Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

viernes, 26 de mayo de 2017

¿Contingencia? ¿Cuál contingencia?

En la culminación del mundo urbano,
las ciudades son… cadáveres con una salud de hierro. 
Juanma Agulles, La destrucción de la ciudad.



En 2016, entrenando para el Medio Maratón de la Ciudad de México, a mediados de mayo ya estaba corriendo unos 55 kilómetros a la semana. Los domingos, el día que sumaba más distancia, le metía unos 15 kilómetros en El Sope, una de las pistas de Chapultepec. Este año, en cambio, ha resultado desastroso: hoy mismo no me animaría a inscribirme en una carrerita de 10 kilómetros, y las contadas tardes que he podido salir a correr me ha costado horrores completar media horita… Intransigente como todas, mi vejez avanza, ciertamente, pero la edad todavía no es motivo de embargamiento físico. Tampoco ha sido cuestión de flaqueza de voluntad. El problema ha estado y está en el aire, esa mezcla homogénea de Nitrógeno (78%), Oxígeno (21%) y gases inertes (1%), virtualmente constantes en todo el planeta, que a cada rato, a la menor provocación, figuradamente decimos que nos falta, pero que en realidad no puede faltarnos ni cinco minutos si queremos permanecer entre los vivos. Aire no me ha faltado, el trastorno está en su calidad: sucede que vivo en medio de una catástrofe ambiental. Desde los primeros días de 2017, nada más clausurado el Guadalupe-Reyes, cada jornada, el sistema de monitoreo atmosférico me ha informado que no, que no hay condiciones para hacer ejercicio al aire libre… Durante los tres primeros meses del año pude contar con los dedos de una sola mano las tardes con semáforo en verde —no más de 49 puntos en el índice de calidad del aire—.

Digamos que la contaminación se ha ensañado con la Ciudad de México, aunque dicho así es un lamento lastimero, una forma generalizada e irresponsable de torear la verdad: en realidad somos los seres humanos que habitamos en la Cuenca de México quienes nos hemos ensañado con el medio ambiente…, lo cual es una manera fullera de decir que todos los habitantes de la Zona Metropolitana del Valle de México somos un congregado variopinto, bueno más preciso decir varioprieto, de suicidas por omisión. Indolentes, ignorantes y dejados, nos estamos dejando morir.
Esta misma semana sufrimos —lo que es decir nosotros mismos provocamos— la contingencia ambiental más larga en casi veinte años. Lo peor es que nadie puede declarar —bueno, de poder sí pueden, de hecho lo hacen— que transitamos por una situación anómala e imprevisible… Se habla de “sistemas de alta presión” como si fueran seres diabólicos que el destino infame nos hubiera enviado…  Pero, de hecho, lo que hoy se vive no es anómalo en el sentido de que se presenta puntualmente en correspondencia plena con la tendencia: desde el pasado invierno, esto ya estaba del diablo, se dejó venir el calor y entonces se puso infernal el infierno; y no era imprevisible puesto que todo mundo lo vio venir, tanto, que incluso ya se acuñó el término “temporada de contingencias ambientales”, ahí nomás para que nos vayamos acostumbrando.

La ciudad se ahoga: la ciudad nos ahoga. Y aunque así la llamen, esta situación dejó de ser una contingencia. El vocablo significa “posibilidad de que algo suceda o no suceda”, esto es, una contingencia es una eventualidad, un suceso posible pero no previsible en la medida en la que no es cíclico o no está programado. El ocaso no es una contingencia, el otoño no es una contingencia… Si la próxima semana comienzan a llover pájaros muertos en la orgullosa Ciudad de México quizá, siendo muy transigentes, podríamos llamar al hecho una contingencia, pero a la crisis ambiental que hoy tiene con la nariz reseca a millones de personas es una coyuntura lógica que tenía que presentarse, y desgraciadamente lo mismo puede decirse de los problemas de salud pública que en el mediano plazo depararán estas condiciones.


El primer principio de la Declaración de Estocolmo, adoptada durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano de junio de 1972, establece: “El hombre tiene derecho fundamental a la libertad, la igualdad y el disfrute de condiciones de vida adecuadas en un medio ambiente de calidad tal que le permita llevar una vida digna y gozar de bienestar…” Hasta aquí, queda claro que el Estado Mexicano ha fallado en garantizar un derecho humano a los habitantes de la megalópolis más grande del país, pero hay que seguir leyendo: “… y tiene la solemne obligación [el susodicho hombre] de proteger y mejorar el medio ambiente para las generaciones presentes y futuras”. Y aquí queda evidenciada nuestra culpa generacional: además de suicidas, le estamos fallando nuestros descendientes. La incapacidad de acción ciudadana de los citadinos es tal que la actividad conjunta que más observo es rogar que llueva…

