Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

domingo, 8 de diciembre de 2024

Por la cuarta

  

¿Que qué me ha dado el destino? Alcance…

 

Inaplazable, este es el hecho: en unas semanas dejaré de ser adulto menor. De un día para el otro voy a despertar apoltronado en el último tramo de la vida, de mi vida. ¿El último? Pues sí, el último, porque, aceptémoslo, ¿quién diablos ha oído hablar de una “cuarta edad”? La tercera es la vencida. En fin, por más que yo sienta que es demasiado temprano para llegar a la “madurez tardía”, la mutación abrupta es ineludible y está fatalmente programada: uno cumple sesenta años e ipso facto, esté como esté, ande como ande, ingresa a la vejez. El paso es inapelable, palmario, una deportación a la categoría de provecto.

 

El tercer cambio de página es algo muy distinto de lo que ocurre con los límites más bien porosos de los otros dos tramos de la existencia. Porque, a ver, ¿la primera edad comienza con el primer berrido, es decir, cuando uno es expulsado al mundo, o tenemos una especie de pretemporada, una etapa prologal, digamos, al menos hasta que el recién nacido consiga estructurar un incipiente Yo o quizá hasta que comience a gatear o pueda balbucear algunas palabras? Y después, ¿cuándo comienza la segunda edad? ¿Al principio de la ajetreada pubertad, alrededor de los doce, o a su término, por ahí de los quince o tres años después, a los dieciocho, cuando alcanzamos la ciudadanía? ¿O quizá hasta los treinta cuando ya es ridículo andar por la vida negando la condición de adulto? Eso sí, en términos jurídicos, usted puede exigir que lo consideren joven mientras ande entre los doce y los veintinueve años. Por mi parte, es indiscutible que vivo los últimos días de mi segunda edad: en este país, oficialmente, de acuerdo con la Ley de los Derechos de las Personas Adultas Mayores, la tercera edad comienza oficialmente a los sesenta años. Al día siguiente de mi próximo cumpleaños podré ir a tramitar mi credencial del INAPAM para poder acreditarme como viejito.




 

*

 

La costumbre de dividir la vida en tres tramos es antañona, por lo menos en la tradición occidental. Por ejemplo, podemos recordar una célebre adivinanza milenaria. Aunque por allá del siglo V antes de nuestra era ni en Edipo rey ni en Edipo en Colono Sófocles haya referido a detalle el enigma que la ambigua Esfinge planteó al trágico joven tebano, en su explicación argumental, siglo y medio más tarde, Aristófanes de Bizancio la recupera: 

Existe sobre la tierra un ser bípedo y cuadrúpedo, que tiene sólo una voz, y es también trípode. Es el único que cambia su aspecto de cuantos seres se mueven por tierra, por el aire o en el mar. Pero, cuando anda apoyado en más pies, entonces la movilidad en sus miembros es mucho más débil.


Aristófanes da cuenta igual de la solución, que debió de ser la respuesta de Edipo. También la provee, pero más bonito y un montón de siglos después, un porteño, Borges:

Cuadrúpedo en la aurora, alto en el día

y con tres pies errando por en vano

ámbito de la tarde, así veía

la eterna esfinge a su inconstante hermano.

Recordemos que, en su Ética a Nicómaco, Aristóteles seccionó la vida humana en tres: la infancia dependiente y formativa; la juventud, en la que se forja la autonomía, y la plenitud, en la que es exigible que uno alcance la sabiduría y la virtud. Hace poco menos de doscientos años, Augusto Comte adujo que la vida de las personas sucede en tres estadios: “cada uno de nosotros, al examinar su propia historia, ¿no recuerda haber sido sucesivamente, en lo que respecta a sus nociones más importantes, un teólogo en su infancia, un metafísico en su juventud y un físico en su madurez?” (Curso de filosofía positiva). De igual manera, Herr Doktor Freud, postuló que el desarrollo de nuestra sexualidad ocurre en tres trancos: pregenital, de latencia y genital. Y podría seguir ejemplificando…

 

Como sea, no tiene caso alegar que en la actualidad resulta más bien raro toparse con un sexagenario obligado a usar bastón o que es frecuente cruzarse con personas que, con la misma edad a cuestas, siguen pensando teológicamente o tengan cualquier característica menos la de ser sabios, como sea, con o sin báculo, pensando científicamente o no, chocheando o rockeando, llegando al sexto piso, todos y todas, sanos y decrépitos, animados y quebrados, somos confinados en bola en el copete de la pirámide. Y si uno es lo de menos, uno mismo, yo en esta ocasión, más; así que si traje a cuento mi caso es por significativo, y no por ejemplar, pero sí como ejemplo, ejemplo de un evento, importante desde un punto de vista generacional, que está a punto de suceder.

 

*

 

En el texto clásico sobre el tema, El problema de las generaciones (1928), el húngaro Karl Mannheim propone que una conexión generacional se establece gracias a un cierto parecido cultural que hay entre los individuos agregados a un determinado período histórico. Si bien conviene en que, efectivamente, el fenómeno sociológico de la conexión generacional se fundamenta en el hecho del ritmo biológico del nacimiento y la muerte de la gente, no lo determina, porque “estar fundamentado en algo no llega a significar ser deducible de eso o estar contenido en ese algo”. En cambio, piensa que “para estar incluido en una posición generacional, tiene uno que haber nacido no sólo el mismo año sino, en el mismo ámbito histórico-social —en la misma comunidad de vida histórica— y dentro del mismo período”. Y aquí está dicho, pues, lo que permite entender desde entonces que no necesariamente todas y cada una de las generaciones tienen que durar lo mismo: conforme se acelera el cambio histórico, las generaciones se acortan, y en contra parte, en períodos en los que la estabilidad se prolonga, las generaciones se ensanchan.

