Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

viernes, 16 de octubre de 2009

De civilitate morum puerilium II

Tryna Middleton vivía en Cleveland, tenía 14 años de edad y cursaba el último grado de secundaria... No se graduaría jamás: el viernes 21 de septiembre de 1984 la violaron y fue asesinada. El 16 de septiembre del año siguiente, el acusado, Rommel Broom, fue declarado culpable y condenado a muerte. Desde entonces, el hombre permaneció en la Penitenciaría Estatal de Ohio. El pasado 15 de septiembre, un cuarto de siglo después del crimen, personal especializado de la Southern Correctional Facility, en Lucasville, procedió a concretar la sentencia. La técnica, inyección letal. Este domingo, leí en El país un documento fechado el 17 de septiembre; es devastador: se trata de la declaración de Rommel Broom, en la que narra cómo, luego de 18 jeringazos, sobrevivió al procedimiento. El relato, extraordinariamente lúcido y bien redactado, se estructura en 31 párrafos, y concluye así: “Me veo obligado a recordar constantemente el hecho de que la semana próxima tendré que sufrir la misma tortura que el Estado de Ohio me infligió el martes 15 de septiembre de 2009, porque no ha habido ningún cambio en el protocolo de ejecución de Ohio y no ha habido ningún cambio en mis venas. El declarante no tiene nada más que decir.” Efectivamente, al ser enterado de que durante tres horas intentaron, sin conseguirlo, asesinar al sentenciado, el gobernador Ted Strickland decidió posponer la ejecución. Rommel Broom sigue vivo; hace unos días se decidió que será hasta noviembre que un tribunal se reúna para dictaminar su futuro.

¿Todo esto es civilizado? ¿Retrata a Occidente o es una desviación, un lunar de barbarie? Norbert Elias ayuda a comprender (El proceso de la civilización, 1987): “El concepto de ‘civilización’ se refiere a hechos muy diversos: tanto al grado alcanzado por la técnica, como al tipo de modales reinantes, al desarrollo del conocimiento científico, a las ideas religiosas y a las costumbres…, puede referirse a la forma de las viviendas o a la forma de la convivencia entre hombre y mujer, al tipo de las penas judiciales o a los modos de preparar los alimentos. Para ser exactos, no hay nada que no pueda hacerse de una forma ‘civilizada’ y de una forma ‘incivilizada’…”


En Estados Unidos, muchos blogs y periódicos en línea han dedicado espacio a la fallida ejecución de Rommel Broom. La catarata de comentarios de los ciberlectores no ha cesado, la gran mayoría en el mismo sentido. Una muestra: So his veins did not cooperate. Onto plan B: Either a noose around his neck or a bullet in his head. Either is acceptable; just get rid of this creep! Esto es, ahorcándolo o pegándole un tiro, como sea, simplemente hay que deshacerse de esa basura.

Quizás tal sea la gran contrariedad civilizatoria: cómo diablos deshacernos de la basura, de lo que somos o es parte de nosotros pero que nos disgusta … Regreso a Elias: “… si se trata de comprobar cuál es, en realidad, la función general que cumple el concepto de ‘civilización’..., llegamos a una conclusión muy simple: este concepto expresa la autoconciencia de Occidente… Con el término de ‘civilización’ la sociedad occidental trata de caracterizar aquello que expresa su peculiaridad y de lo que se siente orgullosa…” Autoconciencia y orgullo: autoestima.

Conciencia de sí: tanto como el aparato legal y judicial que lo condenó a muerte y no ha podido ejecutarlo, Rommel Broom, violador y homicida, forma parte de la civilización occidental del siglo XXI. Ello nos puede provocar muchas cosas, pero no orgullo. Entonces, ¿cómo deshacerse de esa basura en forma civilizada? Hace casi quinientos años, Erasmo de Rotterdam ofrecía respuestas al mismo cuestionamiento.

La Real Academia de la Lengua Española establece que el vocablo basura tiene seis acepciones: suciedad, desechos o desperdicios, lugar de residuos, estiércol, “cosa repugnante o despreciable”, y adjetivo para calificar algo como de baja calidad. La basura que más le preocupaba a Erasmo en su De civilitate morum puerilium (1530) era toda aquella que la Naturaleza nos depara irremediablemente: el excrementum, esto es, todos los residuos metabólicos que produce el organismo. Un solo ejemplo: “Recoger en pañizuelos el excremento de las narices es decente, y eso, volviendo de lado por un momento el cuerpo…” Cuidado, la postura del humanista no debe reducirse a una sencilla oposición entre Cultura y Natura; he aquí una clara muestra: “Los hay que aconsejan que los niños, comprimiendo las nalgas, retengan el flato del vientre; pero por cierto que no es civilizado, por afanarte en parecer urbano, acarrearte enfermedad”. La alegoría escatológica queda, pues, a tiro…, pero me contengo.

