Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

lunes, 27 de marzo de 2023

La ley es la ley

  

La expresión status quo designa el estado actual de las cosas, especialmente en los ámbitos sociopolítico y socioeconómico. Tres ejemplos: i) en el status quo presente se entiende que la ciencia es la fuente más confiable de verdad de que disponemos, ii) en el status quo presente se considera que existe una serie de prerrogativas sustentadas en la dignidad humana inherentes a absolutamente toda la gente, los derechos humanos, y iii) en el status quo presente el crecimiento económico se erige como el propósito principal de cualquier sistema socioeconómico. Por supuesto, ni este ni ningún status quo es monolítico ni completamente estable. Como cualquier realidad humana, todo status quo es dinámico y se desarrolla entre contradicciones. Por lo mismo, no faltan hoy quienes crean, por ejemplo, que la Tierra es plana, o que el color de la piel de las personas condiciona los derechos de los cuales puedan gozar, o quienes se atrevan a pensar, me incluyo, que el crecimiento económico no sólo no es el único camino hacia el desarrollo, sino que se ha vuelto una ruta suicida. Bueno, de hecho, el status quo —un concepto que podemos empatar con el de sistema mundo— que nos tocó vivir parece hallarse en una situación agónica.

 

En buena medida, un status quo es un entramado de convicciones generalizadas, convicciones que la mayoría de la gente no pone en tela de juicio. En otras palabras, un status quo de alguna manera es sencillamente una malla de prejuicios y creencias dogmáticas que buena parte del conjunto social comparte. Ahora, un status quo siempre implica una determinada situación de dominio, para la que se precisa de una argamasa de creencias comunes, asumidas como verdades indiscutibles, bien repartidas en toda la sociedad, tanto entre los dominantes como entre los dominados. Dichas creencias afianzan el orden existente. El bobo apotegma “La ley es la ley” es un ejemplo de ello.

 

“La ley es la ley” es un aserto tan rico en contenido, tan sustancioso, como “Arriba es arriba”. Una verdad de Perogrullo. A la afirmación de una obviedad, por muy seriamente que se exprese, como “La ley es la ley”, esto es, “X es X”, se le denomina tautología. Una tautología manifiesta algo de manera innecesaria o que es evidente por sí mismo, ya que su verdad o su validez se encuentra implícita en las palabras que la expresa. Una tautología no añade información nueva o significativa a lo que ya se sabe o se entiende: “los gatos son felinos que maúllan”, “el agua es húmeda”, “el pasado pasó”… Con todo, abundan tautologías que suelen ser tomadas muy en serio, y para mucha gente resultan grandes verdades. Entre ellas pululan expresiones ideológicas.

 

La ideología es un tipo de pensamiento que origina creencias colectivas que responden a intereses particulares de una clase, de un grupo socioeconómico, e intenta justificarlas esgrimiendo juicios que se presentan como indiscutibles. Al igual que “la ley es la ley”, “los pobres son pobres porque siempre ha existido la pobreza” es un juicio que bien ejemplifica el tipo de convicciones que produce la ideología dominante.

 

Algunas de las argucias ideológicas más efectivas consiguen establecer profecías autocumplidas. El concepto self-fulfilling prophecy, acuñado por el sociólogo Robert Kapris Merton en su libro Social Theory and Social Structure (1949), se refiere a un vaticinio que, al asumirse como certero, aunque en principio sea erróneo, puede lograr la fuerza suficiente para influenciar a la gente de tal manera que su comportamiento haga que se cumpla. Por ejemplo, la ideología dominante establece el axioma “Como te ven te tratan”. Y, claro, en la medida en que las personas lo asumen como cierto, así actúan y así mismo interpretan el comportamiento de los demás. El fenómeno puede explicarse por el Teorema de Thomas —formulado por William Isaac Thomas, otro sociólogo yanqui, en su obra The child in America (1928)—: si la gente cree que una situación es real, lo será en sus consecuencias. He ahí la enorme fuerza de la ideología.

 

Una ideología genera creencias insuficientemente justificadas. Por caso, creer que la ley está por encima de la justicia. La ideología encubre la realidad, la distorsiona interponiendo lentes entre nuestra percepción y los hechos.

