Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

viernes, 24 de julio de 2015

Huellas

La huella de un sueño
no es menos real que la de una pisada.
George Duby



Un muro de piedra, eso es lo que se despliega en el mal llamado “escritorio” de la computadora en la cual ahora trabajo. La pared rocosa es parte de una caverna que se localiza a más de 15 mil kilómetros de la Ciudad de México, del otro lado del océano Pacífico, en las cavidades de Maros-Pangkep, en una de las cuatro islas mayores de la sonda de Indonesia, Sulawesi. La imagen la coloqué ahí hace unos días. Para hacerlo, empleé un archivo ráster, formato png, de 2,048 pixeles de ancho por 1,152 de alto. Se trata de un mapa de bits con una profundidad de color de tres bytes (24 bits): con casi 2.4 millones de puntos luminosos, cada uno de ellos con una posible variación de 16.7 millones de colores, se simula una fotografía analógica. Dispuse la imagen sin modificar su escala, y dado que el monitor del equipo está configurado a una resolución de 1,366 pixeles de ancho por 768 de alto, puedo ver sólo el 44.5% de la imagen, eso sí, con gran detalle, sin distorsión alguna. En el centro de la fotografía aparecen las siluetas de varias manos, manos como las mías o las de usted. La técnica de la que se valieron las personas que dejaron en esas cuevas las huellas de su existencia es milenaria: usaron su propio cuerpo como plantilla, para estarcir un dibujo a escala 1 : 1. En la pantalla de mi computadora —un modelo que, como siempre, ya me urge cambiar por uno nuevo— estoy viendo la huella que propositivamente dejaron de sí mismos algunos Homo sapiens hace casi 40 mil años. En otras palabras, la imagen muestra el registro más antiguo que hasta ahora se ha encontrado en todo el planeta de una manía exclusivamente humana.

En octubre del año pasado, la revista Nature publicó las conclusiones de un grupo internacional de científicos que se dio a la tarea de revisar la datación que hasta entonces se tenía de las pinturas rupestres de Maros-Pangkep. Los resultados más que sorprendentes, son revolucionarios. Las pinturas de las cavernas de Sulawesi fueron descubiertas a mediados del siglo pasado, y se pensaba que habían sido realizadas, a lo mucho, hace unos 12 mil años. Así, hasta hace apenas diez meses, era verdad científica aceptada que las pinturas rupestres figurativas más viejas del orbe eran obra de humanos asentados en Europa. Se creía que, entre las que se tenía noticia, las más antiguas eran las halladas en el sitio arqueológico de El Castillo, ubicado en Puente Viesgo, Cantabria, en el norte de la península ibérica. En este conjunto cavernario perduran algunas siluetas de manos humanas que fueron pintadas hace poco más de 37 mil años —aquí también se encuentra, en un estrato anterior, el célebre disco rojo, con 40,800 años de antigüedad, una figura que quizá fue creada por Neandertales—. Maxine Aubert y Adam Brumm, los investigadores de la Universidad australiana de Queensland que encabezaron el proyecto en las cuevas de Indonesia, explican que empleando el método de datación por series de uranio (Torio 230), aplicado no a los pigmentos sino a los espeleotemas tipo coraloide que se han ido formando al paso de los siglos sobre doce siluetas de manos humanas y dos representaciones de animales, todos procedentes de siete sitios rupestres en las cavidades de Maros, se concluyó con certeza que, de las primeras, las más antiguas tienen ahí por lo menos 39,900 años, con lo que se acredita que son las más viejas de todo el mundo. En cuanto a las pinturas de animales, se logró datar la representación de un cerdo-venado (Babyrousa babyrussa), un artiodáctilo hoy en peligro de extinción, que como mínimo fue trazado sobre la piedra hace 35,400 años. En suma, se trata de los rastros más antañones que los Homo sapiens hayan dejado de sí mismos.

El mismo día que Nature publicó el reporte sobre la corrección a la datación de las pinturas rupestres de Maros-Pangkep —por cierto, con un título bastante anodino: Pleistocene cave art from Sulawesi, Indonesia—, The New York Times pescó al vuelo la noticia y de inmediato ayudó a propagar en la aldea global sus implicaciones: la explosión de la actividad artística de los sapiens no comenzó en Europa, al menos no en forma exclusiva. La conclusión no es cosecha del reportero del NYT; en el propio de texto de Nature, desde el abstract, ya lo afirmaban los académicos: “mostramos que las tradiciones de arte rupestre en esta isla de Indonesia son al menos compatibles en cuanto a edad con el arte más antiguo de Europa… Entre las consecuencias, ahora se puede demostrar que los humanos estaban produciendo arte rupestre hace 40 mil años en extremos opuestos del mundo euroasiático”.

