Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

domingo, 7 de junio de 2009

Cuentos salvajes

William Somerset Maugham (1847-1965) era tartamudo, tímido, huérfano y bisexual. ¿Póckar de hándicaps? Quién sabe, por ejemplo, gracias a su disfemia había escapado del destino como predicador que le tenía dispuesto su tutor, un tío religioso y autoritario. De lo que no se salvó fue de estudiar medicina, aunque jamás ejerció: su pasión era otra, la literatura. Al cumplir 30 años, ya era un escritor exitoso en su país, Inglaterra, y en toda Europa; de hecho, sus libros lo han trascendido y las historias que narró han cobrado vida fuera de sus páginas. La obra de Somerset ha dado para unas 30 películas; botón de muestra, The painted vail, estelarizada en 1934 nada menos que por Greta Garbo, y luego, apenas en 2006, por Naomi Watts.

De W. Somerset Maugham, editorial Sexto piso lanzó al mercado hace unos meses El temblor de una hoja (2008). Se trata de una colección de cuentos, todos ambientados en las islas regadas por el Pacífico Sur, región por la cual el británico viajó varias veces. El colonialismo fue la circunstancia que permitió a Somerset, como a otros muchos escritores europeos ―Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, carcomer con imaginación y colmillo literario uno de los pilares de la cultura occidental, la idea de civilización.

Aunque su raíz etimológica se encuentra en la Antigüedad clásica, el concepto de civilización es muy reciente; tanto, que es consustancial a la Modernidad. Los filósofos de la Ilustración fueron los primeros en mentarlo, siempre en el marco del ideal del progreso y en oposición a lo caduco, a lo feudal: civilizada era la vida en los burgos y atrasada la de los campesinos. Así, pronto la amplitud semántica de la palabra se extendió, y civilización se erigió como lo opuesto a barbarie. También dieciochesca, la primera edición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (1780) no consigna significado alguno para civilización, sencillamente porque no existía la palabra. No fue sino hasta la edición de 1832 que el término, seguramente de inspiración francesa, hace acto de presencia en nuestro idioma: “aquel grado de cultura que adquieren los pueblos o personas cuando de la rudeza natural pasan a la primer elegancia y dulzura de voces, uso y costumbres propios de la gente de cultura”. Desde su origen, pues, civilización es un concepto que se traslapa y confunde con cultura. También desde su acepción inaugural en español, es evidente la idea de mejoramiento que subyace al concepto: se trata de un grado de cultura cuyo punto cero es la rudeza natural; transitar adecuadamente por la historia es civilizarse… o que lo civilicen a uno. Arnold J. Toynbee lo mostró con la contundencia de los doce tomos de su A Study of History: sobre todo a partir del apogeo del capitalismo industrial, la hegemonía técnica, política y económica ha llevado a los pensadores de Occidente a la identificación de la civilización, concepto genérico, con una civilización concreta, la de ellos, claro. De ahí su uso etnográfico: lo occidental es civilizado y todo lo demás es salvaje; de ahí, la gran coartada: aunque les duela, permítanme ustedes quitarles lo bárbaro, nomás los conquisto y ya después paso a civilizarlos, mis estimados pueblos atrasados. Y además, por supuesto, ni se les ocurra reclamar derecho de existencia en las parcelas de lo diferente, porque, ¿saben, salvajes amigos míos?, el progreso es una obligación moral y destino necesario de la Humanidad toda, que para eso ya Lucien Febvre y demás señores de la Escuela de los Annales vincularon el ideal universalista de la iglesia católica con, ¡y me pongo de pie!, la civilización.

En los relatos de William Somerset Maugham, los argumentos del expansionismo europeo batallan con los mosquitos de Samoa, y muchos de sus personajes, tan comprometidos con la aspiración civilizatoria, se las tienen que ver con la sensualidad de los salvajes: “La danza nativa… no sólo es inmoral en sí misma, sino que de manera manifiesta conduce a la inmoralidad”. En uno de los cuentos, Mackintosh, el escritor se solaza mostrando con ironía las contradicciones en las que suelen caer los ideales a la hora de concretarse en personas de carne y hueso: Walker, la autoridad inglesa en una de las islas, un gordo autocrático y vulgar, podía entenderse con los aldeanos precisamente gracias a su lejanía respecto a los anhelos de refinamiento que supuestamente representaba: “El humor de los nativos era obsceno y a él nunca le faltaba un comentario lascivo. Los entendía y lo entendían”. Sin necesidad de sesudos tratados de teoría política, la lógica del ejercicio del poder colonial queda al descubierto: “Los amaba porque estaban bajo su poder, como un hombre egoísta ama a su perro, y porque su mentalidad estaba al nivel de la de ellos”.

