Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

viernes, 28 de agosto de 2020

Perder el año

 The years teach much the days never know. 

Ralph Waldo Emerson

 

 

— Turé me contó que vas a cometer el mismo error que él –me espetó el doctor Macedo tan pronto entré a la estancia. Acababan de desayunar. Él estaba sentado en una de las cabeceras del comedor, fumando tranquilamente y tomando café. Como solía hacerlo, sus palabras se fueron abriendo paso poco a poco, sin ninguna prisa, entre el espeso humo de tabaco.

 

Esto debió de haber sucedido uno de esos tantos sábados que, desde temprano y hasta ya bien avanzada la tarde, nos juntábamos a jugar tochito en la calle. Turé lo recordará también. Entonces éramos vecinos. Vivíamos con sendas ancianas, duras y dulces las dos; él con su abuela paterna, yo con mi abuela materna. Los dos habíamos terminado la preparatoria en la misma escuela; Turé, en el ciclo anterior, y yo, hacía unas semanas. Ese día, como solía hacerlo, había comenzado en la de la señora Macedo el peregrinar de casa en casa para ir reclutando a los amigos con los que armábamos los equipos.

 

— ¿Qué error, doctor?

 

— A mí me dijo lo mismo –divertido de las puyas de su padre, Turé se amarraba las agujetas de los tenis. En aquel tiempo, mediados de los ochenta del siglo pasado, un pasado remoto anterior al TLC, nuestros tenis eran alhajas.

 

— Entrar cuanto antes a la universidad.

 

Efectivamente, Turé Macedo ya cursaba el segundo semestre de Química. Yo quería estudiar Sociología.

— Bueno, me inscribí para presentar el examen de ingreso a la UNAM, pero falta que quede… 

 

— Vas a quedar. Ese es tu error…

 

— ¿Estudiar en la UNAM?

 

— No –otra chupada a su cigarro–, apresurarte –otro sorbo de café–. Podrías dejar de estudiar al menos un año. No tendrías ningún problema con tu familia. Podrías viajar, leer lo que te dé la gana, pensar un poco… Después será más difícil.

 

— ¡Pero perdería un año, doctor!

 

— Eso… –se quitó el cigarro de entre los labios, se los remojó con la lengua, le dio un sorbo a su café, saboreó, se regresó el pitillo a la boca, le dio una fuerte calada, jaló el golpe y después de expulsar algunas volutas de humo terminó el enunciado:—, eso es imposible.

 

Turé y yo nos fuimos a jugar tocho. Yo salí sin entender lo que el doctor Macedo me había dicho, así que no sólo no atendí su consejo, sino que unos meses después estaba estudiando dos carreras.

 

•

 

Cada vez escucho a más gente lamentarse de que va a perder el año. Claro, la pandemia, el confinamiento, la desaceleración de las actividades. En el ámbito escolar el plañido se ha cundido más entre universitarios, mientras que muchos padres de familia de niños pequeños lo usan más bien para etiquetar un mal menor: preferible perder el año a que Monchito se contagie. Entre los creyentes de la Economía, la situación ya se frasea en pasado: v.g., ¡un año perdido para la industria automotriz!

 

En nuestro país, el aletargamiento impuesto por el COVID-19 comenzó propiamente en abril, así que, de los doce meses del muy vituperado 2020, llevamos cinco en esta especie de hibernación social, este bien nutrido rosario de días nefastos. 

 

En el calendario de la antigua Roma, cada día del año estaba marcado con diferentes letras: F, C, N, NP, EN, Q.R.C.F. o FP, todas con un significado. Por ejemplo, la F, fastus, señalaba que en tales días se podía tramitar cualquier asunto civil, sin temor a molestar a los dioses. La C, comitialis, indicaba los días en los que era posible tramitar asuntos públicos, políticos y legales. En cambio, la N, nefastus, marcaba los días religiosus, vitiosus o ater —religiosos, virtuosos o negros—, en los cuales nadie debía trabajar. Entre más días dies nefasti, se reducían los dies fasti. (W. Warde Fowler, The Roman Festivals of the Period of the Republic; Good Press, 2019). “En la época de la República, Roma tenía días festivos en los que se celebraban juegos en honor a varios dioses (ludi); el Ludi Romani, que duraba dos semanas, comenzó en 366 a. C., y durante los dos siglos siguientes se unieron el Ludi Plebei, el Ludi Florales y varios otros. En total, hubo 59 de esos días festivos. Pero además hay que agregar 34 días de juegos instituidos por Sila con diversos pretextos, y las 45 feriae publicae o días festivos generales, como la Lupercalia en febrero (que celebra la crianza de Rómulo y Remo por la loba), la Volcanalia en agosto, y la Saturnalia en diciembre. Luego estaban los días que los emperadores designaban para honrarse a sí mismos, o eran otorgados por un Senado obsequioso. En total, durante el reinado del emperador Claudio, Roma tenía 159 días festivos al año, ¡tres a la semana!… Y teniendo en cuenta los días festivos irregulares que los emperadores solían decretar con cualquier pretexto, no es equivocado afirmar que la Roma imperial tenía una fiesta por cada día de trabajo.” (Robert Hughes, Rome: A Cultural, Visual, and Personal History). La mitad del año dedicado al solaz o al sosiego o a lo que usted guste, pero no al trabajo. ¿Podríamos decir que perdían así los romanos buena parte del año? En cualquier caso no pareció afectar en modo alguno la construcción y fortaleza de una civilización que, grosso modo, perduró al menos a lo largo de doce siglos, del siglo VII a. C. al V d. C.

