Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

domingo, 21 de enero de 2024

Mustafá el millonario o El pesimismo



I wish to weep
but sorrow is
stupid.
I wish to believe
but belief is a
graveyard.
Charles Bukowski,
What Matters Most is How Well You Walk Through the Fire



1


Mustafá Suleyman es ateo. Nació en Londres. Es hijo de una enfermera inglesa y de un taxista sirio. En 2002, gracias a una beca, comenzó a estudiar ciencias de la computación en Oxford, pero desertó menos de dos años después; no regresaría a las aulas, así que no terminó ninguna carrera universitaria. Mustafá es multimillonario y tiene menos de 40 años. Nació en agosto de 1984, justo el año en el que salió al mercado la Macintosh 128K, la primera computadora personal de la historia. Con dos amigos, Demis Hassabis y Shane Legg, Mustafá Suleyman fundó en septiembre de 2010 DeepMind, una empresa dedicada al aprendizaje automatizado (machine learning) y a la inteligencia artificial (IA). Poco tiempo después, en enero de 2014, Google compró DeepMind por 400 millones de dólares.

A Lee Se-dol le apodan Ssen-dol, Piedra fuerte. Quizá sea budista. A los 12 años alcanzó el dan 9, Kyudan en el juego de Go —baduk en coreano—, y se convirtió en jugador profesional. Hoy tiene 40 años —nació en marzo de 1983 en el archipiélago de Bigeumdo, en Corea del Sur— y ya se retiró. El Go —wéiqí en chino— se practica desde hace más de 2500 años, y en 2019 Piedra fuerte anunció que dejaría de hacerlo dado el predominio de la IA, un artilugio que, en sus propias palabras, es “una entidad que no puede ser derrotada”. Su afirmación no era teórica: en 2016 AlphaGo, programa desarrollado por Google DeepMind, lo había derrotado, siendo entonces el campeón mundial.


Mustafá Suleyman publicó hace unos meses un libro preocupante, The Coming Wave (Bodley Head, septiembre 2023). El joven emprendedor reflexiona en torno al impacto que pueden tener en el mundo las nuevas tecnologías, particularmente dos: la biotecnología y la IA. Desde las primeras páginas, Mustafá advierte que la mayoría de la gente se niega a ver los colosales riesgos a los que la humanidad se enfrenta —no enfrentará— dados los vertiginosos avances tecnológicos. Al fenómeno lo denomina “la trampa de la aversión al pesimismo”, y así lo define: “el análisis errático que surge cuando uno se siente abrumado por el miedo a enfrentar realidades potencialmente oscuras, por lo que la tendencia resultante es mirar para otro lado”. Y líneas más adelante agrega: “La aversión al pesimismo es una respuesta emocional, una negativa visceral arraigada a aceptar la posibilidad de resultados seriamente desestabilizadores”.




2

Ya decía aquí que en su Global Risks Report 2024, publicado hace apenas unos días, el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), desde su perspectiva y a su conveniencia, expone las preocupaciones de la oligarquía internacional. Por ejemplo, apunta: “Las poblaciones vulnerables se enfrentaron a conflictos letales, desde Sudán hasta Gaza e Israel…”, como si las consecuencias en términos de vidas fueran de la misma magnitud para Palestina e Israel. Continúa el documento: “… a la vez que [las poblaciones vulnerables] sufrieron condiciones climáticas extremas, con récords de calor, sequía, incendios forestales e inundaciones”. ¿Leyeron ustedes “cambio climático”? Yo tampoco. Los señores del WEF agregan: “El descontento social fue notorio en muchos países, donde los ciclos de noticias estuvieron dominados por la polarización, las protestas violentas, los disturbios y las huelgas”. Un cierre de párrafo harto significativo: noten ustedes, se presenta el panorama de “descontento social” como si la dichosa polarización y las indeseadas “protestas violentas, los disturbios y las huelgas” brotaran por generación espontánea, sin razón alguna. De la explotación y la hiperconcetración de la riqueza mejor no hablamos. Peor: el texto sugiere que el descontento social está más bien ligado a “los ciclos de noticias”.


El Global Risks Report 2024 advierte que la perspectiva en los próximos dos años para el mundo es “predominantemente negativa”, y más, dicen que esperan que las cosas empeoren durante la próxima década. Para estos señores, el futuro se ve ahora peor que antes: “La perspectiva es notablemente más negativa en el horizonte de diez años, con casi dos tercios de los encuestados esperando una perspectiva tormentosa o turbulenta”.

Ahora, los “líderes mundiales” y “expertos” del WEF explican que, según su análisis, cuatro “fuerzas estructurales determinarán la materialización y gestión de los riesgos globales durante la próxima década”. Estas fuerzas impulsaran los cambios sistémicos a largo plazo en el panorama global. En primer lugar, las tendencias relacionadas con el calentamiento global y sus consecuencias en los sistemas terrestres (cambio climático). Enseguida, los cambios en el tamaño, crecimiento y estructura de las poblaciones en todo el mundo (bifurcación demográfica). En tercer lugar: las trayectorias en el desarrollo de las tecnologías de frontera (aceleración tecnológica). Por último, algo que suena a entelequia: la evolución material en la concentración y fuentes del poder geopolítico (giros geoestratégicos). De estas cuatro fuerzas apocalípticas la que preocupa a Mustafá Suleyman es la tercera, la aceleración tecnológica sin controles. En cambio, para el estrambótico presidente de Argentina, Javier Milei, quien fue a espetar en el encuentro de este año del WEF que “Occidente está en peligro”, los agentes globales de riesgo son “la justicia social” que “se ha puesto de moda”, “la casta política”, “el feminismo radical” y “los parásitos que viven del Estado”.


Por su parte, la señora Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, tuvo la caradura para ir a declarar a la WEF la siguiente insensatez: “la preocupación principal para los próximos dos años no son los conflictos o el clima, es la desinformación y la mala información, seguidas de cerca por la polarización de nuestras sociedades”. Claro, no extraña de quien aprovechó el foro para negociar más dinero y armas para aceitar la maquinaria que mantiene la guerra en Ucrania.



3

¿Es posible preguntar a las fuerzas mismas que menciona el reporte del WEF cuál de ellas es la que debería preocuparnos más? A una sí, fácilmente.

