Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 9 de septiembre de 2017

El unicornio y las serpientes

Giulia, hermana menor de Alessandro Farnese, fue la amante más famosa de Rodrigo Borgia, el valenciano que, vuelto Alejandro VI, asumió el Papado de 1492 a 1503. Usando el nombre de Paulo III, a Alessandro también le tocaría ocupar la silla de San Pedro, posición desde la que tendría a bien decretar, el 2 de junio de 1537, la bula Sublimis Deus, en la cual la Iglesia católica reconocía que todos los indios del Nuevo Mundo eran “hombres verdaderos, dotados de alma”, y por ello capaces de vivir en libertad, aunque, establecía “que dichos indios y demás gentes deben ser invitados a abrazar la fe de Cristo a través de la predicación de la Palabra de Dios…” Libres eran, pero que había que meterlos al rebaño.

13 días después de la promulgación de la bula Sublimis Deus, nació Dieguito Durán, en Sevilla. Más o menos seis años después el infante tuvo que haber sido trepado a un barco, puesto que por su recuerdo y propia pluma sabemos que vino a mudar de dentaduras en Texcoco. El chaval llegó con su familia a la naciente Nueva España, y acá se quedó. A los 19 años profesó en el Convento Imperial de Santo Domingo de México, en Temixtitan; ya dominico, se dedicó a evangelizar indios a marchas forzadas. A diferencia de la mayoría de los predicadores ultramarinos, el padre Durán partió de la idea de que para “invitar a abrazar la fe de Cristo” a las gentes de estas tierras, esto es, para cambiarles las creencias, primero era menester averiguar la manera previa que tenían de entenderse en el mundo. Adentrarse en la cosmovisión de los otros nunca es fácil, sobre todo sin la llave maestra, así que, nada maje, Diego aprendió náhuatl. Después de haber pasado unos veinte años en Oaxaca, fue nombrado vicario de una iglesia construida en la ladera sur del Popocatépetl, en Hueyapan; fue ahí en donde, según Agustín Dávila —Historia de la Provincia de Santiago de México—, fray Durán se entregó a la escritura de dos libros: “uno de historia y uno de antiguallas de los indios mexicanos”. 

El primero, titulado Historia de las Indias de N. E. y islas de Tierra Firme, permaneció inédito durante casi trescientos años —debió de haber sido redactado alrededor de 1581—, hasta que el mexicano José F. Ramírez realizó en 1867 la edición príncipe. Según puedo leer en el facsímil digital puesto en línea por la Biblioteca Virtual Cervantes, fray Diego Durán cuenta que el segundo arzobispo de México, el lojeño también dominico Alonso de Montúfar, tomó una medida totalmente opuesta a lo que en buena parte de Europa era la tendencia renacentista: mientras allá se desenterraban obras de arte grecolatinas, acá el santo varón ordenó un enterramiento:
… el rey de México Axayácatl… estaba ocupado en labrar la piedra famosa y grande, muy labrada, donde estaban esculpidas las figuras de los meses y años, días y semanas, con tanta curiosidad que era cosa de ver, la cual piedra muchos vimos y alcanzamos en la plaza grande, junto a la acequia, la cual mandó enterrar el Ilmmo. y Rmo. Señor Don fray Alonso de Montufar, dignísimo arzobispo de México de feliz memoria, por los grandes delitos que sobre ella se cometían de muertes.
La “plaza grande” que mienta Durán no es otra que la que actualmente llamamos Plaza de la Constitución, y “la piedra famosa y grande”, la Piedra del Sol; es decir, lo que vox populi se conoce como Zócalo y Calendario Azteca, respectivamente.

El monolito de basalto permaneció sepultado en el corazón simbólico de México hasta que, siendo virrey de la Nueva España el cubano Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla y Horcasitas, a finales del siglo XVIII, algunos albañiles al mando de José Cosme Damián Ortiz de Castro, arquitecto coatepecano, toparon con él…  En su Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la plaza principal de México, se hallaron en ella en el año de 1790, el sabio novohispano Antonio de León y Gama (1735-1802) relata:
Con ocasión… de haberse mandado por el gobierno que se igualase y empedrase la Plaza mayor, y que se hiciesen tarjeas para conducir las aguas por canales subterráneos; estando excavando… el mes de agosto del año inmediato de 1790 se encontró, a muy corta distancia de la superficie de la tierra, una estatua curiosamente labrada en piedra de extraña magnitud, que representa uno de los ídolos que adoraban los indios en tiempos de su gentilidad. Pocos meses habían pasado cuando se halló la otra piedra, mucho mayor de la que antecede, a corta distancia de ella… Sacadas ambas, se condujo la primera a la real universidad, y la segunda se mantuvo algún tiempo en el mismo lugar donde se halló [¡claro, pesa casi 25 toneladas!]; pero ya en su natural situación vertical, pudiendo así registrarse con facilidad todo lo que hay en ella gravado. Luego que yo la vi, quedé lleno de gusto, por haber hallado en ella testimonio fiel que comprobaba lo que a costa de tantos trabajos y estudio tenía escrito sobre el sistema de calendarios mexicanos…
Por la estatua desenterrada podemos conocer las facciones de Coatlicue, la mismísima mamá de Huitzilopochtli, el colibrí zurdo. En cambio, quizá el bello rostro de Giulia Farnese se haya perdido para siempre…, a menos de que, en efecto, tengan razón quienes suponen que es ella la joven que Rafael retrató (1505-1506) en un cuadro en el que se fusiló la composición de la Mona Lisa de Leonardo. La Coatlicue aparece representada con una falda de serpientes, la bella ragazza cargando un unicornio.