 

El viernes, el señor Javier Laynez Potisek, ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, suspendió indefinidamente la entrada en vigor del llamado Plan B. Un individuo paró la reforma electoral impulsada por el Poder Ejecutivo y la decisión legítima del Poder Legislativo. No sólo: una sola persona se impuso sobre la voluntad de la mayoría de la ciudadanía —representada en la Cámara—. Al respecto, escribí un tweet en el que se muestra a Laynez: “Este señor contra los millones que apoyamos a la 4T”. En un suspiro, Manuel Díaz respondió: “Odian la ley, odian el estado de derecho por rendir pleitesía a los caprichos de un charlatán”. Conociendo la postura de Manuel, es evidente que el sujeto tácito en la afirmación somos quienes apoyamos a la 4T, y “el charlatán” aludido es el presidente de México, quien en la primera mitad de su quinto año de gobierno alcanza una aprobación de alrededor del 70%. Mi contestación fue una pregunta retórica: “¿Lo que llamas ‘la ley’ está por encima de la voluntad de la mayoría democrática?” Díaz no dudó y enseguida tuiteó: “Si viola la Constitución, por supuesto que sí”. De nuevo, lancé una pregunta: “¿Constitución mata soberanía popular?” A esta última ya no hubo respuesta. ¿Por qué? Seguramente porque era ya evidente el argumento al que yo terminaría acudiendo, el artículo 39 de la Constitución: “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno.” La ley, pues, dice que soberanía popular está por encima de la Constitución…, y la ley es la ley, ¿no?

lunes, 13 de marzo de 2023

Localidades extremas

  

 

Agradezco al geógrafo Pedro Rivera

el análisis espacial que realizó

en el SIG Mapa digital de México.

 

 

 

En el sur tan distante quiero estar confundido / Luis Cernuda

 

¿Qué es el sur? Suena casi poética la primera definición que ofrece la RAE: Punto cardinal situado a la espalda de un observador a cuya derecha está el este. ¿Y qué es un punto cardinal? Cada uno de los cuatro que dividen el horizonte en otras tantas partes iguales, y están determinados, respectivamente, por la posición del polo septentrional, el norte; por la del sol a la hora de mediodía, el sur; y por la salida y puesta de este astro en los equinoccios, el este y el oeste. El sur es pues, en principio, una dirección: una forma de indicar la ubicación o el movimiento de algo o alguien en relación con otras referencias. Empleamos las direcciones cardinales para orientarnos en la superficie de la Tierra —en el espacio exterior no hay norte que valga—: el norte indica el rumbo hacia el Polo Norte; el sur, hacia su antípoda; el este, hacia donde sale el Sol, y el oeste, hacia donde se pone.

 

Pero el sur también es una parte, una porción del todo y en ese sentido una región. Así, Luis Cernuda se lamenta en su poema El sur: quizá mis lentos ojos no verán más el sur / de ligeros paisajes dormidos en el aire, / con cuerpos a la sombra de ramas como flores / o huyendo en un galope de caballos furiosos. / El sur es un desierto que llora mientras canta…

 

El lugar más austral poblado por seres humanos tiene un nombre celestial: Villa Las Estrellas. Se trata de una base científica localizada a una latitud de 62°10'S, en la isla Rey Jorge, en la Antártida chilena. 

 

¿Y en México? La localidad más al sur en nuestro territorio se halla en el estado de Chiapas, en el municipio fronterizo de Suchiate. Apenas a dos metros sobre el nivel medio del mar, en la localidad rural Brisas de Suchiate viven solamente 79 personas.




 

 

Por norte llevo sólo mi albedrío / Quevedo

 

Perder el norte significa andar desorientado: la expresión tiene origen marino: en la Antigüedad, los navegantes utilizaban la Estrella Polar como referencia para mantener el rumbo. Ese es el sentido que le da Miguel Hernández al norte en su poema 10: Nadie me salvará de este naufragio / si no es tu amor, la tabla que procuro, / si no es tu voz, el norte que pretendo.

 

Como Villa Las Estrellas, el lugar más al norte poblado por seres humanos también está en América: Alert, Canadá. La pequeña localidad se encuentra en la costa septentrional de isla de Ellesmere, Nunavut —latitud 82º 59' N—. Según el censo más reciente, apenas seis individuos radicaban en Alert, en donde trabajan en una estación del servicio meteorológico canadiense.

 

En nuestro país, la localidad más al norte es Vicente Guerrero (Algodones), municipio de Mexicali, en Baja California. Es una localidad urbana, en la que, según el último dato censal, radican 6,796 personas. Vicente Guerrero hace frontera con Estados Unidos tanto al norte como al este —río Colorado—.