Termino recordando que creep, que traduje como basura, también significa, además de “persona repugnante”, una “sensación inquietante como la causada por los reptiles de los insectos sobre la propia carne, en particular un sentimiento de aprensión o de horror”. Algo así como el malestar de la barbarie.


REPORTAJE: PENA DE MUERTE PRESIDIO DE LUCASVILLE (OHIO)
18 pinchazos no mataron a Romell Broom
Declaración del hombre que sobrevivió a su propia ejecución

miércoles, 14 de octubre de 2009

Historical representation: F.R. Ankersmit

Úrge leerlo, sobre todo la Introducción y los capítulos 1 y 9.

viernes, 9 de octubre de 2009

De civilitate morum puerilium I

Es repugnante: entra al sauna, se sienta, y comienza a contar chistes soeces mientras carraspea escandalosamente y escupe. ¡Guácala! Aunque nunca falta un roto para un descocido, casi nadie se ríe de sus trilladas cuchufletas; la repulsión termina imponiéndose y el marrano suele quedarse solo. Pero ayer fue distinto: me agarró de malas y con una lectura fresca, así que tan pronto tiró el primer gargajo al suelo, lo espeté:

− Resorbere salivam inurbanum est, quemadmodum et illud quod quosdam videmus non ex necessitate, sed ex usu, ad tertium quodque verbum expuere.


Entre curiosos y espantados, sin dejar de mirarme, él y el resto de los encuerados guardaron silencio. Van a creer que estoy poseído...
¿Qué crees, mi amor?, a un señor le dio glosolalia en los baños del club... Pero no, resulta que el cerdo reaccionó en forma insospechada:

− Perdone, padrecito –dijo, se levantó y se fue.

− ¿Pos qué le dijiste, tú? –tan pronto el puerco salió, me preguntó uno que me conoce y sabe que no soy cura.

− “Sorberse la saliva es incivilizado, así como lo es aquello que a algunos, no por necesidad, sino por usanza, vemos hacer, escupir a cada tres palabras”... Erasmo de Rotterdam.

− Órale. ¿Y ése? Un cura, ¿no?

Efectivamente, Erasmo fue ordenado sacerdote en 1490. El humanista holandés fue un trotamundos, pero ya en sus últimos días trató de sentar cabeza. En 1529, rodeado por la ola reformista, se fue a vivir a la ciudad católica de Friburgo de Brisgovia, en el suroeste de lo que hoy es Alemania. Al año siguiente, allí publicó un pequeño opúsculo, De civilitate morum puerilium.

En El proceso de la civilización (FCE, 1987), el sociólogo Norbert Elias (1897-1990) concede un lugar destacadísimo en la historia de las ideas de Occidente al librito de Erasmo: “la transformación del concepto civilité en el de civilisation”. El pequeño tratado erasmiano, dedicado al joven Enrique de Borgoña, hijo de Adolfo, príncipe de Veere, aborda las formas correctas de conducta. ¿Cómo debe comportarse una persona civilizada? Algunas muestras…
Hace casi medio milenio, Desiderius Erasmus Rotterdamus (1466/69 - 1536) dedicó pluma e ingenio para prescribir, por ejemplo, que Si aliis præsentibus incidat sternutatio, civile est corpus avertere; o sea: si estornudas vuelve de lado el cuerpo para no salpicar, y ello, mucho antes de que se tuviera noticia de la existencia de los virus y de su fea maña de volar por los aires para ir a invadir nuevas víctimas.

Dudo que el renacentista imaginara el azote que la bulimia causaría siglos más tarde entre algunas adolescentes, sin embargo establecía: “vomitar no es deshonroso; pero por glotonería provocar el vómito es monstruoso”.

Erasmo pide pulcritud, pero sin exageraciones: “Pueblerino es andar con la cabeza despeinada; rija en ello el aseo, no el lustre, propio de muchachas.” Metrosexuales, abstenerse: “las mejillas tíñalas el pudor natural y biennacido, no afeite ni color postizo.”