sábado, 2 de septiembre de 2017

El fin de la CDMX IV

En las postrimerías del siglo XVI, un tal Cristóbal del Castillo, vecino de la naciente ciudad novohispana de Temixtitan —como lo escribía Cortés—, apuntaba:
Ya hemos dicho de qué suerte se les hizo guerra a los mexicanos a quienes quitaron la vida los españoles, y que no hicieron aprecio de la ida de éstos, y sólo lo que decían era que se habían ido a Tlascala, no se supo si acaso fueron a hacer alguna guerra, y si solamente fueron a guerrear con el fin de amedrentar a las gentes para que los llamaran conquistadores; lo cierto es que no fueron en todas partes inmortales en la guerra: porque todos ciudadanos entraron juntos con ellos por causa del engaño de los mexicanos, porque este engaño lo tomaron todos los vecinos de los contornos para abandonar a los mexicanos cuando estaban los españoles en México. Ningunos ciudadanos los ayudaron a los mexicanos por causa del odio que les tenían.
El relato plantea la caída del Imperio Mexica como producto de una venganza de todos los pueblos aledaños. ¿Quién fue este relator? Adelantemos que no llegó con las huestes provenientes de España, y que, cuando nació, a Cristóbal del Castillo le debieron de haber puesto otro nombre, uno en náhuatl, su lengua materna. 

Tengo aquí una alhaja. Publicado en 1908 en la tipográfica de Salvador Landi, en Florencia, Italia, el libro ostenta un título grandilocuente que conviene transcribir: Fragmentos de la obra general sobre Historia de los Mexicanos escrita en lengua náuatl por Cristóbal del Castillo a finales del siglo XVI, y enseguida de una pleca, en la propia portada el crédito a quien debemos el rescate y la ocasión del tiraje: los tradujo al castellano Francisco del Paso y Troncoso / Director en misión del Museo Nacional de México / en homenaje al XVI Congreso Internacional de Americanistas / que se reunirá en Viena / del 9 al 14 de septiembre de 1908. Pese a su condición de vetusto, puedo pasar sus páginas sin apuro ni cuidados, porque mi ejemplar es una copia digital del que tiene resguardado la biblioteca de la Universidad de Texas en Austin. En su texto introductorio, don Francisco de Borja del Paso y Troncoso (1842-1916) afirma que, con certeza, sólo sabemos que el referido don Cristóbal falleció “octogenario” en 1606, y apoyándose en lo que antes ya había inducido otro erudito, Antonio de León y Gama (1735-1802), sostiene que “pudo ver la primera luz en 1519 o antes”. A partir de ello ya no es necesario darle mucha vuelta a la cuestión del origen étnico de Cristóbal del Castillo: Del Paso y Troncoso cree que quienes sostuvieron que el cronista fue mestizo —como el padre Clavigero— erraron, puesto que el personaje “fue indio de raza pura”. Si la cronología no fuera prueba suficiente, argumenta que basta considerar “la elegancia y pureza de la lengua mexicana escrita por Castillo”, y argumenta: “los mestizos, nacidos de madre india, se reputaban españoles mejor que indios, y si no abandonaban completamente la lengua materna, se explicaban más bien por la lengua del padre”. Ahora, si era indígena, ¿de dónde? ¿Tenochca? El mismo Cristóbal cuenta que “sus padres y abuelos eran tezcucanos”, aunque en una declaración suya que se conserva se llamó a sí mismo “historiador mexicano”. ¿Qué puede colegiarse? Del Paso y Troncoso propone: “todo se puede conciliar admitiendo que procediera de un connubio entre personas de una y otra ciudad [Texcoco y México-Tenochtitlán], o que, siendo tezcucanos los genitores, haya él nacido en la metrópoli mexicana”. Nativo de Texcoco o de la capital del Imperio Mexica, cuando se refiere a los mexicanos Cristóbal Castillo habla de un ellos y no de un nosotros, y se ocupa en dejar testimonio de que los pueblos vecinos les tenían harta ojeriza. Mientras que al final ya solamente peleaban los tlatelolcas codo a codo con los mexicas, el capitán Malinche traía como aliados a guerreros de Tlaxcala, Huexotzinco, Cholula, Chalco, Acolhuacán, Cuauhnáhuac, Cuitláhuac, Mizquic, Coyoacán, Culhuacán y Xochimilco, cuya fuerza naval fue crucial durante el sitio: “Por todos los rumbos nos cercaban los de Xochimilco en sus barcas” —rescata Miguel León Portilla del Códice Florentino en su Visión de los vencidos—. Con todo, el último tlatoani mexica, Cuauhtémoc, sería apresado por los españoles al menos junto a dos jerarcas indios, según puede leerse en la VII relación de Chimalpain: Oquiztzin, señor de Azcapotzalco, y Panitzin, señor de Ecatepec.


