Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 25 de agosto de 2018

Mustia mejora


Con Steven Pinker y Hans Rosling —Enlightenment Now y Factfulness, respectivamente, ambos libros publicados este año—, llevo ya tres semanas en sana conchabanza insistiendo con la misma cantaleta: aunque muchísima gente no lo perciba así, en general, la vida actual, nuestra vida, es mucho mejor que la de antes, que la que les tocó a nuestros antepasados. En general, somos más saludables y longevos, sentimos menos miedo y dolor, disponemos de muchos más bienes y servicios, y vivimos más seguros. La argucia, por supuesto, se halla en el complemento circunstancial: en general…

Durante el extensísimo primer tramo de nuestra existencia como especie —considerando 200 mil años de existencia, alrededor del 94% del total—, nos dedicamos únicamente a adaptarnos y sobrevivir, primero, durante unos de 130 mil años, confinados en un rincón de África, y luego en constante diseminación por todo el orbe. Hasta hace unos treinta mil años, la población total de seres humanos se mantuvo relativamente estable, seguramente en menos de un millón de individuos: gente que si bien logró mantener viva la especie, se abstuvo de dejar cualquier tipo de huella civilizatoria. Luego, unos 12 mil años antes del presente, con el tránsito a la vida sedentaria y el estallido de la revolución agrícola, arrancó —o quizá nada más se evidenció— una megatendencia: de entonces para acá el homo sapiens se ha dedicado, con un éxito inaudito, a plagar el planeta. En una gráfica, el incremento ocurrido durante los primeros diez mil años se muestra como los momentos posteriores a la ignición de un cohete: del constante millón de habitantes llegamos, en el año 1 de nuestra era, a 170 millones de personas; es decir, más 185 mil años con una población estable, para entonces multiplicarnos por 170 en tan sólo diez mil años. Algo ciertamente fenomenal…, aunque aquel despegue resultaría desdeñable para lo que vendría después: poco antes del año 1200 ya nos habíamos duplicado (340 millones), y volveríamos a hacerlo (680 millones) en menos de 550 años. En los albores de la revolución industrial, hace menos de 300 años, la Tierra era hogar de poco menos de 800 millones de personas, y hoy tú y yo somos parte de una plaga planetaria de más de 7.6 mil millones de humanos. Si tuvieron que pasar 200 mil años para que alcanzáramos una población de mil millones de sapiens, fueron necesarios solamente 200 para llegar a siete mil millones (2011). No sólo nos trepamos a la cúspide de la cadena alimenticia, plagamos el mundo, y no es metáfora. Nuestra especie se ha apropiado de la enorme mayoría de los recursos del planeta y lo ha reconfigurado. El triunfo biológico de los sapiens es palmario en la cantidad de especímenes con los que hoy cuenta la especie, y en el tiempo de vida que en promedio alcanzan.
Foto: Alan Schaller

La toma planetaria por parte de los humanos ha sucedido aparejada a un tenaz tránsito de lo simple a lo complejo, de lo homogéneo a lo diverso, y conforme el proceso se ha acelerado, la diferenciación al interior de la especie se ha acrecentado. Las grandes revoluciones que han permitido a los sapiens, en tanto especie, dominar el mundo, no necesariamente han significado una vida diaria más placentera para todos los individuos, ni siquiera para la mayoría de ellos. El caso de la revolución agrícola es ejemplar: “en su conjunto parece que los cazadores-recolectores gozaban de un estilo de vida más confortable y remunerador que la mayoría de los campesinos, pastores, jornaleros y oficinistas que les siguieron los pasos”, explica el historiador Yuval Noah Harari (De animales a dioses). Y va más allá: “…la revolución agrícola dejó a los agricultores con una vida generalmente más difícil y menos satisfactoria que la de los cazadores-recolectores… Ciertamente, la revolución agrícola amplió la suma total de alimento a disposición de la humanidad, pero el alimento adicional no se tradujo en una dieta mejor o en más ratos de ocio, sino en explosiones demográficas y élites consentidas… Esta es la esencia de la revolución agrícola: la capacidad de mantener más gente viva en peores condiciones.” Y, claro, esto fue sólo el punto de partida de una megatendencia hacia la polarización, porque, en efecto, en la medida en la que las civilizaciones se han hecho cada vez más complejas, las distancias entre los distintos estratos que las integran son cada vez mayores, al punto que no es excesivo afirmar que hoy día la humanidad se encuentra en una crisis de desigualdad. El informe del año pasado de Oxfam brinda algunos datos contundentes para soportar la afirmación anterior: desde hace tres años, el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el resto del planeta, y “tan sólo ocho personas (ocho hombres en realidad) poseen ya la misma riqueza que 3,600 millones de personas, la mitad más pobre de la humanidad”. Seguramente a este hecho se debe, en buena medida, el que muchas personas no aprecien la mejora que, en general, ha tenido la vida para todos. A final de cuentas, quizá nadie encarne el promedio, y en cambio sí casi todos mantengamos la mirada echada hacia lo que suele considerarse lo mejor que ofrece nuestro tiempo, disfrutando la mustia mejora generalizada…

sábado, 18 de agosto de 2018

Factfulness



Man, at least when educated, is a pessimist.
He believes it safer not to reflect on his achievements
.