 

Desde una perspectiva sociológica, una generación es un grupo de hombres y mujeres que nacieron en un período histórico relativamente delimitado, y que por eso mismo más o menos comparten determinadas experiencias, eventos significativos, valores, en fin, ciertas características culturales. Dichas cohortes demográficas pretenden dar cuenta de las peculiaridades en cuanto a la visión del mundo, actitudes, comportamientos y formas de relacionarse, a partir del tiempo en el que a cada uno le tocó vivir. Desde esta postura conceptual, una de las cohortes generacionales más utilizadas en Occidente tiene su origen en la Sociología, pero sus usos más bien en la comunicación masiva y marcadamente en la mercadotecnia. Así, por ejemplo, se habla de los dichosos milenials, una generación que nació aún en el siglo XX, entre 1981 y 1996. Híbridos, muestran una mezcla de tradición y modernidad. Crecieron en los albores de la revolución digital, pero también vivieron las postrimerías de la época aquella en la que las computadoras eran cosa de películas de ciencia ficción. Previa a la de los milenias fue la llamada generación X, compuesta por quienes nacieron entre 1965 y 1980, por lo que crecieron en un contexto de cambios sociales y tecnológicos significativos, como el auge de la informática y el final de la Guerra Fría.  A los milenials le seguirían los centenials o generación Z, nacidos entre 1997 y 2012, y luego los más chavitos, la generación alfa, llegados al mundo de 2013 hasta hoy. Pero más que de las más recientes, considerando el evento histórico que está a punto de suceder y del cual fatalmente tomaré parte, me quiero referir a las generaciones más vetustas.

 

Comienzo por la generación perdida, individuos nacidos entre 1883 y 1900, alcanzaron la mayoría de edad durante la Primera Guerra Mundial. El origen del término se halla en el arte; fue un mote popularizado por Gertrude Stein y Ernest Hemingway para referirse al grupo de escritores y artistas expatriados que vivieron en París durante la década de 1920. Fue una generación caracterizada por la desilusión ante los horrores de la guerra, lo que los llevó a la bohemia, la vanguardia y a rechazar las normas y valores tradicionales de la sociedad burguesa. De esa generación no queda ya nadie vivo.



Luego llegó la generación grandiosa. Comprende a las personas nacidas entre 1901 y 1927, así que muchos de sus miembros alcanzaron la mayoría de edad durante la II Guerra Mundial. Esta generación es valorada por su sentido del deber, patriotismo y capacidad de trabajo y para superar desafíos significativos. Muy probablemente aún permanezcan entre nosotros, en todo el mundo, poco menos de un millón de miembros de esta generación. Después tenemos a la generación silenciosa, los nacidos entre 1928 y 1945. De actitud conservadora y una fuerte preferencia por la estabilidad social, prefirieron evitar el activismo político y las expresiones artísticas novedosas. Hoy los más jovencitos de ellos tienen 78 años.

 

Enseguida aparecieron los famosos baby boomers. Nacidos entre 1946 y 1964, fueron y son hombres y mujeres que crecieron durante un periodo de prosperidad económica y estabilidad, tras la Segunda Guerra Mundial. Esta cohorte fue la que protagonizó un aumento significativo en la natalidad, el baby boom, de ahí su nombre. La celebérrima explosión demográfica se refiere a ellos. En general, pudieron disfrutar de un entorno familiar seguro y acceso a educación, tecnología y servicios de salud.



Son, somos un montón… y en unos cuantos días, el primero de enero de 2025, no quedará ya ninguno de ellos, ninguna de ellas, ninguno de nosotros que no sea un venerable integrante de la tercera edad.

 

Sirva todo lo anterior para fundamentar una propuesta. Juzgo que, en este país, actualmente, buena parte de los sexagenarios, más menos unos diez millones de personas, modestia aparte, todavía aguantamos un piano, todavía tenemos y debemos aportar. Así que propongo que vayamos instaurando que después de la tercera edad hay al menos una cuarta, digamos que comienza, comenzará en mi caso, a los 85 años.

 

A seguir dándole que hay mucho qué hacer. Por lo demás, a mí se me hace que estas dos preguntas de Juan Gelman son afirmaciones y les sobran los signos de interrogación:

El temor a la vejez ¿envejece?

el temor a la muerte ¿enmuerta?

domingo, 1 de diciembre de 2024

Generaciones de perros y perrófilos

 

Una especie que viviera eternamente

tendría que aprender a olvidarse de sí misma,

y compensar la falta de nuevas generaciones.

Karl Mannheim, El problema de las generaciones.

 

 

Vengo del tianguis. Presté atención especial al tema y puedo reportar lo siguiente: vi más perros que niños. No exagero si digo que la proporción anda como de tres a uno. Claro, eso ocurre porque cada vez hay más gente que tiene canes en vez de prole. En inglés, comienzan a mentar el fenómeno como petparenting (paternidad de mascotas); el término refleja la tendencia de muchas personas a considerar a sus mascotas, especialmente perros, como parte de la familia, asumiendo roles de cuidado y crianza similares a los de los padres con sus hijos.



Sería un despropósito afirmar que, a diferencia de todas las anteriores, las nuevas generaciones de perros se sienten hijos de sus dueños. ¿Por qué? Porque si bien podemos hablar de generaciones de perros en términos biológicos —“El Borisjonson y la Ladydi son ya de la cuarta generación desde que nos regalaron a la primera pareja de mastines ingleses”—, desde finales del siglo XIX el término se refiere más bien a humanos. Por lo demás, los perros no presentan comportamientos culturales, en cualquier caso, se prestan a formar parte de ellos. Así, ¿lo correcto sería sostener que, a diferencia de todas las anteriores, las nuevas generaciones de humanos actúan como si sus perros fueran niños? Sin duda el fenómeno es novedoso, reciente, pero ¿será que se muestra entre las “nuevas generaciones”? Bueno, debo decir que la mayoría de las personas que uno ve en la calle exhibiendo los dotes parentales que le pueden dispensar a sus perros son gente que ya no se cuece al primer hervor. Muy probablemente el perfil demográfico más común sea mujer solitaria de más de cincuenta años, aunque también abundan canofílicos jóvenes, mujeres y hombres. ¿Quienes hoy tienen, digamos, cincuenta años, necesariamente pertenecen a una generación distinta a la de una pareja de treintañeros? Desde una perspectiva biológica, sin duda, pero no necesariamente en términos culturales.