De plano, civilización no hay solo una, y la barbarie tiene muchas caras.

viernes, 29 de mayo de 2009

Qué le vamos a hacer

Cansado de no hallarle ningún concierto a los estrambóticos fragores nacionales, más que harto de nomás no poder pescar aunque sea una punta del descomunal ovillo patrio, Manuel Zamacona ―escribe Carlos Fuentes― no quiso escribir más. Se sintió pequeño y ridículo ―Manuel, no Carlos―; pequeños y ridículos debían sentirse cuantos trataran de explicar algo de este país. ¿Explicarlo? No ―se dijo―, creerlo, nada más. México no se explica; en México se cree, con furia, con pasión, con desaliento. Una explicación brillante de nuestras maneras de estar y entender el mundo, ¿no cree usted?
Hago memoria y cuentas: la primera vez que leí La región más transparente debió de haber sido a finales de 1982. Entonces, como Ixca Cienfuegos, vivía en México, D.F., y podía decir: Esto no es grave. En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta. Como hoy, aquello no era un lecho de rosas: de nuevo, el país se sentía afrentado por el destino y los otros: en febrero, José López Portillo juró que defendería el peso como un perro, pero en agosto su gobierno tuvo que declararse incapaz de pagar la deuda externa, y enseguida la devaluación del peso nada más fue de casi el 400 por ciento. Ya de salida, poderoso sólo en su histrionismo, en su último informe de gobierno nacionalizó la banca y lloró amargamente: “¡Ya nos saquearon! ¡México no se ha acabado! ¡No nos volverán a saquear!” La mayoría de quienes vivieron aquel episodio nos resistimos a aceptar el recuerdo: un día después, tanto la clase política, izquierdas y derechas, como la raza, se sumó a la respuesta dramatoide del Primer Mandatario de la Nación —un hombre que se creía Quetzalcóatl reencarnado y juraba haber leído a Hegel a los nueve años— y lo aplaudió a rabiar… Entonces pienso que Zamacona no andaba tan errado: Todo lo mexicano es, sentimentalmente, excelente, aunque prácticamente sea inútil. Total, López Portillo había explicado las cosas del tal forma que para nadie era necesario saber ni medio teorema de economía política para entender la afrenta: “Soy el responsable del timón, no de la tormenta”. Claro, porque todo lo extranjero, así sea prácticamente bueno, es, sentimentalmente malo, y todos los males vienen de fuera.

Aunque el año pasado conmemoramos cincuenta años de la primera edición de La región más transparente (FCE, 1958), mucho de lo que ahí narra Carlos Fuentes sigue vivo. Un botón: …nuestra borrachera con el petróleo ya debe acabar. No poseemos las capacidades para conducir exploraciones permanentes y en gran escala. Poco a poco, disfrazadas pero seguras, las compañías extranjeras tendrán que regresar a darnos su saber técnico y su dinamismo. De lo contrario, tendremos que seguir un proceso de industrialización lento, frenado por el afán patriotero de gritar que el petróleo es nuestro. Lo anterior no proviene de una minuta de los debates que en el Senado se llevaron a cabo hace apenas unos meses, se lo dice Federico Robles a Ixca Cienfuegos, ¡hace más de medio siglo! Pero, por supuesto, también ya llovió y ha corrido mucha agua. En la década de los cincuenta del siglo XX, en la ciudad de México no sólo era posible ver a un hombre pastoreando un hatajo de cabras a los pies del Ángel de la Independencia, también las preocupaciones de la clase media eran otras: La clase media está más amolada que el pueblo, mi estimado, porque tiene ilusiones, y más que ilusiones tiene que mantener las apariencias. Tiene que aparentar cierta decencia en su casa, en su comida, en su ropa. No puede andar en huaraches y calzón de manta. Hoy el anhelo se ha convertido en miedo, no sólo miedo a los narcos y el crimen organizado y los sicarios y las balas perdidas, no sólo a la influenza, miedo sobre todo a desbarrancarse socialmente, a la depauperación, a patinarse con las tarjetas de crédito, a ya no poder pagar las colegiaturas de los niños, a una vejez miserable… Mucho sufrir, mucho tapabocas, mucho Dalai para dormir, pero eso sí, siempre entre chistorete y albur, porque por muy englobalizados que andemos, de Mérida hasta Ensenada, mi identidad nacional como si nada: en México es de mal tono no tomar a broma las propias desventuras. Y además, por más que la crisis que nos llegó de fuera nos pegue y le pegue a toditito el orbe, por más que los puercos sean una mala influenza siempre y cuando no estén empaquetados en tacos de carnitas michoacanas, estamos antidotados contra apocalípticos derroteros, tanto que desde México ya salvaguardamos al género humano, porque si no se salvan los mexicanos, no se salva nadie.

