Un blog apasionado, incondicional y sobre todo inútil sobre esos objetos planos, inanimados, caros, arcaicos, sin sonido estereofónico, sin efectos especiales, y sin embargo maravillosos llamados libros.

miércoles, 6 de febrero de 2013

No confíes en las palabras


Jerome Kagan (Newark, New Jersey; 1929) es un destacado psicólogo norteamericano. Profesor emérito de Harvard University, es considerado pionero de la llamada psicología del desarrollo. Aparece en el sitio 22 en el listado de los psicólogos más eminentes del siglo XX elaborado entre 1,725 miembros de la American Psychological Society –el ranking lo encabezan Skinner, seguido por Jean Piaget y el mismísimo Sigmund Freud–. Kagan, un científico acostumbrado a indagar tramos de verdad por medio de la acumulación y análisis de datos duros, establece que uno de los obstáculos, al parecer insalvable, para comprender los diversos estados de la psique humana es que quienes los atestiguan o incluso quienes los experimentan para comunicarlos a los estudiosos tienen que recurrir al lenguaje, y ahí es donde cualquiera se topa con pared, pues “resulta problemático confiar en las palabras para una imagen exacta de la realidad”. Y para explicar el planteamiento, toma palabras prestadas de una literata, Virgina Woolf:
Las palabras […] son la más salvaje, libre, la más irresponsable, la más inenseñable de todas las cosas […] son altamente sensibles, y fácilmente se incomodan […] odian ser útiles, odian hacer dinero […] odian cualquier cosa que les estampe un significado o las confine a una actitud, pues su naturaleza es cambiar.
Después de algunos googlazos afortunados, encuentro que la cita proviene de un pequeño ensayo de 1927, “Gajes del oficio” –el cual puede leerse en La muerte de la polilla y otros ensayos, de Virginia Woolf. Buenos Aires, La Bestia Equilátera, 2012). Sobre las palabras, la Woolf también dice:
Intentar establecer alguna clase de ley para estas vagabundas incorregibles es peor que inútil. El único límite que podemos ponerles son unas pocas e insignificantes reglas gramaticales y ortográficas. Lo único que podemos decir de ellas […] es que al parecer les gusta que la gente piense y sienta antes de emplearlas; pero que piense y sienta no respecto de ellas, sino de alguna otra cosa diferente. Son extremadamente sensibles y se ofenden con suma facilidad. O les gusta que se discuta su pureza o su impureza. […] Las palabras también son extremadamente democráticas; creen que cualquier palabra es igual de buena que otra, que las palabras incultas son tan buenas como las cultas y las no educadas como las educadas […] Tampoco les gusta que las levanten con la punta de la pluma y las examinen por separado.



miércoles, 9 de enero de 2013

Obvio...


lunes, 17 de diciembre de 2012

martes, 11 de diciembre de 2012

Némesis a-rasa


Si jamás lo has leído bien podrías iniciar por el final. Philip Milton Roth (Newark, New Jersey; 1933) comenzó hace más de medio siglo con una despedida  —la antología de cuentos Goodbye, Columbus (1959)—, y hace un par de años publicó su más reciente novela, Némesis, la cual, si nos atenemos a lo que él mismo anunció, será la última: To tell you the truth, I’m done, se lamentó en una entrevista a la revista francesa Les Inrockuptibles. Si se mantiene en lo dicho, la trayectoria de Roth quedará testimoniada en 27 libros, muchos de ellos de enorme éxito dentro y fuera de Estados Unidos. El hombre, casi octogenario, ha consagrado buena parte de su vida al género mayor de la narrativa moderna: I have dedicated my life to the novel: I studied, I taught, I wrote and I read. With exclusion of almost everything elese. Enough is enough!

Quizá por ser la del adiós, Philip Roth le plantó un título un tanto petulante a su última novela: Némesis… Mucho rótulo, aunque no ha sido ni el primero ni el único en emplearlo.