Actualmente Ecatepec es un municipio del Estado de México y Xochimilco una de las delegaciones de capital de la República; el primero se encuentra al norte del centro histórico de la Ciudad de México y la segunda al sur. La distancia que media entre ambas comarcas, unos 26 kilómetros, puede hoy transitarse, casi en línea recta, por el Eje 3 Oriente, el cual atraviesa de norte a sur el oriente de la mancha urbana de la Ciudad de México. En el septentrión, en la frontera con Ecatepec, comienza en la esquina de Ing. Eduardo Molina y Río de los Remedios. En el sur, en las inmediaciones de los embarcaderos de Xochimilco, en Cafetales esquina con Periférico Sur. En efecto, el Eje 3 Oriente va cambiando de nomenclatura: primero se llama Eduardo Molina, luego corre por un pequeño tramo de la calzada Ignacio Zaragoza, y luego, antes de convertirse en Avenida Arneses, después Cafetales, lleva el nombre de un gran estudioso del pasado prehispánico de este país: Francisco del Paso y Troncoso.

sábado, 26 de agosto de 2017

El fin de la CDMX III


Es imposible encontrar un día en el calendario dedicado a festejar a la CDMX. No existe una fecha determinada en la que conmemoremos la fundación de la entrañable e insufrible Ciudad de México. Si realmente sintiéramos algún tipo de continuidad respecto a Tenochtitlán, hace unas semanas deberíamos haber celebrado 692 años de existencia; independientemente de la precisión de la que adolece la efeméride, bien podríamos dar por bueno el 20 de junio —los Anales de Tlatelolco señalan el día 1 cipactli de 1325— o cualquier otro día —en su Calendario Cívico 2017, la SEP formaliza que el 13 de marzo de 1325 “Al terminar su peregrinación, los mexicas inician la construcción de lo que sería la Gran Tenochtitlan”, haciendo suyo el dato que aporta Tezozómoc en su Crónica Mexicáyotl—… Pero no: la CDMX no tiene aniversario.

Exceptuando el bachillerato, desde el jardín de niños hasta el doctorado, toda mi formación se la debo a escuelas públicas. Siendo un párvulo, me tocó disfrazarme de pastorcito para conmemorar el natalicio del zapoteca que llegaría a Benemérito de las Américas, honrar el arrojo del Pipila cruzando medio patio con un pedazo de unicel pintado sobre la espalda y hasta ponerme un sombrero descomunal y pegarme unos bigotes zapatistas algún 20 de noviembre, pero nunca participé ni fui testigo de un montaje que recreara el encuentro del islote en el que, encima de un nopal, un águila devoraba a una serpiente. Cursé la primaria durante el sexenio de Echeverría; entonces, el nacionalismo mexicano posrevolucionario presentaba apenas unas leves abolladuras, así que durante los años que pasé en la escuela Profesora María Luisa Calderón Ponce fui obligado a hacer el ridículo en innumerables festivales folclóricos, a gritar “¡Murió por la Patria!” en el pase de lista de los Niños Héroes, a tomar parte varias ocasiones en la batalla de Puebla —unas veces de zacapoaxtla, otras de francés—, a honrar la valentía de Lázaro Cárdenas cuando enfrentó a las compañías petroleras, a participar en una que otra entrada triunfal del Ejército Trigarante y a salir con una mano envuelta en trapos para caracterizar al general Obregón, por no mencionar incontables intervenciones en cantos, bailables, recitales y sketchs organizados para ensalzar héroes y exaltar ciertos episodios de la Independencia, la Reforma y la Revolución Mexicana. Para la SEP, toda nuestra historia cabía perfectamente en esas tres gestas… En cuanto al período prehispánico, que yo recuerde, no pasábamos de evocar algunas mañanas de nublados melancólicos el infausto amor de Romeo-Popocatépetl y Julieta-Iztaccíhuatl, de admirar la precisión del calendario azteca y de declamar algunos versos del rey-poeta Nezahualcóyotl —Amo el canto del zenzontle, pájaro de cuatrocientas voces… etcétera, etcétera…, pero más amo a mi hermano: ¡el hombre!—… Algo era algo… Pero de la Conquista, nada: a ningún vecino de banca se le encomendó jamás personificar al maquiavélico Hernán Cortés que nos engañó haciéndose pasar por Quetzalcóatl, cuantimenos a compañerita alguna le tocó interpretar a la pérfida Malinche y nadie tuvo que memorizar palabras atribuidas a Moctezuma Xocoyotzin… Nada… o casi nada, porque ahora que lo pienso los atormentados pies de Cuauhtémoc salían a colación frecuentemente  —¿O ustedes creen que yo estoy en un lecho de rosas?, rebatían las maestras a la menor provocación—. El punto es que acerca de la debacle de México-Tenochtitlán jamás nos contaron gran cosa. El consabido Cuando-nos-conquistaron-los-españoles… era nada más el introito para justificar el ¡Mueran-los-gachupines! del cura Hidalgo.