Yaval Noah Harari (De animales a dioses; Debate, 2014) entiende el paso de los Homo sapiens en términos de macroprocesos. Desde esa perspectiva, propone una historia dividida en cinco grandes episodios; uno de ellos, la revolución cognitiva, habría tenido lugar hace unos 70 mil años, cuando una de las varias especies de humanos que habitan el mundo, nosotros, se aventuró a salir de África. Le tomaría unos 30 mil años distribuirse por toda Euroasia y otros cinco mil años más llegar a Australia. Las manos que observo en el monitor de la computadora testimonian que hace unos 40 mil años algo ocurrió en las mentes de los sapiens que para entonces ya andaban repartidos por casi toda la Tierra. Terminando este texto voy a quitar la imagen de mi escritorio. Descargué hace rato una hermosa fotografía de una de las lunas de Plutón; las acaba de enviar la nave New Horizons desde allá.

lunes, 20 de julio de 2015

Selfies primigenios

Masks beneath masks
until suddenly
the bare bloodless skull. 
Salman Rushdie, The Satanic Verses.


Quizá la identidad de cualquier persona sea necesariamente una máscara. El latín personare se refiere a la máscara usada por un histrión en una tragedia para representar a un personaje. Y la palabra latina persona proviene del etrusco phersu, el cual a su vez tiene su origen en el griego prospara, que significa ¡máscara!: pros = delante, opos = cara, es decir, ‘delante de la cara’.

El vocablo español máscara —que aparece ya desde el Vocabulario de Antonio de Nebrija de 1495— proviene del italiano maschera, y este del árabe masẖarah, objeto de risa. En su libro Masks, Faces of Culture (Harry N. Abrams Publishers / The Saint Louis Art Museum. 2000), John W. Nunley informa que la palabra maskhara, falsificar, transformar, debió de llegar al árabe como msr, que significa ‘usar una máscara como lo hacían los egipcios’. Y es que en el antiguo Egipto el vocablo mask se usaba para referirse a ‘una segunda piel’.  

En todos los grupos conocidos de Homo sapiens se puede documentar el uso de máscaras. Quizá no sean tan antiguas como las hachas y las flechas, pero seguramente hemos confeccionado estos objetos desde que desarrollamos capacidades simbólicas. Incluso es probable que otros humanos arcaicos ya las manufacturaran. Henry de Lumley, director del Instituto de Paleontología Humana de París, cree que algunos restos de pieles de leopardo encontrados en el sitio de la cueva de Hortus en Francia corresponden a máscaras. Si fuera así, habría que aceptar que hace unos 40 mil años algunos Homo neanderthalensis se enmascaraban para parecer grandes felinos y, tal vez, encarnar su fuerza y fiereza. En cuanto a nosotros, los sapiens, seguramente desde los albores de nuestra especie usamos máscaras zoomórficas, echando mano de pieles, madera, hojas, paja y otros materiales perecederos, sin embargo hasta ahora de ello no hemos encontrado vestigios y probablemente nunca lo hagamos. Con todo, muchas pinturas rupestres así como las esculturas de roca talladas por los Cromañón en las que se aprecian cuerpos antropomórficos con rostros de animales —como el célebre Hombre-león de la cueva de Stadel—, bien podrían testimoniar el empleo de máscaras. 

Hasta hace poco, yo creía que la máscara antropomórfica más antigua que conservamos era la llamada Dama de Warka, también conocida como la Dama de Uruk o La Mona Lisa Sumeria, una hermosa pieza realizada en piedra caliza metamórfica y mármol con complementos de lapislázuli y láminas de oro. Resulta que no, que se han rescatado del olvido máscaras bastante más vetustas. Se estima que la Dama de Warka fue elaborada hace aproximadamente 5,300 años. Hace unos meses, el Museo de Israel en Jerusalén organizó la exhibición Face to Face, The Oldest Mask in The World, en la que se mostró al público 15 máscaras antropomórficas que fueron facturadas hace casi diez mil años. 

Las máscaras, todas descubiertas a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, fueron elaboradas durante el Neolítico, en distintos asentamientos localizados en las colinas y el desierto de Judea. La arqueóloga Debby Hershman, curadora de la exposición y jefa del departamento de Culturas Prehistóricas del Museo de Israel, se refiere a dichas creaciones, inicialmente conocidas como stone faces, como “las obras de arte más antiguas hechas a nuestra imagen y semejanza”. Incluso sin tener del todo consciente lo anterior, mirar y dejarse ver por estos selfies primigenios de la humanidad resulta pasmoso: “Las máscaras comparten características visuales comunes…: la forma de las cuencas de los ojos, narices truncadas y bocas abiertas, que proyectan una expresión atónita o amenazante, con reminiscencias de cráneos humanos”. Las personas que mutaron su identidad plantándose estos objetos ya eran sapiens sapiens, humanos modernos, gente como usted o como yo, que formaron parte de las sociedades que protagonizaron la revolución agrícola. Considerando las similitudes que pueden observarse entre los rostros de piedra tallada y los cráneos conservados para el culto de los antepasados que se encontraron en los sitios arqueológicos del mismo período, el equipo interdisciplinario que ha estudiado las piezas conjetura que con estas máscaras se pretendía representar a los espíritus de los muertos, y que fueron utilizadas en ceremonias religiosas y sociales, en ritos de sanación y magia. “La recreación de imágenes humanas con fines de culto se convirtió en una tendencia dominante en el mundo simbólico del Neolítico; de esta manera los miembros de las sociedades agrícolas tempranas expresaron su creciente capacidad de dominio sobre la naturaleza, y, por primera vez en la historia, figuraron los poderes sobrenaturales en su propia imagen”. El surgimiento de máscaras con rostros y expresiones humanas atestigua una transformación profunda y de enorme trascendencia en la cosmovisión de nuestra especie, “un cambio dramático en el sistema de creencias y el mundo simbólico que se produjo durante la época de la revolución agrícola”: las representaciones de animales salvajes prácticamente desaparecieron, el bestiario fantástico dejó de ocupar el sitio estelar en el proscenio mental del hombre, para ser reemplazado por una diversidad de imágenes humanas. Los dioses dejaron de parecer animales.



