Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

miércoles, 16 de julio de 2014

La creación de Gonzalo Guerrero

Gonzalo Guerrero no fue una persona, es un personaje, una creación producto de cinco siglos de trabajo de ficción colectiva. Estatuas, películas, pinturas, cientos de páginas que narran sus aventuras y tratan de explicar su conducta forman parte de una gran invención en la que ha participado mucha gente. Más incluso: se han escrito un montón de novelas históricas sobre Gonzalo Guerrero, fabulaciones tramadas a partir de una ficción que se asume como verdad histórica. Aunque existen algunos asideros historiográficos de los cuales se prende el personaje, es un hecho que no contamos con testimoniales que permitan acreditar la existencia de Gonzalo Guerrero. Antes bien, es factible marcar la ruta de la creación del personaje.

¿Cuál es la trama elemental de la “historia” de Gonzalo Guerrero? En 1511, una carabela partió del Darién, ubicado en el istmo de Panamá, con rumbo a La Española. La nave naufragó, y sólo un reducido grupo de españoles logró salvarse a bordo de una pequeña barca, la cual fue a parar a las costas orientales de Yucatán. Ahí, los mayas apresan a todos los europeos, a algunos los sacrifican y se los comen… Muy pocos logran escapar. Sólo dos se salvan: Jerónimo de Aguilar —él sí un personaje histórico— y Gonzalo Guerrero. El primero fue reapresado y esclavizado por los indígenas, hasta que en 1519 Hernán Cortés lo rescata. Gonzalo se integra a la sociedad maya, tiene hijos con una nativa y años después opta por pelear en contra de los ibéricos, para defender a su familia.

¿Qué se sostiene con certeza historiográfica? La única fuente “directa” que tenemos es Hernán Cortés, y entrecomillo porque el conquistador extremeño jamás vio al personaje y nunca lo llamó así, Gonzalo Guerrero. La primerísima referencia respecto a la posible existencia en Yucatán de otros sobrevivientes del naufragio de 1511, además de Aguilar, aparece en la Carta del cabildo que en julio de 1519 Cortés despacha a Carlos V, para contarle los primeros episodios de la conquista de México-Tenochtitlán. Días después de haber desembarcado en Cozumel, los indígenas informaron “que unos españoles estaban siete años… cautivos en el Yucatán en poder de ciertos caciques”. Cortés convence a algunos mayas para que, en su representación, se internen en tierra firme en busca de los cristianos y consigan su libertad. Pocos días después —principios de marzo de 1519—, “vimos cómo venía… uno de los españoles cautivos que se llama Jerónimo de Aguilar, el cual nos contó la manera cómo se había perdido y el tiempo que había que estaba en aquel cautiverio […]. De este Jerónimo de Aguilar fuimos informados que los otros españoles que con él se perdieron en aquella carabela…, estaban muy derramados por la tierra, la cual nos dijo que era muy grande, y que era imposible recogerlos sin estar y gastar mucho tiempo en ello”. Subrayo: alude a más de un náufrago y no habla de ningún Gonzalo. No será sino hasta quince años después que Cortés mencione, además de Aguilar, a otro de los náufragos. En uno de los interrogatorios del juicio de residencia al que fue sometido, el conquistador recuerda a Aguilar y alude específicamente a otro español, pero no lo llama Gonzalo: “… el otro, un Morales, el cual no había querido venir porque tenía ya ordadas las orejas, y estaba pintado como indio, y casado con una india, y tenía hijos con ella”.

Dos años después del testimonio de Cortés, nuestro personaje va adquirir el nombre con el cual trascenderá hasta nuestros días, y lo hace en calidad de cadáver: Andrés de Cereceda, gobernador de Guatemala, notifica en 1536 que en acción punitiva contra los mayas, “con un tiro de arcabuz, se había muerto un cristiano que se llamaba Gonzalo Azora, que es el que andaba entre los indios en la provincia de Yucatán veinte años ha y más”. Así que en su Historia general y natural de las Indias de 1542, Gonzalo Fernández de Oviedo ya se refiere a “un Gonzalo, marinero”, a quien presenta como un guerrero y a quien responsabiliza de la organización de la defensa de los mayas en contra de las fuerzas del adelantado Francisco de Montejo, en su primer intento de conquistar Yucatán (1528). La pelota queda puesta para que Francisco López de Gómara llegue en 1552 y no perdone: en su Historia de las Indias y la conquista de México le pone apellido al personaje: “Gonzalo Guerrero, marinero que está con Nachancán, señor de Chetemal, el cual se casó con una rica señora de aquella tierra, en quien tiene hijos, y es capitán de Nachancán, y muy estimado por las victorias que la gana en las guerras…”


Para 1568, cuando Bernal Díaz del Castillo escribe su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, el relato de Gonzalo Guerrero ya ha terminado de germinar. Él, quien estuvo presente en Cozumel en la primavera de 1519, va más lejos: le da voz a Guerrero y documenta las razones que supuestamente le dio a Aguilar para no regresar con sus paisanos: “Hermano Aguilar, yo soy casado, y tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras; íos vos con Dios, que yo tengo labrada la cara y ordadas las orejas. ¿Qué dirán de mí desque me vean esos españoles ir desta manera? E ya veis estos mis hijitos cuán bonicos son”. El fundador del mestizaje mexicano, en tanto personaje simbólico, estaba totalmente creado. 

miércoles, 9 de julio de 2014

El primer mexicano simbólico: ¿Morales?