Beatrice Cenci
No hace mucho me enteré de que Alfred Nobel (1833-1896), el inventor de la dinamita, poco antes de fallecer escribió una obra de teatro que tituló así, Némesis. Se trata de un drama en cuatro actos, a lo largo de los cuales el químico sueco recrea la truculenta historia de la noble romana Beatrice Cenci, quien a finales del siglo XVI protagonizó junto con su familia una tragedia que terminaría con su propia decapitación, pena a la que el papa Clemente VIII la sentenció luego de hallarla culpable de parricidio. Poco después de la muerte de Alfred Nobel, su pieza teatral fue editada en París; sin embargo, la comisión clerical que revisó los escritos del inventor decidió echar a la hoguera todo el tiro de aquella publicación: según los prelados, el texto adolecía de un fuerte contenido sexual, estaba lleno de críticas a la autoridad pontificia y en suma resultaba francamente sacrílego. Afortunadamente alguien salvó del fuego un ejemplar, el cual permitió que, más de un siglo después de haber sido escrita, el 10 de diciembre de 2005 Némesis fuera estrenada en Estocolmo… Eso sí, nadie sabe para quién trabaja: Nathan Söderblom, el religioso que presidió aquella comisión de censores, fue galardonado en 1903 con el Premio Nobel de la Paz.

Alfred Nobel no fue el primero que echó mano de la desgracia de Beatrice Cenci para hacer literatura —por ejemplo, Shelley había ya publicado en 1820 The Cenci, una tragedia en cinco actos; Stendhal incluyó “Los Cenci” en sus Crónicas italianas (1837-1839), y Francesco Domenico Guerrazzi compuso (1854) una novela histórica sobre el asunto—.


Por supuesto, el vocablo
Némesis no solamente ha sido empleado como título por Nobel y Roth —quien por cierto es considerado candidato al Nobel de Literatura desde hace varios años—: así se llaman la entrega final de la saga Miss Marple que escribió la británica Agatha Cristie, uno de los últimos libros de la historia futura de Isaac Asimov, y la primera novela del escocés Bill Napier, de 1971, 1989 y 1998, respectivamente; ya en el siglo que corre, el noruego Jo Nesbo publicó en 2002 la cuarta novela negra protagonizada por su detective Hearry Hole, Sorgenfri, traducida al inglés como Némesis, y la guapa Monique D. Mensah hace apenas unos meses dio a conocer en formato e-book una novela homónima… No es casual que de una u otra manera cierta noción de justicia aparezca en el meollo de todas las obras anteriores. Y es que, en tanto figura literaria, Némesis es la justicia poética, la fuerza o conjunto de fuerzas compensatorias; muy próximo a la idea de venganza, se trata de un poderoso concepto que debemos a la Antigüedad clásica.

No sería justo culpar al pensamiento griego de habernos heredado la idea de pecado. Dicha concepción, tal y como hoy la padecemos en Occidente, es de facturación judeo-cristiana. Tal vez lo más cercano al pecado en la cosmovisión griega sea la idea de hybris, esto es, la soberbia desmesura, la falta de control que conduce a desestimar lo que a uno le toca en el mundo (moira), el exceso de confianza en sí mismo que necesariamente empuja a la debacle: el arrogante, quien se pasa de lanza, el abusador y quien pretende proyectarse más allá de su propio espacio y del potencial que por esencia le corresponde… Justo entonces aparece Némesis, la encarnación divina de la justicia retributiva. Las Moiras reparten, algunos humanos cometen hybirs… Némesis arrasa para a-rasar de nuevo todo.

En la novela de ciencia ficción de Asimov, Némesis es una estrella enana roja que se aproxima al sistema solar y desestabilizará el orden gravitacional al punto que provocará una hecatombe en la Tierra; más mundana, en la novela de misterio de Agatha Cristie, la anciana Miss Marple resolverá un intrincado crimen para personificar así a la implacable diosa justiciera que dará al criminal su merecido… Némesis hace acto de presencia para distribuir penas en razón a las culpas. Pero en la novela final de Philip Roth las cosas no son tan claras…

