Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

sábado, 18 de mayo de 2019

La ciudad y los despojos de su héroe


El rescate de los despojos del héroe mítico de Atenas, Teseo, sucedió poco después de la toma de Bizancio… Este último episodio lo cuenta muy sabroso Plutarco (Vidas paralelas, IV).

Ocurrió en el 476 a. C., es decir, cuatro años después de la victoria de los griegos sobre los invasores persas en Salamina; Atenas se encontraba en plena reconstrucción y la autoestima de los atenienses seguía al alza. Un año antes habían organizado la Liga de Delos, y elegido a Cimón su estratego. A 45 años de que estallara la guerra del Peloponeso, Esparta y Atenas, si bien recelaban entre sí, mantenían su alianza frente la amenaza aqueménida. Fue entonces cuando, al frente de la flota de Delos, Cimón se lanzó a limpiar el mar Egeo de persas y piratas. Imbatible, navegó rumbo norte hasta que terminó metiéndose en el Propontis —el mar de Mármara—, para llegar, en el extremo meridional del Bósforo, a la joven Bizancio —fundada en el 667 a. C. por griegos de Mégara—. El espartano Pausanias, coludido con los persas, estaba en posesión del puerto; efectivamente, había traicionado a Esparta. Cimón reportó la felonía, pero quien habría de acabar con Pausanias sería un espíritu indignado.
… habiendo dado Pausanias orden… de que le trajesen a una doncella de Bizancio, hija de padres nobles, llamada Cleonice, los padres, por el miedo…, la dejaron ir; y como ella hubiese pedido que se quitase la luz… del dormitorio, entre las tinieblas…, al encaminarse al lecho, tropezó… con la lamparilla, y la volcó, y él entonces, hallándose ya dormido, asustado con el estrépito, y echando mano a la espada, como si se viese acometido por un enemigo, hirió… a la doncella. Murió ésta…, y no dejaba reposar a Pausanias…; su sombra se le aparecía de noche entre sueños, pronunciando con furor…: “Ven a pagar la pena: que a los hombres / no les trae la lujuria más que males”.
Total, que entre el acoso fantasmal y el cerco de los atenienses, Pausanias tuvo que huir. Por su lado, Cimón emprendió el retorno. De paso asedió Eyón, hasta que el persa Butes claudicó de fea forma: “traído a la última desesperación, dio fuego a la ciudad y se abrasó en ella con sus amigos y sus riquezas”.

Los heraldos fueron llevando nuevas, así que Cimón ya era esperado en Atenas como un héroe. Al igual que había hecho Teseo en su periplo desde Trecén, Cimón fue despejando la ruta de bárbaros, piratas y demás malosos. Su buena estrella continuaría brillando: luego de conquistar Eyón, Cimón se dirigiría, en persecución de una panda de ladrones dólopes, a Esciro, en el archipiélago de las Espóradas… Esciro, ¿recuerdas?, la isla en donde, según la leyenda, había sido asesinado el gran Teseo. Para cuando la victoriosa flota de la Liga de Delos llegó a la ínsula, los atenienses no sólo sabían que ahí había muerto su mítico rey, hijo de Egeo/Poseidón y Etra, sino que además su estratego ya traía en mente la idea de cumplir la tarea que el oráculo de Delfos había encargado a Atenas:
Después de la Guerra Médica…, consultaron los atenienses el oráculo, y respondió la Pitia que recogieran los huesos de Teseo y los… guardasen con veneración. Había gran dificultad en recogerlos, y aun en descubrir su sepulcro, por la insociabilidad y aspereza de los dólopes, habitantes de la isla; mas habiendo Cimón conquistado la isla…, y teniendo grandes deseos de hacer este hallazgo, sucedió que un águila empezó a escarbar con el pico y revolver con las uñas en un terreno algo elevado; y pensando en ello, como por divino impulso, cavó en el mismo sitio. Encontróse ahí el hueco de un cuerpo más grande de lo ordinario, y a su lado una lanza de bronce y una espada; y conducidas estas cosas por Cimón en su nave, alegres los atenienses, los recibieron con gran pompa y sacrificios, como si el mismo Teseo entrase en la ciudad… (Vidas paralelas, I)
Y como si fuera el mismo Teseo, Cimón fue aclamado por todos los ciudadanos de Atenas, demócratas y aristócratas, ¡faltaba más!, porque un pasado heróico unifica. En breve llegaría el esplendor ateniense…