El anterior y algunos similares son mandatos que pueden atenderse, o no, sin mayor dificultad, pero encuentro otros que de plano sólo los iniciados podrían seguir al pie de la letra; por ejemplo, intenta plantar la mirada como don Erasmo indica: “sean los ojos plácidos, pudorosos, llenos de compostura: no torvos, lo que es señal de ferocidad; no maliciosos, que lo es de desvergüenza; no errantes y volvedizos, que es signo de demencia; no bizqueantes, que es propio de suspicaces y maquinadores de trampas, ni desmesuradamente abiertos, que lo es de estúpidos, ni apiñados a cada paso con párpados y mejillas, que lo es de inestables, ni estupefactos, que lo es de pasmados..., ni demasiado penetrantes, que es seña de iracundia, tampoco insinuadores y habladores, que es seña de impudicia”.

De civilitate morum puerilium se compone de veinte capítulos. El primero juega las veces de prólogo. Después dedica diez capítulos al externum corporis decorum; la mirada, las cejas, la frente, la nariz, las mejillas, la boca, los dientes, el cabello, la postura, la desnudez y las excrecencias son motivos sobre los cuales Erasmo de Rotterdam dictamina. El siguiente apartado se aboca a la vestimenta, y los seis que continúan tienen que ver con las formas de conducirse en el templo, en la mesa y en el juego. El último se refiere a la conducta en el dormitorio. El manualito fue un exitazo editorial; en el mismo siglo XVI aparecieron traducciones en francés, el lenguaje cortesano por antonomasia, y también, claro, en italiano e inglés. Aunque hubo una versión en catalán, la primera traducción al castellano se la debemos a Agustín García Calvo, publicada en una edición bilingüe del Ministerio de Educación y Ciencia de España (2006, 2ª ed.). Pienso que la mayoría de quienes hoy compartimos la condición de occidentales seguimos valorando como apropiadas las maneras que Erasmo recopiló. Y en buena medida, descontando al asqueroso escupidor compulsivo del sauna, en ello estriba el ideal de civilización que nos agrupa. Veremos...

jueves, 1 de octubre de 2009

Literatura mata Sociología

Jorge Mario Pedro publicó Conversación en La Catedral, su sexto libro, en julio de 1969. Entonces, su juventud no impedía que el escritor fuera ya un encumbrado: tres años antes, su novela La casa verde había sido distinguida con el Premio Rómulo Gallegos. Arriesgaba, pues: ¿llamarada de petate o uno de los grandes? Seguirían una docena de títulos –Travesuras de la niña mala (2006), la más reciente–, y de toda la obra del peruano Mario Vargas Llosa (1936-2025), junto con La guerra del fin del mundo (1981), yo me quedo con Conversación en La Catedral. En aquel portento narrativo, publicado originalmente por Seix Barral en dos tomos, el peruano formuló un cuestionamiento para el cual en Latinoamérica seguimos sin encontrar respuesta:

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.. Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú? Los canillitas merodean entre los vehículos detenidos por el semáforo de Wilson voceando los diarios de la tarde y él echa a nada, espacio, hacia la colmena. Las manos en los bolsillos, cabizbajo, va escoltado por transeúntes que avanzan, también, hacia la plaza San Martín. Él era como el Perú, Zavalita, se había jodido en algún momento. Piensa: ¿en cuál? Frente al Hotel Crillón un perro viene a lamerle los pies: no vayas a estar rabioso, fuera de aquí. El Perú jodido, piensa, Carlitos jodido, todos jodidos. Piensa: no hay solución.


Puestos a tratar de entender las cosas, Conversación en La Catedral, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, El otoño del patriarca de García Márquez o Tres tristes tigres de Gabriel Cabrera Infante resultan aliados bastante más efectivos que toneladas de investigaciones y tesis doctorales en historia de Hispanoamérica, ciencias políticas y la alucinación de grupo que algunos insisten en seguir llamando sociología latinoamericana. Precisamente una licenciatura en sociología fue lo que estudió Juan Villoro, en el campus Iztapalapa de la UAM. Digo, nada que deba ser juzgado como imperdonable, en ingenuidades similares han caído otras personas.  No traigo a cuento el dato académico con ánimo de balconear a nadie —yo también estudié Sociología, pero en la UNAM, en Ciencias Políticas—; sirva sólo para contextualizar el siguiente fragmento de Palmeras de la brisa rápida, del propio Juan:
En una época me sentí capaz de escribir una tesis sobre la ‘subsunción formal del trabajo en capital’. Ahora sólo podía emular al Zavalita de Vargas Llosa: ¿en qué momento se jodió México? ¿Quién se levantó con el primer pie izquierdo?, ¿quién hizo añicos el primer espejo? De los virreyes a los priístas, un país de sangre y polvo.

