Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

martes, 14 de enero de 2014

Historia sin mayúscula

Como quien arroja un chocolate fino al fondo del cajón del escritorio o quien esconde una halagüeña botella de tinto en un recóndito rincón de la alacena, así yo, hace tres años, encajé en uno de los libreros, junto a todas sus demás novelas, Inés y la alegría (Tusquets) de Almudena Grandes (Madrid, 1960). Desde octubre de 2010, cuando conocí a la narradora española en el zócalo de la Ciudad de México, había mantenido a la espera de una adecuada coyuntura la lectura de la obra con que arrancó el ciclo Episodios de una guerra interminable, una zaga que la Grandes proyecta completar con seis novelas —de hecho, la segunda entrega circula en librerías desde el año pasado, El lector de Julio Verne—. No sólo se trataba de aguardar un ramillete de días tranquilos suficiente para mandar a volar al mundo y enfrascarme a gusto, sin interrupciones, en más de 700 páginas, también era que los ecos de El corazón helado, el libro anterior de Almudena y una de las mejores novelas que he leído, aún seguían resonando en mi conciencia. Por fin, la última semana del año pasado, durante un paréntesis soleado junto al mar, me deporté a la realidad alterna que solamente las grandes novelas pueden proveerle a uno…
            Inés y la alegría es una novela histórica, incluso apegándose a la definición clásica del subgénero, esto es, la acuñada por Lukács. La historia medular que relata permite adentrarse en uno de los episodios menos conocidos del pasado reciente de España: la intentona desde Francia de invasión del valle de Arán, ocurrida a mediados de octubre de 1944, es decir, en el ocaso de la II Guerra Mundial, por parte de grandes contingentes guerrilleros de exiliados españoles rojos, el llamado ejército de la Unión Nacional Española. Se trata de un acontecimiento que bien pudo haber cambiado la suerte de España y en dado caso el equilibrio geopolítico de la Europa de la posguerra, pero sobre el cual las distintas historiografías hegemónicas no han querido dejar testimonio, ni la del bloque occidental de los Aliados —se trata de un tema particularmente desatendido por los galos y los británicos— ni mucho menos la del bloque comunista, y tampoco, ni pensarlo, la que se escribió a la sombra del Franquismo… En este sentido, el trabajo de rescate y documentación que realizó la novelista es por sí mismo meritorio; sin embargo, no estamos frente a un libro de historia; como ella misma explica, “es una obra de ficción inserta en la crónica de un acontecimiento histórico real”. ¿Cuenta Almudena Grandes exactamente lo que sucedió? ¿Cómo enfrenta el lío de la pretendida verdad histórica? En un charla que ofreció en la escuela de escritores de Madrid, Grandes planteó claramente su estrategia: “Yo creo que cuando un escritor escribe una novela basada en un hecho real, tiene que sentirse igual de libre que cuando escribe una novela basada en una historia de ficción, pero tiene que conservar cierta lealtad a la realidad; lo cual no implica contar la realidad tal como fue, implica no traicionarla”.
Inés y la alegría espejea dos planos de la realidad, el de la Historia y el de las historias, y lo hace desde un planteamiento que explicita  reiteradamente y sin ambages: “La Historia con mayúscula desprecia los amores de la carne mortal, la carne débil que la distorsiona, la desencaja, la desordena con una saña que no está al alcance de los amores del espíritu, más prestigiosos, sí, pero también mucho más pálidos, y por eso menos decisivos”. He ahí el leitmotiv que se desarrolla en toda la novela.
La narración se estructura en tres ejes. Uno cuenta los grandes acontecimientos históricos, los entretelones del poder, el actuar de las personas que efectivamente se volvieron personajes de un capítulo ignominioso en la Historia contemporánea de Occidente, la Guerra Civil Española —“España siempre ha sido la excepción, el pecado original de los campeones de la democracia y la libertad del mundo”— y el Franquismo: Francisco Franco, el Generalísimo —“un cuquito que va a lo suyito”—, José Díaz Ramos, Stalin, Churchill…, pero especialmente dos: una mujer “más lista que el hambre”, Dolores Ibárruri, Pasionaria, y Jesús Monzón. Los otros dos ejes narrativos encarrilan las historias de Inés, un personaje de ficción, particular y de dimensiones colosales, y la del capitán Galán, dos comunistas entrañables, valientes, admirables, de esa gente que falta, carajo. Y a todos los acicatea una misma fuerza: “la materia narrativa es realmente el deseo”, aristotélica, sentencia Almudena.
Inés Ruíz Maldonado, hija de una familia adinerada de Madrid, hermana menor de un dirigente falangista, protagoniza la trama principal de la novela. El entramado de historias que Almudena Grandes despliega desde la mirada de esta mujer, ella misma deslumbrada por los ramalazos de libertad que trajo la República y luego la defensa frente a los golpistas —“¿Os dais cuenta de que por primera vez en la historia de este puto país, podemos decir qué queremos ser, cómo queremos vivir?”— permite mirar de cerca medio siglo de vida española. La lógica de las grandes tendencias, las sesudas explicaciones estructurales, el cuento de que todo es eslabón de cadenas causales… todo ello queda arrinconado por la voluntad de la gente de carne y hueso, acompañada siempre por la indeterminación: “los seres humanos no son máquinas, y hasta el mejor delantero falla un penalti”.
            Inés y la alegría, triste y magnífica, humana y esperanzadora…