“Respecto a la historia de las civilizaciones indígenas de México anteriores a la Conquista, los prejuicios son tan numerosos y grandes, que han contribuido a hacer del interesante pasado prehispánico una relación errónea, fantástica e inadmisible…”, acusaba en su libro Forjando Patria (Porrúa, 1916) Manuel Gamio (1883-1960), entonces Inspector General de Monumentos Arqueológicos de la República y uno de los ideólogos del nuevo nacionalismo. Mi primaria está justo frente al parque Manuel Gamio, en la Banjidal, una colonia ubicada al noroeste de Iztapalapa. Una de las muchas cosas que no me contaron en la primaria sobre la devastación del Imperio Mexica fue que “los pueblos de las chinampas, los de Xochimilco, Churubusco, Mexicaltzingo, Míxquic, Iztapalapa y Coyoacán, que al principio combatieron… a los españoles, y al comienzo del sitio [de Tenochtitlán] continuaban ayudando a la ciudad, acabaron también por darle la espalda y ofrecerse como aliados de los invasores y luchar contra los sitiados” —relata José Luis Martínez en su extraordinario libro Hernán Cortés—. Cuando los españoles y sus aliados llegaron a la Gran Tenochtitlán —noviembre de 1519—, Iztapalapa era gobernado por un hermano de Moctezuma, Cuitláhuac, el mismo que meses más tarde lo sucedería luego de que su pueblo lo matara a pedradas —29/VI/1520—. Cuitláhuac fue el gran tlatoani mexica solamente durante cinco meses —murió de viruela el 25 de noviembre del siguiente año—.
Al arrancar 1521, la rebelión indígena sobre la que venía trepado Cortés ya era un tsunami —contaba no sólo con los guerreros de Tlaxcala, Hujeotzingo, Cholula y Chalco, incluso algunos de Texcoco se había levantado— que, inmisericorde, caería sobre la enferma, famélica y sedienta capital mexica. Se estima que el último tlatoani, el imberbe Cuauhtémoc, logró reunir junto con Tetlepanquétzal, señor de Tacuba-Tlatelolco, y el texcocano Coanócoch, unos trescientos mil hombres. La defensa fue aguerrida, heroica y suicida. A finales de mayo, después de que Cortés logra segar el paso de agua dulce por el acueducto de Chapultepec, el fin de ciudad de los antiguos mexicanos se precipitó… El 13 de agosto de 1521 la CDMX mexica dejaría de existir. Y, por cierto, ese hecho tampoco lo conmemora ya nadie.

martes, 15 de agosto de 2017

El fin de la CDMX II

novedad de hoy y ruina de pasado mañana, enterrada y resucitada cada día
Octavio Paz*


Decrépita y zagala, la avejentada y diligente, la siempre nueva y cada vez más artrítica, la irreconocible e inconfundible Ciudad de México no ha dejado de mutar desde que, atendiendo las instrucciones que le giró en sueños un terrible dios furibundo disfrazado de colibrí, el guía de un hatajo de parias desposeídos y apestados declaró que entonces era por fin el momento de dar por terminado su peregrinaje, y ahí el lugar para comenzar hacer patria: justo encima y a partir de aquel islote sobre el cual un águila posada en un tunal grande y coposo se estaba despachando a una serpiente. Huitzilopochtli les había cumplido.
Pronto va a ser cosa de siete siglos que esto sucedió: de acuerdo al Códice mendocino, en el año II calli, 1325 en el calendario cristiano. Habían transcurrido cuatro ciclos de 52 años desde que partieron de Aztlán los aztecas, quienes luego se llamaron a sí mismos mexicas. La ubicación geográfica precisa del origen norteño de aquel pueblo nahuatlaca es incierta, no así la ironía toponímica con que la memoria y la suerte suelen divertirse: “El Aztlán de los viejos mexicanos, el que hoy llaman Nuevo México”, según dejó escrito don Fernando Alvarado Tezozómoc (c. 1520-1610) en su Crónica mexicáyotl.



la ciudad que nos sueña a todos y que todos hacemos y deshacemos y rehacemos mientras soñamos,
la ciudad que todos soñamos y que cambia sin cesar mientras la soñamos

Octavio Paz


En aquel remoto comienzo, la ciudad era muy muy poco, pero algo mucho más que nada, porque siendo apenas una promesa de futuro rodeada de agua ya tenía un nombre magnífico: como los agarró dormidos, fue el mismísimo Huitzilopochtli quien decidió y a través de un sueño ordenó: “le pongo por nombre Tenuchtitlan”. Así lo narra la Relación del origen de los indios que habitan en la Nueva España según sus historias, en la que se reitera, ¡faltaba más!: “Este nombre tiene hasta hoy esta Ciudad de México, la cual en cuanto fue poblada por los mexicanos se llamó México, que quiere decir ‘Lugar de los mexicanos’”. 

hablo de la ciudad, pastora de siglos, madre que nos engendra
y nos devora, nos inventa y nos olvida
Octavio Paz