La editorial oaxaqueña Almadía acaba de publicar Palmeras de la brisa rápida, un texto que aunque cuenta con dos ediciones previas (Alianza 1989 y Alfaguara de bolsillo 2000) resultaba difícil de conseguir. Un diario de viaje en el que Villoro, con el buen pre-texto de relatar el periplo que realizó a finales de los ochenta a Yucatán, explora las puntas de la compleja estrella en la que se puede entretejer la identidad de cualquier persona: la familia y sus anecdotarios, el país y sus historias, lo típico y lo mítico... Van algunas pizcas.

Querendón y despiadado, Villoro recuerda a una abuela de primera generación en el Distrito Federal, quien resulta botón de muestra de la moralidad de una clase media urbana que, con todo y la globalización y el desbarranque económico, sigue aquí: “Todos los días renovaba su decencia describiendo con lujo de detalle la indecencia de los demás”. Como ése, cientos de páginas de etnología caben en un ramalazo literario: “La abuela se reconciliaba con Yucatán y con el abuelo por el paladar... La mesa era la zona de armisticio y mi abuela, la orgullosa artífice de esa pax succulenta”. 

Como otros buenos libros de viaje en los que la literatura se alza inalcanzable sobre la pretensión de la verdad científica (por ejemplo, Un bárbaro en Asia de Henri Michaux), en Palmeras... el lector puede toparse con garbanzos de a libra, concentrados de sabiduría:
¿pero puede haber algo más irreal que una mexicana que viaje sola? La soledad es un caso de alarma para las mexicanas. En los restoranes de lujo van juntas al baño, en las reuniones se arremolinan en torno a las galletas con paté, en las escuelas deambulan en apretadas flotillas.
Las palabras que Juan borda de la península, con todo y que cargan ya veinte añitos, soplan brisa, nada que recuerde las pétreas monografías museográficas. Si bien los mayas prehispánicos eran “astrónomos que viajaban en lianas y salían de la maleza para llegar a una milpa donde discutían de hipotenusas”, “hoy en día... usan gorras de beisbolistas y pantalones de mezclilla stone-washed, son fanáticos de Chicoché y la Crisis y lo más probable es que no sueñen glifos sino oportunidades de trabajo en Cancún.”

viernes, 25 de septiembre de 2009

La muerte parcial de usted mismo

Cuenta Juan Villoro que en septiembre de 1985, ¡hace ya casi un cuarto de siglo!, luego de participar en una de las tantas y tantas brigadas de rescate que se organizaron en el abatido Distrito Federal, lo asaltó una tentación en forma de pregunta: ¿qué sucedería si no regresara a casa y me dieran por muerto? Villoro no cedió ante el arrebato de plantarle un punto final artificioso a su propia biografía; regresó a casa y se encarriló de nuevo en su vida. Pero el asunto no quedó allí: varios años después escribiría una pieza dramática a partir de aquella interrogante, Muerte parcial (Ediciones El Milagro, 2008).

De por sí, al Teatro de Santa Catarina hay que llegar temprano. El oasis ideado hace cuarenta años por el escenógrafo Alejandro Luna y la actriz Olga Martha Dávila, originalmente llamado Teatro Coyoacán, únicamente dispone lugar para ochenta espectadores. Súmale que aquella tarde era una de las últimas funciones de una corta temporada, y agrégale que a Villoro no le faltan seguidores. Cerezota en el pastel: era jueves, lo cual se traduce, ¡viva la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM!, en que la entrada costaba 30 pesitos. Un lujo, pues. Por eso llegamos dos horas y media antes. Terceros de la fila, relevos para cruzar Francisco Sosa e ir a tomar algo en la cafetería de la casa de la cultura Jesús Reyes Heroles, lectura agradable bajo un cielo encapotado que jamás pasó de la amenaza..., total que fuimos recompensados: afuera se quedaron por ahí de veinte millones de residentes de la Megaloca capitalina, entre ellos más de cien personas que no alcanzaron boleto; adentro, nosotros, los afortunados. En justicia, podría ensalzar la dirección escénica de Regina Quiñones, no escatimar adjetivos halagüeños para calificar las dotes histriónicas de don Fernando Becerril y Violeta Sarmiento, subrayar el tino del diseño sonoro de Nicolás Cruz y de la iluminación de Lydia Margules..., pero no, me aguanto, para limitarme a decir que el resultado, la ensambladura de recursos y talentos, una coproducción del INBA y la UNAM, logró el efecto teatral que Juan Villoro traza en su obra: el montaje de un montaje dentro del cual ocurren varios montajes... A ver, barajeo los naipes más despacio.