Siglos atrás, la misma jugada había sido ejecutada en otra región de la Hélade. Desde los albores del siglo VIII a. C., los lacedemonios se esforzaban por consolidar la relación entre Esparta y el pasado épico narrado por Homero:
Y los que poseían la cóncava Lacedemonia, llena de golfos, Faris, Esparta y Mesa, de numerosas palomas,
…
Los mandaba su hermano [de Agamenón] Menelao, valeroso en el grito de guerra.
(Ilíada; II, 581-587)           
Desde aquellos ayeres había sido fundado en Terapne, al sur de Esparta, el santuario en donde, se afirmaba, estaban sepultados nada menos que Menelao y Helena (Pausanias, Descripción de Grecia; III, 19.9). Años después, cuenta Heródoto, los espartanos conseguirían por fin vencer a la aguerrida Tegea, gracias a la eficaz asesoría que obtuvieron en Delfos:
La Pitia les respondió que la conseguirían [la victoria] si se hacían con los restos de Orestes, hijo de Agamenón. Pero, como no lograron encontrar la tumba, volvieron a despachar comisionados… para preguntar por el lugar donde yacía…
La respuesta del oráculo fue alegórica y oscura… No sería sino mucho después que, Licas, un viejo espartano colmilludo, “merced en parte a una casualidad, en parte a su perspicacia”, logró resolver el misterio, y luego de ciertas peripecias…
… exhumó la tumba, reunió los restos [que eran reconocibles por la proverbial altura del difunto] y regresó con ellos a Esparta. A raíz de entonces, siempre que medían sus ferzas, los lacedemonios lograban en la guerra una neta superioridad; por lo demás, ya tenían sometida por entonces la mayor parte del Peloponeso. (Historia; I, 67-68)           
Los héroes suelen ser más útiles muertos que vivos.

sábado, 11 de mayo de 2019

La ciudad y su héroe mítico

Las fiestas en honor de Teseo en Atenas, las Teseas,
son totalmente comparables a las fiestas en honor de Atenas.
Y se espera de los héroes lo que se espera de los dioses…
Louise Bruit Zaidman y Pauline Schmitt-Pantel,
La religión griega en la polis de la época clásica.


El héroe principal de Atenas ni es plenamente histórico ni totalmente mítico. ¿De dónde salió?
           
Cuenta Apolondro —un autor quimérico, un pseudo-Apolondro— que, hallándose tremendamente atribulado por carencia de prole, Egeo acudió a Delfos. Había intentado procrear con Meta y después con Calcíope…, pero nada, nada más allá del solaz. El hombre fungía como rey de Atenas, y la situación comprometía la continuidad de su estirpe. Desasosegado, “fue a consultar a la Pitia cómo lograría descendencia”. La respuesta a mí me parece bastante clara, casi procaz, pero para él resultó un galimatías.

El cuello que sobresale del odre…
no lo desates antes de llegar a las alturas de Atenas.

Confundido, “emprendió el regreso a Atenas. Al pasar por Trecén fue hospedado por Piteo…, que interpretando el oráculo embriagó a Egeo y lo acostó con su hija Etra”. Deberíamos pasar ahora al celebérrimo producto del susodicho ayuntamiento, pero si uno recuerda un mapa de la Hélade, ¿cómo continuar sin preguntarse qué diantres andaba haciendo Egeo de paso por aquellos lares…? Usted ha de saber que Delfos se ubica en la meseta meridional del monte Parnaso, en Grecia central —de hecho, en el ombligo del mundo, justo donde las águilas de Zeus, liberadas en las antípodas, se toparon para dejar caer el ónfalo—, 150 kilómetros al noroeste de Atenas, mientras que Trecén está en el Peloponeso, ¡al sur del Ática!, del otro lado del golfo Sarónico… Así que de paso, lo que se dice de paso, Trecén no le quedaba… En fin, por el desvío y la maquinación de Piteo, Egeo copuló con Etra, quien, efectivamente, quedó encinta. ¿Consiguió por fin un heredero con la hija del rey de Trecén? Juzgue usted la ambigüedad del caso: sucedió que “en la misma noche también Poseidón yació con ella”. El ateniense o no supo o no le importó el acoplamiento del dios del mar con la dama; se sabe que le encargó “que si daba a luz un varón lo criase sin decir quién era; dejó su espada y sus sandalias debajo de una roca y le pidió que cuando el niño fuese capaz de remover la piedra y coger tales objetos se lo enviara con ellos” (Biblioteca; III-15, 6-7). Y sí, nació Teseo, ¿pero quién era, qué era? Plutarco tampoco disipa el enigma: “Etra tuvo siempre oculto el verdadero origen de Teseo, y Piteo había esparcido la voz de que Poseidón la había hecho madre” (Vidas paralelas; I).