¿Quién fue el primer mexicano? En la entrega anterior sugeríamos que Naia, una mujer que vivió hace más de doce mil años. Claro, aquello era la prehistoria, la inmensa oscuridad de pre-textos de la que provenimos todos.

Podría aventurarse una segunda posible respuesta a partir del siguiente planteamiento: ¿estaría usted de acuerdo en que un mexicano típico habla español, profesa un catolicismo más bien heterodoxo por no decir sobradamente permisivo, está sustancialmente influenciado por una o varias tradiciones indígenas y en su comportamiento demuestra un fuerte arraigo a su entorno territorial? No estoy aventurando una definición identitaria, sencillamente propongo algunos trazos mínimos para figurar la silueta de un personaje simbólico. Si partimos de tal perfil, el primer mexicano no pudo existir antes de que el castellano llegara al territorio que hoy ocupa México.

Suele considerarse que Francisco Hernández de Córdoba (c. 1475-1517) “descubrió” las tierras continentales de lo que actualmente es nuestro país. Efectivamente, él capitaneó al primer contingente de españoles que zarpó de Cuba hacia el poniente “a buscar y descubrir tierras nuevas”, usando las palabras de Bernal Díaz del Castillo (1496-1584), quien participó en aquella expedición. El 8 de febrero de 1517 levaron anclas en el puerto de Jaruco, y después de veintiún días de navegación, muchos de ellos dedicados exclusivamente a no hundirse, avistaron un panorama que debió de dejarlos mucho más que estupefactos: no sólo tierra firme, sino también una pequeña ciudad, es decir, algo que los europeos nunca antes habían encontrado en el Nuevo Mundo: desarrollo civilizatorio. Cuenta Bernal que los naturales se acercaron a los barcos con gestos amistosos y con un grito que se repetía: “¡Conex c’toch!”. Bernal traduce: “Andad acá a mis casas”. Como recordará el lector, aquel recibimiento no sólo sirvió para ponerle nombre cristiano al sitio —Cabo Catoche—, sino también y en primer lugar como parte del estratagema que usaron los indígenas para engañar a los españoles, porque una vez que desembarcaron los mayas arremetieron contra ellos: muchos expedicionarios perecieron ahí, y los sobrevivientes se embarcaron de nuevo para salvar el pellejo. De vuelta, harían escala en algún punto de la Florida, en donde también fueron recibidos violentamente. Un desastre: de los 110 hombres que participaron en la aventura, menos de la mitad retornaron vivos. El propio don Francisco moriría diez días después de haber regresado a Cuba.

Como haya sido, Hernández de Córdoba llegó en 1517 a las costas de Yucatán y desembarcó en una región que hasta entonces no formaba parte del ecúmeno occidental. La clave que permite explicar su trascendental hallazgo, está en el nombre de uno de los pilotos de su flotilla, Antón de Alaminos. Oriundo de Palos de la Frontera, este navegante había acompañado a Colón en sus dos últimos viajes al Nuevo Mundo, y recordaba algo importante…

En 1502, es decir, diez años después del primer encontronazo con el Nuevo Mundo, Colón emprendería su cuarto y último viaje trasatlántico. Salió de Cádiz a principios de mayo, y para finales de julio exploraba el litoral atlántico de lo que actualmente llamamos Centroamérica. En las cercanías de Guanaja, una ínsula ubicada a unos setenta kilómetros de las costas de Honduras, el Almirante y su hermano Bartolomé se toparon con una barca de mercaderes mayas: conocieron entonces el cacao y entendieron que al oeste se encontraba una gran comarca, llamada Maia o Maiam. Colón no seguiría aquella pista, pero Alaminos conservaría el recuerdo…

Con todo, las naves de Hernández de Córdoba, guiadas por Alaminos, no fueron las primeras que alcanzaron el litoral yucateco: diez años antes, otro compañero de don Cristóbal ya lo había logrado.