El dramaturgo explica: “Muerte parcial trata de dos accidentes, uno real y otro imaginario. Un grupo de montañistas estuvo a punto de perder la vida. Ese sobresalto, esa situación límite, les hizo pensar que no valía la pena continuar con las burdas existencias que llevan. Decidieron entonces poner en escena otro accidente, para que los dieran por muertos y pudieran adoptar nuevas vidas.” Es decir, que en punto de las ocho de la noche comenzó una función de teatro, durante la cual nosotros, los espectadores que pagamos una módica cuota, presenciamos cómo un puñado de gente, los personajes interpretados por un grupo de buenos actores, representaban a su vez una puesta en escena. Pero el embuste no para ahí: al menos la mitad de los integrantes del grupo de falsos occisos interpreta un sainete particular, cada cual el suyo, para embaucar al resto: a los demás personajes y a nosotros. “La pieza oscila entre lo real y lo fantástico –explica Juan Villoro-. En su intento por convertirse en otros, los personajes asumen su destino en distintas claves. Irónicos o realistas, paródicos o delirantes, todos teatralizan su personalidad. Surge entonces la pregunta: ¿en verdad podemos ser actores de nosotros mismos?”


Hace unos días, en la Cineteca Nacional, se estrenó Naco es chido, el largometraje de Sergio Arau que, “basado en hechos más o menos reales”, narra el reencuentro del grupo ochentero de guaca rock Botellita de Jerez. Arau no solamente dirige la producción, también actúa interpretando al Uyuyuy; como el Mastuerzo, claro, va Francisco Barrios, y Armando Vega-Gil como el Cucurrucucú. Es decir, cada quien representa a cada cual. No he visto la película, pero hace unas semanas me tocó en suerte ver un documental sobre la cinta, en el cual aparece una serie de entrevistas a los botellos, vestigios arqueológicos del siglo pasado. Armando relata que cuando vio por primera vez el film se desconcertó, sobre todo cuando se observó a sí mismo: yo no soy así, reclamó. Su conclusión entonces me pareció una buena puntada, pero después de ver Muerte parcial pienso que más bien describe certeramente la enorme ingenuidad con la que todos andamos por la vida. Recuerdo que el Cucurrucucú dijo algo así: “Soy tan mal actor que ni siquiera puedo actuar como yo”.

Bien pensado, no sólo cada mañana sino a cada momento, uno está emplazado a encarrilarse de nuevo en el papel que creemos estar interpretando. Los cambios de rol que nos vemos obligados a realizar a lo largo de la función son tantos, que la vida entera resulta eso, una acumulación de muertes parciales.

viernes, 18 de septiembre de 2009

¡Todo es puro cuento!

¿Por qué nos pasa lo que nos pasa?

Por ejemplo... Minutos después de las tres de la madrugada llegó un SMS a tu celular: al Juanelo Guerrero, el más sano y bien portado de la banda, lo sorprendió una embolia. Increíble: ahora estás en un velatorio, custodiando el féretro de tu mejor amigo. Junto a los padres y la viuda, recibes también el pésame de los que van llegando. Casi no escuchas a nadie porque sigues sin poder recuperar el hilo de los acontecimientos, hasta que se apersona doña Coty, una de las ancianitas tías del Juanelo. Abraza y besa a la familia. Luego se aproxima a ti, te toma ambas manos y dice: “Ay, hijo, por algo pasan las cosas”. Tú, claro, no sabes por qué carajos pasan las cosas y quieres agarrar a patadas a la viejita.

Uno más... El día de tu cumpleaños recibes un correo electrónico: te ofrecen un empleo en una ciudad del sur del país que te parece espantosa; sin embargo, sonríes: “Es mi regalo. Gracias, Diosito”. Ni siquiera lees en el mail que el sueldo es inferior al que percibes actualmente.