Igual que Pseudo-Apolondro —su Biblioteca data de finales del siglo I d. C.—, Plutarco (c. 45 – 120) recopiló diversas leyendas de Teseo más de mil años después de su supuesto reinado (en torno al 1250 a. C., según la Crónica de Paros), y unos quinientos años después de que el mito fuera revitalizado para convertir al hijo de Egeo/Poseidón en el héroe político de la polis griega por excelencia. Entre las fuentes más arcaicas que tenemos sobre el personaje, está, claro, Homero, quien lo menciona un par de veces (Odisea; XI-322 y XI-63). Aristóteles reporta la existencia de una Teseida, pero la epopeya se perdió (Poética, 145). Ya mucho más próximo, Baquílides de Ceos compuso (c. 478 a. C.) algunos ditirambos en los que loa las peripecias de Teseo. Empero, lo que mantuvo vivo a lo largo de tanto tiempo el ciclo heroico fue sobre todo la tradición oral, hasta que en el siglo V a. C. fue reconfigurado, e incluso los trágicos lo engrandecieron. Enseguida, un condensado:

Humano cabal o híbrido, Teseo creció en Trecén. Ya desarrollado, levantó la roca, y con la espada y las sandalias de Egeo, se encaminó a Atenas. A su paso, fue despejando el camino, matando malosos: a Perifetes, quien tenía la maña romperles la crisma a los viajeros; a Sinis, de técnica homicida arbórea —“obligaba a los que pasaban a doblar pinos”, y cuando no podían sostenerlos “eran lanzados al aire por los árboles”—; a la cerda Fea; a Escirón, “quien obligaba a los transeúntes a lavarle los pies y mientras lo hacían los precipitaba al abismo”; al asesino Cerción; a Damastes, quien “tenía dos lechos, uno corto y otro largo, e invitaba a los caminantes a descansar, y a los de baja estatura los acostaba en el largo, dándoles martillazos hasta igualarlos al lecho, y a los altos los acostaba en el corto y les serraba las partes del cuerpo que sobresalían”. Llegó a Atenas. Ahí, la esposa en turno de Egeo, Medea, intrigó contra él: logró que el rey lo mandara a enfrentarse al temible toro de Maratón.… Teseo fue y mató a la bestia. De regreso, Medea convenció al viejo rey de que envenenara al muchacho. A punto de beber el brebaje: ¡anagnórisis!, Teseo mostró la espada y Egeo lo reconoció y, arrepentido, lo salvó. Luego, la aventura en Creta, a donde Teseo, a puñetazos, matará al Minotauro, enamorará a la princesa Ariadna, hija del rey Minos, y logrará escapar del laberinto. Un descuido causará una confusión: Egeo creerá que su hijo ha perecido en Creta y se suicidará. Teseo entonces se convierte en rey de Atenas: y “cuantos se le opusieron, murieron a sus manos, y él solo obtuvo todo el poder” (Pseudo-Apolondro. Biblioteca; III, 16; Epítome, I, 1-11). Vendrán más aventuras, por ejemplo su lucha contra las amazonas al lado de Heracles, y contra los centauros junto a Piritoo, con quien incluso irá al Hades… Finalmente, traicionado, Teseo morirá en la isla de Esciro.



Él es el héroe mítico que los atenienses, en los albores de su máximo esplendor histórico, recuperaran para convertirlo en su héroe político…

domingo, 5 de mayo de 2019

La ciudad milenaria y sus héroes pasajeros


Se está como
en otoño
sobre los árboles
las hojas.
Giuseppe Ungaretti, Soldados.

Cuarenta kilómetros al noreste de Atenas, el sol horada la bahía de Maratón. Atascados en una quietud tirante, unos frente a otros, recelosos, miles de hoplitas griegos y de soldados persas se observan. Bastará avanzar unas zancadas para masacrarse. Aquella mañana de agosto del 490 a. C. se aproxima al cenit. Hace cinco días, los invasores desembarcaron: cerca de treinta mil guerreros vienen de saquear Eretria, en la isla de Eubea, cumpliendo así la orden de Darío: someter a las ciudades griegas que se atrevieron a apoyar la revuelta jónica. Del lado heleno, unos diez mil atenienses y un millar de plateos aguardan la decisión de sus cabecillas. Heródoto (c. 484 a. C. – c. 425 a. C.) contará que en el comando griego los estrategos están divididos: una mitad quiere pelear cuanto antes, la otra se opone. Calímaco, el polemarco —cargo de mando que se sorteaba—, tiene la última palabra; a él se dirige Milcíades el Joven, uno de los generales: “… en tus manos está sumir a Atenas en la esclavitud o bien conservar su libertad… No hay duda de que ahora los atenienses se encuentran en el momento más crítico de su existencia”. Milcíades argumenta que, si no toman la iniciativa, cundirá el desánimo entre los griegos, pero “… si tú te adhieres a mi opinión, tu patria conservará su libertad y tu ciudad se convertirá en la más importante de Grecia” (Historia; VI, 109-110). Milcíades persuadió a Calímaco, los griegos acometieron y ahí terminó la primera guerra médica.
        