Probablemente ustedes sepan que Bard es el modelo de lenguaje en línea creado por Google AI, con la participación de Google DeepMind. Informé a Bard sobre el asunto, a detalle y luego lo cuestioné: “De esas cuatro, ¿cuál te parece más preocupante?” He aquí su respuesta: “De las cuatro fuerzas estructurales identificadas por el WEF, la que me parece más preocupante es el cambio climático. El cambio climático es un desafío global que ya está teniendo un impacto significativo en el planeta.” Su contestación me parece bastante razonable. En contraste, considero mucho más preocupantes y riesgosas algunas posturas humanas, como las de las de Milei y Von der Leyen. Quizá Mustafá el millonario, el coreano Piedra fuerte y nosotros mismos deberíamos preocuparnos más por ciertas inteligencias naturales que por la artificial.


martes, 16 de enero de 2024

Un mundo en riesgo

 

Everyone, deep in their hearts, is waiting for

the end of the world to come.

Haruki Murakami, 1Q84.

 

 

No hay manera de negarlo: el porvenir del orbe se ve muy feo y cercano, a tiro de piedra. La oligarquía mundial, gran responsable del desbarajuste planetario, lo reconoce así. El Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) acaba de dar a conocer hace unos días su Global Risks Report. Se trata de la edición 19 del reporte, correspondiente al año 2024. El documento prospecta para el mundo un panorama incierto y plagado de retos. Destaca dos componentes contextuales: la aceleración vertiginosa del cambio tecnológico y la incertidumbre económica, a lo que hay que agregar dos crisis globales en marcha: el cambio climático y los conflictos geopolíticos. La pakistaní Saadia Zahidi, directora gerente y miembro del consejo en el WEF —ha sido la persona más joven en alcanzar esa posición— señala en el prefacio:

Las tensiones geopolíticas combinadas con el estallido de hostilidades abiertas en múltiples regiones están contribuyendo a un orden global inestable caracterizado por narrativas polarizadoras, erosión de la confianza e inseguridad.

Cierto, un montón de actores en conflicto, unos a punto de pasar a las agresiones militares y otros ya matándose entre sí.  Cierto, en medio de este escenario, y con la pandemia tan cerca —aunque nos empecinemos en olvidarla—, imposible sentirse seguros y confiados en el mañana. Aquí discrepo: referirse a “narrativas polarizadoras” es culpar de alguna manera a las dichosas narrativas, como si no se hablara de los problemas desapareciera los problemas, y no: la realidad misma es la que está efectivamente polarizada. 

Continúa la economista:

Al mismo tiempo, los países luchan por mitigar los impactos de fenómenos meteorológicos extremos sin precedentes, a medida que los esfuerzos y recursos de adaptación al cambio climático se quedan cortos ante el tipo, la escala y la intensidad de los eventos climáticos que ya están sucediendo.

Tal cual. Si bien no presenta ninguna revelación, ninguna noticia para quienes tengan ojos para ver, sí que conviene subrayar la tácita y lamentable aceptación que puede leerse en el diagnóstico que hace la directiva del WEF: las acciones que se han tomado para mitigar el cambio climático no son suficientes y seguirán siendo insuficientes. Triste admisión: los ricos del mundo seguirán quemando el planeta con tal de seguir concentrando más y más riqueza en cada vez menos manos, mientras que los estados nacionales y los organismos internacionales seguirán tratando de atenuar el colapso. ¿Atenuar el colapso? ¿Eso es posible? Pues no.

Las presiones del costo de vida siguen carcomiendo, en medio de una inflación y tipos de interés persistentemente elevados y una continua incertidumbre económica en gran parte del mundo.

Conviene analizar la afirmación. Desde la perspectiva del WEF los factores que provocan “incertidumbre económica” son “presiones del costo de vida”, “la inflación” y “tipos de interés elevados”. No se habla de escasez de comida o de medicinas o de problemas en la producción, ni siquiera de problemas de desabasto por la manera en que se han complicado las rutas del comercio internacional. El lío está en el dinero y su manejo.

La señora Saadia Zahidi cierra el párrafo:

Los titulares desalentadores no tienen fronteras, se comparten habitualmente y de forma generalizada, y una sensación de frustración con el status quo es cada vez más palpable. En conjunto, esto deja un amplio margen para que riesgos en aceleración, como la desinformación y la información falsa, se propaguen en sociedades que ya han sido debilitadas política y económicamente en los últimos años.

Sí, el tsunami diario de malas noticias. Pues no podía esperarse otra cosa, ¿no es cierto? Es evidente que el orden de las cosas no está funcionando, es palpable que, dicho con toda propiedad, la cosa está que arde. ¿Pero son la desinformación y la información falsa las culpables de que el mundo se perciba tan tremendamente embroncado? Hasta donde alcanzo a ver, no: todo indica que el mundo está realmente en serias contrariedades. Si en México vivimos una situación en la que desde hace casi seis años los medios tradicionales se han empecinado en hacer creer a sus audiencias que vivimos el fin del país, el apocalipsis a cuenta y cargo del malvado López y la 4T, en la mediósfera mundial más bien se ha banalizado la gravedad del momento histórico que nos tocó vivir a nivel global. No es que no se difundan las malas noticias con “titulares desalentadores”, es que se difunden junto con una plétora de tonterías, a través de los mismos canales, con el mismo peso… Para que la gente pueda dimensionar el asunto, el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, declara: “La humanidad ha abierto las puertas del infierno”. Y no exagera. La declaración se difundió, apareció en los noticiarios alrededor del mundo…, pero apenas por un rato, como todas las demás notas, chispas que en un santiamén son sustituidas por otros informes, sin importar su trascendencia.

En el documento del WEF se asegura que están ocurriendo también “cambios sistémicos” en tres ámbitos:  geopolítico, demográfico y tecnológico. ¿Y qué podemos esperar? Difícil no recordar la retórica echeverrista en su respuesta: “Las próximas condiciones globales no necesariamente serán mejores o peores que las anteriores, pero la transición no será sencilla”.

El Global Risks Report expone las preocupaciones de la oligarquía internacional, con base en lo que define y percibe como riesgos: “El informe destaca los resultados de nuestra Encuesta Anual de Percepción de Riesgos Globales, que reúne la inteligencia colectiva de casi 1,500 líderes mundiales de la academia, los negocios, el gobierno, la comunidad internacional y la sociedad civil. También aprovecha las ideas de más de 200 expertos temáticos…” Líderes y expertos de la comunidad internacional, ajá… En efecto, el mundo que está en riesgo es ese que ellos han construido y quieren mantener a toda costa, a sabiendas que es, justamente, insostenible.

viernes, 12 de enero de 2024

Tejemanejes de Mnemosine


Mañana abarrotada de chamba. Cinco horas leyendo y contestando correos, siguiéndole la pista a asuntos pendientes, revisando un par de documentos, hablando por teléfono… Te levantas. Te estiras.

