Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 17 de julio de 2010

Amor definido

¿Qué es el amor?

Circula por correo electrónico un ppt: ilustradas con paisajes naturales y aves al vuelo, una por una va desplegándose una veintena de fórmulas que pretenden definir qué es el amor. Todas se adjudican chamacos y chamacas de entre 4 y 8 años de edad. Textos muy tiernos…, sobre todo en la tercera acepción del adjetivo (se dice de la edad de la niñez, para explicar su delicadeza y docilidad; según la RAE). Hay incluso algunas bonitas (Cuando alguien te ama, la forma de decir tu nombre es diferente; sabes que tu nombre está seguro en su boca), pero en general, me disgusta la relación directa que la mayoría establecen entre amor y sacrificio. Un tal Max, de 5 años, establece: Dios debería haber dicho algunas palabras mágicas para que los clavos se cayeran de la cruz, mas él no lo hizo… Esto es amor. Anita, de 4, no piensa en Cristo sino en su mascota: Amor es cuando tu perro te lame la cara, aunque tú lo dejas solo el día entero. ¡Uf!


¿Qué es todo?
La bronca no solamente es definir el amor. La bronca es definir todo. Vivimos enjaulados, unos más otros menos, en nuestro propio lenguaje. Las disquisiciones de los chavitos me hicieron recordar un pensamiento de Wittgenstein (1889-1951): creemos ver el mundo, pero lo que vemos no es sino el marco de la ventana por la que lo miramos. ¿O sea? Sigo con Ludwig Josef Johann Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”, y si “yo soy mi mundo”, ergo “yo” no es otra cosa que mi lenguaje (Tractatus logico-philosophicus, 1921). De ahí la relevancia de la forma en que nombramos todo, el mundo, nuestras relaciones con los demás, nosotros mismos...Y claro, es imposible escapar del lenguaje. Octavio Paz entendía el lenguaje como su universo y su cárcel: “El lenguaje humano está abierto al universo… pero igualmente, por sí mismo, es un universo… Si queremos pensar o vislumbrar siquiera al universo, tenemos que hacerlo a través del lenguaje. La palabra es nuestra morada: en ella nacimos y en ella moriremos”. ¿Así o más clarito? “Estamos hechos de palabras. Ellas son nuestra única realidad... No podemos escapar del lenguaje”. Una conceptualización muy próxima a la idea de matrix de quien acuñó el término ciberespacio, el novelista gringo-canadiense William Gibson (1948). En su cuento Burning Chrome (1982), Gibson llamó cyberspace a la mass consensual hallucination que resulta una red de computadoras. Años más tarde, en la tercera entrega de su trilogía Sprawl, la novela, Mona Lisa Overdrive (1988), el escritor cuenta: “No hay un dónde, allí. Sus dedos encontraron al azar un conmutador y fue catapultada al otro lado de la pared de estática, hacia la abigarrada inmensidad, el vacío nocional del ciberespacio, y la brillante retícula de la matriz se extendió a su alrededor como una jaula infinita”. Atrapados y sin alternativa para aprehender el mundo más que a través de las palabras. Irónico y consecuente, el propio Wittgenstein declaró alguna vez sobre su Tractatus…: “Es un libro que consta de dos partes: la aquí presentada y lo que no escribí. Justamente esa segunda parte es la más importante”.

Con todo, creo que debemos cuidarnos de no imponerle inconscientemente nuestro lenguaje −en particular estructuras narrativas, por muy bíblicas que sean− a la realidad, el primero bastante menos dinámico que la segunda. Ello deviene, a fuerzas, en preconcepciones y prejuicios. ¿Qué hacer? Creo que debemos al menos hacer un esfuerzo por sopesar qué tan adecuado o no es el lenguaje con el que aprehendemos el mundo, con el que nombramos y tratamos de ajustarnos a lo que estamos viviendo, y, además, intentar mantenerse en la conciencia de que la forma en que percibimos las cosas está siempre condicionada por nuestro lenguaje. Es decir, no es posible mirar más que a través de la ventana de Wittgenstein. No hay meta-lenguaje que la quite. Y a pesar de ello, dado que sólo tenemos esa venta, creo que hay que apostarle a un trabajo constante de redefinición, que ciertamente puede resultar agotador... La otra vía, no excluyente, es apostarle un poco más a lo “fenoménico” y desconfiar de entrada de las etiquetas. Entonces sí, como dictamina Paty, de 8 años, amor es besarse y abrazarse (lo malo es que la misma infanta agrega amor es decir ‘no’. ¡Ah, caray! ¿No qué? ¿No cómo, cuándo, dónde?).