John Kenneth Galbraith, The Age of Uncertainty.

Hace poco más de veinte años escribí el slogan de la campaña que el INEGI llevó a cabo con el propósito de difundir los resultados del Conteo de Población y Vivienda 1995: Ni absolutos ni relativos, personas. Recordé esto leyendo Factfulness: Ten Reasons We're Wrong about the World-And Why Things Are Better Than You Think, de Hans Rosling (Sceptre, 2018); al referirse a la evolución de la tasa de mortalidad infantil en diferentes países del mundo, el sueco escribió: “No son los números los que resultan interesantes, sino lo que los números nos dicen acerca de las vidas que hay atrás de ellos”.
           
Cuenta el doctor Rosling (1948-2017) que en octubre de 1995, justo después de terminar de impartir una clase, habría de iniciar la que llamó “mi lucha de por vida contra las ideas globales equivocadas” —y en efecto, el cáncer de páncreas lo agarraría dando esa pelea—… Durante aquella sesión se refirió a la tasa de mortalidad infantil —número de muertes de infantes menores de cinco años en un año dado por cada mil nacidos vivos ese mismo año, TMI en adelante— que aquel año reportaban Tanzania (171), Brasil (55), Arabia Saudita (35) y Malasia (14). Luego explicó que su obsesión con la TMI no se debía sólo a la preocupación por la niñez, sino que obedecía a que entendía dicho coeficiente como una especie de gran termómetro: “esta tasa toma la temperatura de toda una sociedad. Dado que los bebés son muy frágiles, muchas cosas pueden acabar con su vida. Si en Malasia sólo 14 de cada mil niños mueren, esto significa que los otros 986 sobreviven. Sus padres y su sociedad han logrado protegerlos de todos los peligros que podrían haberlos matado: gérmenes, hambre, violencia, etcétera. Entonces, este número 14 nos dice que la mayoría de las familias en Malasia tienen suficiente comida, que sus sistemas de alcantarillado no se filtran en el agua potable, que tienen un buen acceso a servicios primarios de salud, y que las madres saben leer y escribir”. Es decir, la tasa de mortalidad infantil no sólo se refiere a la salud de los pequeños, sino que “mide la calidad de toda la sociedad”. Desde esta perspectiva, el galeno siguió mostrando a sus alumnos las drásticas mejoras que en muy poco tiempo han alcanzado varias naciones: por ejemplo, en tan sólo 33 años Arabia Saudita había conseguido abatir la TMI de 242 a 35, mientras que Malasia había logrado pasar de 93 en 1960 a 14 en 1995.
No menciona el caso de nuestro país, pero el avance aquí también ha sido sorprendente: en 1960 de cada millar de niños nacidos vivos, fallecían 151 antes de cumplir cinco años; en 1995 la TMI era ya de 35.5, y para 2016 pudimos disminuirla a 14.5. Hans Rosling narra que después de abordar datos en mano varios ejemplos, los estudiantes se pusieron a revisar todas las columnas, tratando de averiguar si su profesor había escogido países con comportamientos excepcionalmente buenos, tratando así de engañarlos. “No podían creer la imagen que los datos mostraban. Aquello se no parecía en lo absoluto a la imagen del mundo que tenían en la cabeza. ‘Para que lo sepan’, dije, ‘no encontrarán ningún país en el que haya aumentado la mortalidad infantil’. Porque el mundo en general está mejorando”.
           
La obra póstumo de Hans Rosling lleva por título un vocablo que resulta intraducible, Factfulness; sin embargo, el subtítulo explicita con toda claridad el empeño que impulsa al autor: Diez razones por las que estamos equivocados sobre el mundo y por qué las cosas están mejor de lo que se piensa. Al igual que hace Steven Pinker en su más reciente libro, Enlightenment Now (2018), el planteamiento de Factfulness es simple y contundente: las cosas están de maravilla y nos tocó vivir una época extraordinariamente buena, de tal forma que quienes no lo perciban así, pese a conformar la mayoría, están equivocados.
           