 

El rojo sol de un sueño en el oriente asoma / Antonio Machado

 

Si aceptamos el criterio eurocentrista —occidental—, el punto más oriental en la superficie terrestre se encuentra en el extremo este en relación con el meridiano de Greenwich. En términos de husos horarios, que generalmente se miden desde dicho meridiano, el punto más al este es la Isla de Kiritimati (Isla de Navidad) —longitud de 157.4 O—, un territorio de la República de Kiribati en el océano Pacífico. Kiritimati, el atolón más grande del mundo con una extensión de poco menos de 700 kilómetros cuadrados, está habitada por unas 6,500 personas.

 

En México, el lugar habitado más oriental es Isla Mujeres, en Quintana Roo. Según el Censo de 2020, la ínsula está habitada por 13,174 personas. Ahora que si nada más consideramos el territorio continental, Cancún, residencia de casi 900 mil personas, en el municipio quintanarroense de Benito Juárez, es la localidad mexicana más oriental.




 

Los grillos cantan por el oeste / García Lorca

 

De nuevo, conforme a la cosmovisión occidental, el punto más al oeste del mundo es la línea internacional de cambio de fecha, que se encuentra en el océano Pacífico, al este de la isla de Fiji y al oeste de la isla de Aleutiana, Alaska. El lugar habitado más al oeste es la isla de Attu, una de las Aleutianas, con una población eventual muy reducida.

 

La localidad más al oeste de nuestro país es Tepeyac (Campamento Weste), ubicado en la isla Guadalupe —municipio de San Quintín, Baja California—. En 2020 tenía 113 habitantes. Y si únicamente tomamos en cuenta el territorio continental, es entonces la enorme ciudad de Tijuana, Baja California, con una población metropolitana de más de dos millones de habitantes.




 

¿Qué distancia en metros redondos hay entre el sol y las naranjas? / Neruda

 

Si alguna vez se te antoja emprender una aventura heroica, camina desde Brisas de Suchiate, Chiapas, la localidad sur extrema de México, hasta Vicente Guerrero, Baja California, la localidad más norteña del país. Se trata de una distancia en línea recta de 3,040.8 kilómetros, pero trasladarse así a pie es imposible: según Googlemaps, la ruta realmente es de 3,688 kilómetros, unas 750 horas de caminata. Si te interesa, aquí está la ruta.



También podrías recorrer el trayecto extremo este-oeste, entre Cancún y Tijuana. La distancia en línea recta, 3,258 kilómetros, es muy menor a lo que te llevará el recorrido andando: 4,483 kilómetros, 910 horas de camino, bordeando buena parte del Golfo. Te dejo también aquí la ruta.




martes, 7 de marzo de 2023

Humanos…, ¡ah, bárbaros!

  

Hago votos para que el próximo 8 de julio don Edgar cumpla 102 años de vida. Edgar Nahoum, mejor conocido como Edgar Morín, nació el 8 de julio de 1921 en París, Francia. Sociólogo, filósofo y activista, es un reconocido pensador de enfoque interdisciplinario, cuyo trabajo bien puede contextualizarse en el gran marco de la teoría de la complejidad. Una de sus obras más influyentes es El método, publicado en seis volúmenes entre 1977 y 2004. Morín sostiene que todo esfuerzo tendiente a conocer tiene que tomar en cuenta la complejidad del mundo y la interconexión de sus diferentes elementos. Cualquier conocimiento al que pueda aspirar el ser humano es parcial y provisional. El conocimiento no es únicamente una colección de datos almacenada en el cerebro de una persona, sino que lo conforma su relación vivencial con quien lo ha alcanzado (La mente bien ordenada, 1991).

 


Edgar Morín publicó Culture et barbarie européennes (2005) en el contexto del debate intelectual que desde los ochenta se ha intensificado en torno a la cultura y la identidad europeas. El libro conjunta tres conferencias dictadas por Morín en la Biblioteca Nacional Frangois Mitterrand, en mayo de 2005. Cuatro años después, editorial Paidós publicó la traducción de Alfredo Grieco y Bavio al castellano, con el título Breve historia de la barbarie en Occidente. Las tres lecciones que integran el libro son “Barbarie humana y barbarie europea”, “Los antídotos culturales europeos” y “Pensar la barbarie del siglo XX”.

