Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 28 de diciembre de 2019

Escueto


Aforismo mata choro
·      En el principio era el Verbo, hoy todo es adjetivo.
·      Mitología: la única forma de que nos quepa el universo en la cabeza.
·      Ya estaba escrito que no creyera en la historia.
·      Como ha ocurrido en el pasado, el futuro comienza ahoritita mismo.
·      Occidente anda desorientado.
·      La tradición occidental va de Homero a Homero, del aedo al amarillo, del ciego al Simpson.
·      La actualidad distrae. La inmediatez apendeja.
·      Toda experiencia que valga la pena es extemporánea.
·      La realidad, en el mejor de los casos, es una corazonada colectiva: concordia.
·      Cada día resulta menos razonable tener razón.
·      Lo más cuerdo es hacerse el loco.
·      La historia nos azolvará.
·      Lo único monolítico es el desorden.
·      La innovación es un valor viejo y acartonado.
·      En materia de ideales, nadie concreta.
·      Los materialistas son gente de grandes ideales.
·      El dinero sólo es indispensable para no necesitarlo.

Microficciones
·      Pesadilla: me sueño insomne.
·      ¿Ya llegó la montaña? –preguntó Mahoma.
·      Cuando el fantasma aceptó su narcicismo concluyó: me urge un espejo de cuerpo etéreo.
·      Celebro que seas pesimista; estoy seguro que no sufrirás decepciones en lo futuro —le respondió el optimista.
·      En esta vida —me contestó—, no creo en la reencarnación.
·      Su matrimonio ya no tenía sentido: dormían en comas separados.
·      De la proposición a las preposiciones.
·      En un lugar de la cama que no quiero acordarme, Sancho Samsa y Gregorio Panza despertaron convertidos en Sol y Loquio.

Gente = gen+ente
·      Los demás por definición están de más.
·      Los Otros siempre son demasiados.
·      Sólo hay algo más molesto que los Demás…: el ensimismamiento.
·      La identidad, una ficción que hila la confusión diacrónica.
·      En la perdición me encontré a mí mismo.
·      Si no te hallas, ni le busques.
·      ¿Y si me hallo perdido?
·      Me hallé perdiendo el tiempo.
·      En poco tiempo, la mayoría de la gente se va a sentir parte de alguna minoría.
·      La mayoría de la gente no tiene que contenerse porque no tiene cómo colmarse.
·      No te preocupes: en realidad, uno siempre tiene en dónde caerse muerto.

Palíndromos
·      Sí sé, me narré: ¡perra némesis!
·      Lo sé: verbo, breve sol.
·      Oí mi ser, ese resimio.
·      Negar apogeo: ego para gen.
·      Yo hoy eso osé: amo, idiota letrado; darte lato idioma, eso osé yo hoy.
·      Oí: no me desea ese demonio.
·      Yo voy a ir o me mato; rota memoria…, yo voy.
·      ¿A la moda ya? ¡Ya dómala!
·      ¡Nada, Edipo!, pide Adán.
·      Edipo ladra a mamá: ¡Mamá, arda!, lo pide.
·      Odiseo es ido
·      Yo, Homero, remo hoy.
·      La naca bacanal.
·      Lata fatal.
·      La sed de sal.
o   La sed ataca…, cata de sal.
o   La sed aturde: sed, ruta de sal.
o   La sed amagó: gama de sal.
o   La sed lo sala, cala Sol de sal.
o   La sed alejo: mojé la de sal.
o   La sed, oí, no me da: demonio de sal.
o   La sed la mata: tamal de sal.
o   La sed osa vaso de sal.
o   La sed a trote, torta de sal.
o   La sed allá: talla de sal.
o   La sed apoca: copa de sal.
o   La sed sacó rocas de sal.
o   La sed osé: beso de sal.
o   La sal: arena, pan... era la sal.
·      Yo dono, no doy.
·      Se va, ¿ves?
·      Ata las edades… Edad, esa lata.
·      La roca…, ¿coral?
·      Sal, olas…, la roca, coral, sal, olas.
·      A la mar, ¡ámala!
·      Sol a mar: ámalos.
·      ¿Yo? Hamaca, cama hoy.
·      Se van: aves…
·      Ave se ve...; leve..., se va.
·      Aire, falo…, ¡la feria!
·      Némesis: sí, semen.
·      Némesis la saló… ¿La sal? Sí, semen.
·      ¡Yes!, eres seres, ey.
·      Sé: ciaré raíces.
·      A Roma Nerón, ¡oh!, rola calor… Honor enamora.
·      Amor a modo: maroma.
·      Adán a rudo: no dura nada.
·      Adán resolla: falló ser nada.
·      Adán a mono: no mana, da.
·      Adán sé Onán: DNA no es nada.
·      Nada mal: amad a “N”.
o   A la ruca, ¡cúrala!
o   A la gorda, ¡drógala!
o   A la bruta, ¡túrbala!
o   A la puta, ¡túpala!
·      Amo, idiota letrado, darte lato idioma.