Y obvio: todo esto que digo, ¡ay, jaulita!, también es lenguaje. Sigue estando dentro de la misma jaula. Por eso Murakami, quien es un mago escapista del lenguaje, suele declararse atrapado: las palabras no alcanzan, confiesa.

viernes, 9 de julio de 2010

El diablo suelto en México II

¡Cabal! –imagino que Payno respondería al ofrecimiento de diseñarle genéticamente nuevos paisanos, porque si de algo muestra hartazgo a lo largo de El Fistol del Diablo es de la nuestra absoluta incapacidad para ponernos de acuerdo. ¿O exagero? Contesta el narrador:

Es de tal manera singular y extraordinario el carácter de los mexicanos que cualquier cosa que se cuente de ellos, por rara que sea, no está lejos de la verdad.

¿A quiénes se refiere Payno cuando habla de “los mexicanos”? A una abstracción que para entonces apenas se estaba gestando, mucho gracias a obras como la suya.


La primera novela de Payno es el segundo gran mosaico narrativo de México –el primero, claro, se debe a Fernández de Lizardi, El Periquillo Sarniento (1816)–, y en ella el propósito de captar la dichosa mexicaneidad es evidente: los personajes no solamente desfilan encarnando los diversos fenotipos que Payno decanta de la realidad convulsa del México recién parido, sino que también se permiten la autodefinición:


Es menester que te convenzas de que tú y yo representamos perfectamente el carácter mexicano –le dice el capitán Manuel al joven Arturo–; somos charlatanes, versátiles, apasionados y apáticos aun en las cosas de propio interés; olvidamos con facilidad los agravios, sin perdonarlos, y no tenemos energía para llevar a cabo nuestras resoluciones.



Quien invoca


Manuel Payno nació novohispano, el 21 de junio de 1810 en la ciudad de México. Para entonces el cura Hidalgo había salido al campanario a gritar mueras a los gachupines. Cuando Manuelito era un mozuelo de 11 años, Iturbide y Guerrero pactan, abrazo mediante, la independencia de México. Muy viejo para los estándares de su generación, Payno moriría el 4 de septiembre de 1894. Vivió todos los jalones de identidad del México Independiente, para irse a morir en pleno Porfiriato. Fiel al perfil del literato mexicano decimonónico, Payno fue burócrata, militar, periodista, legislador y diplomático. Lapidario, Rafael Pérez Gay enfoca a Payno para retratarlo como “un escritor longevo, político astuto y chaquetero, liberal mañoso... y prosista atlético”.


Ignacio Manuel Altamirano –el primer cacique cultural de este país, José Luis Martínez dixit– no le regateó al autor de El fistol del diablo un destacadísimo lugar en los albores de la literatura mexicana, pero no dudó en pedir en el Congreso la pena de muerte para Payno, político veleta.



El diablo novelado


De 1845 a 1846, Payno publicó por entregas la primera versión de El fistol del diablo. Luego escribe otra novela, El hombre de la situación (1861), que jamás concluiría, y mucho después (1888-1891), poco antes de morir, su obra cumbre, Los bandidos de Río Frío.


El fistol del diablo –una obra que podríamos llamar costumbrista, de folletín y desde luego romántica– fue escrita a lo largo de casi medio siglo, en varias etapas: la primera hacia 1845, luego entre 1859 y 1860, en la que aumenta la primera y la estructura; en la tercera, 1872, hace cambios mínimos. En la cuarta y última, 1887, cambia el desenlace. En la versión definitiva, la novela termina con el relato del motín popular ocurrido en la ciudad de México el 16 de septiembre de 1847 contra el ejército invasor norteamericano.


