Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

viernes, 15 de mayo de 2015

Creaturas de Occidente

Si hablamos de fama, Frankestein, aquel montón de restos humanos revivido con electricidad y alquimia, se lleva de calle a su creador, el doctor Víctor Frankestein; tanto ha sido así, que el monstruo originalmente anónimo terminó por expropiar al científico incluso su nombre, estandarte de identidad: hoy día en todo el mundo la voz Frankestein pertenece más a la creatura que a su artífice. Y Frankestein es mil veces más famoso que la novela que lo engendró para el imaginario de Occidente: Frankenstein o el moderno Prometeo, obra publicada inauguralmente en 1818 sin que se diera a conocer el nombre de la jovencita que la había escrito, y luego firmada por ella, Mary Shelley, el apelativo de casada de Mary Wollstonecraft Godwin (1797-1851). Lo mismo podemos decir acerca del vampiro más célebre de nuestra tradición cultural, el conde Drácula, quien opaca a Drácula (1897), la obra que el irlandés Abraham Stoker (1847-1912) concibió y firmó con el pseudónimo Bram Stoker, un pen name más o menos conocido sólo después de la versión cinematográfica de Francis Ford Coppola. Pues como Frankestein y Drácula, el personaje Robinson Crusoe se ha erigido muy por encima del libro que le dio vida.

La producción textual del bien llamado padre de la novela inglesa fue exuberante; escribió en prosa y en verso, realidades y ficciones, reflexión y narrativa. Daniel Foe, quien debió de aparecer en este mundo en 1660 en Londres, usó a lo largo de su prolífica vida de escritor multitud de pseudónimos, no solamente aquel con el cual terminaría trascendiendo: Daniel Defoe. Muchísimos de sus alias le sirvieron para tirar pedradas y esconder la mano, porque Daniel fue vate travieso y activo panfletista. Hasta ahora se han descubierto 198 distintos pseudónimos con los que el creador de Robinson Crusoe polemizó en asuntos no sólo concernientes a la política de su época, también involucró su pluma en pleitos sobre religión, psicología, criminalística y hasta fenómenos paranormales. A tinta batiente, Daniel esgrimió batallas siendo Anglipolski of Lithuania, the Man in the Moon, Penelope Firebrand, Sir Fopling Tittle-Tattle, Nicholas Boggle…, así que en 1719, cuando salió a la venta su libro más célebre, ¿cómo habría de entenderse aquello que se afirmaba en el título, que lo había escrito nada menos que el mismo protagonista de la obra?: Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe, marinero de York, que vivió veintiocho años solo por completo en una isla deshabitada en la costa de América, cerca de la desembocadura del gran río Orinoco, tras ser arrojado a tierra en un naufragio en el que perecieron todos los hombres menos él. Con un relato de cómo al fin fue extrañamente rescatado por piratas. Escrito por él mismo. ¿Ficción? ¿Realidad? Vale recordar que Defoe había para entonces ya publicado The Storm, texto primigenio del periodismo moderno. En noviembre de 1703, con furia apocalíptica, un huracán le pegó a Inglaterra; a su paso dejó destrucción y miles y miles de muertos. Defoe y su familia sobrevivieron al percance y él, en uno de sus repetidos baches económicos, se puso a escribir un relato pormenorizado de lo sucedido, echando mano para ello tanto de su propia experiencia y capacidad de observación, como de más de medio centenar de testimonios de hombres y mujeres de toda Inglaterra. Él y su impresor invirtieron en la empresa, con la esperanza de que el mercado estaría ávido de conocer lo ocurrido y habría ganancias. The Storm salió de prensa a principios de 1704, y aunque desafortunadamente el libro no se vendió nada bien, sin saberlo Defoe había inventado un nuevo artefacto textual —the world's first instant book, según John J. Miller—, el reportaje testimonial. The Storm se refería a un evento ocurrido realmente, a un suceso padecido por todos y entreveraba relatos de gente de carne y hueso, con nombres y apellidos. ¿Entonces, Defoe era un realista? Bueno, juzgue usted: al año siguiente, 1705, publicó una serie de historias sobre un hombre que viajó a la Luna. 

El mismo año que salió a la venta la edición príncipe de Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe…, Charles Gildon (1665-1724) publicó un panfleto —Robinson Crusoe Examin’d and Criticis’d— en el que sostenía que la historia del náufrago no era más que una fábula absurda, un invento del “cerebro prolífico” de Defoe, por lo demás, plagada de inconsistencias. Gildon reclama a Defoe, con quien traía ya pleitos previos: Crusoe no es una persona histórica, es un personaje —he is a Creature of your making, and not of God's—. Por supuesto, Gildon tenía razón…, independientemente de qué tanto se haya inspirado Defoe o no en la historia del marino, éste sí de carne y hueso, Alexander Selkirk (1676-1721). Si entonces el alegato de Gildon no le hizo mella al éxito de Robinson Crusoe, hoy la veracidad de la historia del náufrago a nadie importa un comino: esté anclada o no en una realidad histórica, la historia del hombre que vivió ocho años, dos meses, y 19 días en una isla desierta y se las arregló para no morir ni de hambre ni de sed ni de soledad es desde hace mucho una de las narraciones que dan cierta unidad cultural a Occidente, y por ello, desde hace más de tres siglos ha sido narrada tantas veces y con tantas variantes…, como la de Julio Cortázar, en la cual, decíamos, metió tanta tijera que además de traducción resultó siendo una traición… Y de nuevo, ahí será para la siguiente…