   
En Maratón, Atenas derrotó al imperio aqueménida, Calímaco pereció en la batalla, y Milcíades resultó el héroe indiscutible. Al año siguiente intentaría conquistar Paros… Fracasó. Cornelio Nepote (c. 100 a. C. – 25 a. C.) informa que “a Milcíades, quien había salvado a Atenas y a toda Grecia, sólo se le concedió el honor de que cuando se pintó la batalla de Maratón en el pórtico Pisianacte, su figura fue colocada en primer lugar de los diez comandantes, como alentando a sus hombres para comenzar la pelea" (De viris ilustribus). Pero los atenienses no perdonaron el yerro de Paros: Milcíades libró la pena máxima, pero no podría pagar la multa que le impusieron —50 talentos—. Murió en 488 a. C., arruinado y en la cárcel.
           
Perdura rastro de tres hijos de Milcíades. Metíoco, el mayor —procreado con su primera esposa—, tuvo un insólito destino: después de haber sido capturado por una escuadra fenicia en el golfo de Melas, fue conducido a Susa, en donde Darío “no le hizo daño alguno, sino que lo colmó de bienes, pues le dio una casa, un patrimonio y una mujer persa, con la que tuvo hijos que fueron considerados persas plenos” (Heródoto. Historia; VII, 41). Con su segunda consorte, Hegesípila, hija del rey Óloro de Tarcia, Milcíades tuvo a una niña, Elpinice, y a un niño, Cimón (510 a. C. – 450 a. C).
           
Estesímbroto de Tasos (c. 470 a. C. - 420 a. C.) cuenta que Cimón era un hombre “inculto, franco, y en lo grande, grande”. Tosco, “no aprendió ni música ni ninguna otra de las artes…”, pero Plutarco (46 – 127) juzga que “en todo lo demás, las costumbres de Cimón eran… dignas de aprecio, porque ni en valor era inferior a Milcíades, ni en seso y prudencia a Temístocles, siendo más justo que ambos; no cediendo a éstos en nada en las virtudes militares, es indecible cuánto los aventajaba en las políticas…” (Vidas paralelas, IV). Si su papá protagonizó la batalla decisiva de la primera guerra médica, él participó en la que concluyó la segunda: en 480 a. C. apoyó el plan de Temístocles de evacuar Atenas para enfrentar a los persas en el mar. Los invasores destruirían la polis, pero días después serían derrotados en Salamina. Cimón, “habiéndose mostrado en el combate denodado y valiente…, se ganó la opinión y amor de sus conciudadanos…”; se adhirió a los conservadores dirigidos por Arístides, y, “cuando aspiró al gobierno, el pueblo lo admitió con placer…” En 476 a. C., fue elegido estratego de toda la flota de la Liga de Delos. Su primer gran éxito militar consistió en expulsar de Bizancio a Pausanias, quien confabulaba con los aqueménidas en contra de su propia ciudad, Esparta. También arrebató Eyón a los persas, y conquistó Ciros. Plutarco no exagera cuando escribe que “ninguno entre los griegos llevó tan lejos la guerra antes de Cimón”. Consecuentemente, fue aclamado como un héroe. Regresó acaudalado: “los viáticos de la guerra, que se los hizo pagar muy bien a los enemigos, los gastaba mejor con sus conciudadanos, porque quitó las cercas de sus posesiones para que los necesitados pudieran tomar libremente de los frutos…” En 466 a. C., después de imponer a los persas la paz de Calias, Cimón personalmente costeó en Atenas la construcción de lujosos edificios y jardines, desecó pantanos, elevó murallas, plantó árboles… Claro, demasiado desafío para Némesis…
           
Cuando Esparta veía con mayor desconfianza el expansionismo ateniense, se vio obligada a pedir su ayuda: en 464 a. C., en medio del desconcierto provocado por un devastador terremoto, hordas de hilotas se rebelaron. Cimón convenció a los atenienses de la conveniencia de socorrer a los espartanos, y al frente de cuatro mil hoplitas acudió, pero cuando llegó a Esparta los lacedemonios, quienes ya controlaban la situación, lo despidieron con insolencia. Humillado, de vuelta en Atenas, Cimón fue condenado al ostracismo. Regresaría años después, de nuevo a tomar las armas para engrandecer Atenas. La muerte lo encontró en Egipto, y ni así descansó: “ocultando su fallecimiento…, no habiéndolo sabido ni los enemigos ni los aliados, [los atenienses] hicieron con seguridad su regreso, acaudillados… por Cimón, que hacía treinta días estaba muerto”.

sábado, 27 de abril de 2019

Retoño de ciudad


Todo lo que me nombra o que me evoca
yace, ciudad, en ti, signo vacío
en tu pecho de piedra sepultado.
Octavio Paz, Crepúsculos de la ciudad.

