Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 15 de enero de 2011

1492: el encubrimiento

Enrique Dussel (Mendoza, Argentina; 1934) dictó una serie de conferencias en octubre de 1991 en Frankfurt (¿el pato dando clases de alta cocina en París?). Podemos conocer lo que el pensador de origen argentino fue a plantear en aquella tierra de filósofos, gracias a un libro publicado por Plural editores y la Universidad de San Andrés, Bolivia: 1492: El encubrimiento del otro.


Dussel sostiene que “1492… es la fecha de 'nacimiento' de la Modernidad”. Apunta antecedentes: “aunque su gestación lleve un tiempo de crecimiento intrauterino. La Modernidad se originó en la ciudades europeas medievales, libres, centros de enorme creatividad. Pero 'nació' cuando Europa pudo confrontarse con el 'el Otro' y controlarlo, vencerlo, violentarlo; cuando pudo definirse como un 'ego' descubridor, conquistador, colonizador de la Alteridad constitutiva de la misma Modernidad”. ¿Lúcido, no?

 

Dussel insiste en que, para nacer, como el fiero Colibrí Zurdo, Huiztilopochtli, la Modernidad llegó al mundo a chingadazos, sojuzgando al la dichosa Otredad: “Así como los cristianos ocuparon Málaga, cortando a cuchillo las cabezas de los andaluces musulmanes en 1487, así también le acontecerá a los 'indios', habitantes y víctimas del nuevo continente 'descubierto'.” Y a pie de página, aparentemente muy discretito, don Enrique trae a cuento el recuerdo de la matanza del 23 de mayo de 1520 en México Tenochtitlán, comandada por un gandul, Pedro de Alvarado (por cierto, gandul, es una palabreja de fuerte carga eurocentrista y gandalla; su segunda y tercera acepción, según el Diccionario de la Lengua Española de la RAE, establece: 2. m. Individuo de cierta milicia antigua de los moros de África y Granada; y 3. m. Individuo de ciertos pueblos de indios salvajes. Gandules son, pues, en principio, por antonomasia, los bárbaros, los distintos al ideal civilizado occidental).

 

Y en el jueguito de buscar fechas significativas, cortes sincrónicos en el devenir imparable, Dussel propone otra: “Sevilla..., tierra de moros, de musulmanes hasta aquel trágico 6 de enero de 1492 en que los Reyes Católicos ocuparon la refinada Granada, entregada por Boabdil, el último sultán que pisó tierra europea, como término final de la Edad Media”. Y luego de la Edad Media, “un primer momento de la 'constitución histórica' de la Modernidad: de 1492 (Colón se topa con un continente desconocido) a 1636 (cogito ergo sum, René Descartes proclama), período a lo largo del cual la 'subjetividad' moderna, el 'ego' de la Modernidad misma, se conforma.

 

A diferencia de lo que afirma la mayoría de quienes han teorizado sobre este asunto, a diferencia de lo que suele decirse en las clases y los libros de historia, Dussel señala que el espacio geográfico en el cual ocurrió el trabajo de parto de la Modernidad es la península ibérica, nada que Florencia, nada que la Europa reformista...: “La España y el Portugal de finales del siglo XV... ya nos son más un momento del mundo propiamente feudal..., la primera región de Europa que tiene la originaria 'experiencia'... del dominio del centro sobre una periferia. Europa se constituye como el 'Centro' del mundo (en su sentido planetario). ¡Es el nacimiento de la Modernidad y el origen de su mito!”.

 

En la primera conferencia, Dussel critica al mismísimo Georg Wilhelm Friedrich Hegel, a quien se debe buena parte del concreto que soporta los pilares del pensamiento eurocentrista, cristiano y moderno: “para Hegel, la Europa cristiana moderna nada tiene que aprender de otros mundos, otras culturas”. Efectivamente, para Hegel, el Nuevo Mundo no lo es únicamente porque “América […] no ha sido conocida hasta hace poco para los europeos”, no, la distinción entre el Viejo Mundo y el Nuevo Mundo, dice el filósofo de Stuttgart, “es esencial. Este mundo es nuevo no sólo relativamente sino absolutamente; lo es con respecto a todos sus caracteres propios, físicos y políticos”. Y su carácter de nuevo lo es en el sentido de inmadurez; así, de un plumazo Hegel niega toda posibilidad de convivencia entre las civilizaciones nativas de América y la europea: “De América y de su grado de civilización, especialmente en México y Perú, tenemos información de su desarrollo, pero como una cultura enteramente particular, que expira en el momento en que el Espíritu se le aproxima […] La inferioridad de estos individuos en todo respecto es enteramente evidente”. Y en los hechos, el “Espíritu” se “aproximó” con la espada y la cruz desenvainadas. 