domingo, 10 de mayo de 2015

La autenticidad del náufrago

J. M. Coetzee acierta al afirmar que, junto con Ulises de Ítaca y don Quijote de la Mancha, Robinson Crusoe es “un personaje de la conciencia colectiva de Occidente”. Habría que agregar al elenco a otros, claro, pero de la preponderancia de estos tres no a muchos más… Job y Noé; Edipo, Electra y Yocasta; Sócrates de Atenas y Jesús de Nazaret; más de uno de Shakespeare —Romeo y Julieta, seguro—; Cristóbal Colón y Gulliver; don Juan y Lolita…

Según refiere la primera línea del libro que testimonia su historia, el náufrago más célebre de nuestra tradición cultural nació en York, Inglaterra, en 1632. Por su parte, Daniel Defoe, el literato que narró las peripecias de Robinson Crusoe, nació en Londres en el otoño de 1630 (una buena biografía: Daniel Defoe: his life, de Paula R. Backscheider; The Johns Hopkins Press, 1989). Autor y personaje son coetáneos. Con el afán de que su apellido sonara más aristocrático, desde muy joven Daniel Foe decidió ornarlo y lo cambió a Defoe. Y el personaje informa que se llamaba Robinson Kreutznaer, “aunque por la habitual corrupción de voces en Inglaterra se nos llama Crusoe”.

Los poco más de setenta años que Daniel Defoe vivió —murió el 24 de abril de 1731— le alcanzaron para estudiar, viajar, comerciar, meterse en política, filosofar y escribir un tipo de prosa narrativa que en su tiempo no tenía ni siquiera nombre: novelas. El libro que para muchos debe erigirse como la primera novela moderna en lengua inglesa se publicó en 1719, y fue un exitazo. A la usanza de entonces, el título no se guardaba mucho: Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe, marinero de York, que vivió veintiocho años solo por completo en una isla deshabitada en la costa de América, cerca de la desembocadura del gran río Orinoco, tras ser arrojado a tierra en un naufragio en el que perecieron todos los hombres menos él. Con un relato de cómo al fin fue extrañamente rescatado por piratas. Escrito por él mismo. Prefigurando su destino —un larguísimo camino de versiones, remedos y adaptaciones variopintas y en múltiples lenguas que ya va por casi trescientos años—, pocas semanas después de salir de la imprenta, apareció la primera copia pirata, una edición cercenada que usaba como título casi el auténtico pero agregaba: “Escrito originalmente por él mismo y ahora fielmente abreviado sin omisión de ninguna circunstancia destacable.” ¿Él mismo…, quién, Defoe o Crusoe? Seguramente azuzado por las ventas de la primera entrega y espoleado por el diligente plagio, Defoe escribió en menos de cuatro meses la secuela de su libro, una segunda parte que tituló como Nuevas aventuras de Robinson Crusoe, y en cuyo prefacio, para refutar a quienes lo acusaban de haber inventado la odisea del marinero, termina de urdir el artificio de la ficción novelística: 
Hallándome en plena y perfecta posesión de mi mente y mi memoria, gracias sean dadas a Dios, declaro por la presente que esa objeción es un invento escandaloso por su intención y afirmo que la historia, aunque alegórica, es también histórica [...] Además, existe y vive un hombre, bien conocido, cuyos actos en la vida son el verídico sujeto de estos volúmenes y a quien alude toda la historia, o su mayor parte; se puede confiar en la veracidad de esta afirmación y por ella pongo en juego mi nombre.
Una postura tajante, sin lugar a dobles lecturas…, salvo por un detalle: quien firma no es Daniel Defoe, no, sino ¡Robinson Crusoe! El hechizo surtió efecto y sigue encantando: hoy muy pocos saben quién fue Daniel Defoe y sin embargo, hayan leído o no su libro, saben que Robinson Crusoe fue un marino que durante muchos años vivió aislado de la civilización en una ínsula despoblada.