¿Qué nos viene a la mente cuando pensamos en el mundo? “Guerra, violencia, desastres naturales, desastres provocados por el hombre, corrupción. Las cosas están mal, y parece que están empeorando, ¿verdad? Los ricos se hacen más ricos y los pobres cada vez son más pobres… Pronto nos quedaremos sin recursos naturales a menos que hagamos algo drástico. Al menos esa es la imagen que la mayoría de los occidentales vemos en los medios y llevamos en la cabeza. Yo la llamo la visión del mundo sobre-dramatizada, algo que resulta estresante y engañoso”. Como buen
médico, Rosling no sólo diagnostica, también prescribe el remedio: información. “Datos como nunca antes usted los había entendido: datos como terapia. La comprensión como fuente de tranquilidad mental, porque el mundo no está tan mal como parece”.
           
Pinker y Rosling tienen razón, indiscutiblemente. Hay coeficientes, indicadores, tasas, promedios…, datos y datos de sobra para arrasar a cualquiera que niegue que, en general, la vida es mucho mejor que antes.  Ambos libros son certeros y están bien documentados. Con todo, conviene señalar un riesgo. Los dos ensayos contienen información y afirmaciones que, empleadas de mala manera, pueden emplearse para atajar cualquier pensamiento crítico e incluso cualquier postura progresista…
           
— La dinámica del sistema no puede seguir siendo la misma, cuando el 1% de la población más rica del mundo concentra ya más riqueza que el 99% restante. ¡Algo tiene que pasar, caray!
           
— ¿Sabes qué? No te quejes, que en la Edad Media ya estarías muerto.

sábado, 11 de agosto de 2018

Actual(dual)idad



Because things are the way they are,
things will not stay the way they are.
Bertolt Brecht


En general, la vida es hoy mejor que antes. Uno puede encontrar por todos lados cascadas estadísticas para ahogar de un sopetón a todos los que se atrevieran a negarlo. Abundan las evidencias para acallar a los que sostengan que hoy las cosas están peor que antes. Entendida como un todo, la vida de los seres humanos era hasta hace poco mucho más corta, medrosa, enfermiza, dolorosa, pobre y peligrosa.
           
No tiene ni un siglo que en todo el orbe fuimos informados de que lavarse las manos antes de comer y después de ir al baño nos puede salvar el pellejo varias veces al día. En 1900, la esperanza promedio de vida en el mundo era de 40 años, mientras que hoy día supera los 72. En México, en 1930 la gente vivía en promedio 34 años; y en 2016, 75.2.
           
Según la recreación documentada que hace el historiador David Wootton (The invention of science: A new history of the Scientific Revolution. 2015), en vísperas de la revolución científica del siglo XVII, un inglés bien educado…


… creía en la existencia de los hombres-lobo, y aunque sabía que no había ninguno en Inglaterra, no tenía ninguna duda de que pululaban en Bélgica… Para él, Circe realmente había convertido en cerdos a toda la tripulación de Ulises. Creía que los ratones surgen en los pajares por generación espontánea… Creía que el cuerpo de una persona asesinada sangraba en presencia del homicida. Creía que existía una pomada que al ser embarrada en la daga que había causado determinada herida, la curaría instantáneamente. Estaba seguro de que la forma, el color y la textura de una planta eran pistas para determinar cómo funcionaría como medicina, puesto que Dios había diseñado la Naturaleza para ser interpretada por la Humanidad.
           
Nuestro caballero inglés, al igual que Moctezuma Xocoyotzin, pensaba que los cometas eran presagios inequívocos de grandes males. La gente que vivió antes de la revolución científica experimentaba, en palabras del sociólogo Robert Scott, “una especie de paranoia colectiva”, desatada por “la creencia de que determinadas fuerzas externas controlaba la vida cotidiana” (Miracle cures: Saints, pilgrimage, and the healing powers of belief. 2010).
           
Fieros guerreros como Sargón de Acadia y Ciro II de Persia, o incluso Alejandro Magno, cosieron sus heridas sin anestesia. Ni Pedro el Grande, zar de Rusia, ni Luis XIV, le Roi Soleil, tuvieron una aspirina para aliviarse una neuralgia. El mercado era un desierto yermo en donde muy poco podía comprar la descomunal fortuna de Carlos V, comparado con la plétora y variedad selvática de productos que un consumista clasemediero armado con una tarjeta de crédito puede adquirir hoy en cualquier centro comercial. Mozart jamás escuchó tantas veces ninguna de sus propias sinfonías como hoy puede hacerlo cualquier melómano. En pequeños e inmensos espacios artificiales, abolimos la oscuridad nocturna, el calor veraniego y la gelidez invernal. En la actualidad y a nivel mundial, hay más gente sufriendo sobrepeso que hambre, y más son los que se suicidan que los que son asesinados por un soldado.
           