 

La segunda conferencia se enfoca en cuatro “figuras históricas” relacionadas con la aparición de América en el horizonte de la cultura occidental: invención, descubrimiento, conquista y colonización. A diferencia del planteamiento de Juan O'Gorman, Dussel entiende por “invención” de América “a la experiencia existencial colombiana de presentar un 'ser-asiático' a las islas encontradas en su ruta a la India”. El propio Colón, pues, en esta figura el protagonista; es “el primer hombre 'moderno' […]. Es el primero que 'sale' oficialmente de la Europa Latina, para iniciar la 'constitución' de la experiencia existencial de una Europa Occidental, atlántica, 'centro' de la historia”.

 

La siguiente figura, el descubrimiento, “la experiencia también estética y contemplativa y hasta científica de conocer 'lo nuevo', que a partir de una experiencia… exige romper con la representación del mundo europeo como una de las Tres Partes de la Tierra. Al descubir una Cuarta Parte se produce una autointerpretación de la misma Europa. La Europa provinciana y renacentista, mediterránea, se transforma en la Europa 'centro' del mundo: en la Europa moderna”. Amerigo Vespucci es el protagonista: “En septiembre de 1502… retornaba a Lisboa sin haber podido llegar al 'Sinus Magnus'. No había encontrado el paso hacia la India. Pero, poco a poco, se fue transformando en el 'descubridor' […] Se trata del comienzo de la toma de conciencia del haber 'descubierto' el Mundo Nuevo, que sería América del Sur como distinta de China”. En carta a Lorenzo de Medici, Amerigo indica con toda conciencia y por primera vez en la historia de Europa, que la masa continental 55 al este y sur del ‘Sinus Magnus’, ya descubierta por Colón … es la ‘Antípoda’ de Europa en el Sur, “una Cuarta Parte de la Tierra”. De 1502 a 1507 ocurrió el “descubrimiento” de América, “el constatar la existencia de tierras continentales habitadas por humanos al este del Atlántico hasta entonces totalmente desconocidas por el europeo”. Según Dussel, este procesa no termina sino hasta 1520, cuando Elcano logra completar la primera circunnavegación: “el círculo se cerraba: la Tierra había sido 'des-cubierta' como el lugar de la 'Historia Mundial'; por primera vez aparece una 'Cuarta Parte' (América) […], desde una Europa que se autointerpreta, también por primera vez, como 'Centro' del acontecer humano en general, y por lo tanto despliega su horizonte 'particular' como horizonte 'universal' (la cultura occidental)…; los habitantes de las nuevas tierras descubiertas no aparecen como Otros, sino como lo Mismo a ser conquistado, colonizado, modernizado, civilizado… Y es así como los europeos (o los ingleses en particular) se transformaron, como citábamos más arriba, en 'los misioneros de la civilización en todo el mundo', en especial con 'los pueblos bárbaros'”.

 