 

•

 

El doctor Macedo tenía razón: es imposible perder el año. Podrá usted malgastar el tiempo o dedicarse ahora a algo y arrepentirse después o decepcionarse porque algo, como una pandemia, impida que sus planes se cumplan…, pero perder el año no, a menos de que su tiempo se agote definitivamente.

 

Cierro con epitafio: “Aquí, perdiendo el año”.

jueves, 20 de agosto de 2020

Bicho fautor

Una pandemia es un fenómeno social

que involucra algunos aspectos médicos.

Rudolf Virchow

 

 

Mi amigo Pierre Jours tenía agendada una reunión de trabajo con el secretario de Educación del gobierno de un estado del noroeste, una entidad fronteriza para mayor detalle.

 

“¿Reprogramarla?” —whattsappeo.

 

“Imposible” —me responde.

 

Iniciaba la segunda quincena de junio, es decir, nos encontrábamos en pleno confinamiento. Nada envidiable, su perspectiva era la siguiente: un vuelo directo desde la Ciudad de México con una duración de más de dos horas y media —además, considerando que los husos horarios son diferentes, aterrizaría cuando el reloj marcara casi cinco horas después del despegue—, un trayecto de cuarenta minutos del aeropuerto a un hotel en el centro para registrarse y dejar la maleta, un taxi para llegar a la hora pactada a las oficinas del servidor público aludido, la reunión cara cara…, no, perdón, más bien cubrebocas a cubrebocas, seguramente un encuentro de menos de una hora, ya pasado el ocaso vuelta al hotel, bobear un rato frente al televisor, cena ligera en el restaurante del mismo hotel, regreso a la habitación para leer un rato antes de dormir, y, a la mañana siguiente, temprano, de nuevo al aeropuerto para subirse al avión que lo traería de vuelta… 

 

Pierre me contaría que dos días antes de la fecha acordada, el alto funcionario tuvo a bien cambiar el formato de su reunión:

 

— Afortunadamente fue por zoom. 

 

— ¡Uy!, harto ahorro de tiempo, lana, riesgos, energía…

 

— Sí, además pudieron participar, desde sus casas, dos colaboradores míos. Qué bueno que ahora podemos hacer esto.

 

¿Ahora? Ahora no…, ¡lo hemos podido hacer desde hace por lo menos veinte años! Y si partimos del hecho de que el medio de comunicación más importante cuando dos personas se sientan a conversar para acordar algo es el habla, pues entonces desde hace mucho más tiempo —Meucci inventó el teléfono hace más de 160 años—.

 

La semana pasada afirmaba aquí mismo que al parecer necesitábamos una pandemia para darnos cuenta de que, para un montón de puestos laborales, nuestras presencias corporales resultan no sólo prescindibles, sino además onerosas. En ambos casos —los viajes de negocios y la presencia diaria y obligada en un mismo sitio de millones de trabajadores que pueden laborar a distancia—, las condiciones materiales para que ocurrieran los cambios ya estaban dadas desde hace no poco; sin embargo, sencillamente no habían sucedido. Así que el bicho ha resultado un fautor.

 

La pandemia, más allá de su carácter biológico con indiscutibles repercusiones en el ámbito de la salud pública, es un fenómeno social que está catapultando grandes cambios. Más incluso, el condenado bicho tendrá mucho más trascendencia social que demográfica: hoy día el planeta Tierra hospeda a 7,805 millones de sapiens; hoy día la COVID-19 ha matado a 769 mil personas.

 

Hasta donde sabemos, esta es la primera vez que los humanos experimentamos el contagio del coronavirus SARS-CoV-2, ciertamente…, pero una pandemia no es un fenómeno novedoso. Desde el principio de los tiempos la humanidad ha tenido que sufrir los embates de epidemias; no obstante, la forma en que las sociedades lidian con ellas cambia.

 

El filósofo multimillonario Bernard-Henri Lévy (Argelia, 1948), alumno de Jacques Derrida y Louis Althusser, dio a conocer en julio su libro Ce virus qui rend fou: essai —Este virus que te vuelve loco: ensayo—, y hace apenas unos días University Press publicó la traducción al inglés: The Virus in The Age of Madness. El también documentalista sostiene que lo que más le ha sorprendido durante la presente contingencia no ha sido tanto la pandemia en sí misma, sino el “extraño modo” en la que hemos reaccionado: “Es la epidemia de miedo, no sólo a la COVID-19, que se ha precipitado sobre el mundo entero. Hemos visto almas resistentes paralizarse repentinamente”. Comparto el juicio: en marzo, días antes de que a mí me pegara el virus, escribía en estas páginas: “Un fantasma recorre el mundo: el fantasma del pánico. La pandemia del pánico se propaga imparable.” El pensador francés caricaturiza —“ISIS declaró que Europa era una zona de alto riesgo para sus combatientes, quienes prontamente desaparecieron para ir a taparse las narices con kleenex con aroma a eucalipto en las profunidades de alguna cueva de Siria o Irak…” — y ya en plan más serio se pregunta si lo que estamos viviendo no se parece a la epidemia de ceguera que narra Saramago en su celebérrima novela.