La lectura o relectura de La región más trasparente permite, si es que no lo sabíamos, darnos cuenta de que todo el pasado mexicano era presente y que, si recordarlo era doloroso, con olvidarlo no lograríamos superar su vigencia.

sábado, 23 de mayo de 2009

Infusión en Londres

La expectación mantenía en vilo a unas veinte mil personas. La O2 Arena de Londres, la estructura de techo único más grande del mundo, en esos momentos era una descomunal olla express que apenas podía contener la garrafal presión de sentimientos variopintos, distintos todos respecto a todos, emisario cada uno de historias diversas, unos más acompañados que otros pero todos individuos, únicos, diferenciados y por eso mismo urgidos de sumarse a una sincronía colectiva, a la ilusión de integrarse a algo mucho más vasto que sus escuálidas biografías y menos limitado que sus cuerpos. Recuerdas entonces el té de frutas secas que desayunaste en la mañana nomás aterrizaste en el Heathrow: el confeti misterioso de lascas vegetales que a pesar de su feroz pluralidad de colores, tamaños, consistencias y formas terminó entintando el agua caliente de un rojo tenue y parejo, comunión de los desemejantes: Somos una infusión de esperanzas, pensaste, todavía en español porque para esas horas aún brincas del inglés a tu lengua materna. Y justo a las nueve, puntual, el poeta apareció: la emoción se desata y todos reciben de pie a Leonard Cohen, aplaudiendo, gritando, chiflando, chillando de gusto porque hay la fe compartida de que un milagro está a punto de consumarse. Thank you so much, friends. Traje cruzado a rayas, sin corbata pero con la camisa abotonada hasta el cuello —At my age if you don´t wear a suit people think you´re homeless— y con un fedora-hat cubriéndole la plateada cabeza. Niño travieso, paladea cada palabra desde las alturas de una humildad conseguida a golpe de verdades y mentiras bien versadas: So very kind of you to come to this. La respuesta del respetable es casi un reparo: no espetes estulticias, tótem canadiense, gracias a vos. Afortunados los presentes aquí, en la península de Greenwich, hoy, julio 17 de 2008, a punto de despacharse con Cohen y su banda una sobredosis de catarsis. Y a lo que te truje: la primera de la noche, Dance Me to the End of Love. Hace apenas unos minutos una de las cincuentonas que tienes a un lado señalaba filas más abajo al exministro de Cultura, Chris Smith, mientras que un adolescente treintañero que no quiso quedarse atrás apuntó con el índice al pinkfloyd David Gilmour, pero ahora todos son uno, infusión lograda al calor de la poesía, hasta tú, recién llegado de Tenochtitlán: Dance me to your beauty with a burning violin… Ovación; Cohen entiende e ironiza: Thank you for joining us, at a place just the other side of intimacy… Entonces, a pesar de que hay miles de orejas atentas, la voz de Leonard viene directito a las tuyas cuando se dirige a los que, según sabe, llegaron a Londres a pesar de inconvenientes financieros y geográficos… ¡Utss!, inconvenientes, no me digas, le dices tú, sin un clavo en la cartera, tú que dejaste del otro lado del Atlántico todas las naves quemadas. No caes en el drama idiota del desagradecido, y te tiras con todos a corear The Future con el monje budista que susurra netas en el escenario: Things are going to slide, slide in all directions / Won't be nothing / Nothing you can measure anymore / The blizzard, the blizzard of the world / has crossed the threshold / and it has overturned / the order of the soul. Y como entró corriendo, como se hincará varias veces a venerar los solos de Javier Mas, como no le faltará una chispa de energía durante las más de tres horas que durará el concierto, qué bueno que Cohen se da tiempo para recordarnos que a la gran mayoría de nosotros nos queda mucha cuerda: nos cuenta que la última vez que estuvo en la capital de Inglaterra fue hace quince años, durante su última gira, when I was just a 60-year-old kid with a crazy dream. Y se siguió el septuagenario con una de sus lapidarias: Ain´t No Cure for Love y Bird on a Wire. Interpretaría veintiséis canciones; seis músicos, tres vocalistas –las Webb Sisters y Mariana Trench–, el ensamble con el cual el juglar de Montreal, generoso, te recordaría que, en su origen y a final de cuentas, poesía y música son la misma cosa, y que, como dijo Nietzsche, sin música la vida sería un error. Al final tú te quedas enganchado del verso aquel que, acopando con las manos el micrófono, Leonard Cohen balbucea para dejar claro que siempre queda una grieta para la esperanza: There is a crack in everything / That's how the light gets in. Armado así, ya podrás lavar platos durante varios meses para juntar el dinero del vuelo de regreso.