A lo largo de la tercer conferencia, Dussel se refiere a la tercera figura, la “conquista”, “una relación no ya estética o cuasi-científica de la Persona-Naturaleza, como el 'descubrimiento'… Ahora la figura es práctica, relación Persona-Persona, política, militar”. Por ello, “el Conquistador es el primer hombre moderno activo, práctico, que impone su 'individualidad' violenta a otras personas, al Otro”. Explica Dussel que dado que Vasco Nuñez de Balboa murió asesinado, el primero que puede llevar el nombre de Conquistador es Hernán Cortés (Medellín, 1485). Cortés, quien nació el mismo año que Martin Lutero, llegó a América en 1504, apenas un año después de Las Casas. Luego de años de trabajo en Cuba, convertido en capitán general zarpa el 18 de febrero de 1519: “once naves y 508 soldados, 16 caballos, 10 piezas de artillería”. Diez meses después, narra Bernal Díaz del Castillo: “fue nuestra venturosa e atrevida entrada en la gran ciudad de Tenustitlan, Mejico, a 8 días del mes de noviembre de 1519”. Cortés encarna pues la figura de la conquista (“proceso militar, práctico, violento que incluye dialécticamente al Otro como 'lo Mismo'”), y da paso a la siguiente, la colonización: “el primer proceso 'europeo' de 'modernización', de civilización, de 'subsumir' (o alinear), al Otro como 'lo Mismo'… […] La 'civilización', la 'modernización' inicia su curso ambiguo: racionalidad contra las explicaciones míticas 'primitivas', pero mito al final que encubre la violencia sacrificadora del Otro”.

lunes, 3 de enero de 2011

Nostálgicos y posmodernos*

El espíritu posmoderno es nostálgico, de modo que Nostálgicos y posmodernos resulta prácticamente un pleonasmo. Sin embargo, no toda nostalgia es posmoderna…, para serlo debe ser desencantada.

Se dice, y me sumo, que el único acuerdo generalizado en nuestros días se reduce a que no nos gusta nuestro pasado, que en verdad nos urge dejarlo atrás, tapiado bajo toneladas de calendarios y almanaques, exiliado todo él en la memoria y al mismo tiempo en el olvido: recordar es válido cuando el testimonio es crítica y rechazo, olvidar es cuestión de vida o muerte cuando los espejos aún nos retratan las heridas… ¿Quién puede digerir su pasado si todavía lo tenemos atravesado en el gaznate?

Se dice, y me sumo, que el ingrávido presente ahora pesa, que el fugaz presente ahora no lo es tanto y más bien ha extendido sus dominios, que la velocidad de los tiempos nos llevó demasiado rápido al futuro; tanto así, que al pobre lo volvió presente, presente omnipresente, actualidad jaula de la historia. En nuestra desesperada huida del pasado en el que fuimos ingenuos, metimos el acelerador a fondo para llegar al ahora continuo, al imperio del gerundio en el que nadie atina a plantear a dónde queremos llegar, simple y sencillamente porque a cada rato estamos llegando, porque no paramos de llegar, de arribar a sitios tan inmediatos y reconocibles que resulta imposible identificar en ellos a nuestro futuro. El desencanto nos roba el futuro, la velocidad lo vuelve accesible y petrifica su supuesto encanto.

Experimentos históricos —quiero decir dados a conocer en la edición impresa del Wired de este mes—, muestran que el tiempo mínimo necesario de respuesta de una computadora es de 70 milésimas de segundo. Y desde que la fibra óptica nos cumple el caprichito de enviar mensajes prácticamente a la velocidad de la luz, en 70 milésimas de segundo una señal puede recorrer alrededor de 21 mil kilómetros. Curiosamente, la distancia más lejana posible entre dos puntos ubicados en este planeta es de poco menos de 21 mil kilómetros; es decir, la Tierra es perfecta para instaurar el reinado del presente.

Naveguemos, pues, por Internet e ingresemos a la jaula infinita de la que hablaba William Gybson, pero ¡aguas!, hay que cuidarse las espaldas porque los demonios siguen sueltos, porque el mal de ojo no puede desactivarse ni con el más potente antivirus informático, porque el idiótico Bob Dylan no entiende que las grabaciones digitales de sus éxitos no las puede superar ni él mismo, e insiste en cantar en vivo y venir a restregarle en el rostro a toda la flower generation que la utopía se marchitó y que todos nos volvimos viejos en el futuro, en este condenado futuro al que llegamos demasiado pronto, sólo para sentir nostalgia de aquel otro: el futuro que jamás tendremos lo suficientemente lejos como para anhelarlo.

Por supuesto, no puedo asegurar que los cuentos que integran Nostálgicos y posmodernos encuentren referente en lo hasta aquí dicho, de hecho lo he olvidado. Por ahora, podemos ir en paz, un efímero rito más ha terminado.