Como El Quijote, como La Odisea, Robinson Crusoe es uno de esos textos que mucha gente cree conocer, aunque en realidad solamente un puñado ha leído. De Defoe, hasta hace poco yo solamente había leído un libro, una obra posterior, Diario del año de la peste, de 1722, en el cual el inglés opera un artilugio semejante: escribe, casi como un reportaje, las impresiones de un hombre que vive el embate de la gran peste bubónica de 1665 —Coetzee lo explica así: “es lo más parecido a la falsificación de un documento histórico sin haber utilizado tinta y pergamino antiguo”—. De Robinson Crusoe tenía noticia de que existía una traducción al castellano realizada por Julio Cortázar y ésa era la edición que quería leer. Encontré finalmente un ejemplar publicado por Debolsillo Random House Mondadori en 2013, con un prólogo del Nobel sudafricano, Coetzee. La edición incluye solamente las dos primeras partes —Defoe publicaría en 1720 una tercera, Reflexiones profundas durante la vida y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe; con su visión de un mundo angélico—. La lectura no me desilusionó en lo absoluto: pese a que no se trata ni de cerca de una gran obra literaria, la historia que narra sí que lo es. Reconocí en la novela lo que las versiones para niños, el cine, la televisión y la cultura popular van filtrando para el gran público. La sorpresa llegaría después, cuando buscando información acerca de alguna edición en castellano de la tercera parte de la zaga me topé con que Cortázar, en su traducción, la más conocida en México, mutiló la obra de Daniel Defoe. Queda para la próxima hablar de tamaña anomalía…

domingo, 3 de mayo de 2015

Insatisfechos con satisfactores

I can't get no satisfaction
'Cause I try and I try and I try and I try
I can't get no, I can't get no.
Satisfaction, Rolling Stones.


Todos ustedes piden mucho para ser felices: sostengo que, al igual que la inmensa mayoría de los humanos que pululan hoy por el mundo, a ustedes y a mí no nos basta, como a Nietzsche, con el sonido de una gaita. No, nosotros necesitamos una base amplia y firme…: agua potable, baño y regadera conectados al drenaje, luz eléctrica, techo y paredes, salud e higiene, comunicación telefónica, en fin, un caudal de condiciones que asumimos con mínimas, ya no digamos para ser felices sino apenas para vivir dignamente. Y el piso está cada vez más alto –¡vamos, la ONU declaró en 2011 que el acceso a internet es ya un derecho humano!–. Pertenecemos a una gran camada de hombres y mujeres —la más numerosa de todos los tiempos— que, siendo la que dispone de más y mejores artilugios para el gozo y el disfrute de la vida cotidiana, es la que más insatisfecha se muestra. Al parecer a nadie le basta con tener un teléfono con el cual es posible comunicarse con quien uno quiera sin importar la distancia, como tampoco a casi nadie le produce felicidad el poder bañarse con agua caliente a media noche o tener una hoguera controlada en la cocina o hielos en el congelador. Tampoco parece ser suficiente tener atrapado a Krystian Zimerman en el iPod para que interprete todos los conciertos para piano de Beethoven a la hora que a uno le dé la gana y las veces que uno quiera.

La perspectiva anterior es sociológica: apuesta a la comprensión del comportamiento de las personas en tanto seres sociales e históricamente condicionados. Desde ese punto de vista, la semana pasada acusaba que hoy día el sonido de una gaita ya no nos resulta suficiente… Mi amigo el conde Serredi no sólo leyó y meditó sobre el asunto sino que también suma una perspectiva complementaria:
Va una opinión desde una perspectiva distinta, basada en lo que he visto, platicado y preguntado: por alguna razón misteriosa, la capacidad de disfrute es distinta de persona a persona. Hay quien disfruta mucho y sufre poco, hay quien experimenta lo opuesto, y también están quienes disfrutan y sufren en abundancia. Y todo eso me parece que es independiente del tiempo. Si tienes capacidad de disfrutar, lo harás con lo que esté a tu alcance: un pedazo de queso en alguna época fue un lujo ampliamente disfrutable para una niño, pero para la niñez actual no puede competirle a los dulces que encuentras en cualquier miscelánea; subirse a un simulador espacial en Disneylandia y vivir una experiencia inmersiva es hoy, también para muchos, una experiencia increíble, mientras que en el pasado la primera vez que un joven dominaba un caballo podría ser un hito biográfico. Todo puede disfrutarse. Si en vez de Manhattan tengo el sonido de una gaita y me parece que es agradable, pues lo disfruto. Se puede disfrutar tanto de lo que es escaso como de lo que es abundante; de lo que sucede de vez en cuando y de lo que nos pasa a diario. Seguramente lo que ha cambiado con el tiempo es la variedad de cosas que se presentan ante nuestros sentidos y experiencia, por lo que somos más selectivos y desechamos cosas que para alguien del pasado sería un crimen, como el sonido de una gaita. Por eso, creo, para un antepasado pasaríamos por mamones y melindrosos. Basta pensar en el vino o el café: hoy el mercado y la competicia nos han hecho tan sofisticados que seguramente nos parecería basura lo que tomaban y disfrutaban en siglos anteriores. Lo que sí es que de plano qué mal gusto de Nietzsche: ¡el sonido de una gaita!
Más que a la psicología, el alegato del conde Serredi apela a la dichosa naturaleza humana, porque si bien acepta que al paso del tiempo el abanico de satisfactores —palabreja que, si bien no existe en el español según la RAE, se refiere a cosas materiales— y experiencias posibles se ha ensanchado, defiende en su médula la idea de que la disposición al disfrute no es cultural, sino natural y varía de individuo a individuo.