 

La primera conferencia inicia con un análisis antropológico de la barbarie humana. Morín problematiza la definición clásica del ser humano —heredada del pensamiento antiguo griego—, esto es, el hombre como un animal racional, el homo sapiens, y sus dos complementos, con los que la tradición occidental se identifica tanto: el homo faber y el homo economicus. El hombre “de espíritu racional” es la misma criatura capaz del delirio y la enajenación, susceptible de caer en cualquier cantidad de manías y psicosis. El éxtasis, la catarsis, las crisis místicas, en fin, son posibilidades tan humanas como la capacidad de realizar operaciones aritméticas, despejar incógnitas algebraicas o filosofar en torno al origen del universo. “El homo sapiens… puede ser al mismo tiempo el homo demens”.


En cuanto al homo economicus —término introducido por primera vez por el italiano Vilfredo Pareto en su Tratado de Sociología General (1916) y popularizado a partir de mediados del siglo XX cuando Milton Friedman, George Stigler y otros economistas de la escuela de Chicago echaron mano de él—, se define como un ser racional y egoísta que siempre toma decisiones basadas en el propósito de maximizar su utilidad y satisfacción personal, y busca invariablemente obtener la mayor cantidad de beneficios con el menor esfuerzo y costo posibles. Pues ese mismo ser, recuerda Edgar Morín, es también “el hombre del juego, del gasto, del derroche”: el homo ludens descrito por Johan Huizinga —Homo ludens, Ensayo sobre la función social del juego (1938)—.

 



Finalmente, Morín se refiera al homo faber, es decir, al humano en tanto productor de mundo, fabricante de herramientas, cosas y mercancías —el término, aunque usado por lo menos desde el siglo V a. C. por Heráclito, se popularizó con la obra Homo faber: Ensayo sobre la transformación del hombre (1938) del filósofo alemán Max Scheler, quien argumentaba que el hombre se define a sí mismo a través de su capacidad para transformar y crear cosas nuevas —concepción que en cierto sentido dio continuidad a las ideas de Heidegger (El ser y el tiempo, 1927) sobre la relación del hombre con la tecnología—. El homo faber, recuerda Morín, ha sido también “capaz, desde los orígenes de la humanidad, de producir innumerables mitos”. En consonancia con el sociólogo norteamericano Lewis Mumford (El mito de la máquina, 1967), el pensador galo subraya que la evolución humana no solamente se debe a la elaboración de utensilios y demás artefactos, sino también de mitos y ficciones.

 


Morín asegura que en el origen mismo de la barbarie humana encontramos al homo demens, al homo ludens y al homo mythorum creato. El delirio, el juego, el cuento. Por lo demás, advierte que es un error creer que el escudo para protegerse de la fuerza que los griegos llamaban hybris —la desmesura— sea la razón: “sabemos que la racionalización puede servir a la pasión, y llevar hasta el delirio. Existe un delirio de la racionalidad cerrada sobre sí”. Efectivamente, la racionalidad, incluso en el sentido más weberiano, tiene la capacidad de engendrar monstruos. Por su parte, el homo faber suele entregarse de impulsivamente a la creación y perder la capacidad de control de sus propios productos: “los tiempos contemporáneos nos muestran una técnica que se desata y escapa a la humanidad que la ha producido. Nos comportamos como aprendices de brujos”. En cuanto al homo economicus, abundan prubas de que “coloca el interés económico por encima de todo, tiende a adoptar conductas egocéntricas, que ignoran al otro y que, por ello mismo, desarrollan su propia barbarie”. 



La barbarie pues no es una aberración humana, sino una condición intrínseca a nuestra especie.


(todas las ilustraciones son de Don  Moyer)

 

domingo, 5 de marzo de 2023

No es cuento: la casa de sus sueños

 

Domingo. Falta un huevo para el desayuno…, también algunas lonjas de tocino.

 

— Ahorita vengo –aviso, tomo una bolsa y salgo del departamento. En la segunda calle por la que debo avanzar hacia la tienda, frente a mí, unos metros más adelante, caminan dos mujeres: a la derecha, una señora que, por su complexión y forma de andar, calculo de unos sesenta años; a la izquierda, empujando una carriola negra, de esas que si fueran autos serían un BMW, una joven muy delgada… Van platicando. La mujer mayor, de vez en vez, se agacha para atender al pequeño pasajero. A media calle les doy alcance y las rebaso: la fémina más joven difícilmente tendrá 20 años, la otra no creo que llegue a los 40, en la carriola va, a cuerpo de rey, un perro, un microscópico pug.

 

Llego a la esquina, cruzo… El parque de la colonia se ve muy concurrido. Prefiero no entrar; cada vez huele peor: la invasión de canes durante los últimos años lo ha devastado. Hace unos meses, caminando por ahí, un pastor alemán estaba escarbando en la tierra de las lastimadas jardineras. Su dueña, indolente, lo miraba hacer.