La Némesis de Roth está ambientada en la comunidad judía de Newark, New Jersey; los hechos ocurren durante el verano de 1941, es decir, en plena II Guerra Mundial. El protagonista, Eugene Bucky Cantor, un joven de 23 años de edad que no fue enlistado en el ejército norteamericano dadas sus limitaciones físicas, se ve obligado a decidir constantemente, conforme una epidemia de polio azota su comunidad. Maestro de educación física en una escuela pública, Bucky Cantor presencia impotente cómo la epidemia va cobrando víctimas entre sus pupilos. El calor y la muerte arrasan parejo… ¿El entonces invisible poliovirus es el agente de Némesis en la novela de Philip Roth? A botepronto, quizá sea ésa la respuesta generalizada…, yo lo dudo, porque en la historia de Bucky Cantor, como en toda la narrativa de Roth, la tradición judía tiene un peso sustancial, de tal suerte que la culpa es un agente  determinante. Indiscutible que el arma infalible de Némesis siempre ha sido y será la muerte, la gran igualadora, no obstante me parece que Roth no tramó su última novela para subrayar tal obviedad. Descúbrelo tú: Némesis de Philip Roth, Mondadori, 2012.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

La cultura que se extingue


La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2012), un pequeño libro en el cual Mario Vargas Llosa (1936) desarrolla una serie de reflexiones en torno a la situación cultural que se vive en Occidente en la actualidad. La edición consta de ocho menudos ensayos, entre los cuales intercala una decena de artículos publicados durante los últimos años en las páginas del diario español El país. La tesis central del alegato del Nobel peruano es que hoy por hoy la idea hegemónica de cultura ya no se refiere a las creaciones espirituales y artísticas más desarrolladas de una civilización, sino que más bien con todo, con cualquier cosa y por ello mismo con nada en concreto. El concepto de cultura se atascó de contenidos y terminó rebosando todo para quedar vacío. Ciertamente, el concepto amplio de cultura propuesto por las ciencias sociales se ha vuelto hegemónico, de tal suerte que en nuestros días un concierto de la Orquesta Filarmónica de la UNAM en la Sala Nezahualcóyotl es una expresión cultural tan válida como el tribalero Chip Torres cantando Tú me pixeleas en youtube. Además, el ideal de la igualdad llevado al extremo ha impuesto el rasero de la mediocridad: “La ingenua idea ingenua de que, a través de la educación, se puede transmitir la cultura a la totalidad de la sociedad, está destruyendo la ‘alta cultura’, pues la única manera de conseguir esa democratización universal de la cultura es empobreciéndola, volviéndola cada día más superficial”.

Los ensayos de Vargas Llosa, sobre todo los dos primeros, abrevan de los planteamientos de los galos Guy Debord (La Société du Spectacle) y Frédéric Martel (Cultura Mainstream). Al igual que Giovanni Sartori (Homo videns), el autor de La casa verde y La fiesta del chivo acusa un horizonte cultural en el cual la imagen impera:  “… la cultura será víctima —ya lo está siendo— de lo que Steiner llama ‘la retirada de la palabra’”. Y si bien se refiere a asuntos tan variados como el resurgimiento del fervor religioso, la sexualidad y el erotismo, la literatura light, la pérdida de centros de autoridad, el futuro incierto de la lectura, en fin, la mirada del novelista arequipeño se detiene en el arte, un ámbito que según documenta se ha plagado de charlatanes y en el cual las cosas no pintan nada bien desde hace un buen rato —“yo advertí que algo andaba podrido en el mundo del arte hace exactamente treinta y siete años”, escribe en 1997—. En última instancia, Vargas Llosa afirma que la inmediatez y la fugacidad son las características inherentes de lo que hoy por hoy se avala como arte: la inmediatez conlleva el imperio de la ocurrencia, de la falta de oficio, de la banalidad, en tanto que la fugacidad descarta cualquier aspiración de trascendencia: “la diferencia esencial entre aquella cultura del pasado y el entretenimiento de hoy es que los productos de aquélla pretendían trascender el tiempo presente […], en tanto que los productos de éste son fabricados para ser consumidos al instante y desaparecer…”

Si bien no se trata de un profundo estudio ni se arropa de rigor metodológico, La civilización del espectáculo puede ser para muchos lectores una amena y pertinente invitación a meditar qué tanto han sido engañados por los embelecos contemporáneos.

sábado, 6 de octubre de 2012

Nación y autoexilio

Facebook, según su propietario, acaba de alcanzar 1 mil millones de cuentas (el mundo está habitado por 7 mil millones de seres humanos). Para celebrarlo-presumirlo, mandó hacer un video, que dirige el mexicano González Iñarritu (el de Amores Perros). El concepto de la silla es lo de menos, destaco en cambio la definición de nación que aventura:


 Saludos, de un autoexiliado de Facebook.