Seguramente estoy dramatizando, porque el viernes pasado, al filo de la una de la tarde, la señora Tanya Müller García, secretaria del Medio Ambiente del gobierno capitalino, tuvo a bien tuitear: “Gracias a las políticas ambientales que se llevan a cabo, la #CDMX ha dejado de ubicarse como una de las urbes más contaminadas del país”. ¡Albricias, albricias! Con buenas noticias como estas, ¿qué importa que cuatro horas más tarde el índice de la calidad del aire llegara a 166 puntos…? ¡Albricias, albricias! Estoy tan contento que disculparán ustedes que hoy no haya hablado de libros…

viernes, 19 de mayo de 2017

Diccionario de lugares comunes del votante mexicano

Supongamos que requiere usted cartografiar ideológicamente este país. Podría hacer un mapita temático en el que, usando distintos colores, se mostraran las diversas posturas. Puede irse por la fácil y caer en el yerro de aceptar que los partidos políticos efectivamente representan posturas ideológicas; pintará de rojo los feudos priístas, de verde a los verdes, de azul los panistas…, y así. Creo en cambio que la supuesta heterogeneidad política es cosa etérea (¿etérgeneidad?). Las diferencias entre los partidos existen, por supuesto, no todos son iguales, pero sus diferencias son de intereses no de ideas. En cuanto a ideología, el país es latifundio del lugar común. Valga decirlo así: lo más común es el lugar común ideológico.

El lugar común ideológico no respeta colores partidistas, fronteras de clase social, perfiles sociodemográficos, niveles escolares…, ¡por algo es lugar común! En un Diccionario de lugares comunes del votante mexicano podríamos encontrar, por ejemplo:
Buen mexicano.- Mal ciudadano; úsese en la locución pronominal “Como buen mexicano…”Error.- No existen, hay áreas de oportunidad.Político.- Todos son iguales.Sentido común.- El menos común de los sentidos.
Un tumbaburros de esta calaña podría ser un ejercicio pertinente, pero no novedoso. Hace más de un siglo, ya se le había ocurrido a un novelista francés. Del Dictionnaire des idées reçues, tres entradas de muestra:
Imbéciles.- Quienes no piensan como uno.Literatura.- Ocupación de los ociosos.Novelas.- Pervierten a las masas.
El Dictionnaire des idées reçues fue un proyecto en el cual Gustave Flaubert (1821-1880) trabajó durante tres décadas. Nunca logró concluirlo, al menos no como un libro unitario. Peccata minuta. Como sabe cualquier persona que haya pasado por una secundaria, Madame Bovary (1857) alcanza para que don Gustavo sea considerado un imprescindible de la literatura universal. Pero el normando es más que Madame Bovary, aunque no mucho más: descontando las piezas seminales que tuvo el recato de no publicar —las novelas Sueño infernal (1837), Memorias de un loco (1838) y Noviembre, fragmentos de un estilo cualquiera (1842)—, así como las distracciones —La tentación de San Antonio (1874) y Tres cuentos (1877)—, quedan tres novelas más: Salambó (1862), La educación sentimental (1869) y su gran apuesta narrativa, Bouvard y Pécuchet, obra que, a pesar de haber quedado inconclusa, Caroline Commanville, sobrina del novelista, publicaría al año siguiente de la muerte del tío bigotón. Desde entonces, las buenas ediciones (por ejemplo, la de Penguin Clásicos) suelen incluir el Dictionnaire des idées reçues, presentado como planeaba hacerlo el propio Flaubert, esto es, como una sesuda creación de los protagonistas.

Algunos traducen idées reçues como ideas corrientes (Penguin). La traducción directa sería ideas recibidas, en el sentido de preconcebidas: ideología, pues; usted no concibió lo que cree que piensa sino que le fue incubado. En inglés se ha impuesto la literalidad (Dictionary of Received Ideas), y es una pena, porque existe el término platitude, tomado del francés, y que el Webster emparenta con insípido, banal, trivial, y que proviene del latín planitĭa (superficie, planicie, pero también normal), el mismo origen de los vocablos españoles llaneza y planicie. En efecto, los lugares comunes expresan la planicie del pensamiento, la ausencia de relieve. ¡Lástima que en español no tengamos platitud! La definición que ofrece Wikipedia para el término en inglés es la siguiente: “declaración trivial, sin sentido o prosaica, generalmente dirigida a calmar el malestar social, emocional o cognitivo. Las platitudes están orientadas a presentar una sabiduría superficial y unificadora. Sin embargo, son demasiado generales y desgastadas para ser algo más que juicios preconcebidos, con una contribución muy poco significativa a una solución”. ¿Por ejemplo? ¡Uy, abundan!:
— Es como todo…— No me preocupo, me ocupo…— Mejor tarde que nunca…
La espeluznante planicie del lugar común: una enorme extensión que habría que cartografiar usando la misma tinta, el mismo patrón… Lo cual nos lleva a la palabra cliché: según informa el Diccionario panhispánico de dudas se trata de una voz tomada del francés cliché, “plancha que se utiliza para reproducir múltiples copias de los textos o imágenes grabados en ella”, “negativo fotográfico”, “estereotipo” y, ya por extensión, “lugar común, idea o expresión demasiado repetida”, conforme a la tercera acepción que provee la RAE.