— Ahora vuelvo…

Sales de la oficina. Necesitas aflojar un poco las piernas. Aprovecharás para pasar por un café. Llevas contigo el libro que estás leyendo… Freud reflexiona en torno a un supuesto recuerdo de Leonardo da Vinci: “… me acude, como un tempranísimo recuerdo, que estando yo todavía en la cuna un buitre descendió sobre mí, me abrió la boca con su cola y golpeó muchas veces con esa cola suya contra mis labios”. Con toda razón, el neurólogo vienés dictamina que se trata de un recuerdo “extrañísimo”. Caminas, leyendo, diez cuadras hacia el poniente, sobre la acera en la que el Sol está pegando. De entrada, Freud piensa que el episodio no es realmente un recuerdo, sino “una fantasía que él [Leonardo] formó más tarde y trasladó a su infancia”.




Llegas a Alaska, das la vuelta y desandas tus propios pasos. En Pitágoras te detienes, esperas el cambio del semáforo y cruzas la calle. En la otra acera, muy cerca de la esquina, está el pequeño negocio en el que te aprovisionas. 

— Hola. Buenas tardes. Me das por favor un café con doble carga.

— Tostado francés, ¿verdad?

— Sí, por favor.

Hace meses que eres cliente de ese negocio, y sin embargo hasta entonces te das cuenta de algo de lo que no te habías percatado antes: entre los varios cuadros que tienen colocados en la pared del fondo, hay una reproducción de la Gioconda. Te entregan tu café, pagas, agradeces, sales del local y te encaminas de nuevo a tu trabajo.

Pasando Anaxágoras piensas en el número 64… ¿64?  ¿Lo viste en algún lado? ¿O lo leíste? ¿64 qué? Regresas a tu oficina y te embutes de nuevo en el ajetreo.

Muchas horas después, ya en la noche, en tu casa, antes de dormir, en la cama retomas la lectura de Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci. ¿En dónde te quedaste? Ya, en la página 64.

domingo, 7 de enero de 2024

El amor y el hambre


1512

Luca d'Egidio di Ventura de Signorelli seguramente ya tenía más de sesenta años cuando terminó de pintar La comunión de los Apóstoles, óleo realizado para la iglesia de San Francisco de Cortona, en la Toscana, de donde él era oriundo.


Por esas mismas fechas, unos doscientos kilómetros al sur, en el Vaticano, Rafaello Sanzio, quien entonces tenía 29 años, pintaba La misa de Bolsena, fresco realizado en la pared izquierda, sobre una ventana, de la sala de Heliodoro del Palacio Apostólico.


La obra de Luca d'Egidio di Ventura de Signorelli —quien desde entonces ya era conocido simplemente como Luca Signorelli— muestra una iconografía flamenca: Cristo, rodeado de los apóstoles en una composición piramidal, sostiene en la mano un plato con las hostias que está repartiendo. La obra de Rafaello Sanzio —quien desde entonces ya era conocido simplemente como Rafael— representa el milagro eucarístico de Bolsena: un sacerdote celebra la misa cuando, en el momento de la consagración, la hostia comienza a sangrar.




1263

Un tal Pedro, sacerdote originario de Praga, decidió caminar unos 1,240 kilómetros al suroeste, para llegar a Roma. Su propósito: ir a venerar a su tocayo, san Pedro. Ya muy cerca, a unos 120 kilómetros de la ciudad eterna, el peregrino se detuvo en la pequeña villa de Bolsena. Ahí celebró una misa, y durante la Eucaristía lo aquejó una seria duda: al religioso bohemio le costó creer en la transustanciación, es decir, en la conversión del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Jesucristo. Fue entonces que ocurrió el milagro: durante la consagración, de la hostia manó sangre humana. Al año siguiente, el papa Urbano IV instituyó la Fiesta del Corpus Christi. Unos 20 kilómetros al noreste y 26 años después comenzó a construirse el Duomo di Orvieto, la catedral en la que habrían de resguardarse las reliquias relacionadas con el milagro de Bosena —la hostia, el corporal y el paño purificatorio—.

Taddeo di bartolo, s. Tommaso D'Aquino presenta la sua liturgia del Corpus Christi a Urbano IV, 1403 ca.

1898

Sigismund Schlomo Freud tenía 42 años cuando publicó Sobre el mecanismo psíquico de la desmemoria.

En el texto reflexiona sobre lo que sucede en nuestras mentes cuando nos resulta imposible recordar algunos nombres propios que sabemos que sabemos, que sentimos en la punta de la lengua, y que, sin embargo, no podemos retrotraer a la conciencia. Sigismund Schlomo Freud —quien desde 1875 era conocido simplemente como Sigmund Freud— ejemplifica echando mano de un episodio ocurrido tres meses atrás, durante un viaje a la costa del Adriático:

… emprendí un viaje en coche desde la bella Ragusa hacia una ciudad cercana, de Herzegovina; la plática con mi compañero tocó… el estado de ambos países (Bosnia y Herzegovina) y el carácter de sus habitantes… Al rato nuestra conversación recayó sobre Italia y sobre cuadros, y tuve ocasión de recomendar vivamente a mi compañero ir alguna vez a Orvieto para contemplar allí los frescos del fin del mundo y del Juicio Final, con los que un gran pintor adornó una de las capillas de la catedral. Pero el nombre del pintor se me pasó de la memoria, y no podía recuperarlo.

El neurólogo vienés no podría recordar el nombre del artista renacentista sino hasta que se topó con “un italiano culto”, quien lo rescató del escollo de su amnesia: “Signorelli. Pude entonces agregar por mí mismo el nombre de pila, Luca.”


1502

Luego de tres años de trabajo, Luca Signorelli terminó los frescos en la capilla San Brizio de la catedral de Orvieto. En el tramo del altar de la bóveda, terminó los frescos que Fra Angélico había comenzado en 1477 —Profetas y Cristo Juez— y además representó a los apóstoles. Todos los demás frescos son originales de Signorelli. En el tramo de la entrada pintó a los Mártires, a quince Doctores de la Iglesia, a un coro de Vírgenes y a otro de Patriarcas. En el tramo de entrada del muro se halla una portentosa escena del Anticristo —observada por el propio Luca y Fra Angélico—, a la que le sigue el episodio del finis mundo. En la luneta del lado de la Epístola, la Resurrección de la Carne, y en la opuesta, los Condenados. En el tramo del altar del muro, el éxtasis de los Elegidos representados en la luneta del lado del Evangelio, seguido, en la cabecera, por el Cielo y el Infierno.