El período que abarca El fistol del diablo va de la apoteosis de Antonio López de Santa Anna, cuando en febrero de 1844 se inaugura el teatro que llevaría su nombre, hasta la caída de la ciudad de México en manos de las tropas gringas, en septiembre de 1847. ¿Y qué ocurre a lo largo de sus muchas páginas? Carlos Monsiváis sale al quite: “El fistol del diablo es un diluvio de sucedidos calamitosos y trágicos, donde el Averno, muy bien representado, dirige el exterminio de los inocentes”. Y si bien las inocentes, porque casi todas son mujeres, son fácilmente identificables, resulta de una lectura panorámica que en realidad lo son todos, mexicanos y mexicanas. El gran orquestador, por supuesto, el diablo. El misterioso y omnipresente Rugeiro:


Vosotros creéis que soy un comerciante italiano, alemán o inglés, que vengo a cambiar a este país algodón, seda y baratijas, por oro y plata: que viajo, que me divierto, que fumo buenos puros y que me arrojo a los peligros..., que canto y bailo, que discurro sobre política y filosofía. ¿No es verdad que creéis todo esto? Pues es en lo aparente...


Vanidoso y protagónico, el mismo Maligno se encargará de darnos cuenta de quién es realmente:


... llamándome generalmente guerra civil, he recorrido desde Sonora hasta la Patagonia.


Ya en confianza, simplemente el monstruo de la anarquía.


La mirada costumbrista de Payno atrapó al México desarticulado que le tocó en desgracia, mientras que su pluma romántica le puso santo y seña al causante de la nacional desgracia: el desorden, la falta de acuerdos, los partidismos siempre por encima de toda causa común. ¿Te suena?

sábado, 3 de julio de 2010

El diablo suelto en México I

Exordio
Este 21 de junio se cumplió el bicentenario del natalicio de Manuel Payno (1810-1894), autor de novelas fundamentales de nuestra literatura, como El hombre de la situación y Los bandidos de Río Frío. Para conmemorarlo, recordemos al diablo...

Diablo con descuento
A estas alturas sería estúpido negarlo: el diablo existe. En la literatura universal, quien lo busque podrá encontrarlo a la vuelta de una legión de páginas. Aquí también, las letras mexicanas no le han escatimado espacios. Una de las primeras novelas escritas en este país lo recrea, le otorga nombre y voz: El fistol del diablo, de Payno, uno de esos libros que se citan mucho y se han leído poco –no es para menos, es un ladrillo de más de mil páginas–. La casualidad trajo a mis manos una edición más o menos reciente. Andaba perdiendo el tiempo en una librería; la causa todos la hemos sufrido con variantes despreciables: llegar a tiempo a una cita y tener que esperar casi media hora para que el o la impuntual aparezca con cara de lechuga romanita es una rutina que todos tenemos incrustada en los más recónditos confines de nuestra identidad nacional. Suspiras, ves el reloj y suspiras de nuevo antes de tirarte un clavado en las mesas de novedades, más por el morbo de corroborar que la gran mayoría de la escuálida minoría que conforman los lectores en México sigue consumiendo básicamente basura. Hojeaba, pues, manuales para hacerse rico sin necesidad de apellidarse Slim, recetarios de pasteles antiarrugas, ediciones de bolsillo de libros que tuve que comprar al doble de precio hace años, cuando entre los mostradores que albergaban los anzuelos más atractivos de las grandes editoriales, un hombre con barba de rabino llamó mi atención. ¿Manet? Sin ver sobre qué versaba, tomé el libro, busqué el dato en la página legal y mi ego se vio reconfortado: Retrato de Théodore Duret de Edouart Manet. Sí, uno de esos frívolos placeres con que uno vivifica la autoestima, y de los que el diablo se vale para tentarnos. Triunfador, iba a votar el librote en su lugar cuando la curiosidad me tentó... ¿Qué será este tabique?... El fistol del diablo de Manuel Payno (Editores Mexicanos Unidos, 2001).

Un diseño más bien simplón, pero bien impreso y sobre todo con una letra de puntaje suficiente como para no tener que echar mano de la lupa. Hasta ahí, dudaba, porque sí, con Los bandidos de Río Frío me había divertido como enano, pero a qué horas iba a leer tamaño novelón... Sin embargo, el diablo conoce a fondo a sus víctimas, nosotros, pobres mortales de economías emergentes en eterna emergencia: con etiqueta roja para que no quedara duda ahí estaba el porcentaje de descuento y luego el precio final, 120 pesitos. Total, que cuando al fin llegó la persona que esperaba me encontró con un enigmático paquetón bajo el brazo...