La fundación de México-Tenochtitlán -que pudo haber acaecido el 18 de julio de 1327 (Góngora) o nueve años atrás (Anales de Cuauhtitlán) o entre 1314 y 1332 (Códice Vaticano) o el 20 de junio de 1325 (Anales de Tlatelolco)- fue la segunda fundación de México. Los mexicas antes ya habían fundado en falso otro México. La primera ciudad de México, la celeste, fue establecida en Coatepéc, un cerro cercano a Tula. A principios de este siglo XXI, los arqueólogos Eduardo Gelo del Toro y Fernando López Aguilar lograron probar que el mítico cerro de Coatepéc se encuentra en el Valle del Mezquital, en donde todavía hoy en las comunidades que habitan en las cercanías del cerro actualmente conocido como Hualtepec perdura la tradición oral de que “allí iba a ser México”. Pero por un enojo de Huitzilopochtli que no viene a cuento detallar aquí, aquel México llegaría a su fin porque habría de ser secado, de tal suerte que los mexicas tuvieron que abandonarlo para andar a salto de mata otra vez durante otros años, hasta que hallaron el susodicho islote con el nopal en el que el ave de rapiña devoraba a una serpiente. El segundo México fue fundado con un segundo nombre: Tenochtitlán…
Luego, poco menos de doscientos años después, el Imperio Mexica dejaría de existir: “El prendimiento de Cuauhtémoc, último señor de México-Tenochtitlán, y el fin del imperio de los culúas o tenochcas o mexicas o aztecas ocurrió la tarde del martes 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito…” (Hernán Cortés, José Luis Martínez). Al último Huey Tlatoani de México-Tenochtitlán lo atraparon en el agua, cunado la canoa en la que trataba de escapar con su familia fue alcanzada por el bergantín piloteado por un español de apellidos García Holguin.



estamos en la ciudad, no podemos salir de ella sin caer en otra,
idéntica aunque sea distinta
Octavio Paz


Cortés y sus aliados indígenas aniquilaron a los mexicas: la población fue exterminada y México-Tenochtitlán destruida. La ciudad dejaría de existir como hasta entonces se conocía. Una vez sitiada la ciudad, para ir cerrando el cerco, Cortés optó por un estratagema con el que fue devastando poco a poco la capital tenochca: “Cada día era un combate, y aunque la ventaja quedaba siempre para los españoles, teniendo que volver a sus campamentos por la noche, la actividad de los mexicanos reparaba… y levantaba nuevos parapetos, con lo que se encontraban los sitiadores en la necesidad de recomenzar cada día la misma obra. Visto esto determinó Cortés establecerse en la ciudad, a medida que… avanzase, y para esto destruir los edificios y cegar las acequias con los escombros…” -relata Lucas Alamán en sus Disertaciones sobre la Historia de la República Mexicana (1844)- “Los auxiliares de los españoles trabajaban con empeño en esta obra de desolación, y los mexicanos viéndolos desde sus trincheras les gritaban: ‘Tirad, tirad nuestras casas; si nosotros venciéremos tendréis que reedificarlas para nosotros, y si el triunfo fuere de los españoles, las levantareis para ellos’”. Y así sería: manos indígenas habrían de erigir la nueva ciudad de México-Tenochtitlán, la novohispana.



* Tomo todos los versos del poema “Hablo de la ciudad”, publicado por Octavio Paz en la edición de septiembre de 1986 de la revista Vuelta.