Finalmente, en el basamento, Luca dio vida a algunos personajes paganos, entre los cuales presto atención a uno: bajo el fresco del fin del mundo, en un extraordinario efecto de relieve, se asoma un sujeto que lleva puesto un sombrero puntiagudo: Empédocles.


c. 495 a. C.

Salvo Montalbano es el comisario de Vigàta, un sitio que en la realidad concreta no existe: las aventuras del policía transcurren en un lugar imaginario inspirado en la villa costera de Sicilia en el que, en 1925, nació Andrea Camilleri, quien dio vida al personaje en una serie de novelas. Para rendir homenaje al pueblito imaginario y al escritor, en 2003 las autoridades locales decidieron agregar Vigàta a su topónimo, pero seis años después la decisión se revocó, así que el lugar hoy aparece en el mapa con el nombre que desde 1863 tiene el antiquísimo Molo di Girgenti: Porto Empedocle.


En Agrigento —Girgenti—, siete kilómetros al noreste del puerto que actualmente lleva su nombre, alrededor del 495 a. C. nació Empédocles, poeta, orador, filósofo, taumaturgo y médico. Según algunos vivó sesenta años, otros afirman que más de cien; en cualquier caso, la tradición dice que murió abrazado y abrasado por el fuego volcánico: “llevado de su ansia de ser tenido por dios inmortal, Empédocles, el friolero, se lanzó a las llamas del Etna” (Horacio, Arte poética).


1920

Sigmund Freud publica Más allá del principio del placer. En corto, en este ensayo el creador del psicoanálisis acuña el concepto de pulsiones de muerte, y por primera vez plantea la oposición entre la libido y la muerte: “nos vimos llevados a distinguir dos clases de pulsiones: las que pretenden conducir la vida a la muerte, y las otras, las pulsiones sexuales, que de continuo aspiran a la renovación de la vida, y la realizan”. ¿Una teoría dualista? ¡Claro!, como el propio doctor Freud subraya: “Nuestra concepción fue desde el comienzo dualista, y lo es de manera todavía más tajante hoy, cuando hemos dejado de llamar a los opuestos pulsiones yoicas y pulsiones sexuales, para darles el nombre de pulsiones de vida y pulsiones de muerte”. A las pulsiones sexuales, la libido, las denominará Eros: “la libido de nuestras pulsiones sexuales coincidiría con el Eros de los poetas y filósofos, el Eros que cohesiona todo lo viviente”. En una edición del mismo texto publicada un año después, el neurólogo explica en nota a pie de página: “este Eros actúa desde el comienzo de la vida y, como ‘pulsión de vida’, entra en oposición con la ‘pulsión de muerte’, nacida por la animación de lo inorgánico. La especulación busca entonces resolver el enigma de la vida mediante la hipótesis de estas dos pulsiones que luchan entre sí desde los orígenes.”




s. VII a. C.

Hesíodo de Ascra en su Teogonía narra que “en primer lugar existió el Caos”. ¿Y luego? ¿Qué fue lo inicial? De acuerdo con la cosmogonía griega tres dioses son los inaugurales en la genealogía: Gea, la Tierra, “la del amplio pecho”; “el tenebroso Tártaro”, es decir, el Inframundo, y Eros, “el más hermoso de los dioses inmortales, que afloja los miembros y cautiva de todos los hombres y los dioses el corazón y la sensata voluntad de sus pechos”. Enseguida de esta tríada primordial vendría todo lo demás, así que Eros es origen. Más de dos milenios y medio después, Eva Cantarella compendia:

Para los griegos el amor era ante todo un dios llamado Eros. Un dios armado que con su arco lanzaba flechas que solían ser mortales. Quien fuera herido por ellas no tenía escapatoria posible: acababa enamorado. Pero Eros no era solamente sentimiento, también era deseo sexual. Dos rostros los del amor (sentimiento y sexualidad) que a menudo, por no decir habitualmente, eran dos momentos separados de la experiencia.


s. IV a. C.

Unos tres siglos después que Hesíodo vivió un señor que habría de convertirse en el principal alumno de Platón y en el más importante maestro de Alejandro Magno, Aristóteles de Estagira: nació en el 384 a. C., y falleció a los 62 años. Aristóteles escribió mucho y acerca de una enorme diversidad de asuntos. En su Metafísica reporta que Hesíodo “puso al Amor o al Deseo como principio”, pero que después “puesto que resultaba evidente que en la naturaleza se da también lo contrario del bien, y que no sólo hay orden y belleza, sino también desorden y fealdad…, otro introdujo  la Amistad y el Odio, cada uno como causa —respectivamente— de los unos y de los otros”. ¿Y quién fue ese otro? Empédocles de Agrigento.


Antes que Empédocles, otros filósofos griegos habían ya determinado qué elemento era el origen del universo —el arché (ἀρχή)—: Tales de Mileto había dicho que el agua; Anaxímenes, que el aire, y Heráclito de Efeso, el fuego. Empédocles pensó que los tres jonios tenían parte de la respuesta y agregó un cuarto elemento: la tierra. Además, pensó que existían dos fuerzas inmutables y eternas que relacionaban a esos cuatro arché: “Pues, así como antes eran, así también serán, y nunca, creo, el tiempo inconmensurable quedará vacío de este par”.  Plutarco nos dice cuáles esas fuerzas: “Empédocles llama Amor al principio benéfico y, muchas veces, Amistad y, además, Armonía de grave semblante; y al principio maléfico, Odio funesto y Lucha sangrienta.”


1930

Diez años después de publicar Más allá del principio del placer y nueve años antes de morir, Freud publica uno de los libros más influyentes de la época contemporánea: Das Unbehagen in der Kultur. Unbehagen significa literalmente “incomodidad”, “molestia” o “malestar”, y Kultur significa “cultura”. Al inglés se tradujo como Civilization and Its Discontents y a nuestro idioma como El malestar de la cultura.


En este ensayo, el psicoanalista reflexiona en torno al origen de la cultura —“toda la suma de operaciones y normas que distancian nuestra vida de la de nuestros antepasados animales, y que sirven a dos fines: la protección del ser humano frente a la naturaleza y la regulación de los vínculos recíprocos entre los hombres—, es decir, del mundo humano, nuestro universo:

… la convivencia de los seres humanos tuvo un fundamento doble: la compulsión al trabajo, creada por el apremio exterior, y el poder del amor, pues el varón no quería estar privado de la mujer como objeto sexual, y ella no quería separarse del hijo, carne de su carne. Así, Eros y Ananké pasaron a ser también los progenitores de la cultura humana.