En su Diccionario de lugares comunes —como traduce Tomás Onaindia para la edición de EDAF—, Flaubert incluye algunas definiciones que pintan de cuerpo entero al burgués europeo decimonónico al que quería denostar. La fe que desde entonces y hasta hace muy poco había compartido la inmensa mayoría de los occidentales se expresa palmariamente aquí:
Economía: Siempre acompañada de “orden” conduce a la riqueza.Egoísmo: Lamentarse del ajeno y no caer en la cuenta del propio.
La definición que años después aporta Ambrose Bierece (1842-1914) en su Diccionario del diablo es mucho mejor: 
Egoísta.- Persona de mal gusto, que se interesa más en sí mismo que en mí.
El de Bierce no es un catálogo de lugares comunes, más bien lo opuesto: presenta definiciones meditadas y excéntricas. Su Diccionario del diablo puede servir para enfocar con precisión al informante al que deberíamos acudir en caso de que quisiéramos acometer la empresa de escribir el Diccionario de lugares comunes del votante mexicano:
Idiota.- Miembro de una vasta y poderosa tribu cuya influencia en los asuntos humanos ha sido siempre dominante. La actividad del Idiota no se limita a ningún campo especial de pensamiento o acción, sino que satura y regula el todo. Siempre tiene la última palabra; su decisión es inapelable. Establece las modas de la opinión y el gusto, dicta las limitaciones del lenguaje, fija las normas de la conducta.

viernes, 12 de mayo de 2017

De Murakami al Conejo

Ya, ya me está gustando más de lo normal 
Todos mis sentidos van pidiendo más
Despacito, Luis Fonsi


Ser culto ya no es aspiración de nadie; es más, una persona con conocimientos generales ligeramente por encima de la empobrecida media provoca enorme desconfianza. ¿Por qué? La razón es simple: ¿de qué carajos sirve saber cosas que no son útiles para ganar dinero? De nada. Así que si por saber mucho usted ha amasado más marmaja que el resto de sus congéneres, entonces no presuma de culto, ¡presuma de acaudalado!, y si de verdad tiene harto varo hasta puede que le perdonemos ser culto… En cualquier caso, rico mata culto. En la antípoda está el sabiondo menesteroso, o sea, un esperpento que definitivamente causa repelús.

En el terreno de los gustos ocurre lo mismo o incluso algo mucho peor: de la aversión pasamos a la suspicacia. ¿Por qué? Porque, a ver, cómo no sentir recelo ante un fulano que te sale con que, además de rayones y manchas, ve algo en un Pollock. O ¿quién puede fiarse de alguien a quien genuinamente le agrade la ópera o la danza contemporánea? ¿Qué tipo de fatua gentuza anda por ahí recordando escenas de una película de Tarkovski, tarareando preludios de Shostakovich, citando clausilitas de Harold Bloom? ¿Quién puede soportar a esos engolletados que desde los cielos del arte dizque elevado te miran con desdén, a los caricatos involuntarios que escuchan sinfonías de Mahler dirigiendo orquestas fantasmales apoltronados en el sillón más flácido de sus casas? Imposible aguantar a las señoras que apenas levantan la vista de poemarios y novelones incomprensibles, a los fifís de librería, a los opados de café, a los eruditos de fin de semana… Honestamente, esos que se las dan de cultos y van a exposiciones y a galas de ballet dan asquito, como hoy se dice… Afortunadamente casi ya no quedan especímenes de lo que hace años se entendían como élites culturales. “Eso no equivale a decir que ya no existan personas consideradas —en gran medida por ellas mismas— integrantes de una élite cultural: verdaderos amantes del arte, gente que sabe mejor que sus pares no tan cultivados de qué se trata la cultura…” Pero esta raza marginal presenta una diferencia sustancial respecto a los cultos de hace años: “ya no son ‘connoisseurs’ en el sentido estricto de menospreciar el gusto del hombre común o el mal gusto de los ignorantes. Por el contrario, hoy resulta más apropiado calificarlos de ‘omnívoros’…” Ándele, lea el Tractatus logico-philosophicus de Wittgenstein, pero el domingo no se pierda La Voz Kids… O, pongamos por caso, que alcance a ser tolerable recomendar aquí el libro de donde extraigo la cita anterior: La cultura en el mundo de la modernidad líquida (FCE, 2011), de Zygmunt Bauman…
Va, pero enseguida hay que compensar, por ejemplo, retrotrayendo el apoteósico gol de último minuto con el que el Conejo-viejo Pérez eliminó de la liguilla a la Máquina Celeste, y rematar la evocación fregando al patético cementero que nunca falta en la familia: ¡Híjole!, de veras que el suspense ya no es saber si el Cruz Azul perderá o no el partido definitivo, sino nomás ver a qué hora la van a cruzazulear de nuevo. Así, se recupera la confianza: “la disposición a consumirlo todo, contra la selección melindrosa”, empareja. 