Coincido sin regateos con el conde: hay personas intensas y otras tibias, como hay gozosas y sufridoras, independientemente de sus circunstancias históricas. Sin embargo, si es que la naturaleza humana no ha variado a lo largo de la existencia de la especie, algo sí ha sucedido en la manera en que vivimos que produce una situación contradictoria y generalizada: nunca antes en la historia de la Humanidad una proporción tan alta de la población había tenido tantas facilidades, como hoy, para disfrutar la vida cotidiana, y paradójicamente el género camina hacia el futuro de capa caída: “El panorama epidemiológico señala que con pocas variaciones regionales entre el 20 y 25% de los adultos en las sociedades modernas tienen datos claros de depresión crónica o cíclica, y que los índices de su más onerosa manifestación, el suicidio, son igualmente elevados –explica el neurólogo Julio Sotelo–.  A pesar de la carencia de estudios comparables realizados en tiempos pretéritos es la opinión de muchos expertos en estudios recientes que la depresión es un fenómeno creciente en la sociedad moderna”. En suma, todos tenemos, tibios e intenso, sufridores y jubilosos, mucho más con qué pasarla cada vez mejor y sin embargo cada vez más gente la pasa peor. Si esto es realmente así, la llamada condición humana no alcanzaría para explicar el fenómeno.

sábado, 25 de abril de 2015

El sonido de una gaita

En una de las escenas más emotivas de Manhattan (Woody Allen, 1979), el protagonista de la cinta, Isaac Davis, interpretado por el propio Woody, se pregunta ¿por qué vale la pena vivir? Seguramente lo recuerdan: él está solo, tumbado en un sillón, hablando al micrófono que alimenta a su flamante grabadora de casetes. It's a very good question.... Well... Traduzco su respuesta: “Bueno, hay determinadas cosas que, supongo, hacen que valga la pena la vida. Uh... ¿Cómo qué…? Bien… Um... Para mí…, eh..., yo diría que Groucho Marx, por nombrar algo..., eh..., y Willie Mays y... el segundo movimiento de la sinfonía Júpiter... Y Louis Armstrong, la grabación de Potato Head Blues... Uh..., las películas suecas, naturalmente... La educación sentimental de Flaubert ... Uh... Marlon Brando, Frank Sinatra... Eh..., esas increíbles manzanas y peras de Cézanne... Uh..., los cangrejos en Sam Wo... Uh…, el rostro de Tracy ...” 

Joaquín Sabina incluye Manhattan, no la película sino la isla, entre sus más de cien motivos “para no cortarse de un tajo las venas”. En su lista, el magistral poeta ubetense incluye libros, besos, bares, amigos, Venecia, tabaco, jadeos...
Tenemos el sexo y el rock y la droga, Los pies en el barrio, y el grito en el cielo, Tenemos Quintero, León y Quiroga, Y un bisnes pendiente con Pedro Botero.
Quizá no precisamente ésta, pero ciertamente en mi propio listado de razones por las cuales vale la pena vivir apuntaría varias canciones de Sabina —Y sin embargo…, sin duda— y también por cierto Manhattan y Love and death (1975) de Woody Allen… Pero aquí mismo me contengo y meto freno, porque si caigo en la tentación de aunque sea intentar el inventario de todos mis imprescindibles tengan ustedes la certeza de que este espacio no sería suficiente ni siquiera para las películas, mucho menos para todas las canciones, por no decir la música, así, en general, aunque en particular uno concuerde con Nietzsche en aquello que bien nos dejo dicho en El ocaso de los ídolos (1887): “¡Qué poco basta para ser feliz! El sonido de una gaita resulta suficiente. Sin música la vida sería un error”.


¿El sonido de una gaita…, así nomás? A ver, ¿concuerdan ustedes con el ínclito filósofo germano? No lo creo, es más, me atrevería a ponerlo en tela de juicio aunque de viva voz me contestaran que sí, aunque me dijeran que, como casi siempre, del bigotudo don Federico escurre verdad llana y que, en consecuencia, ustedes piensan como él y que, sí, verdaderamente se puede ser feliz con muy poco. Desconfiaría si me respondieran en tal sentido, sencillamente porque son ustedes mis coetáneos. Me explico…