Algunos párrafos más adelante, Freud cuenta cómo fue que llegó a la anterior conclusión: “me sirvió como primer punto de apoyo el dicho de Schiller, el filósofo poeta: hambre y amor mantienen cohesionada la fábrica del mundo”. Me pregunto si cundo visitó la catedral de Orvieto y admiró los frescos Signorelli se habrá percatado de la presencia de Empédocles.


lunes, 18 de diciembre de 2023

El volcán de Mixcoac

 



1


El 7 de diciembre de 2023 estuvo movido. Según datos del Centro de Sismología de la Universidad de California en Berkeley, ese día, que cayó en jueves, se reportaron varios sismos superiores a 4 grados:

  • En Indonesia, un sismo de magnitud 5.2, ocurrido a las 10:23 horas, hora local, en la provincia de Sulawesi Tengah, a 10 km al noroeste de Palu.
  • En Japón, un sismo de 4.9 grados, acaecido a las 12:33, en la prefectura de Shizuoka, a 20 km al sur de Shimizu.
  • En Nueva Zelanda, un sismo de 4.7, a las 18:32, en la Isla Norte, a 20 km al sur de Wellington.

En México, desde más temprano, también tembló. En la madrugada, a las 4:44, se registró un movimiento de magnitud 4.1, 125 km al suroeste de Tonalá, Chiapas. No sé de nadie en la capital del país que se haya despertado por ese temblorcito. Ya en mañana, unos segundos después de las 9:11, ocurrió uno más con la misma intensidad, pero a 75 km al noreste de Matías Romero, Oaxaca; igual, imperceptible en la Cuenca de México. Horas más tarde, casi 40 minutos después del mediodía, en el mismo sitio oaxaqueño, otro de 4.1 grados. A esa hora yo me encontraba en mi trabajo, en un tercer piso, a unos metros del cruce de Viaducto con Cuauhtémoc, en la Ciudad de México. Yo no me enteré de nada, como ninguno de mis compañeros. Pero la cosa iba a ser distinta un par de horas después…

25 km al sur de Chiautla de Tapia, Puebla, en punto de las 14:03:37 se desató un sismo magnitud 5.8, cuyas ondas pronto llegaron al sitio en donde me hallaba. De inmediato comenzó a sonar la alerta sísmica. Conforme a los protocolos, los tres primeros pisos del edificio procedimos a evacuarlo. Segundos después, con la misma fuerza y desde el mismo lugar llegó el segundo chicotazo. Seguramente me tocó bajando por las escaleras de emergencia. Yo no sentí ninguno. La gente de los pisos superiores nos alcanzó en la calle minutos después, y muchas personas seguían sin poder superar la crisis de pánico.



2


Cinco días después, el martes 12 de diciembre, volvió a ocurrir un temblor de más de 4 grados en Japón —4.4 a las 2:26, con epicentro en Okinawa—. También sucedieron sismos en California, Estados Unidos, y en la isla de Sumatra, Indonesia, en ambos casos con igual magnitud: 4.1. Acá en nuestro país se reportaron varios movimientos telúricos: a las 8:18 de la mañana, 33 km al este de Tecomán, Colima, se reportó uno de 4 grados, y pasado el meridiano, a las 12:49, 76 km al oeste de La Mira, Michoacán, sucedió otro de 4.3 grados. Poco después de las tres de la tarde, en Chiapas, 53 km al sureste de Ciudad Hidalgo, ocurriría uno más de magnitud casi 5. Ninguno de ellos no sería noticia. Los eventos sísmicos que sí dieron de qué hablar tuvieron su epicentro en la Ciudad de México, y aunque fueron clasificados como “microsismos”, en varias demarcaciones se sintieron horrible. 

Fue una decena de temblores y todo sucedió muy rápido. El episodio inició a las 11:06:27 a. m. Sentí primero un jalón y enseguida un brinco. De por sí mi oficina es callada, pero entonces se hizo un silencio muerto, atónito, que en un brevísimo instante se rompió…

— ¡Está temblando!

Por supuesto, la alerta sísmica no había sonado —no podía haberlo hecho—, así que la señal de evacuación fue el movimiento mismo. En cierto orden, pero apresuradamente, la mayoría se precipitó hacia las escaleras de emergencia, mientras algunos compañeros brigadistas de protección civil pedían calma y que solamente nos replegáramos. Sabríamos después que aquel inicial tuvo una magnitud de apenas 2.8 grados, aunque lo hubiéramos sentido tan fuerte. El sismo se originó a poca profundidad, apenas un kilómetro bajo tierra, pero muy cerca de donde estábamos: latitud 19.36, longitud -99.20, es decir, más o menos a ocho kilómetros al sureste de la oficina, justo frente a la casona que se localiza en calzada de las Águilas No. 237, en la colonia Pilares Águilas, demarcación territorial Álvaro Obregón. 



Todavía ni siquiera comenzábamos a comentar lo ocurrido entre los que nos habíamos quedado replegados, cuando el zangoloteo se repitió…

— ¡Otra vez!

— ¡Más fuerte!

El segundo microsismo fue más sismo y menos micro, 3 grados, y ocurrió exactamente un minuto 25 segundos pasado el primero. Entonces se desvaneció toda duda: a evacuar… El siguiente, de 2.4, sucedió un minuto después y seguramente ya nos tocó en la calle. Seguirían las réplicas, ya de menores intensidades, hasta casi las dos y media de la tarde.

— ¿Dónde te agarró el temblor?

— Microsismo.

— Muy micro, muy micro, pero movió re feo todo el edificio…

Otra vez: los compañeros que estaban en los niveles más altos vieron las de Caín…

— ¡Ay, oye!, ya es mucho, ¿no?



3


Al día siguiente, miércoles 13 de diciembre, tembló muy cerca de Santa Rosalía, Baja California Sur, y más tarde, en el extremo opuesto del país, a 35 kilómetros al sureste de Puerto Escondido, Oaxaca. Luego, más al sur, frente a las costas chiapanecas. También temblaría de nueva cuenta en las proximidades de La Mira, Michoacán, y casi a las cuatro de la tarde, a unos kilómetros de Pijijiapan, Chiapas. Pero en la capital de la República, transcurrió la jornada sin novedad…, al menos ese día.