Vicente Yáñez Pinzón (1462-1514) -capitán de La Niña en el primer viaje de Colón- fue uno de los insignes hombres de mar convocados por el rey Fernando a la junta celebrada en Burgos en marzo de 1507, en la que se impulsaron varias medidas para imponer cierto orden a la apropiación del Nuevo Mundo por parte de la Corona española. Se instituyó la cátedra para la navegación de las Indias, Américo Vespucio (1454-1512) fue nombrado Piloto Mayor de la Casa de Contratación de Sevilla y el monarca ordenó a Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís que navegaran al Nuevo Mundo para encontrar de una vez por todas el dichoso canal al mar del Sur, esto es, el Pacífico. El 29 de junio dos embarcaciones levaban anclas en Sanlúcar de Barrameda: Solís capitaneaba La Magdalena y Yáñez Pinzón la San Benito. Bien a bien no se sabe qué pasó durante la travesía, pero todo indica que llegaron a las costas de lo que hoy es este país más o menos a la altura de Tampico, y luego bordearon el Golfo. El padre Sahagún supondrá que quizá sean éstas las embarcaciones que algunos nativos de Pánuco recordarán haber visto. En 1513 Pinzón aseguró que habían llegado “hasta la provincia de Camarona”, y aunque no se tiene testimonio cartográfico, todo indica que se refería a Yucatán. Sin embargo, no hay indicio alguno de que hubieran desembarcado o trabado contacto de ningún tipo con la población costera. Así que tampoco es a bordo de estas carabelas que podría hallarse al primer mexicano simbólico.

No será sino hasta 1534 que Hernán Cortés mencionara al personaje que andamos buscando: la primera persona que, hablando español, defendió esta tierra. Y Cortés le planta un apelativo, uno que por cierto hoy nadie recuerda: Morales le llama. ¿Lo recuerda usted, lector?

viernes, 4 de julio de 2014

El primer mexicano simbólico: Naia

¿Quién fue el primer mexicano? Dar respuesta a esta pregunta supone, necesariamente, una serie de abstracciones, primero, y luego construcciones conceptuales. Abstraer para pescar de entre todos los elementos que uno perciba solamente aquellos que consideremos como esenciales, para enseguida formular con ellos conceptos, esto es, concretar el pensamiento en palabras para encapsular conclusiones en definiciones. Claro, dichas faenas mentales no pueden llevarse a cabo desde una situación etérea; más bien se realizan tomando posiciones, lo cual obliga a desechar otras, por lo cual más vale asumir tales posturas de la forma más consciente posible. Por ejemplo, un posicionamiento podría ser el siguiente: entender por mexicano al habitante de este lugar que actualmente llamamos así, México. Mexicanos somos los de aquí, pues.

Hace unos años publiqué un pequeño ensayo titulado “La identidad espacial de México” (Este país, diciembre de 2007), en el cual argumentaba:
El espacio es una variable de la identidad de una persona -identidad psicológica- y en la identidad cultural de una comunidad social. En principio, la dimensión espacial de la identidad se refiere evidentemente al espacio que cada entidad ocupa. La identidad espacial de una persona y de una comunidad social -desde un grupo de vecinos hasta una organización transnacional como podría ser un grupo de países, pasando por los niveles de localidad, región y nación- se compone de datos objetivos que percibimos de la realidad, y de factores subjetivos, al menos de tres tipos: cognitivos, afectivos y valorativos. La identidad espacial puede entenderse como un complejo sistema de relaciones que tiene como referencia un territorio específico: en dicho sistema, además de prácticas de pertenencia a un lugar determinado por fronteras, reales o imaginarias, toman parte un sinnúmero de representaciones del territorio.
En su hermoso texto “Visión de Anáhuac”, Alfonso Reyes establece qué es lo que desde su perspectiva nos da continuidad a los mexicanos de hoy día respecto a la gente que habitaba Tenochtitlán antes de la llegada de los españoles:
Cualquiera que sea la doctrina histórica que se profese (y no soy de los que sueñan en perpetuaciones absurdas de la tradición indígena, y ni siquiera me fío demasiado en perpetuaciones de la española), nos une con la raza de ayer, sin hablar de sangres, la comunidad del esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa; esfuerzo que es la base bruta de la historia. Nos une también la comunidad, mucho más profunda, de la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural. El choque de la sensibilidad con el mismo mundo labra, engendra un alma común. Pero cuando no se aceptara lo uno ni lo otro -ni la obra de la acción común, ni la obra de la contemplación común-, convéngase en que la emoción histórica es parte de la vida actual, y, sin su fulgor, nuestros valles y nuestras montañas serían como un teatro sin luz.
Si partimos pues de esta premisa, la dimensión espacial, habría que decir que los primeros mexicanos fueron los nómadas de origen asiático que llegaron del norte del continente para quedarse aquí, en Mesoamérica, hace unos veinte mil años. En dado caso, el primer mexicano sería prehistórico, anónimo e imposible de mentar. Sin embargo, podría echarse mano de un personaje simbólico, a partir de un referente concreto, más que histórico, arqueológico.