Aquí ya sé
·      Un epitafio: No me hallo.
·      Un epitafio: Me rendí al tiempo.
·      Un epitafio: Sufro depresión posmórtem.
·      Un epitafio: Previsible, ¿no?
·      Un epitafio: Ahora yo sí sé, y tú no.
·      Un epitafio: Se acabó el gerundio.
·      Un epitafio: El tiempo me quitó la razón.
·      Un epitafio: Fui breve.

sábado, 21 de diciembre de 2019

El cuentista que escribió el cuento del rayo que cayó dos veces en el mismo lugar

Había una vez un cuentista que escribió el cuento sobre un rayo que había caído dos veces en el mismo sitio; pero encontró que ya Augusto Monterroso había escrito la fábula "El rayo que cayó dos veces en el mismo sitio", y se deprimió mucho.


sábado, 14 de diciembre de 2019

Fenomenología del fifí


Hasta hace unos meses, fífí era un vocablo que apenas permanecía mortecino en las páginas de algunos libros —por ejemplo, en novelita La luciérnaga de Mariano Azuela (1932)— y en las hemerotecas. No era más que un curioso arcaísmo en desuso, un elemento lingüístico cuya forma o significado, o ambos a la vez, resultan anticuados en relación con un momento determinado, en este caso, el actual —Ngram de Google informa que cuando más apareció fifí en publicaciones impresas en nuestro idioma fue entre 1928 y 1938, como puede verificarse aquí—. Sin embargo, desde el inicio de su tercera campaña por la Presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador rescató el vocablo —“Yo no inventé lo de ‘fifí”—, lo desempolvó y lo puso de nuevo en circulación. Pero nada, ni las palabras reviven tal cual, como si no hubieran estado ya cerca de la nada significativa. En nuestros días fifí es un vocablo que está más vivo que nunca, aunque su contenido semántico está en disputa y por tanto construcción.

Según el propio AMLO, como bien se sabe, el vocablo lo retomó de su uso en México a principios del siglo XX —por supuesto, hay usos anteriores; de hecho la palabra es de origen galo—, particularmente de su empleo en la jerga política. El 26 de marzo pasado lo explicó así: “Se usó para caracterizar a quienes se opusieron al presidente Madero. Los fifís fueron los que quemaron la casa de los Madero, los fifís fueron los que hicieron una celebración en las calles cuando asesinaron atrozmente a Gustavo Madero, cuando los militares lo sacrificaron, que es una de las cosas más horrendas y vergonzosas que ha pasado en la historia de nuestro país, salieron los fifís a las calles a celebrarlo y había toda una prensa que apoyaba esas posturas.”

Uno puede preguntarse qué significa la palabra fifí, y para responder a ello basta consultar un diccionario. A la letra la RAE define: “persona presumida y que se ocupa de seguir las modas”. Pero eso es lo de menos porque eso es lo que era y era muy poco. En cambio, lo pertinente es saber, de entrada, si eso es lo que denota el presidente al llamar así a alguien. En la misma conferencia de prensa de marzo abundó: “¿Qué son, al final, los fifís? Son fantoches, conservadores, sabelotodo, hipócritas, doble cara.” Ya antes, a finales de noviembre de 2018, siendo presidente electo, en entrevista con Carmen Aristegui, había dicho que un fifí es “un junior de nuestro tiempo, un conservador. Alguien que no quiere el cambio, que está a favor del régimen autoritario y que simula, que finge ser liberal.”