 

Alfred Victor Espinas (1844-1922), un pensador francés discípulo de Augusto Comte, escribió en 1878 Des sociétés animales, un ensayo seminal en el campo de la sociología comparada y la psicología animal. Espinas aborda la cuestión de las estructuras sociales en los animales, en particular en aquellas especies que viven en grupos (abejas, hormigas, lobos, monos), y compara sus comportamientos y organización comunitaria con los de los seres humanos. Espinas pretende establecer paralelos entre la vida social humana y la animal. Una de las contribuciones más importantes de Espinas fue la distinción que hizo entre sociabilidad instintiva, propia de los animales, y la sociabilidad reflexiva, específicamente homínida. Subrayó también que, aunque las sociedades animales presentan ciertas analogías con las nuestras, las sociedades humanas son mucho más dinámicas y flexibles, ya que evolucionan culturalmente por medio del lenguaje y la reflexión individual, mientras que las animales permanecen prácticamente sin cambios mientras la evolución biológica no los requiera.

 

Por cierto, Comte (1798-1857) —quien para más de uno debemos considerar el primer sociológo de la historia— pensaba que el cambio generacional entre los seres humanos está directamente relacionado con la duración de la vida de las personas. Es decir, mantenía aún un criterio apegado a la Biología. Sostuvo que, si se alargara demasiado la duración de la vida de la gente, el tempo del progreso se ralentizaría; en tanto que, por el contrario, si nuestra vida tuviera menos duración, digamos la mitad o una cuarta parte del promedio actual, el tempo del progreso se aceleraría. ¿Por qué? Porque pensaba que la gente mayor es conservadora y los jóvenes revolucionarios, necesariamente, de tal suerte que, si perduraran más los primeros, el cambio se atascaría. Por supuesto, don Augusto se equivocó feo. Justo cuando la esperanza de vida ha aumentado como nunca —en 1800, a nivel mundial, difícilmente superaba los treinta años, mientras que, si bien con variaciones significativas según la región, actualmente la esperanza de vida global promedio ronda los 72-73 años—, la velocidad del progreso científico y tecnológico —justo como a él le parecía adecuado medirla— se ha vuelto vertiginosa.

 

Los primeros intentos de teorizar seriamente la cuestión de las generaciones fueron realizados en el marco del positivismo, sobre todo por franceses. “En el fondo de la cuestión estaba el afán por encontrar una ley general del ritmo de la historia, y de encontrarla a base de la ley biológica de la limitada duración de la vida del hombre y del hecho de la edad y sus etapas”, explica el húngaro Karl Mannheim (1893-1947) en el texto clásico de la Sociología en la materia, El problema de las generaciones (1928).

 

Otro francés, François Mentré (1877-1950), en su libro Les générations sociales, (1920), realizó la primera revisión histórica del concepto de generaciones, desde la perspectiva social. Hay que considerarlo el último positivista —su ensayo se apoya en el trabajo de Espinas— y el primero que logró salir de la visión biologista. Mentré desarrolla la tesis de que las generaciones humanas no sólo se definen por criterios biológicos o cronológicos, sino también por factores sociales y culturales que moldean su identidad colectiva. Mentré aventura por fin la idea de que cada generación está influida por el contexto histórico y las transformaciones sociales de su tiempo, lo que genera un conjunto de experiencias compartidas que configuran sus valores, actitudes y perspectivas. Para él, el concepto de generación es clave para entender la dinámica de cambio en las sociedades, ya que las tensiones y los contrastes entre generaciones impulsan la evolución social.

 

Será Karl Mannheim quien termine de redondear el concepto. En fin, sin adelantar la próxima entrega, adelanto que él comprendió que la juventud no es necesariamente innovadora y que la mera contemporaneidad biológica no basta para constituir una posición generacional afín, de modo tal que es perfectamente posible que sean hoy las personas más vetustas quienes sigan imponiendo patrones culturales a los más jóvenes. 

 

— Mi abuelo decía que su generación era más obediente –le comentó un padre a su hijo.

 

— Mi perro ahora dice lo mismo de mí —respondió el joven.

domingo, 17 de noviembre de 2024

Dobles dobles

  


Símbolo del caos y del mal, la Hidra de Lerna era un monstruo acuático de múltiples cabezas y aliento venenoso. En su Teogonía, Hesíodo (c. 700 a. C.) cuenta que quien logró aniquilar “con su implacable bronce” a “la perversa Hidra” —hija de Tifón y Equidna, dos aberraciones primordiales— fue nada menos que el héroe más célebre de la mitología griega: “el hijo de Zeus…, el Anfitriónida Heracles” —Heracles para los griegos, Hercle para los etruscos, Hércules para los romanos—. Ahora, Hesíodo nomina a Heracles como “el Anfitriónida” para hacer referencia a Anfitrión, su padre adoptivo, terrenal y falso, puesto que quien verdaderamente lo engendró fue Zeus, el Mero Mero, el Supremo, el rey de los dioses y los mortales. De lo anterior se desprende que Heracles tuvo dos abuelos paternos: uno verdadero, el dios titán Cronos, y otro falso, Alceo, rey de Tirinto —por eso en algún momento Ovidio se permite llamar a Hércules “el Alcida”—.

 

En cuanto a la madre del héroe griego, la cuestión es menos complicada: fue la argólide Alcmena, hija de Electrión, rey de Micenas. En su Escudo, Hesíodo describe así a la dama: 

… superaba a toda la especie de femeninas mujeres en aspecto y estatura; y, aún más, en espíritu ninguna era su rival de cuantas parieron mortales acostadas con mortales. De su cabeza y negras pestañas se exhalaba tal fragancia cual de la muy dorada Afrodita; además, tan de corazón honraba a su marido como nunca jamás lo honró ninguna de las femeninas mujeres.

Contaba ya aquí que para saciar las ansias que despertaban en su divino ser las despampanantes gracias de doña Alcmena y poder entablar comercio carnal con ella, el mañoso Zeus adoptó por entero la apariencia del marido, Anfitrión, y aprovechó la ocasión cuando él se hallaba guerreando fuera de Tebas:

Zeus se presentó una noche y, haciéndola durar como tres, yació con Alcmena en figura de Anfitrión y le relató lo sucedido con los teléboas. Cuando llegó Anfitrión y vio que su mujer lo acogía sin entusiasmo, le preguntó el motivo, y al decirle Alcmena que a su regreso la noche anterior ya se había acostado con ella, Tiresias le aclaró que la unión amorosa había sido con Zeus.