Por supuesto, el fenómeno tiene su contraparte: si por un lado el otrora quisquilloso después de salir de una función de teatro experimental ahora puede (y debe) cantar en el coche Despacito con Fonsi, Daddy Yankee y Justin Bieber, por el otro lado resulta perfectamente pertinente que recuas de analfabetas funcionales sin un gramo de educación estética acudan al Palacio de Bellas Artes a formarse durante horas para poder entrar en fila india a mirar raudamente cuadros de Frida Kahlo, a quien, claro, ellos y ellas, bien confianzudos, le dicen nomás “Frida”.

Las cosas, decíamos, no siempre fueron así. A finales del siglo pasado, Pirre Bourdieu explicaba que cada producto cultural estaba específicamente dirigido a una clase social determinada y, además, tenía el efecto de consolidar la identidad de la misma y agravar así la segregación (Distinction. Harvard University Press, 1984 —edición original en francés de 1979). Así que la cultura, en tanto “conjunto de preferencias sugeridas, recomendadas e impuestas en virtud de su corrección, excelencia o belleza” (Bauman dixit), era entonces una fuerza socialmente conservadora. Los pelagatos con los pelagatos, los popis con los popis, y ¡ay de aquel que se cruzara la raya! Un concepto totalmente opuesto, pues, al ideal original. La cultura, según la Ilustración, “debía ser… un agente de cambio…, un instrumento de navegación para guiar la evolución social hacia la condición humana universal”. ¡Uy, pero de eso ya llovió! Porque, primero, de estimulante, ya vimos, la cultura pasó a ser un apaciguador, y luego, ahora, en estos tiempos nuestros de modernidad líquida, “la cultura… se manifiesta como un depósito de bienes de concebidos para el consumo, todos ellos en competencia por la atención insoportablemente fugaz y distraída de los potenciales clientes, empeñándose en captar la atención más allá del pestañeo”. ¿Ya leíste el último de Murakami? ¿Ya viste la nueva serie de Netflix? “La cultura se asemeja hoy a una sección más de la gigantesca tienda de departamentos en que se ha transformado el mundo”. Hoy, el humano, para ser persona, antes tiene que ser cliente…, insatisfecho por definición. “El objetivo principal de la cultura es evitar el sentimiento de satisfacción… de sus clientes, y en particular, contrarrestar su perfecta, completa y definitiva gratificación, que no dejaría espacio para nuevos antojos y necesidades que satisfacer”. O sea, la cultura juega como el Cruz Azul desde hace varios torneos.

viernes, 5 de mayo de 2017

Un ganga

Literature is news that stays news.
Ezra Pound


Sîn-lēqi-unninni vivió en algún lugar de Mesopotamia hace unos tres mil doscientos años. Se ha dicho que era un experto en conjuros, especialmente en imprecaciones contra seres demoníacos. Más recientemente, algunos sostienen que más bien era alguien especializado en cantos y lamentaciones rituales. Independientemente de como haya oficiado, existe un consenso entre los asirólogos: Sîn-lēqi-unninni fue una especie de sacerdote involucrado directamente en la integración de la versión canónica de la narración más antigua de la que la humanidad guarde hoy registro: la Epopeya de Gilgamesh. Gezina Gertruida de Villiers, doctora en Lenguas Semíticas por la Universidad de Pretoria, Sudáfrica, ofrece la más clara explicación que conozco del asunto: “La mayoría de los estudiosos están de acuerdo en que alguien llamado Sîn-lēqi-unninni tuvo que ver con la creación de [la que hoy conocemos como la] versión babilónica estándar de la Epopeya de Gilgamesh. No se sabe mucho de él. Pudo haber sido un exorcista... Podemos estar seguros de que fue entrenado como escribano: algunas familias de escribas y sacerdotes de Uruk y muchos cantantes de culto lo consideraban como su antepasado remoto. La evidencia de que Sîn-lēqi-unninni fue autor de la Epopeya de Gilgamesh proviene de una tablilla neo-asiria que parece ser un catálogo de textos. La Epopeya de Gilgamesh se registra de la siguiente manera: Serie de Gilgamesh: de la boca de Sîn-lēqi-unninni... La expresión ‘de la boca de’ era una forma típica de expresar la autoría. ¿Pero cuándo vivió exactamente Sîn-lēqi-unninni? Es incierto. Los estudiosos lo colocan a finales del segundo milenio antes de nuestra era…, entre los siglos XIII y XI a. C.” (Understanding Gilgamesh: his World and his Story, 2004).