Clonar para hacer Patria
A medio aliento de una novela que comenzó a publicarse hace más de 150 años, habla el diablo; lo hace usando el nombre de Rugeiro: Los científicos dicen que el diamante es de carbono puro... Pero dime, ¿dónde está un científico que haya podido construir una pepita de naranja, para que del germen imperceptible que encierra pueda nacer un árbol frondoso que a su vez produzca millares de naranjas, cada una con una multitud de pepitas donde está el origen y la vida de otros tantos árboles? ¿Y así quieren medir su razón mezquina con la razón grande de Dios? Hoy, desde la perspectiva engreída del siglo XXI, podríamos contestarle al chamuco que para la Humanidad poco es el mar para echarnos un buche, porque su reto se quedó corto, qué decir corto, cortitito: olvídese de su dichosa pepita de naranja, no sólo ya logramos clonar una tierna Dolly, sino que el código genético del propio del ser humano está ya a nuestra merced. Sí, mi estimado don Manuel, el desafío que plantea Rugeiro en su novela ya ha sido superado: ahora la imaginación alucinada del hombre no proyecta campos infestados de frondosos naranjos, ¡qué va!, hoy pueden prospectarse verdaderas revoluciones artificiales a la Naturaleza: higiénicos perros genéticamente diseñados para que todo lo que coman lo procesen, de tal suerte que en el futuro ya no haya más patios que limpiar; deliciosos pistaches con cáscaras de papel de china; vacas que no paren de parir hamburguesas listas para el asador; mosquitos depresivos que se suiciden tan pronto uno los vea feo; hojas de lechuga en formato carta, legal y A4; o quizá, adivinando sus antojos, estimado don Manuel, mexicanos dispuestos a sumarse sin chistar a un proyecto de Nación único, federalista o centralista, liberal o conservador, colorado o carmesí, usted diga, pero eso sí, descuide, limpios al fin de esa fea manía de conspirar sin descanso, de criticar sin ton ni son.

jueves, 24 de junio de 2010

Mientras queda cuerda...

Soy un gato sin gracia y sin siete vidas.
Carlos Monsiváis


Debió de haber ocurrido a principios del año pasado (2009). Si mal no recuerdo, era un seminario sobre literatura mexicana del siglo XIX. Seguro el asunto sucedió en el Colegio de México. Seguro su participación era el plato fuerte del menú. Lo presentó un académico de pipa y guante, con hartas credenciales, me parece que el coordinador general del seminario, ¿o era coloquio? El tipo dio la bienvenida al público —casi todos profes del propio Colmex, investigadores de Filológicas, raza unamita— y enseguida, para comenzar a hablar del señorón al que todos queríamos escuchar, contó una anécdota: que hace muchos años, un hatajo de personas gravitó en torno a una misma idea, ciertamente sencilla pero bizarra y heroica aunque un tanto ingenua: que resultaba pertinente y a la larga relevante reunirse periódicamente para hablar seriamente de los ires y venires de las letras en México. Que durante aquella aventura y para aquella gente “hablar seriamente” en la práctica significaba llegar a proponer y defender textos cerrados, bien escritos y con carnita… Contó el docto presentador que luego de dos o tres sesiones —extraño: se juntaban en alguna sala del Castillo de Chapultepec— enmezclillado apareció por fin el Rey Gato, el más esperado y más temido de aquel grupo de contertulios. Narró que el monstruo anhelado llegó dando las buenas noches y después, mientras iniciaba la sesión, permaneció callado, enfrascado en sus papeles. No recuerdo si a quien le tocó abrir la ronda de lecturas fue al propio anecdotista o a un compañero suyo, pero para el caso da igual. Quien haya sido, el expositor comenzó sin sorpresas y por donde se debe: leyendo el título de su ponencia, y luego a lo que te truje: su disertación. Al terminar, el silencio cundió y todos los asistentes dirigieron su mirada al gran factótum, al mero mero: él no se hizo del rogar y procedió a lo que se le pedía, echar a la mesa su dictamen… Que dijo: “Su texto tiene un título espléndido…, pero después decae”. Y fue todo..., y ahí mismo terminó la anécdota. El presentador continuó entonces enunciando algunos de los datos curriculares más relevantes del ponente estrella, los títulos de algunos de sus libros, el agradecimiento y el beneplácito compartidos por su presencia... Fue entonces que Carlos Monsiváis (1938-2010) tomó la palabra: “Bueno, después de la presentación, esta ponencia va a decaer...”. Aplausos y risas, y como otras tantas veces él levantó la vista mostrando una expresión que a uno le resultaba difícil diferenciar entre complicidad y sorpresa...: ¡Ándenles, ríanse!... ¿Pero de qué se ríen? Después, congruente, se burló un rato de sí mismo, de nosotros, del país y, ya con la respiración muy entrecortada, comenzó a leer.

