados para el culto de los antepasados que se encontraron en los sitios arqueológicos del mismo período, el equipo interdisciplinario que ha estudiado las piezas conjetura que con estas máscaras se pretendía representar a los espíritus de los muertos, y que fueron utilizadas en ceremonias religiosas y sociales, en ritos de sanación y magia. “La recreación de imágenes humanas con fines de culto se convirtió en una tendencia dominante en el mundo simbólico del Neolítico; de esta manera los miembros de las sociedades agrícolas tempranas expresaron su creciente capacidad de dominio sobre la naturaleza, y, por primera vez en la historia, figuraron los poderes sobrenaturales en su propia imagen”. El surgimiento de máscaras con rostros y expresiones humanas atestigua una transformación profunda y de enorme trascendencia en la cosmovisión de nuestra especie, “un cambio dramático en el sistema de creencias y el mundo simbólico que se produjo durante la época de la revolución agrícola”: las representaciones de animales salvajes prácticamente desaparecieron, el bestiario fantástico dejó de ocupar el sitio estelar en el proscenio mental del hombre, para ser reemplazado por una diversidad de imágenes humanas. Los dioses dejaron de parecer animales.



La exposición Face to Face, The Oldest Mask pudo ser apreciada en el Museo de Israel desde marzo de 2014, y la retiraron en septiembre pasado. En cambio, el Museo presenta ahora A Brief History of Humankind, la magna exhibición con la cual celebra su 50 aniversario. Se trata de una muestra tan ambiciosa como la narrativa que la inspira: el libro de Yuval Noah Harari del que hemos venido hablando, De animales a dioses.

martes, 31 de agosto de 2021

Turismo intradérmico

 A mí mismo

 

“Conócete a ti mismo”. Buen consejo…

Pero hoy no tengo ganas de andar haciendo

turismo por adentro mío.

Quino, Mafalda.

 

 

 

 

Haz: Apolo coló paz, ¡ah!

Se oye a menudo, aquí y allá, que Sócrates (470–399 a. C.) acuñó uno de los aforismos más célebres de la civilización occidental, Nosce te ipsum, conócete a ti mismo. No fue así, el precepto era parte de la sabiduría helena. La máxima podía leerse en el pronaos del oráculo de Delfos; Platón hace que el propio Sócrates lo refiera así en el Alcibíades: “… confía en mí y en la inscripción de Delfos, conócete a ti mismo” (124a.7–124b.3). De hecho, los griegos atribuían al mismísimo Apolo la poderosa idea. Según la tradición, la divinidad habría respondido con esas palabras cuando Quilón de Esparta (c. 600–520 a. C.), uno de los Siete Sabios de Grecia, preguntó al oráculo qué era lo mejor que podían aprender los hombres. De algo le habrá servido el Norte, porque, de acuerdo Diógenes Laercio, el éforo lacedemonio concluyó su estancia en este mundo de una manera envidiable: “murió del excesivo placer y debilidad de la vejez” (Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres).

 

 

Oí: negó gen, ego, genio…


Inolvidable aquella ocasión en que Mafalda, con un libro abierto en una mano y con el índice doctoral señalando al cielo en la otra, le pregunta al más dientón de sus amigos: —¿Qué te parece esta frase, Felipe? “Conócete a ti mismo”. En el siguiente panel, feliz, con una mirada esperanzada, el infante responde: — ¡Me parece excelente! ¡Es más: desde hoy en adelante comenzaré a ponerla en práctica! ¡Sí, señor! Mafalda sonríe, y en el penúltimo recuadro, aun más efusivo, Felipe, golpeándose el pecho, dice: — ¡No voy a parar hasta llegar a conocerme a mí mismo y saber cómo soy yo realmente! Quino entonces, en el último panel, le da un giro a su tira: el niño se deja caer abatido sobre Mafalda: —¡Dios mío!… ¿Y si no me gusto?

 

 

¡A narrar, rana!

Cervantes (1547-1616) cuenta que el Caballero de la Triste Figura aconseja a Sancho Panza, antes que el escudero se fuera a gobernar su ínsula. Primero le advierte que más le vale temer a Dios, claro, pero enseguida le indica: “… has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse”. Continúa, retrotrayendo la célebre fábula de Fedro (s. I d. C.): “Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra…” (Don Quijote de la Mancha, II-XLII).

 

 

Se ve, ¿ves?

Mafalda comparte su hallazgo con otro de sus amiguitos: — Este libro trae un buen consejo, Miguelito. “Conócete a ti mismo”. El pequeño se interesa: — ¿A ver? –toma el libro y se pone a hojearlo, lo voltea de cabeza y, ante la mirada atónita de Mafalda, lo sacude…: — Pero… ¿viene sin ningún espejito?