Entonces, ¿por qué nos pasa lo que nos pasa? ¿Todo tiene una razón de ser, un sentido? Tal es uno de los cuestionamientos eje de Fiebre y lanza, el primer volumen de Tu rostro mañana, la más reciente novela de Javier Marías (Madrid, 1951). Y su respuesta muy probablemente no te va a gustar: Tendemos a pensar que hay un orden oculto que desconocemos y también una trama de la que quisiéramos formar parte consciente, y si de ella vislumbramos un solo episodio que nos da cabida o así lo parece, si percibimos que nos incorpora a su débil rueda un instante, entonces es fácil que ya no sepamos volver a vernos desgajados de esa trama entrevista, parcial, intuida –una figuración– nunca más... Nada peor que buscar el sentido o creer que lo hay. O sí lo habría, aún peor: creer que el sentido de algo, aunque sea del detalle más mínimo, dependerá de nosotros o de nuestras acciones, de nuestro propósito o de nuestra función, creer que hay una voluntad, que hay un destino, e incluso una trabajosa combinación de ambos. Creer que no nos debemos enteramente al más errático y desmemoriado, divagatorio y descabezado azar, y que algo consecuente se puede esperar de nosotros en virtud de lo que dimos o hicimos, ayer o anteayer.

Excéntrica en el contexto de la novelística de Marías, Tu rostro mañana es una obra que arranca con muy poca acción: a lo largo de las casi cuatrocientas páginas de su primer volumen, prácticamente no ocurre nada; sin embargo, se reflexiona mucho y, prestidigitación del lenguaje mediante, en sintonía con los argumentos de sus personajes principales, se cuenta mucho: La gente va y cuenta irremediablemente y lo cuenta todo pronto o más tarde, lo interesante o lo fútil, lo privado o lo público, lo íntimo y lo superfluo, lo que debería permanecer oculto y lo que ha de ser difundido, la pena y las alegrías y el resentimiento, los agravios y la adoración y los planes para la venganza, lo que nos enorgullece y lo que nos avergüenza, lo que parecía secreto y lo que pedía serlo, lo consabido y lo inconfesable y lo horroroso y lo manifiesto, lo sustancial –el enamoramiento– y lo insignificante –el enamoramiento–. Ciertamente, junto con Jacobo Deza, el protagonista del libro, el lector va convenciéndose de que palabra mata acción: lo que tan sólo ocurre no nos afecta apenas o no más que lo que no ocurre, sino su relato (también de lo que no ocurre), que es indiscutiblemente impreciso, traicionero, aproximativo y en el fondo nulo, y sin embargo casi lo único que cuenta, lo decisivo, lo que nos trastorna el ánimo y nos desvía y envenena los pasos, y seguramente hace girar la perezosa y débil rueda del mundo. Dicho en corto, Javier Marías busca probar, ¡en una novela!, que todo es puro cuento, un relato que jamás recrea fielmente a la realidad: nada es nunca objetivo y todo puede ser tergiversado y distorsionado... Y con todo, tejones porque no hay liebres, que para narrar el mundo hemos sido expulsados del Paraíso: ... lo que más nos define y más nos une: hablar, contar, decirse, comentar, murmurar, y pasarse información, criticar, darse noticias, cotillear, difamar, calumniar y rumorear, referirse sucesos y relatarse ocurrencias, tenerse al tanto y hacerse saber, y por supuesto también bromear y mentir. Esa es la rueda que mueve al mundo... por encima de cualquier otra cosa; ese es el motor de la vida..., ese es su verdadero aliento. Por eso, narrando compartimos y nos sumamos, unos más otros menos, a la pandilla de los humanos: Queremos sentirnos parte de una cadena siempre..., víctimas y agentes de un inagotable contagio, el cuento.