La exposición Face to Face, The Oldest Mask pudo ser apreciada en el Museo de Israel desde marzo de 2014, y la retiraron en septiembre pasado. En cambio, el Museo presenta ahora A Brief History of Humankind, la magna exhibición con la cual celebra su 50 aniversario. Se trata de una muestra tan ambiciosa como la narrativa que la inspira: el libro de Yuval Noah Harari del que hemos venido hablando, De animales a dioses.

lunes, 13 de julio de 2015

Historia que te incumbe

Hará poco más de unos 200 mil años que irrumpió en este planeta una especie que a la postre daría mucho de qué hablar, los Homo sapiens. La eventualidad aconteció en África oriental. Ahora que decir que irrumpió es eso, sólo un decir, porque dicho animalejo, nosotros, no surgió repentinamente o por generación espontánea, sino paulatinamente, por evolución. De hecho, los ejemplares más primitivos de nuestro género comenzaron a aparecer, también en África, hace aproximadamente dos millones de años. El caso es que después de haber sobrevivido en África durante la mayor parte de su existencia (70%), hace unos 70 mil años algunos sapiens se aventuraron a salir de aquella región. Poco más de 50 mil años después, hace 16 mil, los Homo sapiens colonizamos la gran extensión territorial que desde hace 0.5 mil años venimos llamando América. De hecho, no fue sino hasta que se le puso ese nombre que hubo humanos que tuvieron información suficiente para comprender que esta proporción de tierra no era parte de Eurasia y en cambio sí un continente, un territorio mucho más grande que una isla. De estos lares no se tenía noticia del otro lado del gran océano, ni aquí de allá, en tanto que la población nativa se hallaba dispersa por más de 43 millones de kilómetros cuadrados, sin que ningún grupo hubiera logrado abstraer la magnitud y ubicación en el mundo del sitio que habitaba. En 1507, en un libro (Cosmographiae Introductio) se publicó un planisferio (Universalis Cosmographia), realizado por el alemán Martin Waldseemüller (1470-1520), en el que por ocasión primera se denominó América a lo que erróneamente muchos europeos se referían como Las Indias. 494 años después, es decir, en los albores del siglo XXI, al norte de América, en Vancouver, una población ubicada en la costa occidental del continente, entre el estrecho de Georgia y las Montañas Costeras, algunos Homo sapiens se organizaron para formar el Centre for the Study of Historical Consciousness (CSHC).



El CSHC es parte de la Universidad canadiense de British Columbia, y para esclarecer cuál es su propósito ofrece una sucinta exposición respecto a lo que ahí se entiende por estudio de la conciencia histórica. El término conciencia histórica —explican— es relativamente desconocido en América del Norte, aunque el campo está bien establecido en Europa. El estudio de la conciencia histórica es diferente tanto la investigación histórica como de la investigación historiográfica. La distinción puede entenderse de la siguiente manera: cuando estudiamos la historia, estamos buscando en el pasado. Cuando estudiamos la conciencia histórica, estamos estudiando cómo es que la gente mira al pasado. El estudio de la conciencia histórica difiere, además, de la historiografía; esta última examina cómo los historiadores miran el pasado, mientras que la conciencia histórica se refiere a los entendimientos individuales y colectivas del pasado, los factores cognitivos y culturales que dan forma a tales entendimientos, así como las relaciones de comprensión históricas entre el presente y el futuro.

En su extraordinario libro El problema de la conciencia histórica (Madrid; Tecnos, 1993), el filósofo alemán Hans George Gadamer (1900-2002) se adentra a las profundidades del concepto; entre otras cosas, deja bien establecido que la idea es muy reciente —quizá apenas se pueda remontar a Hegel y Dilthey—. No podía ser de otra manera, porque, como establece Agustín Domingo Moratalla en el texto introductorio a la obra, el concepto se refiere a una condición hasta hace muy poco tiempo imposible: “La conciencia histórica que caracteriza al hombre contemporáneo es un privilegio, quizás incluso una carga que, como tal, no ha sido impuesta a ninguna otra de las generaciones anteriores”. Cierto, y ejemplos podríamos citar muchos, puesto que una visión más o menos panorámica de la historia pudo ser factible hasta hace muy pocos años.