El margen de libertad que la revolución científica ha posibilitado a los humanos es colosal, a grado tal que, de acuerdo a pensadores como Yuval Noah Harari (Homo deus, 2015), ya reporta repercusiones de carácter evolutivo. La aseveración no es del todo novedosa; el novelista soviético Vasili Grosman había escrito en 1955 (Todo fluye): 

… la historia de la humanidad es la historia de su libertad. El crecimiento de la potencia del hombre se expresa sobre todo en el crecimiento de la libertad… El progreso es, en esencia, progreso de la libertad humana. Ya que la vida misma es libertad, la evolución de la vida es la evolución de la libertad.
           

Así que vamos repitiéndolo con todas sus letras: nuestra vida es mejor que la de nuestros antepasados; somos más saludables y longevos, sentimos menos miedo y dolor, disponemos de muchos más bienes y servicios, y vivimos más seguros. Por supuesto, la contundencia con la que puede defenderse objetivamente la aseveración anterior no ataja que muchas personas crean que todo pasado fue mejor y que el género humano se dirige en imparable estampida hacia el abismo. Tanta gente piensa así que no resulta ocioso un libro como Enlightenment Now (2018), en el cual Steven Pinker se esfuerza por convencernos de que “esta sombría apreciación del estado del mundo es incorrecta. And not just a little wrong—wrong wrong, flat-earth wrong, couldn’t-be-more-wrong.”
           
Para muchos, el acabose inminente se halla en el cambio climático, para otros la estupidez humana que terminará concretándose en el holocausto nuclear. Y claro, el convencimiento de que las cosas empeoran no precisa que el augurio sea el fin del mundo: de hecho, el pesimista, para ejercer, necesita mantenerse vivo para atestiguar que tenía razón. Así que proliferan las visiones distópicas, incluso muchas de ellas bien fundamentadas, en las que se bosquejan porvenires espantosos que, en dado caso, viviríamos para padecerlos.
           
Solamente podemos estar aquí, siempre aquí, en el presente. Desde el ahora cotejamos nuestra vida no con el pasado, en el cual no estuvismos presentes, sino con nuestras expectativas. Poco nos importa cómo viviríamos si hubieramos llegado al mundo cien, dos mil, cien mil años atrás; nos perturba cómo viviríamos si tuviéramos la suerte del vecino, el caudal del Slim, las condiciones de vida de los canadienses… Y el futuro, de por sí incierto, intimida cada vez más, en la medida en la que el tiempo histórico se acelera. Ya en el futuro dirán que tan mal vivíamos ahora.

sábado, 4 de agosto de 2018

Las tortas de ya no son como las de antes


Durante los tres años de la preparatoria, las tortas del Freddy fueron para mí, indubitablemente, un descollante y seguro surtidor de momentos de felicidad. Con especial vehemencia, recuerdo las de chorizo con quesillo. Estudié la prepa en el (entonces) DF, con los maristas, en el Centro Universitario México. El CUM estaba y sigue estando en la colonia del Valle, en el cruce de Nicolás San Juan y Concepción Béistegui. Sobre esta última vía, entre Nicolás San Juan y Heriberto Frías, justo en la esquina con la Segunda Cerrada de Concha Béistegui, se encontraba el local de las tortas del Freddy. A los alumnos del CUM —en aquellos años, únicamente varones— nos bastaba cruzar la calle. No recuerdo el nombre de la tortería; es más, si tuviera que apostar diría que el negocio no se llamaba de ninguna manera. Eran “las tortas del Freddy” porque el tortero, un hombre a quien yo siempre conceptualicé como un próspero armadillo, era el buen Freddy. Hoy en ese local hay un 7Eleven, una tienda de conveniencia igualita a otras miles. Sin embargo, después de que yo terminé la prepa, el Freddy siguió despachando todavía durante algunos años. Siempre mantuve presente aquella exquisitez, de la cual, dada la estrechez presupuestal de casi todo aspirante a bachiller, podía beneficiarme sólo en muy dosificadas raciones de dos o tres tortas por semana. Por cuestiones de horarios y desidias, monetarias y hasta anímicas, fui posponiendo el reencuentro. Fue hasta casi terminar la licenciatura que regresé… Me acompañaba una compañera de la Facultad, a quien llevaba yo meses adoctrinando, hablándole maravillas de las tortas del Freddy. Llegamos a medio día, y afortunadamente no había demasiados clientes. Todo se mantenía exactamente como lo recordaba: la barra, los bancos, la caja, la plancha sobre la que se preparaban las suculencias, el refrigerador, los anuncios… Saludé a Freddy, y pedí un par de chorizo con quesillo. Mientras el avezado tortero desempeñaba su oficio, los aromas avivaron mis recuerdos…. Por fin nos sirvieron las tortas, envueltas en los trozos de papel, con los mismos dobleces de siempre… Por supuesto, con la primera mordida se reveló el autoengaño: las tortas de Freddy no eran ni de cerca nada del otro mundo…, de hecho se aproximaban lamentablemente a la mediocridad.