La distancia entre todos nosotros y el señor Friedrich Wilhelm Nietzsche es muchísima. Él vivió durante la segunda mitad del siglo XIX: llegó al mundo, uno muy diferente al nuestro, en una pequeña localidad alemana, Röcken, en octubre de 1844, y falleció a los 55 años de edad, a mediados de 1900. Precisamente el año en que el filósofo nació se registró un acontecimiento que, desde la actualidad, podemos significar como un hecho germinal de otro mundo, el nuestro, el contemporáneo: el 24 de mayo, en Estados Unidos, Samuel Morse transmitió el primer mensaje telegráfico de la historia: What hath God wrough —Lo que dios a ha creado—. Aquella cita bíblica —Números, 23:23—, codificada en puntos y rayas, voló a la velocidad de la luz desde el Capitolio en Washington, D.C., hasta Baltimore. El acontecimiento incorporaba las dinastías tecnológicas que en los siguientes años trastocarían radicalmente la manera en la que los seres humanos vivimos: energía eléctrica, información y telecomunicaciones. Nietzsche, al igual que todos nuestros congéneres desde su época y hasta los albores de la especie, habitó un mundo sin luz eléctrica en el cual la comunicación a distancia en tiempo real era posible sólo con silbidos, señales de humo y otros artificios limitadísimos. No sólo eso, es ingente la lista de soportes a la vida cotidina a los cuales prácticamente nadie tenía acceso hace 150 años. Sucede, como explica Julio Sotelo, que “la vida cotidiana del ser humano ha tenido su más grande y favorable transformación durante el siglo XX y en los breves años transcurridos del siglo XXI…” Los advenimientos tecnológicos que el doctor Sotelo destaca entre todos los que han reconfigurado nuestro manera de vivir son la aviación, el automovilismo, la luz eléctrica, los aparatos electrodomésticos, la radio, la televisión, la cinematografía y con ella el cine en casa, el gas doméstico, el agua potable, la telefonía, la cirugía, los medicamentos eficaces, la internet, las telecomunicaciones, los discos compactos. Todo esto ha devenido en infraestructura y aparatos que “han traído… posibilidades casi ilimitadas de momentos agradables”. Así que uno, sin el menor esfuerzo mediante, hoy puede escuchar en la madrugada y las veces que quiera el segundo movimiento de la sinfonía número 41 en do mayor, K. 551, Júpiter, de Mozart, o, remasterizado, a míster Amstrong tocando el Potato Head Blues… Y sí, quizá muchos conserven hoy la inteligencia y sensibilidad suficientes para ser felices o al menos alcancer momentos de dicha con ello…, pero también es verdad que cualquiera de ésos pocos afortunados no podrá gozar de tal experiencia si en su casa falla la energía eléctrica o el suministro del agua potable o el baño está tapado… Es decir, para nosotros, hoy en el siglo XXI, el sonido de una gaita ya no resulta suficiente, vamos, ya ni siquiera Manhattan, la discografía completa de Sinatra o una novela de Flabuert o el sexo, las drogas…

domingo, 19 de abril de 2015

Felicific calculus

Happiness is a very pretty thing to feel,
but very dry to talk about.
Jeremy Bentham


El sitio al que te diriges se localiza en Bloomsbury, en el merito centro de Londres, así que te subes al metro. The tube, if you please! Va pues: abordas el famoso tube londinense… Algunas estaciones más adelante, te bajas en Euston Square para encaminarte a la esquina de Gower & Gordon… Ahí está: el edificio central de la University College London (UCL). No es poca cosa: se trata de una de las más grandes y tradicionales instituciones públicas de educación superior de Inglaterra, integrante del puñado de universidades de súper élite británicas G5. Fundada en 1826, aquí estudió Alejandro Graham Bell, Mahatma Gandhi, el cineasta Christopher Nolan y todos los integrantes de la banda Coldplay. Hoy se dan cita alrededor de 25 mil almas, entre personal y alumnos. Pues en este lugar, justo en las instalaciones del edificio central de la prestigiosa UCL, está a quien andamos buscando: Jeremy Bentham.


Ciertamente, el monigote ensombrerado que contiene el gabinete de madera no representa a Jeremy Bentham, de hecho es él, o más precisamente lo que queda de él: un esqueleto, vestido y enguantado, que soporta una cabeza de cera. Jeremy Bentham llegó al mundo antes de que los norteamericanos consiguieran independizarse de Inglaterra, antes incluso de que los revolucionarios franceses quemaran La Bastilla y se hicieran justicia guillotinando aristócratas… Jeremy nació en Londres el 15 de febrero de 1748; desde ahí y entonces, a todo vapor la Revolución Industrial reconfiguraba el mundo. Se cuenta que un día a su pobre padre, un orgulloso Tory, ya mero le da el patatús, cuando al entrar a la biblioteca de su casa se encontró a su chamaco muy entretenido leyendo varios volúmenes de historia: entonces el precoz lector tenía apenas tres años de edad. Cuando tenía cuatro, el niño estudiaba francés y latín; a los cinco tocaba el violín y a los doce ingresó presuroso al Queen's College de Oxford: en 1763 obtuvo su Bachelor’s degree y tres años después, a los 18, ya podía presumir una maestría en leyes. Abogado, prácticamente no ejerció porque en lugar de andar de pleito en pleito tenía algo mucho más importante qué hacer…: filosofar. Jeremy pensó y escribió a lo bestia —se calcula que en sus manuscritos, inéditos en su mayoría, dejó más de cinco millones de palabras—. Su actividad filosófica no permaneció en la abstracción pura, por el contrario, luchó por impulsar reformas legales específicas; bien ganado tiene que sea reconocido como un claro precursor del llamado positivismo legal. Como buen adelantado, don Jeremy no tuvo entre sus contemporáneos un gran ascendiente que digamos, sin embargo al paso del tiempo su obra influyó a pensadores tan destacados como John Stuart Mill (1806-1873).