Así lo narra Pseudo-Apolodoro en su Biblioteca mitológica (c. s. I d. C.). Imposible concluir que Alcmena traicionó a su esposo —¿con él mismo?—. En esta versión del suceso, Zeus convirtió tres noches en una. Hesíodo no detalla si la noche aquella del encuentro sexual duró más de una. Diodoro Sículo (s. I a. C.) en su Biblioteca histórica (t. IV) consigna la misma antinatural duración del encuentro que Pseudo-Apolodoro: “… cuando Zeus se unió a Alcmena, triplicó la duración de la noche y, por la magnitud del tiempo que se empleó en la procreación, presagió la fuerza extraordinaria del que iba a nacer”. Higino (64 a. C. – 17 d. C.), en su Fábula, dice que Zeus “… suprimió un día y unió dos noches”, mientras que Publio Ovidio Nasón (43 a. C. – 17 a. C.), en Las metamorfosis, señala que esa noche duró lo que dos. Luciano de Samósata (125-181), en su Diálogos de los dioses, informó que la noche de amoríos del padre de los dioses con la mujer se prolongó por lo que duran tres días completos. Independientemente de cuántas horas haya tomado aquello, el caso es que Zeus consiguió embarazar a Alcmena, y enseguida, porque regresó victorioso, Anfitrión procedió a lo propio, así que Alcmena concibió dos hijos: de Zeus, a Heracles, “mayor una noche que Ificles, habido de Anfitrión”.

 

Anfitrión conocerá la verdad de lo ocurrido y descargará de toda culpa a su mujer. En la versión de Molière (1622-1673) de la comedia Anfitrión, el propio Júpiter, que es decir Zeus, convencerá al marido de que más bien debería sentirse orgulloso por lo sucedido:

No veo que para tu amor haya ningún motivo de queja, que en esta aventura soy yo, por más dios que sea, quien debe ser el celoso. Alcmena es toda tuya, hiciera lo que hiciese, y debe resultar muy grato para tu amor ver que, para agradarla, no hay otra vía que parecer su esposo: que Júpiter, revestido de su gloria inmortal, no ha podido por sí mismo vencer su fidelidad, y lo que ha recibido de ella solo a ti ha sido entregado por su ardiente corazón.

Transcurridos ocho meses —fueron prematuros—, Ificles nació primero, seguido por su medio hermano mellizo, el semidios Heracles. Esta secuencia se debe a que, celosa y deseando perjudicar a Heracles, Hera hizo que el parto de Alcmena se retrasara. Esto se logró mediante un engaño: la diosa hizo que las Ilitias no acudieran a tiempo a ayudar a Alcmena. No tenemos descripciones de los recién nacidos, pero por muy parecidos que hayan sido entre sí, mellizos de la misma madre, muy pronto Anfitrión y Alcmena supieron cuál era cuál. De nuevo, la fúrica esposa de Zeus, Hera, deseosa de asesinar al vástago de su casquivano hermano-consorte, hizo aparecer dos enormes serpientes en la cama de los bebés…



Alcmena, en el momento de apuro, gritó pidiendo ayuda a Anfitrión, pero antes de que él pudiera hacer algo, el pequeño Heracles se incorporó y estranguló a las serpientes con sus propias manos. Así lo consigna Ovidio, aunque Ferécides de Leros (c. 450 - 400 a. C.) cuenta una historia algo distinta: que más bien fue Anfitrión quien decidió poner las serpientes en la cama para averiguar cuál de los dos niños era el hijo de Zeus y cuál el suyo. Suena lógico: seguramente al pobre lo desquiciaba la igualdad. Diferenciar, separar, escindir, es la operación más primitiva para combatir el caos, para aniquilar a la Hidra.

domingo, 10 de noviembre de 2024

Sosias y mi prejuicio freudiano

   

El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente.

Jorge Luis Borges, El otro.

 

 

Me acabo de cachar a mí mismo cayendo en un prejuicio recién formado. Me ocurrió leyendo Más allá del principio del placer (1920), uno de los ensayos más importantes de Freud. Se trata de un prejuicio que se relaciona precisamente con el conspicuo neurólogo vienés —permítanme llamarlo así, pese a que don Sigismund Schlomo no nació en Viena, Austria, sino en Freiberg, hoy Příbor, una pequeña ciudad checa, y pese a que, aunque estudió Neurología, la mayor parte de su vida (1856-1939) más bien la dedicó al Psicoanálisis, la disciplina racional y humanista que él mismo fundó—. Acoto que el prejuicio al que aludo es de origen filológico.

 

En la sección segunda de su referido ensayo, Freud aborda el juego infantil, en particular, analiza el gusto que parecen mostrar todos los niños en la repetición, fenómeno que todos hemos observado más de una vez: “los niños repiten en el juego todo cuanto les ha hecho gran impresión en la vida…” Al respecto, se cuestiona qué placer le puede causar al infante repetir una y otra vez experiencias que en su momento les resultaron más bien displacenteras. He aquí parte de su respuesta:

En cuanto el niño trueca la pasividad del vivenciar por la actividad del jugar, inflige a un compañero de juegos lo desagradable que a él mismo le ocurrió, y así se venga en la persona de este sosias.

Ahí está: sosias, este fue el pivote que activó mi prejuicio. 

 

Ahora, ¿qué es un sosias? Sosias no es un concepto especializado, ni psicoanalítico ni médico; la palabra se puede encontrar en un diccionario cualquiera, el de la RAE, por ejemplo, la define así: “Persona que tiene parecido con otra hasta el punto de poder ser confundida con ella.” Un sosias es un doble. Así que, con sosias Freud se refiere a una persona que actúa como una réplica, como un clon de otra, o que desempeña el papel de un “otro” en la situación específica, la del juego infantil en el caso de su ensayo. En la cita que hago de Más allá del principio del placer, el sosias es un compañero de juegos del niño, que sirve como una proyección o sustituto de sí mismo para realizar una especie de acto de venganza. No es necesario agregar nada más en cuanto al significado del vocablo…, lo interesante está en el origen de sosias.