Durante mucho tiempo se consideró al Hombre de Tepexpan, un esqueleto encontrado en 1947 en el lago de Texcoco, como el testimonio más antiguo de vida humana en el territorio que hoy ocupa nuestro país. Error: el Hombre de Tepexpan, que a la larga resultó ser mujer, vivió por estos lares hace aproximadamente seis mil años, de tal forma que no, el esqueleto de otra fémina localizado en 1959 en el oriente del Distrito Federal es más antiguo. La llamada Mujer del Peñón de los Baños vivió hace unos once mil años, según el trabajo de fechamiento realizado en 2002 por un equipo interdisciplinario de investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia y de la Universidad de Liverpool. Pero el carácter de primera mexicana le duró poco a la Mujer del Peñón, porque hace apenas unas semanas fue desplazada.

Los restos óseos humanos más antiguos no sólo de Mesoamérica sino de todo el continente han sido localizados en una cueva inundada, cerca de Tulum, en el estado de Quintana Roo. El sitio arqueológico, una especie de cápsula de tiempo natural, se conoce como Hoyo Negro, y en él los arqueólogos subacuáticos del INAH han encontrado también restos de casi treinta mamíferos -once de ellos del Pleistoceno Tardío, como un tigre dientes de sable, un perezoso de tierra y un tapir gigante-. En cuanto al esqueleto humano, se trata de una joven que alcanzó a vivir unas quince primaveras, hace más de doce mil años. Afortunadamente, en vez de llamarla la Mujer de Hoyo Negro, los investigadores del INAH tuvieron el tino de ponerle un nombre, Naia.


Gracias a las condiciones en que se hallaba Naia fue posible la conservación de ADN mitocondrial, del cual se obtuvo la información que permite confirmar su linaje: “los resultados indicaron que se trata de una joven de origen asiático (Beringio) del haplogrupo (cromosoma materno) D, identificado con las migraciones que llegaron a América desde Siberia”, detalla el boletín del INAH.

Así como puede afirmarse que todos los seres humanos venimos de África, Naia, la primera mexicana simbólica, nos cuenta que nuestro origen es siberiano

jueves, 26 de junio de 2014

¿El primer mexicano?

A todos los mexicanos y mexicanas, es decir, a cualquiera,
excepto al señor panista José María Martínez, quien preside
la Comisión de la Familia y Desarrollo Humano
del Senado de la República.


En contra de cualquier pronóstico que en 1952, año en que nació, hubiera podido aventurarse, a finales de 1985 un chilpancingueño, el doctor en ingeniería Rodolfo Neri Vela, salió de nuestro planeta a bordo de un transbordador espacial norteamericano, el Atlantis, para pasar así a la historia como el primer astronauta mexicano. Y con una película de astronautas (Gravedad, 2013) fue que Alfonso Cuarón se convirtió en el primer mexicano en ser reconocido con un Óscar al mejor director; ciertamente no el primero en ganar un Óscar, eso no, porque ya en 1949, Emile Kuri, un escenógrafo de origen libanés, fue el primer mexicano en conseguir la estatuilla, en este caso por su trabajo en la dirección artística de un film de Willy Wyler (The Heiress). En 1987, el primer cineasta mexicano que trajo de España un Goya a la Mejor Película Iberoamericana fue Luis Alcoriza, con la cinta Lo que importa es vivir, en la que actuaron Gonzalo Vega, Ernesto Gómez Cruz y una actriz que años después sería electa diputada y luego también senadora de la República, María Rojo. Por cierto, la primera mujer mexicana que logró ganar un cargo de representación popular fue una yucateca, motuleña para ser más precisos, la feminista Elvia Carrillo Puerto, quien tres décadas antes de que se concediera en México el voto a la mujer (1953) ocupó una curul en el Congreso de su estado (1923). También en Yucatán se filmó el primer largometraje mexicano, un testimonial sobre algunos viajes del presidente Porfirio Díaz a la península —Fiestas presidenciales en Mérida de 1906—.

Se recuerda poco al primer mexicano galardonado con un Premio Nobel; fue un diplomático pacifista que en 1982 compartió la distinción con la sueca Alva Myrdal, José Alfonso Eufemio Nicolás de Jesús García Robles. Octavio Paz —quien también obtendría el Nobel, pero no el de la Paz como don Alfonso, sino el de Literatura— fue el primer mexicano condecorado con el Premio Cervantes (1981) y también el primer Premio Internacional Menéndez Pelayo (1987). En 1993, la revista Vuelta, dirigida por el propio Paz, fue distinguida con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, pero no fue la primera organización mexicana en obtener dicho galardón, porque en 1989 lo había ya recibido el Fondo de Cultura Económica.