Terminada la intervención de Monsiváis —habló durante más de una hora sobre los hábitos de lectura de la naciente clase media urbana del México decimonónico—, yo aproveché la excursión al Colmex para meterme a buscar un título rejego en la librería del Fondo de Cultura Económica que está ahí. Varios minutos después, cuando ya estaba pagando, Monsi entró cargado de libros, cuadernos, papeles sueltos, folders... Venía solo; atrás había quedado la cauda de admiradores. Claro, de idiotas muy pero muy zoquetes hubiera sido no aprovechar aquella oportunidad.

Conversamos un rato sobre la novelística mexicana del XIX. Especuló sobre las maneras en que la raza pudo haber abierto un libro en este país en aquella época. Me pasó varios títulos. Aguijoneó con elegante sorna los usos y costumbres de los encuentros académicos de altos vuelos. Hablamos de novela histórica y de nuevo desplegó la enciclopedia que traía en la cabeza. Apabullante y generoso. “¿Entonces está usted estudiando la novela histórica del XIX?” Le hablé de Sierra O’Reilly y él claro, conocía su obra, incluso recordaba varios detalles relevantes de La hija del judío y de Un año en el hospital de San Lázaro, las dos novelas del yucateco. Amable y retórico: “Perdóneme, pero recuérdeme su nombre”. Por supuesto, más que recordárselo se lo dije; él no tenía la menor idea de con quién estaba hablando. “Ah, pero usted no es académico, es narrador, ¿no?” Increíble, el hombre había leído un par de libros míos ¡y los recordaba! Luego de platicar poco más de un cuarto de hora nos despedimos, salimos de la librería y recuerdo que, al final, me dijo: “Pues qué bueno que está estudiando las novelas de Sierra O’Reilly..., pero siga escribiendo cuento. O lo que sea, la cosa es seguir de tercos”. Mientras quede cuerda, seguir de tercos.

viernes, 18 de junio de 2010

Filibusteros

Pero si me dan a elegir entre todas las vidas yo escojo
la del pirata cojo con pata de palo, con parche en el ojo, con cara de malo,
el viejo truhán, capitán de un barco que tuviera por bandera
un par de tibias y una calavera.
Sabina

Anarquía, sol, océano y travesía, desmanes y parranda, mujeres en cada puerto, ron y rebeldía, aventura, tesoros y camaradería, fandango, quebranto de leyes... Desde mucho de que antes Jhonny Depp le copiara los moditos a Keith Richards para dar vida al capitán Jack Sparrow, el pirata encarna al héroe libertario. En las letras occidentales, las plumas de los románticos, gustosas, celebraron las hazañas de los maleantes del mar.


Walter Scott (1771-1832) publicó en 1821 The Pirate. Apenas un año después, el norteamericano James Fenimore Cooper (1789-1851) dio a conocer The Pilot: A Tale of the Sea. En Hispanoamérica, corresponde al porteño Vicente Fidel López (1815-1903), el mismo que escribió el Himno Nacional de Argentina, el crédito de ser el primer autor de una novela histórica con temática de piratería: La novia del hereje o la Inquisición en Lima, publicada originalmente en 1840 en un periódico chileno. La siguiente obra del meta-género en cuestión apreció en nuestro país; el pionero fue un yucateco, Justo Sierra O’Reilly (1814-1861), quien en 1841 publicó algunas narraciones históricas sobre piratas en el periódico que por entonces dirigía en Campeche, El Museo Yucateco.