 

Según Bernard-Henri Lévy la respuesta generalizada en todo el orbe ha sido o neurótica —es decir, la negación: ¡no, el virus ése no existe, es un enorme embuste!— o sicótica —o sea, la sobre reacción: ¡el género humano está al borde de la extinción!—, y alerta: no vaya resultar que el confinamiento y el distanciamiento social termine siendo “una especie de ensayo para una nueva forma de arrestar, oprimir y detener masivamente a la gente”. ¿Y qué tal que no se trata de la antesala de la desesperanza sino de “una señal tranquilizadora de que el mundo ha cambiado, que por fin la vida se ha hecho sagrada, de que, de ahora en adelante, cuando se tome una decisión entre la vida y la economía, la vida triunfará”? Con su libro, Bernard-Henri Lévy no lanza una moneda al aire; más bien invita a hacer una apuesta.

 

Tal vez sólo nos guste creer que somos conscientes de las rutas que tomamos cuando, como ahora, se presentan situaciones en las que, de improviso, se presenta el fautor que se requería para precipitar todas las transformaciones que estaban ya listas para ocurrir.

jueves, 13 de agosto de 2020

Trabajo u-tópico

 — Oiga, Gema, mañana viernes no vengo, eh. Si me buscan, estaré haciendo home office.

 

— Cómo no, licenciado.

 

La noción de home office se sostiene siempre y cuando se refiera a una modalidad ocasional, circunstancial, de coyuntura. Sin embargo, si se mantiene la práctica durante varias jornadas y de manera más o menos prolongada, o más aun, si se perfila como una constante, como una dinámica rutinaria, el fraseo trabajo desde casa —igual que home office—, además de impreciso, puede resultar muy engañoso. O dígame, usted, ¿quienes podemos laborar fuera de las instalaciones de nuestros respectivos trabajos tenemos que hacerlo obligatoriamente en nuestras casas?

 

Miriam es alemana. Un verano, pasó unos días en la Ciudad de México y le gustó tanto que decidió buscar un empleo aquí, hasta que lo encontró. Entiendo que es parte del equipo de marketing de una compañía gringa que vende soluciones informáticas. El caso es que desde mediados de 2019 comparte un departamento en la San Miguel Chapultepec con una abogada mexicana. Durante las primeras semanas de la Jornada Nacional de Sana Distancia, Miriam atendió al pie de la letra la instrucción “Quédate en casa”, y por el tipo de actividad que realiza no tuvo ninguna dificultad en encargarse de todo mediante home office. A finales de mayo, un compañero de la empresa le prestó la casa de sus padres en Cuernavaca: Vete unos días: tomas el sol y puedes trabajar desde allá. Una semana después regresó a la CDMX consciente de una obviedad: sus obligaciones laborales las tiene que atender en su laptop, no en su casa. Metió la ropa sucia a la lavadora y se puso a buscar un Airbnb para irse a Mérida. Todavía anda en el sureste.

 

Mientras más se propague y normalice el trabajo a distancia más evidente será que la dinámica no implica trabajar obligadamente en casa. Y a estas alturas supongo que muchas personas ya se dieron cuenta de que una situación anormalpara serlo necesariamente tiene que ser efímera, de que jamás regresaremos plenamente a la normalidad previa a la pandemia, y de que el teletrabajo viene incluido en la llamada nueva normalidad. A quienes más convendría entender esto somos, claro, a quienes llevamos ya más de cuatro meses laborando fuera del sitio al que llamábamos “el trabajo”.

 

Mi amigo el autorcantor MM chambea en una empresa multinacional high tech que en nuestro país emplea a 16 mil personas en 14 ciudades. Muy lejos de las líneas de producción, él es responsable del área de comunicación. Desde abril, MM y su equipo combinan el home office con esporádicas reuniones presenciales en el lugar al que llaman “el corporativo”, un edificio que está en Santa Fe. Hace un par de meses me contó que varias empresas con las que tiene trato frecuente están cerrando sus presupuestos 2021 dejando fuera la renta de casi todas sus oficinas en la Ciudad de México: Ya no hay duda, es un gasto inútil; van a dejar que su personal continúe trabajando a distancia.

 

En efecto, para un montón de puestos laborales nuestras presencias corporales resultan no sólo del todo prescindibles, sino también onerosas. El hecho no es nuevo, pero al parecer necesitábamos una pandemia para darnos cuenta. ¿En la próxima contingencia ambiental que sufra la Ciudad de México aún quedarán tercos que se nieguen a mandar a trabajar a sus casas a todos los empleados que puedan hacerlo? 