* Texto leído durante la presentación del libro de cuentos Nostálgicos y posmodernos, de Germán Castro Ibarra.

viernes, 26 de noviembre de 2010

La servidumbre voluntaria

Con harto aprecio, a Manuel Appendini

“Mi manera de comprometerme fue darme a la fuga.”
Viudita de Clicqout, Joaquín Sabina y Benjamín Prado.


Mucho antes de ser chocolate, el primer hijo varón de Juana la Loca y Felipe el Hermoso, un tal Carlos, fue el gobernante más poderoso de Occidente. Oriundo de Gante, llegó al mundo justo en 1500. Desde los 16 años, se convirtió en el rey de la organización política que entonces ejercía dominio sobre más territorio en el mundo, España. Cereza en el pastel, en 1530 el papa Clemente VII lo coronó emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Ése mismo año, en Sarlat-la-Canéda, Francia, nació Étienne de La Boétie, un amigo al que se lo llevó la peste antes de que cumpliera 33 años de edad, pero a quien le dio tiempo de dejar por escrito su respuesta a lo que, a su juicio, era y sigue siendo la pregunta política fundamental: ¿por qué la gente obedece a un gobernante?

Los expertos discrepan: fue en 1546 ó en 1548. Poco importa, el caso es que Étienne era un teenager, un estudiante de leyes en la Universidad de Orleáns, cuando escribió el Discours de la servitude volontaire ou Contr'un, un ensayo adelantado, adelantadísimo a su tiempo: mientras en Europa se iban erigiendo los pilares de las monarquías absolutistas, es decir, cuando el antiguo régimen aún se hallaba en etapa de gestación, este joven se dio a la tarea de redactar un texto que sin mucho apuro podemos tildar de anarquista. El problema que se plantea de La Boétie es muy simple:
De lo que aquí se trata es de averiguar cómo tantos hombres, tantas ciudades y tantas naciones se sujetan a veces al yugo de un solo tirano, que no tiene más poder que el que le quieren dar; que sólo puede molestarles mientras quieran soportarlo; que sólo sabe dañarles cuando prefieren sufrirlo que contradecirle.
Dueño de una erudición típicamente renacentista —arranca citando a Homero—, Étienne de La Boétie busca y rebusca una respuesta concluyente, abre preguntas, retrotrae pasajes de la Antigüedad Clásica, se enoja, externa su estupor, aventura conclusiones, pero acepta la ineficacia del lenguaje para escapar de la paradoja que subyace en la profanidad del cuestionamiento:
Que dos, tres o cuatro personas no se defiendan de uno solo, extraña cosa es, mas no imposible porque puede faltarles el valor. Pero que ciento o mil sufran el yugo de Uno solo, ¿no debe atribuirse más bien a desprecio y apatía que a falta de voluntad y de ánimo? Y si vemos no ciento, ni mil hombres, sino cien naciones, mil ciudades, un millón de hombres, dejar de acometer a Uno solo y prestarle vasallaje, mientras que éste los trata peor que infelices esclavos, ¿diremos que sea por debilidad?... Qué monstruosidad pues será ésta que, ni el título merece de cobardía que no halla nombre lo bastante vil, que por su bajeza se resiste la naturaleza a conocerla y la lengua a pronunciarla?
Ciertamente, los tiranos suelen echar mano de estratagemas para controlar a la gente, para idiotizarla. Pan:
En las frecuentes distribuciones de trigo, de vino y hasta de dinero, contestaba el pueblo con descompasados gritos de ¡Viva el Rey! ¡Imbéciles! No se daban cuenta de que con aquella falsa generosidad no hacían más que recobrar una mínima parte de lo suyo y que el tirano no se lo hubiera podido dar si antes no se lo hubiera usurpado.
Circo:
Teatros, juegos, farsas, espectáculos, gladiadores, animales extraños, medallas, cuadros, etcétera, fueron para los pueblos antiguos los incentivos de la esclavitud, el precio de su libertad, los instrumentos de la tiranía. Alucinados los pueblos, cebados en pasatiempos frívolos y hechizados por vanos placeres, se acostumbraron paulatinamente a ser esclavos…
Y demagogia:
No son menos perjudiciales hoy en día los que cometen toda clase de daños a la sombra de las frases lisonjeras de bien común y felicidad pública, halagando con ello al pueblo. A esto se llamarla engañar con finura, si pudiera haberla en donde domina el descaro. Pero por más seductores o gandallas que sean los tiranos, Étienne de La Boétie no se engaña: Los pueblos deben atribuirse a sí mismos la culpa si sufren el dominio de un bárbaro opresor, pues que cesando de prestar sus propios auxilios al que los tiraniza recobrarían fácilmente su libertad.
La paradoja se mantiene: los muchos mantienen la cerviz inclinada bajo el yugo…