Y yo que no estuve ahí, como tú, aminoro sólo un poco mi dolorosa envidia porque el 31 de marzo Columbia comenzó a vender el álbum doble de aquel portento: Live in Lond.

domingo, 10 de mayo de 2009

Terrorismo de Estado

¿Cuáles son las explicaciones utilizadas para excusar o justificar la aplicación de las acciones que definen al terrorismo de Estado? Un académico experto en el tema, el doctor Ernesto Garzón, en su libro Calamidades (Gedisa, 2004), enlista los siguientes argumentos: i) el de la eficacia, es decir, la imposición del terror de Estado se justifica como la forma más eficaz para combatir el mal que acecha; ii) el de la imposibilidad de identificar precisamente al enemigo que supuestamente se enfrenta; iii) el de la simetría de los medios de lucha, esto es, a grandes males, grandes remedios; iv) el de la distinción entre la ética pública y la ética privada, en el sentido de que la suma de acciones malas individuales redituará a favor del bien común; v) el de la inevitabilidad de consecuencias secundarias negativas: nos va a salir caro, nos va a doler, pero pues no había de otra; vi) el de la elección trágica: si no se da respuesta contundente al mal, se pone en peligro la existencia misma del Estado; y, vii) el de la primacía de valores absolutos: antes que nada está la vida, la salud, el destino de la patria, en fin, mientras que todo lo demás es pura superficialidad.

Dios, Patria y Hogar. El anterior, uno de los lemas de la dictadura militar que se impuso entre 1976 y 1983 en Argentina. Otro: Orden y Limpieza; paradójicamente, una de las rúbricas que institucionalizaban la llamada Guerra Sucia. La junta de comandantes echó mano de políticas de terrorismo de Estado, entre otras, la desaparición de personas: se estima que durante aquellos terribles años para América Latina, sólo en Argentina fueron desaparecidos alrededor de 30 mil seres humanos. Simón, un joven cartógrafo, fue uno de ellos: en el invierno de 1976, en la provincia de Tucumán, un grupo de gorilas uniformados lo detuvo a él y a Emilia, con quien hacía muy poco se había casado. Desde entonces, desaparecido: ella no volvió a verlo, ni vivo ni muerto: “Como no tiene tumba, yo fui su tumba. Ahora quiere salir de ahí”.