Se dice fácil , pero la gran tirada del señor Bentham resultaba y resulta ambiciosa al punto de lo imposible: quería crear un código legal utilitario que normara absolutamente todos los actos de la vida social —lo llamó Pannomion—. En términos de filosofía política, el planteamiento del inglés se sustenta en un argumento harto simple: todo acto humano, norma o institución deben ser juzgados según la utilidad que tienen, medida ella a partir del placer o el sufrimiento que producen. 
La naturaleza ha puesto a la humanidad bajo el gobierno de dos amos soberanos, el dolor y el placer. Sólo son ellos quienes nos indican lo que debemos hacer, y quienes determinan por qué lo hacemos. Por un lado, la norma del bien y del mal, por otro, la cadena de causas y efectos, ambas se sujetan a su trono. Nos gobiernan en todo lo que hacemos, en todo lo que decimos, en todo lo que pensamos: todos los esfuerzos que podamos hacer para librarnos de su sometimiento, nada más servirá para demostrarlo y confirmarlo. De palabra, un hombre podrá pretender abjurar de su imperio, pero en realidad permanecerá sujeto a ellos todo el tiempo. El principio de utilidad reconoce esta sujeción, y lo asume para la fundación de ese sistema, cuyo objeto es crear el tejido de la felicidad por las manos de la razón y de la ley.
Así, lo correcto, lo moral y políticamente correcto será lograr “la mayor felicidad para la mayor cantidad de gente”. Y punto: the gratest happiness principle. Así arranca Jeremy Bentham su ensayo más ambicioso, An Introduction to the Principles of Morals and Legislation, publicado originalmente en 1789. La felicidad, de acuerdo con Bentham, es un situación que involucra experiencias placenteras y la ausencia de dolor. ¿Pero cómo mesurar la felicidad que una determinada acción, política pública o incluso una ley pueden producir? Para dar respuesta a esta interrogante, Bentham ideó un algoritmo, el Felicific calculus —también conocido como cálculo utilitario o hedonista—. De entrada, para estimar el grado de placer o dolor que experimenta una persona, se deben considerar cuatro factores: intensidad, duración, proximidad y certeza. Además, la fórmula considera qué tanto el acto específico repercutirá en otros placeres o dolores (fecundidad) y su pureza misma. Finalmente, el cálculo no tendría mayor utilidad en un sistema social si no involucrara la extensión, esto es, la cantidad de individuos que compromete cada acción. A mayor puntaje, más felicidad y por tanto más ético resulta el actuar que se está evaluando. 


¿Qué tan redituable estimas tu día a día conforme a los supuestos del Felicific calculus?  Pero advierto: todo intento de medición de un fenómeno, lo afecta.

viernes, 10 de abril de 2015

1:1 / Invitación abierta

Carta abierta al Maestro de El Pueblito

Entrañable amigo:

Invitarlo es ingenuo. Sé que usted ama la cotidianidad casi agreste de El Pueblito. Sé que aborrece las horas en carretera que median entre su guarida y la entrada a la megalópolis. Sé que detesta el caos urbano, las filas descomunales de vehículos y de gente, el escándalo, el humo, la vorágine de la vida chilanga. Sé que, como siempre, me dirá usted que sí, que por supuesto, que a la primera oportunidad vendrá por acá, pero sé que estará mintiendo nada más porque su amabilidad lo impele a no decirme la verdad: A menos de que hubiera un asunto en verdad ineludible, ni majareta me paro por la Ciudad de México. Pues de eso se trata, de un asunto ineludible. Es inexcusable que venga usted: tiene que venir cuanto antes a ver Una muestra imposible.