viernes, 4 de agosto de 2017

El fin de la CDMX I


“El fin de la Ciudad de México”… ¡Vaya título el que Héctor de Mauleón le puso a su columna del miércoles pasado! El tremendismo, claro, surtió efecto. En Twitter fue profusamente circulada, y ya antes del atípico chaparrón de todas las tardes, varias personas me habían recomendado que la leyera. ¡Pues claro!, si el horno no está para bollos: dicho en corto, la flamante CDMX está para llorar. Antes de que comenzaran las lluvias, la contaminación era una catástrofe cotidiana… Y ya que Tláloc se decidió, las trombas, granizadas e inundaciones son azote una tarde en Indios Verdes y al día siguiente en Coapa... Irónicamente, la falta de agua es una mancha que se expande día a día. En cuanto a movilidad, el diagnóstico es anquilosamiento crónico por arteriosclerosis de vías primarias; hay periplos a lo largo de tres cuadras que pueden durar dos horas, las vialidades son hábitat de tianguismo, y desde hace ya al menos un par de años estrenamos los embotellamientos de media noche: aquí el colapso es siempre inminente y el parque vehicular sigue creciendo. Moverse en bicicleta resulta una irresponsabilidad de alto riesgo y el transporte público es un horror, un desafío a las Moiras, el volado vital de todos los días… Robos, asesinatos, violencia callejera… hacen que la seguridad pública sea un fantasma en el que ya nadie en su sano juicio puede creer…
La precarización salvaje del mercado laboral atiza la epidemia de la informalidad. Comercios y servicios se achangarran, los puestos brotan como hongos, el ambulantaje pulula… Luminarias averiadas, baches, coladeras destapadas, basura en las calles, sobrepoblación de perros bravos y cagones… ¿A todo eso se refire De Mauleón? No, ni a nada de esto ni a un sismo venidero… El periodista se enfoca en la expansión de la mancha urbana chilanga: “La tendencia de crecimiento de la Ciudad de México anuncia un futuro de horror. En los próximos 13 años la mancha urbana se seguirá expandiendo…” A partir de su lectura de Tendencias territoriales determinantes del futuro de la Ciudad de México (Centro de Investigación en Geografía y Geomática “Ing. Jorge L. Tamayo” y gobierno de la CDMX, 2016), el columnista resume: “Según el estudio, la Ciudad de México dejará de existir como la conocemos”. La aseveración, así, descontextualizada —aunque también con todo el contexto que usted quiera— es indiscutible: efectivamente, en unos años la Ciudad de México como la conocemos dejará de existir…, aunque también el mes que entra, es más desde mañana mismo dejará de existir como la conocemos, aunque no nos percatemos cabalmente de ello…
Y no sólo la Ciudad de México, también la ciudad de Aguascalientes y Ciudad Acuña y Ciudad Victoria y Celaya, Nueva York y París y Tokio y Roma y Atenas…, todas, porque ninguna permanece inmutable. Un ejemplo: Selçuk, Turquía, ciudad en el que, aunque entonces se llamaba de otra manera, nació hace 2,552 años un tal Heráclito, a quien en vida apodaron el Oscuro —porque “hablaba en términos enigmáticos, cantando como un gallo e injuriando al pueblo”, según su coetáneo Timón (Rodolfo Mondolfo, Heráclito: textos y problemas de su interpretación. Siglo XXI, 1981)—. Como bien se sabe, Heráclito nació en Éfeso, una polis griega localizada en la península de Anatolia, en las proximidades del mar Egeo. Como otros muchos asentamientos de la Antigüedad, Éfeso no fue fundada, sino más bien rebautizada: Apasa se llamó primeramente, o al menos hasta donde los testimonios históricos alcanzan a informar —el registro arqueológico echa la mirada hasta el Neolítico—, mientras fue capital del reino hitita de Arzawa —siglo XIV a. C.—. En el amanecer mítico de Éfeso, se puede creer que la ciudad fue establecida por las Amazonas o bien por el rey Androloco. En cambio la historiografía dicta que la presencia griega comenzó en el período micénico (1500–1400 a. C.), con la llegada a Asia Menor de los aqueos. Siglos más tarde, s. VI a. C., los griegos, tanto los jónicos como los eolios, serían sometidos por el reinado de Lidia, después por los persas para ser parte del imperio aqueménida, y enseguida recuperada por los griegos del otro lado del mar, para ser incorporada a la Liga de Delos, aunque apenas unas décadas porque luego sería recuperada otra vez por los persas, a quienes expulsó Alejandro Magno —él entró a la ciudad en 334 a. C.—, para integrar la polis al imperio macedonio. Continuaría varios siglos en el mundo helenístico, primero, bajo el control seleúcida y después ptolemaico. Pasó entonces con Éfeso lo que correspondía: fue posesión del imperio romano. En 262 fue invadida por los fieros godos y casi destruida por completo. Reconstruida, Éfeso sería luego bizantina y posteriormente otomana —entonces hasta cambió de nombre: Ayaslug—… Hoy se encuentra en la República de Turquía, en la provincia de Esmirna. Pues según Platón, Heráclito de Éfeso declaró que “no se puede entrar dos veces en el mismo río” (Crátilo, 402a), aunque al parecer lo que escribió el Oscuro fue lo siguiente: “en los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]”. Ambas versiones vienen a cuento: uno no puede deambular dos veces por la misma ciudad…, porque uno no permanece el mismo y porque la ciudad cambia, y aunque no cambiara sería distinta por el puro hecho de que quienes la habitan y transitan no paran de mutar. La ciudad, cualquier ciudad, dejará de existir como la conocemos…, ineludiblemente. 

viernes, 28 de julio de 2017

Gadgets y hartura

A JAIR, por la recomendación.


El 16 de agosto de 1964, Isaac Asimov (1920-1992) publicó algunas predicciones en The New York Times. En una nota que tituló Visit to the World's Fair of 2014, el escritor norteamericano nacido en suelo soviético daba a conocer cómo imaginaba que sería el mundo medio siglo después. En general, apostaba porque los artilugios tecnológicos —curiosamente empleaba el vocablo gadgetry, es decir, un montón de gadgets— “continuarán descargando a la humanidad del trabajo tedioso”. Y aunque entre tedio y aburrimiento hay una relación de sinonimia casi perfecta, Asimov alertaba: “La humanidad sufrirá gravemente de la enfermedad del aburrimiento...” Pronosticaba, pues, una paradoja: que en el futuro la tecnología aminoraría el tedio y que el futuro sería aburrido. El bioquímico y autor de cientos de libros de ciencia ficción y de divulgación científica, a todas luces, le dio en el clavo…  Eso sí: no fue el primero en atisbar lo que se nos venía encima.