 

— Señora, su perro está destrozando las plantas. ¿No sería mejor que lo llevara al área de perros?

 

— Es un pobre animalito, sigue sus instintos: él no tiene la culpa.

 

— Lo sé señora, por eso no le hablo al perro.

 

A unos pasos más de la esquina, junto al sitio de taxis, observo un espectacular: una estructura metálica junto al paradero. En una de sus caras se anuncia una supuesta barata de temporada en una gran tienda departamental. En la otra, leo:

 

Ahorra fácil desde

XXXXX® para

comprar la casa de sus sueños

y comienza una nueva relación

con tu dinero.

 

¿Con tu dinero… comienzas una nueva relación o compras una casa? El anuncio se ilustra con la integración de tres imágenes: el logotipo del banco, una casa —la casa soñada, podemos suponer— y un perro, el soñador.




            

martes, 28 de febrero de 2023

En México, ¿dónde comienza el Norte?

 A don JQG, con aprecio.

 

 

La semana pasada, una de las gamberras más estridentes del Partido Acción Nacional me hizo recordar a un sabinense que fue mi jefe. La fémina me parece de plano abominable y el señor, aunque de a tiro por viaje me hacía enojar, me caía a todo dar. La camorrista —persona que fácilmente y por cualquier causa arma broncas, alborotos y pendencias— se sumó a uno de los más recientes nados sincronizados de la reacción mexicana: la ridícula y vergonzante defensa, según ellos, de los intereses de uno de los hombres más acaudalados del mundo, el sudafricano/gringo Elon Musk —entiendo que el más rico hoy día es un tal Bernard Arnault—. El contexto puede entenderse sin necesidad de entrar en demasiados detalles.

 

El también dueño de Twitter ha hecho saber que planea montar en México una fábrica de Tesla; además, se ha mencionado la posibilidad de que ésta se localice en Monterrey, Nuevo León. Cuestionado sobre el asunto, el presidente López Obrador celebró la posible inversión, pero dijo que la planta tendrá que ser instalada en donde existan condiciones adecuadas para hacerlo: “nos importa mucho el que se invierta en el país porque significa la creación de empleos, pero queremos también cuidar el territorio…, garantizar que no le falte agua a la gente…” Y tuvo que recordar que “en el norte, en general, ya falta agua”. Como era de esperarse, enseguida la oposición respingó… Por ejemplo, melodramático y lastimero, Enrique, el hijo de De la Madrid, tuiteó: “Yo quiero un México donde una sola persona no decida donde se ubica Tesla!!!” Por su parte, la camorrista que aludo, la señora Lilly Téllez, también en Twitter, espetó: “Las empresas deben tener libertad de elegir dónde invierten. El presidente es un estorbo para la iniciativa privada; en lugar de condicionar las inversiones, debería dar certeza jurídica y seguridad. El norte de México es nuestro motor de desarrollo, bienvenido @elonmusk”. A este majadero y memo mensaje, amablemente respondió @Tiburonzone21: “Sí, pero en el sur también se necesita inversión de esa magnitud. Ya nos toca”. Siguió entonces la respuesta de la señora Lilly Téllez García… Esto fue lo que me hizo enojar y recordar de paso a mi exjefe: “Sí, ya les toca, pero trabajar. Para empezar, dejen de votar por puro grillo sinquehacer.” Por supuesto, la ofensa de la senadora prianista comparte la misma forma de comprender al país, conservadora y prejuiciada, del diputado Gabriel Quadri, quien, como seguramente ustedes recordarán, en 2019 tuvo la desvergüenza de tuitear: “Si México no tuviera que cargar con Guerrero, Oaxaca y Chiapas, sería un país de desarrollo medio y potencia emergente...” —por cierto, si bien resulta indignante que este individuo, que cobra como legislador y quiso ser presidente de la República Mexicana, ofenda así a tantos connacionales, también debería preocuparnos 1) que desde entonces mantenga el tuit en línea y 2) que ya tamaña estupidez haya alcanzado 12.6 mil likes—.

 

El propagado prejuicio de que la gente del norte del país es muy trabajadora y la del sur muy floja, más que obedecer a una teoría inspirada en el determinismo geográfico, es en realidad una expresión del racismo mexicano que menosprecia a los pueblos originarios, a nuestras raíces indígenas. Y, claro, ese racismo ancestral está aparejado al clasismo moderno, y ahora al aspiracionismo conservador.