Cuando Sîn-lēqi-unninni se sentó a compilar su versión, la Epopeya de Gilgamesh ya había vivido buena parte de su propia épica. La obra maestra de la literatura de Mesopotamia narra las aventuras de un personaje milenario con un pie puesto en la historia —según la Lista real sumeria, Gilgamesh gobernó la ciudad-estado de Uruk alrededor del 2750 a. C.— y otro en la mitología —era hijo del rey Lugalbanda y de la diosa Ninsun—. Gilgamesh logró fama por haber construido el templo de Anu e Ishtar en Uruk, así como la muralla que rodeaba la ciudad. Un entramado de hechos reales y hazañas legendarias —por ejemplo, haber vencido al monstruo Humbaba— transmitido de boca en boca, de generación en
generación, transmutaría a la persona en personaje, de tal suerte que unos dos siglos y medio después de su existencia histórica, Gilgamesh comenzaría a ser deificado. Alrededor del 2100 a. C., el relato pasó a los textos cuneiformes escritos en tablillas de arcilla por los sumerios. Se conocen hasta ahora cinco variantes sumerias, todas base de la posterior versión en lengua acadia. La composición fue bien conocida durante el medio imperio babilonio (1600-1000 a. C.), y alrededor del 1200 a. C., la Epopeya… había alcanzado la forma de unas 3000 a 3500 líneas que ahora es conocida como la Versión estándar, la atribuida a Sin-leqi-unninni. En las ruinas de la biblioteca de Nínive, erigida por el rey Asurbanipal alrededor del 640 a. C., se localizaron diversos fragmentos de cuatro copias de dicha versión, cada una de ellas en doce tablillas. Hay evidencia de que todavía en el siglo III a. C. el poema era bien conocido en Asia Menor; la última copia escrita en cuneiforme que se conoce data del 130 a. C. Y el ascendiente que tuvo Gilgamesh en la Antigüedad fue amplísimo: “Como la Ilíada y la Odisea, como las canciones de gesta —apunta Agustí Bartra— el poema de Gilgamesh era recitado y fue vastamente conocido entre los pueblos del Asia anterior. No cabe duda que influyó sobre el tipo de héroe del Sansón bíblico y del Hércules griego, y cuando la leyenda se apoderó de la figura de Alejandro Magno, algunas de las hazañas de Gilgamesh le fueron atribuidas. Con los siglos, este gran mito de la fuerza del hombre y, a la vez, del héroe mordido por la conciencia de su vulnerabilidad, fue derribado y esparcido, y la sombra de los siglos lo cubrió”.

En efecto, la Epopeya de Gilgamesh se perdió durante casi dos milenios.
Fue a partir de algunas de las tablillas halladas en Nínive que George Smith (1840-1876) comenzó la recuperación contemporánea de la Epopeya de Gilgamesh. En 1872, tradujo la tablilla XI de lo que entonces llamó las Leyendas de Izdubar, e inició así un proceso que todavía hoy no termina, porque siguen apareciendo piezas del rompecabezas… En 1891 Paul Haupt logró integrar por vez primera vez fragmentos de todo el poema. En 1930, R. C. Thomson publicó una edición empleando ya 112 tablillas y fragmentos, algunos localizados en Anatolia. Y de entonces para acá se han hecho muchas versiones, en distintos idiomas —según el Index Traslationum de la UNESCO, actualmente las hay en más de noventa lenguas—.

A la fecha, la edición más completa —integra 217 fuentes— es la que realizó Andrew George, profesor de asirología en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres: The Babylonian Gilgamesh Epic: Introduction, Critical Edition and Cuneiform Texts (Oxford UP, 2003. Edición bilingüe, inglés y cuneiforme. 450 páginas.). Si te interesa, la puedes comprar en Amazon por sólo $10,952.28 pesos…, ¡una ganga!

sábado, 29 de abril de 2017

Enkidu, el salvaje domesticado

El primer súper héroe de la literatura universal, Gilgamesh, era una hombre urbano, residente y regidor de una ciudad, Uruk.