Atenas no iba a llamarse Atenas. La Acrópolis de la ciudad que habría de convertirse en la más preponderante de la Grecia clásica tenía ya cierta importancia hace unos tres mil quinientos años, es decir, en el 1400 a. C., en el apogeo de la civilización micénica. El registro arqueológico así lo indica, y la tradición no apunta hacia un horizonte temporal distante: en la Crónica de Paros —estela de mármol en la que fue inscrita una cronología detallada de la antigüedad helena—, se asienta que Atenas fue fundada en el 1581 a. C. Por entonces, acá, en el sur de Mesoamérica, comenzaba a germinar la civilización olmeca, y allá, en el mar Egeo, la misteriosa cultura cicládica se apagaba. Cécrope, el mítico rey fundador de Atenas, había brotado de la tierra, circunstancia por la cual se tenía por hijo de Gea, y delataba su ascendencia tanto en el nombre —kέκρωψ, ‘rostro con cola’— como en su misma anatomía —tenía rostro humano y cuerpo de serpiente—. Nieto del Caos, no sorprende que tuviera mucho trabajo. Cécrope desempeña un rol múltiple en el mito fundacional de Atenas; logró la integración de las doce primeras ciudades —Atenas puede entenderse como un plural—, y cimentó las bases de su civilización: sus enseñanzas abarcaron desde el uso de pieles como ropa y la construcción con madera, hasta las técnicas básicas de navegación. Además, estableció la sepultura de los muertos y los matrimonios monogámicos, organizó el primer censo de población del Ática, erradicó los sacrificios humanos e instituyó la veneración a Zeus como divinidad principal. Un héroe cultural de cola a cabeza. Como era de esperarse, Cécrope, además de mucha pila, tenía su vanidad, y decidió ponerle a la nueva ciudad, ¡faltaba más!, Cecropia.
           
En la Biblioteca —documento del siglo II d. C. atribuido erróneamente a Apolondro— se explica la razón por la cual Atenas terminó llamándose como se llama: justo cuando Cécrope estaba por nombrarla Cecropia, “los dioses decidieron tomar posesión de las ciudades en las que cada uno de ellos debía recibir su propio culto. Poseidón fue el primero que llegó al Ática, y con un golpe de su tridente en medio de la acrópolis produjo un mar... Después de él vino Atenea, y, luego de pedir a Cécrope atestiguar su acto de toma de posesión, plantó un olivo...” Ambas deidades reclamaron la posesión de la ciudad. Zeus intervino, encomendando a los doce dioses olímpicos actuar como árbitros, “y de acuerdo con el veredicto el país fue adjudicado a la diosa Atenea, porque Cécrope dio testimonio de que ella había sido la primera en plantar el olivo. Atenea entonces llamó a la ciudad Atenas, según su nombre”. Así que, al menos según esta versión del mito, para que Palas Atenea, la poderosa diosa de la sabiduría y la guerra, la civilización y la justicia, se convertiría en la patrona de la ciudad, hubo que hacerle trampa al pobre Poseidón. En fin, ni Cecropia ni Posidonia; la principal polis del Ática fue designada Atenas.
           
Como recordaba apenas la semana pasada, un milenio después de su fundación —escribo aquí seis palabras para que tú pienses allá en 1091 años—, Atenas fue saqueada por los persas. Parecía que la segunda intentona del poderoso Imperio aqueméndia por conquistar a los rejegos griegos ahora sí iba a resultar exitosa…, pero nada más eso, parecía… Heródoto de Halicarnaso (c. 484 a. C. - c. 425 a. C.) cuenta en su Historia (III, 53) que después de arrasar la despoblada ciudad, acometieron a la orgullosa Acrópolis, en donde sólo encontraron a un puñado de despistados que no quisieron o no pudieron evacuar la polis… “Cuando los atenienses vieron que los enemigos habían subido, unos se arrojaron muralla abajo, pereciendo, y otros se refugiaron en el templo [mégaron]. Entonces los persas que habían subido se dirigieron… hacia las puertas, las abrieron y mataron a los suplicantes y, tras haber acabado con todos, saquearon el santuario e incendiaron toda la Acrópolis”. El temible rey Jerjes I fue entonces “dueño absoluto de Atenas”. ¿Fin de la historia, fin de la ciudad-estado? Sabemos que no…, y pronto aparecería una señal de ello.
           