El jueves 14, casi a las diez y media de la mañana, se reportó un sismo fuertecito, de magnitud 5.3, al suroeste de Huixtla, Chiapas, y sólo tres minutos después, en el mismo estado, pero 112 km al suroeste de Ciudad Hidalgo, otro, ligeramente más intenso. Casi en el mismo sitio, cinco minutos antes del mediodía, dos más, ahora de 5.8. y de 5.5 grados, a más de cien kilómetros al suroeste de Ciudad Hidalgo. En la Ciudad de México, no los sentimos. Pero dos horas después sí que percibimos dos microsismos locales.

El primero sucedió a las 14:13:14 horas, con una magnitud de 3.2 grados. Yo lo sentí como una sacudida. Inicialmente, el Sismológico Nacional reportó que el epicentro se había localizado en La Magdalena Contreras. En la oficina lo sentimos casi todos y la gran mayoría procedió como lo había hecho dos días atrás: sin preámbulos, presurosos, se dirigieron hacia las escaleras de emergencia. Noté mucho menos nerviosismo que la anterior ocasión. Incluso ya muy pocos dijeron haber sentido el segundo movimiento, que se presentó un par de minutos más tarde. De menor intensidad, 2.4 grados, desde el reporte preliminar el Sismológico estableció la localización de su epicentro en la Álvaro Obregón, más precisamente con una latitud 19.37 y una longitud -99.20. Si hemos de asignar un domicilio a dicha ubicación, corresponde a avenida Rosa Tártara 67-85, colonia Molino de Rosas, en la demarcación Álvaro Obregón, es decir, a unos metros de Río Mixcoac, menos de dos kilómetros al norte del epicentro de los sismos del martes anterior.

Esa misma tarde, el Servicio Sismológico Nacional daría a conocer una actualización del epicentro del primer microsismo. En vez de La Magdalena Contreras, corrigió, el evento había tenido lugar 3 km al sureste de Villa Álvaro Obregón: latitud 19.363, longitud -99.20. El punto coincide con la siguiente dirección: Fujiyama 115, Las Águilas, Álvaro Obregón, 01710, Ciudad de México. El lugar se halla también muy cerca de Río Mixcoac, poco más de un kilómetro al sur del epicentro de los sismos ocurridos dos días antes.



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Ese jueves salí de clases a las nueve de la noche. Hacía demasiado frío para regresar a casa en bicicleta, así que tomé el metrobús. En el trayecto entre un par de paradas bastante espaciadas, le eché un ojo a las tendencias de X —o sea Twitter— y me encontré que una de ellas era “volcán”. ¿Don Goyo se pondría latoso otra vez? El metrobús venía echando tumbos y frenazos constantes, así que dejé en paz el celular y me puse a escuchar música. Bajé en mi estación y eché a andar. En una de las calles por las que paso, Georgia, abundan los restaurantes y bares que tienen esas abusivas terrazas, herencia de tiempos de confinamiento. Aquella noche estaban a reventar. Todas las enormes pantallas estaban encendidas y en todas podía verse lo mismo: el encuentro entre el América y los Tigres de la UANL. Claro, pensé, el partido seguramente está disputándose en Monterrey, en el estadio Universitario, al que apodan así, “el Volcán”. Esa tenía que ser la explicación del trending topic. 

Llegué a casa, y después de cenar me metí a X, nada más para confirmar mi suposición. ¡Oh, sorpresa! Resulta que no, que el dichoso Volcán de Monterrey no era el referido en la mayoría de los posts —tweets, pues—, sino otro. Enseguida algunos ejemplos:

  • El 12 de diciembre, día de los primeros sismos, Licaldo pedía asesoría a quien debe de considerar una autoridad en vulcanología: “@lopezdoriga Vivo en Mixcoac-Plateros, hay un rumor de que [los sismos] pueden ser por el nacimiento de un volcán, ¿es posible?”
  • El Señor Extraño opinaba: “Estaría loco que naciera un volcán en medio de Mixcoac y Barranca del Muerto.”
  • También el martes, DanielDib explicaba: “No hay sensores para sismos con epicentro en Mixcoac, claramente hogar del próximo Paricutín.”
  • El día 13, Elena, hipotetizaba: “Se me hace que hay un volcán a punto de nacer en Mixcoac”.
  • Con toda honestidad, Reg, escribió: “Yo no sé nada del tema, pero juro que va a salirnos un volcán como el Paricutín. Exijo que se llamé Volcán Mixcoac Regina”.
  • Al día siguiente, Amante Bandido, positivo él, comentaba lo que para entonces evidentemente ya era un rumor bien propagado: “Ojalá si salga un nuevo volcán en Mixcoac para que baje la renta”.
  • Martí Batres, jefe de gobierno de la CDMX, había posteado —o sea tuiteado—: “Misma zona epicentral que el del martes. Se sintió en la zona de Mixcoac. Son dos, el segundo es más pequeño. Hasta el momento no se han reportado daños.” Y un tal Panky comentaba: “Una de dos, vamos a tener un nuevo volcán o se va a hundir Mixcoac”.
  • “Está por formarse un volcán en Mixcoac, no tengo pruebas, pero tampoco dudas”, contundente, señalaba Rauw Ramírez, un perfil con avatar de gato.
  • El Doctor Makara, claridoso, informa: “Va a salir un pinche volcán en medio del metro Mixcoac”.
  • “Los microsismos en la CDMX en especial en las zonas como Álvaro Obregón y Mixcoac son la prueba inequívoca de que un volcán está naciendo debajo de la tierra, tal vez como parte del campo volcánico de la Chichinautzin, pero el gobierno nos lo encubre”: El Rob X.
  • En plan ya más propositivo, Cuentautor, sugiere: “Yo creo que este último #sismo con epicentro en Mixcoac anuncia el nacimiento de un volcán en la Ciudad de México, no sé qué opinen ustedes, pero propongo llamarlo El Mixcoactépetl”.