Purgatorio (Alfaguara, 2008), la más reciente novela de Tomás Eloy Martínez (1934), comenzó a circular a principios de este año. Su íncipit engancha: “Hacía treinta años que Simón Cardoso había muerto cuando Emilia Dupay, su esposa, lo encontró a la hora del almuerzo en el salón reservado de Truday Tuesday”. Ella, exiliada en New Jersey desde 1991, es ahora una sexagenaria medio venática y solitaria; pero él, Simón, sigue siendo el mismo joven, atrapado en la irrealidad a la cual lo deportó un régimen totalitario, capaz de imponer frontera entre lo que es y lo que no. En su novela, recuerda Tomás Eloy Martínez que, cuestionado por periodistas japoneses acerca de la epidemia de desapariciones que azotaba Argentina, uno de los generalotes de la junta castrense respondió: “Primero habría que averiguar si lo que ustedes dicen que existió estuvo en donde ustedes dicen que estuvo. La realidad puede ser muy engañosa. Mucha gente desespera por hacerse notar y desaparece sólo para que no la olviden”. Frente al cinismo y la injusticia elevadas a rango de sistema, a Emilia Dupay —hija de uno de los titiriteros civiles de los militares— le quedó la memoria y el deseo como únicas anclas para aferrarse a la existencia de quien desapareció. En cambio, Ethel, su madre, quiso borrarse a sí misma perdiendo la memoria; cuando la llevan al hospital, una enfermera le cuenta a Emilia: “He tenido pacientes con voluntad de ausentarse, gente que se cansa de sí misma. Algunos se curan quedándose en su nada y volverían a enfermarse si se los obligara a regresar”.

Purgatorio, desde su título, remarca que la capacidad más ignominiosa que puede desplegar el terrorismo de Estado es precisamente la de transgredir la realidad. Y ello, en ambos sentidos: por un lado, disipando, esfumando, y por el otro otorgando existencia a entidades espurias: “Los héroes obligatorios se multiplicaban en el país, como los santos en la Iglesia católica. Se creaba un héroe nuevo por cada batalla que no se libraba, se veneraba un santo por cada milagro que no existía”. Así como la gente de carne y hueso desaparecía, falsos peligros, los enemigos embozados, aparecían de la nada.


Bien escrita, aunque triste, la novela abre una grieta de esperanza: Tomás Eloy Martínez cuenta el diálogo entre un perro y un escritor, a través de la cual, para quien se anime, es posible atisbar la enormidad: “Lo que no existe está siempre buscando un padre…, alguien que le dé conciencia. ¿Un dios?, preguntó el escritor. No, busca cualquier padre, contestó el perro. Las cosas que no existen son muchas más que las que llegan a existir. Lo que nunca existirá es infinito.”


Contra el terror, la imaginación.

miércoles, 29 de abril de 2009

La peste y el miedo

Daniel Defoe vivió y murió endeudado. Con todo, logró que su nombre pasara a la historia de las letras gracias un hombre que logró sobrevivir 28 años sin un centavo, el protagonista de su obra más famosa. Robinson Crusoe, publicado por primera vez en 1719, es para muchos la primera novela escrita en inglés (en realidad, el título original del libro es quizá el más extenso para una novela: The Life and strange Surprizing Adventures of Robinson Crusoe of York, Mariner: Who lived Eight and Twenty Years, all alone in an un-inhabited Island on the coast of America, near the Mouth of the Great River of Oroonoque; Having been cast on Shore by Shipwreck, where-in all the Men perished but himself. With An Account how he was at last as strangely deliver'd by Pyrates. Written by Himself.). Defoe nació en Londres entre 1659 y 1661, o sea que él era apenas un infante cuando, en 1665, su ciudad natal recibió la indeseada visita multitudinaria de la yersinia pestis, el bicho microscópico causante de la peste negra, también conocida como bubónica. Si bien Daniel sobrevivió la peste, dado el carácter de escuincle que tenía entonces, seguramente el valor testimonial de sus recuerdos hubiera resultado más bien escaso para, a partir de ellos, escribir un libro que, aunque en estricto sentido es una novela, resulta el documento más útil para comprender el horror que fue la Gran Plaga.