 

Sabemos por Cicerón (106 – 43 a. C.) que Titus Maccius Plautus o, castellanizado, Tito Macio Plauto, nació alrededor del año 250 a. C., quizá en Sársina, en la Umbría septentrional, y murió 66 años después. Fuera de eso, el señor es casi un perfecto desconocido, y digo casi y no perfecto porque conocemos parte de su obra literaria. Según Aulo Gelio (s. II), Plauto escribió más de una centena de comedias, cosa que se discute; como sea, de todas las que haya escrito, conservamos sólo veintiuna, entre otras Asinaria (La comedia de los asnos), Bacchides (Las Báquidas), Trinummus (Las tres monedas) y la que viene a cuento aquí: Amphitruo (Anfitrión).

 

Anfitrión es un personaje de la mitología griega. De él proviene la palabra anfitrión, como se verá, asociada a la idea de alguien que presta su casa o invita a alguien a su hogar. Anfitrión es también una comedia con tema mitológico, asociada con el llamado ciclo tebano y en particular con las circunstancias que antecedieron al nacimiento de Hércules —Heracles para los griegos—. Siete son los personajes que intervienen en la pieza de Plauto, dos dioses y cinco mortales. Los dioses: Júpiter, que es decir Zeus, y Mercurio, o sea Hermes, el mensajero. Los mortales: Anfitrión, general de los tebanos; Alcmena, esposa de Anfitrión; Blefarón, piloto; y Bromia y Sosias, esclavos de Anfitrión. Plauto mezcla comedia, confusión de identidades, farsa y situaciones absurdas para crear una historia humorística.


Jupiter and Alcmene, Nicolas Tardieu, after Perino del Vaga, 1729-1749.

Anfitrión parte a la guerra contra los teléboas, dejando en casa a su esposa, la bella Alcmena. Durante su ausencia, Júpiter, enamorado de Alcmena, decide aprovechar la oportunidad para poseerla. Adopta la apariencia de Anfitrión y, ayudado por su hijo Mercurio, quien a su vez se disfraza de Sosia, el esclavo del general tebano, se presenta en la casa de Anfitrión. Júpiter, que para eso es el padre de los dioses, logra engañar a Alcmena y pasa la noche con ella —en realidad, más de una noche: “yació tan a gusto con ella que suprimió un día y unió dos noches” (Higinio, Fabula)—.  “O sea, mi padre está ahora ahí dentro, Júpiter, metamorfoseado en Anfitrión, y todos los que le ven, se creen que lo es —así cambia el pellejo cuando le da la gana—; y yo he tomado la figura del esclavo Sosias…”, informa Mercurio al público al comienzo de la comedia de Plauto. Al amanecer, cuando el verdadero Anfitrión regresa victorioso de la guerra, suceden una serie de enredos y malentendidos… Sosias se enfrenta a un doble de sí mismo, quien no es otro que Mercurio disfrazado. A lo largo de la obra, el verdadero Anfitrión intenta comprender lo ocurrido, mientras que Alcmena no entiende su comportamiento, creyendo que ha pasado la noche con él. Finalmente, Júpiter revela la verdad. Alcmena dará a luz a un hijo de Júpiter, el futuro héroe Hércules…

 

Las andanzas de Mercurio vuelto Sosias ha perdurado, pues, en nuestro léxico. Además, con esa palabra se designa al tópico literario del doble, el impostor, el Doppelgänger… Ejemplos hay muchos: Molière escribió su propia versión de Anfitrión, El vizconde demediado de Italo Calvino, El hombre duplicado de José Saramago, El doble de Dostoyevski, El otro de Borges…

 

Bueno, ¿pero en dónde está mi prejuicio freudiano? Ocurre que cuando leí la explicación de Freud inmediatamente pensé que su vasta cultura siempre le permitió ser muy acertado para echar mano de referentes de la mitología griega. Pero en este caso no se trataba de eso… Resulta que al revisar la traducción en inglés del psicoanalista londinense James Strachey(1887-1967) encuentro que la palabra que empleó en vez de sosias fue sustituto:

As the child passes over from the passivity of the experience to the activity of the game, he hands on the disagreeable experi ence to one of his playmates and in this way revenges himself on a substitute.

Así que dudé… ¿Entonces qué palabra alemana usó Sigmund Freud en el texto original? En Jenseits des Lustprinzips no escribió sosias: “…und rächt sich so an der Person dieses Stellvertreters”, y Stellvertreters, en este caso, deberíamos traducir simple y llanamente como suplente o vicario. Así que, honor a quien honor merece: el acertado sosias fue puesto en la traducción al español realizada por el porteño José Luis Etcheverry (1942-2000), publicada por Amorrortu. Con todo, debo decir que la traducción primera a nuestro idioma, la de Luis López Ballesteros y de Torres (1896-1938) para la editorial española Biblioteca Nueva, me gusta más: no es ni un sosias ni un sustituto, es cualquiera:

Al pasar el niño de la pasividad del suceso a la actividad el juego hace sufrir a cualquiera de sus camaradas la sensación desagradable por él experimentada, vengándose así en aquél de la persona que se la infirió.

domingo, 3 de noviembre de 2024

De la Tiniebla a Edipo

  

Se dan dos regímenes de relaciones entre

los dioses y los hombres: el convite y el estupro.

El tercer régimen, el moderno, es la indiferencia,

pero supone que los dioses ya se han retirado.

Roberto Calasso, Las bodas de Cadmo y Harmonía.

 

 

 

La mitología griega da cuenta cabal de toda la genealogía de Edipo rey. Digo cabal y digo toda, y no exagero: la pista filogenética del personaje trágico puede hilvanarse hasta algo previo al Principio, algo anterior a todo.