 

Obviamente el teletrabajo no es posible para todos. Si tu chamba consiste en controlar una gran maquinaria, pues seguramente no, no te la vas a poder llevar a casa. Si eres médico especializado en cuidados intensivos tu trabajo seguirá estando en un hospital. Pero en una gran porción de los servicios, el comercio y la economía digital, en general los puestos de cuello blanco, durante los últimos meses la antañona y hasta ahora indestructible liga vives donde trabajas está estirándose dramáticamente y me parece que va a terminar por romperse: cada vez más gente trabajará en donde esté y por lo tanto no tendrá que vivir forzosamente en una determinada ubicación. Incluso muchos podríamos optar por vivir en diferentes lugares a lo largo del año.

 

— ¿Dónde trabajas?

 

— Aquí, en donde ande…

 

Lamentablemente este cambio dejará a mucha gente fuera del mercado; en corto, el enorme contingente de trabajadores que brindaban servicios satélite a todos los empleados que están dejando de acudir a las oficinas. Simultáneamente, en algunos otros ámbitos surgen nuevas necesidades que alguien deberá satisfacer. Así, lo que el e-commerce ha causado hasta ahora quizá termine resultando apenas un atisbo de la profundidad y extensión de las transformaciones que va a generar la revolución laboral que el confinamiento está provocando.

 

Hace unas semanas el INEGI dio a conocer los resultados de los Censos Económicos 2019. En total, se captó información de 6’373,160 establecimientos, con un personal ocupado de poco más de 30 millones. Los datos censales están referidos a una unidad de observación, el establecimiento económico. Cualquiera que lea la definición podrá darse cuente del enorme reto metodológico que representará el próximo levantamiento, en 2024: “La unidad económica que en una sola ubicación física, asentada en un lugar de manera permanente y delimitada por construcciones o instalaciones fijas, combina acciones y recursos bajo el control de una sola entidad propietaria o controladora, para realizar actividades de producción de bienes, compra-venta de mercancías o prestación de servicios; sea con fines de lucro o no.” 

 

No será utópico, pero para muchos el trabajo será cada vez más u-tópico.

sábado, 8 de agosto de 2020

Recapacitar(se)

 Recapacitar(se)

 

La verdad está abierta a todos;

aún no ha sido monopolizada.

Séneca, Carta 33: Sobre la futilidad de aprender máximas.

 

En definitiva, ¿cuál es la meta de la virtud

si no es una vida que fluya con placidez?

Epicteto, Disertaciones, I.4

 

 

Recapacita

 

Cada que termina y cada que comienza una semana más de confinamiento, tal vez usted suspire sintiéndose atascado en un impasse. O muy probablemente tú seas de las personas para quienes el ritmo del quehacer y del trabajo ha bajado tan notoriamente que ahora nos resulta irreconocible. O quizá usted perciba que desde hace al menos cuatro meses nuestro día a día va arrastrándose lastimosamente como un despreocupado tlaconete que, en travesía trasatlántica, va cruzando en diagonal la inmensidad de un patio de monótonos mosaicos descoloridos. Como le ha ocurrido a cientos y cientos de millones de seres humanos en un montón de ciudades alrededor del mundo, es posible que para ti se hayan acortado drásticamente todas las distancias. Para buena parte de la población del planeta, el espacio cotidiano se ha achicado; los compromisos y planes, postergado. A estas alturas de la pandemia, el letargo se ha propagado por doquier. 

 

Nos tocó en suerte vivir una situación paradójica: la lentitud se impuso vertiginosamente. ¡Y ya terminó julio! Los días pasan con desesperante parsimonia, ¡y el año se nos está yendo de volada! Ansiedad y aburrimiento intercalan posiciones.

 

Más allá de las apariencias y de las impresiones diarias, transitamos por un momento de cabriolas y volteretas, de aceleradísimas trasformaciones. Si los cambios son las marcas del compás del paso del tiempo, en realidad vivimos una vorágine. Y como siempre sucede: es muy difícil que quienes están experimentando grandes mutaciones históricas alcancen a darse cuenta de ello. Con todo, la inconsciencia no es suficiente y la incertidumbre cala: ¿cuándo va a terminar todo esto? La mayoría de la gente con la que converso aún se pregunta cómo será la normalidad después del COVID-19, no cómo está conformándose minuto a minuto la emergente normalidad con el COVID-19.

 

Además palpita el miedo: si bien 46 mil muertos alcanzan apenitas una proporción porcentual de menos de cuatro centésimas respecto a la población total de México, los contagios y defunciones dejaron de ser fría estadística. Desde hace mucho, las noticias ya también llegan por WhatsApp y telefonazos. Ya intubaron al suegro de Montaño… y una vecina del Rosco ya se murió de coronavirus… y, ¡carajo!, mi cuate JL no hizo caso y ya se lo llevó la pelona… y Ray ya dio positivo… por cierto, ¿supiste que el papá de Erika la libró? ¡Uy, qué bueno!, porque de la secretaría en donde trabaja Juanjo dicen que ya se han muerto varios…

 

 

 

(…)

 

El miércoles de la semana pasada soñé que un viejo aliado onírico venía a instruirme:

 

— Recapacita.