También por Heródoto (III, 55) tenemos noticia de que el Sha llevaba entre sus huestes a un grupo de exiliados griegos —seguramente parientes de Hipias, expulsado en 510 a. C., refugiados en Susa—, a quienes, al día siguiente de la conquista de Atenas, ordenó “que subieran a la Acrópolis, y que realizasen sacrificios con arreglo a sus ritos”. Los exiliados, ya también secuaces, obedecieron; sin embargo, no sabemos si después le informaron a Jerjes lo que vieron…: “En la Acrópolis de Atenas hay un templo dedicado a Erecteo (quien, según dicen, nación de la tierra), donde se encuentra un olivo y un pozo de agua salada, que, de acuerdo con una tradición…, dejaron Poseidón y Atenea en testimonio de su disputa por el patronazgo de la región. Pues bien, resulta que dicho olivo fue presa, con el resto del santuario, del incendio provocado por los bárbaros. Sin embargo, un día después del incendio, cuando los atenienses comisionados por el monarca para ofrecer sacrificios subieron al santuario, comprobaron que del tronco había brotado un retoño de cerca de un codo” (unos 45 centímetros).
           
La armada persa saldría en persecución de los helenos, sólo para toparse en Salamina con su propia derrota. Los griegos volverían a las ruinas de su devastada ciudad. Atenas retoñó; de hecho, su destrucción marcaría el punto inicial del período de máximo esplendor ateniense.

sábado, 20 de abril de 2019

El alma de la ciudad


… el yo contemplaba con admiración el yo que contemplaba el yo,
es decir, un estado de extático narcisismo.
Este enamoramiento de la propia imagen se ahondó entre los atenienses,
sin duda, en razón de su triunfo sobre los persas…
Lewis Mumford, La ciudad en la historia.


Los persas, la pieza teatral más antigua que se ha preservado hasta nuestros días, se escenificó por vez primera en Atenas, durante las fiestas Dionisias, en elafebolion, mes lunar del calendario ático —marzo para nosotros—, del año 472 antes de nuestra era. Se dice fácil, pero de aquellos días para acá han pasado 2.5 milenios. La obra no se refiere a asuntos mitológicos, sino a hechos humanos y, además, contemporáneos para los espectadores —entre diez y quince mil personas— que presenciaron su estreno. El corego de aquella puesta en escena, es decir, quien sufragó los gastos de la producción, fue un joven llamado Pericles, un hombre que sería apodado El Olímpico por sus coetáneos, y quien daría su nombre al período de mayor esplendor de Atenas: el siglo de Pericles.
           

El autor de Los persas, Esquilo, fue el primero de los tres grandes trágicos griegos —Eurípides y Sófocles, los otros dos—. Nació hacia el 525 a. C. en el demo ateniense de Eleusis, y falleció a los 68 años de edad en la costa meridional de la isla de Sicilia, en Gela, ciudad por entonces gobernada por el tirano Cleandro Patareo, promotor de la lírica y el teatro. Si hemos de dar crédito a la tradición, el creador griego más importante de tragedias clásicas murió de una manera más bien cómica: de un tortugazo[1]. El célebre epitafio de Esquilo no registra los detalles del óbito, tampoco ensalza su trabajo literario —según la Suda, escribió noventa tragedias, aunque de ellas sólo conservamos siete—, pero en cambio alaba su gallardía guerrera:
Este sepulcro de Gela, la rica en cereales,
contiene a Esquilo, el hijo de Euforión, ateniense.
De su eximio valor hablarán Maratón y su bosque sagrado
y el cabelludo medo, que le conocen bien.
           
Ciertamente, en septiembre de 490 a. C., Esquilo combatió contra los persas en Maratón —a menos de 50 kilómetros de Atenas—, en donde ocurrió la batalla definitoria de la primera Guerra Médica. Los ejércitos aqueménidas venían de haber sometido la insurrección jónica —Mileto había caído en 494 a. C.—, cuando el Sha Darío I decidió atacar a las aparentemente desarticuladas ciudades-estado helenas. En Maratón, atenienses y platenses integraban las fuerzas griegas. Como bien se sabe, los griegos resistieron el embate y terminaron por derrotar a los invasores. Aquel resultado iba contra todo pronóstico; basta recordar que apenas 35 años antes, justo cuando Esquilo se apersonó en este mundo, los persas habían conseguido invadir Egipto, y sólo diez años atrás, luego de las campañas en Tracia, Macedonia y las costas del mar Negro, y después en el oriente hasta alcanzar el valle del Indo, en el año 500 a. C. el imperio aqueménida alcanzaba su máxima extensión, unos 5.5 millones de kilómetros cuadrados, para convertirse así en el más grande del orbe hasta entonces. Con todo, no pudieron con los griegos…
           