 

Todo esto me recordó a don Julián Quiroga Garza (1937-2010), quien fue mi jefe directo durante los primeros tres años de la década de los noventa del siglo pasado, primero en la dirección de Censos Nacionales o luego en la dirección general de Cartografía Catastral. Él, maestro normalista y licenciado en Economía por la UANL, era oriundo de Sabinas Hidalgo. Don Julián era un norteño de pura cepa, cualquier cosa que ello signifique. Además, era travieso y provocador. Comía casi siempre carne asada, “así nomás con sal”, y aseguraba que “en el sur le ponen salsas y moles y muchas verduras y yerbajos porque casi no tienen carne o ya está echada perder”. A esa o a alguna otra de sus muchas pullas —con las que se la pasaba puyando gente— fue que una vez respondí con una pregunta:

 

— Bueno, y según usted, en México, ¿dónde comienza el Norte?

 

Con eso logré mantener a raya unos días a don Julián, hasta que una mañana subió a mi oficina. Trabajábamos en un edificio que entonces, no sé ahora, se llamaba Torre Arko; mi oficina estaba en el PH y la de él justo en el piso de abajo; lo había escogido porque ese nivel tenía una terraza en la que él sembraba zanahorias y betabeles. Entró fumando uno de los más de sesenta Raleigh que consumía al día y me dijo: — Pues ¿sabes qué? Ya lo pensé. Aquí mero.

 

— ¿Aquí mero qué, don Julián?

 

— Aquí en Aguascalientes comienza el Norte del país.

 

Aquel día no discutí con él, nada más le contesté, un poco para descontrolarlo, que seguramente la mayoría de los chilangos pensaban que en Ecatepec, Cuautitlán o incluso en Ciudad Satélite. Después he tenido ocasión de pensar en ello, y sé que no, que ni el centro geométrico ni el geográfico del territorio continental de nuestro país se encuentra en Aguascalientes, mucho menos, por supuesto, en la Ciudad de México. Hace más de diez años publiqué en esta misma columna la ubicación del centro de México: se localiza más al norte… Eso sí, como Julián Quiroga, muchos piensan —yo me incluyo— que más o menos en Aguascalientes comienza el norte cultural de nuestro país. Digo cultural porque si mantenemos la perspectiva geográfica no van a faltar las sorpresas. Nadie duda que Guerrero, Oaxaca, Tabasco y Chiapas están en el Sur, o que Baja California, Sonora, Chihuahua y demás estados fronterizos están en el Norte, pero poca gente repara en que Yucatán está al norte de la Ciudad de México, igual que buena parte de lo que llamamos el Sureste, así como Tuxpan y Poza Rica, Veracruz. ¿Y qué decir de Guadalajara, es norteña o sureña?

 

Pues resulta que, si dividimos el país en dos mitades, una norteña y una sureña, por medio de una línea que pase a la misma distancia del punto más meridional y del punto más septentrional del México continental, dicha línea imaginaria —algo así como nuestro ecuador— casi coincide con el Trópico de Cáncer: se localiza en la latitud 23º 15’ 48’’ norte. En el extremo Este, la línea alcanza a tocar la península de Baja California, y pasa por el extremo sur del municipio sudcaliforniano de La Paz, muy cerca de su frontera con el de Los Cabos, y luego, del otro lado del mar, atraviesa el municipio de Elota, en Sinaloa. En la parte más occidental, después de pasar por Durango, Zacatecas, San Luis Potosí y Nuevo León, sale al Golfo de México por Tamaulipas, específicamente en el municipio de Soto la Marina. Así que, no sólo la capital de la República se ubica en el sur del país, y también una porción de Tamaulipas, Nuevo León, Zacatecas, Durango y Sinaloa, al igual que todo Aguascalientes, Nayarit, Guanajuato, Querétaro, Colima, Jalisco, Michoacán, Hidalgo… y de ahí hasta la frontera Sur.

 

Elaboró: Pedro Rivera.

Lo cierto es que si se mantuviera el prejuicio entre más al norte más trabajadora es la raza, y ese fuera el único determinante, al señor Musk no le convendría poner su fábrica en Monterrey, pero tampoco en Hermosillo, Sonora, de donde salió la señora Téllez: su mejor opción sería, claro, Tijuana. Por fortuna, hoy ese prejuicio no impera en el gobierno federal, en donde sí, afortunadamente, se tiene claro que el territorio y sus recursos naturales se tienen que cuidar. Y sí, el presidente tiene razón: el agua está en el sur.

lunes, 20 de febrero de 2023

Nacionalismo y territorio

  


Me sé afortunado: como mínimo una ocasión he plantado los pies en al menos un sitio de cada una de las 32 entidades federativas que integran la República Mexicana.