 

—   Sí, tienes razón, es momento de repensar todo –respondía yo.

—   Recapacita y recapacítate.

Desperté a media madrugada: claro, repensar las cosas y capacitarse de nuevo, rejerarquizar habilidades, virtudes… Debí haberle contestado:

 

—   Reflexionar: cavilar y flexionarse de nuevo.

 

 

Recapacítate

 

Justo acabo de terminar de leer Cómo ser un estoico, de Massimo Pigliucci (Ariel), y viene a cuento. El autor, un biólogo romano afecto a estudiar filosofía grecorromana clásica, sostiene que el estoicismo “se trata de practicar la virtud y la excelencia, y de transitar por el mundo maximizando nuestras capacidades mientras somos conscientes de la dimensión moral de todas nuestras acciones”. Recapacitar y recapacitarse, digo yo —¿o podemos soñar mensajes que no provengan de nosotros mismos, contenidos ajenos?—.

 

El estoicismo, una filosofía eminentemente práctica, tiene hoy un alto grado de actualidad; de filiación socrática, establece que lo más importante para cualquier persona es vivir conforme a su propia naturaleza, y la naturaleza de cualquier humano no es otra que la de ser sociales y razonables. Así, a diferencia de su origen directo, el cinismo ascético de Diógenes, “el estoicismo es principalmente una filosofía del compromiso social que también anima a amar a toda la humanidad y a la naturaleza”. Por lo demás, dicha naturaleza es en principio comprensible para la razón, ya que funciona conforme al Logos.

 

Aunque en él abundan referencias a otros filósofos estoicos —tanto de la Antigüedad, como Crisipo de Solos, Séneca, Cayo Musonio Rufo y Marco Aurelio, como contemporáneos, como James Stockdale, William Irvine—, el libro de Massimo Pigliucci encuentra su referente principal no en el fundador de la escuela, Zenón de Citio, sino en Epicteto (c.55-135 d. C.), el filósofo cojo y esclavo, y basa su exposición del estoicismo en las Disertaciones —libro escrito por Arriano de Nicomedia con base en los apuntes que tomaba durante las lecciones de su maestro, Epicteto— y del Enquiridión o Manual.

 

El objetivo último del estoicismo es vivir una existencia eudaimónica, es decir, una vida feliz, plena, buena para acabar pronto, en la que se consiga la tranquilidad de la mente, la célebre ataraxia griega. ¿Cómo? Mediante el ejercicio de cuatro virtudes. Para lidiar con el deseo (aceptación estoica), el valor y la templanza; para participar en la acción social (filantropía estoica), la justicia, y encima de todas las virtudes, la sabiduría (concienciación estoica).

 

En medio de la plaga de aburrimiento, ansiedad, incertidumbre y miedo que el 2020 nos ha deparado, creo que convendría perseguir la ataraxia y recapacitar en torno a uno de los principales argumentos del estoicismo clásico: “tenemos una extraña tendencia a preocuparnos y a concentrar nuestras energías precisamente en aquellas cosas que no podemos controlar”. Por cierto, ¿para cuándo estará lista la vacuna?

viernes, 31 de julio de 2020

Cavernícolas zacatecanos

Casa

 

… y piedra fui, piedra seré, por eso

toco esta piedra y para mí no ha muerto

Pablo Neruda, CASA.

 

Justo antes de Cantos ceremoniales y enseguida de Canción de gesta —cuya primera edición se facturó en la Habana por la Imprenta Nacional de Cuba para celebrar el segundo aniversario del triunfo de la Revolución, con un tiraje de 25 mil ejemplares—, Pablo Neruda (1904-1973) publicó en Buenos Aires Las piedras de Chile (Losada, 1961), un poemario ilustrado. En la página 31 del libro, aparece “CASA”, así, con mayúsculas:

Tal vez ésta es la casa en que viví

cuando yo no existí ni había tierra,

cuando todo era luna o piedra o sombra,

cuando la luz inmóvil no nacía.

Tal vez entonces esta piedra era

mi casa, mis ventanas o mis ojos.

Me recuerda esta rosa de granito

algo que me habitaba o que habité,

cueva o cabeza cósmica de sueños,

copa o castillo o nave o nacimiento.

La casa de piedra, poderosa reminiscencia troglodita. La casa en la piedra, primer refugio humano, paraíso originario.

 

 

PP13B

Hace poco supimos de la existencia de un paraíso prehistórico, el sitio en donde nuestra especie se salvó de la extinción. Un edén de verdad, no simbólico.