jueves, 2 de enero de 2014

A propósito de propósitos

Hay que marcan a sus autores y opaca al resto de su producción. Ejemplos sobran: Cien años de Soledad para Gabriel García Márquez, El laberinto de la soledad para Octavio Paz -la mayoría de la gente que ha tenido que leer aquel ensayo, no conoce un solo poema del Nobel mexicano-, Rayuela para Julio Cortázar, La insoportable levedad del ser para Milán Kundera, Aura para Fuentes..., en fin. Sucede lo mismo con Ariel (1900) y Rodó.

Luis Enrique Camilo Rodó Piñeyro nació en Montevideo, Uruguay, a mediados de 1871. Aquel año, Charles Darwin publica El origen del hombre; las noticias importantes se transmitían ya por telégrafo pero aún no existían los teléfonos; en México, Benito Juárez, aunque acusado de fraude electoral, seguía siendo la cabeza del liberalismo sobreviviente y por eso mismo triunfante; Brasil era un imperio, Francia una república y la República Oriental de Uruguay un país con menos de medio siglo de existencia. Rodó cae a este mundo en la cuna de una familia acomodada por sus caudales, pero poco le va a durar el amortiguamiento: aún no ha cumplido quince años de edad cuando, luego de la prematura muerte de su padre, se ve obligado a trabajar. Rodó, como otros tantos grandes maestros, no termina sus estudios, no formalmente, pero su manía por la lectura y la escritura lo ubican pronto como un intelectual, en su natal ciudad -entonces con una población de menos de medio millón de habitantes-, en Uruguay, en el cono sur e incluso en Lartinoamérica entera, una en entelequia geocultural que él mismo ayudó a construir.

A Luis Enrique Rodó le duró poco la vida. En 1917, su cadáver, el de un hombre solo, fue hallado en un hotel de Palermo, Italia, en donde se malpasó sus últimos tiempos como corresponsal de un impreso bonaerense. Sin embargo, los 45 años que transcurrió por estos lares le alcanzaron para dejar huella. En 1900 había publicado el ensayo que lo marcaría de por vida y para el porvenir, Ariel, el profético alegato contra Calibán, símbolo de la sinrazón, el egoísmo, el utilitarismo y la ceguera que acaba siendo la reducción de la vida a la consecución de un objetivo único. Casi una década después, José Enrique Rodó publica Los motivos de Proteo, un texto pertinente para aquellos que en estos moribundos días del año andan esbozando en su cabeza propósitos de cambio.

El modernista uruguayo expresa así la idea rectora de todo el ensayo: "Cada uno de nosotros es  sucesivamente, no uno, sino muchos". De ahí el título que el helenista montevideano otorga a su rosario de reflexiones: Proteo, dios marino hijo de Océano y Tetis, habitaba en las aguas cercanas a la isla de Faros, y tenía el súper poder de mutar a su antojo. De hecho, Proteo, no solamente era capaz de tomar la forma de lo que le viniera en gana, también lo sabía todo, lo acontecido en el pasado y lo que acaecerá en el futuro. Un anciano profeta que obtuvo tamaños dones nada más por desempeñar bien un rol muy menor: pastorear las focas de Poseidón. En el Olimpo, la servidumbre escasea...

Nuestro devenir a través del tiempo implica transmutación constante, y la corriente del cambio nos recorre enteramente, por dentro y por fuera: "cosa ninguna pasa en vano dentro de ti; no hay impresión que no deje en tu sensibilidad la huella de su paso; no hay imagen que no estampe una copia de sí en el fondo inconsciente de tus recuerdos". Rodó no ahorra metáforas para machacar sobre la vorágine del movimiento constante, la inacabada permuta del uno en lo otro: "El dientecillo oculto que roe en lo hondo de tu alma; la gota de agua que cae a compás en sus antros oscuros; el gusano de seda que teje allí hebras sutilísimas, no se dan tregua ni reposo, y sus operaciones concordes a cada instante te matan, te rehacen, te destruyen, te crean..." Rodó cree que ante la fuerza del cambio no existe alternativa alguna, sin embargo su planteamiento acarrea el optimismo del pensamiento clásico: el hombre puede y debe ser uno durante el tiempo, intentando siempre imponer cierta dirección a su vida, a su identidad, con los estribos de la razón y la voluntad.