lunes, 14 de septiembre de 2009

El pretexto de ser mexicano

Hace un par de meses, a Gilberto Giménez le tocó abrir el seminario “Identidades, teorías y métodos para su análisis”, organizado por la UNAM. El sociólogo abordó el complejo asunto de la relación que existe entre cultura e identidad. Explicó que actualmente en Occidente transitamos por la última fase de la Modernidad, un período caracterizado, entre otras cosas, por un acelerado empuje hacia la individualización: en la medida en la que el individuo va ganando terreno como principio y fin de todo, la solidaridad social se va diluyendo…: ¡qué bonito soy! / ¡qué bonito soy! / ¡ay, ay! / cómo me quiero / ¡ay, ay!… Se trata, claro, de un proceso paradójico, toda vez que la existencia de un individuo precisa identidad, esto es, el canto subjetivo de una cultura, una cultura que, en nuestro caso, se vuelca en el individuo: yooo soy quien soy / y no me parezco a nadie, cantamos al unísono, marcando todos los pasos de una coreografía idéntica… Y la paradoja va por vía doble, toda vez que no es posible identidad alguna sin el reconocimiento de los demás. Por ello, no hay individuo sin sujeto social: para saberte tú mismo, necesitas reconocerte en el espejo de los otros. Así pues, en la medida en la que ello es socialmente aceptado, hoy profesamos un individualismo cada día más descarado.

Con todo, la identidad, esto es, la conciencia de sí, es un concepto válido únicamente en referencia a los actores individuales, de modo que solamente por analogía se puede hablar de identidades colectivas. Que la afirmación anterior es una obviedad queda evidenciado si recordamos que, en estricto sentido, los grupos sociales no tienen conciencia. Podemos pensar que los canadienses son buena onda o que los contadores son recuadrados únicamente después de psicologizar una abstracción. Ni los regiomontanos ni los políticos de izquierda son entidades discretas, mucho menos homogéneas ni bien delimitadas; no constituyen un dato, sino un acontecimiento. Recuérdese que una comunidad de seres humanos involucra necesariamente un accionar colectivo, esfuerzos engarzados para lograr algo y, por ello, suma de voluntades. Una identidad colectiva, aunque sea por analogía, implica proyecto, movimiento y objetivo compartidos. Y un fin común termina convirtiéndose en un valor, de lo que se desprende que toda pertenencia a un grupo social resulta valorativa, afectiva.

No faltan quienes terminantemente suelten aseveraciones del tipo Sepa usted que así como los ingleses supuran humor negro, los mexicanos somos muy fiesteros y gritones, machos y guadalupanos. ¿Será? ¿Todos? Si bien es cierto que somos el conjunto de nuestros atributos sociales, la ecuación quedará siempre coja si no le incorporamos otro ingrediente, el de nuestros atributos diacríticos particularizantes: usted es resultado de su biografía, pues. En la construcción de su identidad, mi amigo, participa el sistema de parentesco del cual forma parte, el lenguaje que emplea para comunicarse, las prácticas de su profesión, su nacionalidad, en fin, pero también la cantidad de melanina que le pinta la piel, su complexión, sexo y edad, los íntimos avatares que le han marcado el gesto, sus éxitos y fracasos, etcétera. En pocas palabras, toda identidad es pluridimensional. Lo dicho seguramente le parecerá a usted una perogrullada… Lo es, lo cual no obsta para que muchas personas, y no sólo académicos sino también gente normalita como uno o como usted, caigamos en el error de sobredimensionar un determinado componente de nuestra identidad. El etnólogo George Devereux acuñó un término para referirse a tal fenómeno: hipercatectización (Etnopsicoanálisis complementarista, Amorrortu, 1975). El riesgo de andar hipercatectizándose no estriba tanto en resaltar un componente de la identidad, sino en que al hacerlo eclipsamos otros y caemos en posturas deterministas (Perdona el retraso, pero ya sabes cómo somos las mujeres de impuntuales). Peor resulta cuando el proceso viene de fuera, cuando alguien más hipercatectiza a un individuo o a una comunidad; el reduccionismo puede ser tan peligroso como despojar a miles de individuos de sus especificidades para etiquetarlos sólo como judíos, para luego condenarlos, en calidad de masa amorfa, a los hornos. Algo así hemos hecho aquí con los indígenas, y no sólo, también con esa otra abstracción, los mexicanos…, en alguna medida, nosotros mismos (¿Cómo estás?... Bien, para ser del país). Para muchos, hipercatectización mediante, ser mexicano se ha vuelto un pretexto: andamos como andamos porque somos como somos, ¡chale! El laberinto de la soledad como manifiesto de la Providencia.

Guillermo Franco, el futbolista argentino que juega en la selección mexicana, alguna vez declaró que estaría dispuesto a naturalizarse ciudadano de cualquier país con tal de ir a un Mundial… Independientemente de lo bien o mal que el señor le pegue al balón, seguramente su objetivo de calificar al Mundial resulta bastante más funcional para su equipo que un pedigrí de guadalupano de sepa. Por lo demás, por lo visto el ariete está aprendiendo a ser fiestero.