 

Nuestra especie surgió en África, hace poco más de doscientos mil años. Entonces, el clima era benigno; y la comida, abundante. Sin embargo, 195 mil años antes del presente (AP) las condiciones cambiaron: comenzó una prolongada etapa glacial —Marine Isotope Stage 6—, que duró la friolera de unos 70 mil años. El frío y la desertificación propagaron la muerte. A la mera supervivencia se redujo todo para aquella gente; ni cómo comenzar a crear cultura. La población de sapiens se desplomó. Los genetistas estiman que sobrevivieron apenas algunos cientos de hombres y mujeres. Considerando la pobre diversidad genética que hay entre nosotros, los humanos modernos, es probable que apenas haya subsistido un grupo, —quizás una misma comunidad etnolingüística—, resguardado en una región o incluso en torno a un paraje único. ¿Dónde? El litoral sureste africano habría perdurado como uno de los últimos resquicios de vida; junto al mar quedaba comida —mariscos, mamíferos acuáticos y plantas comestibles— y un refugio. Las excavaciones dirigidas por Curtis W. Marean, arqueólogo de la Universidad Estatal de Arizona, llevaron al sorprendente hallazgo de la guarida milenaria: ¡una cueva junto al mar! Medio trogloditas, medio costeros, los humanos nos aferramos a la vida. “La cueva hoy conocida como PP13B, cerca de Mossel Bay, Sudáfrica, albergó a humanos entre 164 mil y 35 mil años AP, en un momento en que el homo sapiens estaba en peligro de extinción. Estas personas pueden haber sido los antepasados de todos nosotros” (Curtis W. Marean, “When the Sea Saved Humanity”. Scientific American, 2012).

 

 

Cueva del Chiquihuite

A usted y a mí nos dijeron en la escuela que, hace menos de 15 mil años, los humanos llegaron América por el estrecho de Bering. A muchos nos tocó que nos enseñaran que el rastro más antiguo de sapiens localizado en lo que hoy es México era el Hombre de Tepexpan, hallado en las orillas del lago de Texcoco —hoy sabemos que el esqueleto del Hombre de Tepexpan corresponde no un hombre sino a una mujer, quien vivió hace unos siete mil años—. Ya en el siglo XXI, ganó fama la Mujer del Peñón, encontrada a un costado del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México: una osamenta con 12 mil años de antigüedad. Y apenas en 2014, en una cueva inundada cerca de Tulum, Quintana Roo, apareció Naia, una joven que alcanzó a vivir unas quince primaveras, hace más de trece mil años, lo que la convirtió en el testimonio humano más vetusto hallado en el continente… Sin embargo el miércoles de la semana pasada quizá todo esto se fue al traste.

 

Ciprian F. Ardelean —de la Unidad Académica de Antropología de la Universidad Autónoma de Zacatecas— y un nutrido equipo de investigadores publicaron en la prestigiada revista Nature el sorprendente resultado de sus investigaciones en campo: Evidence of human occupation in Mexico around the Last Glacial Maximum: “… presentamos los resultados de las excavaciones recientes en la cueva del Chiquihuite…, que corroboran… evidencia humana que data del último máximo glacial (hace 26.5 mil –19 mil años), y que retrasa las fechas de dispersión humana en la región, hasta hace posiblemente 33 mil años. El sitio arrojó alrededor de 1,900 artefactos de piedra…, revelando una industria lítica previamente desconocida que experimentó sólo cambios menores durante milenios.” En pocas palabras, el descubrimiento estaría datando la presencia de seres humanos en América 15 mil años antes de lo que se aceptaba hasta ahora como verdad científica. La noticia no es menor y, claro, tuvo eco por todo el mundo.

 

La cueva del Chiquihuite se localiza en el municipio zacatecano de Concepción del Oro, en las montañas El Astillero, a unos 2,740 msnmm —el poblado más cercano es Guadalupe Garzarón—. Las investigaciones apuntan a que la cueva fue lugar de refugio eventual de humanos a lo largo de algunos milenios. “Más de 50 fechas de radiocarbono y luminiscencia proporcionan control cronológico, y los datos genéticos, paleoambientales y químicos documentan los entornos cambiantes en los que vivían los ocupantes. Nuestros resultados proporcionan nueva evidencia de la antigüedad de los humanos en las Américas, ilustran la diversidad cultural de los primeros grupos de dispersión (que son anteriores a los de la cultura Clovis) y abren nuevas direcciones de investigación”. Todo bien, el único inconveniente es que no se ha hallado rastro de huesos humanos, sólo la huella de nuestra estadía cavernícola…

viernes, 24 de julio de 2020

Virtudes estoicas

El estado y el carácter del ignorante es

no esperar jamás de él mismo su bien o su mal,

sino de las cosas que están fuera de su poder;

y el estado y el carácter del ignorante del filósofo,

el esperar de sí mismo todo su bien y todo su mal.

Epicteto, Manual…

 

 

¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol.

 

¿Qué acabas de leer, uno de los crípticos parlamentos del desfigurado Adam en Dark, la serie alemana de Netflix? No, se trata del versículo 1:9 de uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento, el Eclesiastés.

 

¿Hay algo de que se puede decir: he aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido.

 

Quien se expresa así se llama a sí mismo Qohéleth, o sea “el asambleísta”. De ahí viene el título del libro, Ekklesiastés, es decir, miembro de la ecclesía. Y la ecclesía era nada menos que la asamblea más importante de la Atenas clásica —se reunía en la Pnyx, en donde podían participar más de seis mil ciudadanos para deliberar y votar a mano alzada los asuntos de la polis (Graham Speake y Marco García, eds. Diccionario Akal de Historia del mundo antiguo)—. Aunque el Eclesiastés tradicionalmente se atribuye al rey Salomón, por ciertos usos lingüísticos y algunas referencias históricas resulta imposible que lo haya redactado un hombre del siglo X a. C. Por lo demás, la postura filosófica del autor está evidentemente influida por el helenismo.