Wallace Gruner, personaje de Mr. Sammler’s Planet (1970), novela de Saul Bellow (195-2005), afirma: “Todos necesitan sus recuerdos. Mantienen al lobo de la insignificancia alejado de la puerta”. Incuestionable, pero, ojo, los recuerdos no necesitan ser precisos, ni siquiera verídicos, para conseguirlo… Es más, en nuestros recuerdos, solemos torcer el pasado para dotar de significados y sentido el transcurso de nuestras vidas. La memoria actúa selectivamente; no podría ser de otra forma puesto que se mueve en los dominios de la abstracción. La historia que nos contamos acerca de nosotros mismos va siendo tramada constantemente por sus propios protagonistas, nosotros. Además, por definición, la juventud es la época dorada que dejamos atrás, no en la que vivimos… Así las cosas, ¿qué tan confiables pueden resultar las comparaciones intuitivas que hacemos entre nuestro pasado y el presente?

En febrero, Steven Pinker (Montreal, 1954) dio a conocer su libro más reciente: Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress (Viking, 2018). A lo largo de más de seiscientas páginas, el lingüista y psicólogo cognitivista defiende el ideal más importante del iluminismo, esto es, el progreso. El ensayo es una respuesta a una cosmovisión ampliamente difundida en Occidente, la cual se conforma por un franco pesimismo respecto a la forma en que se dirigen los destinos del mundo, una gama de posturas críticas frente a todas las instituciones de la modernidad, y cierta incapacidad de concebir fuera de la religión propósito superiores.

Pinker reprocha la desesperanza con la que la mayoría de las personas —al menos en el mundo desarrollado— miran hacia el futuro: creer que el mundo está empeorando puede empeorar al mundo, argumenta, claro, apoyado en la teoría de la profecía autocumplida. El pensador sostiene que el pesimismo generalizado en buena medida se explica por el poder de las malas noticias que a toda hora se propagan por los medios; en concreto, apunta hacia el hábito mental llamado por los psicólogos Tversky y Kahneman disponibilidad heurística, por el cual “las personas estiman la probabilidad de ocurrencia de un evento o la frecuencia de un tipo de fenómenos conforme a la facilidad con que los casos le vienen a la mente”. Por este mecanismo mental, por ejemplo, las personas suelen temer mucho más a morir en un accidente aéreo que en uno en su propio automóvil: “Los accidentes de avión siempre son noticia, pero los accidentes automovilísticos, que matan a muchas más personas, casi nunca. No es sorprendente que muchas personas tengan miedo a volar, pero casi nadie tiene miedo de conducir”.

Steven Pinker va más allá y nos culpa de cometer el pecado de la ingratitud: “El pecado de la ingratitud puede no haber quedado en el Top Seven, pero según Dante, los pecadores que lo comenten son destinados al noveno círculo del Infierno, y es allí donde la cultura intelectual posterior a los sesenta puede encontrarse a causa de su amnesia…”

Ciertamente, el plantemiento general que se sostiene en Enlightenment Now… es indiscutible: la vida en general es hoy mejor que antes, todos los datos estadísticos e históricos evidencian que cuando yo me agasajaba —seguramente menos que en mis recuerdos— con las tortas del Freddy, la vida no era tan buena como la que hoy tenemos.

sábado, 28 de julio de 2018

Ceguera voluntaria


No hay hechos, sólo interpretaciones.
Nietzsche

Ya muy cerca del acabamiento de la primera parte de la novela —La novela, debo decir—, el protagonista va en un carro tirado por bestias, recluso en una especie de enorme pajarera… Don Quijote de la Mancha se explica y esclarece a su sufrido escudero la condición de enjaulado en la que va, declarándose víctima de algún encantamiento. Sancho Panza intentará convencer a su amo de que en realidad no está encantado, y le pregunta si necesita hacer aguas (I.48-I.49). El Caballero de la Triste Figura contesta que no comprende lo que se le cuestiona.
           
— ¿Es posible que no entienda vuestra merced de hacer aguas menores o mayores? … Pues sepa que quiero decir si le ha venido gana de hacer lo que no se excusa.
           
Don Quijote ahora sí capta e ipso facto acepta su urgencia; entonces Sancho Panza cree haber logrado su cometido:
           
— ¡Ah! Cogido le tengo: … los que no comen, ni beben, ni duermen, ni hacen las obras naturales que yo digo, estos tales están encantados; pero no aquellos que tienen la gana que vuestra merced tiene y que bebe cuando se lo dan, y come cuando lo tiene, y responde a todo aquello que le preguntan.
           