La conciencia histórica se desarrolla al menos tres planos mentales. En principio, en tanto autoconciencia, es decir, como parte de los conocimientos que me permiten saber quién soy y de dónde vengo. En segundo término, como marco indispensable para poder tramar un sentido histórico, esto es, un conjunto de abstracciones que permitan entender la dirección que tienen los acontecimientos, al menos en calidad de hipótesis. Y finalmente, la conciencia histórica está en todo aquello que permite un conocimiento histórico. Y como cualquier tipo de conocimiento, la conciencia histórica puede tener diferentes alcances. Por citar los obvios, con la enseñanza de la historia nacional se pretende formar ciudadanos conscientes del paso de su país a través del tiempo y de la dirección en que se pretende encaminar —el llamado destino nacional—. Lo propio podría decirse de la llamada historia universal pero también de la de una familia, una ciudad o un equipo deportivo. En este orden de ideas, resulta que un nivel de conciencia histórica puede ser el genérico, quiero decir, el que nos corresponde en tanto especie, en tanto Homo sapiens. Justamente hacia ello se dirige el libro de Yuval Noah Harari, De animales a dioses (Debate. México, 2014. Primera edición en inglés, 2013). Esta Breve historia de la humanidad abre la lente a los macroprocesos, y trama una narración que pretende explicar cómo una especie que hace 70 mil años “era todavía un animal insignificante y que se ocupaba de sus propias cosas en un rincón de África… en los siguientes milenios se transformó en el amo de todo el planeta y en el terror del ecosistema, y hoy en día está a punto de convertirse en un dios…” Se trata de un relato que te incumbe.

lunes, 6 de julio de 2015

Un relato para todos

Acabo de leer algo excepcional. El libro llegó a mis manos por imposición del conde Serredi, y no me quejo, se lo agradezco. Durante más de dos meses, mi amigo había intentado hacerme entrar en razón: cada que nos veíamos o nos comunicábamos él insistía en que me dejara de tonterías y corriera a comprar el libro. ¿Ya lo estás leyendo? ¿Ya lo compraste? Una llamada, un correo electrónico, un tweet, cualquier medio era bueno. Pero nada, pasaban las semanas y yo seguía entretenidísimo consumiendo novela tras novela, y no le hacía caso. El hostigamiento llegó a su fin cuando el conde terminó por hartarse de mi testarudez, y una feliz tarde se apersonó con un ejemplar nuevecito bajo el brazo: Toma, ponte a leerlo cuanto antes.

De animales a dioses no solamente es el título del libro, es también la tesis que sostiene la Breve historia de la humanidad que escribió Yuval Noah Harari (Debate. México, 2014. Primera edición en inglés, 2013). A lo largo de poco más de 450 páginas, el autor consigue contextualizar en la enormidad cósmica la aparición del Homo sapiens, y logra una panorámica de la totalidad de su transcurrir a través del tiempo. La física, explica Noah Harari, es el nombre que hemos dado al relato que inició hace unos 13,500 millones de años, cuando materia, energía, tiempo y espacio irrumpieron. Química llamamos al relato de los átomos y las moléculas, las estructuras que comenzaron a formarse alrededor de 300 mil años después del big bang. Sigue la biología, el relato de la vida, el cual comenzó hace unos 3,800 millones de años, en la fruslería de planeta que hemos bautizado Tierra. Continúa el relato que hoy vivimos: “Hace unos 70 mil años, organismos pertenecientes a la especie Homo sapiens empezaron a formar estructuras todavía más complejas llamadas culturas. El desarrollo subsiguiente… se llama historia”. De ello trata el libro, de 70 mil años de historia de la humanidad, un relato que está a punto de terminar. El planteamiento del doctor Yuval Noah Harari establece que la historia comenzó cuando los humanos inventaron a los dioses, y que terminará inminentemente, cuando los humanos se conviertan en dioses. No se trata de una proposición retórica; el autor piensa que el género humano efectivamente está por dejar de existir: “A menos que se interponga alguna catástrofe nuclear o ecológica…, el ritmo del desarrollo tecnológico conducirá pronto a la sustitución de Homo sapiens por seres completamente distintos que no sólo poseen un físico diferente, sino mundos cognitivos y emocionales muy distintos”.

De animales a dioses no es un libro de ciencia ficción, mucho menos un compendio de despropósitos de pseudociencia. Es un ensayo historiográfico extraordinariamente bien documentado, anclado en fuentes serias y actualizadas, inteligente y escrito con pulcritud. Yuval Noah Harari (Israel, 1976) estudió historia, se doctoró en la Universidad de Oxford y es catedrático en la Universidad Hebrea de Jerusalén. En menos de un par de años su libro se ha convertido en un bestseller internacional, traducido ya a más de treinta idiomas. No es para menos, el joven historiador ha conseguido construir un discurso desde el cual prácticamente cualquier lector puede encontrar bases firmes para conformar una conciencia histórica de género. De animales a dioses ofrece una cosmovisión humana, transcultural, inusitadamente incluyente.

