Lo que no sé, tampoco creo saberlo.
Sócrates (Platón, Apología).
“El hombre es la medida de todas las cosas” es hoy un principio filosófico políticamente incorrecto. Bueno, estrictamente no el principio, sino su formulación canónica. Hoy día convendría enunciarlo así: “El ser humano es la medida de todas las cosas”. El planteamiento original de la tesis se atribuye a un griego del siglo V a. C., Protágoras, natural de una polis localizada en la costa de Tracia, al norte del mar Egeo, Abdera. Una anécdota tardía lo presenta como cargador antes de ser educado por el atomista Demócrito, quien también era originario de Abdera. Sin embargo, es improbable: Demócrito era unos treinta años más joven y criticó la tesis protagórica del hombre como medida universal. La historia parece más bien una invención posterior, quizá ligada a poetas cómicos, destinada a subrayar el origen humilde de Protágoras. Se estima que el hombre vivió entre el 490 y el 420 a. C., así que debió de haber sido contemporáneo, entre otros, de Pericles, Sócrates, Eurípides, Gorgias, Aristófanes… Según algunas fuentes, Pericles le encargó la elaboración de las leyes para la colonia panhelénica de Turios, fundada en el sur de Italia hacia 444 a. C. Con mayor certeza, sabemos que fue maestro itinerante. Platón sostuvo que Protágoras era más importante que otros sofistas, como Hippias y Prodicus. Otro relato, transmitido por Filóstrato, afirma que la familia de Protágoras recibió al emperador aqueménida Jerjes durante las guerras médicas y que el soberano le concedió al joven una educación con magos persas. Aunque probablemente sea falso, el relato refleja la percepción antigua de contactos entre Protágoras y las culturas de las colonias jónicas y del Próximo Oriente.
“El hombre es la medida de todas las cosas” es una versión abreviada del fragmento original, que añade: “… de las que son, en cuanto que son, y de las que no son, en cuanto que no son”. El fragmento procede de su obra La verdad (Alḗtheia), también conocida como Discursos demoledores. El fragmento, no el libro entero, es uno de los pocos textos auténticos que conservamos de Protágoras. Su formulación está suficientemente atestiguada en fuentes antiguas. Sin embargo, justo por la falta de contexto, contexto textual precisamente, no es posible establecer con toda contundencia su significado exacto. Suele considerarse una expresión relativista, pero hay desacuerdos sobre si se refiere a la percepción individual, al conocimiento, a los juicios humanos o a una combinación dos o más de estas opciones.
La dificultad de interpretar la tesis de Protágoras consiste en determinar cómo debemos entender exactamente las palabras hombre y medida. ¿El sofista afirma que cada individuo, cada uno de nosotros determina lo que es verdadero? ¿O sostiene que la humanidad constituye el límite de todo conocimiento posible? ¿O que la verdad depende de los criterios sociales con los que juzgamos la realidad? Cada interpretación conduce a una concepción distinta de la verdad, del conocimiento y de la relación entre el sujeto y el mundo. “El hombre es la medida de todas las cosas: de las que son, en cuanto que son, y de las que no son, en cuanto que no son.” La palabra griega ánthrōpos puede referirse al ser humano en general o al individuo humano, y métron, por su parte, significa medida, criterio o patrón. La ambigüedad entre estas acepciones está en el centro del problema.
Según una primera lectura, cada persona se erige en criterio inapelable de la experiencia. Las cosas son como se le aparecen a cada sujeto: si uno siente frío y otro individuo calor al salir juntos a la calle, ambas percepciones son verdaderas. La verdad de una percepción no puede establecerse independientemente de quien la experimenta. La realidad no es creada por el individuo, pero sus cualidades, tal como se presentan a la conciencia, dependen de la relación que cada persona establece con ella. Platón desarrolla esta interpretación en el Teeteto, y constituye la más conocida del relativismo protagórico.
Una segunda lectura: el hombre no se refiere al individuo particular, sino a la humanidad en su conjunto, de modo que la tesis afirmaría que la condición humana constituye el único horizonte desde el cual podemos experimentar y conocer la realidad. Nuestras capacidades perceptivas, nuestra constitución biológica y nuestras facultades cognitivas delimitan aquello que se nos presenta como cognoscible. Lo que para nosotros resulta invisible, inaudible o imperceptible podría ser accesible a otros seres dotados de capacidades diferentes. Protágoras sostendría que todo conocimiento se encuentra condicionado por la perspectiva humana compartida. La humanidad sería la medida de las cosas en tanto que no podemos conocerlas desde un punto de vista exterior a nuestra propia condición. Protágoras sería un primer defensor de la tesis central del constructivismo social.
Una tercera interpretación desplaza el asunto de la percepción hacia el conocimiento y el juicio de realidad. El hombre sería la medida no solamente de aquello que experimenta, sino también de lo que considera verdadero, falso, bueno, malo, justo o injusto, e incluso real o no real. La tesis adquiriría así un alcance epistemológico y valorativo. Dos individuos pueden sostener juicios contradictorios sobre una misma situación sin que exista, desde una perspectiva relativista, un criterio absoluto que permita declarar verdadero uno y falso el otro. Esta perspectiva no implica necesariamente que todas las opiniones sean convenientes.
Por último, a partir de una interpretación integradora, la tesis del hombre-medida articula la percepción, el conocimiento, el juicio de realidad y la experiencia social en una concepción general de la relación entre el ser humano y la realidad concreta. Las cosas se presentan a los sujetos mediante la experiencia sensible; son organizadas e interpretadas a través de sus facultades cognitivas; adquieren significado y valor mediante sus juicios, y se confrontan con las perspectivas de otros individuos en la vida social. La realidad no se reduce necesariamente a las representaciones individuales, pero el acceso a esa realidad se encuentra mediado por las condiciones de quien la conoce.
Por lo demás, también cabe problematizar qué quiso decir Protágoras con “todas las cosas”. Hasta aquí, hemos entendido la frase como “la realidad”. ¿La realidad completa, total, universal? Es decir, ¿también los tramos de realidad, que seguramente los habrá, que son absolutamente desconocidos para el género humano? ¿La realidad absoluta o bien solamente la realidad al alcance de los seres humanos, descontando la que antecedió a nuestra especie y la que nos trascenderá, la que ocurre en el espacio más allá de toda capacidad perceptiva nuestra?
Quizá la cuestión no consista en si el ser humano es o no la medida de todas las cosas, sino en reconocer los límites de esa medida. ¿Podemos siquiera concebir una realidad que no pase por nuestra experiencia, nuestro lenguaje o nuestros criterios de conocimiento? Si Protágoras nos obliga a mirar el mundo desde nuestra condición humana, también nos enfrenta a una paradoja: la medida de todas las cosas es, al mismo tiempo, la medida de nuestra ignorancia.





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