Gracias a la película de Carlos Carrera con guion de Vicente Leñero, es muy famoso el argumento de la novela O Crime do Padre Amaro; sin embargo, su autor es poco conocido en México:
José Maria Eça de Queirós, a quien, si tuviéramos que guardarlo en un cajón, habría que echarlo en uno con el rótulo “REALISMO NATURALISMO DECIMONÓNICO”. El escritor, quien nació junto al mar, en la ciudad portuguesa de Póvoa de Varzim (1845), ha sido valorado como el mejor novelista de su país, laurel que seguramente nadie le escatimaría hasta hoy de no haber transitado por este mundo un tal José Saramago. La cortedad de su vida —la tuberculosis lo mató antes de que cumpliera 55 años— no impidió que Eça de Queirós publicara un buen bonche de novelas, relatos y crónicas. Acabo de leer un volumen en el que se compilan todas sus narraciones breves, Cuentos completos (Siruela, 2004). Entre las 17 historias incluidas, Civilização —inicialmente publicado por entregas durante octubre de 1892 en el diario Gazeta de Notícias de Río de Janeiro—, un magnífico cuento que sería la semilla de la novela A cidade e as serras, publicada en forma póstuma en 1901. El protagonista, un afortunado:
Un lindo río, murmurante y transparente, con un lecho muy liso de arena muy blanca, reflejando apenas pedazos lustrosos de un cielo de verano o ramajes siempre verdes y de buen aroma, no ofrecería, a aquel que lo descendiese en una barca llena de almohadones y de champán helado, más dulzura y facilidades de las que la vida ofrecería a mi camarada Jacinto.
Acaudalado, rodeado de amigos y bienaventurado en amores, el hombre era, según el narrador de la historia, “el más complejamente civilizado, o, mejor dicho, aquel que se había provisto de la más vasta suma de civilización material, ornamental e intelectual”. Vivía en un palacio, estudiaba las enseñanzas filosóficas de Shopenhauer, organizaba tertulias y disponía de una opulenta biblioteca —25 mil volúmenes con “todas las obras esenciales de la inteligencia… e incluso de la estupidez”—. La descripción que hace Eça de Queirós del “gabinete de trabajo” de Jacinto, el corazón de la morada, no se acoquina frente a los textos más imaginativos de Julio Verne:
Su silla, grave y abacial, de cuero…, alrededor de ella pendían numerosos tubos acústicos, que… parecían serpientes adormecidas y suspensas en un viejo muro de finca. ¡Nunca recuerdo sin asombro su mesa, toda recubierta de sagaces y sutiles instrumentos para cortar papel, numerar páginas, pegar estampillas, afilar lápices, raspar enmiendas, imprimir fechas, derretir lacre, encintar documentos, sellar cuentas! Unos de níquel, unos de acero, relucientes y fríos… Él consideraba que todos eran indispensables…, así como los treinta y cinco diccionarios, y los manuales, y las enciclopedias, y las guías, y los directorios, atestando una estantería aislada, alta, en forma de torre, que silenciosamente giraba sobre su pedestal y a la que yo le había puesto el Farol.
Y luego, lo que “más completamente le imprimía a aquel gabinete un portentoso carácter civilizado”: la gadgetry, “los grandes aparatos, facilitadores del pensamiento”:
… la máquina de escribir, los autocopistas, el telégrafo Morse, el fonógrafo, el teléfono, el teatrófono, y aun otros, todos con metales brillantes, todos con largos hilos. Constantemente sones cortos y secos tintineaban en el aire templado de aquel santuario. ¡Tic, tic, tic! ¡Dlin, dlin, dlin! ¡Crac, crac, crac!... Era mi amigo comunicándose. 
Además de todos estos dispositivos en los que se prefiguran las maravillas multimedia disponibles hoy en cualquier smartphone, Jacinto, un metrosexual adelantado, disponía de un bien surtido arsenal para socorrer “las operaciones de alindamiento”: peines y cepillos especiales, paños, grifos, vaporizadores, fuentes… Con todo, el treintañero, sano y rico, bien querido e inteligente, apertrechado de cultura y dueño de los más desarrolladas invenciones de su siglo, vivía en un “bostezo perpetuo y vago”. En concordancia con lo que Asimov prevería casi un siglo después, Eça de Queirós cuenta que el hipercivilizado Jacinto sufría de aburrimiento salvaje:
¡Era doloroso testimoniar el hastío con el que él, para apuntar una dirección, tomaba el lápiz neumático, su pluma eléctrica, o, para avisar al cochero, cogía el tubo del teléfono!… Claramente, la vida era para Jacinto un cansancio: o por laboriosa y difícil, o por poco interesante y hueca.
El diagnóstico más atinado del mal que aquejaba al protagonista de Civilización lo aporta Grilo, su fiel sirviente: “Su Excelencia sufría de hartura”.

Asimov, recio ateo, no creía que nada nos espera después de la muerte, así que no temía las eternas penas del infierno… En dado caso, pensaba que “el aburrimiento del cielo sería aún peor”. 

sábado, 22 de julio de 2017

Chilangos sí, mexicas nel



Sábado Distrito Federal

Llegar al centro, atravesarlo, es un desmoche
Un hormiguero no tiene tanto animal
Chava Flores, Sábado Distrito Federal

El viernes 29 de enero de 2016 se promulgó la reforma por la cual, desde el siguiente día, el sábado 30, el Distrito Federal dejó de existir. El camaleónico y docto don Porfirio Alejandro Muñoz Ledo y Lazo de la Vega fue en buena media uno de los responsables de que el DF haya desaparecido. El aún Comisionado para la Reforma Política del Gobierno de la Ciudad de México, a quien habrá que felicitar el próximo domingo 23 por su cumpleaños 84, no sólo es un fénix, también ha sido y sigue siendo un incansable petrel, un ave de las tempestades: ahora, hace unos días, Muñoz Ledo lanzó al ágora una propuesta que, para pronto, yo califico como desacertada.