Desde que evolucionó en lo que somos, el Homo sapiens conformó una idea de mundo. En ello, en la capacidad de abstracción, radica nuestra naturaleza; de hecho, “toda nuestra capacidad de administrar la realidad… —afirma Sartori— se fundamenta exclusivamente en el pensamiento conceptual…” (Homo videns, La sociedad teledirigida. Taurus, 1998)—. ¿Cómo pudo ser entonces el mapa mental del mundo que abstrajeron los primeros seres humanos, digamos, hace unos 70 mil años? En su curioso Atlas of Prejudice: Mapping Stereotypes (Alphadesigner, 2012), Yanko Tsvetkov aventura una hipótesis que me convence. Tres círculos concéntricos: en el primero aparece el hombre, cualquiera de nuestros ancestros cromañones que ya era esencialmente como usted o como yo (Me); en el siguiente, junto a mí, los animales que me quieren comer, y enseguida, ya distantes, en el tercer perímetro, los animales que realmente a mí me gustaría comerme. ¿Eso es todo? No, por supuesto, porque más allá de lo tangible está el verdadero prodigio humano, el mundo abstracto, en este caso, el gran enigma, todo aquello sobre lo cual no sé nada: The Great Mysterious ‘Je ne sais quoi’. “El gran misterio” que, sin embargo, es ya una idea. Traigo a cuento el hipotético mapa mental de los primeros humanos porque el relato que trama Noah Harari señala un inicio ubicado en la biología, el punto de quiebre en el que la humanidad comenzó a escalar la cadena alimentaria: “La posición del género Homo en la cadena alimentaria estuvo, hasta fecha muy reciente, firmemente en el medio… Fue sólo hasta hace 400 mil años cuando las diversas especies de hombre empezaron a cazar presas grandes de manera regular, y sólo en los últimos 100 mil años (con el auge del Homo sapiens) saltó el hombre a la cima”. Y ahí precisamente debemos radicar buena parte de nuestra conciencia histórica en tanto especie: quienes hoy somos comenzamos a serlo en una posición insignificante: “los humanos prehistóricos eran animales que no ejercían más impacto sobre su ambiente que los gorilas, las luciérnagas o las medusas”. Y desde allá a la cumbre: “la humanidad alcanzó tan rápidamente la cima que el ecosistema no tuvo tiempo de adecuarse. Además, tampoco los humanos consiguieron adaptarse”.

sábado, 27 de junio de 2015

Dorada oscuridad

Gente que viene y que se va;
la que más tarda en irse: aquella
en cuyas venas se pasea 
una dorada oscuridad.
Nikolai Gumiliov, Leopardo.


Máximo Gorky llegó apresurado a Moscú en busca de la única persona en el mundo que tenía el poder para evitar la desgracia. Lenin lo recibió, lo escuchó e incluso accedió a firmar la orden para que la Checa, la primera policía secreta soviética, liberara al poeta Nikolai Gumiliov. Corría la segunda mitad de agosto de 1921. Sin dilación, Gorky, patriarca del Realismo Socialista, partió de vuelta a Petrogrado. Llegó tarde: el día 24, Gumiliov y otros 98 intelectuales rusos habían sido fusilados. Su delito, haber participado en la llamada Conspiración Tagantsev. Desde entonces, la poesía de Gumiliov fue prohibida en la URSS. Ocho décadas más tarde el poder soviético admitiría oficialmente que ni Gumiliov ni nadie habían participado en complot terrorista alguno; todo había sido completamente fabricado.

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Alexei Yurchak nació en un Estado que ya no existe. Se graduó como físico en Rusia. Luego emigró a Estados Unidos y se dedicó a estudiar otra cosa. En 1997 se doctoró en Duke en lingüística y antropología sociocultural. Yurchak, hoy docente en la Universidad de California en Berkeley, es autor de Everything Was For Ever, Until It Was No More (Princeton University Press, 2005), un ensayo que explora el colapso de la Unión Soviética desde el punto de vista de la última generación de sus ciudadanos, “con el encuadre puesto en las relaciones de esa gente con la ideología, la producción discursiva y los rituales, y en los múltiples significados imprevistos, comunidades, identidades e intereses que tales relaciones permitieron emerger”. En su libro, Yurchak rescata un recuerdo de Ianna, una mujer nacida en 1958 en Leningrado —Petrogrado en 1921, hoy San Petesburgo—: “Para mí, la perestroika comenzó la primera vez que Ogonek —revista literaria del Estado soviético— publicó unos pocos poemas de Gumiliov”. Ianna había leído mucho antes esa poesía en copias clandestinas hechas a mano, pero jamás se había imaginado que pudiera ser publicada en la prensa oficial.