Seguramente gracias a una iniciativa de Hernán Lara Zavala (†), en 2003 la UNAM, en su colección de relatos “Licenciado Vidriera”, publicó El filibustero, de Justo Sierra O’Reilly. Más allá de que por sí misma se trata de una narración divertida que bien merece deportar al averno aunque sea por un rato la tele, el cel, la radio, el iPod y demás chunches, el texto de don Justo es importante toda vez que inaugura el tema de la piratería en la narrativa mexicana.


¿Filibustero? La palabra entró al español a mediados del siglo XVII por vía del francés flibustier, que entonces se escribía fribustier. A su vez, el vocablo llegó al francés del inglés flibutor o frebetter. Aunque algunas fuentes indican que inglés es el origen (fly-boat, “barco que vuela” o quizá free-booter, “libre merodeador”), lo más probable es que se trate de alteraciones del holandés vrijbuiter, que significa pirata, en estricto sentido “el que se hace del botín libremente”. En efecto, la historia que cuenta Justo Sierra O’Reilly en El Filibustero se refiere a la incursión que Diego el Mulato, un afamado pirata que azolaba los fondeaderos coloniales españoles del Caribe durante la primera mitad del siglo XVII, hizo al puerto de Campeche en agosto de 1633. En una nota al título de su relato, el autor advierte: “Esta leyenda es toda histórica, casi hasta en sus más insignificantes circunstancias”. Ciertamente, Sierra O’Reilly basó su narración en los informes que el padre Diego López Cogolludo aporta en su Historia de la Provincia de Yucatán (Madrid, 1688) sobre el asalto al puerto de Campeche que comandó Diego el Mulato, también conocido como El Corsario y El Criollo de la Habana. Y el conocimiento que el doctor Sierra tenía de la obra historiográfica de Cogolludo no era poca cosa, toda vez que, entre los muchos trabajos que se le deben en tanto historiador, habría que resaltar la reedición que realizó del libro del religioso.

Hace poco la Universidad Veracruzana publicó El filibustero y otras historias de piratas, caballeros y nobles damas (2007), una antología de las narraciones breves de Justo Sierrra O’Reiily. La recopilación y edición, así como el texto introductorio, es trabajo de Manuel Sol. El libro incluye siete textos que sin duda fueron escritos por el padre de Justo Sierra Méndez (1848-1912), y dos más que, concuerdo con el dictamen de Manuel Sol, debemos considerar apenas como atribuibles a Sierra O’Reilly. Las seis primeras narraciones fueron publicadas originalmente en El Museo Yucateco, firmadas ya sea por “José Turrisa” o “J. Tomás Isurre Ara”, anagramas que don Justo empleaba como cándidos pseudónimos: “La tía Mariana”, “Los anteojos verdes”, “Doña Felipa de Zanabria”, “Antes que te cases, mira lo que haces”, “El filibustero” y “Los bandos de Valladolid”, la última inconclusa. El antepenúltimo relato incluido en la antología provienen de las páginas de El Registro Yucateco, el segundo periódico que dirigió Sierra O’Reilly: “El secreto del ajusticiado”. Finalmente, dos composiciones más que no podemos saber con certeza quién escribió, “Don Pablo de Vergara” y “Don Juan de Escobar”.

Hoy que los malosos están de moda, interesante resulta conocer el perfil de los piratas caribeños, aves de infortunio pero también agentes de cambio. En El Filibustero, don Justo describe a Diego el Mulato como un hombre dueño de unos ojos que “tenían un brillo indefinible, fascinador e insinuante; un brillo divino o acaso infernal”. El embeleso paradójico del mal.

viernes, 11 de junio de 2010

El poder del mapa

Bajo el sello editorial de Guilford Press, Denis Wood (Cleveland, 1945) acaba de publicar un lúcido ensayo: Rethinking the power of maps (NY, 2010). La idea central del libro de Wood —a quien, si de plantar etiquetas se trata, habría que ponerle las de cartógrafo, poeta, pintor, curador y académico—, es que la cartografía no es una representación de realidades espaciales, sino proposiciones. Dicho así suena sencillo, y seguramente lo es, pero las consecuencias de la afirmación no lo son tanto…

¿Qué es un mapa? La argumentación de Wood arranca lejos. Parte de que el poder es una medida de trabajo, y de que los mapas trabajan. Los mapas alcanzan logros, consiguen hacer cosas. Para ello, los mapas trabajan duro: los mapas sudan, se esfuerzan, se aplican a sí mismos. ¿Y qué persiguen con tanto esfuerzo? Fácil: a la reproducción incesante de la cultura que los produce.