Pero la locura del Quijote se levanta página a página como una fortaleza inexpugnable: si bien el celebérrimo manchego acepta que tal cuales eran ciertamente los encantados de los cuales hablan los libros de caballerías a los que es tan afecto, luego esquiva la conclusión fácil y se cuela por una ingeniosa salida:
           
— Verdad dices, Sancho; pero… hay muchas maneras de encantamentos, y  podría ser que con el tiempo se hubiesen mudado de unos en otros, y que agora se use que los encantados hagan todo lo que yo hago, aunque antes no lo hacían. De manera que contra el uso de los tiempos no hay que argüir ni de qué hacer consecuencias.
           
El argumento es de gran espectro y poderoso, y abre la puerta a cualquier disparate: si las gallinas han tenido plumas desde tiempos inmemoriales, bien pudiera ser que a partir de hoy no las tengan y comiencen a salir de los huevos con escamas, por caso. Con todo, no importa porque el razonamiento termina siendo lo de menos:
           
— Yo sé y tengo para mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia…
           
La sinrazón de don Quijote de la Mancha tendrá que soportar todavía un trastazo de mucho mayor envergadura, cuando, claridoso, el clérigo ventile simple y llanamente toda la verdad y con todas sus letras:
           
— ¿Es posible, señor hidalgo, que haya podido tanto con vuestra merced la amarga y ociosa lectura de los libros de caballerías, que le hayan vuelto el juicio de modo que venga a creer que va encantado?
           
O sea y a las claras: esos libros lo piraron… Y no sólo: enseguida el canónigo además le hará saber que todos los libros de caballería se componen fundamentalmente de ficciones… ¿Tambaleará las certezas del Caballero de la Triste Figura el atinado diagnóstico del canónigo? Por supuesto que no…
           
Y para que no quede ninguna duda de que la discrepancia no se basa en un problema de comprensión, Cervantes hace que, de entrada, su ilustre hidalgo resuma correctísimamente los decires del canónigo:
           
— Paréceme… que la plática de vuestra merced se ha encaminado a darme a entender que no ha habido caballeros andantes en el mundo, y que todos los libros de caballerías son falsos, mentirosos, dañadores e inútiles…, y que yo he hecho mal en leerlos, y peor en creerlos, y más mal en imitarlos… […] Añadió también vuestra merced, diciendo que me habían hecho mucho daño tales libros, pues me habían vuelto el juicio y puéstome en una jaula…
           
El canónigo corroborará: eso es exactamente lo que ha afirmado. ¿Qué escapatoria le queda entonces a don Quijote de la Mancha? Pues la que técnicamente se puede mentar como el voltear la tortilla:
           
— Pues yo –replicó don Quijote–, hallo por mi cuenta que el sin juicio y el encantado es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemias contra una cosa tan recibida en el mundo, y tenida por verdadera, que el que la negase, como vuestra merced la niega, merecía la misma pena que vuestra merced dice que dan los libros cuando los lee y le enfadan.
           
En suma: el loco siempre es el otro, quien niega al mundo…, mi mundo, a quien no puedo convencer de que este, el mío, es el mundo. Fuera de la novela las cosas son bastante más confusas porque varios compartimos las mismas jaulas.
             

sábado, 21 de julio de 2018

El populacho de México

El clasismo en México es lacerante, grosero, grotesco… Lo ha sido así desde siempre, quiero decir, al menos desde que México es México…, incluso desde los dolores de parto del Estado Nación.

Transcurridos apenas 23 años después del abrazo —abrazos, no balazos— con el que Iturbide y Vicente Guerrero pactaron la Independencia, esto es, en 1844 —un tablado endeble en el que los actores de la vida política nacional amanecían un día absortos por cualquier ridícula ocurrencia, al día siguiente bañados en sangre nomás por la inercia de la anarquía y esa misma noche narcotizados de ilusión por algún sueño guajiro o una ley redentora—, un puñado de hombres de letras, lo más prominente de la inteligencia mexicana, muy firmes y concentrados ellos, escribían, editaban, imprimían y ponían en circulación las publicaciones periódicas con las cuales proveían contenidos para que, más allá de disputas intestinas y fusilamientos, cada vez más y más coterráneos suyos pudieran creer en una misma ficción, imaginando para ello una comunidad compartida, por caso: este país. Por ejemplo, en El Museo Mexicano —dirigido en aquel entonces por un par de jóvenes espabilados a rabiar, Manuel Payno (1820-1894) y Guillermo Prieto (1818-1897)— ofrecía a sus “ilustrados compatriotas” una miscelánea que incluía, además de literatura, “la historia, la geografía, las antigüedades, la zoología, la botánica y la bibliografía de nuestro país..., un país tan rico en todo lo que puede despertar la curiosidad, excitar la atención, cautivar el interés, ejercitar la inteligencia y sorprender la imaginación”. Entre novelitas románticas, ensayos sobre arqueología prehispánica y de historia universal, crónicas de viaje, sonetos y décimas, obritas de teatro, instrucciones para realizar experimentos químicos, en fin, los industriosos redactores del impreso se habían preocupado por insertar descripciones de los personajes típicos de la realidad que tenían en sus narices… Así como ya habían retratado ya al aguador y a los cocheros en una serie que titularon “Costumbres y trajes nacionales”, presentaron “El populacho de México”, una instantánea sobre “… el último residuo de la sociedad de México”. El texto, publicado a página completa (t. III; p. 450), fue acompañado de una lámina “dibujada por el famoso pintor don Cayetano Paris” —la ilustración en realidad era una adaptación del cuadro La mantilla del alemán Carl Nebel, en el que se mostraba en primer plano a unos criollos (Viaje pintoresco y arqueológico por la parte más interesante de la República; París, 1836)—.