Despedida En enero de 2009, mi amigo Manuel Appendini me invitó a colaborar con La Jornada de Aguascalientes, y desde entonces he publicado semanalmente en sus páginas esta columna. Hoy, con este texto me despido: cierro etapa. Para los buenos amigos y amigas hirocálidos que quieran seguir esta bitácora de lectura, ahí esta la web: www.alomodepalabra.blogspot.com

sábado, 20 de noviembre de 2010

Banquete a la Grandes

Hará cosa de un mes conocí a la Grandes. Ninguna contradicción con su apellido: un mujerón. Ocurrió un domingo a mediados de octubre, en la plancha del zócalo de la Ciudad de México. Aunque nunca antes la había visto en persona, aunque jamás habíamos intercambiado palabra alguna, decir que apenas entonces la conocí resulta inexacto.


Todo lo que he leído de Almudena Grandes Hernández (Madrid, 1960) me ha gustado mucho, y prácticamente he leído todas sus obras…

Lo primer libro que publicó Almudena fue una novela: Las edades de Lulú (1989); con ella ganó la XI edición del premio de literatura erótica “La Sonrisa Vertical” y brincó a la fama. Al año siguiente, Bigas Luna llevaría al cine la historia de la desenfrenada Lulú, con respecto a quien la Lolita Navokov no pasa de ser una chamaca fresa y apretada¬, una quinceañera torpe con la libido a tope, como casi todas...

A Las edades de Lulú le siguió Te llamaré Viernes (Tusquets, 1991), una novela madura y ambiciosa, con la que la Grandes asaltó de nuevo el ágora para demostrar que no había sido chiripazo de a libra. A lo largo de más de 350 páginas, Te llamaré Viernes aborda una de las constantes temáticas de la narrativa de la madrileña: el amor como el único paliatorio contra la soledad esencial de los humanos: todos somos Robinson, aunque no todos han tenido la fortuna de encontrar a su Viernes.

La tercera novela de la Grandes es una de sus mejores piezas narrativas, tanto, que si me apuran la calificaría de prodigiosa: Malena es un nombre de tango (Tusquetes, 1994). Escrita con harto oficio -la primera en que se permite narrar desde el “yo” descarado-, ambientada de maravilla y con un entramado de nudos dramáticos perfectamente bien tendido que logra mantener atrapado al lector a lo largo de más de 500 páginas. Un imprescindible, así que por favor no vayas a cometer la estupidez de quedarte con la versión cinematográfica (dirigida en 1995 por Gerardo Herrero).

Pocos años después, la escritora no bajó la guardia: Atlas de geografía humana (Tusquetes, 1998), otra apuesta por todas las canicas. Si a alguien le quedaba duda de los firmes pilares autobiográficos en que está afianzada la obra de Almudena, ahí está su Atlas…, un juego de galería en el que la española hace interactuar a cuatro mujeres finiseculares del Madrid posfranquista. También un novelón.

Seguiría Los aires difíciles (Tusquets, 2002), la quinta novela de Almudena Grandes, su tercera gran obra y para muchos hasta entonces la mejor. Si en Atlas de geografía humana la narradora tiró la mirada caleidoscópica para pintar una realidad poliédrica, en Los aires difíciles se enfocó en un par de personajes prácticamente aislados a la manera de un tubo de ensayo: novela microscopio.