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En 1961 a Vasili Grossman le dijeron que, por ser peligrosa para la URSS, Vida y destino, su novela recién terminada, no podría ser publicada en los próximos trescientos años. Quien sentenció fue nada menos que Mijaíl Súslov, ideólogo de cabecera de Nikita Krushchov, el entonces mandamás supremo soviético. Grossman tuvo todavía ánimos para acabar otra obra maestra, Todo fluye (1963), que también fue censurada. Al año siguiente, el cáncer mató al novelista. Falleció sin saber si sus novelas algún día serían leídas. La URSS dejaría de existir menos de treinta años después. No tuvieron que pasar tres siglos para que pudiéramos leer en Todo fluye: “En 1917 se abrió ante Rusia el camino de la libertad. Rusia escogió a Lenin… Y sin embargo toda la historia de Rusia obligó a Lenin, por extraño y grotesco que esto pueda parecer, a conservar la maldición de Rusia, el vínculo entre el desarrollo y esclavitud”.

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La infraestructura determina a la superestructura. Marx estableció el orden: “El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, político y espiritual en general” (Prólogo a Contribución a la crítica de la economía política). En una novela, Grossman contradice: “Marx, el más grande marxista Lenin, y el gran continuador de su obra, Stalin, establecieron como primera verdad de la doctrina revolucionaria la primacía de la economía sobre la política. Sin embargo, en la base del Estado creado por Lenin y construido por Stalin estaba la política y no la economía”.

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Yurchak recuerda sus propias experiencias durante el umbral del colapso soviético: “Primero Eugenia Ginzburg, después Solzhenitsyn, luego Vasili Grossman. Grossman fue el primero en sugerir que el comunismo era una tipo de fascismo. Eso jamás se me había ocurrido antes… Me recuerdo leyendo tumbado en un sofá en mi habitación y experimentando intensamente la sensación de que una revolución estaba ocurriendo a mi alrededor”.

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Grossman identifica las raíces profundas del stalinismo: “El desarrollo ruso ha revelado una extraña naturaleza: se ha confundido con el desarrollo de la falta de libertad”. En Todo fluye, no sólo explicita un parentesco entre el fascismo y el comunismo ruso, sino que señala en este último el origen: “La síntesis leninista entre ausencia de libertad y socialismo aturdió más al mundo que el descubrimiento de la energía atómica… Ahora ya no era Rusia la que embebía el espíritu libre de Occidente. Era Occidente el que miraba con ojos fascinados el espectáculo del desarrollo ruso avanzando por el penoso sendero de la esclavitud… ¿Había pensado alguna vez Lenin mientras hacía la Revolución que no sólo Rusia no iba a seguir los pasos de la Europa socialista sino que además la esclavitud rusa escondida en ella iba a traspasar las fronteras y a convertirse en la antorcha que iluminara las nuevas vías de la humanidad?”

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Everything Was For Ever, Until It Was No More. Yurchak explica la situación paradójica que se vivió en la URSS a finales de los años ochenta del siglo XX: “aunque el colapso del sistema soviético era inconcebible antes de que comenzara, cuando sucedió no resultó sorpresivo para nadie”. ¿Cómo fue posible que “a pesar de lo abrupto del cambio parecía que todo el mundo estaba preparado para ello”? Cuando narró la época de subyugación sistematizada que consiguió instaurar Stalin, quizá Grossman vislumbró la respuesta: “La libertad se iba realizando a despecho del genio de Lenin, creador inspirado del nuevo mundo; se iba realizando porque los seres humanos continuaban siendo seres humanos”.

sábado, 20 de junio de 2015

Sadismo de Estado

Según Nietzsche (1844-1900), “el regalo más grande que hasta ahora ha recibido la humanidad” es un libro. ¿Cuál? Así habló Zaratustra. En esta obra –escrita por cierto por el propio Nietzsche entre 1883 y 1885, es decir, cuatro años antes de que perdiera el juicio– se esboza el seductor concepto del Übermensch: “La belleza del superhombre llegó hasta mí como una sombra. ¡Ay, hermanos míos! ¡Qué me importan ya los dioses!”



Superman surcó por primera vez el cielo norteamericano el mismo año que, en Alemania, Joseph Goebbels, ministro de propaganda del Tercer Reich, organizó el pogromo conocido como la Noche de los Cristales Rotos. En abril de 1938 salió a la venta el #1 de Actions Comics, en cuyas páginas debutó el superhéroe contemporáneo por antonomasia. En noviembre, dos días serían suficientes que para la furia nazi incendiara unas 250 sinagogas, saqueara más de siete mil negocios de la comunidad judía, asesinara a cientos y arrestara a cerca de 30 mil personas por el delito de ser judíos. Ese mismo año, el Vaticano otorga su bendición y reconocimiento al gobierno golpista de Francisco Franco, Hitler invade Austria y Mussolini exige a Francia el control de Túnez, Niza y Córcega. Europa se dispone a la conflagración. Desde su tumba, Nietzsche imposta la voz de Zaratustra: “La guerra y la valentía han hecho cosas más grandes que el amor al prójimo”.