¿Cómo delineaban los ilustres liberales a la gente más pobre de la decimonónica ciudad de México? El cuadro se traza prácticamente con el mismo conjunto de prejuicios con los que hoy día muchos connacionales, sobre todo desde la clase media, juzgan la pobreza como una condición autoimpuesta, en el que determinadas personas se hallan sencillamente por no querer “echarle ganas”, porque, claro, “el cambio está en uno”. El populacho, se explicaba en El Museo Mexicano, no era más que una “miserable clase, sin educación, sin moral, y para quien es absolutamente desconocido el espíritu de trabajar y de salir del estado de indigencia en que nace y se cría”. Los amolados estaban amolados por flojos, pues, por una terrible falta de voluntad. Sin embargo, en el siguiente párrafo, la contradicción flagrante: “De la clase de los léperos representados en la estampa salen los albañiles, los tocineros, los cargadores, los conductores de carros públicos, los veleros, los curtidores, los empedradores de calles, y otras ocupaciones para las cuales sólo se requiere el instinto, y que son de un recio trabajo personal”. Es decir, quienes afortunadamente no están capacitados para ejercer ningún oficio especializado y por ello a quienes no les queda de otra más que hacer lo que sólo requiere esfuerzo y sudores; la fuerza bruta de trabajo…, y muy bruta, como lo muestra su consumo: “La módica suma que ganan, apenas les basta para cubrir sus necesidades, contándose entre ellas las de fumar y beber pulque o mezcal”. Para acabarla de fregar, el populacho era, según Payno y Prieto el pozo de donde salían las alimañas: “Si el lépero es audaz se convierte en ladrón ratero, y en las procesiones, iglesias y espectáculos, ejerce su lucrativa profesión, con provecho suyo, y detrimento de las mascadas y relojes de los concurrentes”. Y luego la crítica al sistema de justicia, tan actual casi 175 años más tarde: “Cuando por rara casualidad la policía se apodera de uno de estos desgraciados, se le mete en la cárcel, de donde al cabo de algunos meses sale perfectamente aleccionado para cometer delitos de más entidad”. El texto finaliza con lamento y una invitación que, a muchos toros pasados, evidentemente nadie ha aceptado, hasta ahora: “Gran desconsuelo causa escribir estos rasgos de la ínfima clase del populacho de México, que en medio de tanto defecto es simple, sencillo y dócil para abrazar el camino del bien. ¿No se pensará algún día en morigerar con la educación estas costumbres, y en hacer de esos hombres inútiles, y algunas veces dañinos, ciudadanos que contribuyan con su trabajo a la prosperidad de la República?”

Si bien las brasas de la discriminación clasista usualmente no desprenden llama, se mantienen en ascuas, siempre carcomiendo el tejido social, y de vez en cuando echan lengüetazos de lumbre. En concreto, como está ocurriendo desde la campaña electoral y más después del triunfo de López Obrador, parece que la posibilidad de cambios políticos atiza las brasas clasistas, como eficiente soplador de palma. ¿Lo percibes? En estos días, hasta truenan…

sábado, 14 de julio de 2018

El miedo y la esperanza


Vamos a ser pobres todos

El domingo de la semana pasada, avanzada ya la jornada, comenzó a circular un video de 30 segundos. Me llegó primero por WhatsApp, luego por Twitter, y me cuentan que poco más tarde se propagó también por Face. Una mujer de unos veintitantos años, sentada en el lugar del conductor de un automóvil, con el cinturón de seguridad puesto, se graba a sí misma, seguramente con su smartphone, y transmite su pesar: sufre, llora… Pelo negro alaciado, tez blanca, cejas delineadas, ojerosa y lastimera… Mirando a la cámara, se lleva la mano derecha al pecho y, desde la angustia y el desconsuelo, comunica su desgracia:

— Y vine a votar y estoy llorando. Y estoy muy triste porque todo el mundo está votando por AMLO, y vamos a ser pobres todos, por decisión propia, y no lo puedo creer —se arregla el pelo—. Neta, estoy muy asustada de que todos estén votando por AMLO y no…—nuevamente se arregla el pelo, se talla un ojo—.  O sea, vamos a vivir como Venezuela, todos vamos a ser pobres y nos vamos a morir de hambre porque están votando por AMLO todos aquí. ¡Estoy harta!