 

… vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece. Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta… Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír.

 

Epicuro de Samos (s. IV a. C.) hubiera podido expresar estas palabras, pero también un oso cínico o casi cualquier filósofo estoico. De hecho, de acuerdo a Donald R. Dudley (A History of Cynicism. From Diogenes to the 6th Century A.D. Methuen. London, 1937) la crítica más importante del pensamiento clásico griego a “esa viñeta del mundo como feria de vanidades” se la debemos sin duda en la escuela de los cínicos.

 

Al igual que Platón (c. 427 – 347) y Aristóteles (384 – 322 a. C.), los cínicos son herederos directos de Sócrates (470 - 399 a. C.): el meteco Antístenes (444 – 365 a. C.), quien fundó la escuela, primero fue su discípulo y después maestro del pilar más sólido del cinismo antiguo, Diógenes de Sinope, el Perro (404 – 323 a. C.). 

 

Si para Sócrates uno hombre sabio necesariamente tenía que ser bueno y en consecuencia la virtud principal, la única indispensable, era la sabiduría, para los cínicos las virtudes más importantes eran tres: la anaideia —la desvergüenza, la impudencia—, la adiaforía —la indiferencia— y la parresía —la franqueza absoluta—, lo que en conjunto se concretaba en la búsqueda de la virtud a través de una vida ascética, totalmente liberada de las convenciones sociales.  

 

El cinismo fue una corriente filosófica que se mantuvo viva durante casi un milenio, desde el siglo de Pericles hasta la Antigüedad tardía. Además, en los cínicos, particularmente en el mismísimo Diógenes, se halla la raíz del estoicismo. Recordemos que uno de los alumnos del Perro fue Crates de Tebas (368 – 288 a. C.), quien a su vez instruyó nada menos que al chipriota Zenón de Citio (336 – 262 a. C.), fundador del estoicismo. Es así pues que se completa la filiación que va de la ética socrática al estoicismo, pasando por los cínicos: Sócrates-Antístenes-Diógenes-Crates-Zenón.

 

“Los estoicos derivan su interpretación de la virtud de Sócrates, que creía que todas las virtudes son en realidad aspectos diferentes del mismo rasgo subyacente: la sabiduría. La razón por la que la sabiduría es el ‘bien principal’, según Sócrates, es muy sencilla: es la única capacidad humana que es buena en todas las circunstancias.” (Massimo Pigliucci , Cómo ser un estoico: Utilizar la filosofía antigua para vivir una vida moderna). Para los estoicos, las virtudes cardinales, rasgos deseables de carácter, eran cuatro, todas ellas estrechamente ligadas entre sí: la sabiduría, el valor, la templanza y la justicia.

 

Por supuesto, la sabiduría que justiprecian los estoicos no se refiera ni a la inteligencia ni mucho menos al nivel de instrucción: ser inteligente y educado no garantiza que seamos sabios. No se precisa de una gran inteligencia para ser sabio —célebre verbigracia, Forrest Gump—, mucho menos conocimientos especializados en determinada materia. La sabiduría para los estoicos es la misma que para Sócrates: aquella que permite tomar decisiones dirigidas a la eudaimonía, esto es, al buen estado del espíritu, la felicidad y el bienestar, uma buena vida desde el punto de vista ético. Así que la carencia de esta sabiduría no es la ignorancia ni siquiera la estupidez. La falta de sabiduría es la amathia, condición que conduce al error moral.

 


El estoicismo parte de que el hombre sabio es aquel que logra vivir conforme a su naturaleza, y, al igual que Aristóteles, considera que los seres humanos somos por naturaleza tanto sociales como racionales. De lo anterior se desprende que una vida plenamente humana consiste en aplicar la razón a la vida social, y lo más razonable resulta ser una buena persona. El estoico Epicteto (55 – 135 d. C.) planteaba esta misma idea diciendo que “la naturaleza del hombre es civilizada, cariñosa y digna de confianza” (Disertaciones, IV). Seamos sabios, seamos buena onda.

domingo, 19 de julio de 2020

Virtud socrática

Ni sufra ni se acongoje. Hay cosas que no vale la pena esforzarse en tratar de enseñarle a nadie, sencillamente porque no pueden aprenderse. Otras muchas sí. Si usted sabe hacerlo, puede enseñar a un lego cómo hacer una regla de tres, mostrarle paso a paso el algoritmo para solucionar problemas de proporcionalidad entre tres valores conocidos y una incógnita. Elevar un número al cuadrado, cambiar una llanta, cocinar un guiso, generar un mapa temático, descomprimir un archivo .zip, diferenciar aun de aún…, todo eso se puede enseñar. Sin embargo, hay otros conocimientos que no pueden ser transmitidos de una persona a otra. Por ejemplo, la frónesis (Φρόνησις), vocablo que para la RAE no existe en nuestro idioma y usualmente se traduce como “prudencia”. Así lo hace Julio Pallí Bonet para la edición de Gredos de la Ética nicomáquea de Aristóteles (384 –322 a. C.): “… los jóvenes pueden ser geómetras y matemáticos y sabios en tales campos, pero, en cambio, no parecen ser prudentes. La causa de ello es que la prudencia… llega a ser familiar por la experiencia, y el joven no tiene experiencia, pues la experiencia requiere mucho tiempo…” El sabio de Estagira pensaba, pues, que la prudencia sólo se aprende en carne propia.