La primera edición de Diario del año de la peste (también con un subtítulo ingente: being observations or memorials of the most remarkable occurrences, as well public as private, which happened in London during the last great visitation in 1665), comenzó a circular en 1722; desde su portada contenía un ingrediente que le redituó gran verosimilitud: ahí se asentaba que su autor era “un ciudadano” que había presenciado los hechos. Al parecer, no sólo se trataba de un truco de novelista: el Diario aparece firmado por un tal H.F., iniciales que corresponden a las de Henry Foe, tío del escritor —el “De” se lo agregó Daniel a su apellido para que tuviera cierta resonancia aristocrática—, de tal suerte que muy probablemente el escritor sí se basó en una fuente de primera mano. El Diario del año de la peste tiene el formato de una crónica, más próxima al reportaje periodístico que a la literatura—ésa y cualquier otra licencia puede darse un novelista—; incorpora relatos pormenorizados de los avatares de algunos personajes, cuadros estadísticos, descripciones de época, diálogos y sesudas reflexiones, que en su conjunto bien pueden leerse como un magnífico retablo sobre el pavor colectivo que puede desatar el azote de una epidemia. En las páginas del libro de Defoe uno puede aproximarse al terror que un inglés del siglo XVII podía sentir al asumirse castigado por la voluntad de dios, una punición que, aunque nadie tenía claro a qué se debía, era repartida a rajatabla entre todos con la fuerza igualitaria de la muerte.

Han pasado casi 350 años de que la peste bubónica mató a cerca de cien mil londinenses. De entonces a la fecha el desarrollo científico y tecnológico ha sido enorme, en cualquier caso suficiente para que hoy sepamos qué origina las epidemias e incluso muchas veces tengamos la capacidad de desarrollar curas y vacunas. Desde la soberbia del siglo XXI, podemos pensar que para aquella gente su vulnerabilidad era tanta como su ignorancia; por ejemplo, mataron a todos los perros y gatos domésticos pensando que eran acarreadores del mal, y nada más empeoraron el asunto, porque libraron de sus depredadores a los verdaderos enemigos, las ratas. En 1665, Londres contaba con alrededor de medio millón de habitantes, y llegaron a ocurrir siete mil decesos en tan sólo una semana. El lunes 27 de abril de 2009, en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México, con una población de cerca de 20 millones, se tiene la certeza de que la influenza AH1N1 de origen porcino ha matado a menos diez personas. Desde la perspectiva que me ofrece la calle y los medios, ni las evidencias que aporta la aritmética ni siglos de conocimiento científico acumulado han ayudado mucho para paliar el miedo. Falso que a mayor información menos temor, falso también que a mayor conocimiento construido racionalmente desaparezca nuestra necesidad de modelar mitos para comprender el mundo. Un botón: el domingo 26, un grupo de creyentes sacó de la Catedral en procesión por las calles del centro histórico al Cristo de la Salud, una escultura de más de dos metros de altura, considerada particularmente milagrosa en casos de contingencias sanitarias —las fuentes católicas no se ponen de acuerdo si la última vez que deambuló la figura fue en 1850 o en 1691—. El fervor religioso frente al ataque viral, sí…, aunque los que cargaban el pedestal llevaban tapabocas.

domingo, 19 de abril de 2009

Pupitres megachiquititos

Eustaquio está por terminar el martirio de la secundaria. Hasta ahora, toda su vida académica, desde kínder, la ha transitado en una sola escuela, un colegio particular que puede presumir, y de hecho presume, un alto nivel académico. Por supuesto, además de un tanto cuanto petulante, no es una escuela barata; para la mayoría de los progenitores que tienen ahí a su prole, el gasto en colegiaturas, reinscripciones, uniformes, útiles, libros y toda la parafernalia de la vida escolar en este tipo de planteles representa una parte sustantiva de su presupuesto.

– Y espérate, amiga, que sigue la prepa y las mensualidades del Tec están que ni para qué te digo.

– Pues ojalá que los hijos sepan aprovechar el esfuerzo que hacemos, oye… –porque, efectivamente, para muchas familias mantener a sus vástagos en un colegio particular constituye, todavía, si no una inversión segura, sí al menos la única apuesta por, ya no digamos la ascendencia social, sino al menos por un antídoto contra la depauperación.