Con tanta carga, de arcaísmo moribundo pasó pronto a palabreja —palabra de escasa importancia o interés en el discurso—, pero fue estancia efímera porque desde los primeros meses del sexenio el presidente y la gente, el uso social, fue esculpiendo su nuevo significado, un significado ambiguo, pero de uso extendido en el ágora mexicana contemporánea. El 2 de enero el López Obrador se refirió a la prensa “conservadora y fifí” y el significado del vocablo creció. En la consolidación del nuevo significado colaboró mucho la panda de comentócratas —Sarmiento, por ejemplo— y cabecillas de partidos políticos antagónicos al gobierno —como el perredista Fernando Belaunzarán— que, carentes de cualquier otra direccionalidad política común más allá que estar en contra de AMLO, decidieron tomarle la palabra —literalmente— para definirse a sí mismos como fifís. El acuerdo semántico se consolidaba: para los que se asumen como tales, un fifí es un opositor del Peje y del populismo y, por extensión, de lo populachero y si me apuran incluso de lo popular. En última instancia, un fifí es un reaccionario: en sentido negativo para quienes los denuestan, pero en sentido positivo para ellos mismos: están reaccionando en contra de un régimen con el cual no están de acuerdo. Pero además de reaccionario, la palabra se quedó con el halo de adinerado, pudiente, de clase media alta para arriba…, así que, entre fifís, nada mejor visto que un fifí. De ahí, enseguida fifí se ubicó como antónimo de chairo.

Los chairos se asumen como chairos sin problema, aunque los fifís los llamen así para denigrarlos… Y del otro lado igual: los chairos pretenden infamar a los fifís con tal etiqueta, mientras que los aludidos se sienten de lo más felices portándola. Para quienes se asumen fifís o quieren pasar como tales, fifí es cualquier cosa menos una buldería, es decir, una palabra de injuria o denuesto.
El domingo de la semana pasada, entre las poco más siete mil personas que se congregaron en el Ángel de la Independencia para marchar y expresar así su inconformidad con el gobierno de AMLO, algunos autodenominados fifís llevaban una camiseta en la que, en la espalda, aparecía impreso un decálogo, “10 razones para ser fifí”:

1. Decido trabajar.
2. Satisfago mis necesidades.
3. Soy ambicioso.
4. Me levanto temprano.
5. Lucho por mis metas.
6. Disfruto de las cosas buenas.
7. Soy exigente.
8. Provoco los cambios.
9. Estoy orgulloso de mí mismo.
10. Soy feliz.

Si bien tales sentencias, ciertas o no, no alcanzan para armar un ideario político, sí que perfilan socioculturalmente a quienes las enarbolan. Gente que asume el trabajo como una afrenta cuando se tiene que realizar por necesidad, que reduce la ética capitalista a la ambición y sobre todo que sufre un exiguo aspiracionismo de libritos de autoayuda… El punto ocho, “provoco los cambios”, es de calle el más ambiguo y contradictorio de todos. En fin, seguramente no importa, porque, contra todas las apariencias, ya ven, el fifí es feliz.

sábado, 7 de diciembre de 2019

Coincidencias


… el mundo en el que vivo nunca dejará de escapárseme.
Paul Auster, El cuaderno rojo.

… trata de traducir el mundo a palabras comprensibles.
Juan Navarro, El cazador de coincidencias.


— ¿Sabes qué estaría bien? —le pregunté a Inés— Ver otra vez Good Bye, Lenin! —dije, y enseguida pensé que estaba expresándome mal porque es imposible ver otra vez una misma película; quizá se podrá ver de nuevo, siempre de nuevo, pero no otra vez: nadie ve otra vez la misma película: para el mismo espectador cualquier película cambia a través del tiempo, ya que cambiamos, ya que somos el río de Heráclito: el hombre de ayer no es hombre de hoy y el de hoy no es el mismo de mañana… En este caso, la diferencia más obvia: la primera vez que vi Good Bye, Lenin!, yo era una persona que nunca antes había visto Good Bye, Lenin!, condición que perdí entonces de una vez y para siempre… Como era perfectamente previsible, de ahí no tuve más remedio que imaginarme a Heráclito el Oscuro sentado cómodamente en una sala de cine.

— Sí, hay que buscarla.