Los motivos de Proteo se integra por 158 pequeños apartados, todos ellos susceptibles de ser leídos y comprendidos modularmente. Sólo por la pulida prosa de Rodó conviene su lectura, su estudio y emulación incluso; agrego que, sin llegar a ser nunca un texto críptico, obliga a que uno vaya y venga al diccionario, a la enciclopedia. Argumento extra: googolealo y encontrarás en pocos click varias versiones en línea gratuitas.

¿Adelgazar, hacer ejercicio, titularse, dejar la soltería o divorciarse....? Eso qué..., propónte mejor propónte leer... Protéico 2014.

domingo, 29 de diciembre de 2013

La sociedad de la distracción

 

I

 

La siguiente afirmación se atribuye a Einstein: “El mundo tal como lo hemos creado es un proceso de nuestro pensamiento”. Aserto, me parece, correcto por antonomasia, toda vez que, sensu stricto, el mundo no es el universo, finito o infinito, eterno o transitorio, sino una porción de él, el subconjunto en el que cabe todo lo conocido y concebible por el hombre. Y cuidado, en la oración anterior “el hombre” es sólo un decir, por cierto vago e impreciso, puesto que se refiere más bien a una cultura determinada. Mundo es ecúmene, es el inmenso concepto en el que cabe toda la realidad conocida e imaginable: mundo es el espacio/tiempo humanizado por una civilización específica. Así, por ejemplo, en nuestros días la civilización occidental tiene la pretenciosa idea de que el mundo es suyo y global.

 


El mundo, en tanto proceso de nuestro pensamiento, puede ser tan grande o tan pequeño como la cantidad de información significativa que poseamos. ¿Y a qué me refiero con información? Las distintas acepciones que aporta la RAE en su diccionario respecto a la palabra información la convierten en una de las peor definidas del español; hay desde las perogrulladas  escandalosas (“acción y efecto de informar”) y boberías (“oficina donde se informa sobre algo”), hasta enredos conceptuales (“conocimientos así comunicados o adquiridos”) e intentos fallidos de resolver el asunto vía sinonimia (“educación, instrucción”). Fuera de la séptima acepción (“Biol. Propiedad intrínseca de ciertos biopolímeros, como los ácidos nucleicos, originada por la secuencia de las unidades componentes.”), lo que aporta el diccionario es un montoncito de redundancias e imprecisiones.


 

Para definir información nada como acudir a Newton. Su tercera ley del movimiento establece: “Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria”. Recordemos el diagrama en el cual de un emisor parte un vector hacia un receptor, y de éste, de regreso, otro: acción y reacción. ¿Cuál es el contenido? Energía, por supuesto. Ahora, si en el mismo esquema se sustituyen las palabras “acción” por “mensaje”, y  “reacción” por “respuesta”, queda un modelo simple de comunicación. El contenido en este caso es, claro, información. Así, información no es más que el contenido de todo mensaje, y dado que para serlo un mensaje tiene que ser recibido, lato sensu, información es todo lo que se percibe. La cuestión se torna más interesante si recordamos que toda percepción involucra procesos de intercambio, y que la esencia de nuestras percepciones no son cosas concretas, sino funciones. Paul Watzlawick (1921-2007) sintetiza la cuestión magistralmente: “Lo que llamamos realidad es resultado de la comunicación”. Los procesos de comunicación, obviamente, son colectivos, sociales, de tal suerte que la realidad es necesariamente resultado de un proceso social de construcción. El punto de encuentro del planteamiento de Einstein, la teoría de la comunicación humana de Watzlawick y la sociología del conocimiento de Peter Berger y Thomas Luckmann puede expresarse en pocas palabras: el mundo es un constructo social.

 

La información estructural resulta piedra angular en la construcción social de la realidad. En 1983 se creó en México la institución responsable de proveer la información estructural sobre la realidad nacional. El INEGI se conformó sobre dos fuertes pilares: la Dirección General de Estadística (DGE), cuyo origen se remonta al Porfiriato (1882), y la Dirección General de Geografía (DGG), también con raíces en el XIX, pero institucionalizada como tal hasta 1968. Para entonces, la DGE ya había levantado diez censos de población, y tenía más de medio siglo realizando censos económicos. Por su parte, la DGG se encontraba concluyendo el primer cubrimiento nacional de la carta topográfica 1:50,000.