 

 

A interior oír, etnia


El autor del imprescindible De animales a dioses —también de Homo deus y 21 lecciones para el siglo XXI—, Yuval Noah Harari (Israel, 1976) afirma que “estamos acostumbrados a entender a los humanos de adentro hacia afuera, desde nuestra propia experiencia…” (entrevista con James Altucher). Más que acostumbrados, es que no tenemos de otra: uno sólo puede conocer desde uno mismo, a uno y a todo lo demás. Durante un curso sobre la ciencia y Galileo, José Ortega y Gasset (1883-1955) explicaba esto a sus discípulos en los siguientes términos: “… la vida de cada uno de ustedes no es lo que, sin más, veo yo de ellas mirándolas desde mi sitio, desde mí mismo. Al contrario, eso que yo, sin más, veo de ustedes no es la vida de ustedes, sino precisamente una porción de la mía, de mi vida… Pero claro es que la vida de cada uno de ustedes no es lo que cada uno de ustedes es para mí, lo que es hacia mí, por tanto hacia fuera de cada uno de ustedes —sino que es lo que cada uno de ustedes vive por sí, desde sí y hacia sí… La realidad de la vida consiste, pues, no en lo que es para quien desde fuera la ve, sino en lo que es para quien desde dentro de ella lo es, para el que la va viviendo mientras y en tanto la vive” (En torno a Galileo, 1933). De lo anterior se desprende que, si uno no se esfuerza por conocerse a sí mismo, pues andará por la vida tirando flechas, como Apolo…, pero sin saber en dónde está parado.

 

 

¿Soy as? ¡Nel! Ensayos

Así como don Miguel de Cervantes Saavedra inventó la novela moderna, Michel de Montaigne (1533-1592) hizo otro tanto con el ensayo moderno cuando, en 1580, publicó su obra epónima. El libro se integra por poco más de un centenar de textos reflexivos, en los cuales aborda asuntos como la tristeza, la ociosidad, los pronósticos, el miedo, la costumbre, el canibalismo, los olores, la edad, la libertad de conciencia, los cojos, el arrepentimiento… El abanico es amplísimo y, con todo, en su nota prologal al lector, Montaigne define qué se propone y cuál es el tema de sus Ensayos: “Este es un libro de buena fe, lector… Con él no persigo ningún fin trascendental, sino sólo privado y familiar; tampoco me propongo con mi obra prestarte ningún servicio, ni con ella trabajo para mi gloria… Lo consagro a la comodidad particular de mis parientes y amigos para que, cuando yo muera…, puedan encontrar en él algunos rasgos de mi condición y humor… Así, lector, sabe que yo mismo soy el contenido de mi libro, lo cual no es razón para que emplees tu vagar en un asunto tan frívolo y tan baladí…” ¡¿Cómo?! ¿Entonces Montaigne fue un señor afecto a comer carne humana o era un miedoso, cojo, alguien tiste, ocioso…? No es el caso: el pensador se esforzó en conocerse a sí mismo como un geodesta ubica un punto en la superficie de la Tierra, por triangulación. “Hace ya algunos años que no tengo sino a mí mismo por objeto de mis reflexiones, que no examino ni estudio otra cosa que mi propia persona, y si a veces mis pensamientos y miras se dirigen a otro lugar lo hago sólo por aplicarlo sobre mí o en mí, para provecho personal. Y no creo seguir un camino errado, si como se hace con las otras ciencias, sin ponderación menos útiles, comunico a los demás mis experiencias, aunque me encuentre muy poco satisfecho de mis progresos. Ninguna descripción comparable en dificultad ni en utilidad a la descripción de sí mismo…”

 

 


Ok, oyó Yoko

John Lennon (1940-1980) comenzó a escribir Look at me en el año axial de 1968, durante el viaje que realizaba el cuarteto de Liverpool a la India. La rola pudo haber formado parte del único self-titled double album de la banda, The Beatles, mejor conocido como el Álbum Blanco, pero no ocurrió así. No sería sino hasta 1970 que Lennon recuperó sus notas para incorporar la canción en su primer disco como solista, John Lennon/Plastic Ono Band. En la primera estrofa, el exbeatle se pregunta y se responde: Who am I? Nobody knows but me. En la última estrofa, supongo que ya con Yoko a un lado, cambia de parecer: Who am I? Nobody knows but me / Nobody knows but me / Who am I? / Nobody else can see / Just you and me / Who are we/ Oh My Love Oh My Love.