Disonante respecto al fragor de sus tiempos, antagónico frente al pensamiento hegemónico, también en 1938, en la ciudad portuaria de Bari, en la Italia fascista, Benedetto Croce (1886-1952) publicó La storia come pensiero e come azione. Cuatro años después, en México, con el sello del Fondo de Cultura Económica, aparece la traducción al español, con un título mucho más atinado: La historia como hazaña de la libertad. Por supuesto, Croce era consciente de su postura discorde: “Nada más frecuente que oír en nuestros días el anuncio jubiloso o la admisión resignada o la lamentación desesperada de que la libertad ha desertado ya del mundo, de que su ideal ha traspuesto el horizonte de la historia, en un ocaso sin promesa ni aurora. Los que así hablan y escriben e imprimen, merecen el perdón motivado por las palabras de Jesús: porque no saben lo que dicen. Si lo supieran…, echarían de ver que el dar por muerta la libertad vale tanto como dar por muerta a la vida.” ¿Leería Vasili Grossman a Croce? No lo sé, pero estoy cierto de que ambos compartían la misma convicción sobre el rol de la libertad en la historia. El ensayo XII del libro de Croce condensa tal postura: “La historia como historia de la libertad”. El planteamiento no es el hegeliano, esto es, el de una historia que se remonte al alumbramiento de la libertad y que vendría a terminar con su destinada madurez. No es así ni para el narrador ucraniano ni para Benedetto Croce; el filósofo italiano sostiene que la libertad es “por un lado, principio explicativo del curso de la historia y, por otro, el ideal moral de la humanidad”. Por su parte, Grossman sostiene: “La historia de la humanidad es la historia de su libertad… El progreso es, en esencia, progreso de la libertad humana”. Grossman reflexiona así y exalta la libertad desde la perspectiva de Iván Grigórievich, el protagonista de Todo fluye (1955-1963), un hombre que ha pasado la mayor parte de su vida confinado en cárceles y campos de concentración.

También en 1938, en marzo, Nikolái Bujarin fue ejecutado por así convenir a la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas, lo cual no significaba otra cosa que por órdenes de Stalin. Bujarin, como cientos de miles de soviéticos, fue víctima de la Gran Purga de 1937. El revolucionario moscovita, quien años atrás se había opuesto a la colectivización forzada del trabajo campesino, fue acusado de traición y de colaborar con una supuesta organización terrorista dirigida desde el extranjero por Trotski. Anna Lárina, esposa de Bujarin, también había sido arrestada; perdió la custodia de sus hijos y pasaría veinte años en un campo de trabajos forzados: “…la nieve cruje como vidrio bajo los zapatos de cientos de mujeres moscovitas, condenas a diez años de campo por no haber denunciado a sus maridos”, relata Grossman.

En Anatomía de la destructividad humana, Erich Fromm (1900-1980) se refiere a Stalin como un “caso clínico de sádico no sexual”. Efectivamente, oteador autócrata apostado en lo más alto de la pirámide de la burocracia soviética, el georgiano implantó el sadismo como política de Estado. La opresión se propagaba y Benedeto Croce lo tenía perfectamente claro: “Aun sin detenerse en los sucesos y las condiciones de la vida contemporánea por los cuales en muchos países los órdenes liberales… se derrumbaron, y en otros muchos se extiende el deseo de su derrumbe, la historia entera hace ver, con breves intervalos de inquieta, insegura y desordenada libertad, con escasos relámpagos de felicidad…, un apelotonarse de opresiones, invasiones, depredaciones, tiranías profanas y eclesiásticas, guerras entre pueblos y en pueblos mismos, persecuciones, destierros y patíbulos. Con este espectáculo ante los ojos, el dicho de que la historia es la historia de la libertad suena como una ironía o, afirmado en serio, como una estupidez”.

Pero Croce no se deja engañar —“la filosofía no está en el mundo para dejarse dormir por la realidad tal como se presenta, sino para interpretarla”—; Grossman tampoco. Y ambos apostaban por lo mismo: “el hombre que esclaviza a otro despierta en él la conciencia de sí y lo encamina a la libertad”.

viernes, 12 de junio de 2015

Pogromo

Words are, of course,
the most powerful drug used by mankind.
Rudyard Kipling



Hórrido sustantivo: pogromo. De acuerdo a la Real Academia Española (RAE), la palabra tiene dos acepciones: 1. Matanza y robo de gente indefensa por una multitud enfurecida, y 2. Por antonomasia, asalto a las juderías con matanza de sus habitantes. El primer significado explicita la violencia salvaje que, en general, perdura en nosotros, los humanos, y si bien el segundo sentido hasta aquí ya es vergonzoso, la realidad a la que refiere el vocablo es peor: en el sitio web de la propia RAE es factible conocer, como avance de la vigésima tercera edición de su diccionario, una enmienda que, ahora en acepción única, precisa la definición de pogromo: Masacre, aceptada o promovida por el poder, de judíos y, por extensión, de otros grupos étnicos. La palabra es pues de una especificidad terrible: no se refiere ni a una atrocidad cualquiera ni contra cualquier grupo de gente, se refiere a la aniquilación de judíos, e implica que en ella hay participación, activa o por permisión, por parte del poder público —¿cuál otro podría ser?—.