 

En la penúltima década del siglo XX el mundo comenzaba a tomar la forma que hoy tiene, pero aún era otro. Fue justo en 1983 cuando la Iglesia Católica retiró la condena al polímata Galileo Galilei, quien en 1632 publicó su Diálogo sobre los principales sistemas del mundo, en el cual se burlaba del geocentrismo; entonces, hace más de 350 años, cuando seguía siendo el centro del universo, la Tierra albergaba a una población total de 0.5 mil millones de habitantes, 4.2 mil millones menos de los que los que vivíamos en este mundo cuando Juan Pablo II se animó a retirarle la condena a Galileo.

 

Todavía a principios de la década de los ochenta del siglo pasado, cuando se escuchaba la palabra bipolar uno no pensaba en una señora sufriendo bandazos anímicos o en un fulano de comportamiento extremoso e impredecible, sino en el mundo: Andropov comandaba al bloque soviético, entidad geopolítica que según el presidente estadounidense, el actor Ronald Reagan, no era otra cosa que el “imperio del mal”. La guerra, además de fría, tomó entonces el espacio exterior con el anuncio de la instalación del sistema Star Wars. En 1983 ya existían las computadoras y las redes, pero su uso era asunto de militares y élites académicas norteamericanas; de hecho, aquel año ocurre algo trascendente: ARPANET se desmilitariza y TCP/IP se convierte en el protocolo único de la red de redes. Las PC de IBM funcionaban con el sistema operativo DOS y Motorola sacó al mercado el primer teléfono celular comercial, un armatoste que pesaba casi un kilo y costaba 3,995 dólares. Nadie preveía el colapso soviético, aunque los hechos que luego sumaríamos a la narrativa como sus antecedentes comenzaban a surgir: aquel año el sindicalista polaco Lech Walesa recibe el Nobel de la Paz, y la dichosa globalización comienza a inflarse: se inaugura Disneylandia Tokio, y cada vez son más y más similares entre sí los jóvenes que en muchos países del orbe quieren bailar como Michel Jackson disfrazados de zombis. En 1983, ET quería comunicarse por teléfono a casa. 

 

 

II

 

En Occidente, la tradición de andar listando las más prodigiosas creaciones arquitectónicas de la Humanidad —así, faltaba más, con mayúscula— se debe a los griegos. Por ejemplo, Antípatro de Sidón, un epigramista que vivió unos cien años antes de Cristo, escribió un breve texto en el cual inventariaba las maravillas de su tiempo: “la muralla de la dulce Babilonia…, la estatua de Zeus, los jardines colgantes…, el Coloso del Sol, la enorme obra de las altas Pirámides, la vasta tumba de Mausoleo, [y] la casa de Artemisa”. Se trata de un catálogo que deberíamos tachar de helenocentrista, porque exceptuando la gran pirámide de Guiza —una edificación que el faraón Keops mandó construir hace más de cuatro mil quinientos años, y del catálogo la única que sigue aún en pie— y las dos creaciones babilónicas, el resto son productos del genio griego. En su lista original, Antíparo considera la Puerta de Ishtar (“la muralla de la dulce Babilonia”), la cual, al correr de los años, cedería su sitio a otro magnífico producto de la cultura alejandrina, la torre edificada en la ínsula de Pharos: “El primero de los Ptolomeos —cuenta José Enrique Rodó en sus Motivos de Proteo (1909)— se propuso levantar, en la isla que tiene a su frente Alejandría, una alta y soberbia torre, sobre la que una hoguera siempre viva fuese señal que orientara al navegante y simbolizase la luz que irradiaba de la ilustre ciudad. Sóstrato, artista capaz de golpe olímpico, fue llamado para trocar en piedra aquella idea”. Rodó se refiere al terco hijo del también arquitecto Dexifanes, oriundo de Cnido, ciudad situada en la región de Caria, hoy territorio turco. “Escogió blanco mármol; trazó en mente el modelo simple, severo, majestuoso. Sobre la roca más alta de la isla, echó las bases…, y el mármol fue lanzado al cielo… Cada piedra, un anhelo; cada forma rematada, un deliquio”. Se estima que la torre alcanzó una altura de poco más de 130 metros, por lo que durante varios siglos —se erigió en 280 a. C. y en el s. XIV de nuestra era terminó en ruinas subacuáticas a causa de un terremoto— se mantuvo como una de las obras más altas del orbe.