 

 

A la caja raja, cala

En efecto, los humanos experimentamos el mundo de dentro para fuera, y “el mundo” incluye a toda la demás gente. Desde esta perspectiva, la nuestra, la tuya, la de todos nosotros, los otros son una interminable cáfila de cajas negras —“método de análisis de un sistema en el que únicamente se considera la relación entre las entradas o excitaciones y las salidas o respuestas, prescindiendo de su estructura interna”, RAE dixit—. Más allá de mi epidermis, a ti, a ella y a todos los demás sólo puedo intentar conocerlos desde mí mismo, es decir, desde fuera de todos ustedes. ¿Y qué pasa con uno mismo? Yuval Noah Harari nos recuerda lo que asegura la chamba a hordas de psicólogos, terapeutas, coaches, psiquiatras, curas y cantineros: “Las personas saben muy poco acerca de sí mismas… Si practicas, por ejemplo, meditación…, al menos cuando yo comencé a practicarla, me impactó darme cuenta de lo poco que sabía, casi nada, acerca de mi propia mente.” Desde la Antigüedad se sabe que podemos pasar por la vida sin enterarnos ni siquiera de qué estamos pensando; no es casual por eso que el estoicismo tenga como una de sus principales directrices el afanarse en tener conciencia de lo que está ocurriendo en nuestra propia mente. Y si bien cada uno de nosotros vive condenado a interesarse más o menos por sí mismo, “por la sencilla razón de que cada cual es sujeto, protagonista de su propia e intransferible vida”, explica Ortega y Gasset, ello no implica por fuerza que lo hagamos conscientemente. En gran medida, también somos, para nosotros mismos, una inexpugnable caja negra.

 

 

IA, caí

Sin embargo, desde el punto de vista de los algoritmos, del bigdata, somos un enorme algoritmo bioquímico susceptible de ser descifrado, de ser jaqueado. Aunque esta situación sea quizá lo más importante que hay que saber sobre la vida en el siglo XXI, que ahora somos jaqueables, la mayoría de la gente se niega a aceptarlo, sencillamente porque hacerlo contradeciría frontalmente nuestra concepción del mundo. La cosmovisión occidental, con la cual usted y yo fuimos programados, establece que nadie más allá del individuo, de cada individuo, puede realmente conocer a una persona. Who am I? Nobody knows but me. Creemos que nadie, además de uno mismo, puede comprendernos a cabalidad. Deseos, elecciones, mi libre albedrío, sueños, mi espiritualidad conforma una realidad que, nos aferramos a creer, es algo que una computadora jamás podrá comprender… Pero, según el historiador israelí, esta creencia es errónea, porque “desde el punto de vista de los algoritmos, todo esto, el amor, el odio, la voluntad, no es más que un proceso bioquímico… Si una computadora puede diagnosticar cáncer, puede diagnosticar el amor…” Así que el antañón conócete a ti mismo hoy cobra urgencia. “A lo largo de la historia, este consejo siempre ha sido un muy buen consejo… Sócrates, Buda, Freud diciéndole a la gente ‘conócete a ti mismo’, pero si tú respondías ‘no, no voy a molestarme en hacerlo’, no tenías competencia, seguías siendo una caja negra para el resto de la humanidad… Pero más vale que te des cuenta de que ahora sí tienes competencia real… Si tú no llegas a conocerte mejor, hay alguien más, allá afuera, que ahora mismo está intentando jaquearte, y no sólo uno… Amazon está intentando jaquearte, Google está intentando jaquearte, Coca-cola está intentando jaquearte, y los rusos y los chinos y el gobierno de Estados Unidos…” Por descontado, saber es poder: “si llegas a conocer a una persona lo suficientemente bien, si llegas a conocerla mejor de lo que esa persona se conoce a sí misma, podrás controlarla”. No es paranoia, es un hecho: la legión de artefactos inteligentes por la cual estamos copados actualmente está diseñada para conocerte mejor que lo que jamás soñó Yoko Ono conocer a John Lennon. Nosce te ipsum.