 

La historia familiar de Edipo de Tebas comienza desde el vacío primordial, el Caos. O si damos por buena la versión de Gaius Julius Hyginus (c. 64 a. C. – 17), la saga se remontaría al Calígine: en su Fabulae, el latino, quizá nativo de Hispania, menciona a Caligio, Tiniebla, como la entidad primaria, que existió incluso previamente que el Caos. En fin, después de la oscura nada, después de la total masa desordenada e informe… Pero qué tanto después. Imposible decirlo: el Caos no pudo durar mucho ni poco ni nada, puesto que no había tiempo.

Antes del mar y de las tierras y de lo que todo lo cubre, el cielo, era único el aspecto de la naturaleza en el orbe entero, al que llamaron Caos, masa informe y enmarañada y no otra cosa que una mole estéril…

Ovidio, Metamorfosis.

En fin, inmediatamente después o al cabo de universales eternidades, el Cosmos comenzó a conformarse cuando en medio del Caos surgieron “Gea, la de amplio pecho”, el tenebroso Tártaro y Eros, ellos tres, los primeros dioses, los inaugurales cósmicos.

 

Dueña ya de su propia existencia, ella, Gea, “alumbró al estrellado Urano”. Luego parió monstruos. Aún había muy poco, casi nada, menos tabúes: Gea se convierte en la consorte de su hijo celeste y juntos habrán de procrear a la primera camada de Cíclopes —los salvajes y violentos Brontes, Estéropes y Arges—, y también a los Hecatónquiros —Cottus, Briareos y Giges, temibles gigantes de cien manos y cincuenta cabezas—, pero además de todos esos monstruos, Gea y Urano incorporaron al mundo a los Titanes: doce, según Hesíodo, o trece, si contamos también a Dione.



Cuantos haya sido, entre ellos estaban Cronos, el tiempo, y dos ancestros de Edipo: “acostada con Urano, Gea dio a luz a Océano, de profundas corrientes” y a “la amable Tetis” (Hesíodo, Teogonía), el par, deidades del agua: ella personifica la fertilidad del mar; él, las aguas exteriores del mundo.



Los hermanos Océano y Tetis se desposaron y tuvieron muchísimos hijos e hijas, más de tres mil, los Oceánidas, dioses de los ríos, y las Oceánides, ninfas de estanques, lagos, lagunas, arroyos… Una de ellas, Melia, se unió con su hermano Ínaco, y fruto de este nuevo incesto nacieron Foroneo, Egialeo, Micene.

 

Foroneo sería un destacado héroe civilizatorio de la Argólida. Plinio el Viejo (23 – 79) se refirió a él como “el primer rey de Grecia”. Higino informa que más bien se decía que Foroneo había sido “el primer rey de los mortales” y “el primero que construyó un templo en Argos”. Pausanias (c. 110-180) en su Descripción de Grecia afirma que “Foroneo… reunió por primera vez en una comunidad a los habitantes, que hasta entonces vivían diseminados y cada uno por su lado”, y que en la ciudad de Argos se hallaba una estatua de Bitón en la que se mantenía encendido…

… un fuego que llaman de Foroneo, pues no están de acuerdo en que Prometeo dio el fuego a los hombres, sino que quieren transferir el invento del fuego a Foroneo.



En fin, este hombre se desposó con una ninfa, Tédice, con quien tuvo descendencia, el Bitón de la estatua aludida y la bella Níobe —no confundirla con la otra Níobe, la hija de Tántalo—, “la primera mortal a la que Júpiter forzó”, cuenta Higino, y donde él dice Júpiter, porque es romano, debemos entender Zeus.


 

Dado que aquí se entromete en el árbol genealógico de Edipo, conviene recordar que Zeus, igual que Melia y su hermano Ínaco, es también producto del incesto divino, hijo de dos Titanes. “Rea, entregada a Cronos, tuvo famosos hijos…”: Hestia, Deméter, Hera, Hades, Ennosigeo (Poseidón) y “el prudente Zeus, padre de dioses y hombres” (Hesíodo). Y conviene también recordar que “el prudente Zeus” tenía la arraigada maña de seducir, engañar o de plano violar diosas, ninfas y mujeres de carne y hueso. “Si damos crédito a las confidencias de Hera, su esposa-hermana, Zeus ‘siempre se empeñó en dormir ya sea con inmortales, ya sea con mortales’” (Roberto Calasso, Las bodas de Cadmo y Harmonía). No tenemos detalles, pero haya sido a la buena o la mala, Zeus se amancebó con Níobe, y engendró a Argos.

 

Argos le cambió el topónimo a la ciudad en la que su padre Zeus lo trajo al mundo: dejó de llamarse Foronea para llevar su propio nombre, y se desposó con Evadne, hija del dios pluvial Estrimón. De la prole de esta pareja debemos destacar a Ío, quien sería víctima de las urgencias eróticas que su belleza despertó en Zeus —su abuelo paterno—. Para ocultar su relación y proteger a Ío de la celosa Hera, Zeus transformó a Ío en una ternera. Ya hace unos días conté aquí que Ío sería restaurada a su forma humana para dar a luz a un hijo llamado Épafo, quien se convirtió en rey de Egipto, y también en bisabuelo de Cadmo, el tatarabuelo de Edipo.

domingo, 27 de octubre de 2024

A la sombra del asombro

   

Y podemos decir… de todo objeto histórico…,

lo que Heráclito decía del dios de Delfos,

que 'no dice ni esconde, sino significa'...

Cornelius Castoriadis, Lo que hace a Grecia.

 

 

Escribo “Vivimos tiempos extraordinarios”. Instantes, horas, años, centurias después, pero siempre ahora mismo, usted lee el aserto: Vivimos tiempos extraordinarios, y no se inmuta. La aseveración no modifica en nada su ánimo. Aquí, hoy, en las postrimerías del primer cuarto del siglo XXI, vivimos tiempos extraordinarios. Es un hecho, pero frasearlo así, por lo regular, causa el efecto contrario respecto a lo que la grandilocuencia del enunciado pretende: enhastía, embola, aburre…

 

— Vivimos tiempos extraordinarios…

 

— Ah, ¿sí? Qué bien, eh… –y a lo que sigue… Por varias razones, la frase provoca una reacción de escepticismo, desinterés o incluso fastidio. Menciono cinco.