 

Alejandría, la ciudad que durante siglos fue el centro cultural de la civilización occidental, había sido fundada en 331 a. C. en lo que fue un pueblito rascuache de pescadores, Rakotis, en el extremo oriental del delta del Nilo. Al inicio de su celebérrima campaña en pos de la conquista del mundo, Alejandro III, hijo de Filipo II de Macedonia y luego mejor conocido como Alejandro Magno, había asestado el primer golpazo al poderío aqueménida cuando expulsó a las fuerzas de Darío III de Egipto. Alejandro dejaría a Ptolomeo Sores, uno de sus generales, a cargo de Egipto y seguiría su marcha hacia oriente. El proyecto de Alejandro, discípulo de Aristóteles, era fundir el mundo en uno, globalizarlo, diríamos hoy. En la cosmopolita Alejandría —megalopoli la llama Filón el Judío (15/10 - 45/50 a. C.) en su In Flaccum—, el ideal se concretó, particularmente en el primer centro de conocimiento de la humanidad establecido con la pretensión de abarcarlo todo, la Biblioteca de Alejandría. La Biblioteca funcionó hasta la conquista árabe del puerto (640 d. C.), es decir, durante casi un milenio. Ahí mismo, con el impulso de la UNESCO, en 2002 fue inaugurada la nueva biblioteca de Alejandría.

 

En 2005, la UNESCO emitió la Declaración de Alejandría. En lograda alegoría, se estableció que la alfabetización informacional y el aprendizaje de por vida son los dos faros que deben guiar a la Sociedad de la Información —el ideal contemporáneo de la civilización occidental globalizada— hacia los puertos del desarrollo, la prosperidad y la libertad, estrellas en lo social, lo económico y lo político susceptibles de ser compartidas como guías de la todavía ingente diversidad en que se presenta el mundo. Ambos son conceptos de muy reciente factura. El aprendizaje de por vida era un precepto absolutamente impensable durante la gran mayoría del tránsito del ser humano por este planeta: desde las hordas originarias y el comunismo agrario primitivo hasta el feudalismo, pasando por el dilatado período esclavista, la gente tenía muy poco tiempo para hacerse de los conocimientos y habilidades necesarias para sobrevivir, y si no lo conseguía más temprano que tarde terminaba por pagarlo. En la división sexual y social del trabajo las personas podían encontrar prácticamente la totalidad de su guión de vida. Claro, uno podía perfeccionarse, ser herrero o guerrero y producir cada vez mejores azadones o disparar con mayor destreza y tino una ballesta, pero los know-how no eran ilimitados. A partir del Renacimiento, y con más empuje desde la Revolución Industrial, los saberes respecto a la Naturaleza y las propias creaciones culturales han venido multiplicándose exponencialmente: el mundo se ha ensanchado. Alineada a esta tendencia y potencializada por la revolución digital, la llamada alfabetización informacional “comprende las competencias para reconocer las necesidades de información y para localizar, evaluar, aplicar y crear información en contextos culturales y sociales”; resulta decisiva para salvaguardar la viabilidad competitiva, desde una persona hasta una Estado Nación, y provee rutas indispensables hacia el bienestar. La UNESCO hace hincapié en que, más allá de lo que pudiera creerse, la alfabetización informacional “va más allá de las actuales tecnologías de la información y abarca el aprendizaje, el pensamiento crítico y habilidades de interpretación”. Del saber al entender media un gran trecho.

 

 

III

 

Considerando los objetivos que la UNESCO planteó al mundo en la Declaración de Alejandría, el INEGI, el órgano del Estado mexicano responsable de producir la información de interés nacional y de coordinar al Sistema Nacional de Información Estadística y Geográfica, debe ser considerado un actor clave en nuestro país. En 2013, con cinco años de autonomía plena, el Instituto cumplió tres décadas de haber sido creado. De 1983 a la fecha, el INEGI se ha consolidado estructuralmente y ha ido avanzando hacia posturas metodológicas cada vez más cercanas al holismo. Conforme pasa el tiempo, se ha venido evidenciando más y más que clasificar todos los asuntos sobre los cuales puede versar la información de interés nacional en dos grandes repisas, Estadística y Geografía, puede resultar limitativo a la hora de comprender los fenómenos. Por lo demás, stricto sensu, se trata de un ordenamiento que dispone elementos en dos categorías de distinta índole: por sí misma la Estadística no es un tema, sino una forma de aproximarse a los fenómenos, mientras que la Geografía sí se refiere a una asúntica más o menos específica. Se pueden hacer estadísticas de prácticamente cualquier cosa, incluso sobre temas palmariamente geográficos, como el clima. Claro, la clasificación estadística – geografía no es gratuita, responde a una larga tradición e incluso a ordenamientos legales. Otra manera de parcelar la temática en torno a la cual versa la información de interés nacional que produce el INEGI señala tres grandes campos: territorio, población y economía. Ciertamente conlleva ventajas, pero deja fuera importantes gajos temáticos, por ejemplo, buena parte de la información que se produce por medio de los llamados censos de gobierno. Quizá resulte más comprensible la siguiente clasificación: la información de interés nacional se refiere a tres grandes ámbitos del actuar de la gente, el sociodemográfico, el socioeconómico y el sociopolítico, así como a la dimensión espacial de dicho quehacer. Por supuesto, como cualquier clasificación de la realidad, esta también, es una abstracción que se impone a la misma, toda vez que son indisolubles las correlaciones que se establecen entre los fenómenos que en un momento dado pueden ser marcados con esta o aquella otra etiqueta. De entrada, toda la información para tener sentido obligadamente debe estar referenciada no sólo temporal sino que también espacialmente. Lo anterior, hoy por hoy se aprecia de manera patente en los sistemas de información geográfica, como por ejemplo la plataforma Mapa Digital de México, aplicación que permite analizar tanto la distribución y el comportamiento de la información estadística que da cuenta de las actividades humanas, como de los elementos naturales y culturales que conforman su entorno: todo correlacionado con todo. Así, el tabulado y los mapas estáticos están pasando a la historia, para ser sustituidos por las bases de datos dinámicas y soluciones geomáticas, herramientas que posibilitan que cualquier usuario pueda también ser productor de información nueva.