Fue el domingo de la semana pasada que solté tal antojo de recalentado fílmico. El origen de la ocurrencia no era un misterio: había sido catapultada por el par de semanas durante las cuales estuve recordando la caída del Muro de Berlín, lo cual se lo debo a un profesor de la Universidad de Standford, el politólogo chicagüense Francis Fukuyama, quien, como he contado aquí, fue a impartir una significativa conferencia a la Hertie School of Governance de Berlín. Pero hasta ahí quedó el antojo, entre otras cosas porque ese mismo día Inés y yo nos trepamos al avión que nos transportaría al municipio oaxaqueño de San Pedro Mixtepec, en la costa del Pacífico. Infalibles, el sol y el mar ejecutaron su embrujo de inmediato, y más o menos absolutamente todo lo demás se fue a un lejanísimo segundo plano. Los días de playa de la mano de Inés y armado con una buena novela tienen el poder de deportarme a otro mundo… Allá andábamos, agarrando color y energías en otro mundo a nivel del mar, cuando el miércoles nos invitaron al ciclo de cine que organiza el club de playa del lugar en donde estamos hospedados… Función de cine junto al mar, palomitas, fruta, cervezas, piñas coladas… La cinta programada, un film alemán de 2003 dirigido por Wolfgang Becker, y protagonizado por Daniel Brühl y Katrin Sass, una película espléndidamente musicalizada por Yann Tiersen —el mismo a quien debemos la banda sonora de Amélie—, que en su momento obtuvo diversos premios de la crítica internacional… En efecto, Good Bye, Lenin!

El libro que estoy leyendo entre la hamaca, el camastro y la arena, entre siesta y chapuzón, es 4 3 2 1, el más reciente de Paul Auster (Nueva Jersey, 1947). Se trata de un novelón de casi mil páginas (Planeta, 2017), ideal para estos días. Sin embargo, la proyección de Good Bye, Lenin! —no me refiero a la película, se entiende, sino la enrome fortuna de que fuera precisamente esa cinta la que estuviera programada— me recordó obligadamente otro título del escritor norteamericano, un pequeño librito de enorme calado: El cuaderno rojo (Anagrama, 1994), un imprescindible de poco más de cincuenta páginas, en el que el Auster se concentra en las coincidencias. Y sí, da la afortunada casualidad que venía entre los libros que traíamos en la maleta —Inés lo había incluido en su dotación—.

La edición de Anagrama incluye el texto “Un cazador de coincidencias”, un prólogo del traductor al español del libro de Paul Auster, Juan Navarro. Por sí mismo es una pieza que amerita su lectura, en la que su autor medita en torno al arte de la traducción —“la traducción es un caso de suplantación de identidad: por decirlo con una palabra inglesa, es un caso de impersonation…, el acto de hacerse pasar por otro”—, al arte de la novela —“un novelista traduce a la lengua de sus fábulas la lengua misteriosa y dolorosa del mundo”— y al asunto sobre el cual tratan las historias de El cuaderno rojo: “... hay coincidencias y casualidades con las que te mueres de risa y hay coincidencias y casualidades con las que te mueres. Descubrir el poder del azar es descubrir que somos terriblemente frágiles… Recordar que las personas son terriblemente frágiles es una obligación moral”.

En el cierre de uno de los primeros capítulos de 4 3 2 1 Auster insiste en la misma noción: todo el mundo, el de la familia del protagonista en este caso —de la misma manera que la República Democrática Alemana y todo el mundo socialista para Christiane, el personaje de Good Bye, Lenin—, puede desmoronarse en un santiamén: “… y antes de que nadie pudiera comprender que los dioses llevaban a cabo su tarea cuando no tenían nada mejor que hacer, el clan… había volado en pedazos”.

El cuaderno rojo se compone de trece relatos, todos relacionados directamente con la vida de Paul Auster —“... al escribir de ti mismo, empiezas a verte como si fueras otro: te alejas de ti mismo conforme te acercas a ti mismo”, arguye Juan Navarro en el prólogo—, todos relacionados con el fenómeno de las coincidencias, unas benéficas, otras “sutiles maldiciones”. Si bien jamás lo menciona explícitamente, estoy seguro que Auster conoce y ha estudiado a fondo el concepto propuesto por Carl Jung: sincronicidad, esto es, “una coincidencia temporal de dos o más sucesos relacionados entre sí de una manera no causal, cuyo contenido significativo sea igual o similar”…, pero esa es arena de otra playa.