Eustaquio cuenta que hace unos días, como todos los estudiantes que están cursando el tercer año de secundaria, presentó el Exani I. Para ello, a él y a todos sus compañeros los llevaron a una escuela pública, una secundaria técnica. Luego del típico recorrido en camión –cánticos, empujones e intercambio de bromitas perversas entre los púberes a evaluar–, tan pronto llegaron, los distribuyeron en varios salones… “¡No inventes!, siguen usando pizarrones antigüitos, de los de gis. Y los pupitres que usan están megachiquititos”. Eustaquio relata que incluso tuvieron que traer de otras aulas algunos escritorios de maestros, porque muchos de sus compañeros, hombres y mujeres, de plano no cupieron en los pupitres…

Las diferencias socioeconómicas son perceptibles en la anatomía de las personas, en peso y tallas. Esto resulta evidente entre países y responde a diferentes niveles de desarrollo; por ejemplo, en Estados Unidos, los niños con déficit en la relación estatura/edad representan apenas el 1%, mientras que en Kenia el 30% y en India ¡casi la mitad! (48%). Este mismo indicador –relacionado a la estatura media por edad de la población de referencia internacional reconocida por la Organización Mundial de la Salud de la ONU– muestra desigualdades drásticas entre países latinoamericanos, por ejemplo: Guatemala, 49%; México 12.7%; Brasil, 10%; Chile,1%. Sin embargo, los pupitres megachiquititos de aquella secundaria técnica muestran la dimensión anatómica de las diferencias socioeconómicas no solamente al interior de un país, el nuestro, sino de una misma ciudad (y además una, Aguascalientes, en la que el componente indígena en su población es prácticamente nulo).


Me parece que no hay indicador alguno que muestre que la talla y el peso sean características de un niño que determinen directamente su eficiencia en la academia –claro, mientras quepa en el pupitre–, sin embargo, recientes estudios científicos vienen a demostrar lo que el sentido común podría sugerir a muchos: el desarrollo socioeconómico es una variable que incide frontalmente no sólo en el desarrollo físico de los infantes, sino también en el desempeño de ciertas funciones cerebrales ligadas al aprendizaje y en general a la cognición.

En su edición de marzo 30 pasado, la revista Proceedings of the National Academy of Sciences publica una ponencia firmada por Gary W. Evans y Michelle A. Schamberg –Childhood poverty, chronic stress, and adult working memory–, en el cual aportan pruebas de que la pobreza afecta el cerebro de los niños que la padecen. Particularmente, demuestran que “la pobreza durante la niñez es inversamente proporcional a la memoria de trabajo de los adultos jóvenes”. Los investigadores de la Universidad de Cornell trabajaron para probar dos hipótesis engarzadas. La primera, “que la pobreza durante la niñez va a interferir en el desarrollo de la memoria de trabajo de los jóvenes adultos”. Aquí conviene recordar que el concepto de working memory se refiere a algo así como al RAM de las personas: “el mecanismo de almacenamiento de información temporal que nos permite retener activas pequeñas cantidades de datos durante breves intervalos y manipularlas”. Dicho mecanismo resulta esencial para la comprensión del lenguaje, la lectura y la resolución de problemas; y, obviamente, es un requisito indispensable para luego almacenar información en la memoria de largo plazo. La segunda hipótesis establece que “la relación prospectiva entre una niñez en condición de pobreza y la memoria de trabajo de la juventud adulta se encuentra mediada por estados de estrés psicológico crónico”. En forma esquemática: pobreza – estrés crónico – problemas de memoria de trbajo.

Vale decir entoces que si bien es cierto que las repercusiones de la pobreza infantil tienen una dimensión socioeconómica innegable, también acarrean una afectación directa en los mecanismos neurocognitivos de los chavos.

Quien quiera, pues, podrá ver en aquellos pupitres megachiquititos un atisbo de cómo estamos ahora modelando el perfil del capital humano de México.

jueves, 9 de abril de 2009

Mejor alucinante que acartonado…

No tengo muy claro desde cuándo, pero tiene ya algún tiempo que andaba circulando por mis neuronas una sospecha. Casi fantasmal, la pobre apenas alcanzaba una presencia mínima para hacerse sentir ocasionalmente; así, tímida, intentaba cosquillear de vez en cuando mi conciencia, pero nunca antes había logrado textualizarse lo suficiente como para que yo pudiera prenderla por las orejas para analizarla y compartirla. Pero ocurrió que las locas fuerzas del azar, o quizá del destino —en cuyo caso estarían aun más locas—, operaron de tal forma que, si bien no uno tras otro pero sí muy próximos entre sí, leí primero La invención de América y luego El mundo alucinante, un ensayo y una novela. Algunas noches después, la sospecha aquella agarró confianza, jaló aire y argumentos, y sin pedir permiso a nadie conectó ideas para transmutarse en conclusión: el realismo mágico, más que una corriente literaria, es una forma inteligente de entender América.