— Defeños ya no somos porque ya se acabó el Distrito Federal… –planteó. Un hecho incontrovertible, ciertamente. Pero, ¿de ello se desprende que más de ocho millones de personas nos hemos quedado de la noche a la mañana sin gentilicio?


La centenaria Ciudad de México

Mi ciudad es chinampa
en un lago escondido
Guadalupe Trigo

Llevamos añales sin un gentilicio específico para la Ciudad de México y nadie lo había echado de menos. Con capitalinos y defeños ahí la íbamos pasando, aunque aquellos eran adjetivos adjetivos; lo sustantivo ha sido la relación con la Ciudad de México. Porque salir con que en los albores del siglo XXI “se logró la creación de la Ciudad de México” podrá ser una consigna demagógica redituable, pero es un despropósito histórico.

Ni como realidad ni como etiqueta puede afirmarse que la Ciudad de México sea una creación contemporánea. “Ciudad de México” es un topónimo de uso común, popular y generalizado desde hace casi cinco siglos. Ya así se le llamaba desde la Conquista. Ni siquiera es novedad como nomenclatura oficial: en 1928, Obregón impulsó la reforma de la cual se derivaría la Ley Orgánica del Distrito y de los Territorios Federales, conforme a la que el Distrito Federal quedó integrado por trece delegaciones y un Departamento Central, cuya  cabecera era, precisamente, la Ciudad de México —tal demarcación habría de desaparecer en 1970 y de ella habrían de surgir las delegaciones Cuauhtémoc, Miguel Hidalgo, Benito Juárez y Venustiano Carranza—. Pero el entrañable DF es cosa del pasado.


La Ciudad de México es ahora una de las 32 entidades federativas del país. En otras palabras, la circunscripción que antes se llamaba Distrito Federal cambió de nombre por el de Ciudad de México. Localizado en la subprovincia fisiográfica de Lagos y Volcanes de Anáhuac, se trata de un territorio enclavado mayoritariamente en la subcuenca de los Lagos de Zumpango y Texcoco. Con todo, aquí nadie se asume como anahuaquense ni texcocano ni zumpanguense.

La entidad 32 tiene una extensión de poco menos de 1,500 kilómetros cuadrados —no alcanza el 0.1% del territorio continental del país—, y resulta que actualmente no todo el territorio de la hoy Ciudad de México está ocupado por la Ciudad de México: prácticamente la mitad del polígono de la entidad no corresponde a la mancha urbana (47%, de acuerdo al Censo de 2010), aunque eso sí, prácticamente todos sus habitantes somos urbanos, citadinos.


Ni mexicas ni tenochcas

Los mexicanos no somos descendientes de los mexicanos,
sino de los pueblos que se sumaron a Cortés
para derrotarlos.
Somos un país con un nombre hecho de nostalgia y culpa.
Álvaro Enrigue, Muerte súbita.

Dado que defeños ya no somos, y puesto que según él capitalinos no alcanza y chilangos no sirve, don Porfirio sugirió mexicas como gentilicio aplicable a la gente de la Ciudad de México: “Yo creo que deberíamos rendir homenaje a nuestros ancestros, a la tribu que llegó a esta ciudad para erigir una gran civilización, a los mexicas”… La propuesta me parece descabellada. Va en corto mi alegato.

México es un nombre importado. Lo trajo un pueblo que, hacia el siglo XIII de nuestra era, llegó supuestamente del norte. “Según los relatos, al estar en Aztlan eran aztecas o aztatecas. Durante la peregrinación cambian a mexicas, conforme a lo que les indica su dios Huitzilopochtli. Al llegar a Tenochtitlan y fundar su ciudad se les denomina tenochcas” (Eduardo Matos Moctezuma, Tenochtitlan. FCE, 2006). Los mexicas eran el grupo nahuatlaca hegemónico cuando llegaron los españoles, y fueron el pueblo derrotado por la gran coalición de reinos mesoamericanos organizada por Cortés. Prácticamente fue una guerra de exterminio, de tal manera que llamar “nuestros ancestros” a los mexicas no es preciso: efectivamente, los mexicanos somos producto del mestizaje, pero no entre ibéricos y fantasmas. En dado caso, sería más certero que nos llamáramos tlaxcaltecas o texcocanos. 

México-Tenochtitlan fue fundada en alrededor de 1321 y conquistada en 1521; existió durante dos siglos. Como ciudad capital del Virreinato de la Nueva España alcanzó tres siglos de existencia (1521-1821). Así que adoptar el gentilicio de tenochcas tampoco parece ser lo más conveniente.

El país se llama México por la Ciudad de México, y el gentilicio para todos es mexicanos. En cambio, según la RAE, para los naturales de la capital de la República el vocablo que nos toca es mexiqueño. A diferencia del horrible mexiquense que sí usa la gente del Estado de México, no conozco a nadie que se diga mexiqueño —más feo— o se refiera como tal a un capitalino… A partir de 2016 quizá lo más apropiado sea mexicopolitanos, pero resulta un tanto artificioso y dudo que llegara a emplearse. ¿Qué queda? Lo más sencillo: chilangos.