 

Las vertiginosas transformaciones que durante los últimos treinta años se han dado en la manera de producir información obedecen en buena medida a que, como nunca antes en la historia, la tecnología se ha enfocado precisamente al manejo de datos. Además, verdad de Perogrullo, el mundo mismo ha mutado. Se estima que el 31 de octubre de 2013 el género humano alcanzó la cifra de siete mil millones de habitantes, esto es, 2.7 mil millones más que en 1983. A lo largo de 2013, se habrán publicado 2.4 millones de nuevos títulos de libros, lo cual significa que si usted, hipotético lector, quisiera ponerse al corriente, además de haber leído todo lo escrito y publicado en forma de libro previamente, debería haber leído 6,575 libros en promedio al día durante todo este año. Y si estos números resultan descomunales, qué decir de la información que a cada instante, sin tregua, se está generando y divulgando no a través de átomos impresos, sino de bytes: el primer sitio web fue puesto en línea en 1991, y el domingo 15 de diciembre de 2013 eran ya cerca de 810 millones, de tal suerte que en 2014 serán más de un millardo. Si en 1995 apenas podían navegar por Internet 44.8 millones de usuarios, en 2000 la cifra aumentó a 413.4 millones, en 2005 a 1,027 millones y en 2010 a 2,045 millones; es decir, en 15 años la participación relativa pasó de poco menos del uno de cada cien de la población mundial a tres de cada diez. Hoy la cantidad de internautas supera los 2,865 millones: casi el 40% de los seres humanos tenemos acceso a Internet —una cuarta parte de ellos vive en China—. Mientras la tasa de crecimiento anual de la población del planeta es de 1.16%, la tasa de crecimiento anual de internautas es de 9.4%. Obviamente, esto se refleja en números estratosféricos: actualmente, el tráfico en Internet es de 19.4 mil GB por segundo. Así, se estima que tan sólo durante el año que está a una quincena de terminar, junto con el nuevo álbum de MacCartney, New, la más reciente novela de Murakami y los más de 2.3 billones de videos puestos en línea en youtube, se han generado 40 exabytes —40 a la potencia 18— de información nueva, más de lo que la Humanidad en su conjunto ha producido a lo largo de los últimos cinco mil años. Según Wikipedia, la capacidad actual de almacenamiento digital global en Internet ronda el medio millar de exabytes. ¿El sueño de Alejandría, Faro y Biblioteca, hecho realidad?

 

 

IV

 

Al mes de abril pasado, en México existían 49.4 millones de usuarios de computadoras; de ellos la gran mayoría son internautas: 46 millones, es decir, poco más de nueve de cada diez. Para entonces, la población total del país ascendía a poco más de 118 millones de habitantes —echo mano de las proyecciones de CONAPO—, así que la participación relativa de usuarios de Internet en nuestro país es muy similar a la que reporta el mundo entero, casi 40%, sin embargo el ritmo de crecimiento fue apreciablemente mayor: a nivel internacional las huestes de navegantes de la red de redes creció a una tasa promedio anual de 9.4%, mientras que aquí ocurrió a 12.5%. Los datos anteriores los produjo el INEGI por medio de una encuesta en hogares, así que además habría que tomar en cuenta que algunas de las personas que no disponen de conexión en casa sí pueden navegar en otra parte, como en su trabajo, en la escuela o en cafés Internet, por no traer a cuento un fenómeno más reciente, el de la gente que se conecta únicamente a través de sus teléfonos celulares –conforme a una encuesta de Consulta Mitofsky, a principios de este año, el 37% de los usuarios de celulares en México lo emplea “para entrar a Internet”–. Pero en fin, el caso es que del total de hogares con disponibilidad de computadoras –más de un tercio del total–, poco más del 86% disponen de conexión; del resto, en más de seis de cada diez casos se declara que la falta de recursos económicos es la razón por la cual no se cuenta con acceso a Internet. 