Posible representación de Enkidu.
Relieve en el palacio deDur Sharrukin.
El coprotagonista de la historia, Enkidu, era en cambio un salvaje. Fue creado, en principio para enfrentar a Gilgamesh, por la diosa madre de la humanidad, Aruru, esposa de Marduk: “La diosa Aruru se mojó las manos, y tomó arcilla y empezó a modelarla y a dar forma a Enkidu”. Vivía entre los animales salvajes, pastoreaba a algunos y al parecer era vegetariano —“con las gacelas, en el llano, se alimenta de hierba”—. El encuentro entre los dos colosos ocurre conforme a un plan tramado por el propio Gilgamesh, quien ordena a un cazador que había visto a Enkidu en el campo:
Ve y toma, cazador, una ramera del templo,llévala contigo y deja que venzaal hombre con su poder.Cuando él llegue con sus bestias a beber al aguadero,la mujer deberá quitarse sus vestidosy mostrar su belleza.En cuanto el hombre la vea, deseará poseerla,y su rebaño que medra en el llano huirá de él.
Así ocurre. Enkidu es seducido por la hieródula, con quien pasa sexando “seis días y siete noches”; mientras gozaba a la ramera, “… olvidábase del lugar de su nacimiento”. En efecto, mientras tanto se escapó su rebaño. Enkidu trató de recuperar a sus bestias, pero “no podía correr como antes”. Algo perdió de sus capacidades físicas, pero algo ganó: “su espíritu ahora era sabio, comprendía”. Es entonces que la mujer lo domestica, lo civiliza:
¡Eres sabio, oh Enkidu, eres bello como un dios!¿Por qué andorrear por el llano con las bestias?¡Ven conmigo! Te llevaré a la amurallada Uruk,al gran templo, morada de Anu y de Ishtar,donde vive Gilgamesh, el esforzado héroe,que es como un fiero toro en medio de su genteVen, pues, ¡oh Enkidu!, a la amurallada Uruk,donde la gente bulle en atavíos de fiesta.

Él expresa su acuerdo y, después de que la prostituta lo viste, el salvaje es llevado a la ciudad. El proceso de civilizatorio es representado en el poema con dos o tres trazos: Enkidu come pan y bebe cerveza por primera vez; además
Le cortaron la marañade vello de su cuerpo,se frotó con aceite,como hacen los hombres.
El proceso concluye cuando Enkidu se vuelve en contra de sus orígenes:
Tomó su arma,atacó a los leones,y así los pastores descansaron por la noche.Atrapó lobos,capturó leones,y de los pastores que descansabanEnkidu fue el protector…


jueves, 27 de abril de 2017

3076 años

…ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie,
quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.
Éxodo, 21: 24-25


Persia, desde 1979 —hace cosa de nada—, es la República Islámica de Irán. Irán ocupa hoy la mayor parte de la franja de tierra que hay entre el mar Caspio y el golfo Pérsico. Al suroeste de Irán, muy cerca de la frontera con Irak, se halla Sush; ahí viven actualmente alrededor de setenta mil personas. A las afueras de la pequeña ciudad, se encuentra el sitio arqueológico de Susa. “Las ruinas… ocupan una extensión considerable, pero casi no queda nada de ellas, a excepción de algunas piedras de base y los contornos de algunas estructuras. Su estrato original… era la capital de un pequeño estado que luchó por sobrevivir como entidad independiente… Susa fue conquistada por los acadios alrededor del año 2300 a. C. Posteriormente, aunque logró escapar del expansionismo de Sargón el Grande…, fue conquistada nuevamente, primero por los sumerios y finalmente por Elam, que alrededor del año 2000 a. C. la convirtió en una ciudad completamente elamita…” (Zeeshan Khan, Right to Passage, SAGE, India, 2016).


A mediados del siglo VII a. C., Susa era el corazón de Elam. Unos ochocientos kilómetros al noroeste de ahí se localizaba Nínive, centro neurálgico del imperio asirio y, en aquel momento, la ciudad más grande y desarrollada del mundo. En 653 a. C., el rey asirio Asurbanipal, harto de las revueltas de los elamitas, por entonces aliados con Babilonia, organizó una expedición punitiva. En la batalla de Til-Tuba, sucedida en las orillas del río Ulai —hoy Karkheh—, los asirios masacraron a sus enemigos. Cinco años después, al frente de sus huestes Asurbanipal llegó hasta Susa. Dos milenios y medio más tarde, el arqueólogo Henry Austin Layard encontró en las ruinas de Nínive un prisma en el que Asurbanipal relata:
Susa, la gran ciudad santa, morada de sus dioses, sede de sus misterios, conquisté por orden de Asur e Ishtar. Entré en sus palacios, encontré sus tesoros…, plata y oro, bienes y riquezas de Sumeria, Acadia y Babilonia que los reyes de Elam habían pillado… Destruí el zigurat de Susa. Rompí sus brillantes cuernos de cobre. Reduje los templos de Elam a nada; sus dioses y diosas dispersé a los vientos. Destruí las tumbas de sus reyes… Devasté las provincias de Elam y en sus tierras sembré sal(The Royal City of Susa: Ancient Near Eastern Treasures in the Louvre, 1992).
En efecto, los asirios borraron Susa de la faz de la tierra. En breve lo mismo le pasaría a Nínive: en 612 a. C., Nabopolasar, comandando un contingente de babilonios, cimerios, escitas y medos, arrasó la capital asiria…, para siempre. En cambio, un siglo más tarde Susa reaparecerá en los mapas, porque los persas la reconstruyeron para convertirla en la segunda ciudad más importante en el Imperio aqueménida. Darío el Grande (549-486 a. C.) erigió en Susa su palacio y residencia principal. Poco duraría el control persa: en 330 a. C., el joven macedonio Alejandro Magno atacó y saqueó la ciudad, sacando cuarenta mil talentos de oro y plata de su tesoro. 