Agustín de Iturbide y Arámburu fue el primer emperador de México, y José Miguel Ramón Adaucto Fernández y Félix, quien usaba un nombre falso pero con mucho pegue nacionalista, Guadalupe Victoria, el primer presidente republicano. A quien quizá también le hubiera convenido inventarse otro apelativo es al receptor abierto Tom Fears, o Tomás Miedos, —un tapatío de madre mexicana y padre norteamericano con un nombre poco adecuado para el deporte de las tacleadas¬—, quien fue el primer mexicano en jugar en un equipo de la NFL. El jardinero central Baldomero, El Melo, Almada debutó en 1933 portando el uniforme de los Medias Rojas de Boston para convertirse en el primer pelotero mexicano en Ligas Mayores, y Juan Carreño, a quien apodaban El Trompo, fue el primer mexicano que metió un gol en un Mundial de futbol —lástima, de poco valió, porque la selección nacional fue entonces derrotada por Francia 4 a 1, en el que fue el partido inaugural de la primera Copa del Mundo, Uruguay 1930—.

Francisco Cabañas Pardo fue el primer mexicano que ganó una medalla olímpica, y lo hizo a golpes, mientras que Soraya Jiménez, especialista en halterofilia, fue la primera mexicana en lograrlo. El primer santo nacido en suelo mexicano fue San Felipe de Jesús, Felipillo, quien sufrió un terrible martirio en Japón y terminó sus días en la ciudad que cuatro siglos después sería devastada con una bomba atómica, Nagasaki. Se suele convenir que Antonio García Cubas fue el primer geógrafo mexicano. El primer cardenal mexicano fue el tapatío José Garibi y Rivera. Fernando de Teresa fue el primer mexicano en conducir un coche automotor en las calles de la capital del país. Alberto Braniff fue el primer mexicano en volar un avión propulsado a motor. Ricardo Torres Nava fue el primer mexicano en ascender a la cumbre del Monte Everest. La primera mexicana que logró cruzar a nado el Canal de la Mancha fue Elizabeth Hernández. José Salvador Pérez Yáñez es el primer mexicano que vive gracias a un corazón artificial. María Teresa Landa fue la primera Miss México de la historia (1928) y Fátima del Ángel Palacios la primera connacional en pisar el polo norte geográfico…

El primer mexicano o la primera mexicana que fueron o hicieron esto o aquello: con tiempo, un poco de imaginación y ánimo para investigar, el listado podría seguir y seguir… Pero ¿a quién podríamos considerar el primer mexicano, el primero de todos? Quizá la pregunta parezca boba, insulsa o de plano una interrogante que no permite una respuesta, sin embargo, plantearse la cuestión con seriedad necesariamente dispone hacia la reflexión en torno al sentido de pertenencia a México y, claro, a la idea misma de identidad nacional desde la cual lo hacemos. Por supuesto, se podrían tirar a la mesa un sinnúmero de respuestas disparatadas, indiscutiblemente erróneas, sin embargo, en estricto sentido no existe una respuesta correcta per se, en cualquier caso se trataría de una construcción conceptual…, como el ser mexicano. ¿Quién fue entonces el primer mexicano?

viernes, 20 de junio de 2014

El colmillo de Benítez

José de la Colina se lamentaba hace algún tiempo de que hay cierta injusticia en recordar a Fernando Benítez (1912-2000) sólo como el padre de los suplementos culturales en México. Ciertamente, lo fue, y también es verdad que antes que nada don Fernando se asumía como periodista, pero no deberíamos menospreciar su extraordinario talento literario. El mismo don Fernando era injusto con su obra; cuenta Carlos Fuentes que alguna vez Benítez le había dicho que ya no pensaba escribir más novelas porque no podía competir con los escritores del boom. "Se equivocaba", sentencia Fuentes.