 

No me parece exagerado afirmar que actualmente en México tener una computadora sin conexión es una aberración social. También conforme a los resultados del Módulo sobre Disponibilidad y Uso de de las Tecnologías de la Información en los Hogares 2013 del INEGI, dos terceras partes de los usuarios de Internet declaran que se conectan a la red “para obtener información”, así de amplio, pero también así de claro: la mayoría de la gente usa Internet para percibir el mundo. Los tipos de uso que siguen son “para comunicarse” y “para entretenimiento”, con 42% y 36%, respectivamente; mientras que “para apoyar la educación/capacitación”, el uso que podría pasar como el políticamente correcto, aparece hasta el cuarto sitio, con 35% –se trata de una pregunta con posibilidad de multirrespuesta, por lo cual no suma 100%–. Más allá de lo que la gente responde, todo indica que en la gran mayoría de los internautas en México se conectan para distraerse, no para concentrarse.

 

En octubre, con datos de Alexa el Instituto Internet de la Universidad de Oxford desarrolló un estudio sumamente significativo: mapeó al orbe de acuerdo a los sitios web más visitados en cada país, empleando una combinación de usuarios únicos por día y número de páginas vistas de cada sito. El resultado muestra que el mundo en línea se lo pelean tres imperios: Google, Facebook y Baidu; los dos primeros de origen norteamericano y el tercero chino. Dicho en corto, Google se impone en el primer mundo occidental –Europa, Norteamérica, Oceanía–, y en tres de las cinco economías BRICS, Sudáfrica, Brasil y la India. En contraste, Facebook es el sitio más visitado en el Medio Oriente, el norte africano y la mayor parte de Hispanoamérica, México incluido. Baidu tiene la supremacía en dos países, pero con China le basta para ubicarse en tercer lugar a nivel global. Vale recordar que tanto Google como Baidu son motores de búsqueda, es decir, por sí mismos no son destinos finales de un internauta, a diferencia de Facebook, la red social a la que muchas personas han reducido su experiencia on line. No es este el texto para hablar sobre lo que la gente hace y deshace en el Face, en cambio sí resulta pertinente echar una mirada a lo que los internautas buscan en la red de redes por medio de Google, el motor más empleado en nuestro país. 

 

En cuanto a sitios, la serpiente se muerde la cola: Facebook es el puerto más buscado por los navegantes de Google.

 

Las tendencias de lo más buscado en México por medio de Google no deja lugar a dudas: nueve de los diez primeros lugares corresponden a asuntos que debemos referir al universo del llamado Infotainment. A lo largo del año que se agota, durante el cual se impulsaron y concretaron reformas estructurales al modelo de país, los mexicanos y mexicanas emplearon Internet mayoritariamente para relacionarse entre sí a través de Facebook, y enseguida para buscar juegos (destacan Juegos de firv). En segundo sitio aparece la única búsqueda de utilidad práctica, CURP, con entradas relacionadas a la obtención de la Clave Única del Registro de Población, lo cual seguramente es para muchos un requisito obligado. Lugo, la profusión de distracciones: Imágenes –¿de qué? De amor, y luego, claro, De facebook y Para facebook–. Del cuarto al décimo lugar la situación se descara: Videos de risa, Música, Plants vs zombies, Horóscopos, Frases de amor, Películas y One Direction. En cuanto a preguntas concretas, el respetable usó Google mayoritariamente para averiguar qué significa LOL y YOLO –acrónimos de uso generalizado, en Twitter y, obvio, en Facebook–; en cuanto a procedimientos, en Internet la raza cósmica buscó, sobre todo, saber Cómo besar y Cómo hacer trenzas. 

 

La sociedad se distrae…

 

lunes, 25 de noviembre de 2013

¿Política ficción?

“El mundo actual nos exige ver de frente cuanto hemos sido sin engaños. Pero para poder conocer la verdad, no hay camino más seguro que una mentira llamada novela.”
Carlos Fuentes