En 2004, Almudena publica Castillos de cartón. Si bien no resultaría muy desmedido tildarla de “ligera”, sin los alcances ni las pretensiones de las anteriores, sin duda se trata de una excelente novela. Desde la tranquilidad del sitio que le confiere su trayectoria de escritora consolidada, dueña de un estilo propio, sosegada, la Grandes nos entregó en Castillos de cartón una visión desenfadada y sin rebuscamientos de las posibilidades del amor a tres bandas. La historia se ubica en la España deschongada de aquellos sus felices años ochenta: en Castillos de cartón la felicidad cabe en una cama, o mejor, cupo, tuvo cabida y luego el tiempo pasó…

Y hace tres años llegó el portento, una pieza catedral: El corazón helado, con mucho lo mejor que ha escrito la señorona. El dolor de la Guerra Civil española, los buenos que acabaron perdiendo todo aunque tuvieran la razón, la Historia que nunca alcanza para dar cuenta de todas las historias, los malos que perfectamente pueden alcanzar una vejez respetable…, pero sobre todo, las vetas de la única fuerza capaz de oponerse a todas las maquinarias, la fuerza del deseo. Pero no es aquí en donde voy a hablar de una de las mejores novelas que he leído en mi vida; quede por ahora nada más como apunte generoso: hay que leer El corazón helado y mandar al cuerno el mundo por algunos días.

Más que acercarme al zócalo a mercar el más reciente libro de Almudena, la intención era agradecerle El corazón helado. La enorme peninsular tomó su sitio en uno de los entarimados montados en la X Feria Internacional del Libro en el Zócalo, y, paciente, escuchó a Sandra Lorenzano hilvanar algunas ideas acerca de la recién parida Inés y la alegría (Tusquets, 2010). Luego, ella misma explicó: se trata de la primera de una zaga de seis novelas, así que tiene chamba para más de una década. Ya en plan confianzudo contó cómo escribe, cómo combina el oficio de tramar historias con el arte de cocinar. Quedan, pues, la promesa de un banquete…

sábado, 6 de noviembre de 2010

El ombligo de México II

Luego de la conquista del Imperio Azteca, la refundación de la Ciudad de México por los españoles ocurrió en el corazón de México Tenochtitlán, prácticamente sobre la misma traza urbana, respetando los canales como la base de las primeras calles. Trescientos años después, consumada la Independencia, se establece el Distrito Federal como sede de la capital del país naciente. El ordenamiento original señala que el DF lo conformaría una circunferencia de dos leguas de radio, marcada a partir del punto central de la Plaza de la Constitución. Entonces, efectivamente, el centro de la ciudad, el centro histórico, era también el centro geométrico del Distrito Federal, capital de México. A finales del siglo XIX, la forma del DF, parecida a un corazón humano, era ya semejante a la actual, de tal suerte que la mancha urbana quedó al norte de la entidad. El eje norte-sur del DF mide casi 60 kilómetros; el eje este-oeste mide alrededor de 43 kilómetros. El centro de la ciudad se localiza a 17.5 kilómetros del vértice extremo norte, donde el eje este-oeste es más angosto. En cuanto a la mancha urbana, el centro histórico en un principio no era el centro geométrico de toda la Ciudad de México, considerando la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVV). Sin embargo, de unos veinte años para acá, el centro histórico volvió a tomar una posición céntrica. Conforme siga expandiéndose la ZMVV, sobre todo en el territorio del Estado de México, la centralidad geométrica del centro histórico se irá perdiendo, para desplazarse progresivamente hacia el sur y hacia el poniente de la mancha urbana.

Así pues, el centro histórico de la Ciudad de México desde hace mucho tiempo dejó de ser el centro geométrico del Distrito Federal. No es el centro geométrico de la Ciudad de México, es decir, del área urbana contenida dentro del DF. Sí es el centro geométrico de la ZMCM, por lo pronto y quizá sólo durante unos pocos años más. Y, claro, el centro histórico de la Ciudad de México está muy lejos de ser el centro geométrico del país.