En el ensayo (La invención de América, FCE), Edmundo O’Gorman (1906-1995) dispone su inteligencia, que no era poca, y su talento de historiador, que era mucho, alineados para “reconstruir la historia, no del ‘descubrimiento de América’, sino de la idea de que América había sido descubierta”. Y lo logra. Por supuesto, O’Gorman parte de que el descubrimiento de América no es un hecho, sino la interpretación hegemónica de un hecho, y en pocas páginas consigue seguirle la pista a esa idea. Pero quiero destacar otro ingrediente de la obra: la insistencia de don Edmundo en el sentido de que todo acto en sí mismo carece de sentido, de tal suerte que es su interpretación la que lo “dota de un ser al postularle una intención”. Dicho en corto, los hechos adquieren carácter de históricos solamente si son interpretados.

La novela se la debemos a un marielito, Reinaldo Arenas (1843-1990). La edición que encontré (Cátedra, 2008) incluye una postdata al prólogo que el propio autor escribe en 1980; cuando la leí me pareció excedida e incluso supuse que resultaría errónea: “Me informan que informes desinformados (y patéticos) informan que hay en esta novela escrita en 1965…, influencia de obras que se escribieron y publicaron después de ella, como Cien años de soledad (1967)… He aquí otra prueba irrebatible… de que el tiempo no existe”. ¿Realismo mágico antes que el del patriarca García Márquez? Pues después de leer la obra hay que aceptar que sí, y no como atisbos —Rulfo, Borges, Carpentier, en fin—, sino pleno, evidente. Arenas escribió una novela de aventuras con base en la vida de José Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra (1763-1827), un regiomontano que a los 16 años ingresó a la orden dominicana y a los 31 pronunció un discurso que marcaría su vida y la manera en que concebimos la historia de México. Debo advertir que si buscas la precisión historiográfica respecto a la estrambótica biografía de Fray Servando, no leas El mundo alucinante —para eso, más te valdría echar mano de la investigación que varios años después escribió Christopher Domínguez, Vida de Fray Servando (Era, 2005)—; tal no fue el propósito de Reinaldo Arenas. La intención del novelista fue literaria: espejear estéticamente el sinsentido que pretendió enfrentar el dominico, precisamente reasignando significados. En el prólogo que hace a su libro para la edición de 1982 el cubano se descara: “Esta es la vida de Fray Servando Teresa de Mier. Tal como fue, tal como pudo haber sido, tal como a mí me hubiera gustado que hubiera sido”. A Fray Servando debemos, junto con Carlos María Bustamante, la conceptualización del primer nacionalismo mexicano a partir de la resignificación de los principales ingredientes del patriotismo criollo, esto es, la interpretación de una serie de actos pasados por medio de la cual se dotó de un ser y de una identidad a México. Y no estamos hablando de un ratón de biblioteca, en lo absoluto; la vida de Fray Servando resulta precisamente, alucinante, digna de una novela de aventuras: ¿un republicano con aires de aristócrata?, ¿un autodenominado arzobispo sentado en el congreso constituyente?, ¿un religioso que terminó sus días en Palacio Nacional como un activo del naciente Estado Nación?, ¿un creador del nacionalismo mexicano que estableció la liga entre la virgen de Guadalupe y la Tonatzin?, ¿un mexicano decimonónico que entendía once idiomas y echó balazos trepado en un caballo?, ¿un hombre que pasó casi la mitad de su vida en prisión? Todo un caso.

El ensayo de O’Gorman “quien también fue un gran estudioso del pensamiento de Fray Servando” y la novela de Reinaldo Arenas permiten espabilarse un poco, para caer en la cuenta de que a lo largo de 500 años seguimos descubriendo América, interpretándonos. Hoy, acartonados andamos en mucho porque nos urgen nuevas interpretaciones de nosotros mismos.