 

Primera. En un mundo, este, el nuestro, donde los eventos espectaculares y los reportes escandalosos se hilvanan uno tras otro, la repetición cotidiana de esta sentencia ha llevado a las personas a volverse insensibles. En un ambiente atiborrado de estímulos y mucho ruido, la apatía cunde. La catarata inclemente de datos que se precipita sin pausa sobre nosotros ha provocado que la mayoría de la gente ande con un impermeable de indiferencia puesto. La saturación informativa causó que los individuos se hayan acostumbren a lo extraordinario, y, por ende, pierdan la capacidad de asombro. Lo extraordinario se ha vuelto cosa de todos los días.

 

Segunda. Cuando se presenta un momento histórico como “extraordinario”, la gente de inmediato espera presenciar eventos impactantes, preferentemente a tiro de piedra. Si lo que percibe directamente no cumple con esa expectativa, la reacción normal es la indolencia.

 

Tercera. Muchas veces, los eventos extraordinarios pueden parecer lejanos o ajenos a la vida cotidiana de las personas. Lo macro, lo estructural, lo histórico, usualmente es percibido como algo distante, algo que pasa en otra pista, de tal modo que las personas no se involucran emocionalmente con todo ello.

 

Cuarta. En tiempos de incertidumbre generalizada, como la que causan las crisis económicas, una pandemia, guerras o conflictos sociales de gran calado, las afirmaciones sobre la extraordinaria naturaleza del tiempo presente pueden ser interpretadas como intentos de manipulación o propaganda.

 

Quinta, y la que me parece más importante. Sin una adecuada y suficiente contextualización histórica, es difícil apreciar por qué un momento histórico determinado es considerado extraordinario. La historia está llena de eventos que, en su momento, fueron percibidos como comunes y sólo adquirieron significado con el tiempo. Sin esa perspectiva histórica, el presente puede parecer menos significativo. Si esto nos puede suceder a todos a nivel personal, el efecto es mayor conforme se escala.

 

Y con todo, hay que decirlo así: vivimos tiempos extraordinarios.

 

Vivimos tiempos extraordinarios, y el hecho de que nos haya tocado a nosotros vivirlos no asegura que seamos capaces de apreciar esta circunstancia. De hecho, suele suceder que la gente que tuvo la suerte de ser parte de los grandes cambios históricos no sea capaz de darse cuenta de ello. ¿Por qué? Justo porque está ahí y carece de una distancia mínima que le permita darle cierta perspectiva y contexto a lo que está ocurriendo. Por ejemplo, sea que se haya llamado realmente Rodrigo de Triana o Rodrigo Bermejo o Juan Bermejo o Rodrigo Pérez de Acevedo, que para el caso da lo mismo, ¿ustedes creen que el marinero que iba a bordo de la carabela La Pinta y avistó por primera vez tierra la madrugada del 12 de octubre de 1492 pudo entender la trascendencia del avistamiento que protagonizó? Digo, sin duda le habrá dado un gusto enorme, en principio porque le dio esperanzas de salvar el pellejo, pero de ahí a poder significar el impacto que tendría la llegada de la expedición de Colón al continente que años después se llamaría América hay una distancia enorme, trasatlántica. Bueno, recordemos que el almirante genovés mismo se fue de este mundo creyendo que había llegado al extremo oriental de Asia.

 

¿O qué me dicen del cura Hidalgo? Don Miguel fue fusilado en la Villa de San Felipe el Real de Chihuahua a las siete de la mañana del 30 de julio de 1811, es decir, 319 días después de lo que muchos años después llamaríamos el Grito de la Independencia. Murió, claro, con pleno conocimiento de las consecuencias que tuvo en su biografía propia el haber hecho lo que había hecho la noche del 15 de septiembre del año anterior, pero ¿imaginaría que algún día sería recordado como el Padre de la Patria? ¿De qué Patria? Nada menos que de un Estado Nacional que diez años después surgiría, el nuestro, México. Él y todas las personas que estaban en Dolores la noche del 15 de septiembre de 1810 no tenían forma de justipreciar la trascendencia del acontecimiento.

 

¿A cuántos hombres y mujeres como usted o como yo les habrá tocado presenciar el 1 de enero de 1861 el paso por la calzada de Chapultepec y luego por el Paseo Nuevo de Bucareli, dirigiéndose hacia el Zócalo de la Ciudad de México, del presidente Benito Juárez y su triunfante ejército liberal? ¿Cuántos habrán dimensionado la ocasión? ¿Cuántos habrán entendido en esos momentos que estaban presenciando el fin de la Guerra de Reforma?

 

O bien, ¿cuántos lectores habrá leído algún ejemplar de la primera edición del libro La sucesión presidencial en 1910, escrito por Francisco I. Madero y publicado en San Pedro, Coahuila, en diciembre de 1908? ¿Cuántos habrán podido valuar el carácter histórico del documento que tenían entre sus manos?

 

De igual modo, ¿qué tan apropiadamente hemos podido tasar nosotros, los coevos, la magnitud de los cambios que nos ha tocado presenciar? Hoy vivimos tiempos extraordinarios y para tratar de entenderlo, de entrada, conviene intentar prescindir un rato del desdén por lo propio, por lo que uno vive cotidianamente. Y quizá entenderlos sea tarea de los que vengan después, por lo pronto nuestra oportunidad es significarlos. Suele repetirse el dicho —que se atribuye a Napoleón— de que la historia la escriben los ganadores; cierto, aunque pocos caen en la cuenta de que quienes escribieron la historia no la ganaron antes de hacerlo, sino que resultaron ganadores justo porque la escribieron.

domingo, 20 de octubre de 2024

Eros sí, Tánatos no

  

La metapsicología de Freud es un intento…

de develar e interrogar, la terrible necesidad de

la conexión interior entre civilización y barbarie,

progreso y sufrimiento, libertad e infelicidad

—una conexión que se revela a sí misma finalmente

como aquella existente entre Eros y Tánatos—.

Herbert Marcuse, Eros y Civilización.