Si no se ha enterado, lo entero: el CONACULTA, con dineros nuestros y el patrocinio del presidente de la República Italiana, ha montado en el Centro Nacional de las Artes (CENART) —Río Churubusco esquina con Tlalpan— una exposición maravillosa; se trata de una exhibición que permite apreciar en un mismo lugar alrededor de un siglo de la evolución de la plástica occidental, en la obra de tres de sus protagonistas, hoy sin duda canónicos: Leonardo da Vinci (1452-1519), Rafael Sanzio (1483-1520) y Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571-1610). Tal y como lo está usted leyendo: Da Vinci, Rafael y Caravaggio en el DF. 57 pinturas y frescos, para mayor detalle… No necesito estar frente a usted para ver la expresión de incredulidad que por más que lo intente no podrá ocultar: ¿casi sesenta originales de los tres grandes maestros italianos aquí, en México? ¡Imposible! Cierto, y de ahí el título de la exposición, ¿recuerda? Una muestra imposible. ¿Se imagina cuánto habría que gastar en seguridad para custodiar la El Retrato de Lisa del Giocondo de Leonardo? ¿O cuánto costará un seguro para poder sacar de la Pinacoteca Nacional de Bolonia El éxtasis de Santa Cecilia de Rafael? ¿Qué inversión se requeriría para instalar la museografía adecuada para exhibir La inspiración de San Mateo de Caravaggio, un óleo de cerca de dos metros de ancho por casi tres de alto? Así que no, no son originales…  Se trata de reproducciones digitales. ¿Reproducciones? ¿Y qué tan fieles? Bueno, copias de altísima calidad, facturadas a partir de fotografías analógicas de las obras auténticas, tomadas con muchísimo tiempo de exposición, y luego impresas a 1,200 por 1,200 puntos por pulgada. ¿Resultado? ¿Cómo decirlo? ¿“Copias igualitas”? O quizá “casi idénticas”. Los curadores prefieren la enunciación: “una fiel representante del original”. Un dato relevante: en todos los casos se trata de sucedáneos 1:1. Para subrayar la importancia de la escala, debo confesarle algo, querido maestro: yo jamás había caído en la cuenta —nótese el eufemismo que empleo para no tener que escribir “no sabía”— que La última cena de Leonardo, probablemente la obra de arte más reproducida de la historia, es un fresco enorme: mide 8.80 por 4.60 metros. Si dimensionar 404 mil 800 centímetros cuadrados resulta muy difícil por más que uno lea el dato en una ficha técnica, toparse con todos ellos en una sala de exposiciones, aquí en México, resulta insólito, más si se considera que el original se encuentra del otro lado del Atlántico, en Italia, en el refectorio del convento dominico de Santa María de la Gracia en Milán. Lo mismo ocurre con esa obra maestra de Rafael que a usted tanto le gusta, La escuela de Atenas, un fresco de casi ocho metros de ancho. Impone aquel formato en una imagen que uno ha visto tantas y tantas veces reproducida en libros o en la minúscula pantalla de una computadora. 


Si sigue usted pensando que resulta en verdad tortuoso desplazarse a la Ciudad de México, por favor evalúe cuánto tiempo y dinero necesitaría para admirar el San Jerónimo meditando que se encuentra en el Museo de Monserrat en España y el San Jerónimo escribiendo que está en la Galería Borghese de Roma… No importa cuánto dinero y tiempo haya usted calculado, porque no hay posibilidad alguna de que los pueda contemplar simultáneamente, uno junto al otro, como puede hacerlo en el CENART. Encontrará reproducciones —casi me animo a escribir “perfectas”— que se hallan en Florencia, en el Museo del Louvre, en el Vaticano, en el Palacio Pitti de Florencia, en San Petesburgo, en la Pinacoteca Antigua de Múnich, en Washington… Allá, regados por todo el mundo, están los aquí de cada una de esas pinturas; en un tiempo que no nos ha llegado a nosotros está su hoy. El aquí y el ahora de la obra original, lo cual según Walter Benjamin confiere su existencia única. Yo al menos no extrañé ninguna de ambas circunstancias para el disfrute estético que permite la muestra imposible a la que lo estoy invitando.

El tiempo apremia: el 15 de abril termina la exposición y, como suele ocurrir, conforme se acerque el último día los remisos se irán acercando. Reserve al menos unas cuatro horas, que divididas entre 56 resulta en ¡menos de cuatro minutos y medio por pintura!

Los organizadores proclaman en la presentación del evento que se trata de “una idea de democracia cultural que tendría en Paul Valéry, Walter Benjamin y André Malraux a sus precursores”. Me parece excesivo, pero tome en cuenta que la entrada es gratuita, al igual que el estacionamiento. Eso sí que es democrático y republicano.

viernes, 3 de abril de 2015

Indolencia rica

Para los doctores René Millán, Roberto Castellanos y Rolando Cordera.