¿Qué tipo de trabajo es el que realizan los mapas? Primero, el autor recuerda que el trabajo es la aplicación de una fuerza a través de determinada distancia, y que fuerza no es otra cosa que la acción ejercida por un cuerpo sobre otro para cambiar el estado, de movimiento o estática, de este último. Así, un mapa aplica fuerzas sociales para dar existencia a espacios socializados. ¿Cuáles son tales fuerzas? En última instancia, son las de los tribunales, las de la policía, las de los militares. En cualquier caso, son las de la autoridad, responde Wood. Al autorizar el estado en el que se encuentran los asuntos que mapean, la cartografía auxilia a concretar, reemplaza, sintetiza necesidades. Para hacerlo, un mapa apalanca palabras, engrana signos. Entonces, un mapa es un motor, es decir, una máquina que transforma energía en trabajo social:

energía → motor → trabajo
energía social → mapa → espacio social
energía social → mapa → orden social
energía social → mapa → conocimiento

¿Cómo es que un mapa convierte energía en trabajo? Relacionando cosas en el espacio, para convertirlas así en objetos geográficos. Los mapas logran ligas insertando en un plano de representación común proposiciones acerca del territorio. Dichas proposiciones revisten la siguiente forma: estas cosas, agrupadas en tales categorías seleccionadas, están donde los mapas señalan que están. Es decir, los mapas logran establecer vínculos, poniendo juntos elementos seleccionados en un plano común. He ahí el plano del mapa. Este plano con sus proposiciones es el mapa.

Las ligas entre los elementos que establece un mapa entran en el ámbito social como funciones discursivas. Afianzado en la teoría de la comunicación humana de Paul Watzlawick, Wood define una función discursiva como una forma que tienen las personas para, en una situación comunicacional dada, afectar la conducta de los demás. De ahí, el autor decanta la función pragmática del motor comunicacional llamado mapa: el hecho de que un mapa sea una función discursiva implica que tiene un rol en el discurso, en el lenguaje, que configura nuestro mundo. Si bien es cierto que hoy por hoy el rol que toma un mapa generalmente es descriptivo, también puede asumir otros: narrativo o interrogativo, contestatario o imperativo, etcétera. Ahora, el efecto descriptivo de los mapas incide en el comportamiento de las personas, vinculándolas entre sí a través del territorio que habitan. Por medio de la descripción en un plano común, los mapas vinculan al menos dos tipos de conductas: situaciones y cosas que queremos asociar a situaciones. El cartógrafo liga, conecta, asocia determinadas conductas entre sí describiéndolas en el plano común del mapa, por medio de descripciones referidas a determinados términos compartidos. En la medida en la que estas descripciones ligan, al mismo tiempo archivan, cosifican y proyectan nexos: “Estas dos cosas van juntas”, propone el mapa, y en consecuencia actuamos.

Una vez que el mapa ha sido publicado, se asume prácticamente como una descripción de la forma en que las cosas son realmente. Y si así son realmente, ¿qué sentido tiene resistirse? Entonces, el carácter proposicional se vuelve muy difícil de ver, se olvida. Luego, de la descripción de situaciones y ligas, el paso al conocimiento es directo: “Estas dos cosas van juntas”, propone el mapa, y como consecuencia se saben dos cosas… y una tercera (la liga misma).

En suma, Denis Woods opina que la forma más fácil de liberar el poder de un mapa sería mantener consciente el hecho de que los mapas son proposiciones. Mientras que concebimos a los mapas como representaciones, nuestra imaginación se mantendrá encadenada al prejuicio de la imagen preconcebida, según la cual el mundo es como se muestra en los mapas y no en los espejos. Invariablemente, esta imagen es inadecuada, inexacta, reducida necesariamente, a menudo falsa, y siempre esclava de los intereses dominantes.

Trazar mapas de acuerdo a esta idea, confirma su autoridad. Una conclusión me brinca, obvia: si queremos cambiar realidades, bien valdría remapearlas. Y como siempre, si no lo puedes imaginar, no lo mereces.