 

jueves, 24 de julio de 2025

Homo sui interficens

 

 

¿Cuál es nuestra naturaleza? ¿Cuál es nuestra esencia? Antañón cuestionamiento, tan viejo quizá como la misma especie… A ver, ¿existe alguna característica que nos haga sustancialmente distintos del resto de los animales? Podríamos intentar categorizar todas las respuestas con las que, a lo largo de la historia, hemos pretendido contestar dicha pregunta…

 

Primero están las respuestas teológicas o creacionistas. Según ellas, lo que nos distingue es un origen divino especial. En algunos casos, ni siquiera fuimos el primer intento. Por ejemplo, según el Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas quichés, los dioses realizaron dos modelitos fallidos de humanos antes de conseguir crearnos: primero hicieron a los hombres de barro, pero eran débiles e incapaces de hablar; luego lo intentaron con madera, pero, aunque resultaron más sólidos, carecían de entendimiento y gratitud hacia los dioses, y finalmente con una masa de maíz blanco nos hicieron a nosotros, los humanos verdaderos, sabios y agradecidos. Para la mitología mesopotámica, según el poema babilónico Enuma Elish, los dioses crearon a los humanos no por amor, sino para aliviarse del trabajo. Tras una guerra divina, Marduk, el dios vencedor, decidió formar al hombre con arcilla mojada con la sangre del dios Kingu, quien había comandado las fuerzas del caos. La noción del hombre modelado por una divinidad aparece en muchos otros corpus mitológicos; en la griega, por ejemplo, Prometeo modela al hombre con barro y luego Atenea le insufla alma. En otras tradiciones, como la hinduista o la nórdica, el ser humano procede de una parte o de la esencia de los dioses, ya sea como emanación, descendencia o fragmento. Para algunas religiones, no sólo fuimos creados por decisión de Dios, sino que también a su semejanza. La noción de que la humanidad fue creada “a imagen de Dios” con un estatus único en la creación es distintiva del judeocristianismo. Según estas religiones, somos una especie de réplicas terrenales de Dios y también los señores de la creación:

Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. (Génesis, 1:26-27)

Según esto, tenemos una semejanza ontológica y funcional con Dios: nuestra racionalidad, moralidad, creatividad, en fin, serían un reflejo de atributos divinos y, además, los humanos tenemos que asumirnos como representantes de Dios en la Tierra.


 

En segundo lugar, mencionemos las respuestas racionalistas. Se trata de una noción genérica que proviene del pensamiento griego clásico, y luego fue reforzada por el humanismo renacentista: la razón, el logos, se pondera como la cualidad distintiva del ser humano. Esta respuesta constituye uno de los pilares de la cosmovisión occidental y parte desde Sócrates, esto es, data al menos del siglo V antes de nuestra era. En el Fedón (80a), Platón hace argumentar a su maestro que el ser humano es su alma (psyché), y que esta es inmortal por su afinidad con lo divino a través de la razón. El enfoque socrático-platónico sentó las bases del racionalismo occidental, reforzado luego por Aristóteles —quien definió al humano como el animal racional—, recuperado dos milenios después por el humanismo renacentista —por ejemplo, Pico della Mirandola, Erasmo de Róterdam, Montaigne, Francisco de Vitoria—. La idea de que el hombre se distingue por su capacidad de raciocinio sigue siendo un pilar de la filosofía hasta hoy. En el siglo XVIII, Linneo sistematizó el término consolidando la visión del humano como especie única por su intelecto: homo sapiens.

 

Lo cual nos lleva al tercer grupo: las respuestas biológicas o evolucionistas. El término homo sapiens —“hombre sabio”, “hombre que piensa”—, fue acuñado por el naturalista y taxónomo sueco Carl Linnaeus en su obra fundamental Systema Naturae. Homo sapiens condensa la noción de que el ser humano es un organismo específico producto de un largo y complejo proceso evolutivo. Para estas teorías, la razón sería una diferencia de grado, no de clase. Charles Darwin mostró que el ser humano no es una criatura caída desde el cielo ni una excepción en la Naturaleza, sino el resultado de millones de años de evolución biológica, con facultades que emergen de procesos compartidos con otros animales. En su libro El origen del hombre, Darwin escribe:

El hombre, con todas sus nobles cualidades —con la simpatía que siente por los más débiles, con la benevolencia que extiende no sólo a los otros hombres, sino a las criaturas más humildes, con su intelecto divino que ha penetrado los movimientos y la constitución del sistema solar— con todo eso, el hombre aún lleva en su cuerpo el sello indeleble de su humilde origen.

 

Y hablando de humildad… En una cuarta categoría coloquemos la respuesta psicoanalítica. El hombre como resultado de fuerzas intra-psíquicas, de procesos psicodinámicos. Sigmund Freud (1856-1939) sostiene que el hombre es un animal pulsional (Triebwesen), estructurado por el inconsciente, con la sexualidad posicionada como el núcleo del deseo y la motivación principal de la conducta, y atravesado por un conflicto constante entre sus deseos (inconscientes), las exigencias de la realidad y las exigencias de la cultura. El humano no es dueño de sí mismo ni transparente a su conciencia. Y cada uno de nosotros tiene una vida anímica que, en esencia, es un combate entre Eros y la pulsión de muerte. 