¿Qué ingrediente le agregaría o aumentaría en cantidad para que el guiso de su propia existencia fuera más sabroso? ¿De qué pata cojea? Si pudiera pedirle a un genio omnipotente un deseo, ¿qué le pediría? O en corto, ¿qué ocupa usted? Hay mil maneras de preguntarlo; quizá una de las más simples sea ¿qué necesita para estar mejor? Hace unos meses, como parte de una encuesta realizada con todas las formalidades metodológicas del caso, se planteó la siguiente pregunta a una muestra de mexicanas y mexicanos, adultos todos: “En su experiencia, ¿cuáles son los tres aspectos de esta lista que más le ayudarían a aumentar la satisfacción con su vida?” Ojo, se presentó a los entrevistados una lista, de tal manera que se limitó el espectro; si se hubiera dejado abierta la cuestión preguntando “¿cuáles son los tres aspectos que más le ayudarían a aumentar la satisfacción con su vida?”, quizá no hubiera faltado quien contestara “ser invisible”, “poder volar”, “tener una mirada fulminante, literalmente”, “no morir”, “ser irresistiblemente sexy”, “que me aplaudan”…, en fin, pero el caso es que se cerró la gama infinita a una determinada cantidad de opciones. Las respuestas muestran que al menos en México la mayoría está de acuerdo con una sabia sentencia marxista, aquella que a la letra establece: “Si bien es cierto que el dinero no puede comprar la felicidad, ciertamente te permite escoger tu propia forma de miseria”. Efectivamente, de entre todos los aspectos entre los cuales se podía optar, el que la gente señaló con mayor frecuencia como primera mención fue “Tener un mayor ingreso” (35.9%), esto es, dinero… El aspecto que se mencionó en segunda frecuencia también se refiere al ámbito individual: “Tener un buen estado de salud” (30.3%). En un lejano tercer sitio (9.5%) quedó “Tener relaciones familiares amorosas”, una condición que necesariamente involucra a los otros.

Obtengo los datos anteriores de la Encuesta Nacional sobre Satisfacción Subjetiva con la Vida y la Sociedad (ENSAVISO), realizada por el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. El levantamiento se efectuó entre mayo y junio de 2014 y constó de 1,200 entrevistas. El promedio de satisfacción con la vida que reportó la encuesta de la UNAM fue de 8.53 puntos sobre 10, una calificación muy cercana a la que arrojan los ejercicios realizados hasta ahora por el INEGI (el módulo BIARE que incluyó la ENGASTO 2012 fue de 8.0, en tanto que en el último ejercicio publicado, el módulo BIARE incluido en la ENCO I/2015, fue de 8.2). También como ha ocurrido en anteriores estudios, para los informantes de la ENSAVISO no hay diferencia entre “satisfacción con la vida en general” y felicidad, o al menos calificaron ambas exactamente igual: 8.53.

Según los resultados de la ENSAVISO, entre más libertad para decidir tiene o cree tener la gente, aumenta su satisfacción vital.  La pregunta fue: “A lo largo de su vida, ¿qué tanto ha podido o no tomar decisiones importantes libremente?” De haber caído en la muestra, al llegar a esta interrogante yo hubiera exigido que me permitieran estudiar al menos un doctorado en filosofía antes de responder, pero afortunadamente la mayoría de mis paisanos no es tan complicada… Un grupo de seres para mí con un poder sobrenatural contestó que “Siempre”: ellos y ellas, el 28.1% del total, son los que reportaron un promedio de satisfacción con la vida más alto, 9 puntos. En el otro extremo tenemos a quienes contestaron que “Nunca”: así como lo lee usted, declararon que “Nunca” han podido tomar decisiones libremente; una de cada diez personas se halla en tan desdichada situación, y declara la calificación promedio de satisfacción con la vida más baja: 7.3 puntos. La mayor parte de la gente consideró que “Algunas veces” (21.9%) o “La mayoría de las veces” (39.8%) ha podido decidir libremente; su calificación promedio de satisfacción con la vida está, claro, más cerca del promedio total: 8.1 y 8.7, respectivamente. 

En otra perla de sabiduría marxista, Groucho señaló: “El dinero te libera de tener que hacer cosas que no te agraden. Dado que a mí no me gusta hacer casi nada, el dinero resulta muy útil”. Traigo a cuento lo anterior porque resulta una atinadísima explicación de qué hace los mexicanos en su tiempo libre, aquellos mismos que en primer lugar y sobre todas las cosas quisieran tener mejores ingresos para aumentar su satisfacción con la vida. ¿Cómo utilizan las personas el tiempo libre que disponen? Pues de acuerdo a los resultados de la ENSAVISO a la gente lo que más le gusta hacer cuando puede hacer lo que le plazca es no hacer nada. La pregunta fue: “Piense en el tiempo libre que tuvo en el último mes, ¿qué tanto realizó de las siguientes actividades?” De nuevo, una pregunta que cierra la infinidad de opciones —“Memorizar la Iliada”, “Oír ladrar los perros”, “Mentar madres”, por ejemplo, no aparecen en el listado—. Pero las respuestas dan la razón a quienes diseñaron el cuestionario: las tres actividades a las que los mexicanos dedican más su tiempo libre son “Estar con su familia” (82.6%), “Ver la TV” (80.4%) y “Descansar” (75.2%). 

Así que la fórmula de la satisfacción parece bastante simple: mucha lana para no hacer nada. Con una ventaja adicional —aquí parafraseo al gran Marx, Groucho, porque él pensaba que era un problema, no una ventaja—: cuando uno estás haciendo nada, nunca se sabe cuando has terminado.