El vocablo existe en nuestro idioma por un préstamo lingüístico: procede del ruso pogrom, término que deriva del verbo gromit', que significa destruir algo violentamente, devastar. Las raíces etimológicas de la palabra rusa proyectan la imagen de un ensañamiento desproporcionado e inexorable, focalizado: pogrom proviene de la noción eslava para trueno o rayo (grom en ruso), y po es un sufijo que indica medio o blanco (en cuanto a objetivo), por lo cual la palabra trasmite el sentido de una descarga de energía súbita y terrible sobre un punto preciso.

La diseminación, por todo el orbe y a varios idiomas, de la palabra pogromo comenzó a finales del siglo XIX, a partir de las masacres perpetradas en contra de la comunidad judía radicada en ciudades como Kiev y Odessa, como consecuencia amañada del asesinato de Alejandro II, antepenúltimo emperador de Rusia. El magnicidio —un doble atentado con bombas artesanales— sucedió en San Petersburgo, en marzo de 1881, y aunque en realidad fue organizado y cometido por dos jóvenes miembros del Naródnaya Volya, un grupo extremista que impulsaba la democratización de Rusia y nada tenía que ver con la comunidad judía, el gobierno imperial y la prensa azuzaron a la población para que se levantara una ola de antisemitismo que se extendió a lo largo de un lustro. Aquel, claro, ni había sido el pogromo con que inició la cadena de barbarie —los progromos de Odesa de 1821 se consideran los primeros— ni sería el último.

En Todo fluye, Vasili Grossman (1905-1964) hace que uno de los personajes de la novela, el científico Nikolái Andréyevich, recuerde y cuente el enorme pogromo que, desde la cumbre del poder soviético, se impulsó en 1952: “En los periódicos comenzaron a aparecer artículos satíricos que desenmascaraban a los arribistas y granujas que, de modo fraudulento, habían obtenido sus diplomas y grados académicos, a los médicos que trataban a los niños enfermos y a las parturientas con una crueldad criminal… Casi todas las personas… eran judías, y los periódicos daban sus nombres y patronímicos con un celo especial… Parecía que en la URSS eran sólo los judíos los que robaban, aceptaban sobornos, se mostraban criminalmente indiferentes a los sufrimientos de los enfermos y escribían libros depravados y chapuceros”. Por supuesto, los rumores propagados contra los judíos estimularon la discordia generalizada. “Lo más triste era que no sólo los porteros, los cargadores y los conductores semianalfabetos y borrachines daban crédito a estas historias, sino también algunos doctores en ciencias, escritores, ingenieros y estudiantes”. Inseminada la duda, atizado el odio, semanas después habría de ser publicada la noticia de que alguos médicos judíos se habían declarado culpables; considerando los métodos de tortura empleados por los agentes del NKVD, seguramente habían terminado confesando cualquier cantidad de monstruosidades: “se contaba que en las maternidades infectaban de sífilis a los recién nacidos… y que en las clínicas dentales inoculaban a los pacientes de cáncer de mandíbula y de lengua”. En ese punto todo estaba listo para que ahora sí interviniera abiertamente el Estado: antes de que se desatara la ola de pogromos por todo el país, declaró la autoridad, intervendrían para salvar a los judíos de la cólera popular, deportándolos a los campamentos de trabajos forzados…  “En aquella época corría la voz de que en Siberia oriental se estaba construyendo a toda prisa una enorme ciudad de barrancones. Decían que aquellos barrancones se construían para los judíos. Los deportarían como habían deportado a los calmucos, los tártaros de Crimea, los búlgaros, los griegos, los alemanes del Volga, los bálcaros y los chechenos”. Miles de judíos fueron asesinados o deportados. Después de la sorpresiva muerte de Stalin —marzo de 1953—, no sería necesario que transcurriera mucho tiempo para que el Soviet supremo aceptara una nueva verdad histórica: todo aquello había sido planeado y ejecutado, como pretexto de una nueva purga, por el propio Stalin: “Y de repente el Estado tuvo un sobresalto y mustió que los doctores habían sido torturados. Y mañana el Estado reconocerá las torturas a las que fueron sometidos Bujarin, Zinóviev, Kámanev…, y que a Gorki no le asesinaron los enemigos del pueblo. Y pasado mañana el Estado reconocerá que millones de campesinos fueron liquidados en vano”. Como el personaje de Todo fluye, muchas buenas personas tuvieron que vivir desde entonces sabiéndose culpables: drogados por las palabras, activa o pasivamente, la inmensa mayoría había participado en un crimen de lesa humanidad.