 

 

Luego de cinco años de violencia desenfrenada en la que participaron treinta estados nacionales, con la entrada en vigor del Tratado de Versalles, en enero de 1920 se formalizó el fin de la Gran Guerra. El conflicto armado —dado que habría de sucederle una Segunda, pocos años después la historiografía occidental lo llamaría Primera Guerra Mundial— había iniciado en julio de 1914, con la declaración de guerra austrohúngara al Reino de Serbia. La conflagración significó la muerte violenta de alrededor de cuarenta millones de seres humanos, considerando gente armada y desarmada. Uno de los bandos hostiles, el lidereado por las llamadas Potencias Centrales —el Reino de Bulgaria y los Imperios otomano, alemán y austrohúngaro—, sacrificó poco más de cuatro millones de militares. Tan sólo al Imperio austrohúngaro, la guerra, que perdió, le costó más de 1.5 millones de soldados, además de cerca de medio millón más de civiles que fallecieron a causa de la hambruna y las enfermedades. El Imperio austrohúngaro perdió algo más, su existencia: en 1919 fue disuelto —tratados de Saint-Germain y Trianon—. Viena, su ciudad capital, sufrió grandes pérdidas: se estima que alrededor de sesenta mil soldados oriundos de la ciudad murieron en el conflicto. 

 


Aquel mismo año, 1920, un prominente vecino de Viena —quizá para entonces ya con nacionalidad austriaca, aunque había nacido en un lugar, Příbor, que ahora era parte de la República Checa—, el doctor Sigmund Freud (1856-1939) publicó un ensayo cuyo primer borrador había terminado en marzo del año anterior: Más allá del principio del placer. Se trata de uno de sus escritos teóricos, metapsicológicos, más importantes; en palabras de James Strachey, el texto “inaugura la fase final de sus concepciones”. Freud sugiere que la compulsión de repetición que experimentamos todas las personas es una manifestación de la pulsión de muerte, en la que el sujeto se ve impulsado a revivir experiencias dolorosas como una forma de deshacer la tensión acumulada y, en última instancia, regresar a un estado absoluto de equilibrio, es decir, la muerte. La repetición de lo traumático o desagradable sería entonces una vía inconsciente hacia la descarga de esta pulsión. Es en Más allá del principio del placer que Freud plantea por vez primera la polaridad entre Eros y Tánatos. Con todo, conviene apuntar que el fundador de la teoría psicoanalítica jamás le asignó un nombre mitológico específico a la pulsión de muerte, como sí hizo con la pulsión de vida, a la que llamó Eros; aunque exploró profundamente el concepto, se refirió a esta pulsión generalmente como Todestrieb, “pulsión de muerte”, jamás como Tánatos. Y, me parece, tenía razón para no hacerlo…

 


Mientras que, según la versión más antiguas, Eros es una de las deidades primordiales, Tánatos —no confundir con el Tártaro, el Inframundo— apareció en la escena cósmica mucho después. En efecto, según los mitos más arcaicos Eros surgió del huevo original parido por la oscura Noche, o bien proviene directamente del Caos junto con Gea —la Tierra—, es decir, llegó al mundo incluso antes que Urano —el Cielo—. Por lo demás, al poderío de Eros se someten todos:

En primer lugar, existió el Caos. Después Gea, la de amplio pecho… Por último, Eros, el más hermoso entre los dioses inmortales, que afloja los miembros y cautiva de todos los dioses y todos los mortales el corazón y la sensata voluntad en sus pechos…

Hesíodo, Teogonía.


Este es el Eros al que se refiere Freud como la pulsión opuesta a la pulsión de muerte. La figuración de Eros como un dios niño, travieso y alado, más artística que mitológica, es posterior y seguramente corresponde a otros Eros —particularmente el hijo de Hermes y Artemisa—. Tampoco se trata del Eros que presenta Diotima de Mantinea en voz de Sócrates (Platón, El Banquete). El Eros que opone Freud a la pulsión de muerte es el primordial.

 

Por su parte, Tánatos ni siquiera es propiamente una deidad, sino apenas un daimon, un genio (Pierre Grimal, Diccionario de Mitología); alado, cierto, pero sólo un humilde genio. Como su hermano gemelo de Hipnos, el Sueño, es hijo de la Nix…

Parió la Noche al maldito Moros, a la negra Ker y a Tánatos; pero también a Hipnos —el dios del acto de dormir— y engendró a la tribu de los Sueños —los Óneiroi, personificaciones de los sueños de los durmientes—…

Hesíodo, Teogonía.

Hypnos y Tánatos, William Waterhouse, 1874.

Peor, el genio de la muerte ni siquiera alcanzó a tener un mito propiamente dicho, “sino cuentos populares imaginados fuera de todo sistema mítico”, recalca Grimal. Por ejemplo, su aparición en la Ilíada es muy modesta; de hecho, sólo es mencionado junto con su mellizo y su actuar jamás es narrado por Homero. En el Canto XVI, Zeus ordena a Apolo que, una vez que lo haya lavado en un río y purificado con ambrosía, entregue el cadáver de su hijo Sarpedón —a quien dio muerte Patroclo— a…

… los veloces cosarios, los hermanos gemelos el Sueño y la Muerte, que pronto dejarán en las fértiles tierras de Licia su cuerpo, y sus deudos y hermanos podrán enterrarlo en un túmulo bajo un cipo, pues tales honores a un muerto se deben.

Rebaja, pues, a Hipnos y Tánatos al rol de cosarios funerarios, es decir, mandaderos. Por lo demás, en el contexto de la cosmovisión griega antigua, Tánatos —la muerte natural, a la que llegaremos tarde que temprano todos los mortales nada más por vivir— aparece totalmente opacado frente a dos de sus hermanas, Némesis, “azote de los hombres mortales” y a “la astuta Eris” —Hesíodo dixit—.

 

En Más allá del principio del placer, Freud estableció que “… la libido de nuestras pulsiones sexuales coincidiría con Eros… que cohesiona todo lo viviente”, mientras que equiparó las pulsiones de destrucción con la muerte… Considerando la capacidad organizar hecatombes que tenemos los humanos, Tánatos quedaba corto.


Maxmilián Pirner, El nacimiento de Eros.