 

En la Ciudad de México, antes DF, he recorrido buena parte de cada una de sus 16 demarcaciones territoriales —por favor, dejen de decirles alcaldías—. Por razones laborales, hace algunos años intenté conocer todos los municipios de Guerrero, el Estado de México y Morelos —hoy en conjunto suman 242— y casi lo consigo —me faltaron unos quince—. De los municipios de Aguascalientes me falta uno: jamás he estado en Tepezalá. Del resto de los estados, mejor no especifico… En Oaxaca, Puebla, Veracruz, Chiapas… seguro no me he apersonado nunca en más del 90% de sus respectivos municipios. Creo que difícilmente he pisado poco más de 200 municipios del país, menos del 10% de los 2,475 en los que actualmente se divide el territorio nacional.

 

En noviembre de 2020, AMLO dijo: “Tengo esa dicha enorme, no quiero que se vaya a malinterpretar y ofrezco disculpas, pero no hay un mexicano, ya no hablemos de los políticos, un mexicano que conozca todas las cabeceras municipales, todos los municipios del país como el actual presidente de México.” El 24 de marzo del 2022 reiteró: “Ofrezco disculpas, pero no creo que haya un mexicano que conozca todos los municipios de México, como el que les está hablando…”

 


Independientemente de cuántos municipios haya usted visitado, si reflexiona el asunto unos momentos, caerá en la cuenta de que no es extraño que una persona que ha recorrido la grandiosidad territorial de México profese un arraigado patriotismo, y que, desde ahí, a ras de suelo, abandere un nacionalismo fundamentado, aterrizado. Lo mismo puede decirse de cualquier gente bien versada en la historia de su país. No es fortuito que las sociedades de geografía e historia decimonónicas hayan sido los semilleros de los ideólogos del nacionalismo temprano en toda Iberoamérica. Museos y mapas son dispositivos primordiales de los estados nacionales.

 

Confundir patriotismo con nacionalismo es común, incluso entre eruditos. No son lo mismo. David Brading (Los orígenes del nacionalismo mexicano, 1988) lo explica claramente: el patriotismo es “el orgullo que uno siente por su pueblo, o de la devoción que a uno le inspira su propio país”, mientras que el nacionalismo es “un tipo específico de teoría política; con frecuencia […] la expresión de una reacción frente a un desafío extranjero…” El nacionalismo, pues, precisa del patriotismo. A diferencia del patriotismo que es un sentimiento que surge espontáneamente de la cotidianeidad, el nacionalismo, en tanto ideología política que abona en favor del poderío de un Estado Nación, debe construirse, primero, y luego permear. George Orwell (Notes on Nationalism) planteaba así la diferencia: “El nacionalismo no debe confundirse con el patriotismo. Ambas palabras se usan normalmente de manera tan vaga que cualquier definición puede ser cuestionada, pero se debe hacer una distinción entre ellas, ya que están involucradas ideas diferentes e incluso opuestas. Por patriotismo me refiero a la devoción a un lugar y a un modo de vida particular…, pero sin deseo de imponerlo a otras personas. El patriotismo es, por su propia naturaleza, defensivo… El nacionalismo, por su lado, es inseparable del deseo de poder”.

 