En el informe especial que emitió a propósito de los microsismos de la semana pasada —Sismos del 12 al 14 de diciembre de 2023, Cuenca de México (M 3.2)—, el Servicio Sismológico Nacional indica: “En cuanto al origen de los sismos en la región, se piensa que son generados por el reactivamiento [sic] de antiguas fallas geológicas. También se considera que estos eventos pueden ocurrir como resultado de la acumulación de tensión regional o que el hundimiento del Valle de México podría originar tensiones que si bien no generan propiamente a los sismos sí pudieran dispararlos. También existe la hipótesis de que los grandes sismos generados en la costa pudieran dar lugar a condiciones de desequilibrio y desencadenar sismos locales”. Ni media palabra de volcán alguno. No importa, si fue nombrado y el mote encuentra quienes lo repitan, la entidad cobra existencia social. En este caso, además, el volcán de Mixcoac cumple otra función: en vez de quedarnos con la triste verdad de que los sismos en la Ciudad de México son parte de una dinámica, la geológica, que sucede a una escala enorme respecto a la nuestra, ante la cual no nos queda más que atestiguarla y tratar de entenderla a toro pasado, el volcán de Mixcoac provee una explicación que ni puede probarse ni ser desmentida con evidencias contundentes.


domingo, 10 de diciembre de 2023

Saberes y angustias

 

A la angustia… no necesito presentársela;

cada uno de ustedes ha experimentado alguna vez

esta sensación…

Sigmund Freud, La angustia.

 

 

Durante casi un par de años, debido a ciertos menesteres académicos, cada quince días iba a Guadalajara. Principiaban los noventa, y yo vivía en Aguascalientes. Llegaba los viernes a medio día y el sábado siguiente en la noche regresaba. En autobús, el recorrido toma cuatro horas; en automóvil, una menos. Por aire, el viaje se reduce a 45 minutos. No sé ahora, pero hace treinta años los únicos vuelos directos los ofrecía Aerolitoral. El trayecto se hacía en Metroliners turbohélices, unos avioncitos de 19 plazas. Hice tantas veces aquel vuelo que llegué a conocer sus tiempos y pormenores de memoria. Era habitual que me quedara dormido antes de que despegara la nave —por entonces, las cargas de trabajo a las que me sometía eran plomizas—, para despertar justo cuando iniciaba su descenso hacia el Valle de Atemajac. Poco después de que el aparato empezara a perder altura, invariablemente se escuchaba un zumbido parejo de dos o tres segundos, el bzzzzzz de un motor eléctrico, y enseguida, un clack seco, contundente, que incluso alcanzaba a percibirse en los pies, como dos piezas de metal chocando. Siempre supuse que aquello era el tren de aterrizaje. Pues resulta que una ocasión las cosas no sucedieron igual…

 

Abrí los ojos cuando el avión comenzó a perder altura… Y sí, primero el bzzzzzz de siempre…, el problema fue que luego no se escuchó ni se sintió el clack… Dos o tres minutos después, de nuevo el ruido del motor..., y nada del tope. Un tercer ¿intento?, ahora en menos tiempo, y nada... El insistente bzzzzzz otra vez… y nada de clack… Sin que yo me enterara, hacía un demonial de instantes que, desde mi tálamo, había salido la orden para que la amígdala activara el vertiginoso circuito del miedo, así que cuando tomé conciencia plena de que había evidencia suficiente para considerar la situación como escandalosamente crítica —después del quinto zumbido sin respuesta el avión cambió impetuosamente de dirección y volvió a remontarse—, me hallaba ya cabalmente en estado de angustia… No pasó mucho antes de que el piloto voceara que el aeropuerto de Guadalajara se hallaba saturado, y que tendríamos que hacer algo de tiempo… Mientras dábamos vueltas sobre Guadalajara, varias veces escuché el mismo ruido, y nada del ansiado tope. Por lo menos conté unas diez veces…, hasta que, finalmente, el ruido del motor... ¡y por fin clack! Inmediatamente después: “Señores pasajeros, ya nos asignaron pista. Comenzamos nuestro descenso.” Veníamos a bordo unos diez pasajeros, y creo que nadie más se dio cuenta de nada. Una vez en tierra, esperé para bajar al final... Cuando pasé por la cabina de los pilotos les pregunté:

 

— ¿Estuvo cerca?

 

Eran dos y ninguno dijo nada; ambos me respondieron que sí moviendo lentamente de arriba abajo la cabeza, con una expresión en la que leí algo así como el azoramiento de quien sabe que debería estar agradeciendo todo y no encuentra a quién.

 

Recuerdo que mientras dábamos vueltas sobre Guadalajara, mientras escuchaba una y otra vez el intento fallido de fijar el tren de aterrizaje, en un momento dado alcancé una certeza: antes de que se agotara por completo el combustible, optarían por intentar acuatizar en el lago de Chapala. ¿Qué hacer? ¿Convendría o no quitarse los zapatos? Entonces yo no sabía que los trenes retractiles de los aviones tienen un sistema que, después de bajar —el bzzzz—, se traba mediante un seguro geométrico —el clack— que permite que la pierna del tren quede rígida. Pero a partir de lo que me había dado cuenta en los vuelos anteriores y de lo que percibí en este, la intuición me catapultó a un estado de angustia en el cual buena parte de mi cerebro se debatía entre quitarme o no los zapatos… Los demás pasajeros, seguramente por falta de saberes, no se inmutaron.

 

El Eclesiastés es uno de los libros sapienciales del judeocristianismo. Mientras que su autor se llama a sí mismo Qohelet, la tradición lo atribuye al rey Salomón, quien reinó Israel desde el 970 hasta el 931 a. C. Si bien muchas de las sentencias que integran el texto resultan ambiguas y permiten varias interpretaciones, el versículo 1:18 tiene un sentido bastante claro y no me parece que dé pie para darle muchas vueltas: “Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor.” Saber angustia, y en la ignorancia el cándido encuentra tranquilidad. Una tesis añeja, vigente y ampliamente propagada en Occidente…, en buena medida porque puede ser muy útil como coartada.

 

Haciendo a un lado a las angustias neuróticas, Freud (1856-1939) sostiene que el “estado afectivo” de la angustia es tanto “una reacción frente a la percepción de un peligro” como una “pulsión de autoconservación”. ¿Y qué dijo el austriaco acerca de la relación del saber con la angustia realista? ¿Se pronunció al respecto? La angustia, según Freud, “… dependerán en buena parte… del estado de nuestro saber”, pero en ambos sentidos. Por un lado:

Hallamos sumamente comprensible que el salvaje sienta miedo frente a un cañón y se angustie frente a un eclipse de sol, mientras que el hombre blanco, que maneja aquel instrumento y puede predecir el eclipse, permanece exento de angustia en esas situaciones.