En una quinta categoría coloquemos las respuestas existencialistas o fenomenológicas. El humano no tiene una esencia dada de antemano, sino que se construye en vida, a través de sus elecciones, acciones y experiencias. Pensadores como Martin Heidegger (1889-1976) y Jean-Paul Sartre (1905-1980) defendieron esta tesis. Sartre afirma en El existencialismo es un humanismo: El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace”.


Agregaría, por supuesto, un sexto grupo: las respuestas sociológico-culturales, según las cuales lo que define al ser humano no es la biología ni su psique individual, sino su capacidad genérica para crear cultura, símbolos, lenguaje, instituciones, ritos, e inscribir su vida en ese marco. En lugar de ver al humano como un individuo aislado o una esencia fija, lo entiende como un ser simbólico y social, moldeado por sus contextos históricos y culturales. Ernst Cassirer considera al ser humano como animal simbólico y afirma que “el hombre no vive en un universo meramente físico, sino en un universo simbólico.” El galo Pierre Bourdieu introdujo las nociones de habitus y campo para explicar cómo las estructuras sociales modelan al individuo desde dentro, y Hans-Georg Gadamer y Paul Ricoeur, en la línea hermenéutica, ven al ser humano como un ser interpretativo, constituido en el lenguaje y en la historia. Desde un ángulo afín, aunque con otra terminología, los pragmatistas como Richard Rorty o John Dewey y los constructivistas como Nelson Goodman entienden lo humano no como una esencia, sino como una invención sostenida por prácticas narrativas, descripciones revisables y metáforas vivas. La especie humana sería, entonces, una construcción contingente y relacional. Y desde una variante más lógico-formal, autores como Noam Chomsky o Douglas Hofstadter han propuesto que lo distintivo del ser humano radica en su capacidad de generar estructuras simbólicas complejas, como los lenguajes naturales, la gramática universal o los sistemas recursivos de tipo lógico o matemático. En fin, Daniel Dennett teoriza que la evolución cultural ya supera a la biológica.

 

Hasta aquí, ¿cuál es el rasgo que caracteriza al ser humano? ¿Qué es el homo sapiens? Según las teologías, un reflejo de Dios; según los racionalistas, un alma pensante; para los evolucionistas, un mamífero que aprendió a calcular; según Freud, una criatura del deseo y el conflicto; para los existencialistas, una nada que elige su ser; y según la sociología, un animal que teje símbolos, instituciones y lenguaje para no perderse en el caos. Cada época ha tallado su propia efigie del humano: dios menor, razón encarnada, bestia refinada, sujeto escindido, proyecto abierto o ser culturalmente producido.

 

Conozco también al menos otras dos respuestas que se cuecen en otra olla: la de Hegel y la del novelista ruso Vasili Grossman.

 

Para el filósofo alemán, la gran diferencia entre el hombre y el resto de los seres vivos estriba en que el ser humano puede tener valores superiores a la vida misma: ningún conejo se mata por amor, no se sabe de cacomixtle alguno que haya entregado su vida por un ideal, en cambio, abundan héroes que mueren por su patria, sabemos del despechado que se suicida por amor, del guarura que interpone su propio pecho entre la bala asesina y su custodiado…, en fin. Bien podríamos etiquetar la respuesta de Hegel como idealistas o ético-axiológica.

 

Por su parte, para Grossman, el hombre es el eslabón más desarrollado de la evolución de la vida hacia la libertad. Por supuesto, ambos planteamientos son cercanos a la postura de Carlos Marx, para quien el ser genérico del hombre está precisamente en el trabajo transformador, siempre y cuando se realice de manera consciente y libre.

 

Y quedan todavía otras respuestas a la pregunta por la esencia del ser humano:

 

Un noveno paquete podría incluir las posturas tecnológicas o posthumanistas que plantean que lo humano no es un destino cerrado, sino una plataforma biotécnica susceptible de expansión, fusión o superación. Autores como Donna Haraway (con su Manifiesto Cyborg) o Yuval Noah Harari sostienen que la especie humana está en proceso de convertirse en otra cosa, mediante inteligencia artificial, neurotecnología o ingeniería genética. El rasgo humano distintivo, en esta línea, no es una esencia fija, sino la capacidad de autoproyectarse, rediseñarse y exceder sus propios límites. El ser humano es un animal en transición. Los títulos de los dos primeros libros de Yuval condensan esta tesis: el primero fue Sapiens, de animales a dioses, y el segundo Homo deus.