Benítez enseñó el colmillo literario desde sus primeros libros. En 1950, el Fondo de Cultura Económica publica La ruta de Hernán Cortés, acompañado de ilustraciones de Alberto Beltrán —el Fondo no ha dejado de comercializarlo, y lleva ya trece reimpresiones de su edición de bolsillo, el número 56 de la Colección Popular: hablamos de un título vivo en librerías desde hace más de sesenta años–. En este libro Benítez logra una feliz miscelánea textual: combina una narración historiográfica a propósito del camino que siguió Hernán Cortés para llegar a la capital del imperio azteca, con una suerte de diario del viaje que él mismo, Benítez, emprendió a finales de los años cuarenta del siglo pasado repitiendo la ruta del conquistador. Por supuesto, su ensayo, género en el que cabe cualquier cosa, no se limita a la descripción de un itinerario y al relato de las peripecias de quienes lo realizaron, va mucho más allá en la medida en la que el autor aventura una explicación profunda del protagonista. A lo largo de toda la narración Benítez va construyendo una explicación metafórica de Cortés, echando el ancla en un personaje que Cervantes no crearía sino hasta los primeros años de la siguiente centuria, el Quijote.
En cuanto a libro de viaje, La ruta de Hernán Cortés brinda una lectura que permite la transposición de al menos tres planos temporales: aquellos primeros años del siglo XVI cuando los españoles llegaron a las costas del Golfo de México, los días del medio siglo XX mexicano durante los cuales don Fernando siguió los pasos de Cortés y, claro, el presente del lector, la actualidad. Así, por ejemplo,Veracruz no existe, no es nada, ni siquiera un loco empeño, cuando los españoles tocan tierra, y luego, poco más de cuatrocientos años después, cuando don Fernando camina y vive sus calles, el puerto es todo placidez y tradición mestiza, escenario de la alegría y hospitalidad jarochas: una estampa de ayeres perdidos respecto a la turbia realidad veracruzana de hoy. Y más allá del cambio constante, la abstracción analítica: "la vida de México ha desfilado íntegra por la puerta estrecha de Veracruz. Las armas de fuego, la viruela, los libros, el arado, el municipio, la intolerancia, la sangre, el idioma y las virtudes de España, todos los elementos esenciales de nuestra civilización han desembarcado en Veracruz".

Ocho años antes de que O'Gorman publicara La invención de América, otro clásico de la historiografía mexicana, Benítez apunta la preexistencia que tuvo el Nuevo Mundo en la imaginación de los europeos: “Apenas hubo un mito gestado en dos mil años que no se proyectara en América”. Y luego de comentar el contexto de la época de la expansión del mundo conocido para los europeos, relata las primeras expediciones españolas al litoral del Golfo, la de Hernández de Córdova y la de Grijalva, antes de pasar a la que es tema de su libro.

A lo largo de la narración del periplo de Cortés y sus huestes, desde que zarpan de Cuba hasta su primer arribo a Tenochtitlán, Benítez insiste en que el conquistador trae buena estrella: “No hay cosa en que... ponga la mano que no le salga bien”. La travesía para hacer tierra en la isla de Cozumel, los primeros encontronazos con los mayas, la aparición en la vida de Cortés y en la historia de la Malinche, el paso por Cempoala, Cholula y Tlaxcala, y por fin el asenso por la escalera de México para llegar al altiplano, en donde, antes incluso de llegar a ella, la nueva realidad será nombrada: “¿Qué milagro se opera en el aire...? Ahora todos respiran a grandes bocanadas y, mientras los pulmones se llenan de este aire fino, sienten que recobran, por una causa misteriosa, la agilidad y la dicha de otros días. Los ojos están cubiertos de lágrimas. Por un momento, sobre este puñado de locos aventureros sopla un viento familiar, la atmósfera de la montaña natal, el clima espiritual de la aldea... En medio de la escalera mexicana, España les sale al encuentro. ¿No es otra España? ¿Una Nueva España? Antes de que se gane la tierra, México está bautizado. Su nombre le durará tres siglos, pero su vida oscilará siempre entre la Nueva España y México, porque participa de las dos naturalezas en igual medida”. Lo dicho: un gran colmillo literario.

lunes, 16 de junio de 2014

Libro virtual

Desde hace mucho tiempo, mi amigo el conde Serredi no lee libros. Si usted le recomienda uno, lo primero que él preguntará es si está disponible en formato kindle. Se puede contestar que sí, que no o que quién sabe; en realidad no importa la respuesta, porque en cualquier caso el conde no perderá la oportunidad de catequizar:

— Yo, desde hace años, nada más leo aquí –suele comenzar su labor de evangelista, erigiendo al cielo en la mano su inseparable artefacto.

Orgulloso y optimista, como el hierofante digital en que se ha convertido, mi amigo circula por el mundo armado de un trasto que para mi gusto o es un teléfono absolutamente desproporcionado o una tableta digital demasiado pequeña; un telefonote o una tabletita, una amorfia tecnológica, pues. Él no piensa igual e insiste que se trata del dispositivo ideal para portar su biblioteca personal y leer.