Patriotismo y nacionalismo resultan impensables sin un sentimiento de pertenencia, sin una identificación con un lugar, una memoria compartida y una comunidad. En el caso de los países modernos, hablamos de la llamada identidad nacional. La identidad nacional no es una condición inamovible, sino una abstracción dinámica que suele ligarse erróneamente con la idea de un supuesto carácter nacional. Alan Knight sostiene que hablar de carácter nacional implica la creencia de que existen una serie de formas de ser y actuar heredadas a los habitantes de un país por el puro hecho de serlo: todos los mexicanos nacemos corruptos y cueteros, los canadienses afables y los argentinos petulantes. Tales yerros conllevan conjeturas xenófobas y atizan traumas colectivos. El historiador señala el desacierto de ligar un carácter nacional con la idea de identidad nacional. Si uno se refiere a la identidad nacional “como un supuesto concepto explicativo objetivo”, se cae en un desatino, toda vez que “es imposible hallar algún concepto explicativo objetivo bajo la clasificación general”. Por otro lado, si con el término etiquetamos la creencia que la gente mantiene acerca de determinados atributos que se portan nada más por ser mexicano o iraní, entonces se puede tener una interesante materia de estudio —muchos mexicanos creen que todos los habitantes de este país somos impuntuales y tequileros, por ejemplo—. Sea lo que sea la identidad nacional, no es un determinante heredado de padres a hijos, no es una cualidad innata, sino algo que siempre está en proceso, “algo que fluye, se construye y se ‘alcanza’”… o se desdibuja, y que en cualquier caso ocurre en el ámbito sociocultural, no en el biológico. Por eso, es una pantagruélica estupidez decir, por ejemplo, que “la democracia no está en el ADN de la sociedad mexicana”. La nacional es un tipo específico de identidad que convive con otras muchas, como las regionales, las de género, las de clase… Para hacer operativo el concepto de identidad, Knight abre una posibilidad, enclavando en el concepto tres contenidos: la identidad nacional objetiva y sus rivales; su relación con el lenguaje y con la religión; y su conexión con el tiempo y el espacio. Del primer punto, destaca la ponderación de las identidades locales sobre la nacional: el retrato de los chilangos, los tapatíos o los hidrocálidos necesariamente resulta más “‘objetivamente’ cierto y útil para fines explicativos” que cualquier representación de los mexicanos en su conjunto. Queda la identidad a partir de la diferenciación respecto a los demás: los mexicanos son dicharacheros y cotorros, los ingleses son parcos y flemáticos. Se trata de percepciones subjetivas, de tal suerte que la pregunta perdura: “Las características nacionales objetivas de los mexicanos ¿los diferencian drásticamente de otros?” En el lenguaje, Knight no encuentra elementos suficientemente significativos para dar solvencia al concepto; tampoco en la religión…, exceptuando claro “la Virgen de Guadalupe…, acaso el mejor símbolo de la identidad nacional mexicana”. Y más allá…, ¿qué queda exclusivamente mexicano? El planteamiento de Knight es tan incuestionable que podrá parecer una perogrullada: un tiempo y un espacio específicos, una historia y un territorio, y de ellos se inclina más por la dimensión espacial. Si bien los sucesos históricos “constituyen en verdad marcadores importantes” de identidad, “resulta más fácil medir el ‘molde’ de la geografía que el de la ‘historia’”. Más incluso, si bien resulta indiscutible que el devenir a través del tiempo de una nación marca su identidad, “la geografía tiende a generar estructuras históricas duraderas”. Mientras que puede haber diversas versiones sobre cómo ocurrió y qué trascendencia tuvo determinado acontecimiento histórico, la existencia de las formaciones montañosas que atraviesan al país, por ejemplo, es contundentemente irrebatible… De nuevo: una identidad fuerte tiene que estar aterrizada, territorializada.

domingo, 19 de febrero de 2023

El cine previsto por Musil

  

La primera edición de El hombre sin atributos, obra cumbre del austriaco Robert Musil (1880-1942), se publicó en 1930 por la editorial berlinesa Rowohlt Verlag. Fundada en 1908 por Ernst Rowohlt, el sello se había convertido en uno de las más importantes de la época; publicó a muchos autores importantes de la literatura alemana y europea en el siglo XX, como Thomas Mann, Franz Kafka y Bertolt Brecht. La edición príncipe de El hombre sin atributos constaba de dos volúmenes, y se presentaba como una obra en progreso, ya que Musil había anunciado que aún estaba trabajando en una tercera parte. Los dos primeros volúmenes fueron escritos a lo largo de veinte años. La última parte de la novela se publicó un año después del óbito del escritor.



Ya avanzado el primer volúmen, el astuto Arnheim, un empresario rico y poderoso, conversa con Ulrich, el protagonista de la novela, un hombre culto e inteligente que vive en la Viena de principios del siglo XX, y le advierte:

 

— Va usted frecuentemente al cine? ¡Debería hacerlo! —dijo—. Es posible que la cinematografía no presente en su forma actual un gran porvenir, pero asocie usted a ella intereses comerciales de mayor cuantía, por ejemplo, la industria de los colores o la electroquímica, y verá cómo en unos decenios habrá alcanzado un desarrollo imposible de ser detenido. Entonces se impondrá un proceso al que deberán contribuir todos los medios de difusión y desarrollo del mundo; y por mucho que sea lo que se hayan imaginado nuestros poetas o estetas, el arte que surgirá será el de la Sociedad General de Electricidad o el de la Industria Alemana de Colorantes. ¡Es como para tener miedo, amigo mío!