 

Una décima categoría corresponde a las respuestas ecológico-relacionales o ecofilosóficas. Aquí lo distintivo no es lo que nos separa de la naturaleza, sino cómo nos relacionamos con ella. Pensadores como Gregory Bateson o Timothy Morton proponen que el ser humano debe entenderse como un nodo en una red de interdependencia ecológica, no como un sujeto autónomo. En vez de buscar la esencia en la excepcionalidad, estas posturas enfatizan la relacionalidad, la simbiosis y la coevolución. El ser humano, entonces, no es el “rey de la creación”, sino un ser entrelazado con todos los demás. Claro, esta postura se aproxima al pensamiento holístico oriental.

 

Y, para terminar, propongo una última respuesta —quizá no muy agradable, pero cada vez más difícil de ignorar—: lo que distingue al ser humano es que es la única especie con capacidad para extinguirse a sí misma de forma deliberada. Ningún otro ser viviente ha desarrollado un poder de destrucción tan vasto ni ha demostrado tal combinación de inteligencia técnica y ceguera moral. A diferencia de los desastres naturales o las extinciones masivas del pasado, la amenaza actual no proviene del cosmos ni del azar, sino de nuestra propia mano. Somos la única especie que ha construido los medios para su autoaniquilación: armas nucleares, colapsos ecológicos, sabotajes tecnológicos, desinformación global. Desde que la humanidad desarrolló armas termonucleares y las capacidades logísticas para desplegarlas a escala global, es decir, desde los años 50 del siglo XX, los bípedos parlantes tenemos la capacidad práctica de autodestruirnos. No se trata ya de un mito, castigo divino o ficción apocalíptica, sino de un hecho técnico e histórico. Se estima que con unas 200 bombas nucleares bien repartidas bastarían para desencadenar un invierno nuclear con consecuencias catastróficas para toda la humanidad. 200. Bien, a nivel global, la estimación más reciente (enero de 2025) cifra la cantidad total de ojivas nucleares en 12,241. El homo sapiens dispone hoy de un arsenal con el cual es capaz de autodestruirse más de 60 veces. Pertenecemos a la única especie hostil y suicida con superávit letal.


Tal vez haya que añadir un nuevo epíteto a nuestro nombre científico: homo sapiens demens, el sabio insensato. O quizá, para ser más claros, homo sui interficens, “el hombre que se mata a sí mismo”.

viernes, 13 de noviembre de 2015

La disparidad de la fortuna

Los animales que ocupan la cúspide de la cadena alimenticia de este planeta somos nosotros. Luego de unos 200 mil años de haber surgido de complejos y azarosos procesos evolutivos, desde hace alrededor de 10 mil años, somos la única especie humana que perdura; todas las demás se extinguieron. En términos de selección natural de las especies, el éxito de los homo sapiens resulta aplastante: con una población total de casi 7.4 mil millones y un peso promedio de 63 kilogramos por persona, hoy la Tierra aloja unos 500 millones de toneladas de materia humana viva. 

No sabemos prácticamente nada acerca de la mayor parte nuestra existencia: después de sobrevivir en África a lo largo de unos 130 mil años, el Homo sapiens comenzó a invadir el orbe; después tuvieron que pasar 60 mil años para que desarrolláramos las habilidades e instrumentos necesarios para guardar la memoria colectiva que llamamos Historia. De unos 12 mil años para acá, dos de las tendencias que se han afianzado en el comportamiento de los humanos son un aumento exponencial en la capacidad de producir satisfactores y la concentración de la riqueza. Un estudio de Oxfam revela que el año pasado 85 humanos eran dueños de la misma riqueza que en su conjunto poseía la mitad más pobre de la Humanidad, (más de 3 mil 500 millones de personas). Para enero de 2015, ya eran menos: los 80 más ricos del mundo acaparan la misma riqueza con la que sobrevive el 50% de la población mundial menos acaudalada. En otras palabras, cada uno de los 80 hombres más ricos del mundo acumula en promedio la riqueza que juntos podrían acumular poco más de 45 millones de los más menesterosos. Y sin embargo, el economista John Kenneth Galbraith considera que antes los favorecidos era menos y hoy son más: “en el pasado, los afortunados económica y socialmente eran… una pequeña minoría, un pequeño grupo que dominaba y gobernaba. Hoy representan una mayoría…” (La cultura de la satisfacción, 1992). La contradicción con lo antes dicho no es flagrante; es sólo aparente.