Posteriormente, Susa formó parte de los imperios seléucida y parto. Ya en nuestra era, en 116, Marco Ulpio Trajano, primer emperador romano nativo de Iberia, conquistó Susa. Hacia oriente, los romanos nunca avanzarían más allá, y Trajano jamás volvería a pisar su pueblo natal —Itálica, muy cerca de Sevilla—; apenas tendría tiempo de regresar a Roma para morir.

Aunque Susa fue perdiendo importancia política y ganando tranquilidad cotidiana, aún habría de sufrir dos saqueos y destrucciones totales: en 638, por parte de los ejércitos musulmanes del califato de Umar-ibn al-Jattab, y la segunda, en 1218, a cargo de los mongoles de Gengis Kan. En el siglo XV, el sitio estaba prácticamente deshabitado, y a mediados del siglo XIX ya no quedaba ahí ni su recuerdo.

En 1851, William Loftus logró identificar las ruinas localizadas en Sush como la antigua ciudad de Susa. Pero fue hasta 1901, décadas después de la primera ola de rapiña arqueológica, que el francés Jacques de Morgan halló un tesoro de inigualable valor universal, oculto ahí durante 3076 años: una pieza de diorita de más de dos metros de altura que había escapado de la avidez de textos de Asurbanipal y de Alejandro Magno, de la codicia de los romanos, y de la fiereza de musulmanes y mongoles: ¡la estela original del Código de Hammurabi!


¿Qué hacía en Susa la piedra en la que el rey Hammurabi de Babilonia ordenó que se escribieran sus leyes unos 1750 años a. C.? El responsable fue un tal Shutruk-Nahhunte, rey de Elam y fundador de la dinastía Shutru (1185–1155 a. C.). Sabemos hoy de él por el rastro que dejó tanto en la literatura babilonia como en una serie de inscripciones elemitas. “Consolidó su dominio sobre Elam, recorriendo el país y recabando todas las estelas a su paso. Parece haber tenido una pasión especial por esos monumentos, que resguardó en Susa con un registro de cada adquisición. Lanzó un ataque cuidadosamente preparado contra Babilonia, conquistó Sippar ... Entonces tomó Kish y Babilonia… Regresó con un gran botín, incluyendo algunos de los más ilustres monumentos babilonios, estelas de Manishtusu y Naram-Sin de Acadia, así como la gran piedra inscrita con las leyes de Hammurabi” (Gwendolyn Leick, Who's Who in the Ancient Near East. Routledge, 2002). 

Hoy el Código de Hammurabi se exhibe en el Museo de Louvre. ¿Algún día alguien encontrará la estela en las ruinas de París?

sábado, 22 de abril de 2017

El primer libro

De su puño y cuñas, en arcilla y con caracteres cuneiformes, hace más de dos mil seiscientos años, un tal Asurbanipal, dejó dicho:
Yo, Asurbanipal, en el palacio, entendí la sabiduría de Nabu. El arte de la escritura de todo tipo… Leí las sabias tablillas de Sumeria y la oscura lengua acadia…; obtuve mi placer leyendo piedras inscritas antes del diluvio. Lo mejor del arte del escribano, obras que ninguno de los reyes que me precedieron había aprendido, remedios desde la cima de la cabeza hasta las uñas de los pies, selecciones no canónicas, enseñanzas inteligentes…, escribí en tabletas, revisé y clasifiqué, y deposité en mi palacio para leer y leer.
Asurbanipal, el declarante, reinó Asiria en su auge. Fue el último gran jerarca de su dinastía. Murió en 627 a.C., tras haber gobernado 41 años. Con todo, tiempo y tino tuvo para hacerse de una fama que trascendería su mundo, entre otras cosas por haber erigido y dejado ricamente surtida la biblioteca de Nínive —no en balde, el personaje mentado en el primer enunciado de la cita, Nabu, fue nada menos que el dios de la sabiduría y de las artes de la lecto-escritura, tanto para los asirios como para los babilonios—. Se dice que, unos tres siglos más tarde, Alejandro Magno idearía la construcción de su gran biblioteca inspirado en el recuerdo de la gran colección de textos de Ashurbanipal.