Jorge Zepeda Patterson (Mazatlán, 1952) es un tipo que sabe planear y concretar proyectos, y como buen periodista, entre sus pruritos profesionales se encuentra la oportunidad. Así que no hay casualidad alguna en que Los corruptores (Planeta, 2013), obra con la cual el director de www.sinembargo.mx se estrena como novelista, comenzara a circular con la puntualidad necesaria para que el libro resulte categóricamente actual, coetáneo. La primera edición salió de imprenta apenas en septiembre pasado, a tiempo para que comenzara a venderse desde finales octubre y atizara comentarios ya al siguiente mes, y la historia que Zepeda narra a lo largo de poco más de cuatrocientas páginas arranca el 19 de noviembre de 2013. Vaya, pues, usted y compre el libro, que le queda todo lo que resta del mes y hasta el 6 de diciembre próximo para leerlo en tiempo real.
Los corruptores es un thriller político, una novela negra, un retablo de costumbres del México contemporáneo. ¿Y qué tan contemporáneo? Yo terminé de leer la novela unos pocos días antes de la fecha en que ocurre el evento que desencadena todo lo que se narra, el asesinato de la famosa actriz Pamela Dosantos. Unos días después, el periodista Tomás Arizmendi —alter ego evidente del autor— publicará en su columna que los restos de la señora Dosantos aparecieron en un lote baldío de la colonia Nápoles, a poca distancia de una casona que la policía tiene en la mira… El caso es que, sin saberlo, Tomás ocasiona una crisis política nacional, porque resulta que la propiedad aludida es nada menos que la oficina alterna del secretario de Gobernación, quien, para colmo, sostenía un conocido amasiato con la susodicha. ¿Política ficción?
Los hechos que cuenta Zepeda tienen coordenadas y pueden localizarse en un calendario: ocurren aquí y ahora. La ciudad de México, escenario de la mayor parte de la trama, es gobernada por la izquierda: al jefe de gobierno le dicen el Purito, porque es “bajo, delgadito y con el pelo cano que parece ceniza”, y si quedara alguna duda el funcionario se llama Miguel Mancera, ¿estamos? En Los corruptores, el presidente de la República es un señor que no se apellida Peña, pero sí Prida, y también fue gobernador del Estado de México y es quien sucede a Calderón… “El PRI había vuelto a Los Pinos luego de doce años de administraciones panistas débiles e ineficientes. El margen de victoria del ahora mandatario Alonso Prida mostraba, en opinión de muchos, que el país necesitaba el regreso de un presidencialismo fuerte”. ¿Política ficción?
Por las páginas de Los corruptores van apareciendo referencias a personajes de la vida pública mexicana, gente tan de carne y hueso como el Chapo Guzmán y Carlos Salinas de Gortari, omnipresencias difusas, que en un novela bien pueden concretarse. En cambio, el poderoso secretario de Gobernación de Prida, Salazar, “es una especie de síntesis de Videgaray y Osorio, es decir, es un hombre todavía mucho más poderoso, más parecido a lo que era Camilo Muriño con Calderón”, según explicó –¿curándose en salud?– el propio Zepeda Patterson a Carmen Aristegui en una entrevista para CNN.
“Cuando la política entra por la puerta, la justicia sale por la ventana”, le espeta Plutarco Gómez, antañón periodista de nota roja, a Tomás. Los corruptores no se queda en la grilla, los enredos de alcoba y en la nota roja; Zepeda trama una historia que, independientemente del grado de correspondencia que tenga con acontecimientos históricos específicos y comprobables, le permite, por medio de sus personajes, sentenciar a rajatabla —los hoy encumbrados y dueños del poder público “le tienen más miedo a un hashtag crítico en las redes sociales que al PRD y al PAN juntos”— y examinar el gran tinglado: “lo que el presidente Prida y su supersecretario Salazar quieren hacerle al país es imperdonable. Los factores de poder, los monopolios, los medios de comunicación y hasta el crimen organizado están regresando al redil dictado por el presidencialismo, no porque vayan a desaparecer o a debilitarse, sino porque van a acomodarse con el nuevo amo. Pero terminaremos pagándolo con un retroceso de veinte años en materia de libertades públicas y espacios democráticos”.
Hace ya un cuarto de siglo, en su novela La guerra de Galio (Cal y Arena, 1988), Héctor Aguilar Camín apercibe al lector en un epígrafe: “Todos los personajes de esta novela, incluyendo los reales, son imaginarios”. Por su parte, en Los corruptores Zepeda Patterson subraya en una nota final: “la trama de esta novela se queda corta con respecto a lo que sucede en las esferas de poder en México… Gran parte de las situaciones aquí descritas son absolutamente ciertas. Están cambiados los nombres y los lugares geográficos donde tuvieron lugar, por supuesto. Pero las descripciones sobre la clase política, los escándalos y el análisis de los procesos históricos derivan en gran medida de la experiencia de mi ejercicio como periodista…”

            No recuerdo quién fue el que dijo que si querías guardar un secreto en México lo más sencillo era escribirlo y publicarlo en un libro. Recuerdo, eso sí, que hace algunos años, cuando Fuentes publicó La vanidad y la fortuna (Alfaguara, 2008) la conseja se ratificó. Ojalá no pase lo mismo con Los corruptores de Jorge Zepeda.