Como nunca antes en la historia, la producción de satisfactores permite atender las necesidades de una proporción cada vez mayor de la población, por lo demás, un contingente en crecimiento desorbitado. Ello no obedece a una creciente distribución equitativa, sino sencillamente a que cada vez producimos más y quedan más excedentes. Una condición inédita: “Por primera vez en la historia humana, la oferta empezó a superar la demanda” , explica Yuval Noah Harari (De animales a dioses). “La economía humana ha conseguido crecer en forma exponencial a lo largo de la era moderna, únicamente gracias al hecho de que los científicos dan con otro descubrimiento o artilugio cada pocos años…” Así las cosas, hoy la pobreza no tiene otra explicación que la desigualdad. A pesar de que conforme pasa el tiempo aumenta la participación relativa de las personas que tienen acceso a los satisfactores básicos, cada vez un grupo más y más reducido de individuos poseen más y más riqueza, y las diferencias se abisman. “Nuestro mundo moderno reciente se enorgullece de reconocer, por primera vez en la historia, la igualdad básica de todos los humanos, pero puede estar a punto de crear la más desigual de todas las sociedades”.

Actualmente, en algunos países, a la salvaje concentración de la riqueza hay que agregar un crecimiento insuficiente de la economía, ecuación que necesariamente arroja un incremento absoluto de los pobres. Aquí enfrentamos dicha situación: México “está inmerso en un ciclo vicioso de desigualdad, falta de crecimiento económico y pobreza” (Gerardo Esquivel Hernández, Desigualdad extrema en México. Oxfam, 2015). Mexicano es uno de los seres humanos más ricos del planeta —incluso ha sido el más rico de todos—, Carlos Slim, quien comparte ciudadanía con 53.3 millones de personas que viven en la pobreza, de los cuales, más de 23 millones no pueden adquirir una canasta básica —algo así como toda la gente que vive en la Zona Metropolitana del Valle de México—. Y, claro, todo sigue moviéndose en la misma dirección: “mientras el PIB per cápita crece a menos del 1% anual, la fortuna de los 16 mexicanos más ricos se multiplica por cinco”. También en México se aprecian los fenómenos contradictorios: de mediados de los años 90 al 2010, “ha crecido el ingreso per cápita, pero se han estancado las tasas de pobreza”. ¿Por qué? “Porque el crecimiento se concentra en las esferas más altas de la distribución”. Así, de acuerdo al Global Wealth Report 2014, el 10% más rico de México concentra poco más de dos terceras partes (64.4%) de toda la riqueza del país.  De acuerdo a los resultados más recientes de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (INEGI), en el lapso que va del segundo trimestre del año pasado al mismo período de 2015, la cantidad de trabajadores que gana hasta un salario mínimo (no más de 2 mil 110 pesos mensuales) aumentó en 399 mil 102: eran 6 millones 488 mil, y ahora ascienden a 6 millones 887 mil personas. En la punta de la pirámide, la riqueza día día se concentra en menos personas: “El número de multimillonarios en México, no ha crecido mucho en los últimos años. Al día de hoy son sólo 16. Lo que sí ha aumentado es… la magnitud de sus riquezas. En 1996 equivalían a 25,600 millones de dólares; hoy esa cifra es de 142, 900 millones de dólares”.
Vamos todos trepados en la disparidad de la fortuna.

sábado, 1 de agosto de 2015

Homo caducus

 

Extinction is the rule.

Survival is the exception.

Carl Sagan


 

 

Hace medio millón de años aparecieron los primeros ejemplares de una especie humana portentosa, los neandertales. A lo largo de más de 400 mil años no sólo lograron sobrevivir, se extendieron por la mayor parte de Europa y el Oriente Próximo, e incluso desarrollaron un complejo de soluciones tecnológicas que, quizá por puro prejuicio, aún no nos animamos a denominar cultura, el Musteriense (125,000 –30,000 A.P.). Como otros homínidos incluso más arcaicos, los neandertales no sólo sabían fabricar puntas de piedra y organizarse entre sí para cazar grandes presas, además, usaban el fuego cotidianamente, algunos enterraban a sus muertos y fueron capaces de realizar dibujos que representaban ciertas abstracciones mentales —en junio de 2012, se localizó en el sitio arqueológico de Gorham's Cave, en el peñón de Gibraltar, una serie de líneas entrecruzadas labradas intencionalmente en piedra—.



Hoy, de aquellos humanos no queda vivo ni uno solo: como los leones y las hienas cavernarios (Panthera leo spelaea y Crocuta crocuta spelaea), el rinoceronte lanudo de Merck (Dihoplus kirchbergensis), el mamut de la tundra (Mammuthus primigenius), los hipopótamos enanos de Creta (Hippopotamus creutzburgi) o las ratas gigantes de las Canarias (Canariomys), por citar sólo algunos de los animales que convivieron con ellos, se extinguieron.