Sin embargo, más allá de las formas, las distancias y la geometría, el Centro Histórico de la Ciudad de México sigue siendo el centro simbólico de nuestra nacionalidad, el ombligo de del país. Símbolos concretos: el Palacio Nacional, centro simbólico del poder político. La bandera nacional que se iza en el asta bandera del zócalo… Recordemos el error simbólico que cometieron los jóvenes que en 1968 izaron una bandera rojinegra ahí. El Palacio de Bellas artes, centro de la cultura y las artes. La catedral, por supuesto… centro religioso, según datos censales de más del 90% de la población de todo el país. El Templo Mayor…, vestigio de los que “fuimos antes de que nos conquistaran”. Correos Nacionales, centro simbólico de la comunicación con “el interior”. Toda marcha que se respete tiene que llegan al zócalo, y, ni decirlo, abarrotarlo. Y hablando de Palacios, el de Hierro y el Puerto de Liverpool, símbolos de la inscripción de los mexicanos en el consumismo… Y hablando de consumo: como apuntó Monsiváis, ir al Centro, en pos de lo pirata, es el camino seguro para derrotar la exclusividad. En fin…

Más que una realidad espacial concreta, el centro histórico de la ciudad de México es una abstraccióncen el imaginario de los mexicanos -de ahí las minúsculas. Con todo, tiene ciertamente un corazón, el zócalo de la capital de la República Mexicana; sin embargo, de ahí en adelante es una plétora de simbolismos, y, en esa misma medida, una ambigüedad integrada por un abanico de elementos, algunos específicos y otros no tanto, pero por supuesto no necesariamente los mismos para todos: ni siquiera un domingo en la Alameda cabe en Un domingo en la Alameda de Rivera. El centro, escenario de traslapes generacionales y de origen, de horizontalidad de clase -todos somos peatones indefensos a la hora de cruzar la esquina de Juárez y Eje Central-, de versiones vivas, inciertas e incluso encontradas de la misma historia, la nuestra, la nacional.

El zócalo mismo es un ejemplo: ¿cuántos de quienes lo transitan saben que su nombre se debe a un proyecto fallido? Hoy, la RAE consigna cinco significados para el vocablo “zócalo”; los cuatro primeros no se relacionan directamente con la historia del nuestro ... y sólo la quinta acepción, “plaza principal de una ciudad”, se origina y emplea en México. En 1843, Santa Anna convocó a un concurso para edificar un monumento a la Independencia; aunque el certamen lo ganó el arquitecto francés Enrique Griffon, Santa Anna le otorga la obra a Lorenzo de La Hidalga: el proyecto, una columna más alta que las torres de catedral coronada por una figura alada. El 16 de septiembre de 1843 se realiza una ceremonia para colocar la primera piedra. Se construiría solamente la base y el zócalo que serviría de sustento a la columna. Abandonada la obra, tal zócalo fue el que determinó su actual nombre.

domingo, 31 de octubre de 2010

El ombligo de México I

En Aguascalientes, a muchos niños les enseñan en la escuela, no sin cierta dosis de orgullo, que el centro del país se encuentra ahí, en su tierra, incluso hay quienes afirman que está en la columna que sostiene en la Plaza Patria al águila imperial. No es así… Existen varias maneras de localizar el centro del país, pero en cualquier caso, el resultado no cae en suelo hidrocálido… Si se utiliza como criterio el promedio de la suma de las coordenadas geográficas continentales extremas (102° 31’ 18” / 23° 37’ 46.5”), el resultado arroja un punto cercano a Villa de Cos, Zacatecas. Y si se calcula la distancia media entre los extremos del territorio continental, según el vértice que se elija, el centro cae en Zacatecas o bien en Coahuila. Es decir, el centro geográfico del país se encuentra en algún punto del desierto que comparten Zacatecas y Coahuila. Aguascalientes no es el centro del país, menos la Ciudad de México. Según la tradición prehispánica, la primera ciudad de México, la celeste, fue fundada en Coatepéc, un cerro que está cerca de Tula. Ahí había nacido Huitzilopochtili. Quien sería su madre, una mujer llamada Coatlicue, fue preñada cuando posó sobre su seno una pelotilla de plumas blancas. El relato no convenció a sus vástagos varones, los Centzon Huitznahua, ni a su hija, la joven Coyolxauhqui… Se sintieron deshonrados, y decidieron matar a Coatlicue. Pero el feroz Huitzilopochtili nació a tiempo para defender a su progenitora. Con una serpiente de fuego asesinó a todos sus hermanos. En Coatepéc, la Coyolxauhqui sería decapitada, y ahí también, acatando el mandato de Huitzilopochtili, los aztecas, provenientes de Aztlán, fundaron la primera ciudad de México.