En Los persas, Esquilo no se refiere a la primer Guerra Médica, sino a la segunda, acaecida diez años después. Para entonces, el imperio aqueménida ya era reinado por el hijo de Darío, Jerjes. Fue él mismo quien se puso al frente de sus huestes para ir a subyugar a los obstinados griegos. Los persas cruzaron el Helesponto, hoy Estrecho de Dardanelos, es decir, pasaron de Asia a Europa, para entonces recorrer Tracia y Macedonia hacia Tesalia; a su paso, todas las ciudades fueron sometidas. Después de vencer en la célebre batalla de Termópilas, el masivo embate persa avanzó hasta llegar a Atenas. Jerjes encontró la ciudad despoblada: los atenienses y sus aliados se habían ido a refugiar en la isla de Salamina, en el golfo Sarónico. Luego de saquear Atenas, los persas acometieron la persecución, y fue en los estrechos costeros de Salamina en donde la flota helena logró la espectacular derrota de los orientales. Jerjes regresaría humillado a la ciudad capital de su imperio, Sousa, a unos 700 kilómetros de la actual capital de Irán, Terán.
           
El extraordinario filólogo helenista Carlos García Gual sostiene que en Los persas Esquilo no celebra la victoria de los griegos en Salamina, sino que reflexiona sobre la catástrofe de los persas. Se trata de una muestra de “la generosidad espiritual de los griegos: va a hablarnos no de los vencedores, que son ellos, sino de los vencidos, y va a insistir en las ideas del terror y la compasión”.
           
De acuerdo, Los persas es un largo treno a un héroe trágico, Jerjes. Pero también es otra cosa: un encomio a la ciudadanía, la fuerza de la gente que hace la ciudad. La reina Atosa, madre de Jerjes, cuestiona al mensajero sobre lo que está sucediendo del otro lado del mar; desea saber si al fin Atenas, después del saqueo, fue destruida por el ejército comandado por su vástago. Esquilo hace que el mensajero responda que no, porque “mientras hay hombres, eso constituye un muro inexpugnable”.




[1] Se cuenta que el oráculo había vaticinado a Esquilo: “Morirás aplastado por una casa”. Entonces el trágico decidió abandonar Atenas. Se fue a vivir a las afueras de la ciudad de Gela, a una humilde choza. Caludio Eliano (c. 175-235), erudito romano que vivió bajo los auspicios de Julia Domma, esposa del emperador Septimio Severo, cuenta en su De natura animalum lo que ocurrió entonces: “Las águilas que apresan a las tortugas de tierra y las arrojan desde lo alto y las estrellan contra las rocas y, quebrando así su caparazón, extraen la carne y la comen. Justo de esa manera tengo entendido que acabó la vida… aquel poeta autor de tragedias. Esquilo estaba sentado sobre una roca, discurriendo, creo yo, y escribiendo sus temas habituales. No tenía un pelo en la cabeza, pues era calvo. De ahí que el águila, figurándose que la cabeza era una roca, soltó y arrojó contra ella la tortuga que tenía entre las garras. Y el disparo acertó a dar al citado varón y lo mató”.

domingo, 14 de abril de 2019

Historia de los animales, de Claudio Eliano

La tercera de Tristram Shandy


¡Qué bien argumentamos sobre los hechos erróneos!
Laurence Sterne, Tristram Shandy.


La tercera es la vencida —frase hecha que me recuerda a ya-sabes-quien, tanto como una afirmación que encontré precisamente en el libro que vuelvo a recomendarte: “tenemos a un hombre de Estado haciendo girar la rueda de la política, como un bruto, al revés: contra la corriente de la corrupción, ¡santo cielo!, en vez de a su favor”—…  Insisto, pues: tienes que leer Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, una novela enorme, publicada originalmente por entregas entre 1759 y 1767. Su autor, Laurence Sterne (1759-1767), era un novelista novato —“… no soy más que un principiante en este oficio y, en consecuencia, poco sé acerca de él; pero en mi opinión escribir un libro es, para todo el mundo, como tararear una canción; así pues, señora, limítese usted a estar a tono consigo misma: que éste sea alto o bajo, eso da absolutamente igual”—, hecho que no le impidió mostrar un colmillo literario de dinosaurio experimentado: “la vida de un escritor, por mucho que se tendiera a imaginar lo contrario, no consistía tanto en componer como en batallar; y la superación de la prueba dependía precisamente de lo que dependen las superaciones de los demás hombres que en la tierra combaten: no tanto (ni la mitad) del grado de ingenio, como del de resistencia”.
           