Por Platón (437 – 347 a. C.) sabemos que, platicando alguna vez con Protágoras (485 – 411 a. C.), Sócrates (470 – 399 a. C.) afirmó: “… los más sabios y mejores de nuestros ciudadanos no son capaces de transmitir a otros la excelencia (ἀρετή) que poseen”. Y es que, momentos antes, el sofista había aceptado que su trabajo era vender lecciones dirigidas, ni más ni menos, a “hacer a los hombres buenos ciudadanos”. El pensador ateniense discrepó y enseguida trajo a cuento un caso concreto: “Pericles, el padre de estos muchachos de aquí, les ha educado notablemente bien en cosas que dependen de maestros, pero en las que él personalmente es sabio, ni él les enseña ni lo confía a ningún otro, sino que ellos, dando vueltas, triscan a su antojo, como reses sueltas, por si acaso espontáneamente alcanzan por su cuenta la virtud (ἀρετή)”. Releo el diálogo Protágoras de Platón en la edición crítica de Gredos, con la traducción y notas de Carlos García Gual. Detengámonos en la alegoría: imagine usted reses sueltas que triscan a su antojo, es decir, vacas o toros o becerros o, mejor, bueyes que retozan, travesean libres y gustosos en un verde llano… La imagen resulta claridosa: la virtud, la excelencia, se aprende en campo, en vivo, en cuerpo y alma propios, tonteando y dando tumbos. García Gual explica a pie de página las limitaciones de traducir el concepto griego ἀρετή con el vocablo virtud: “Es difícil traducir la palabra ἀρετή a idiomas modernos”. Externa después su acuerdo con C. C. W. Taylor, quien señala que traducirlo con el vocablo inglés virtue, resulta sumamente engañoso (highly misleading). “Pero adoptar siempre el término ‘excelencia’, como si fuera un equivalente exacto del vocablo griego, tal como él propone, no me parece tampoco una óptima solución. Unas líneas antes hemos usado el término, aquí usamos el de ‘virtud’, aunque advirtiendo al lector de la mucha mayor amplitud del campo semántico de ἀρετή, que, en su sentido, se asemeja a la virtus latina o a la virtù renacentista, y no a la virtud cristiana. En una sociedad como la helénica, con una ética competitiva, agonal, la ἀρετή se vincula con la superioridad en todos los órdenes y al éxito social.” 

En otra ocasión, conversando con su amigo Critón, Sócrates recuerda el encuentro que el día anterior había tenido en el Liceo con un par de curiosos picapleitos, Eutidemo y Dionisodoro. Los dos tenían fama de diestros pancracistas —luchadores—, pero en aquella nueva visita a Atenas presumían otro oficio, el de sofistas: “¡tan diestros se han vuelto en luchar con palabras y en refutar cualquier cosa que se diga, falsa o verdadera!” (Platón, Eutidemo). Los extranjeros dijeron que ya sólo acudían a las disputas en el ágora como pasatiempo, puesto que ahora se dedicaban a la instrucción. ¿Y qué enseñan? “La virtud; nosotros nos consideramos capaces de enseñarla mejor y más rápidamente que nadie”. Por supuesto, el filósofo piensa que ni Eutidemo ni Dionisodoro ni nadie pueden enseñar la virtud. Entonces Sócrates tomó las riendas de la plática para, dialogando con el joven Clinias, explicar cuál es la virtud (ἀρετή) más importante. En principio establece que todas las personas desean ser dichosas, felices, y que para ello es necesario tener determinados bienes. ¿Cuáles? Señala la riqueza, la salud y la belleza. Después refiere “una noble ascendencia, el poder y la estima”, y enseguida agrega “ser prudente, justo, valeroso”. ¿Y el éxito? En efecto, sin embargo… En su típico diálogo mayéutico, comprueba que tener los bienes enunciados no sirve de nada, a menos de que se usen y de se usen bien: “a propósito de todos los que antes afirmábamos que eran bienes…, si los guía la ignorancia, son males peores que sus contrarios, y tanto peores cuanto más capaces son de servir a una guía que es mala, mientras que si los dirige el discernimiento y el saber resultan bienes mayores, ya que por sí ni son ni unos ni otros ni tienen valor alguno”. De lo anterior se desprende que “de todas las cosas ninguna es un bien o un mal, a excepción de dos…: el saber es un bien y… la ignorancia es un mal”. Éxito es sabiduría, y el éxito no se enseña.