John Martin, Fall of Nineveh 
Cuando Asurbanipal reunió su enorme colección de textos mesopotámicos —llegó a tener cerca de treinta mil tablillas—, Nínive, aunque milenaria, era capital del imperio asirio desde hacía solamente una centuria. El gran palacio y los acueductos habían sido construidos por el abuelo de Asurbanipal, el rey Senaquerib, hijo y sucesor de Sargón II. Desgraciadamente para el pueblo asirio, el esplendor de la ciudad fue efímero: las huestes babilonias del caldeo Nabopolasar, apoyadas por los fieros cimerios, grupos de escitas mercenarios y los medos del rey Ciáxares, habrían de atacarla durante el verano de 612 a.C. Luego de tres meses de sitio, los invasores arrasaron Nínive. La devastación de la que en ese momento era la ciudad más grande y desarrollada de todo el mundo fue total: sólo quedaron ruinas dispuestas para el olvido —poco más de doscientos años más tarde, cuando pasa por ahí, Jenofonte describe en su Anábasis los vestigios de la muralla de una ciudad a la que se refiere, erróneamente, como Mespila—.

Tablet V of the Epic of Gilgamesh.
Durante 2459 años Nínive permaneció enterrada, perdida para la historia e imposible de localizar en ningún mapa. Pero un buen día de 1839 ocurrió que un joven británico de futuro prometedor y familia acomodada salió de viaje, en principio rumbo a Ceilán —hoy Sir Lanka—, pero en medio del camino se topó con el Imperio Otomano, y ahí con la que sería la pasión de toda su vida, la arqueología. Su nombre, Austen Henry Layar (1817-1894), hay que recordarlo porque fue él quien, en 1847, desenterró, en las afueras de la ciudad de Musul —hoy en suelo iraquí y en disputa con el Estado Islámico de Irak y el Levante— la ruinas de Nínive, y en concreto, en el montículo Kouyunjik, el palacio del rey Senaquerib y la biblioteca de Asurbanipal. Luego, tocaría en suerte a su compañero y amigo, el arqueólogo caldeo Hormuzd Rassam (1826-1910), encontrar en las ruinas de la biblioteca asiria cierto grupo de tablillas que, según habría de descifrar poco tiempo después el asiriólogo londinense George Smith (1840-1876), contenían nada menos que la narración más antigua de la que la humanidad guarde registro: La epopeya de Gilgamesh. En efecto, en 1872 Smith publicó la traducción de la que hoy se conoce como undécima tablilla del poema, en la que refiere el antiquísimo mito del Diluvio Universal. Claro, la Cristiandad se le fue encima, mientras que buena parte de la comunidad científica internacional lo glorificó. No fue necesario que Smith tuviera que aprender a vivir como un hombre famoso: en su última expedición a Siria, a la edad de 36 años, la muerte lo alcanzó en Ikisji, un pequeño poblado ubicado a unos cien kilómetros al noreste de la ciudad de Alepo.

Ni Asurbanipal ni Alejandro Magno hubieran logrado imaginar los tamaños de la inmensa biblioteca que alberga hoy día la world wide web. Acabo de encontrar en línea La epopeya de Gilgamesh en un documento pdf, editado por Raúl Berea Núñez. Lo destacable del hallazgo, además de la buena factura de la edición, es que se trata de la versión en español de un catalán sapientísimo, Agustí Bartra i Lleonart -me parece que Plaza y Janés publicó este texto a principios de los años 70 del siglo pasado-. Agustí nació en Barcelona en 1908 y falleció en Terrassa, Cataluña, en 1982. Participó en la Guerra Civil Española, peleando por el bando que la perdió, así que en 1939 salió exiliado. Luego de pasar algún tiempo en República Dominicana y Cuba, él y su esposa fijarían residencia en México -cosa que hay que agradecer: él y la escritora Anna Murià i Romaní procrearon una de las mentes más preclaras de este país, el sociólogo Roger Bartra Murià (Ciudad de México, 1942)-. Antecede a la Epopeya de Gilgamesh un lúcido prólogo de Bartra, que no tiene pierde; ahí, afirma: “Todos los temas básicos del hombre en el mundo están presentes en el poema, y de ahí su trascendencia y palpitación”. No agrego más que seis palabras: si no lo has leído, procede.