Miles han compartido el video de la plañidera; casi todos burlándose o criticándola con dureza. En principio, pensé que, independientemente de la ingenuidad y cortedad de miras de la joven, los culpables de tan lamentable postura eran el discurso hegemónico y sus voceros, opinócratas y cajas de resonacia mediática, que, como incansables tarabillas, durante muchos años se han dedicado a repetir y repetir como verdad absoluta el cuento de que López Obrador es un obcecado que quiere imponer la revolución chavista/bolivariana en México —Krauze publicó su texto “López Obrador el mesías tropical” en la edición de junio de 2006 de su revista Letras libres—, patraña con que los candidatos y huestes del PAN y sobre todo del PRI atizaron sus embates discursivos durante la campaña. En otras palabras, a botepronto pensé que la aterrada declarante del video viral era una pobre víctima ideológica:

— ¡Ay, pobrecita, se la embaucaron los Calderón–Zavala, los Ochoa-Nuño, los Hiriart-Alemán!

Sin embargo, María Constanza, politóloga del CIDE, me emendó la plana: en realidad, la joven expresa la visión distoricionada que le da su condición de privilegio; como otras muchas personas en su situación, entiende la exacerbada desigualdad que aqueja al país como una circunstancia quizá dolorosa pero en última instancia justa, así que, en efecto, muy probablemente no mienta y realmente sienta miedo. Vale aquí traer a cuento al economista John Kenneth Galbraith (1908-2006), quien estableció en su libro La cultura de la satisfacción (Emecé editores, 1992) que “… las personas y comunidades favorecidas por su posición económica, social y política, atribuyen virtudes sociales y permanencia política a aquello de lo que disfrutan”. Más incluso: en general, la gente de las clases altas cree que ahí se encuentra simple y sencillamente porque lo merece. “Esta atribución se reivindica incluso ante la abrumadora evidencia en sentido contrario”. Y para abajo las cosas se explican igual: los pobres son pobres porque actúan como pobres, o peor, porque son flojos y no se esfuerzan lo suficiente para salir del hoyo: el cambio está en uno… La gente a la que le va bien en la vida acostumbra entender su situación exitosa como consecuencia necesaria de su propia historia, la cual, por descontado, es totalmente coherente con quienes ellos son. En efecto, “las creencias de los privilegiados se ponen al servicio de la causa de la satisfacción continua y se acomodan de modo similar las ideas económicas y políticas del momento”. Por ello, explica, John Kenneth Galbraith “existe un ávido mercado político para lo que complace y tranquiliza”, y el programa más atractivo para quienes se sienten cómodos, aunque vociferen quejas y se desgañiten en reclamos, cabe en un infinitivo: mantenerse. El círculo se cierra: “El conservador moderno se dedica a uno de los ejercicios más antiguos del hombre en el campo de la filosofía moral: la búsqueda de una justificación moral superior para el egoísmo”.


Todo el mundo está votando por AMLO

Muy pronto nos enteraríamos de que si no todo el mundo, sí la mayoría, la mayoría simple (53.19%) quiero decir, salimos a votar en favor de AMLO. Yo mismo, como otros 30'113,482 electores habíamos sufragado por él. Minutos antes del mediodía del domingo, había tuiteado: Mi voto diferenciado. #EleccionesMexico2018 #EleccionesPresidenciales. Además de los hashtags, las tres palabras salieron acompañadas de un emoji, la carita que llora de risa, y una fotografía en la que mostraba dos de mis seis sufragios: para la Presidencia, taché fuerte el recuadro correspondiente al candidato de Morena; para la Jefatura de gobierno de la Ciudad de México, dibujé un circulito sobre el nombre de Claudia Sheinbaum, también en la casilla de Morena… Y así los seis: voté parejo, diferenciado el trazo… Como mi amigo Pepe Limón había advertido en un palíndromo la noche del 30 de junio, Yo, hada, no divido nada hoy.

Seis de cada diez (63%) acudimos a las urnas, y los otros cuatro, los mismos que en las encuestas aparecían como indecisos o no dispuestos a declarar su preferencia, se mantuvieron inexpresivos. La elección se resolvió como una cuestión plebiscitaria: golpe de timón sí o no, y la mayoría, esperanzados, dijo sí. Resulta significativo que la mujer del video aparezca con el cinturón de seguridad puesto.