Pero por el otro lado:

En otras ocasiones, es justamente el mayor saber el que promueve la angustia, porque permite individualizar antes el peligro. Así, el salvaje se aterrorizará frente a un rastro que descubra en el bosque y que al inexperto nada le dice, pero a él le revela la proximidad de una fiera carnicera; y el navegante experimentado verá con terror una nubecilla en el cielo, que le anuncia la proximidad del huracán, mientras que al pasajero le parece insignificante.

¿Entonces? Entonces la conclusión es obvia: saber angustia; no saber, también.

 

domingo, 3 de diciembre de 2023

Sapiens: ignorantes e inconscientes

  

… la mente es un producto cultural,

y el cerebro un producto biológico.

Lewis Mumford, El mito de la máquina.

 

 

Recapitulaba aquí hace una semana que a los seres humanos nos tomó más de cien mil años humanizarnos a nosotros mismos —El invento del sapiens—. Apuntalado en dos titanes, el filósofo madrileño José Ortega y Gasset (1883-1955) y el sociólogo neoyorkino Lewis Mumford (1895-1990), apuntaba yo que la humanidad del hombre y la mujer no es un don natural, algo dado por la evolución biológica, sino una creación cultural. A propósito de ese texto, tuve ocasión de intercambiar los siguientes mensajes con el Maestro del Pueblito:

 

El Maestro del Pueblito: Pues sí, la humanidad tardó muchísimo tiempo en humanizarse. Ese proceso está orgánicamente vinculado, como lo sugieres, con su relación con la natura (técnica) y con los vínculos con otros seres humanos (cultura). Pue' que me equivoque, ahora es más cultura y cada vez menos técnica: pobre relación con la necesidad de modificar la natura en beneficio humano y sin perjuicio de natura.

GC: La súper-especialización, me late, está modificando la dirección de la evolución cultural. Si don Herbert Spencer me lo permite, me parece que, así como se han formado órganos internos súper-especializados y otros han ido perdiendo utilidad, al interior de las sociedades humanas está ocurriendo lo mismo: montonales de personas se están convirtiendo en apéndices.

El Maestro del Pueblito: Sí, hay súper-especialistas bastante ignorantes y torpes en su actuar. El que escribe es una buena muestra.

GC: Pura humildad retórica la tuya… ¿O soberbia socrática? Ni modo, acéptalo, aunque hacerlo haga que uno caiga muy gordo: la estupidización, el agorilamiento colectivo, avanza.

El Maestro del Pueblito: Vaya, vaya, 'ora resulta humildad retórica presumir de ser súper-especialista. Ni a eso llego… Eso sí, mi ignorancia está pa' dar, prestar y regalar.

GC: Recordemos al oscuro Heráclito, que dijo que saber mucho no daba inteligencia —y nomás ponía de ejemplo al mismísimo Hesíodo—.

El Maestro del Pueblito: 'Ora, 'ora, además de especialista, también se atribuye al erudito ser no inteligente ¡Bolas! ¡Total! No hay modo de salir bien librado del laberinto, si no eres carente de inteligencia, eres súper-especialista o eres ignorante o estúpido. ¿'Tá güeno, 'tons qué hacer o ser?

GC: Todólogo especialista en la propia ignorancia.

 

Porque si hay algo que únicamente siendo demasiado necios podríamos poner en tela de juicio es nuestra bestial ignorancia —civilizada ignorancia en realidad, como veremos enseguida—. Ocurre que cada día somos más y más desabidos, desenterados: somos ignorantes progresivos. Vea usted si no… De acuerdo con la llamada Curva de duplicación del conocimiento, ideada por el diseñador estadounidense Richard Buckminster Fuller (1895-1983) —nótese, Bucky fue contemporáneo de Ortega y Gasset y de Lewis Mumford—, en 1900 se necesitaban apenas 100 años para que la humanidad multiplicara por dos el conocimiento existente, mientras que menos de siglo después, en 1945, el período se había reducido a 25 años, y en 1975, a 12 años. En 2016, se estimaba que el conocimiento se duplicaba cada 13 meses. Necesariamente hoy día debe ser menor el lapso, seguro inferior a un año, no sólo considerando el vertiginoso desarrollo de las tecnologías de la información, particularmente las herramientas de inteligencia artificial, sino además por un factor que solemos olvidar: ¡cada día somos muchos más! —la población total del mundo en 2016 era de 7.4 millardos de habitantes, y a la fecha se estima que somos 8.075 millardos, casi 700 millones más sapiens, quienes algo habrán generado de conocimiento, sin importar qué tan inteligentes o educados sean—. En fin, que en la medida en la que se incrementa el conocimiento de la humanidad aumenta la ignorancia de usted y mía, de cada individuo. Pensémoslo tan sólo en términos de libros: desconozco cuántos libros lleve usted leídos este año —¿quizá unos 25, si ha leído poco más de dos al mes?—, pero permítame informarle que aparte de todos los que ya existían hasta el 31 de diciembre del 2022, en lo que va del presente año se han publicado más de 2.57 millones de nuevos títulos, obras que, prácticamente en su totalidad, no hemos leído —¿cuántas primeras ediciones 2023 ha leído este año?—: nuestra ignorancia personal crece y crece. El susodicho Heráclito (c. 540 – 480 a. C.), además de los libros de Hesíodo —quizá unos diez títulos contando la Teogonía y Los trabajos y los días— y las dos epopeyas de Homero, de poco, muy poco más disponía para leer, en cualquier caso, millones y millones de títulos menos que usted y yo.

 

Si usted no sabía lo anterior, podemos decir que era ignorante de colosales parcelas de su ignorancia. No se apure, ignorar el tamaño de nuestra ignorancia es una constante de la condición humana. Para colmo, los expertos, quienes para serlo tienen que saber cada vez más y más de proporciones cada vez más y más reducidas de la realidad, paradójicamente, suelen afirmar que conforme profundizan en su campo de especialización van ensanchando el horizonte de su ignorancia. Así que las leyes de Murphy del especialista son algo más que un chiste: especialista es aquella persona que sabe cada vez más sobre menos, hasta que sabe absolutamente todo sobre absolutamente nada.

 

Además de nuestra ignorancia, considere los contenidos que alojamos en el inconsciente. Y no es lo mismo: ser ignorante es no saber, ser inconsciente es no tener presente lo que se sabe. Todo que sabemos es insignificante respecto a lo que no sabemos, y si hacemos caso a Freud (1856-1939), buena parte de lo que sabemos está alojado en el inconsciente. Peor: la mayor parte de nuestra vida psíquica no es consciente, y además se desarrolla dependiente del inconsciente. Ignorantes progresivos y preponderantemente inconscientes: los autodenominados homo sapiens.