En dado caso, yo prefiero mi iPad. El primer libro que leí en dicho cachivache fue El héroe discreto, de Mario Vargas Llosa, y fue porque no tuve alternativa: quería leer la más reciente novela del escritor peruano y para cuando me decidí a buscar un ejemplar en librerías, ya no había. Subrayo una enorme ventaja de los libros virtuales: no se agotan, siempre hay en existencia. Y por supuesto, no hay que obviarlo porque es una trascendental diferencia: no fue necesario talar ningún árbol para que yo pudiera tener mi libro virtual. El cobro, claro, no fue virtual, fue real, efectivo e inmediato, tan inmediato como resultó adquirirlo sin moverme de mi departamento. El héroe discreto está muy lejos de ser una de las mejores novelas del narrador arequipeño, pero es una buena novela que se lee a gusto, fácil, placenteramente, además, en efecto, la app de kindle para las iPad permite una lectura agradable… Con todo, debo confesar que extrañé la textura del papel, el olor de la tinta, la sensación de dar vuelta a la página, en fin, el objeto libro. Así que después de la novela de Vargas Llosa han sido realmente pocos los libros en formato kindle que he adquirido, y en todos los casos también fue porque de alguna manera no tuve de otra. Por ejemplo, además de ediciones agotadas —hace unos días no hubo manera de conseguir Todas las cosmicómicas de Italo Calvino en papel—, libros gringos que todavía no han llegado a México, títulos que en formato tradicional cuestan extraordinariamente caros, y, en el otro extremo, ofertones de ésos ante los que resulta humanamente imposible no sucumbir —¡Los 120 días de Sodoma del Marqués de Sade a $12.78 pesos!— o algunos de los clásicos que Amazon regala —por ejemplo, y nada más con el ánimo de tentar al respetable: La Celestina de Fernando de Rojas, Frankenstein de Mary Shelley, la Brevísima relación de la destrucción de las Indias de Fray Bartolomé de Las Casas, Robinson Crusoe de Daniel Defoe…—. Descargo, los leo o los dejo ahí en espera de una situación propicia, y por más libros que baje y baje la iPad no engorda, no pesa un gramo más… Muchas ventajas…, pero aun así, yo sigo comprando libros.

La última vez que el conde Serredi me recetó su arenga sobre las bondades de los e-book fue devastador. En esta ocasión yo mismo le di el motivo y el argumento principal de su alegato. Para ser precisos, él mismo lo encontró sobre mi escritorio: Ideas. Historia intelectual de la humanidad, de Peter Watson (Crítica, 2008).

— ¿Y esto?

El libro de Watson es un bien documentado ensayo historiográfico acerca de las ideas que han impulsado al género humano, un texto que abarca desde la prehistoria hasta el mundo contemporáneo —la edición en inglés explicita desde el título el enorme período que pretende abarcar el ensayo: Ideas, a history from fire to Freud—. El escritor británico y periodista Peter Watson (1943) ha publicado alrededor de treinta títulos: The Modern Mind: An Intellectual History of the 20th Century (2001), Ideas: a History from Wittgenstein to the World Wide Web (2009), y el más reciente The Age of Atheists: How We Have Sought to Live Since the Death of God (2014), por citar sólo algunos. Prácticamente todos los libros de Watson pueden ser inscritos en la llamada historia de las ideas, la rama de la historiografía académica que fundó el filósofo estadounidense Arthur Oncken Lovejoy (1873-1962).

— ¡Qué bárbaro! ¿Una historia intelectual de la humanidad?

En su texto, Watson trama un relato de la vida intelectual del género humano a partir de tres ideas fundamentales que, “en última instancia, determinan la estructura del libro y resumen su tesis”: el alma, Europa y el experimento.

El conde Serredi tomó el libro para hojearlo, llegó al índice y fue leyendo: — Primera parte, de Lucy a Gilgamesh… Quinta y última parte: de Vico a Frud… Conclusión…

— ¡No te atrevas! Bien sabes que me revienta adelantarme a los finales.

Respetuoso, el conde Serredi cerró el libro, un volumen de 1,420 páginas, y mirándolo con cierto desprecio comenzó a subirlo y bajarlo con ambas manos: — Pues yo jamás compraría una cosa así…, a menos de que lo quieras usar para hacer pesas —lo dejó de nuevo sobre el escritorio y, claro, se sacó el celular de la bolsa de la chamarra para proclamar:—. Yo, desde hace mucho, nada más leo aquí.

Y sí, Ideas, de Peter Watson, se halla disponible también en formato kindle.