Aunque haya sido su primera novela, Sterne consigue el prodigio de meter al lector en una especie de plática —“la escritura, cuando manejada adecuadamente (como pueden ustedes estar seguros de que creo que lo está la mía), no es más que un nombre diferente que se le da a la conversación”—, al tiempo que lo involucra en la composición del hechizo literario: “La mayor y más sincera muestra de respeto que se le pueda dar al entendimiento del lector consiste en repartir amigablemente con él esta tarea y en dejarle imaginar algo a su vez: tanto, casi, como el propio autor”. El esfuerzo no es desinteresado; el escritor quiere y saca provecho: “gracias a la vida que he de escribir, viviré la otra bastante bien; o, en otras palabras, que llevaré un par de buenas vidas al mismo tiempo”.
           
Laurence Sterne, además de narrador, fue sacerdote y predicador —“sed delicados; sed cautos con vuestro lenguaje, y nunca, ¡oh, nunca!, olvidéis de cuán minúsculas partículas dependen vuestra elocuencia y vuestra fama”—, y tenía bien evaluada la plasticidad de las palabras, de cualquier palabra: “bigotes –y la palabra se convirtió en algo indecente: tras dar los últimos coletazos quedó absolutamente inservible para el uso. La mejor palabra de la mejor lengua del mejor mundo imaginable habría corrido igual suerte bajo la presión de semejantes cambios de sentido”. Así, por ejemplo, al desatinado doctor Slop lo describe como poseedor de “una barriga sesquipedal” (sesquipedal: dicho especialmente de un verso o de un discurso o modo de expresión: muy largo y ampuloso). Como un Wittgenstein precoz, se sabe atrapado en el lenguaje y criatura del mismo: “cada una de las palabras del diccionario: hacia adelante y hacia atrás…, cada palabra queda convertida en una tesis o en una hipótesis; cada tesis o hipótesis engendra una verdadera prole de proposiciones; y cada proposición tiene sus propias consecuencias y conclusiones; cada una de las cuales, a su vez, conduce a la mente hacia otras sendas, llenas de nuevas dudas y pesquisas. Es increíble la fuerza que tiene esta máquina…”
           
El inglés —nacido en Irlanda— despliega también un conocimiento grosero, excesivo para su tiempo —una época sin sociólogos ni epistemólogos—, de los mecanismos del pensamiento humano: “Las teorías se caracterizan por el hecho de que, una vez concebidas, todo lo asimilan en provecho de su propia nutrición; y, desde el mismo instante en que se las engendra, todo lo que uno ve, oye, lee o entiende no hace sino fortalecerlas cada vez más”. Sterne se da el lujo incluso de meter la pluma para describir los procesos internos de la concepción mental: “la idea se limitaba a flotar en la mente del doctor Slop: sin rumbo ni dirección, a la manera de una simple proposición; de las cuales… hay millones, a diario, balanceándose plácidamente en medio del sutil jugo del entendimiento de cada ser humano; y no se ven impulsadas ni hacia delante ni hacia atrás hasta que algunas ligeras ráfagas de pasión o de interés las hacen inclinarse hacia uno y otro lado”.
           
Gran lidiador del lenguaje e inteligente observador de la inteligencia, Sterne aparece aquí y allá como un Paul Watzlawick adelantado, como si hubiera asistido a un seminario de Teoría de la Comunicación Humana en Palo Alto, California, a finales del siglo XX…; como muestra, un botón: "Se tornó pensativo —daba frecuentes paseos hasta la nansa,—se soltó y dejó caer una cinta del sombrero —suspiraba a menudo— se abstenía de ser mordaz— y habida cuenta de que, como nos dice Hipócrates, el buen funcionamiento tanto de las glándulas excretorias de la piel como del aparato digestivo dependen en gran medida de la ayuda que les prestan los vivos destellos de genio que dan pie a la mordacidad, no cabe duda de que, con la desaparición de éstos, habría acabado por enfermar de no haber sido por la tía Dinah, la cual, junto con un legado de mil libras, le dejaba una serie de nuevas preocupaciones que le sirvieron para distraer los pensamientos y recobrar la salud”.
           
Hasta aquí la tercera…, que aunque haya sido la vencida obligadamente prologa la cuarta…