 

La desaparición de Homo neanderthalensis no ocurrió hace mucho… Todavía hace 50 mil años, el occidente de Euroasia era suyo, un territorio apenas pringado por alguna que otra tropilla de tímidos sapiens. Los humanos de esa otra especie eran inmigrantes; muy poco tiempo antes habían llegado provenientes de África, y eran notoriamente menos fuertes y tenían menos cerebro: la capacidad craneal del neandertal era de 1,600 centímetros cúbicos, 200 más que la nuestra. Y sin embargo, únicamente tuvieron que transcurrir unos diez mil años para que todos ellos desaparecieran, y los sapiens comenzaran a apropiarse de todo el planeta.

 

La revista Nature publicó en 2014 los resultados a los que llegó un grupo extenso de investigadores de varias partes del mundo, en su intento de datar con mayor certeza la extinción de los neandertales (Tom Higham et al., The timing and spatiotemporal patterning of Neanderthal disappearance). Usando la técnica de espectrometría de masas aceleradas desarrollada en el laboratorio de investigaciones arqueológicas de la Universidad de Oxford, elaboraron cronologías robustas para 40 sitios arqueológicos musterienses clave, dispersos por toda Europa, desde Rusia hasta España, a partir de lo cual lograron determinar con un 95.4% de probabilidad que todas esas comunidades estaban ya muertas entre 41,030 y 39,260 años antes del presente. Lo anterior no quiere decir que hace 40 mil años todos los miembros de aquella especie humana que vivió en Euroasia durante más de 400 mil años hayan muerto; significa más bien que a partir de entonces fueron perdiendo la hegemonía frente a los sapiens, para dejar de existir hace unos 30 mil años. Del mismo estudio se decanta que nuestra coexistencia con los neandertales se prolongó durante un período que va de 2,600 a 5,400 años. ¿Poco tiempo? Bueno, toda la era cristiana tiene 2021 años, y la revolución agrícola llegó al antiguo Egipto en el 5,500 antes de Cristo. Desde la perspectiva que ofrecen comparaciones como las anteriores, resulta obligado cuestionarse por las implicaciones que pudo tener la convivencia entre ambas especies. “Un mosaico de poblaciones en Europa durante la transición al Paleolítico Superior Medio sugiere que hubo tiempo suficiente para la transmisión de comportamientos culturales y simbólicos, así como los posibles intercambios genéticos, entre ambos grupos”.

 

Lo que les sucedió a nuestros hermanos neandertales no le pasó solamente a ellos. El sapiens apareció hace 200 mil años, y durante la mitad de su existencia compartió la Tierra con al menos otras seis especies distintas de humanos. En su libro De animales a dioses, Yuval Noah Harari resume: “Tengan de ello la culpa los sapiens o no, tan pronto como llegaban a una nueva localidad, la población nativa se extinguía. Los últimos restos de Homo solensis datan de hace unos 50 mil años. Homo denisova desapareció poco después. Los neandertales hicieron lo propio hace unos 30 mil años. Los últimos humanos enanos desaparecieron de la isla de Flores hace aproximadamente 12 mil años. Dejaron algunos huesos, utensilios líticos, unos pocos genes en nuestro ADN y un montón de preguntas sin respuesta. También nos dejaron a nosotros, Homo sapiens, la última especie humana”.

 

El juego de selección natural de las especies se gana reproduciéndose con el objetivo de perpetuarse. En cuanto a la reproducción, el éxito de los sapiens es incuestionable: para demostrarlo, andamos por el mundo casi 8 mil millones —en octubre de 2021, con todo y pandemia, alcanzamos 7.9 mil millones— de ejemplares. Pero en lo que se refiere a la perduración, los 200 mil años que llevamos por estos lares son aún muy poca cosa, sobre todo si los comparamos con la amplísima existencia que lograron otros homínidos. El Homo erectus es un modelito de ser humano que se mantuvo vigente a lo largo de casi dos millones de años — vivió entre 1.9 millones y 70 mil años antes del presente—. “Es improbable que este récord sea batido incluso por nuestra propia especie. Es dudoso que Homo sapiens esté aquí todavía dentro de mil años, de manera que dos millones de años quedan realmente fuera de nuestras posibilidades”, escribe Yuval Noah Harari. Al terminar de leer su fascinante libro uno entiende que su parecer no tiene nada de pesimista; de hecho, apunta exactamente en el sentido opuesto…