jueves, 5 de junio de 2014

La ciudad de don Fernando

Tengo en las manos un objeto hermoso: un ejemplar de la edición príncipe de La vida criolla en el siglo XVI, de don Fernando Benítez. Es un libro en pequeño formato (14 x 21 cm), encuadernado en tela, de pastas duras y con un grabado en la primera de forros. La celulosa del papel ya está muy oxidada, así que las hojas se han amarilleado; no es para menos, el volumen fue facturado hace 61 años. La edición se realizó gracias a los empeños de una institución académica a la que este país debe muchas cosas buenas, el Colegio de México. Se escribe fácil, pero estamos hablando de una edición publicada en 1953, el año en que Stalin dejó de gobernar la Unión Soviética sólo porque también se retiró de este mundo, un mundo en el que, por cierto, la Guerra Fría aún ni siquiera comenzaba a enfriarse: tanto rusos como gringos —un militar, Eisenhower, gobernaba a Estados Unidos— mostraban el músculo a la menor provocación haciendo explotar bombas de hidrógeno. Aquel año, Marilyn Monroe apareció en la portada de la revista Playboy y en México las mujeres comenzaron a votar. En el Colegio de México, por aquel entonces aún presidido por don Alfonso Reyes, muchos refugiados españoles enriquecían la vida cultural de nuestro país. Tal es el caso de Elvira Gascón (1911-2000), la artista plástica catalana a quien debemos las casi treinta ilustraciones, dos de ellas a tres tintas a página completa, que engalanan el libro de Benítez: galeones antañones y conquistadores recién desembarcados, indios explotados en las minas, espantos medievales importados al Nuevo Mundo, un libro ardiendo en una pira inquisitorial, bardos y pícaros renacentistas, demonios alucinantes y lectores alucinados, un hijodalgo montado en su caballo, convites virreinales, saraos… En el colofón se informa que el cuidado de la edición estuvo a cargo del poeta acaponetense Alí Chumacero.




Don Fernando publicó La vida criolla en el siglo XVI tres años después de que el Fondo de Cultura Económica hiciera lo propio con su primer libro, La ruta de Hernán Cortés, otro imprescindible. Desde el año anterior, 1949, Benítez dirigía México en la cultura de Novedades, el primer gran suplemento cultural de este país. Y es que a don Fernando (1912-2000) le alcanzaron sus variados y productivos quehaceres para llegar al ocaso convertido en un héroe intelectual del siglo XX mexicano. Fernando Benítez fue un humanista que supo actuar: escribió mucho y dio vida e impulsó muchos y trascendentes proyectos culturales. Ensayo historiográfico, etnografía, antropología, novela, reportaje…, abordó diversos géneros, siempre, me parece, empleando una vigorosa capacidad de tramar historias, de explicar las cosas narrando los sucesos. Carlos Fuentes no exageró al homenajearlo cuando lo hizo personaje apolíneo de su novela Cristóbal Nonato —por cierto, don Fernando también probó suerte en la dramaturgia, con la obra Cristóbal Colón, según sus propias palabras “el fracaso más grande que recuerda la historia del teatro mexicano. Me salvé de ser linchado y que incendiaran Bellas Artes porque todos dormían profundamente al final de las cuatro horas de representación”—. 

La vida criolla en el siglo XVI es un ensayo excepcional que no se ha apolillado en lo absoluto: sigue siendo un texto historiográfico disfrutable e indispensable. De hecho, editorial Era lo continúa vendiendo: desde 1962 forma parte de su colección Biblioteca Era, y puede encontrarse en librerías como Los primeros mexicanos —el encabezamiento original se mantiene como subtítulo—. El ensayo arranca con una mención obligada: la captura de Cuauhtémoc, acción que significó la caída definitiva del imperio azteca. Sin embargo, el verdadero comienzo de la historia que narra Benítez, la de los primeros mexicanos, es el inicio de la construcción de una ciudad: “Tenochtitlán habría quedado como una gigantesca ciudad arqueológica si a Hernán Cortés no se le ocurriera fundar sobre sus ruinas la capital de la Nueva España”. Y la ciudad que conforme a la Traza de García Bravo los indios edificaron sobre las ruinas de la capital del imperio mexica se mantendrá como el escenario por antonomasia de criollos y mestizos:
“Fue, en lo material…, la residencia exclusiva del conquistador, la torre de piedra que debía tenerlo alejado del indio, y en lo espiritual fue asimismo un mundo blanco inserto en un mundo de color, una pequeña isla dentro del mar oscuro… Los fenómenos a que dio lugar esta nueva concepción urbana están íntimamente relacionados con la historia y la constitución de nuestro país. Los hijos de los conquistadores o de los primeros pobladores nacidos aquí, por más que a sí mismos se llamaran españoles, ya no se parecían a sus padres. Eran, para decirlo provisionalmente, unos hombres nuevos a quienes se designaba con el nombre de criollos. Los mestizos, los hijos de los españoles y las indias, casi siempre engendrados a espaldas de la ley, fueron junto con los criollos, los tipos humanos más notables formados en la ciudad…”
Efectivamente, una de las hipótesis principales en que don Fernando sustenta su ensayo es que la mexicanidad se originó en los usos y costumbres de los criollos, primeros habitantes de una ciudad construida a costa del trabajo sacrificado de miles de indígenas. No es casual que a lo largo de toda su vida, Fernando Benítez habría de mantener un apasionado interés en dos temas: los indios de México y la urbe que dio nombre a todo el país —en 1982 publicaría en tres tomos su Historia de la Ciudad de México—.