El relato encierra un mito fundacional conectado con un drama cósmico: Huitzilopochtili representa al sol; la Coatlicue es la tierra; sus hermanos, quienes son asesinados por aquél al nacer, las estrellas, y la deidad lunar es la Coyolxauhqui.


Entre 1998 y 2003, Eduardo Gelo del Toro y Fernando López Aguilar realizaron la investigación arqueológica que permitió concluir que el mítico cerro de Coatepéc se encuentra en el Valle del Mezquital, Hidalgo. Todavía hoy, las comunidades que habitan en las cercanías del cerro actualmente conocido como Hualtepec mantienen la tradición oral de que “allí iba a ser México”. Al drama ocurrido en el cielo correspondió un rito análogo entre los hombres. Tezozómoc sostiene que los primeros aztecas, liderados por una mujer llamada Coyolxauh, desoyeron el mandato de Huitzilopochtili de permanecer en Coatepéc, por lo que el dios destruyó la primera ciudad de México, secándola. Diego de Durán, en cambio, cuenta que fueron los propios mexicanos los que la secaron. Como fuera, Huitzilopochtili mandó que prosiguieran la peregrinación. Los aztecas entraron en Tula en 1168, luego pasaron por Tequíxquiac, Tzompanco y Eacatepéc, cruzaron las tierras de los tepanecas, pasando por Azcapozalco y Popotla, y en 1248 llegaron al cerro del Chapulín, Chapultepec. En cierto momento del éxodo, había ocurrido un cisma entre los sacerdotes del sol y los de la luna. Míticamente, el hecho corresponde al abandono la hechicera Malínal Xóchil, hermana de Huitzilopochtli, en tierras del rey Chimalcuauhtli (Malinalco), con quien procreó un hijo, el mago Cópil, quien encontraría un final íntimamente ligado con la posterior fundación de México Tenochtitlán. En Chapultepec, los aztecas estuvieron a punto de ser exterminados por la conjura de las ciudades cercanas, todas incitadas por Cópil, quien quería vengar el abandono que su madre había sufrido por parte de Huitzilopochtil. Según Tezozómoc, esto ocurrió en 1285. Otra versión indica que la guerra en Chapultepec sucedió en 1280. Como fuere, los mexicanos salieron victoriosos, luego de que Huitzilopochtil encuentra a Cópil en el cerro de Tepetzingo, lo mata y le arranca el corazón. El cuerpo de Cópil fue enterrado en el que hoy conocemos como el Cerro del Peñón de los Baños, en donde brotó agua caliente. Acopilco se llaman aquellas fuentes termales, agua de Cópil. El corazón de Cópil, hijo de la deidad lunar, por órdenes de Huitzilopochtli, fue arrojado en un paraje de carrizales, y de él nacería un tunal tan grande y coposo que encima de él haría morada una enorme águila. Según algunas fuentes, el tenochtli del águila creció en donde ahora se yergue la catedral de la Ciudad de México. Otros opinan que estaba en una islita ubicada en donde ahora se encuentra la Plaza de Santo Domingo. Como sea, explica Gutierre Tibón: “Mexicco… precede al nombre Tenochtitlán, el lugar del cruento culto solar que se superpone al culto lunar”.


Años más tarde los aztecas encontrarían aquel tunal y atenderían la profecía de su dios. “Entre la salida de Aztlán y el descubrimiento del sitio predestinado para la erección de la capital azteca pasan cuatro siglos de 52 años…” De acuerdo al Códice Mendocino, el encuentro ocurre en 1324-1325. Y “la elección del punto exacto donde se erigió el primer adoratorio de Hutzilopochtli es fruto de una larga y paciente exploración realizada por los sacerdotes en el lago de la luna, Texcoco… Esto condiciona el primer nombre de la ciudad, Mexico, ombligo de la luna…”